El gol de Andrés Iniesta en la final entre España y Holanda es uno de los momentos más importantes de la historia del fútbol español. Se marcó en Johannesburgo, Sudáfrica, el 11 de julio de 2010, durante el minuto 116 de una final que parecía encaminada a los penaltis.
España buscaba su primera estrella en un Mundial y llegaba a la final como una de las grandes favoritas, después de conquistar la Eurocopa de 2008 con un juego que deslumbró al mundo. El equipo de Vicente del Bosque era admirado, respetado y temido.

El camino de España hasta la final
La Roja llegó a esa final con la etiqueta de favorita, después de haber logrado dos años antes, en la Eurocopa de 2008, superar por fin la maldición de los cuartos de final en los grandes torneos -fue en penaltis, contra Italia-, y haberse hecho con la victoria.
Pero el camino en el Mundial fue de todo menos un paseo: empezó perdiendo frente a Suiza, ganó de milagro a Paraguay en cuartos de final -Casillas paró un penalti y el gol agónico de Villa no llegó hasta el minuto 83- y, aunque fue la selección que más atacó, que más tuvo la pelota y que más tiró a portería, sufrió para hacer gol en todos los partidos de las eliminatorias.
Todos los ganó por 1-0.
España llegaba al Mundial como una de las grandes favoritas. Venía de conquistar la Eurocopa en 2008 con un juego que deslumbró al mundo. El equipo de Vicente del Bosque era admirado, respetado y temido. Pero el camino no fue fácil.
Todo empezó con un tropiezo inesperado ante Suiza. La derrota en el debut agitó los viejos fantasmas. Pero este grupo, lejos de temblar, se rehízo. Partido a partido, pase a pase, fue reconstruyendo la confianza y desplegando el estilo que ya era marca registrada: el ‘tiki-taka’, la pausa, la inteligencia, la fe.
Una final áspera contra Holanda
Y esa final no fue una excepción. Holanda, probablemente la selección sin un Mundial que, por historia, más lo merece -ha perdido tres finales-, no hizo honor a esa historia, abandonó cualquier recuerdo del ‘fútbol total’ y optó por encerrarse y dar patadas.
Desde el pitido inicial, el partido tomó un rumbo que poco tenía que ver con el fútbol que había exhibido la Roja a lo largo del torneo. Los holandeses apostaron por una estrategia de intimidación física.
Las entradas de Van Bommel y de Nigel de Jong -este último con una patada en el pecho a Xabi Alonso que la prensa internacional comparó con una patada de kárate- merecían una tarjeta roja directa que no llegó.
La dureza neerlandesa desarticuló el juego de pases que había convertido a España en la gran dominadora del torneo. La Roja apenas pudo desplegar su fútbol. Aun así, fue el equipo que más insistió en imponer su estilo.
Hasta llegar a aquella final. Aquel duelo durísimo ante una Holanda de juego áspero, de dientes apretados. Una final trabada, física, en la que el talento encontró apenas una rendija para colarse.
Para el aficionado imparcial que no estuviera comiéndose las uñas, fue un encuentro aburrido, bronco y con pocas ocasiones.
Las paradas de Iker Casillas a Robben
Pero las ocasiones más claras fueron para los holandeses. Ahí apareció Iker Casillas, determinante en dos momentos que pudieron cambiar el curso del partido.
Arjen Robben se plantó solo ante el portero español en dos ocasiones distintas -una en cada parte- y en las dos el guardameta del Real Madrid respondió con paradas que mantuvieron el marcador en cero.
La última de estas ocasiones, casi al final del partido, es la más recordada y seguro que aún mantiene despierto a Robben en algunas noches de insomnio.
Con el 0-0 al término de los 90 minutos, el encuentro se adentró en la prórroga. Vicente del Bosque introdujo a Jesús Navas para buscar el uno contra uno en las bandas, y más tarde dio entrada a Cesc Fàbregas, que estuvo cerca de marcar tras un pase de Iniesta pero no pudo superar al portero Maarten Stekelenburg.
Holanda, exhausta y con diez jugadores tras la segunda amarilla de Johnny Heitinga, perdió fuelle y se replegó.
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El gol de Iniesta en el minuto 116
Y cuando parecía que los penaltis serían inevitables, llegó el gol.
Minuto 116. Iniesta recibió el balón en el área, mantuvo la calma ante la presión defensiva y remató con la derecha para batir a Stekelenburg.
El pase de Cesc, el control, el disparo. El estallido. El país entero en pie. El cielo tocado con las manos.
Andrés Iniesta, el manchego callado, el que nunca gritó más de la cuenta, nos regaló un grito que aún no se apaga. Un gol que no envejece. Un momento que no se irá jamás.
Las calles españolas, que hasta entonces llevaban dos horas bajo un silencio sin precedentes, estallaron de júbilo.
Johannesburgo, 11 de julio de 2010. Minuto 116, Cesc lo ve desmarcado y le pasa el balón a Iniesta para que haga historia. Han pasado 15 años, y todavía resuena en la memoria de todos aquel “¡Iniesta de mi vida!” que nos sigue poniendo los ‘pelos de punta’.
Aquel gol no fue solo el que nos dio el Mundial. Fue el que cerró una herida antigua, el que nos hizo comprender que también nosotros podíamos. Que los sueños, con talento y paciencia, también se hacen realidad para los que nunca lo vieron de cerca.
Fue un segundo eterno que convirtió a Iniesta en símbolo, y a Sudáfrica en santuario.
La celebración de España
Las celebraciones que siguieron fueron simplemente históricas. Las calles colapsadas. Las fuentes desbordadas. Las banderas ondeando en cada ventana. Millones de personas abarrotando plazas, emocionadas, incrédulas, abrazadas.
España entera se fundió en una fiesta sin precedentes.
Hoy, 15 años después, España recuerda ese 11 de julio como quien recuerda el primer amor o una canción que marcó una época.
Aquel equipo dirigido por Del Bosque, el equipo del ‘tiki-taka’, nos enseñó que se puede conquistar el mundo sin renunciar a tu estilo.
Un partido recordado por su dureza
El partido terminó con 14 tarjetas amarillas y una roja, un récord para una final de Copa del Mundo.
Las crónicas de la prensa internacional coincidieron en dos sentidos: elogio para España y crítica para Holanda.
The Guardian escribió que “los holandeses trataron por la fuerza bruta de impedir que España se convirtiera en campeona del mundo” y que el equipo español “representó al fútbol en su estado ideal”.
The Times calificó el resultado de “victoria del anti-rufianismo” y afirmó que una victoria holandesa “habría sido un insulto para el deporte”.
El Mundial lo ganó el único equipo que quiso jugar la final.
España y Holanda después de aquella final
La rivalidad entre ambas selecciones volvió a quedar reflejada cuatro años después, cuando Holanda derrotó por 5-1 a España en el Mundial de Brasil, mientras la Roja defendía el título.
Hay una palabra que define lo que fue el partido Holanda-España: humillación. El equipo holandés que hace cuatro años perdió la final de la Copa del Mundo ante España, no sólo arrolló al campeón sino que con un 5 a 1 le dio una paliza histórica a la llamada “furia española”.
Primero llegó el gol de Robin Van Persie, el goleador que juega en el Manchester United. Una palomita espectacular en el minuto 52 que entrará en los libros de historia futbolera como uno de los mejores goles de cabeza de siempre.
El quinto gol sería de Robben, el delantero zurdo del Bayern Munich con reputación de ser un genio con pelota en velocidad pero también de dejarse caer sin motivo.
Por momentos Holanda hizo recordar a esa legendaria “naranja mecánica” de Johan Cruyff y compañía en los años 70. El llamado “fútbol total” que revolucionó las tácticas del fútbol moderno.
Del otro lado estaba esa España que, además de los trofeos que ha ganado, igualmente en cierto sentido ha revolucionado el fútbol con su juego del “tiki-taka”: los pases y más pases, la posesión interminable que abruma al adversario y que aunque gana partidos por la mínima diferencia deja la impresión de que sólo ellos tocan el balón.
Hoy todo esto se cayó en pedazos.
Ni “furia española”, ni tiki-taka ni nada. Un brutal golpe psicológico que será un enorme desafío superar. Es posible que ya haya pasado el tiempo de esta generación grande de futbolistas españoles. Es posible también que el mundo haya aprendido y ya sepa cómo encontrarle la vuelta al juego del “tiki-taka”.
El recuerdo que permanece
Para cualquiera que viera aquel partido, el único recuerdo que queda hoy es el del gol de Iniesta.
Fue un gol que dio un título, pero también mucho más: representó la culminación de una generación, la confirmación de una identidad futbolística y el primer Mundial de la historia de España.
Porque hay goles que dan títulos. Y hay goles que se quedan a vivir para siempre.