Hasta el 5 de septiembre de 1924, afirma Vicuña en La tiranía en Chile, se había mantenido tenazmente alejado de la política: «Me repugnaba vivamente esa lucha pequeña y miserable de pasiones y piltrafas en que se consumían las energías de casi todos los hombres públicos».
Sin embargo, los acontecimientos políticos y militares que transformaron Chile desde septiembre de 1924 lo llevaron a intervenir directamente en la vida pública, primero como crítico de las conspiraciones militares, después como integrante de la Comisión Constituyente de 1925, abogado, profesor, diputado, escritor político y defensor de perseguidos.
La ruptura con la política y la revolución militar de 1924
El 11 de septiembre de 1924 se produce una revolución militar y se establece una Junta de Gobierno presidida por Luis Altamirano.
En septiembre de 1924 pensaba que se debían restablecer las autoridades desplazadas por la conspiración militar.
No creía en los nuevos «apóstoles con botas».
Y actuó en consecuencia.
El 23 de enero de 1925 tiene lugar otro golpe, una suerte de contrarrevolución de oficiales encabezados por Carlos Ibáñez y Marmaduke Grove.
Alessandri gobierna de facto bajo la tuición de Ibáñez como ministro de Guerra.
Se producen algunos roces y Alessandri renuncia y se marcha.
Gobierna Luis Barros Borgoño.
Con la vuelta de Alessandri, fue miembro de la Comisión Constituyente de 1925, que adoptó medidas como la separación de la Iglesia y el Estado y la reforma del régimen parlamentario hacia uno presidencial.
| Fecha | Acontecimiento político |
|---|---|
| 11 de septiembre de 1924 | Revolución militar y establecimiento de una Junta de Gobierno presidida por Luis Altamirano. |
| 23 de enero de 1925 | Golpe encabezado por Carlos Ibáñez y Marmaduke Grove. |
| 1925 | Participación en la Comisión Constituyente que impulsó la separación de la Iglesia y el Estado y un régimen presidencial. |
La mirada histórica y social de Carlos Vicuña
No obstante su tono apremiante, Vicuña Fuentes siempre tuvo una mirada más amplia, algo teórica, quizá legado de su labor pedagógica.
Por coyuntural que fuera el tema que tratase en sus pequeños libros o panfletos, había también siempre una reflexión más general.
El comienzo de La tiranía en Chile es una meditación, entre histórica y sociológica, sobre la división profunda de clases en la América hispana, la existencia de tres grupos antagónicos que han convivido como enemigos y se han relacionado a través del miedo y el odio mutuos, en una guerra sorda: la oligarquía, la clase media y una gran masa proletaria.
En Chile, con una terminología más autóctona: «caballeros», «siúticos» y «rotos».
La distinción quizá fue por primera vez puesta en papel por Vicuña en el folleto La crisis moral de Chile, una conferencia dada en Buenos Aires en diciembre de 1928.
También es un recuento de la historia oligárquica antirrepublicana chilena.
Mario Góngora, en su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile (1981), cita como «un pasaje panfletario divertido» la enumeración que hace Vicuña de algunos miembros de la oligarquía: «Ahí están, como en una justa, en los salones del Club de la Unión, los Errázuriz numerosos y tercos, los Ovalles campanudos, los austeros y secos Valdeses, los afables y elegantes del Río, los Lyon agusanados y huecos, los Amunátegui acomodaticios y fofos, los testarudos y codiciosos Echeniques, los linajudos y variados Figueroas, los vacíos y solemnes Tocornales…».

La cosa agraria y la crítica a los demagogos
En La cosa agraria (1966), por ejemplo, empieza tratando el tema de las distinciones sociales, la filosofía positiva, para luego emprenderlas contra los demagogos o «plebícolas», y ante todo, contra la reforma agraria que, según él, confundía al agricultor con el campesino.
En contrapartida, por árido o específico que fuese un tema, nunca faltó la estocada.
Los retratos de la oligarquía y de los adversarios políticos
Quizá si lo más sugerente de La tiranía en Chile está en los retratos, abrasivos, precisos, con nombres y apellidos, de algunos prohombres de la época, ya fueran oligarcas o partidarios de Ibáñez -o ambas cosas-.
A continuación, una muestra de su cáustica galería de hombres poco notables.
Ladislao Errázuriz
Ladislao Errázuriz: «Hombre rico y honrado, tiene esa inteligencia vasca, despejada y concreta, sin profundidad ni fantasía, que permite administrar y conservar los bienes de la tierra».
José Santos Salas
José Santos Salas: «Alto, joven, pelado, de mirada estrábica y vagabunda, hablaba, hablaba, hablaba, interminablemente, con un chisporroteo de frases rotundas y vacías, en que la necedad y la grandilocuencia se daban un beso espasmódico y sonoro».
Ismael Tocornal
Ismael Tocornal: «Su inteligencia es menos que mediocre, su criterio infantil; su imaginación no ha funcionado nunca. El dinero le ha permitido algunas veces pronunciar discursos interesantes, pagados a buen precio».
Años después, al ser sometido a un juicio -pero no por difamación-, Vicuña dirá: «Puedo declarar al Tribunal que no he sido desmentido jamás, porque jamás he faltado a la verdad».
Puede ser.
El libro es imprescindible como documento histórico, pero debe leerse con más de un grano de sal.
La crítica a Ibáñez y a sus partidarios
Para qué hablar de Ibáñez y su «horda de espías, de chacales, de esbirros, de tontos y logreros», como los llama en La caída del coronel.
Una particular inquina tiene hacia Conrado Ríos Gallardo.
Su primera aparición en La tiranía en Chile es en la noche del 8 de septiembre de 1924, en el diario La Nación, en general hostil al movimiento: «Solo simpatizaba con él un periodista presuntuoso y sin letras, sietemesino de un metro cincuenta de estatura, calvo y simiesco, que nadie tomaba en serio y era antes bien el blanco de todas las burlas. Lo llamaban Conrado y se le reían en su cara abusando de su cobardía».
Cuando es nombrado canciller dice de este personaje: «Siendo solo un tití, casi, casi se sentía todo un gorila».
Ibáñez, por supuesto, es el malquerido favorito.
En La tiranía en Chile señala que figura entre la «juventud militar» de 1924 porque solo era sargento mayor, aunque «era ya hombre viejo, de cincuenta años pasados, de vida turbia y crapulosa».
Lo describe: «Inteligencia opaca y sin letras, más ignorante que Conrado, no tenía otros estudios que la logofobia invencible de la Escuela Militar. Allí mismo había sido tan reacio al alfabeto y tan notoria su rudeza que lo apodaban “par de botas”».
Por esa época algunos empezaron a llamarlo «el caballo».
El enfrentamiento con el teniente Mario Bravo
Está también, poco después del golpe de 1924, el episodio con el teniente Mario Bravo.
A raíz de un discurso de Vicuña, Bravo escribió en la prensa un largo artículo injurioso.
Vicuña no le respondió, pero Bravo terminaría mandándole un mensaje con insultos y amenazas.
Individuo:
Su carta es fiel reflejo de su persona moral y confirma el concepto que tengo de Ud.: grosero, estúpido, cobarde y prostituido.
Lo desprecio profundamente: grite, bufe, escarbe, patee, berree, aúlle y tire coces cuantas quiera, que yo no me preocuparé para nada de Ud.
Detención, relegación y evasiones durante el gobierno de Ibáñez
Casi como una continuación de La tiranía en Chile, unos escritos urgentes -tan urgentes que el primero fue la defensa de sí mismo ante el tribunal militar que lo juzgaba en diciembre de 1930-, Ante la Corte Marcial (1931) y En las prisiones políticas de Chile. Cuatro evasiones novelescas (1932) relatan cómo fue detenido y relegado a Punta Arenas por el gobierno de Ibáñez.
Tres veces intentó escapar de allí, a pie la mayor parte del trayecto, pudiendo morir por el frío y la soledad.
Solo en la tercera oportunidad tuvo éxito: llegó a Río Gallegos en Argentina y de ahí partió a Buenos Aires.
En Buenos Aires conoció al general Enrique Bravo.
Y decidió participar en el «complot del avión rojo», un proyecto fallido para derrocar a la dictadura y por el cual abordó, junto con Bravo, Marmaduke Grove y Pedro León Ugalde, un avión arrendado, el Doce de Octubre -«que todavía llaman algunos tontos daltónicos el avión rojo», dice en La caída del coronel-, en el cual partieron desde Buenos Aires para unirse a la rebelión contra Ibáñez que se suponía iba a comenzar en el regimiento Chacabuco de Concepción.
Pero los supuestos revolucionarios del regimiento se retractaron y, cuando el avión aterrizó en Concepción, nadie los estaba esperando.
En las discusiones y escaramuzas que tuvieron lugar en el regimiento hubo disparos y la posibilidad cierta de morir.
Los complotados fueron detenidos, permanecieron incomunicados más de dos meses en un buque de guerra y luego llevados ante un tribunal militar.
"Dictadura Militar en Chile: Historia (1973-1990) Explicacion Facil
La defensa ante la Corte Marcial y la fuga de Isla de Pascua
Su autodefensa ante la Corte Marcial -recogida en el libro de igual nombre, que se lee como una gran pieza retórica- se cuenta entre las más célebres intervenciones en el foro de Vicuña.
La pena de quince años y un día le fue conmutada por la de relegación en Isla de Pascua.
Logró escapar de allí, su cuarta «evasión novelesca», rescatado por una expedición organizada por Arturo Alessandri, que envió una goleta que los llevó a Tahití y de ahí a Francia.
| Etapa | Descripción |
|---|---|
| Punta Arenas | Fue detenido y relegado por el gobierno de Ibáñez. |
| Río Gallegos | Llegó allí después de su tercera tentativa de escape. |
| Buenos Aires | Conoció al general Enrique Bravo y participó en el «complot del avión rojo». |
| Isla de Pascua | Fue relegado después de la decisión de la Corte Marcial. |
| Tahití y Francia | Fue trasladado tras ser rescatado por una expedición organizada por Arturo Alessandri. |
Regreso a Chile y actividad académica
En 1931, tras la caída de Ibáñez, regresó a Chile, llamado por el gobierno, y fue restablecido en sus cátedras.
Sería profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, director del Pedagógico y decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades.
Intervino en la fugaz República Socialista, actuando como asesor del ministro de Hacienda, Alfredo Lagarrigue.
Fue uno de los fundadores del Partido Social Republicano, en representación del cual resultó elegido diputado por Santiago para el período 1933-1937.
Defensa jurídica y oposición a la «ley maldita»
En 1948 criticó a González Videla por la ejecución de Ley de Defensa Permanente de la Democracia, la «ley maldita».
En otra de sus causas célebres, defendió a Pablo Neruda en su proceso de desafuero.
El problema presidencial y la crítica a la democracia
En 1952, a las puertas de la elección, escribe el folleto El problema presidencial sobre los cuatro candidatos -«cuatro grupos de apetitos administrativos ya organizados para distribuirse los bienes del Estado»-, pero que representan solo dos tendencias de gobierno: una razonada y que cree en la ley, y otra «enérgica, ciega, brutal, que quiere mandar a gritos, con una escoba en la mano para barrer la mugre -como si la República fuera una caballeriza-».
La tendencia de la escoba iracunda «tiene un solo candidato, el coronel Ibáñez, cuya historia de ayer es garantía de su gobierno de mañana».
Por décadas Vicuña Fuentes había denunciado lo que llamaba el «mito» de la democracia.
En La caída del coronel (1951) hacía la distinción entre república y democracia.
No creía en la segunda: «El caos político de la democracia necesariamente se transforma en escatocracia, o sea, en el predominio de las deyecciones inferiores de la vida social».
Y la primera encierra una precisión: «Toda república es necesariamente aristocrática en el viejo y noble sentido de esta palabra, pues aristocracia, según su significado griego, es el poder o mando de los mejores».
La «aristeia social» y el alessandrismo de Vicuña
En el librito Aristeia (1967) hablaba en favor de una elite moral o intelectual, la «aristeia social», cuyo mayor número se encuentra en los estratos superiores de la clase media.
El paradójico alessandrismo de Vicuña Fuentes culmina en otro librillo, Política positiva (1970), que empieza con una carta de apoyo a Jorge Alessandri Rodríguez para la elección de ese año.
Fue contrario a Allende, obviamente.
La advertencia de 1973 y el rechazo del golpe
Su artículo «Llamamiento a la gente sensata» fue publicado en El Mercurio el 27 de junio de 1973.
Allí hablaba de la ceguera que ha provocado «el momento angustioso» que se vive, «al borde de una catástrofe social».
Señalaba la necesidad de entregar el gobierno a un corto número de hombres sensatos y honrados porque, de continuar la anarquía actual, «nada ni nadie podrá refrenar la demencia destructora, salvo una tiranía militar durísima, casi tan angustiosa como la anarquía ciega del socialismo demagógico».
El deber de la gente sensata, decía, es poner fin al saqueo y al desorden estimulados y amparados «por el gobierno inepto o enloquecido» y propone entregar -y aquí hay una variante a sus planteamientos «aristárquicos» de siempre- a unos pocos «militares escogidos» la tarea de terminar con la anarquía.
La sublevación militar contra Allende, conocida como «el tanquetazo», tuvo lugar dos días después, el 29 de junio.
Su reacción al golpe de 1973 fue de total rechazo.
Su último alegato ante la Corte Suprema fue un recurso de amparo -sin éxito- en defensa de su nieto, Juan Vicuña, detenido.
El abogado defensor y el asilo político
En 1956, algunos jerarcas peronistas -entre ellos Jorge Antonio y Héctor Cámpora- se fugaron de la prisión en Río Gallegos y llegaron a Punta Arenas para solicitar asilo político.
El gobierno argentino pidió la extradición.
El juicio tuvo tal revuelo que la Corte Suprema se llenaba de gente, por lo que fue necesario instalar altavoces hacia el exterior.
Dirigía la defensa de los peronistas Carlos Vicuña.
El abogado que representaba al gobierno argentino era Arturo Alessandri Rodríguez, hijo del León, quien hizo ver la contradicción de Vicuña al defender peronistas.
Pero en su alegato, recogido en el libro de René Olivares El proceso Jorge Antonio (1957), Vicuña señalaba que no defendía al peronismo, sino un asilo: «Si el señor Alessandri tiene curiosidad de saber lo que yo pienso, puedo decir en público -porque mis opiniones son francas- que era y soy antiperonista, como era y soy antiibañista».
La dimensión literaria de su obra
En 1955 publica un libro que es una novela o una historia, dice Vicuña, porque «la historia y la novela son la leyenda de los muertos»: «Los vivos solo escribimos de los vivos para la polémica o para la literatura, o lo que es lo mismo, para la política o para el amor».
En Pasión y muerte de Rodrigo de Almaflor escribe: «Esta novela se parece en algo a otra mía, más polémica, llamada La tiranía en Chile, llena de personajes inhumanos», pero aquí evoca a espíritus mejores.
Aparecen los Lagarrigue y aparece el propio Vicuña joven, hacia 1912, cuando viaja a un congreso de estudiantes en Lima.
Allí conoce al andaluz Rodrigo de Almaflor, hijo de un noble español y quien resulta ser un pariente.
Mantienen discusiones filosóficas, hablan de latín y poemas, participan en tertulias santiaguinas -el noble viaja a Chile-, aparecen mujeres de las que se enamoran de manera imposible.
Familia y legado artístico
Su esposa y sus seis hijos padecerían también, de manera indirecta, las inclemencias de esos acosos.
A pesar -o quizás a causa- de esto, hay una marcada veta artística en su familia.
Uno de sus hijos fue el poeta José Miguel Vicuña.
Y entre la casi veintena de nietos que tuvo, se cuentan el poeta y filósofo Miguel Vicuña, la fotógrafa Leonora Vicuña, la poeta Cecilia Vicuña y el actor y poeta Pedro Vicuña, entre otros.
Los últimos años y la defensa de la libertad
En julio de 1976 estuvo postrado en cama por primera vez en su vida, por una bronconeumonía.
Ya no escribía, porque veía poco.
González Vera recuerda en Cuando era muchacho (1951) que trabajó en un diario de Valdivia en los años veinte y le encargaron acompañar en su estadía a un príncipe alemán, no muy interesante, de visita en la zona.
En sus cavilaciones, piensa que si él fuera monarca procedería con más rigor.
Así convierte en príncipe a uno de sus amigos, en barón a otro y en conde a un tercero.
«Consideré justo dejar a don Carlos Vicuña de duque. Era acertado el título nobiliario.
La nobleza de Vicuña se manifiesta en el lema tomado del positivismo «vivir abiertamente» -o «vivir a las claras», como dice en un recurso de amparo de 1924-.
En el discurso La crisis moral de Chile (1928) señalaba: «Nada causa a los tiranos tanto pavor como un hombre de espíritu libre capaz de hablar o de escribir».
Para él la tiranía era la pretensión de disciplinar los actos y controlar las palabras.
Carlos Vicuña desafió a los tiranos cada vez que tuvo la oportunidad, sin medir palabras ni consecuencias.