La invasión italiana de Etiopía, también conocida como la Primera Guerra Ítalo-Etíope, ocurrió en 1895-1896. Italia, bajo el liderazgo del rey Humberto I, buscó expandir su imperio colonial en África y conquistar Etiopía. Sin embargo, los etíopes, liderados por el emperador Menelik II, lograron infligir una derrota a las fuerzas italianas en la Batalla de Adwa en 1896.
Etiopía había sido un objetivo colonial pretendido por mucho tiempo por Italia, que ya había tratado de invadir el país en 1896, pero al final fue derrotada en la batalla de Adua. La victoria etíope aumentó el prestigio internacional del imperio. De hecho, entre 1897 y 1905, Menelik aseguró una serie de tratados con potencias extranjeras.
En la primera mitad del siglo XIX, Etiopía era nominalmente un imperio, pero en realidad estaba fragmentado en varios señoríos. Fue solamente gracias a las campañas militares lideradas por los Negus Neghesti (emperador) Teodoro II (1818-1868) y Juan IV (1837-1889) que se extendió y consolidó el poder imperial. Pero mientras que la monarquía etíope todavía estaba tratando de unificar el país, las potencias europeas estaban lanzándose a la colonización de África, al comenzar la expansión denominada Reparto de África.
En el contexto de esta nueva ola de imperialismo, una compra privada de la bahía de Asab fue el primer paso que condujo a la colonización italiana en Eritrea. El joven reino italiano unificado en 1861, no estaba listo para emprender una invasión colonial, pero bajo el pretexto de una concesión privada podía poner los pies en África sin estar involucrado directamente.
Los primeros choques entre Italia y Etiopía
Sin embargo, en ese momento, Juan IV estaba enfrentándose a turbulencias internas y a una guerra en la frontera con Sudán, donde un grupo de rebeldes llamados mahdistas se rebelaron contra los gobernantes otomanes-egipcios, apoyados por Etiopía. El ras Alula (1847-1897), uno de los más poderosos líderes militares etíopes y gobernador de la provincia donde las tropas italianas habían comenzado la ofensiva, decidió responder y en Dogali, el 27 de enero de 1887, aniquiló a un batallón de 500 soldados italianos. Aunque el ataque no fue ordenado por el negus, Italia decidió lanzar una expedición militar contra Etiopía.
A pesar de la movilización de 20.000 soldados, la guerra tomó un giro inesperado. En vez de combatirlos, Juan decidió retirar su ejército, que superaba al de su contraparte italiana, dándole prioridad a la guerra con los mahdistas en la frontera. La muerte de Juan IV trajo una pelea por la sucesión entre el hijo natural del emperador, Mengesha Juan (1868-1906) y el rey de Shewa, Menelik (1844-1913). Este último estaba apoyado por los italianos porque trató de subvertir los esfuerzos de Juan en lo referente a la centralización del poder.
Anteriormente, ya Italia también había firmado una convención con Menelik en 1887, que le garantizaba a Menelik un suministro de armas a cambio de su neutralidad hacia los italianos. En el mismo año, antes de la coronación de Menelik, se había firmado el Tratado de Wuchale (Uccialli en italiano), cuyo objetivo era promover las buenas relaciones entre Italia y Etiopía. Sin embargo, el tratado provocaría un enfrentamiento entre los dos países.
El malentendido, sea intencional o no, derivó de una diferencia en la interpretación entre la versión amhárica e italiana del Artículo 17, concerniente a la diplomacia internacional. No era inusual que se incluyera una cláusula en tratados internacionales que le permitiera a una de las partes actuar como intermediario en nombre de la otra y al firmar el tratado, Menelik quería simplemente mejorar aún más las relaciones con los italianos, utilizándolos como intermediarios en las relaciones con otros poderes europeos.
En aquel entonces, el primer ministro italiano, Francesco Crispi (1818-1901), estaba abogando vivamente por un papel más importante para Italia entre las potencias mayores. Su política exterior inescrupulosa combinaba una militarización en aumento con activismo colonial. En este respecto, Crispi fue el primero en darle una justificación al expansionismo italiano, específicamente, la necesidad de combinar políticas expansionistas con emigración. En aquellos años caracterizados por una migración masiva de italianos del sur hacia el norte de Italia, África podría proveer una fuente alternativa de tierra para los agricultores pobres.
En 1890, Crispi instituyó oficialmente la colonia eritrea, con Massawa como su capital. Menelik fue capaz de evitar cualquier interferencia por parte de Italia y en 1893 denunció la reivindicación italiana de un protectorado sobre su imperio. El control italiano se había expandido a las ciudades de Asmara y de Cheren (o Keren) y su influencia estaba proyectada en el interior de Etiopía, en la región de Tigray.
El nuevo gobernador de Eritrea, el general Baldassarre Orero (1841-1914), estaba tan seguro de la debilidad de Abisinia (como se solía llamar a Etiopía) que decidió marchar hacia la ciudad de Adua, que tenía una importancia religiosa particular para la Iglesia ortodoxa etíope, la principal denominación en Etiopía. Por esta iniciativa no autorizada, Orero fue destituido y reemplazado por el general Antonio Gandolfi (1835-1902) y luego, por un amigo cercano de Crispi, Oreste Baratieri (1841-1901).
Sin embargo, las ambiciones de Baratieri eran mayores que las tropas a su disposición y provoco al potente vecino con varias expediciones militares más allá de su frontera. La situación se salió rápidamente de control: los líderes etíopes aliados con Italia se retiraron; la confusión reinó entre los comandos militares y las tropas italianas comenzaron a sufrir pérdidas significativas.
El general Baratieri había decidido lanzar un ataque sorpresa contra las posiciones etíopes, pero las tres columnas italianas fueron incapaces de coordinar sus esfuerzos y una de ellas se quedó aislada debido a la imprecisión de los mapas. Esta fue la peor derrota de un Ejército europeo en toda la historia del colonialismo. Lo que siguió fue un terremoto político: el gabinete político de Crispi colapsó y Etiopía aseguró décadas de soberanía total.
Consecuencias inmediatas de la victoria etíope
La victoria etíope aumentó el prestigio internacional del imperio. De hecho, entre 1897 y 1905, Menelik aseguró una serie de tratados con potencias extranjeras. Al mismo tiempo, el negus promovió la modernización de la economía etíope, abriendo por ejemplo, la primera sección del tramo del ferrocarril entre Adís Abeba y Yibuti, cuyo objetivo era conectar a Etiopía con el mar Rojo.
La modernización procedió en paralelo con la consolidación del poder imperial en detrimento de las regiones periféricas, tales como Tigray, que estaba peleando por más autonomía. Sin embargo, al tiempo que la salud de Menelik comenzaba a declinar desde 1906, la sucesión al trono etíope atrajo la atención de la diplomacia internacional.
Ese mismo año, Francia, el Reino Unido e Italia firmaron un tratado (el «Tratado Tripartito»), que estableció tres áreas de influencia dentro de Etiopía. Italia consideró esto como un paso atrás visto desde la posición de su supuesta preeminencia en Etiopía antes de 1896.
El gobierno de Iyasu se caracterizó por muchas contradicciones. El aspecto más controvertido fue su actitud benevolente hacia el islam, que sus opositores utilizaron en su propaganda como una prueba escandalosa de apostasía en contra de su creencia cristiana ortodoxa. Iyasu, acusado de haberse convertido al islam, fue depuesto por la nobleza y fue sustituido por su tía Zewditu (1876-1930), con la proclamación contextual de su primo Tafari Makonnen (1892-1975) como ras y heredero designado.
Esta designación doble inusual dejó espació para muchas ambigüedades en las prerrogativas y los límites entre los dos miembros de la realeza. Además, el ras Tafari siempre había actuado como si él fuera el regente y no el heredero del trono solamente, haciéndole sombra a la emperatriz. Zewditu y el ras Tafari también tenían diferentes experiencias culturales y políticas y el príncipe fue capaz de disolver cualquier resistencia interna contra su poder.
Italia regresa al Cuerno de África
No es de extrañar que, después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Italia estuviera abogando por una revisión del statu quo en el Cuerno de África. El Imperio alemán estaba derrotado y los ganadores, especialmente Francia y el Reino Unido, estaban interesados en repartirse los restos de las posesiones coloniales de Alemania.
El Ministerio de las Colonias del Reino de Italia trabajó con miras a la ampliación de la Somalia italiana y al control del ferrocarril y del Banco de Abisinia, para controlar así Etiopía económicamente. Sin embargo, las peticiones exorbitantes que Italia tenía para sus colonias pronto fueron ignoradas por las otras potencias.
Con la subida del fascismo a partir de 1922, las viejas ambiciones empezaron a juntarse con una política más agresiva. El resultado principal fue un intercambio de cartas entre Mussolini y Ronald Graham (1870-1949), embajador británico en Roma, recordado como el «Acuerdo Anglo-Italiano» de 1925. Gracias a este intercambio de notas, Italia obtuvo el reconocimiento de su influencia en el norte de Etiopía.
La intención fue guardar el acuerdo en secreto, pero se hizo público, lo que creó un incidente diplomático. No obstante, Mussolini pudo asegurar un rápido acercamiento con Etiopía, como fue demostrado por el Tratado de Paz y Amistad entre los dos países firmado en 1928. Ni el tratado ni la paz fueron de larga duración.
Aquellos que estaban a favor de un método subversivo se opusieron a la línea diplomática. El empuje final hacia una solución militar vino de una mezcla de factores internos e internacionales. Mussolini quería desmantelar el orden tambaleante después de la Primera Guerra Mundial establecido por el Tratado de Versalles, que ya estaba amenazado por el ascenso de Adolf Hitler (1889-1945) en Alemania.
El casus belli fue el incidente de Wal Wal (1934), un pequeño fuerte en la frontera entre Etiopía y la Somalia italiana. Un enfrentamiento entre las tropas italianas y etíopes se convirtió en el pretexto para que Italia reclamara reparaciones desproporcionadas.
Pero antes de lanzar la invasión, Mussolini buscó la aquiescencia crucial de Francia y de Gran Bretaña. Gran Bretaña y Francia creían que el riesgo principal para el equilibrio de la posguerra era Hitler y no Mussolini, así que ambos estaban favorablemente dispuestos a complacer al Duce.
En enero de 1935, el Duce se encontró con Pierre Laval (1883-1945), el ministro francés de Asuntos Exteriores, que creía en la necesidad de incorporar a Mussolini en un cordón sanitario contra el activismo de la Alemania Nazi. Los dos firmaron un tratado que, a parte de contener algunos ajustes territoriales menores en África, le daba a Mussolini rienda suelta en Etiopía.
El 3 de octubre de 1935, sin una declaración de guerra formal, Italia comenzó la invasión de Etiopía a partir de las dos colonias de Eritrea y Somalia. Italia fue prontamente denunciada por la Sociedad de las Naciones, condenada y sancionada. Sin embargo, las sanciones fueron completamente ineficaces. Por ejemplo, no incluían ni el petróleo ni el acero, fundamentales para debilitar cualquier iniciativa militar.
La invasión de un Estado miembro de la Sociedad de las Naciones por otro miembro era evidencia de la debilidad e ineficacia de este cuerpo internacional para garantizar la seguridad colectiva. Sin ningún ejército a su disposición, la Sociedad de las Naciones no podía ejecutar sus decisiones. A estas alturas, solamente Gran Bretaña podía haber parado la guerra. La Flota británica, con su impresionante superioridad en el Mediterráneo y en el mar Rojo, pudo haber parado fácilmente el despliegue de hombres y armas.
| Elementos clave | Datos del material |
|---|---|
| Fecha de la invasión | 3 de octubre de 1935 |
| Colonia de partida | Eritrea y Somalia |
| Superficie del dominio italiano | 1.295.000 kilómetros cuadrados |
| Capital de la AOI | Adís Abeba |
La campaña militar italiana y la respuesta etíope
Mussolini puso todo su peso personal y político detrás del éxito de la campaña y no admitió ningún fracaso que pudiera socavar su prestigio. El comandante en jefe de la guerra, el general Emilio De Bono (1866-1944), fue acusado de proceder muy lentamente y fue sustituido por el mariscal Pietro Badoglio (1871-1956).
Badoglio estaba autorizado para utilizar el gas mostaza en la guerra, el cual había sido prohibido por la Convención de Ginebra de 1925. Liderando las operaciones desde el sur se encontraba el general Rodolfo Graziani (1882-1955), ya conocido como «el Carnicero de Fezán» por el papel que desempeñó en la colonización italiana de Libia.
A pesar de haber recibido la orden de alcanzar una posición más defensiva, Graziani decidió conducir una segunda ofensiva desde el sur. En enero de 1936, la primera fase de la guerra fue acompañada de una contraofensiva. Sin embargo, la falta de coordinación entre los comandos militares debilitó al frente etíope, lo que condujo a su derrota en la batalla de Tembien del 20 al 24 de enero.
Después de la vulneración de la contraofensiva etíope, las tropas italianas atacaron el monte Amba Aradam, sobrevolado por las fuerzas aéreas. Gracias a su superioridad numérica, el Ejército italiano derrotó a su contraparte etíope más pequeño a finales de febrero en la segunda batalla de Tembien.
El avance italiano se produjo gracias a la superioridad técnica y al número colosal de personas movilizadas para la guerra. Etiopía sufrió las consecuencias de un embargo pertinaz sobre las armas, lo que resultó en la posesión de un número total de municiones y armamentos modernos muy inferiores a los de su contraparte.
Sin embargo, la diferencia más impresionante fue en la fuerza aérea: el negus solamente podía contar con ocho aeronaves en funcionamiento, mientras que Italia contaba con 400 aviones. Es más, Mussolini no quería arriesgar ser superado numéricamente como había sucedido en la batalla de Adua, así que organizó una expedición masiva de fuerzas armadas, corroborada por la presencia de los askaris, las tropas coloniales reclutadas a través de todas las colonias italianas. Fue todo lo contrario de la situación en la batalla de Adua, cuando los etíopes superaban numéricamente a los italianos.
Además, el Ejército (y la sociedad) etíope estaba en proceso de cambiar de una estructura feudal a una organización centralizada.
El 5 de mayo, Mussolini proclamó el establecimiento de un Imperio para Italia. Este incluía Eritrea, Somalia, Libia y Etiopía, que formaron una nueva entidad llamada África Oriental Italiana (AOI). Los primeros virreyes de la AOI, Badoglio y Graziani, representaron el colmo de un control colonial violento, cuyo objetivo era reprimir la resistencia etíope.
De hecho, a pesar de la victoria militar, Italia nunca pudo asegurar completamente su control sobre Etiopía; su influencia estaba confinada a las áreas urbanas. El evento más famoso vinculado con la resistencia fue el atentado de asesinato fallido del general Graziani el 19 de febrero de 1937.
Graziani respondió con un contragolpe brutal; durante tres días, Adís Abeba fue ensangrentada con miles de matanzas indiscriminadas contra la población. La represión se extendió más allá de la capital para doblar a las élites etíopes, como fue el caso en la exterminación de los clérigos coptos de Debre Libanos entre el 21 y el 29 de mayo de 1937.
Sin embargo, el duque de Aosta no podía evitar los dictados pronunciados por Mussolini, que presionaban a favor de la segregación racial entre italianos y etíopes, por ejemplo, prohibiendo los matrimonios mixtos.
Rasgos del dominio colonial y segregación racial
Durante el intento de colonización de Etiopía por parte de Italia a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, se evidenció una mentalidad de supremacía racial entre algunos italianos que estaban involucrados en la empresa colonial. Esta creencia en la superioridad de la raza blanca europea sobre la población etíope resultó en actitudes y prácticas discriminatorias.
Los italianos en Etiopía también establecieron un sistema de segregación racial, lo que significaba que había escuelas y espacios separados para italianos y etíopes. Esto se hizo con la intención de mantener una clara división racial y de mantener a los etíopes en una posición subordinada.
Uno de los aspectos más notables de la lucha contra la colonización italiana fue la Batalla de Adwa en 1896, en la que las fuerzas etíopes infligieron una derrota decisiva a los italianos. Este evento se convirtió en un símbolo de la resistencia africana exitosa contra el colonialismo europeo y un recordatorio de la determinación de Etiopía por mantener su independencia.
La Guerra Ítalo-Etíope entre los años 1935 y 1936 fue uno de los grandes conflictos coloniales del siglo XX que incendió una parte del África Oriental y que de manera indirecta tendría cierta relevancia en el desencadenamiento posterior de la Segunda Guerra Mundial. Italia se unió muy tarde a la carrera colonial por África como consecuencia del largo proceso de unificación durante el «Risorgimento», por lo que no pudo centrar sus miras en el vasto continente hasta una fecha tan tardía como el último cuarto del siglo XIX.
El objetivo fue Etiopía, por ese entonces uno de los escasos territorios que no estaba sometido al control de ninguna de las potencias europeas, a la cual los italianos no dudaron en invadir durante un conflicto conocido como la Primera Guerra Ítalo-Etíope que duró de 1895 a 1896.
Etiopía se convirtió así en el símbolo de una resistencia africana que logró frenar la expansión colonial italiana en un momento decisivo de la historia moderna.
