Las causas por las que Alemania y sus aliados perdieron la guerra son múltiples y tienen mucho que ver con el colapso de su industria. Pero, desde luego, no fue por falta de iniciativa o determinación táctica.
Alemania comenzó la Primera Guerra Mundial (1914-18) en la creencia de que sus Fuerzas Armadas podrían ganar una rápida y decisiva victoria primero contra Francia y luego contra Rusia. La realidad se fue complicando a medida que mas países resultaron implicados en una guerra global que duró cinco años.
Claramente, un título alternativo a este artículo podría ser, «Por qué los Aliados ganaron la guerra». Indudablemente, los Aliados lucharon con coraje y determinación para derrotar a Alemania, pero también es verdad que la propia Alemania, por sus errores internos, fue a menudo su peor enemigo.
Un continente preparado para la guerra equivocada
Lo aconsejaba el romano Flavio Vegecio en el siglo IV: «Si vis pacem, para bellum» («Si quieres la paz, prepárate para la guerra»). Nada hay peor en la historia de la guerra que pasar de golpe de la paz a la guerra. Y nada más catastrófico que ir a la guerra sin estar listo o pensar que la paz, si no se riega, va a durar por siempre.
La Primera Guerra Mundial estuvo precedida por el periodo más largo sin guerras en la historia de Europa. El continente se dirigió con estrépito hacia una guerra para la que nadie estaba preparada y para la que no se tenía un plan táctico en concordancia con las innovaciones tecnológicas.
A nivel militar, la Primera Guerra Mundial tiene un antecedente claro en la Guerra de Secesión Americana , una contienda calificada de «bisagra».
Durante esta guerra civil en Norteamérica, ambos bandos se vieron obligados a estirar una exigua fuerza de 16.367 soldados, que constituía el ejército nacional, hasta obtener dos formaciones monstruosas: 2.600.000 en el caso de la Unión y de 1.000.000 en el de la Confederación .
Sendas fuerzas carecían de oficiales experimentados, su Estado Mayor era un auténtico geriátrico e ignoraron las lecciones que las Guerras Napoleónicas habían dejado décadas antes.
De la misma forma, muchas innovaciones tecnológicas acontecieron al inicio de la Primera Guerra Mundial y, de nuevo, los oficiales europeos se encontraban demasiado ocupados atendiendo sus agendas políticas.
Desde 1871 no se vivía una guerra importante en Europa , a excepción de las que enfrentaban a los imperios coloniales a miles de kilómetros.
Los cambios en armamentos se habían sucedido a un ritmo vertiginoso: fusiles de cerrojo, ametralladoras, obuses, pólvora sin humo, explosivos de nitrato, cureñas de cañón que absorbían el retroceso, acorazados, tanques, gases, aviación, etc.
Los Estados Mayores europeos , inspirados en la inmovilista estructura prusiana de principios de siglo XIX, se mantuvieron ajenos a estos cambios, aletargados por el periodo de paz y las erróneas conclusiones que las guerras coloniales estaban mostrando.
Es por ello que, cuando el 3 de agosto de 1914 Alemania declaró la guerra a Francia, por muchos rincones de Europa se recibió con euforia la noticia ante la previsión de que sería un enfrentamiento breve y decisivo (ese también fue el pensamiento de Lincoln al inicio de la Guerra Civil ).
El plan Schlieffen y su límite real
Este grupo de fundamentalistas, que consideraban la guerra como una opción asumible, desarrolló una estrategia que creían inapelable: el plan Schlieffen.
El conde Alfred von Schlieffen diseñó una estrategia que, supuestamente, resolvía la dificultad alemana de luchar en dos frentes - Francia al oeste, Rusia al este - y, además, barajaba una victoria en tiempo record.
Basándose en el movimiento envolvente de Aníbal en la batalla de Cannas , Schlieffen proponía flanquear las defensas francesas a través de Bélgica para atrapar el ejército francés de soslayo.
El plan alemán contaba con objetivos por fechas para el desplazamiento de 1,5 millones de soldados. Se preveía que en seis semanas, según un meticuloso calendario que calculaba etapa por etapa, se sometería a Francia; luego, las tropas se dirigirían rápido hacia el frente oriental.
El plan se fundamentaba en la brevedad, sin estimar los problemas que pudieran surgir sobre el terreno o la dificultad política que conllevaba la invasión de terceros países.
Según la previsión alemana, mientras la operación se realizara de forma concisa no habría tiempo de reacción, pero en el caso de una prolongada invasión de Bélgica habría consecuencias políticas imprevisibles: probablemente Inglaterra se vería arrojada a la guerra y EE.UU.
El 4 de agosto de 1914, los líderes del Estado Mayor alemán, Moltke «el joven» (sobrino del legendario general prusiano) y Erich Ludendorff , dieron luz verde al plan Schlieffen .
Como todos los planes trazados en la calidez de un despacho, éste no tardó en estrellarse con la realidad.
Aunque el plan no estuvo lejos de tener éxito, el retraso en el paso por Bélgica y el complicado esfuerzo de mantener una línea de abastecimiento saboteada por los restos del ejército belga hizo imposible la aniquilación de Francia en el tiempo previsto.
Por suerte o por desgracia para Alemania, el resto de líderes europeos tampoco previeron una larga confrontación.
Nadie creía que una guerra moderna pudiera durar más de un año , tampoco se confiaba en que los frágiles estados pudieran soportar mucho sin entrar en colapso económico.
Los planes para un desenlace rápido habían durado cuatro meses y dejado medio millón de muertos.
A continuación, todo el centro de Europa se convirtió en una extensa línea de trincheras, donde el fango y la miseria se convirtieron en protagonistas.
La potencia de las armas de fuego permitió transformar cualquier posición en inexpugnable, por lo que las líneas se mantuvieron por tres años sin apenas cambios.
Los intentos por alcanzar nuevos objetivos en Occidente se transformaron, una y otra vez, en baños de sangre sin avance.
Paradójicamente, solo en el frente Oriental las cosas marcharon mejor de lo esperado para el Imperio alemán . La Rusia zarista se derrumbó desde dentro y Alemania se limitó a barrer sus restos.
1915 fue un gran año para los intereses de las Potencias Centrales, pero el año siguiente se saldó con sendos descalabros para Alemania.
Verdún, Somme y el desgaste industrial
Consciente de que los recursos aliados permitirían estirar el conflicto por más tiempo, el Estado Mayor Alemán se decidió a lanzar a finales de año un ataque decisivo contra la ciudad francesa de Verdum .
El asalto se convirtió en una carnicería a manos de la artillería, con 400.000 soldados de ambos bandos muertos y 800.000 heridos.
Los alemanes se vieron obligados a desistir, finalmente, a causa del exceso de bajas y la apertura inglesa de una nueva ofensiva en la ciudad de Somme.
Era evidente que los movimientos tácticos tradicionales no estaban en consonancia con los retos presentados por la tecnología.
Entre los teóricos clásicos, se entendía como método de avance un intenso bombardeo en las defensas enemigas, seguido por un asalto masivo de infantería.
Este modus operandi conllevaba un alto número de bajas y resultaba deficiente puesto que el bombardeo advertía del lugar que iba a recibir el posterior ataque.
En la ofensiva sobre Somme, los ingleses arrojaron un millón y medio de proyectiles durante una semana, luego catorce divisiones inglesas se abalanzaron sobre las líneas alemanas.
Cuando los ingleses se encontraban a 100 metros de su objetivo, las líneas alemanas escupieron una incesante lluvia de proyectiles. Solo una decena de ingleses alcanzaron las trincheras. Por el camino quedaron 19.240 muertos, 35.493 heridos y 2.152 desaparecidos.
Únicamente la pertinaz insistencia inglesa permitió una victoria a los puntos en los siguientes días.
Tras concentrar sus ataques en objetivos limitados, los británicos comenzaron a causar un lento goteo de bajas entre los alemanes.
Los germanos no podían seguir soportando ese ritmo y decidieron dar un giro radical a su estrategia.
Erich Ludendorff se hizo cargo del mando central y ordenó a un grupo de militares veteranos formular una nueva doctrina: «Conducción de la guerra defensiva».
Según recogía ésta, la línea defensiva debía estar precedida por una hilera de ametralladoras , mientras la infantería se situaría en retaguardia, lejos del alcance de la artillería, a la espera de lanzar contraataques en las brechas abiertas.
La defensa en profundidad mostró su eficacia contra una ofensiva francesa en la primavera de 1917.
El éxito fue tal que las tropas francesas decidieron amotinarse y negarse a avanzar más sobre las líneas alemanas, cuyo grado de mortandad, gracias a la nueva estrategia, era proporcional a la profundidad de las incursiones.
El pulso aleman al mundo se alargaba ya por cuatro años.
Alemania sostuvo, con la débil Austria y el enfermo Imperio Otomano por principales aliados, un prolongado enfrentamiento contra tres de las potencias del mundo, Francia, Inglaterra y Rusia -respaldados por EEUU-, manteniendo hasta el final la iniciativa táctica.
La guerra en 1918: la última oportunidad
En 1918, Alemania consiguió, además, imponerse en el frente oriental y por poco lo consigue en el occidental. Lo impidieron las escasez de recursos y la imposibilidad de sostener las ambiciosas reformas tácticas.
La acertada defensa en profundidad fue seguida por el «ataque en profundidad», que evidenciaron que la guerra no es el mejor lugar donde jugar al prueba y error.
La columna vertebral del «ataque en profundidad» fue la creación de una fuerza de élite.
Para el decisivo año de 1918, se organizaron cuarenta divisiones de asalto, perfectamente equipadas, con sus correspondientes oficiales y suboficiales adiestrados en la nueva doctrina.
Las instrucciones autorizaban la delegación de decisiones en el cuerpo de suboficiales, y con ello se introdujo el concepto de maniobra en el campo de batalla .
El 21 de marzo de 1918, Erich Ludendorff ordenó lanzar la última gran ofensiva alemana de la guerra: la Operación Michael .
Las nuevas divisiones de asalto se comportaron de forma brillante en un espectacular avance de todas las líneas.
No en vano, Alemania llevaba meses cavando su tumba y el fracaso de la ofensiva no estuvo en la vanguardia, sino en la retaguardia.
Tras lanzar un millón de hombres contra las defensas francesas e inglesas, Ludendorff estuvo muy cerca de escindir en dos el territorio controlado por los aliados.
El comandante francés Pétain reaccionó mandando refuerzos desde el sur; lo que, añadido a la elección de un mando único aliado, permitió frenar la ofensiva Michael en una semana.
Los alemanes llegaron a apuntar contra el corazón de Francia, pero fracasaron en vísperas de la entrada de EE.UU. en escena.
A mediados de 1918, la rendición por agotamiento de las Potencias Centrales pareció inevitable.
Alemania se había comportado de forma excelente desde el punto de vista táctico, aunque en una carrera de fondo la dificultad de cargar sobre sus espaldas a unos aliados exhaustos y a una industria desfallecida estrelló sus ambiciones.
Ludendorff echó a pique la industria armamentística con decisiones poco meditadas.
Tras una revolución obrera a principios de otoño, el káiser Guillermo II huyó a los Países Bajos.
El 11 de noviembre de 1918, el gobierno de la nueva República alemana firmó el armisticio de Compiègne para poner fin al conflicto.
El horror de la guerra moderna había alcanzado Europa por sorpresa y, con la misma velocidad, se había ido de momento.
Bloqueos, mar, aire y desgaste total
El armamento alemán fue superior en los primeros años de la guerra, cuando armas como la ametralladora MG08 había demostrado ser letal contra el ataque de la infantería.
Otra innovación alemana que prometía mucho pero no cumplió expectativas fue el uso de los dirigibles Zeppelin para bombardear poblaciones civiles del enemigo.
París, Londres y otras muchas ciudades fueron alcanzadas pero la pobre tecnología de las bombas lanzadas, el limitado número de dirigibles y su vulnerabilidad a aviones de caza más rápidos significó que los bombardeos de los zepelines resultaran definitivamente poco exitosos a la hora de conseguir alguna ventaja estratégica.
A medida que la guerra continuaba fueron los Aliados los que demostraron dominar la innovación militar.
El alto mando alemán, en cambio, no se había percatado del potencial del armamento moderno como los tanques o las ventajas de los ataques conjuntos de todas las armas (artillería, infantería, tanques y apoyo aéreo).
A decir verdad, los generales aliados tardaron mucho tiempo en comprender la mejor manera de usar con efectividad los tanques, pero el uso masivo de tanques en la batalla de Cambray en noviembre-diciembre de 1917 demostró su gran valor.
Para Alemania, la lección llegó demasiado tarde.
El ejército alemán no pudo abastecer a sus hombres con suficientes alimentos o material ya que carecía de medios adecuados de transporte.
Las líneas de ferrocarril iban quedando atrás a medida que el Ejército alemán avanzaba y la dependencia del transporte por caballería demostró ser una auténtica debilidad.
En 1918, el ejército alemán tenia sólo 23.000 camiones en comparación con los 100.000 de los Aliados.
Además, el bloqueo por los Aliados originó la escasez de materiales y suministros.
La idea alemana de las tropas de asalto - usar los mejores hombres con el armamento más moderno en grupos pequeños para causar el desconcierto y la destrucción de las líneas y la retaguardia enemiga - fue una excelente idea pero, inherentemente, implicaba un alto coste de vidas.
De esta manera, los alemanes gastaron poco a poco sus mejores tropas.
Antes incluso de empezar la guerra, Alemania ya tenía dos problemas.
El primer problema era construir un Ejército suficientemente grande para desafiar al francés y el segundo construir una Armada suficientemente grande para desafiar a la Armada británica.
Esto fue realmente un gran desafío.
El drama de la carrera armamentística entre Alemania y Gran Bretaña fascinó a la prensa durante la primera década del siglo XX pero esta era una carrera que Alemania nunca hubiera podido ganar.
Gran Bretaña, en 1914 aún el país más rico del mundo, permanecía absolutamente determinada a mantenerse por delante en cualquier carrera armamentística, especialmente en lo que concernía a la Armada Real, el enlace marítimo vital entre los muy distantes puntos del Imperio británico global.
Su imperio abarcaba unos 400 millones de personas en más de 50 países.
Alemania había gastado grandes cantidades en navíos, pero aun así la suya era la segunda Armada del mundo.
Aún peor que ser los segundos en la carrera armamentística, los militares alemanes se percataron de haber invertido en el tipo inapropiado de armamento.
Los días de las grandes batallas navales con navíos cañoneándose en mar abierto ya habían terminado.
Durante la Primera Guerra Mundial solo hubo una batalla naval importante, la batalla de Jutlandia, en mayo-junio de 1916.
Ambos bandos se arrogaron una incierta victoria, pero lo relevante es que tras la batalla de Jutlandia la potencia de la Armada Real británica obligó a la flota alemana a permanecer en sus puertos, fuera de peligro, durante el resto de la guerra.
Posteriormente, Alemania se decidió por la guerra submarina como la mejor forma de hacer daño al enemigo, con consecuencias que quizás no fueron bien evaluadas por el alto mando.
A pesar de los éxitos iniciales, a largo plazo las campañas submarinas contra los barcos aliados fueron progresivamente menos efectivas a medida que el enemigo utilizó convoyes armados, apoyo aéreo y minas antisubmarinos para disminuir sus pérdidas.
Quizás la contramedida más efectiva fue el sistema de convoyes. Sólo 436 barcos de los 88.000 que cruzaron el Atlántico de esta manera fueron alcanzados por torpedos.
De esta manera la construcción de nuevos barcos por los aliados superó las pérdidas en el mar, permitiendo la llegada a Europa de suministros vitales.
La decisión alemana de emprender y sostener una guerra submarina indiscriminada trajo importantes decisiones diplomáticas.
El hundimiento del transatlántico RMS Lusitania por U-20 en mayo de 1915 fue un claro ejemplo de ello.
Entre los 1.198 civiles muertos se encontraban 128 ciudadanos estadounidenses y en Estados Unidos se generó un gran y escándalo airado contra Alemania.
A consecuencia de lo anterior y desde septiembre 1915, la armada alemana impuso restricciones de objetivos a los capitanes de los submarinos pero desde febrero 1917 la guerra continuó sin restricciones.
La última oportunidad para la victoria alemana vino en la primavera de 1918.
La revolución bolchevique de 1917 había excluido a Rusia de la guerra lo que permitió a Alemania retirar tropas y material del frente del este y potenciar el oeste.
44 divisiones se trasladaron al oeste.
En este frente, cada contendiente contaba sobre el terreno con 4 millones de hombres, pero decenas de miles de soldados americanos desembarcaban cada semana en Europa.
La paridad de hombres en el frente oeste no podía durar mucho.
Al final, esta ofensiva de primavera costó 800.000 bajas (entre muertos y heridos) y no consiguió ninguna ganancia estratégica significativa.
A pesar de los éxitos iniciales, Ludendorff no pudo apoderarse de los nudos ferroviarios controlados por los aliados, de manera que el enemigo se abastecía según sus necesidades.
La primera acción con participación de tropas americanas fue en mayo de 1918.
En agosto, los Estados Unidos tenían 1,4 millones de soldados en Francia y enviaba 250.000 adicionales cada mes.
Por el contrario, Alemania ya no tenía reservas que alistar, todos los hombres en edad de luchar ya habían sido alistados o trabajaban en industrias vitales.
La siguiente generación de reclutas no estaría disponible hasta noviembre y necesitaría varios meses de entrenamiento.
En el frente, la moral de los soldados alemanes, cansados y hambrientos, era muy baja y el amotinamiento se percibía en el ambiente.
Los oficiales alemanes se esforzaban en evitar que sus hombres dejaran de combatir simplemente para comer cualquier suministro aliado que hubieran logrado conseguir.
Otro golpe a la moral alemana, además de las pobres raciones, fue la propagación de la gripe española.
La epidemia de gripe de 1918 golpeó las líneas alemanas unas semanas antes que a los aliados, retirando en junio 500.000 soldados del frente y afectando seriamente la capacidad de lucha de 13 divisiones.
Alemania no solo se había visto superada en hombres.
En 1918, la aviación aliada era superior a la alemana en proporción de 5 a 1.
Los aviones se utilizaban para identificar las posiciones de la artillería alemana y los puntos más fuertes de defensa.
Los cazas aliados se aseguraron de que la fuerza aérea alemana no pudiera dar el mismo servicio a sus comandantes en tierra.
La disparidad en tanques era aún mayor.
Los aliados lanzaron su contrataque a la ofensiva de primavera en la segunda batalla del Marne en julio de 1918, continuando su empuje en la llamada ofensiva de los 100 días.
Los aliados consiguieron aplastantes victorias, como la de la batalla de Amiens en agosto.
En 100 días los aliados apresaron 363.000 soldados alemanes (el 25% de las fuerzas del frente) y capturaron 6.400 cañones (el 50% de toda la artillería alemana en el frente oeste).
La rebelión creció en el Ejército y la Armada alemanes hasta niveles sin precedentes, al igual que entre la población civil en territorio alemán.
La guerra acabó con la firma de un armisticio en 1918. El káiser Guillermo II (1859-1941) se vio obligada a abdicar.
Bajo los términos de paz del Tratado de Versalles, Alemania tuvo que declararse culpable de haber iniciado la guerra, pagar reparaciones a los vencedores, aceptar restricciones en sus fuerzas armadas, y ceder algunos territorios en la propia Alemania y todas sus colonias.
Versalles, pérdidas y consecuencias políticas
Alemania perdió la Primera Guerra Mundial, y en el Tratado de Versalles de 1919, las potencias vencedoras (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y los otros estados aliados) impusieron a la derrotada Alemania disposiciones punitivas para su territorio, milicia y economía.
En el oeste, Alemania devolvió Alsacia-Lorena a Francia, de la que se había apoderado hacía más de 40 años.
Además, Bélgica recibió Eupen y Malmedy; la región industrial de Saar quedó bajo la administración de la Liga de Naciones durante 15 años; y Dinamarca recibió la región del norte de Schleswig.
Finalmente, se desmilitarizó la región del Rin, es decir, no se permitían ni fuerzas militares ni fortificaciones alemanas.
En el este, Polonia recibió de parte de Alemania regiones de Prusia Occidental y Silesia.
Además de esto, Checoslovaquia recibió de Alemania el distrito de Hultschin; la gran ciudad alemana de Danzig se convirtió en una ciudad libre protegida por la Liga de Naciones, y Memel, una pequeña franja territorial de Prusia oriental ubicada a lo largo del Mar Báltico quedó finalmente bajo el control de Lituania.
Alemania perdió todas sus colonias fuera de Europa.
En total, Alemania perdió el 13% de su territorio europeo (más de 27.000 millas cuadradas [69.930 km2]) y un décimo de su población (entre 6,5 y 7 millones de personas).
Cuando culmina la Primera Guerra Mundial en 1918, se inician las negociaciones de paz en París. Alemania es señalada como la principal culpable del devastador conflico bélico.
Los acuerdos se firman en el Tratado de Versalles, llamado así, pues en el palacio de ese nombre donde se firma el acuerdo entre los países participantes.El Tratado de Versalles provoca reacciones furiosas de la población alemana.
Alemania debe pagar una enorme cantidad de dinero a los países contra los cuales luchó, para compensar el daño. Asimismo, Francia, Inglaterra y Estados Unidos quieren evitar que Alemania vuelva a ser lo suficientemente fuerte como para iniciar otra guerra. Según estos países, Alemania solo puede poseer un pequeño ejército.
Alemania debe, además, ceder territorio. A Francia se le concede Alsacia-Lorena y las minas de carbón en el área de Sarre. Alemania puede mantener la región de Renania, pero no su ejército. El gobierno alemán de Renania es reemplazado por un gobierno de Gran Bretaña y Francia (los antiguos enemigos de Alemania).
Al este, Alemania pierde una gran porción de su territorio. Esta área pasa a formar parte de Polonia, que también recibe tierras de Rusia y del Imperio a Astro-Húngaro. Además, Alemania pierde sus colonias en África y Asia.
Los alemanes no creen que deben asumir la culpa de la guerra, como también consideran una humillación la pérdida de sus territorios.
La agitación social y económica que siguió a la Primera Guerra Mundial desestabilizó fuertemente a la incipiente democracia y dio lugar al surgimiento de muchos partidos de extrema derecha en la Alemania de Weimar.
Muchos alemanes olvidaron que habían aplaudido la caída del káiser, que inicialmente habían recibido con agrado la reforma democrática parlamentaria y que habían celebrado el armisticio.
Recordaban solamente que la izquierda alemana -- socialistas, comunistas y judíos, en el imaginario común -- había entregado el honor alemán en favor de una paz ignominiosa cuando ningún ejército extranjero ni siquiera había tocado territorio alemán.
Esta Dolchstosslegende (leyenda de la puñalada por la espalda) fue iniciada y propagada por jefes militares alemanes retirados de la época de la guerra quienes, totalmente conscientes de que en 1918 la guerra se había vuelto insostenible para Alemania, le habían aconsejado al Káiser que buscara la paz.
Los Vernunftsrepublikaner ("republicanos por razón"), personas como el historiador Friedrich Meinecke y el ganador del premio Nobel Thomas Mann, que al principio se habían resistido a la reforma democrática, ahora se sentían obligados a apoyar a la República de Weimar como el mal menor.
En ese sentido, trataron de alejar a sus compatriotas de la polarización de la extrema derecha y la extrema izquierda.
Las promesas de la derecha nacionalista alemana de revisar el Tratado de Versalles por la fuerza, si era necesario, ganaban cada vez más aceptación entre los círculos respetables.
Los agitadores de la izquierda política cumplieron duras sentencias en prisión por inspirar el descontento político.
Por otro lado, los activistas de extrema derecha como Adolf Hitler, cuyo Partido Nazi había intentado deponer al gobierno de Bavaria y comenzar una "revolución nacional" en el Putsch de la cervecería de noviembre de 1923, solo cumplieron nueve meses de una sentencia de cinco años de prisión por traición, que era un delito capital.
Las dificultades impuestas por el descontento social y económico tras la Primera Guerra Mundial y sus onerosos términos de paz, así como el miedo irracional que sentían las clases medias alemanas a que los comunistas tomaran el poder, socavaron las soluciones democráticas pluralistas en la Alemania de Weimar.
También aumentaron el anhelo público de una dirección más autoritaria, un tipo de liderazgo que los votantes alemanes finalmente por desgracia encontraron en Adolf Hitler y su Partido Nacionalsocialista.
Finalmente, la destrucción y las catastróficas pérdidas de vidas durante la Primera Guerra Mundial condujeron a lo que se podría describir mejor como desesperanza cultural en muchos países que habían combatido en la guerra.
La desilusión respecto a la política nacional e internacional y un sentimiento de desconfianza respecto a los líderes políticos y los funcionarios de gobierno impregnaron la conciencia de un público que había sido testigo de los estragos de un devastador conflicto de cuatro años.
La mayor parte de los países europeos prácticamente había perdido una generación de hombres jóvenes.
Casas a lo largo del río Meuse que resultaron dañadas durante la batalla de Verdun en diciembre de 1916. La batalla fue una de las más largas y mortíferas de la Primera Guerra Mundial.
En algunos círculos, esta distancia y desilusión con respecto a la política y al conflicto fomentó un aumento en el sentimiento pacifista.
En Estados Unidos, la opinión pública estaba a favor del regreso al aislacionismo. Ese sentimiento popular estaba en la raíz de la negativa del Senado estadounidense a ratificar el Tratado de Versalles y a aprobar la pertenencia de Estados Unidos a la Liga de Naciones propuesta por el presidente Wilson.
Para una generación de alemanes, esta alienación social y desilusión política fue captada por el autor alemán Hans Fallada en ¿Y ahora qué? (Kleiner Mann, was nun?), la historia de un alemán común y corriente, que es alcanzado por la agitación de la crisis económica y el desempleo, y es igualmente vulnerable a la atracción peligrosa de la política de extrema derecha y extrema izquierda.
La novela de Fallada de 1932 retrata con precisión a la Alemania de su tiempo: un país inmerso en el descontento económico y social y polarizado en los extremos opuestos del espectro político.
Conocida también como la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial fue uno de los conflictos más letales de la historia, un enfrentamiento que se extendió por tierra, mar y aire y que abarcó prácticamente la totalidad del Viejo Continente.
De hecho, sus efectos fueron devastadores. En tan solo cuatro años, desde el 28 de julio de 1914 al 11 de noviembre de 1918, la guerra dejó tras de sí más de 10 millones de militares muertos y más de 6 millones de víctimas civiles.
En aquella contienda perdería la vida el 60% de los combatientes, pero a esta tremenda cifra hay que añadir también un gran número de desaparecidos y aquellos que resultaron heridos o mutilados.
En aquel devastador conflicto se vieron involucradas un gran número de potencias militares e industriales, que se dividieron en dos grandes alianzas. Por un lado estaba la llamada Triple Alianza, formada por el Imperio alemán y el Imperio austrohúngaro y el reino de Italia, que no obstante se acabaría uniendo al bando contrario tras el inicio de las hostilidades. Por otro lado se encontraba la conocida como Triple Entente, que estaba compuesta por el Reino Unido, Francia y el Imperio ruso. Ambas alianzas sufrirían cambios sustanciales, y no fueron pocas las naciones que se acabarían uniendo a las filas de uno u otro bando según avanzaba la guerra: por ejemplo, Japón y Estados Unidos se unieron a la Triple Entente, mientras que Imperio Otomano y Bulgaria lo hicieron a la Triple Alianza. España, por su parte, mantuvo su posición de neutralidad durante toda la Primera Guerra Mundial.
Fecha clave: El 11 de noviembre de 1918, el gobierno de la nueva República alemana firmó el armisticio de Compiègne para poner fin al conflicto.
| Elemento | Dato |
|---|---|
| Duración | 28 de julio de 1914 al 11 de noviembre de 1918 |
| Bajas militares | más de 10 millones |
| Víctimas civiles | más de 6 millones |
| Territorio perdido por Alemania | 13% |
| Población perdida por Alemania | entre 6,5 y 7 millones de personas |
| Soldados alemanes apresados en 100 días | 363.000 |
| Cañones capturados en 100 días | 6.400 |
