Las memorias de la Segunda Guerra Mundial reúnen testimonios personales, relatos políticos, documentos oficiales y representaciones colectivas de un conflicto que transformó profundamente la historia contemporánea. La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto bélico más importante del siglo XX.
Entre 1939 y 1945, Europa vivió el enfrentamiento de dos grandes alianzas: las potencias del Eje, con Alemania, Italia y Japón como principales protagonistas, y los Aliados, con Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Rusia, entre otros. Desde el comienzo de la guerra con la invasión de Polonia y las posteriores guerras relámpago desarrolladas por los nazis hasta el Día de la Victoria, tuvieron lugar batallas de relevancia como Dunkerque, Stalingrado, Iwo Jima o Berlín, así como asesinatos masivos como el Holocausto o el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki.
La guerra como acontecimiento histórico y como memoria
Los textos sobre memoria disponibles en el área hispanohablante, con frecuencia se refieren a la traumática historia europea del siglo XX, en especial a la Segunda Guerra Mundial. Este hecho sirve de paradigma, de punto de referencia de la disciplina de la memoria (problemas de la subjetividad, de la memoria colectiva o de cómo se transmite el mensaje).
Por esta razón es muy importante tener una mirada crítica frente a los procesos de memoria en Europa, así como de cara a los relatos de aquellos acontecimientos, en tanto esto puede constituirse como un punto referencial y una pauta para la reflexión historio- gráfica crítica sobre eventos violentos del pasado y, por ende, de cómo son preservados y transmitidos.
La pérdida en vidas humanas se cifra entre 50 y 70 millones de personas, al tiempo que el Viejo Continente quedó dividido en dos bloques antagónicos. La Guerra también produjo consecuencias políticas, económicas y sociales que se proyectaron durante décadas.
En este marco, memorizar la guerra no significa únicamente conservar fechas, nombres de batallas o imágenes de destrucción. También implica decidir qué hechos se recuerdan, qué víctimas aparecen en los relatos, qué responsabilidades se reconocen y qué acontecimientos quedan relegados.
El esquema dominante sobre la Segunda Guerra Mundial
Se hace notar que la memoria de la Guerra a la que se refieren diferentes autores sigue, por lo general, un esquema compuesto por tres elementos: 1) la Guerra que fue provocada y realizada por los nazis; 2) la atrocidad de la Guerra, que consiste, casi exclusivamente, en el aniquilamiento de los judíos en el Holocausto; y 3) el Holocausto que tuvo lugar en Auschwitz.
Estos esquemas aparecen en los textos de Andreas Huyssen,1 Enzo Traverso,2 Eugenia Allier Montaño,3 Harald Welzer, Sabine Moller y Karoline Tschuggnall,4 Beatriz Sarlo,5 Elizabeth Jelin6 y Nora Rabotnikof,7 entre otros.
Algunos de estos autores son conocidos, otros no tanto. En todo caso, muchos interactúan de algún modo en sus textos, que mutuamente se refuerzan, y no sobresalen del esquema anteriormente mencionado; casi no se refieren a hechos históricos y cuando sí lo hacen se quedan en formulaciones generales.
La intención del presente artículo es mostrar que este cliché de la memoria de la Segunda Guerra Mundial es altamente selectivo y aparece en un contexto muy reducido. Poco tiene en cuenta las dimensiones de hechos históricos o su significado, o el espectro representativo de las víctimas.
Por esta razón, es un mal representante de la «memoria europea». De hecho, no se refiere a las representaciones de los acontecimientos en su origen y representatividad.
En sí mismo, constituye un ejemplo interesante de la transición intercontinental de la memoria que atravesó muchos filtros y transgredió sus propios ideales. Considerar que la investigación sobre la memoria no es un enfoque estrictamente histórico, pretende plantear que reflexionar sobre las representaciones de los acontecimientos, descartando su origen, no tiene ninguna herramienta de valoración y puede llevar a conclusiones equivocadas.
Preguntas sobre la transmisión del recuerdo
De todo esto nacen varios interrogantes: ¿esta narración es adecuada?, ¿sirve, acaso, para describir y valorar los fenómenos de la preservación y transmisión de la memoria, y para abordar los problemas de su selectividad, transformación u omisiones?
No debe escaparse de la atención que los textos sobre la conformación de la memoria corresponden a versiones de acontecimientos, cuyos hechos también fueron fabricados, por lo menos en algunos aspectos. Por lo tanto, las claves constantemente repetidas se deben examinar de manera crítica, exactamente por su frecuencia y autoridad.
Al observar las tendencias de la «erosión de las grandes memorias colectivas», la «omnipotencia de la orientación hacia el mercado» o el «reemplazo de un modelo histórico por un modelo memorial»,8 surge una inquietud: ¿qué papel desempeña en esos desplazamientos el interdisciplinario campo académico de la memoria?, ¿ha desistido este campo de su función explicativa y crítica de este cambio?
¿Cuál es el punto de inicio de las narraciones? Por último, ¿cuán representativas son las narraciones e incluyen estas el punto de vista de las víctimas?
Si queremos investigar las direcciones del cambio, la referencia histórica es imprescindible, tanto como el punto de inicio. La unión de narraciones de las memorias para crear un esquema homogéneo es también una forma de transmisión de la memoria, pero basada en testimonios selectivos.
Además, ¿es su narración una descripción de los procesos cognitivos, o es esto también una creación activa de los campos de la memoria histórica? Y cuando relacionan e interpretan los cambios en la memoria histórica, ¿cuál es su base empírica?
Desde el punto de vista del reconocido método empírico, tan usado hoy en día, el cual pretende limitar una pura subjetividad, estas preguntas pecan por su obviedad, pero una lectura atenta de los textos sobre la memoria lleva a algunas dudas serias con respecto a los valores de sus detalles fabricados.
El comienzo de la guerra y la destrucción de Polonia
La primera simplificación es la identificación casi absoluta y exclusiva de la Guerra con el holocausto de los judíos. Sin duda, el holocausto del pueblo judío durante el tiempo hitleriano constituyó una barbaridad, una crueldad, un exterminio planeado, que fue y es una vergüenza para todos los victimarios, colaboradores e indiferentes.
En cambio, el problema referencial consiste en la narración simplificada, que deja la impresión de que la Guerra consistió exclusivamente en la matanza de un pueblo. Esta es una simplificación injustificada y de hecho un abuso de la memoria traumática de la Guerra, que no tiene lugar ni siquiera motivada por la fundación de un símbolo de las atrocidades de la Guerra.
El inicio de la Guerra en Europa se dio el 1 de septiembre de 1939. La Guerra empezó con un ataque a Polonia, un país joven que tuvo solamente veinte años de soberanía (antes fue ocupada y dividida por Prusia, Rusia y Austria durante 125 años).9
Este ataque, a manos de los alemanes, fue por el occidente. El 17 de septiembre tuvo lugar otro ataque de las tropas rusas, pero esta vez por el oriente.
Los alemanes y los rusos hicieron un pacto en agosto de 1939 (Ribbentrop-Molotov), en el cual se definió la cooperación entre dos países agresores y la repartición de Polonia, pero también se estableció la anexión de Lituania, Letonia y Estonia a Rusia.
| País | Población aproximada en 1939 | Consecuencia señalada en el relato |
|---|---|---|
| Alemania | 69 millones | Participó en el ataque occidental contra Polonia |
| Rusia | 168 millones | Participó en el ataque oriental contra Polonia |
| Polonia | 35 millones | Fue derrotada y repartida después de dos o tres meses de defensa |
Después de dos o tres meses de defensa, el país fue derrotado y repartido. Al final de la Guerra, tras seis años de ocupación, Polonia quedó con tan solo 24 millones de habitantes.
Se puede establecer la muerte de 6 millones, entre ellos 2,7 millones de judíos. No se puede ignorar que los judíos tenían pertenencia estatal y que fueron ciudadanos polacos -Polonia tenía una historia de mil años de convivencia con el pueblo judío-.10
Sin embargo, en los textos sobre las víctimas de la Guerra no se menciona a las víctimas polacas ni el drama del país atacado por dos vecinos, totalmente arruinado, que perdió millones de sus habitantes en masacres, fusilamientos, procesos de pacificación o en campos de concentración y exterminio.
Polonia, la gran víctima de la Guerra, fue evaporada de la consciencia histórica de los entendidos en la materia.11

El Holocausto y los límites de Auschwitz como símbolo
Cuando se habla sobre el Holocausto, se menciona necesariamente a Auschwitz, un campo de concentración que se encuentra cerca de Cracovia. Este era el campo más grande y el primero donde se usó gas, con una eficacia de veinte mil muertos al día.
Fue una fábrica de la muerte organizada industrialmente y un lugar de concentración donde ocurrieron atrocidades creadas por mentes perversas. El problema de los textos sobre la memoria consiste en la producción de una imagen de Auschwitz como si fuese el único escenario de estos hechos macabros.
Cuando leemos sobre Auschwitz como «topos universal del trauma histórico», como un símbolo de la brutalidad de la Guerra,12 ¿qué conciencia se produce detrás del «símbolo»?
¿Quién es consciente de que en toda Europa hubo cerca de mil doscientos campos de concentración de diferentes tamaños y grados? Ocho de ellos fueron campos de exterminio, seis de los ocho se encontraban en el territorio que ahora sigue siendo Polonia.13
Auschwitz puede ser un símbolo de los crímenes de la Guerra únicamente cuando sabemos que la representación comunica algo más. En el caso contrario, obtenemos un cuadro muy reducido y un símbolo que se transmite solo a sí mismo.
Es interesante que en el sistema jurídico alemán de hoy, Auschwitz no exista como el campo más duro, particularmente en el contexto de los juicios a los criminales de la Guerra que siguen vivos.
En el año 2014, un guarda de las SS de Auschwitz, Hans Lipschis, quien participó en el asesinato de al menos diez mil prisioneros, fue puesto en libertad con una compensación por el tiempo del arresto, porque Auschwitz fue un campo no solo de exterminio (Vernichtungslager), sino también de concentración (Konzentrationslager).
Si el guarda hubiese estado en Treblinka, Majdanek o Sobibór, habría sido sentenciado automáticamente.
Entonces, Auschwitz podría servir como una metáfora de los eventos traumáticos, si reconociéramos la existencia de miles de campos alemanes y rusos, al igual que otras atrocidades del nazismo y el comunismo.
Pero en los textos actuales no hay ni siquiera una referencia a otros campos ni a esos millones de víctimas. De haberlas, Auschwitz sería un símbolo insignificante del sufrimiento.
Los Gulag y las memorias excluidas
Pero esta es solo una parte de la historia sobre los campos de concentración. Otra de ellas, que no existe en la literatura de memoria sobre la Guerra, son los campos de concentración en Rusia, los Gulag,14 que empezaron en 1918 y existieron hasta 1960, aunque hubo prisioneros hasta 1987.
Pese a esto, no hay ninguna palabra sobre los Gulag en los textos sobre memoria; posiblemente entre las personas tampoco haya mucha consciencia sobre ellos.
Los Gulag fueron un sistema formado por miles de campos de trabajo forzoso, con condiciones mortales, bien descrito en los relatos de las víctimas que aparecen en los libros Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn; Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov; Forced Labour and Economic Development, de Stanislaw Swianiewicz, entre muchos otros.
Solzhenitsyn opina que en los campos de concentración rusos murieron alrededor de 60 millones de personas. Otros autores dan cifras de entre 30 y 45 millones, y algunos estiman la muerte de 10 millones.
Esta diferencia tan grande es resultado de la práctica sistemática de ocultamiento de datos por parte de las autoridades rusas, tales como la muerte de muchos prisioneros como consecuencia de agotamiento, debido a las circunstancias extremas e inhumanas que tenían que soportar una vez eran liberados del campo.
Tales cifras no se encuentran en las estadísticas oficiales. El sistema jurídico soviético fue absolutamente perverso, las acusaciones eran por regla general absurdas: castigos de hambre, frío, trabajo forzado y esclavizado y la muerte por inanición fueron reales.
La diversidad de cifras impide presentar un número único como indiscutible, pero no elimina la existencia histórica del sistema ni la gravedad de las condiciones descritas por los supervivientes y los investigadores.
La diversidad de las víctimas
La apreciación de las víctimas no es solo un dato cuantitativo ni tampoco una competencia por quién sufrió más. Durante la Guerra murieron 72 millones de personas, entre ellas 47 millones de civiles.15
Aun cuando el criterio del recuerdo común sea la extinción total y sistemática, convendría notar por ejemplo a los gitanos, quienes fueron objeto de una extinción planeada como limpieza social en el centro y el sur de Europa.
La cifra de los muertos polacos no judíos es por lo menos tan alta como la de los judíos. La limpieza en el caso polaco consistió más en matanzas planeadas de intelectuales (Intelligenzaktion), capturados durante los años de la ocupación, batidas y fusilamientos grupales.
Esto fue un preludio del plan para dejar sobrevivir solamente a los hombres simples, necesarios para el trabajo manual. La inteligencia fue también el objetivo de las acciones violentas de las autoridades soviéticas.
La selección de relatos de la Guerra influye mucho en el desarrollo de esta investigación. Como ya mencioné, los casos ejemplares son relatos esquemáticos sobre la Segunda Guerra Mundial en Europa.
El subcampo de indagación de la memoria no puede ignorar sus suposiciones ni concentrarse solo en construcciones semióticas e ingeniosas expresiones sin ahondar en la seriedad de transmitir el legado histórico.
Memoria, historia y responsabilidad
Así, los textos sobre la memoria de las víctimas podrían ser críticos sobre los recursos que usan y sobre los límites de las simplificaciones. En esta época de ideales científicos no se deben permitir análisis que separen la memoria de la historia, ni que muestren desinterés por los datos empíricos, ni que desdeñen la diversidad de las perspectivas, como tampoco aquellos que se presenten como expertos de las construcciones de la memoria.
La formación de los «carteles de citas» (es decir, citarnos una y otra vez mutuamente) solo refuerza esta tendencia insensata.
La época de «lo políticamente correcto» favorece las versiones simplificadas de acontecimientos y evita cuestiones incómodas.
En el primer caso, la pregunta es más por la representatividad legal y la responsabilidad de los autores que por la lamentable pérdida de la conciencia histórica. En el segundo, con excepción del consumismo y la comercialización del recuerdo, preocupa más el aprendizaje de la historia y de la versión no fantástica de los hechos del pasado.
En otro caso, se corre el riesgo del relativismo total si todo es meramente interpretación: de igual manera los victimarios se convierten en víctimas o los actores secundarios se hacen héroes, y de adoptar la perspectiva: «el problema con ambas [memoria y mito] no es la verdad o falsedad sino sus efectos de realidad»,17 como en las relaciones públicas modernas, donde lo que importa no son los hechos, sino cómo fueron relatados.
Las memorias de Winston Churchill
El libro, como su título indica, es una historia de la Segunda Guerra Mundial escrita por uno de sus principales protagonistas. Cubre desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta julio de 1945, y fue sido publicada en tres versiones distintas: a la primera edición, en 6 volúmenes, siguió una edición ampliada, en 12; y una compacta, en 4.
Con posterioridad se hizo también una versión aún más sintética, en un único volumen. Gran parte del interés del libro está en que el Autor usó para la redacción sus notas personales y documentos gubernamentales.
Además, son las únicas memorias de la Segunda Guerra Mundial escritas por uno de sus protagonistas principales, de modo que aportan una visión muy vivida y cercana del conflicto.
Lógicamente, dado que el libro es más un libro de memorias que uno de historia, los hechos se explican desde la perspectiva del propio Churchill, de modo que -como fuente de análisis histórico- resulta incompleto.
Aun así, hay que reconocer que Churchill se muestra bastante imparcial en la exposición de los hechos, y el juicio de su actuación; tal vez esto se deba a que la obra tiene mucho de colectivo.
En efecto, para escribir estas memorias, Churchill pidió la colaboración de muchas personas y políticos amigos suyos, pidiéndoles que expusieran sus recuerdos personales, ordenaran o completaran las notas que él tenía, etc.
Winston Leonard Spencer Churchill (Blenheim Castle, Oxfordshire, 1874-Londres, 1965), proveniente de una familia aristocrática victoriana, se graduó en el Royal Military College.
Tras haber servido en la India, presenció los acontecimientos que más tarde narraría desde la posición privilegiada de un dirigente político y militar británico.
El presente libro aborda detallada y minuciosamente los sucesos clave y trascendentales de la etapa final de la Segunda Guerra Mundial en su fase decisiva (diciembre de 1941-agosto de 1945): las operaciones anfibias en el norte de África, Sicilia e Italia, el día D, las conferencias entre Estados Unidos, Gran Bretaña y la Rusia soviética, Pearl Harbour, la batalla de El Alamein, la caída de Mussolini, la liberación de Europa Occidental, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, el establecimiento del telón de acero.
Winston S. Churchill, testigo excepcional de todos los hechos relatados, refrenda en este volumen, que completa sus memorias sobre la Segunda Guerra Mundial, un testimonio «en primera fila» del campo de batalla con su pluma lúcida e incisiva, y con el inigualable estilo literario que lo llevó a obtener el premio Nobel de Literatura en 1953.
El segundo volumen de las memorias sobre la Segunda Guerra Mundial de W. S. Churchill desarrolla, con ese particular estilo de escritura que Haffner define como una «mezcla de historia y de autobiografía, de análisis y de testimonio presencial», junto a la descripción de las batallas, dos hilos conductores.
El primero trata de las relaciones con los soviéticos, incómodas y trufadas de obstáculos y exigencias intempestivas, pero comprensibles en quienes llevaban prácticamente el peso de la guerra.
El segundo hilo conductor se encuentra en las vinculaciones con los norteamericanos.
Mezcla de historia escrita al pie de los acontecimientos y de análisis político, el libro de Churchill es un documento imprescindible sobre la Segunda Guerra Mundial.
La memoria pública y el nacimiento de las Naciones Unidas
La Asamblea hachincapié en que este acontecimiento histórico estableció las condiciones que permitieron crear las Naciones Unidas para preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra.
También exhortó a los Estados Miembros de las Naciones Unidas a que aúnen sus esfuerzos para hacer frente a los nuevos desafíos y amenazas, asignando un papel fundamental a las Naciones Unidas, y a que hagan todo lo posible para resolver las controversias por medios pacíficos, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y sin poner en peligro la paz y la seguridad internacionales.
El nombre "Naciones Unidas", acuñado por el Presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, se usó por primera vez en lo que se conocería después como la Declaración de las Naciones Unidas el 1 de enero de 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando representantes de 26 países se comprometieron a continuar luchando unidos.
En virtud de la resolución 59/26, la Asamblea General declaró que los días 8 y 9 de mayo son una ocasión propicia para el recuerdo y la reconciliación y, sin perjuicio de que los Estados Miembros dediquen otras fechas a la victoria, la liberación o la conmemoración, invitó a todos los Estados Miembros, organizaciones del sistema de las Naciones Unidas, organizaciones no gubernamentales y particulares a que celebraran anualmente uno de esos días, o ambos, en forma apropiada para rendir homenaje a todas las víctimas de la Segunda Guerra Mundial.
El 2 de marzo de 2010, en virtud de la resolución 64/257, y recordando que en 2010 se celebraba el sexagésimo quinto aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, la Asamblea General invitó a todos los Estados Miembros, organizaciones del sistema de las Naciones Unidas, organizaciones no gubernamentales y particulares a que observaran estas fechas para rendir homenaje a todas las víctimas de la Segunda Guerra Mundial.
La Asamblea General celebró una sesión extraordinaria y solemne, en la segunda semana de mayo de 2010, en memoria de todas las víctimas de la guerra.
Durante la conmemoración, el Secretario General describió la Segunda Guerra Mundial como "una de las luchas más épicas de la historia en pro de la libertad y la liberación", agregando que "su costo superó todo cálculo y escapa a toda comprensión: murieron 40 millones de civiles y 20 millones de soldados, casi la mitad de ellos solamente en la Unión Soviética".
En la resolución 69/267, la Asamblea General recuerda que la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto que causó una aflicción indecible a la humanidad, en particular en Europa, Asia, África, el Pacífico, y otras partes del mundo.
También destaca los progresos conseguidos desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial en lo que respecta a la superación de sus secuelas y la promoción de la reconciliación, la cooperación internacional y regional y los valores democráticos, los derechos humanos y las libertades fundamentales, en particular por conducto de las Naciones Unidas, y el establecimiento de organizaciones regionales y subregionales y de otros marcos apropiados.
El 7 de mayo de 2025 se celebró una sesión extraordinaria solemne, que conmemoraba el octogésimo aniversario de la Segunda Guerra Mundial (A/RES/79/272).

Conmemoraciones, educación y reconciliación
En la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, se realizó una exhibición fotográfica titulada "The Lessons of the Long-gone War We Still Remember" (Las lecciones de la guerra que aún recordamos).
En la apertura de este evento, el Secretario General de la ONU, António Guterres, enfatizó la necesidad de recordar las lecciones aprendidas de este conflicto en un mundo plagado de una proliferación de guerras.
"Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para garantizar que tales eventos no vuelvan a ocurrir", manifestó el Secretario.
Se celebraron dos actos especiales en la sede de la ONU en Nueva York: "Monumentos: manteniendo viva la memoria de la guerra desaparecida", coorganizado por las Misiones Permanentes de Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán, la Federación de Rusia, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán.
"Concienciación sobre los conflictos e implementación de la educación para la paz" coorganizado por la Misión Permanente de Malawi, el Grupo Internacional de Jóvenes por la Paz, el Movimiento del Pueblo para el Aprendizaje de los Derechos Humanos, Acción por la Paz, Parque de las Cuatro Libertades, Escuelas sin Fronteras y el Centro Desarrollo ambiental y social.
En el septuagésimo aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, la Asamblea General celebró una reunión solemne especial para rendir homenaje a todas las víctimas de esta Guerra.
También adoptó una Declaración política sobre el fortalecimiento de la cooperación entre las Naciones Unidas y las organizaciones regionales y subregionales, en una posición ideal para comprender los problemas de su región.
El cine y la experiencia humana de la guerra
La Balada del soldado cuenta la historia de Alyosha, un soldado ruso que por sí solo y sin ayuda elude dos tanques enemigos y, como recompensa, se le concede una visita a su madre.
En su travesía de regreso a casa, Alyosha es testigo de la desolación de su país desgarrado por la guerra, pero también advierte rayos de esperanza entre la gente, y se enamora.
Este filme, del director Grigori Chukhrai, con su poética imaginería visual, es una meditación fuera de lo común acerca de los efectos de la guerra, y se considera un hito significativo en la historia del cine ruso.
Recibió premios en el Festival de Cine de Cannes y en el Festival Internacional de Cine de San Francisco en 1960.
Una exposición fotográfica titulada "We Won Together" ("Juntos triunfamos") celebró la victoria en la Segunda Guerra Mundial a través de fotografías que destacan el papel de la Comunidad de Estados Independientes (la antigua Unión Soviética) en su derrota del fascismo.
La memoria cinematográfica, fotográfica, literaria e institucional no sustituye a la investigación histórica, pero puede mostrar cómo las sociedades convierten la experiencia de la guerra en imágenes, testimonios, rituales y relatos compartidos.
Instrumentos jurídicos contra la impunidad
La memoria pública de la guerra también se relaciona con la creación de normas internacionales dirigidas a perseguir los crímenes más graves.
- Principios de cooperación internacional en la identificación, detención, extradición y castigo de los culpables de crímenes de guerra o de crímenes de lesa humanidad (1973) [A/RES/3074(XXVIII)].
- Convención sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de los crímenes de lesa humanidad (1968) [A/RES/2391(XXIII)].
- Los Convenios de Ginebra (1949).
- Convención para la prevención y sanción del delito de genocidio (1948) [A/RES/260(III)].
La existencia de estos instrumentos expresa una respuesta institucional a la destrucción masiva, a los crímenes contra la población civil y a la necesidad de impedir que la responsabilidad desaparezca con el paso del tiempo.
La memoria de la Segunda Guerra Mundial exige, por tanto, conservar la fuerza simbólica de acontecimientos como Auschwitz sin convertirlos en una imagen exclusiva de toda la guerra. También exige integrar la invasión y destrucción de Polonia, los campos de exterminio y concentración, los Gulag, la persecución de los gitanos, las matanzas de intelectuales, los bombardeos, las víctimas civiles y las experiencias de las sociedades de Europa, Asia, África y el Pacífico.