Relatos lésbicos primera vez: historias intensas, deseo y descubrimiento entre mujeres

Esta es la historia de la primera experiencia lésbica como nunca te la han contado.

Ocurrió de distintas formas, con nervios, curiosidad, deseo, torpeza y una intensidad que marcó a quienes la vivieron por primera vez. En todos los casos, el encuentro entre mujeres apareció ligado al descubrimiento del propio cuerpo, a la atracción inesperada y a la sensación de cruzar un límite que ya no podía desandarse.

Primera experiencia en el parque

El timbre sonó a las cuatro en punto y la mayoría de alumnas se apresuró para salir cuanto antes. Era un viernes de primavera, de modo que pasar la tarde en cualquier espacio abierto sería mejor que quedarse dentro de aquel edificio de paredes asépticas y pasillos altos y estrechos.

Carla echó a andar con la mochila colgada del hombro, alisándose un poco la camisa y luego la falda. Después de estar sentada tantas horas estaba completamente arrugada. Salió por la puerta principal, todavía sumida en sus pensamientos.

Habían llegado al parque hacía poco más de una hora. El césped era agradable y ambas se habían descalzado para disfrutar de la sensación de la brisa primaveral. Estaban solas, salvo por una familia que jugaba a la pelota a unos metros de ellas. Carla ojeaba un libro mientras acariciaba el cabello oscuro de Amelia, que tarareaba una canción apoyada en su pecho.

Miró a su alrededor y descubrió que ya no quedaba nadie en el parque. Cerró el libro y lo dejó a un lado, sobre la hierba. Entonces, rodeó a su compañera con los brazos, atrayéndola hacia su propio cuerpo.

Amelia sintió su cuerpo temblar por aquel contacto; pues, aunque llevaban unos meses juntas solía ser ella quien daba siempre el paso a la hora de besarse o simplemente acariciarse la una a la otra. Y es que, en el fondo, ninguna de las dos era experta en relaciones y todavía menos en cómo se aman dos mujeres.

Además, eran polos opuestos: Amelia era morena, despistada, algo rebelde; mientras que Carla era rubia, responsable y muy estudiosa.

Sus miradas conectaron. Amelia posó su mano en la mejilla de Carla y la acarició, bajando despacio por su cuello. Le estaba costando mucho ―demasiado― ignorar su propio cuerpo, hasta que ya no pudo más: descansó en uno de sus pechos y se mordió el labio al escuchar el suspiro que le regaló la rubia.

Amy masajeó su seno por encima de la camisa, hasta que notó cómo su pezón se endurecía. Podía sentirlo a través de la tela. Hizo lo mismo con el otro, solo para cerciorarse de que el cuerpo de su novia definitivamente reaccionaba a ella y no habían sido imaginaciones suyas.

El cuerpo de la morena aprisionaba el de la otra y sus caderas comenzaron a moverse de forma inconsciente mientras se besaban de forma cada vez más húmeda y menos casta.

―Lo siento, Carla ―murmuró sobre sus labios―. Sé que dijimos que iríamos despacio, pero me cuesta mucho controlarme.

Amelia retomó ese rítmico movimiento de caderas y se sorprendió al ver cómo su chica abría las piernas dejando que se acomodara mejor entre ellas. Sus manos comenzaron a desabrochar los botones de la camisa de Carla de forma atropellada, ansiosa.

Sus yemas por fin acariciaron la zona que no estaba cubierta por el top crudo que llevaba y se recrearon en ella. Esta vez fue Carla quien agarró con fuerza los glúteos de la morena y gimió en su oído ―lo más bajito que le fue posible― al sentir aquellas atenciones en sus pechos.

A medida que pasaba el tiempo a Amelia le resultaba más complicado resistirse. En aquel momento solo podía pensar en cómo complacer a su novia, sin importar dónde estaban y a pesar de que sus manos eran inexpertas y sus movimientos torpes. Era la primera vez que llegaban tan lejos y no tenía del todo claro cuál era el reglamento en estas circunstancias.

Rompió el beso con desgana tan solo para mirar los ojos de la joven y encontrar en ellos la respuesta que buscaba: un «adelante, Amy».

Comenzó a besar su cuello, bajando por él hasta terminar en su pecho. Sus dedos ―temblorosos por los nervios, la inseguridad y la excitación―, apartaron sin miramientos la tela de las bragas de Carla, sumergiéndose en aquella zona que deseaba tocar y satisfacer en concreto.

―¿Te gusta?

Carla asintió un par de veces, no podría haber hecho otra cosa. Era demasiado tímida como para juntar dos letras y decir «¡sí!» con toda seguridad. Pero a Amelia no le importó.

Un viento suave empezó a soplar, y entonces encontró el punto exacto donde los gemidos eran más altos y más largos y se quedó justo ahí. Inició una serie de movimientos circulares, alternándolos con leves toquecitos con las yemas de sus dedos.

Las manos de Carla viajaban sin rumbo fijo por el cuerpo de su compañera, hasta que llegaron a su sexo, que también pedía a gritos algo de atención. Entonces, la joven colocó la palma de su mano sobre él de forma imprevista, haciendo presión, lo cual sobresaltó a una Amelia que, con poco cuidado, introdujo uno de sus dedos dentro de Carla.

Amelia se movió en el interior de la joven de forma caótica y desorganizada, sin ritmo alguno. Pero cada vez lo hacía más rápido y más profundo. Por cómo respondía a aquellas embestidas el cuerpo de Carla parecía que estaba disfrutándolo mucho, aunque ella también se deleitaba con aquella imagen: su chica extasiada sobre la hierba.

Nunca le había dado placer a nadie y ahora no dejaba de preguntarse cómo podía haber vivido tanto tiempo sin ello.

Entonces, la espalda de su compañera se arqueó por completo y un gemido largo puso punto y aparte a aquel instante. Amelia sintió cómo el interior de su novia abrazaba sus dedos y se contraía. Bombeaba. ¿Latía? Sí.

Buscó sus labios porque se moría por saber cómo sería el orgasmo en un beso. Mantuvo los dedos en el interior de Carla, pero dejó que su cuerpo cayera sobre el de ella. Comenzaba a anochecer.

Primer encuentro con Lola

Ocurrió cuando tenía 18 años. Mi madre estaba separada y vivíamos las dos juntas. Ella tenía una amiga que se llamaba Lola con la que yo me llevaba muy bien. Lola tenia 39 años, morena de 1,70 de altura , talla 95 de pecho y delgada.

Lo cierto es que teníamos un apartamento en la playa y Lola también. Además éramos vecinas puerta con puerta. Llegaban las vacaciones de verano y hacia un calor insoportable.

Lola le gusta siempre vestir con mucho escote de forma que en el coche camino de la playa mis ojos se iban sin querer a sus preciosas tetas. Cuando llegamos al apartamento ella me dijo que tendríamos que compartir la cama de matrimonio de su cuarto y que si me apetecía bajar a la playa a darnos un baño para relajarnos del viaje.

En la playa después del baño nos tumbamos en las toallas a tomar el sol . Lola: "Pues hija yo creo que tu lo tienes mejor que yo. Las dos nos pusimos a reírnos y ella me pidió que le pusiese crema en la espalda.

"La verdad es que no me interesa casarme. Entramos en el baño, ella se quitó todo y se quedó desnuda. Estábamos tumbadas boca arriba y cuando se quedo dormida empecé a tocarle el pecho suavemente.

"Julia llevo inquieta todo el día. Yo le dije que ella siempre me había gustado. Ella me miró y me besó en los labios. Mientras nos besábamos yo le acariciaba su sexo con mi mano y ella hacia lo mismo con el mío.

Mecánicamente como si lo hubiera hecho toda la vida empecé a subir y bajar mis caderas de forma que mi clítoris se hundía entre sus labios vaginales, subía a lo largo de todos su sexo , chocaba con su clítoris que estaba duro como el mío, seguía subiendo hasta que sentía como su clítoris se hundía entre mis labios vaginales.

Yo tenía los antebrazos debajo de las axilas de Lola.

La noche de Lucía y Marta

Era sábado por la noche y a las dos jovencitas su grupo de amigos les habí­a dado plantón. Habí­an comprado bebidas, preparado algunos platos con patatas fritas y cosas por el estilo, preparándose para una buena fiesta.

Y justo en el último momento las habí­an llamado para decirles que habí­a un concierto y que no irí­an a la fiesta.

Lucí­a y Marta estaban decepcionadas, la casa de Marta estaba sola por primera vez en mucho tiempo y por un simple concierto iban a perderse la oportunidad de pasar una noche de ensueño.

Lucí­a habí­a cumplido 18 años hací­a unos dí­as y todaví­a no habí­a tenido oportunidad de celebrarlo y se sentí­a muy triste, se habí­a puesto una peligrosa minifalda al estilo colegiala, unos calcetines blancos hasta la rodilla con zapatos de tacón y un top negro que no dejaba nada a la imaginación.

Su amiga Marta de 23 años la habí­a maquillado y parecí­a una diva de pelí­cula porno, aunque quedaba un poco infantil comparada con ella, que se habí­a puesto un explosivo vestido rojo.

Lucí­a se miró en el espejo, tení­a la piel blanca, el pelo negro y muy largo, recogido en dos coletas, los ojos tan negros como su pelo, unas tetas pequeñitas pero redondas y cintura de avispa.

Tení­a la esperanza de que esta noche viniera Toño, un chico con el que le apetecí­a pegar el polvo de su vida.

Suspiró acariciándose las caderas mientras miraba a Marta. Ella si que era un ángel venido del cielo; rubia, de grandes tetas, con una profunda mirada azul y sonrisa de no haber roto nunca un plato.

Marta se le acercó con dos enormes cubatas llenos hasta los bordes y brindaron en honor de la no celebrada fiesta, riendo y procurando apartar el mal humor.

Pronto la primera copa se convirtió en una segunda y así­ hasta que la botella de vodka que habí­an estado consumiendo se quedó seca.

Las mejillas de ambas estaban ya rojas y habí­an perdido un poco el sentido del ridí­culo, además, estaban solas y habí­a confianza.

Pusieron la tele ya que no eran horas de tener la música muy alta.

Pronto toparon con el canal regional que empezaba con su semanal emisión del porno más duro que Lucí­a hubiera visto en toda su vida.

Dos tí­os enormes estaban rompiendo a una jovencita que parecí­a incluso más joven que ella, haciéndola gemir como una posesa dándole por el culo y haciéndola chupar una verga de un tamaño descomunal.

Ambas se quedaron prendadas del televisor, sus ojos no podí­an mirar otra cosa y el calor de los cuerpos de las chicas y su olor a excitación impregnó la habitación.

Lucí­a distinguió unos gemidos diferentes a los de la chica de la pelí­cula y vio como su amiga Marta habí­a empezado a tocarse el coño descaradamente, su cara era la viva expresión del placer y sus jadeos se hací­an cada vez más altos.

Lucí­a se sintió tan tentada que, contemplando de nuevo la pelí­cula comenzó a tocarse los pechos, sacándolos fuera del top, viendo que sus pezones estaban duros como piedras.

Las manos apretaban las tetas y las sobaban mientras la lengua hacia cí­rculos sobre los oscuros pezones.

Lucí­a estaba en el séptimo cielo, jamás habí­a sentido algo tan delicioso, se estiraba suavemente de las coletas mientras su amiga le mordí­a y succionaba los pezones, haciéndola gemir.

Marta sintió como su propio coño chorreaba tan sólo con ver el de su pequeña amiga, ahora juguete.

Tení­a unos labios apretaditos, rosados. Se dispuso a abrirlos introduciendo su lengua entre ellos, abriéndose camino, sintiendo la calidez y la humedad.

Pronto fijó la atención en el hinchado clí­toris y comenzó a torturarlo lamiéndolo en cí­rculos, haciendo que las caderas de Lucí­a botaran.

No pudo resistirlo, ese agujerito caliente la llamaba. No hací­a falta ensalivarlos, dos de sus dedos se introdujeron rápidamente hasta el fondo y comenzaron a follar a su amiga, arrancándole largos gemidos, mientras su boca no dejaba de prestarle atención al clí­toris.

Pronto los dos dedos se convirtieron en tres y empezaron un mete-saca rápido e infernal que consiguieron que Lucí­a se corriera, temblando, aullando de placer.

Con un gesto duro la tumbó en la cama y la miró sonriendo.

Me gustas más con la ropita arrugada como una putita barata cariño, le dijo.

Y sin decir nada más abrió un cajón del que sacó un arnés que se colocó alrededor de la cintura.

Con aire autoritario Marta puso a la ya sumisa Lucí­a a cuatro patas en la cama, le arremangó la falda y disfrutó por unos segundos de las preciosas vistas, las nalgas perfectas, un culito apretado y las tetas colgando como campanas.

Metiendo cuatro dedos en su boca ensalivó la verga de silicona que le colgaba ahora de entre las piernas y la apuntó en el coño de su amiga.

Con sólo la punta apoyada decidió jugar un poco y azotó un par de veces ese culito pálido que tan a cien la estaba poniendo.

La sentí­a suya, como si también le diera placer.

Para Lucí­a el tiempo se habí­a parado, para ella sólo existí­a esa enorme polla de plástico en su coño, entrando y saliendo, haciéndola sentir la mas perra del mundo.

Lucí­a se habí­a dejado los pezones rojos de tanto estirárselos mientras su amiga le habí­a comido el coño.

En una ocasión ya os contaré otras experiencias que he tenido, porque me encanta compartirlas sobre todo si hay alguna mujer que se sienta identificada con ellas y si queréis me mandáis las vuestras.

Adriana, Corina y Michelle

Lo que voy a contar me sucedió a la edad de 18 años, es decir hace 4 años. Hola, mi nombre es Adriana, soy venezolana, de 22 años y estudiante universitaria.

Ese año, por las vacaciones y para mantenerme ocupada y ganar algo de dinero, acepté trabajar como encargada en la pizzería de un tío. Debía encargarme de la caja y de vigilar que todo funcionara correctamente en el área de atención al público.

Pero no me ocurrió así con Corina, una mujer de 38 años, rubia, de ojos verdes espectaculares, de estatura media, muy voluptuosa y preciosa. Por donde pasaba levantaba comentarios de admiración de todos los hombres.

Corina era cliente fija de la pizzería, por lo que la veía muy a menudo. Entre nosotras solo había amabilidad, pero yo sentía algo muy extraño cada vez que la veía y sentía que sus hermosos ojos verdes se posaban en mí.

Una tarde en la que salía temprano había que hacer una entrega a domicilio, a nombre de una Sra. Valdivieso, y no se encontraba ninguno de los repartidores por estar ocupados en otras entregas, por lo que me ofrecí a entregarla yo, ya que la dirección me quedaba en el camino.

Al llegar al edificio indicado, toqué el intercomunicador y una voz de mujer me indicó que subiera, lo que no me agradó mucho pues estaba un poco apurada.

Mi sorpresa fue grandísima cuando al llamar a la puerta del departamento, quién abrió fue la Sra. Corina, la bella mujer que había visto en la pizzería.

Me saludó con la misma cordialidad de siempre. Nerviosamente le expliqué que me había tocado hacer la entrega porque no había ningún repartidor, a lo que ella respondió con una sonrisa (mezcla de picardía con complacencia) que me descompuso aún más.

Me invitó a entrar mientras buscaba el dinero, a lo que le respondí que estaba apurada, pero inconscientemente entré y no sabía por qué.

Fue en ese momento que me di cuenta que Corina llevaba puesta una pequeña bata de seda y sin nada de ropa interior.

El departamento estaba un poco desordenado, con mucha ropa nueva de mujer sobre la mesa y algunos muebles.

Me explicó que era parte de la ropa que vendía en su tienda y que si deseaba podía probarme alguna pieza.

- No acepto que me digas que no. Yo te he retrasado y no es justo. Además, esta ropa se que te ha gustado y para ser honesta estoy segura que a ti se te va a ver muy bien.

Lo que escogí fue una blusa espectacular que había visto desde mi llegada.

Cuando les pedí el baño para probármela me dijeron que dejara la pena y me la probara allí mismo, que a ellas eso no les importaba.

En eso, y sin previo aviso, Michelle se quitó la bata quedándose completamente desnuda.

Les juro que el corazón me empezó a latir a millón otra vez, cuando vi aquel cuerpo escultural totalmente desnudo.

Sus tetas eran preciosas, grandes y firmes, y ni hablar de su trasero.

Cuando voltee hacia Corina me di cuenta que ella tenía la bata totalmente abierta y también podía ver sus tetas y su cuca, lo que hizo que me sintiera aún más perdida.

Con bastante miedo y pudor me quité mi camisa, luego el sostén (ya que la blusa era para ser usada sin sostén), dejando al descubierto mi pecho.

En ese momento sentí que Corina y Michelle me devoraban con la mirada y que me dejaban totalmente desnuda.

Me puse la blusa nueva y ambas chicas se desbordaron en halagos hacia mí.

Le dije a Corina que me gustaba como se me veía y que me quedaría con ella.

Ella dijo que estaba de acuerdo, pero que eso no era lo único que me podía llevar, que eligiera algo más.

Casi inconscientemente respondí que no podía, pero ella volvió a insistir diciendo que si hacía que me sintiera mejor, lo otro me lo dejaba a mitad de precio.

Era una oferta tan tentadora que nuevamente no me pude resistir, así que escogí un bikini espectacular que estaba segura me serviría.

Cuando me encerré en el baño no podía dejar de pensar en todo lo que había sentido.

Cuando volví a reaccionar me encontré sentada junto a Michelle, observando con ansias como Corina le devoraba la almeja.

Por la posición en que me encontraba, el pecho de Michelle quedaba a la altura de mi cara, por lo que me quedé contemplando el pezón erecto que me invitaba a comerlo.

Se inició una guerra dentro de mi, debido al impulso que sentía por chuparlo, por saber que se sentía tenerlo en mi boca.

Me alejé un poco, tratando de controlarme, con la respiración entrecortada y cerrando los ojos.

Cuando volví a abrirlos Michelle se tocaba el precioso pezón, lo que hizo que me excitara aún más, por lo que sin pensarlo más me precipité sobre él.

De pronto caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Estaba cachapeando por primer vez y eso me asustó muchísimo.

Corina me besó en la boca dulce y apasionadamente. Jamás me habían besado tan bien y mientras lo hacíamos Michelle me quitaba el bikini.

Ahora éramos Michelle y yo quienes nos besábamos mientras Corina empezaba a jugar con mis tetas.

Cuando sentí su lengua tocar uno de mis pezones, me separé de Michelle para poder verla hacerlo.

Corina se puso de rodillas frente a mí. Su cara era de total lascivia.

Con una delicadeza increíble Corina separó mis piernas y se puso a besarme en los muslos.

Con la misma delicadeza colocó sus dedos en mi concha, lo que hizo que me estremeciera, separó la piel y la dejó completamente abierta a su disposición.

Me la besó como si me besara en la boca y luego empezó a pasarle la lengua, lamiéndola completamente.

Era muy diestra con su lengua y sus dedos. Subía, bajaba, entraba y salía de mi hueco a placer.

En eso Corina se levantó y me volvió a besar en la boca. Ahora era Michelle la que ocupaba el puesto de Corina. No me chupaba la cuca, si no que me masturbaba.

Michelle hizo que subiera las piernas al mueble y me recostara un poco más, para también poder jugar con mi culo.

Lo primero que hizo fue besármelo, lo que me sorprendió muchísimo, además aún era virgen por ahí.

Con su lengua iba de mi cuca al culo y viceversa.

Entre tanto Corina siguió bajando besándome y lamiéndome toda, me excité muchísimo cuando empezó a besarme y lamerme el pie, hasta que llegó a mi cuca y volvió a comérsela.

Todo se aceleró cuando se hicieron con mi clítoris.

En ese momento mis gemidos fueron más fuertes.

Las dos mujeres aceleraron su trabajo lo que provocó que me corriera en la boca de ambas.

Me encontraba exhausta y jadeante y con una guerra mental entre lo que acababa de hacer y lo que siempre había creído correcto, pero mis dos amantes no dejaron que cayera en la duda, ni que descansara un poco.

Michelle me levantó e hizo que me pusiera de rodillas sobre el mueble, quedándome en cuatro patas e inmediatamente se pusieron a comerme nuevamente mi coñito.

Cuando llegó a mi boca empezamos a jugar con nuestras lenguas, entrelazándolas, chupándonoslas y dándoles pequeños mordiscos.

Desabroché su pantalón y de un tirón se los bajé, con la ropa interior incluida. Frente a mí apareció su sexo, con unos pelitos bien recortados y castaños.

Me sorprendí enormemente cuando vi que Michelle se sentó frente a mí, en uno de lo brazos del mueble, quedando sus tetas a la altura de mi boca.

Trat

pareja lésbica en parque de primavera

Primer encuentro de Victoria y Florencia

El viento azotaba y la fía llovizna calaba hasta los huesos. Detuve el auto donde pude, estacionando lo más cerca que podía del edificio del prescolar. Preparé la niña, nos bajamos del auto y corrimos de la mano hasta la escuela.

Parada bajo la llovizna y el viento noté que detrás de mí alguien renegaba con su auto, que no arrancaba. Una y otra vez escuchaba el rugido del motor que no llegaba a encenderse.

Ya el sonido y la insistencia del conductor empezaban a impacientarme. Me agaché para ver quién estaba dentro del auto y conocí a la conductora. Era la madre de una de las amigas de mi hija.

- ¿Necesitas ayuda? - No… Bueno, sí.

Le presté mi celular, ella agradeció y llamó al mecánico.

- Gracias. Pueden venir a verlo dentro de cuatro horas - me contó.

- Yo soy Florencia. - Sí, ya sé quién eres. Te veo siempre - me interrumpió Victoria.

Éramos las dos más jóvenes de todas las madres del prescolar. Ambas rondábamos los 25 años. Además, Victoria tenía una belleza común, pero destacaba siempre por demás. Tenía una larga cabellera castaña hasta la cadera, siempre vestía tops dejando ver un piercing en el ombligo, y pantalones ajustados.

- Puedes venir a mi casa, vivo no muy lejos de aquí - dije, sin pensar.

Victoria aceptó. Por alguna extraña razón me sentía nerviosa mientras conducía. No sé si era por invitar a una desconocida a mi casa, o porque la simple presencia de Victoria hacía que el corazón se me acelerara.

En el camino hablamos poco, era Victoria la que sacaba charlas. Me preguntaba dónde vivía, si trabajaba, si tenía otros hijos… “A tu esposo también lo veo siempre, a la salida de la escuela”, me dijo.

Tomamos café, hablamos de crianza, de nuestras hijas, de la escuela, de otras madres.

- Mejor así - dijo. - Puedo vivir con total libertad y hacer lo que me plazca. Hasta dormir desnuda sin que nadie me moleste… o estar lista para que cualquiera lo haga - volvió a bromear.

- Yo nunca, no… es decir, mi marido fue mi primer novio y… bueno. Yo duermo con pijama - dije, como una estúpida.

- Deberías probarlo. Se duerme bien. Aparte no creo que tengas nada que ocultar o avergonzarte. Eres bellísima - dijo, apoyando la taza de café sobre el plato y mirándome de arriba hacia abajo.

La respuesta vino a mi mente y me golpeó como un rayo. Deseo. ¿Será? No, no podía ser. Jamás me había fijado, ni gustado, ninguna mujer.

Victoria se me acercó aún más en el sillón, me miraba con una sonrisa. Yo sólo la observaba con la respiración entrecortada.

Siempre te he observado, cuando te quedas en la puerta de la escuela… qué hermoso culo tienes - dijo.

Puso su mano en mi rodilla y comenzó a subir con un dedo hacia arriba, como marcando un camino.

Victoria me besó con ternura, como pidiendo permiso.

Nuestras lenguas se entrelazaron y ya la respiración caótica se había hecho parte de las dos.

Victoria también comenzó a acariciarme, pero sus caricias fueron más osadas que las mías.

Victoria me quitó el sostén y comenzó a acariciarme con suavidad los pezones, de vez en cuando los pellizcaba con delicadeza.

Victoria me miraba fijamente, con deseo y con lujuria mientras jugueteaba con mi clítoris.

- Sácame, sácame toda la ropa - imploré.

Me quedé desnuda sentada en el sillón. Ella todavía llevaba brasier y pantalón.

Me acerqué lentamente y comencé a besarle el vientre, por debajo del piercing, a veces jugueteaba con mi lengua con su arito en el ombligo.

Me paré y la besé, tomándola por la cabeza.

Lentamente, mis manos fueron bajando y le desabroché el brasier.

Comencé a bajar nuevamente, y fuera de mí misma, comencé a chupar y besar sus senos y pezones.

Luego intercambiaba. Después de dedicarle mucho tiempo a sus pezones (ella, a su vez, acariciaba los míos), me volví a sentar en el sillón, para besar nuevamente su vientre mientras ella estaba parada frente a mí.

Con la misma rapidez comenzó a meter un dedo, luego dos, y después tres.

Mi lengua viajaba frenéticamente de su clítoris hacia su vagina, donde se la metía hasta el fondo. Mi dedo seguía jugueteando en su ano.

Victoria suspiró y se bajó de mi cara y se recostó a mi lado, nos besamos, nos acariciamos las tetas y nuestros sexos, en silencio.

Nos quedamos en silencio, dándonos caricias y besos un tiempo más.

Al bajar me dio un abrazo y un pícaro pellizcón en un pecho.

mujeres besándose en un sofá

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