El wolframio en la Segunda Guerra Mundial: la guerra económica por el tungsteno español

El wolframio se convirtió durante la Segunda Guerra Mundial en un material estratégico para fabricar blindajes de acero especiales y puntas perforantes de proyectiles antitanque. Alemania, privada de sus proveedores asiáticos por el bloqueo marítimo británico y por la invasión de la Unión Soviética, pasó a depender en gran medida de los yacimientos de la península Ibérica, especialmente de los de España y Portugal.

La llamada Guerra del wolframio no fue una guerra por el control de un territorio, sino una batalla económica, política, diplomática y clandestina por el control de un mineral. En la España neutral de Franco participaron empresas alemanas, funcionarios franquistas, contrabandistas, trabajadores rurales, presos republicanos, agentes aliados y redes de espionaje, mientras Estados Unidos y el Reino Unido presionaban para impedir que el tungsteno llegara a la industria militar nazi.

Por qué el wolframio era tan importante para la guerra

El wolframio, también llamado tungsteno, es un metal bastante raro que se encuentra en forma de óxido y de sales en ciertos minerales. Es muy denso y extremadamente duro, además de tener el punto de ebullición más elevado (5.555 grados) por lo que es utilizado en maquinarias de precisión, electrodos de soldaduras, filamentos de lámparas incandescentes, en las estructuras eléctricas de los automóviles, etc.

El wolframio posee unas características únicas al ser uno de los metales con el punto de fusión más alto, 3422 grados, y con unas cualidades muy particulares, como, por ejemplo, su densidad. El hecho de que conserve intactas sus propiedades a muy altas temperaturas lo hace especialmente interesante para aplicarlo en usos militares.

Se utilizaba fundamentalmente a nivel militar para reforzar los blindajes con aceros especiales y también para fabricar puntas perforantes de granadas antitanque o antiblindaje en general. En la Segunda Guerra Mundial, el wolframio era clave para endurecer las planchas de los tanques y los proyectiles.

El wolframio o tungsteno español fue utilizado por la Alemania nazi para la fabricación del blindaje de sus carros de combate y para la creación de las cabezas de sus proyectiles, aumentando de forma considerable su capacidad de penetración. El wolframio o tungsteno tenía una importancia vital para los nazis en el terreno militar, ya que este metal proporciona gran dureza al acero, por lo que era usado en los blindajes de sus tanques y en la cabeza de sus proyectiles, para aumentar su capacidad de penetración.

Característica o usoImportancia durante la guerra
Gran durezaPermitía reforzar el acero de los blindajes.
Alta densidadFavorecía la fabricación de proyectiles perforantes.
Resistencia a temperaturas elevadasResultaba útil en aplicaciones militares e industriales.
Uso en aleacionesMejoraba las propiedades de materiales empleados en armamento.

Además de ser uno de los elementos más pesados de la tabla periódica, con el punto de ebullición más alto entre los metales, con gran utilidad para las aleaciones y que se utiliza para fabricar desde las puntas de los bolígrafos y las lámparas incandescentes hasta productos de la industria militar, aeroespacial y de la automoción eléctrica, el wolframio presenta la particularidad de tener dos nombres, este de origen alemán, y el sueco, tungsteno.

La pérdida de los suministros asiáticos

Hasta 1939 Alemania se abastecía de este mineral en la India, China y Birmania, pero el bloqueo naval británico obligó a los nazis a buscar los yacimientos de España (Galicia y Cáceres) y Portugal (en Arouca y Panasqueira donde alemanes en "Rio de Frades" e ingleses en "Regoufe" trabajaron de forma pacífica en la extracción en plena Segunda Guerra Mundial, para después venderlo a los aliados y a los nazis.

En aquella época se convirtió en un material estratégico, y Alemania, que lo compraba masivamente en China, tuvo que pasar a comprarlo en la Península Ibérica porque fue incapaz de llevarlo de aquel país de Oriente Lejano raíz de su ataque a la Unión Soviética, lo que interrumpió el comercio terrestre entre los dos países.

Hitler se cerró a sí mismo el suministro procedente de China cuando, el 22 de junio de 1941, invadió la Unión Soviética, país a través del cual el mineral llegaba a Alemania por ferrocarril. Sin acceso a mercados ultramarinos, pasó a ser dependiente del wolframio de la península Ibérica, liderado en volumen por Portugal, donde, en cambio, no tuvo el impacto económico explosivo de España.

Los mayores exportadores de este metal eran China y Birmania pero el reich esperaba que los Aliados bloquearan los suministros desde estos países. Alemania tenía un problema: No había minas de wolframio en su territorio, por lo que tuvo que buscar de manera desesperada fuentes alternativas para aprovisionarse.

El principal productor mundial por aquel entonces era China, pero obviamente los británicos bloquearon cualquier atisbo de exportación hacia la Alemania Nazi. La opción española era su única carta.

España, Portugal y la neutralidad franquista

España, que se había declarado neutral, hizo un gran negocio. El wolframio se convirtió en un recurso clave para ganar la guerra, y España, que se había declarado neutral, hizo un gran negocio.

La ayuda alemana a los sublevados durante la guerra civil se iba saldar mediante el acuerdo por el cual España tenía que entregar como pago materias primas, alimentos y cereales, quedando constituidas dos sociedades encargadas de canalizar los intercambios mercantiles establecidos; HISPANO - MARROQUI DE TRANSPORTES S.L. (HISMA), y la ROHSTOFFE UND WAREM EINIKAUFSGE SELLSCHAFT GMBH (ROWAK).

La deuda contraida se estimó en 212 millones de dólares del año 1940. Por esta razón, importantes cantidades de alimentos como aceite de oliva o naranjas se enviaron a Alemania, y materias primas de interes bélico como el wolframio o la magnesita.

Las buenas relaciones existentes entre Franco y Hitler garantizaron un suministro constante del wolframio español. De este modo, su exportación de materias primas acabó formando parte del pago de España a Alemania por la deuda contraída. Se estima que en 1940 la deuda por la ayuda en la guerra civil ascendía a 212 millones.

Así fue como el führer aleman, sabedor de la riqueza de este metal en España y en Galicia en particular, reclamó al gobierno franquista, como cobro por la ayuda prestada durante la Guerra Civil Española, autorización para explotar este metal en lugares como Carballo (Monte Neme) o Santa Comba (Varilongo).

Franco y su ministro de Economía, el catalán Demetrio Carceller Segura, apostaron hasta el final por suministrar a Alemania, lo que provocó en 1943 un embargo de cuatro meses de petróleo a España por parte de Estados Unidos.

La dictadura de Oliveira de Salazar fijó un precio oficial, mientas que al otro lado de la frontera era libre, lo que alimentó el contrabando. En España el importe se mantenía sujeto a unos precios de tasa que no se podían superar, pero en Portugal la venta del mineral gozaba de un mercado libre, lo que provocaba un flujo masivo de contrabando entre estos dos países.

La minería española y la expansión de Galicia

El gobierno franquista autoriza a los alemanes para organizar dos empresas destinadas a la explotación del wolframio en Galicia. Los alemanes se dirigieron a dos zonas que estaban sin explotar; el núcleo minero de Casaio y la comarca de Carballo.

Para este último objetivo, y sobre todo para la explotación de las de Monte Neme, habían constituído en Vigo una empresa denominada "Estudios y Explotaciones mineras Santa Tecla". Los alemanes llegan así a la región minera de Carballo (A Coruña) y en Ciudad de los Alemanes en Carballeda de Valdeorras, ya antes del final de la Guerra Civil.

Y poco después se experimentó una importante demanda en las cuencas mineras de Tornavacas (Cáceres), el Bierzo leonés y la Cabrera, y menos intensidad en Asturias, Zamora y Salamanca. Concretamente en el Concello de la explotación minera de Casaio, la extracción de wolframio comenzó con capital belga (1913-1928).

Posteriormente, pasó a manos de los alemanes, que las trabajaron en dos periodos (1937-1945, coincidiendo con la II Guerra Mundial) y 1954 durante la Guerra de Corea. Antes de cerrar sus puertas en 1963, el yacimiento fue trabajado por los empresarios de la zona.

El wolframio gallego se convirtió en la única fuente de suministro del Reich, convirtiendo a Galicia en un enclave estratégico. Entre 1939 y 1944, en las minas de la Comunidad trabajaron más de 20.000 personas que, ocasionalmente, recurrían al contrabando del preciado metal para aumentar sus ingresos.

Entre 1937 hasta el 1945, alrededor de 20.000 personas trabajaron oficialmente en las minas, y probablemente muchas más lo hicieron de manera clandestina, buscando el material en áreas sin explorar o durante las madrugadas en unas minas custodiadas por la Guardia Civil y el Ejército español.

Antes de la guerra, existían solo seis empresas destinadas a la extracción del wolframio, a final de la guerra había más de 100 empresas instaladas con el fin de extraer el metal tan preciado.

La importación de wolframio fue un negocio muy rentable para el Estado, ya que, aparte de generar ochenta mil puestos de trabajo, incrementó notablemente las arcas del gobierno. Se crea el Consejo Ordenador de Minerales Especiales de Interés Militar, que desarrolla un sistema para controlar las producciones.

La fiebre del wolframio y la especulación

La competencia entre agentes del Eje y los aliados para hacerse con el máximo de wolframio disponible en España infló una gran burbuja de especulación, contrabando, corrupción y espías, que proporcionó importantes ingresos a la administración franquista y a algunos de sus miembros más destacados.

El interés de los alemanes por el wolframio de Portugal y de España llevó a una carrera entre aliados y alemanes para hacerse con este producto. Esto condujo a una enorme fiebre de oro y un incremento descomunal de precios, que aumentaron más de cien veces, lo que benefició a las compañías propietarias de las minas y también a España, que impuso una fuerte carga impositiva.

La necesidad de abastecimiento que tenían ambos bandos multiplicó su producción por cien en una década. Este conflicto, en 1941, cuadriplicó las 8.000 pesetas que se pagaba en el inicio de la Segunda Guerra Mundial, multiplicándose por 20 en el siguiente año, para finalmente, en 1943, llegar a 262.112 pesetas por tonelada.

Los EE.UU. se implicaron en este comercio, provocando un encarecimiento del mineral, hasta el punto de que la tonelada que valía 1.300 dólares en enero de 1941, en el mes de octubre del mismo año ya se cotizaba a 20.000 dólares.

Momento o referenciaValor indicado
Inicio de la Segunda Guerra Mundial8.000 pesetas
1943262.112 pesetas por tonelada
Enero de 19411.300 dólares por tonelada
Octubre de 194120.000 dólares por tonelada

También el coto minero sirvió de campo de concentración para militares republicanos en libertad vigilada, que redimieron sus condenas mediante trabajo. Mientras el salario de un operario de la época rondaba las 19 pesetas, cualquier persona podía ganar 200 por vender un kilo de tungsteno.

El valor del producto era tan alto que los propios trabajadores sucumbían a la tentación de robarlo, escondiéndolo en una doble suela de los zapatos o en el interior de los mangos de las piquetas o los candiles. Hay que tener en cuenta que el salario medio de un trabajador era de 19 pesetas cuando la venta de un kilo de wolframio en el mercado negro podía ascender a 200 pesetas.

De todos modos, entre el 50 % y el 70 % de la producción quedaba fuera del control estatal, ya que en España el importe se mantenía sujeto a unos precios de tasa que no se podían superar, pero en Portugal la venta del mineral gozaba de un mercado libre, lo que provocaba un flujo masivo de contrabando entre estos dos países.

Como el oro californiano, dejó un reguero de dinero en muchas zonas; pero la prosperidad voló rápido. En la España del racionamiento y el hambre hubo familias que se construyeron un futuro con estrategias de ahorro e inversión, pero en muchos casos, al más puro estilo del oro californiano, la prosperidad se volatilizaba por sí misma.

Quiénes se beneficiaron de la fiebre minera

La situación favoreció el entorno de las minas españolas, donde la economía ascendió de forma exagerada. En un tiempo de hambruna, las familias que encontraron un filón en sus tierras podían enriquecerse de la noche a la mañana.

El beneficio fue sobre todo para las élites franquistas y sus allegados, como el conde Argillo, futuro consuegro de Franco, uno de los testaferros de los nazis, además de para traficantes y contrabandistas.

Los intereses industriales de conexión entre el mundo económico franquista y el mundo político se ejemplifican muy claramente en el caso del ministro de Industria y Comercio, Demetrio Carceller Segura, que de una era una de las personas encargadas de negociar este tipo de comercio y tenía intereses particulares en la cuestión.

El régimen protegía la extracción y comercialización de su tungsteno al considerarlo “mineral de interés para la defensa nacional”, y progresivamente Barrié se afianzó como uno de los empresarios de referencia en el Franquismo.

El fenómeno de la extracción del wolframio incidió tambien sobre ciertos emporios empresariales que hoy se mantienen en Galicia, como el del Banco Pastor, que a comienzos de la década de los 40 una de sus primeras medidas relevantes consistió en la compra de las minas estratégicas de Sanfíns, en Lousame, a través de las Industrias Gallegas en 1941.

Un año más tarde empezaba la fiebre minera y con ella el enriquecimiento acelerado del Pastor, lo que proporcionó la solvencia suficiente al banco para crear en 1943 la eléctrica Unión Fenosa y un poco más tarde introducirse en Astano.

Otro caso es el del empresario compostelano José Parga Moure había conseguido obtener antes de los años dorados la mayor parte de las minas de Varilongo en Santa Comba, otro de los núcleos centrales de la extracción del mineral, que llegó a tener empleadas a cerca de 4.000 personas.

Su fortuna emergió en consecuencia de estos lucros y se convirtió en un socio capitalista determinante de Manuel García Cambón, a quien respaldó financieramente cuando este se dispuso a crear en 1946 la hoy multinacional maderera Finsa.

Jacinto Amigo Leira junto al médico Pedro Abelenda, habían planificado la explotación de las importantes minas de Monte Neme y conseguido el apoyo del influyente Amigo Leira, juez local. Optaron por ceder en concesión la explotación a la sociedad nazi Sofindus y se limitaron a contabilizar los réditos que llenaron sus arcas.

Jacinto Amigo -conocido como el Tío Chinto- poco tardaría en ser alcalde de Carballo y en conseguir relaciones con altas autoridades militares, judiciales, empresariales y diplomáticas. Fue el señor de Carballo, el que repartía favores, procuraba apoyos del régimen para sus finalidades y realizaba labores como filántropo en su área de influencia.

En diez años, la localidad de la comarca de Bergantiños pasaba de tener 1.500 habitantes a 3.000 gracias a la incidencia de la explotación minera sobre su economía.

Trabajo rural, mano de obra forzada y transformación social

¿Quiénes trabajaban en Valborraz? “Gente de las comunidades rurales cercanas -explica Tejerizo-, que no había visto un salario en toda su vida. Hubo un cambio en la estructura mental de esas poblaciones: dejan la vida rural, sus casas de dos plantas, con su ganado, su cocina, y pasan vivir en la mina, en espacios reducidos, con esquemas laborales semanales.

El otro grupo que también trabajaba en la mina era el de los prisioneros del franquismo utilizados como mano de obra esclava; estaban dentro de lo se llamó ‘destacamento penal’, un sistema de redención de penas”.

Muchos de los trabajadores de las minas, fuertemente custodiadas por el Ejército y la Guardia Civil, eran presos republicanos que buscaban reducir sus penas a través del trabajo. En Fontao, en las montañas del centro de Galicia, surgió un poblado minero, al que se llamó “Madrid chiquito”, con medio centenar de bares y varios cines y prostíbulos, que hasta se instalaban en los hórreos, y presos republicanos forzados a trabajar.

Se vendían las vacas para utilizar los establos como pensiones. Se derribaban casas al ver que se habían hecho con las preciadas ­piedras.

En Valborraz, entre 1942 y 1944, funcionó como un destacamento penal. En estos barracones llegaron a dormir 463 presos republicanos para reducir sus condenas.

Tejerizo señala un detalle: el primer lugar donde hubo electricidad en la región fue Valborraz, 30 o 40 años antes de que llegara a los pueblos cercanos. “La ironía es que los presos del destacamento penal tuvieron electricidad y agua caliente mucho antes que los habitantes de Casaio”, remarca.

En los años 40, aquí en la mina ya había electricidad.La producían ellos mismos a través de saltos de agua. La guerra y la modernidad venían de la mano.

Valborraz y la «Ciudad de los alemanes»

Uno de los puntos más activos de este singular combate estuvo en un rincón de Galicia, en la región de Casaio, ubicada a unos 1200 metros de altura. Se trata de la Mina de Valborraz, llamada “la ciudad de los alemanes” por quienes habitaban la región en los años 40.

La mina alemana se convirtió en un imponente complejo dedicado a la explotación del wolframio, gestionado por Alemania con el aval de Francisco Franco, que gobernaba España con mano de hierro tras el fin de la Guerra Civil, en 1939.

La mayor actividad se produjo entre 1943 y 1944, momento en el cual esas enormes instalaciones llegaron a albergar a unas 1000 personas. “Es algo que llama la atención -explica Tejerizo- porque era una población superior a la de Casaio en esa época, que debía estar en las 400 o 500 personas como mucho”.

Valborraz no fue el único complejo dedicado a la explotación del wolframio en la región, pero sí fue el más imponente y el que más modificó el entorno. Tejerizo cuenta que, actualmente, queda en pie una veintena de edificios y estructuras, pero los investigadores calculan que originalmente podrían haber sido el doble o más.

El impacto de la mina de wolframio fue enorme. Los técnicos alemanes desmontaron una montaña que hasta ese momento solo había estado ocupada por pastizales y animales de pastoreo.

“Podríamos estar hablando de más de una hectárea, o incluso dos, llenas de edificios, estructuras, maquinarias, vagones. Hemos llegado a documentar más de una veintena de galerías excavadas en la montaña para la extracción del wolframio.

Además, había materiales que hasta ese momento nunca se habían visto o no eran habituales en la zona: el ladrillo, el cemento. Hay que entenderlo en el contexto del rural gallego montañoso de los años 30.

A efectos del crecimiento de Valborraz se construye la primera carretera. Aparecen coches donde nunca se los había visto”.

Ruinas de la mina de wolframio de Valborraz

La guerra económica entre Alemania y los Aliados

Galicia no tardó en convertirse en un centro de espionaje internacional por los intereses de ambos bandos. El III Reich se esforzaba en conseguir más wolframio y los aliados trataban de impedirlo.

Galicia se llena así de agentes alemanes dispuestos a conseguir el material a cualquier precio y de agentes aliados dispuestos a evitarlo. Las minas de la comarca de Carballo pasan así a tener una importancia estratégica desconocida hasta aquella época.

El suministro de wolframio español a la Alemania nazi derivó en una grave crisis diplomática entre España y los aliados que se extendió entre los años 1943 y 1944. Al final, esta se solventó con el compromiso del gobierno de Franco de reducir las exportaciones.

La guerra y la modernidad venían de la mano. Así como el riesgo de quedar atrapados entre dos fuegos: las comunidades rurales terminaban sufriendo las consecuencias de las tensiones propias de la Segunda Guerra (encarnadas en la apropiación del wolframio) y de los enfrentamientos entre el poder estatal y la guerrilla.

Los estadounidenses se dieron cuenta de la necesidad que tenía Alemania de conseguir el wolframio. Por esta razón, se interpusieron en los planes del III Reich al adquirir todo el producto que les fue posible, fuese cual fuese su precio.

A partir del año 1942, los británicos propusieron a los EE.UU. un programa de adquisiciones prioritarias -COMITÉ DEL WOLFRAMIO - en comprar aquellos productos estratégicos que, como el wolframio, era preciso impedir que llegase a las manos de los nazis para retirarlos del mercado.

Sin embargo, el programa falló por la espectacular crecida de la producción generada como consecuencia de la mayor demanda de mineral mundial.

La presión diplomática sobre Franco

A principios de 1944, antes del desembarco aliado en Normandía, la administración estadounidense exigió a Franco que dejara de vender wolframio en Alemania y amenazó que dejaría de enviar petróleo a España.

El ultimátum desencadenó desavenencias dentro del gobierno franquista. Pero Roosevelt cumplió la amenaza, y después de cuatro meses sin petróleo, Franco cedió y cortó el suministro.

En noviembre de 1943, tras haberse fijado en la Conferencia de Teherán la primera fecha del desembarco de Normandía, la Administración norteamericana, como medida de presion a Franco cortó el aprovisionamiento de petróleo mientras no suspendiese sus ventas de wolframio a la Alemania nazi, al menos en los seis meses siguientes, que se estimó suficiente como para que se viese afectada la industria de guerra alemana.

El ministro de Asuntos Exteriores español, conde de Jordana, logró con el apoyo del embajador norteamericano Hayes, partidario de una actitud más flexible con el Gobierno español, que se abriesen negociaciones con el objeto de hallar una solución a esa radical medida norteamericana, entre enero y abril de 1944 se desarrollaron esas negociaciones que se conocieron como «la batalla del wolframio».

En 1944, el embajador británico Sir Samuel Hoare se acercó, así como quien no quiere la cosa al Pazo de Meirás para darle un susto al generalísimo que siempre estaba enredando y nunca se definía.

Sir Samuel Hoare, embajador de Reino Unido en España mantenía una reunión con él en el Pazo de Meirás (Sada) en el que le exige, entre otras cosas, que los puertos españoles dejen de acoger barcos alemanes y la paralización del comercio de wolframio.

Y le da un ultimátum con la amenaza velada de una invasión aliada de la Península, posiblemente a través de Galicia. Franco respondió con ambigüedad, pero la presión dio sus frutos y se fueron atendiendo las demandas británicas, en un proceso que duró varios meses.

Las investigaciones del historiador Emilio Grandío han sacado a la luz planes aliados teóricos de invasión por la “Normandía gallega”. Los norteamericanos se plantearon seriamente una invasión de Galicia.

El puerto de Valarés y las redes clandestinas

Tras este ultimátum, un pequeño muelle situado en el noroeste de Galicia, se convirtió en el punto más importante de Europa de carga de wolframio: el Puerto de Valarés en Ponteceso.

Construido por los propios alemanes, el muelle de Valarés se utilizó como puerto de salida del wolframio de contrabando, debido a las restricciones al régimen franquista. La influencia alemana en la zona fue innegable.

Desde los ingenieros al frente de la construcción del muelle, los camiones, incluso algunos buques de transporte del mineral, lanchas de desembarco nazis reaprovechadas. El wolframio llegaba a escondidas a Valarés y se cargaba en buques mercantes custodiados por submarinos nazis.

Alemania disponía también de petroleros en Galicia para abastecer a su flota que, en algunas ocasiones eran usados para transportar wolframio, fuertemente escoltados por submarinos.

Vigo era el epicentro marítimo del tercer reich en España, Ferrol su base naval y Fisterra su mejor observatorio. El uso de las rías gallegas por submarinos nazis se convirtió en una estampa habitual de la época y 35 de ellos aún yacen en nuestro mar, víctimas de la lucha contra los aliados.

En Lugo se instaló una potente emisora, conocida como Elektra Sonne, y Carballo y Santiago eran nidos de espías de ambos bandos intentando dominar el mercado negro.

La importancia de este muelle fue tan grande que se siguió usando hasta la década de los 80 cambiando el wolframio por tabaco de contrabando.

El oro, el contrabando y la financiación del comercio

El Instituto Español de Moneda Extranjera (IEME) registró en los “libros de compra de oro en el extranjero”, entre los años 1942 y 1945, la adquisición de 5.661 lingotes de oro que equivalia a 67,4 toneladas, adquiridas en el BANCO NACIONAL SUIZO, BANCO DE INGLATERRA, BANCO ALEMÁN TRASATLÁNTICO, BANCO INTERNACIONAL DE PAGO y BANCO EXTERIOR DE ESPAÑA.

Por otro lado, se importó oro de contrabando a través del holding alemán SOFINDUS, lo que supuso en 1944 en torno a las 20 toneladas de oro a cambio de cientos de toneladas de wolframio exportadas clandestinamente.

El oro expoliado por los nazis de los países ocupados y de los prisioneros judios entre otros destinados en los campos de concentración, era enviado a Suiza y cambiado por francos suizos, con lo que pagaban el wolframio a España.

Y el gobierno Español utilizaba ese dinero para adquirir el oro nazi en el país helvético, ya refundido y convertido en lingotes. El oro partía de Suiza en tren hasta el paso fronterizo entre Francia y España de Canfranc y de allí era trasladado por carretera al edificio del BANCO DE ESPAÑA, en Madrid.

Tras el fin de la guerra mundial, España obtuvo permiso para negociar en los mercados internacionales, y EE.UU. a través del CHASE NATIONAL BANK concedió un préstamo al IEME de 30 millones de dolares, condicionado al traslado del oro como garantía para el pago, por lo que aquellos lingotes viajaron a la Reserva Federal de Nueva York, entre 1957 y 1958.

Ante la total imposibilidad de afrontar las deudas contraidas EE.UU. se quedó el oro por lo que a 1 de enero de 1959 las reservas de oro del gobierno español volvió a estar como antes de la Segunda Guerra Mundial, con sus reservas de oro bajo mínimos.

La relación entre el wolframio y la industria militar alemana

Los aliados desconocían qué tipo de blindaje tenían los carros de combate alemanes, que ofrecía una seria resistencia para ser penetrado por su armamento. Del mismo modo, tampoco conocían de qué estaba compuesta su munición, ya que, desde gran distancia, podía inutilizar sus tanques Sherman.

Finalmente, descubren que todo se basa en las propiedades del wolframio. El wolframio era de una importancia trascendental para el régimen nazi, pues este metal solapado al acero penetra cualquier blindaje como si de mantequilla se tratara.

En consecuencia, sus tanques ya de por sí de avanzada tecnología, alcanzaron la sofisticación insertando en la cabeza de sus proyectiles una aleación mixta en la que este mineral sería determinante ante la cada vez más acusada inferioridad numérica de estas letales armas germanas.

El wolframio o tungsteno sería la clave de las victorias de los ejércitos teutones hasta el año crítico de 1943. En el caso del frente del Este, así como en los estertores de Las Ardenas, los monstruosos carros de combate Tiger y los Panzer PzKpfw VI, una joya de la mecánica de guerra alemana motorizada por Porsche y Henschel, causarían estragos entre los ejércitos aliados.

La efectividad de uno de estos carros de combate dotado de munición de tungsteno rozó la épica cuando un 13 de junio de 1944 uno de los comandantes de esta arma, Michael Wittmann, finiquitó 21 carros británicos en un abrir y cerrar de ojos hasta que se quedó sin combustible y tuvo que volar su Tiger.

El final de la Guerra del wolframio

A raíz de la conquista aliada de Francia se cortó la comunicación física entre la península Ibérica y la Alemania nazi y, por tanto, se interrumpió el suministro de wolframio. Esto influyó decisivamente en la derrota de la economía alemana y fue uno de los factores que contribuyeron a la derrota nazi.

La derrota fue causada sobre todo por los bombardeos masivos, especialmente en plantas industriales de producción de gasolina sintética y otros productos, como los de siderurgia, que utilizaban wolframio, y también por el colapso de las comunicaciones provocado por el dominio del cielo por parte de los aliados.

A mediados de 1943 la guerra económica llegó a su fin, con los aliados como vencedores, pero se necesitó un periodo de seis meses para que la carencia de mineral repercutiera sobre la industria armamentística del eje, tiempo que los aliados se tomarían para el desembarco de Normandía.

La mina alemana cesó con la producción de wolframio en 1945. Los alemanes la explotaron hasta que perdieron la guerra, y destruyeron la maquinaria para que los aliados no se hicieran con ella.

Pese a su ingente gasto en compras de wolframio en España y del posterior corte por la presión aliada y la pérdida de Francia, según el economista Carmona Badía, Alemania aún contaba al final de la guerra con reservas.

La Ciudad de la selva y la guerrilla antifranquista

La historia del wolframio en Galicia no puede separarse de la resistencia antifranquista. En las cercanías de la mina de Valborraz se extendían los vestigios de la Ciudad de la selva, un campamento creado por guerrilleros antifranquistas que, protegidos por lo escarpado y tupido de los montes de la región, se habían asentado allí.

La Ciudad de la selva era zona liberada; ahí no entraba el ejército enemigo, y la gente que la habitaba estaba profundamente ideologizada. Podían dar cobijo a las guerrillas de toda la comarca; por eso pensamos que en los momentos en que se hicieron reuniones o congresos guerrilleros pudo haber albergado unas 150, incluso 200 personas.

“Pensamos que normalmente serían unos 50 guerrilleros -comenta el historiador-, provenientes de distintas zonas de España. La Ciudad de la selva era zona liberada; ahí no entraba el ejército enemigo, y la gente que la habitaba estaba profundamente ideologizada.

La Federación de guerrillas de León-Galicia fue “una de las primeras guerrillas antifascistas de Europa, anterior incluso al maquis francés”.

Durante la Guerra del wolframio hubo un importante intercambio entre esos guerrilleros y el espionaje británico “a través de redes de información que, entendemos, también les proveían recursos, armas, comida”.

En esta historia destaca un personaje, el ingeniero escocés Alexander Easton, vinculado a la inteligencia británica. Easton -apodado “el inglés” por los lugareños- se instaló en la región junto a su mujer y construyó un sólido vínculo con los guerrilleros.

Easton les brindaba refugio o atención médica cuando lo necesitaban, les dio radios para que pudieran oír las emisiones clandestinas de La Pirenaica y les facilitó la multicopista donde se imprimieron varios números de El guerrillero, el periódico de la resistencia armada.

En parte porque en sus proximidades se extiende el Teixedal, un bosque de tejos centenarios que es en sí mismo patrimonio natural de la zona. Y, además, porque en las cercanías de la mina hay otro enclave histórico: los vestigios de la Ciudad de la selva, un campamento creado por guerrilleros antifranquistas.

Entre los alemanes que dirigían la mina, los guardias civiles que imponían las duras condiciones del franquismo y los guerrilleros de la Ciudad de la selva, los habitantes de Casaio intentaban seguir su vida.

Eran familias dedicadas desde hacía siglos a la vida rural, cuya existencia se vio alterada por la guerra y por una suerte de brutal proceso modernizador ligado a las infraestructuras y modalidades de trabajo de la mina “alemana”.

Una zona de violencias superpuestas

“En Valborraz hubo un escenario de guerra. Y esto metido dentro de otra guerra, que era la guerra de guerrillas. Se generó una situación de muchísima violencia, de muchísimos procesos que estamos intentando estudiar arqueológicamente”.

“La idea de Sputnik Labrego era analizar desde la historia, la arqueología y la antropología la larga historia de las sociedades campesinas -se explaya Tejerizo, vía Zoom-. Nos parecía interesante hacerlo en Galicia, y ver cómo las sociedades rurales se fueron adaptando a los cambios bruscos de la historia a través del tiempo.

Uno de los casos específicos era el estudio del impacto que tuvo la guerrilla antifranquista en el campesinado. Para eso, el caso de la Ciudad de la Selva y Casaio era especialmente sugerente.

Pero no se podía entender el desarrollo de la guerrilla sin abordar el desarrollo de esa guerra invisible que fue la Guerra del wolframio”.

El proyecto, nacido alrededor de 2017, se fue expandiendo y consolidando hasta el día de hoy. Cuenta Tejerizo que, en el inicio de la investigación, su objetivo no era Valborraz, sino los restos de “chozos” (espacios construidos con piedras por pastores y campesinos, y luego replicados por los guerrilleros de la Ciudad de la selva) que, ocultos entre la vegetación del monte, guardaban información sobre la resistencia antifranquista.

Pronto descubrieron que, para un equipo de urbanitas, llegar a esos lugares a través de pasos difíciles y en condiciones más bien inhóspitas, no iba a ser tarea fácil. “Nuestro interlocutor allí, Fernando Francisco Fernández, nos dijo que a lo mejor era más factible ver primero la mina”, rememora el historiador.

Cuando los investigadores llegaron a las ruinas de Valborraz quedaron impactados. Había allí una enorme fuente de materiales de investigación que, además, complejizaba el enfoque inicial: ya no se trataba solamente del impacto de la violencia y la guerra en las comunidades rurales, sino también del impacto del proceso industrializador que significaba la extracción del wolframio.

“Cada vez que íbamos era una sorpresa nueva, se iba abriendo un mundo desconocido; ese fue uno de los aspectos que nos llamaron a continuar con la investigación -relata el historiador-. No teníamos conocimiento de lo que este complejo implicaba a nivel de arqueología, a nivel de impacto en el paisaje… lo fuimos descubriendo yendo allí y viéndolo de primera mano”.

La investigación arqueológica de Valborraz

No es fácil la reconstrucción de todo este entramado. Además de apelar a la memoria de quienes la vivieron de pequeños, personas que hoy tienen entre 80 y 90 años, los investigadores de Sputnik Labrego vienen realizando metódicas campañas arqueológicas en primavera y verano, dado que el invierno en la región es extremadamente duro.

Aun con buen tiempo, el trabajo en los vestigios de la Ciudad de la selva es arduo: alturas, cerros escarpados, vegetación abigarrada. Así y todo, los científicos llegaron a una conclusión: los derroteros de la Guerra del wolframio resultaron ser, en cierto modo, inseparables de la historia de La ciudad de la selva.

En el valle As Morteiras, los investigadores pudieron reconstruir la que fue la última cena de los últimos habitantes de la Ciudad de la selva: un guiso de cordero.

La Ciudad de la selva encontró su fin un año después, entrampada entre las disidencias internas y una expectativa que nunca se cumplió: los guerrilleros apostaban a resistir hasta que se consumara la victoria de los Aliados, convencidos de que las potencias democráticas derrocarían a la dictadura franquista.

Esto último jamás ocurrió, y en 1946 la Federación de guerrillas de León-Galicia, ya muy debilitada, sufrió dos ataques de la Guardia Civil que fueron su golpe de gracia.

As Raíces da Galicia Industrial - Volframio

El patrimonio industrial y natural de Casaio

En una extensión de no más de 15 kilómetros cuadrados -que abarca la mina, el bosque de tejos, las comunidades rurales, el monte donde se ocultaban los guerrilleros- se concentró algo así como un núcleo duro de la historia del siglo XX (o, en todo caso, de ciertas tensiones propias de la Segunda Guerra Mundial).

Reliquia patrimonial desde varios puntos de vista, hoy el complejo de Valborraz, instalado en una zona que viene padeciendo sucesivos incendios forestales, corre severo riesgo de perderse.

Es por eso que un grupo de historiadores, arqueólogos y antropólogos españoles nucleados en la asociación científica Sputnik Labrego lanzó a fines del año pasado la campaña Recuperemos Valborraz!, destinada a sumar esfuerzos para preservar un espacio patrimonial que excede a la antigua mina.

En la actualidad, Valborraz está catalogada como yacimiento arqueológico, como espacio patrimonial, y tiene un mínimo grado de protección; una organización intenta que se la declare Bien de interés cultural, una figura de protección más amplia.

“Ahora mismo Valborraz está catalogada como yacimiento arqueológico, como espacio patrimonial, y tiene un mínimo grado de protección -explica Tejerizo-. Nuestra intención es que se declare Bien de interés cultural, una figura de protección más amplia”.

Y agrega, tanto en relación a los estragos provocados por los incendios como a la falta de recursos para rehabilitar los sitios históricos: “Hemos sido los primeros en trabajar en este espacio. El problema es que está desapareciendo delante de nuestros ojos”.

La memoria europea de las minas de wolframio

En noviembre de 2012, el Instituto Superior de Ciencias Empresariales y de Turismo de Portugal (ISCET), con sede en Porto, presentó una iniciativa para fomentar el turismo entorno a la mineria del wolframio.

Las minas de wolframio desarrollaron historias comunes a ambos lados de la frontera luso-española y también se abrieron en Francia, República Checa y otros países donde Ferreira y su equipo han comenzado a buscar información y socios.

Empezaron el proyecto hace un año y les restan dos para seguir localizando puntos de referencia, pero ya cuentan con las minas portuguesas de Río de Frades en Aveiro y otras 10 lusas, las gallegas de Monte Neme en Carballo y la Ciudad de los Alemanes en Carballeda de Valdeorras y otras dos en Francia, además de diez asociaciones y comunidades locales que estarán en la elaboración del proyecto y su posterior puesta en marcha.

Las minas no está sólo en que son patrimonio industrial recuperable, sino la memoria histórica de una época en la que el wolframio supuso la apertura de minas que dieron una actividad insusitada a su entorno, y en la que el metal se extraía con el trabajo, en muchos casos, de republicanos con penas de prisión y trabajos forzados.

Mapa de las minas de wolframio ibéricas

El wolframio, el único elemento químico descubierto por un español, el riojano Juan José Elhuyar, y el mineral que marcó a la península Ibérica durante la Segunda Guerra Mundial, vuelve a resultar estratégico por las restricciones para importarlo de China, donde se concentra la gran mayoría de las reservas mundiales.

Galicia, que aportó más de dos tercios de la producción legal en los tiempos dorados bélicos, atesora una multitud de yacimientos abandonados, tal vez a la espera de que esta fase se intensifique.

El wolframio siempre vuelve, ahora de China. En A Gudiña, Ourense, la empresa sueca Eurobattery Minerals abrió en octubre la que es la segunda mina de wolframio en activo en España, junto con la que ya funcionaba en Barruecopardo, Salamanca, mientras hay otra autorizada en Ciudad Real y existe otro proyecto en Cáceres.

En el caso de la recién estrenada de A Gudiña no transcendió tal oposición, si bien en Galicia existe una considerable sensibilidad social tanto en lo que atañe a los efectos ambientales como ante el secular aprovechamiento de sus recursos naturales con efectos limitados, sino nulos, para su desarrollo.

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