Enfermedades ligadas a la vida contemporánea del siglo XXI

Las enfermedades ligadas a la vida contemporánea del siglo XXI comprenden tanto las enfermedades crónicas no transmisibles asociadas al envejecimiento, el sedentarismo y los cambios en el estilo de vida, como las enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes favorecidas por la globalización, los viajes, las migraciones, el cambio climático y la transformación de los sistemas sociales y sanitarios.

Entre las principales enfermedades crónicas se encuentran la obesidad, la diabetes mellitus tipo 2, las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y las enfermedades respiratorias crónicas, mientras que entre las infecciosas destacan el virus ébola, el dengue, la enfermedad de Chagas, la fiebre de Chikungunya, la tuberculosis, el MERS-CoV y el SARS-CoV-2.

Un nuevo perfil sanitario para la sociedad contemporánea

Desde el siglo XX hasta la actualidad, los avances científicos y tecnológicos han favorecido el control de numerosas enfermedades infecciosas. El desarrollo de descubrimientos como la vacuna contra la viruela de Jenner o el desarrollo de la salud pública y la epidemiología, el control de la asepsia y anestesia en las intervenciones quirúrgicas, el mayor conocimiento de la genética y el desarrollo de los cuidados intensivos podrían llevarnos a deducir una posible erradicación de diversas enfermedades de forma paulatina (1).

Sin embargo, encontramos en nuestro medio enfermedades infecciones emergentes y reemergentes. Estas son aquellas enfermedades de etiología infecciosa que no se conocía con anterioridad el agente infeccioso causante, o que, aunque ya existían y se consideraban controladas, se están extendido de manera muy rápida en cuanto a número de casos afectados o expansión geográfica (2).

Actualmente, existe un aumento de las enfermedades no transmisibles (ENT), el envejecimiento de la población y los cambios en el estilo de vida, lo que corrobora el aumento de la cronicidad, uno de los mayores desafíos que enfrenta la sociedad contemporánea.

En los últimos años hemos sido testigos de un aumento significativo en el número de personas con enfermedades crónicas como diabetes, enfermedades cardiovasculares, cáncer, enfermedades respiratorias crónicas, entre otras.

Estas enfermedades tienen un profundo impacto en la calidad de vida de las personas, pues imponen adaptaciones en el modo de vida y una importante carga económica para las familias y los sistemas de salud, que necesitan ser comprendidas en el proceso de gestión del cuidado en la Red de Atención a la Salud.

Enfermedades crónicas no transmisibles

En Argentina, las enfermedades crónicas no transmisibles ocasionan el 73,4% de las muertes, el 52% de los años de vida perdidos por muerte prematura y el 76% de los años de vida ajustados por discapacidad.

En 2015, el 40% de las muertes fueron por causa cardiovascular y el 25%, por causa oncológica.

Las enfermedades crónicas no transmisibles se asocian a factores de riesgo modificables, son muertes prevenibles, algunas de ellas con una patología potencialmente curable o controlable,con intervenciones de largo plazo o puntuales, muchas veces sencillas y no muy costosas.

Un fenómeno relativamente nuevo con una consecuencia principal: el marcado incremento de las enfermedades crónicas, la nueva pandemia.

Cada año, 35 millones de fallecimientos en el mundo derivan de estas patologías, el 60% de las muertes por todas las causas.

Los problemas cardiovasculares, la diabetes, los trastornos respiratorios y el cáncer son las cuatro patologías crónicas fundamentales.

Las necesidades actuales ya no sólo se reducen a las medidas preventivas, los trastornos crónicos se han hecho un hueco importante y se hace imprescindible el cambio de mentalidad.

No basta con propiciar el abandono del hábito de fumar, por ejemplo.

Ya hay ciudadanos con cáncer o una enfermedad respiratoria que, lejos de curarse, les va a acompañar toda la vida.

Ahora toca gestionar una serie de casos crónicos que, en España, consumen cerca del 70% del presupuesto sanitario.

El sedentarismo como enfermedad contemporánea

El sedentarismo y la inactividad física son altamente prevalentes globalmente y están asociados a un amplio rango de enfermedades crónicas y muerte prematura.

El interés en la conducta sedentaria está justificado por la creciente evidencia que apunta hacia una relación entre esta conducta y el incremento en la prevalencia de obesidad, diabetes y enfermedad cardiovascular.

A través de la historia es bien conocido que ser inactivo no es saludable, pero hoy día casi un tercio de la población del mundo es inactiva, lo que representa un serio problema de salud pública.

Para muchos lectores es bien conocido el vínculo entre ejercicio y salud, con una relación muy al estilo de dosis/respuesta: mayor actividad física (AF) es igual a mejor salud general.

Sin embargo, las consecuencias de la falta de AF tienen escasa divulgación y ellas serán el contenido principal de este artículo.

Se acepta que el diseño del organismo humano (codificado en sus genes) es el resultado de millones de años de evolución biológica.

En la naturaleza, el conseguir alimentos siempre implica gasto energético muscular elevado, bien sea para los carnívoros (corriendo en persecución de la presa) o los herbívoros (buscando el follaje apetecido y cuidándose de los depredadores en el caso de los más pequeños).

Este recuento nos indica que el ser humano es activo por naturaleza y permaneció deambulando en gran parte de su historia evolutiva, mientras que su transformación a sedentario ocurrió hace apenas 10.000 años, cuando se hicieron agricultores.

No obstante, no es sino a partir de la mitad de la década del 50 del siglo pasado cuando se empieza a conocer, con rigurosidad científica, la relación entre inactividad física y riesgo de enfermedad crónica5, y con ello se incrementa el interés en su estudio e investigación en razón de 4estamentos básicos del problema6-10:

  • Incremento en el uso de la tecnología para las tareas diarias, haciendo más sedentario al ser humano.
  • La evidencia fisiológica de efectos metabólicos específicos que son propios de la condición de sedentarismo y cursan con detrimento para la salud.
  • En la actualidad se dispone de instrumentos, como los acelerómetros, así como cuestionarios que permiten una medición objetiva del tiempo invertido en la inactividad física con cierta confiabilidad.
  • La dificultad para motivar a la población a ser más activa y ceñirse a una AF más vigorosa con la finalidad de reducir el tiempo invertido en el sedentarismo, lo que representa el área de trabajo más exigente.

La situación es aún más complicada si se tiene en cuenta que el comportamiento sedentario no es simplemente una menor AF, sino que se corresponde con un conjunto de actitudes individuales en los que el hecho de estar sentado o tumbado pasa a ser la forma postural predominante, al mismo tiempo que conlleva un gasto energético muy reducido.

Por otro lado, esta conducta de sedentario se presenta en muchos lugares y situaciones, trabajo, entorno escolar, hogar, en el transporte o en el tiempo libre y de ocio, y se acompaña de otras costumbres dañinas, como mayor ingesta calórica o tabaquismo.

En las últimas décadas, el sedentarismo se ha transformado en un serio problema que ha ido aumentando paulatinamente de importancia con el paso del tiempo, con la llegada de nuevos inventos tecnológicos con el afán de facilitar la vida a las personas, sin percatarse de que la humanidad se está volviendo cada vez más inmóvil, ya que para trabajar, divertirse, comprar o hacer las tareas de la casa no exige un mayor grado de movimiento como medio siglo atrás.

Hoy todo se puede hacer a través de un ordenador, una lavadora, una secadora, un automóvil y demás artefactos dirigidos a reducir la actividad muscular y mantener a las personas cada vez más sedentarias.

Carga sanitaria de la inactividad física

La morbilidad del comportamiento sedentario fue difundida de modo más intenso a lo largo de los años 90, a través de programas de promoción de la AF y salud en varios países.

Estos programas, que básicamente se dedicaron a difundir las recomendaciones de AF y salud, trabajan con la idea de que la población desconoce la necesidad y la importancia de la AF, y, por desconocerla, no la pone en práctica.

Vista la dimensión del problema en su documento del año 200411 y actualizado en el año 201012, la Organización Mundial de la Salud (OMS) cataloga al sedentarismo como un cuarto factor de riesgo en lo que respecta a la mortalidad mundial (6% de las muertes registradas en todo el mundo).

Más recientemente, fue evaluada la carga de las enfermedades responsabilidad de la inactividad física como sigue13:

  • 6% en el caso de la enfermedad arterial coronaria (EAC).
  • 7% de la diabetes mellitus tipo 2 (DM2).
  • 10% del cáncer de mama.
  • 10% del cáncer de colon.
  • Responsable del 9% de la mortalidad prematura o > 5,3 millones de muertes causadas en el año 2008.

En caso de que la inactividad física pudiera ser reducida en un 10 a un 25%, el número de muertes evitadas cada año sería > 533.000 y 1.300.000, respectivamente13.

En el caso de ser eliminada totalmente, se calcula una ganancia de 0,68 (0,41 a 0,95) años en la esperanza de vida de la población mundial13.

Más aún, la inactividad física también tiene una pesada carga económica y datos del año 2016 con información de 142 países (93,2% de la población mundial) estimaron los costos directos y de años de vida ajustados en función de la discapacidad (AVAD) para varias enfermedades, resultando en14:

  • Pérdidas por 53,8 millardos de dólares en el año 2013.
  • Las muertes por inactividad física contribuyeron con 13,7 millardos de pérdida en productividad.
  • Pérdida de 13,4 millones de años de AVAD.
  • Los países con mayores ingresos cargaron con una mayor proporción de las pérdidas económicas (80,8% por costos de cuidados de salud y 60,4% por costos indirectos), mientras que los países con ingresos medios y bajos tuvieron una mayor proporción de la carga de la enfermedad (75,0% de AVAD).

En cuanto a su prevalencia, una publicación de reciente data estima que más de uno de cada 4adultos (28% o 1,8 millardos de personas) son físicamente inactivos, aunque esta proporción alcanza a uno de cada 3en algunos países15, definiendo además que las mujeres son menos activas que los hombres con una diferencia del 8% a nivel global (32% hombres vs. 24% en mujeres), siendo los países de mayores ingresos con mayor proporción de inactivos (32%) en comparación con los de ingresos medios (26%) y bajos (16%).

Estos resultados destacan la urgente necesidad de acentuar la prioridad a las acciones destinadas a propiciar un entorno propicio para el incremento de la AF.

Enfermedades relacionadas con el sedentarismo

El riesgo de muerte por cualquier causa es más elevado en los adultos cuya AF es insuficiente que entre aquellos que practican al menos 150 min de ejercicio físico moderado por semana o su equivalente como se recomienda.

El 23% de los adultos de 18 años o más no eran lo suficientemente activos.

Las mujeres eran menos activas que los hombres y las personas mayores lo eran menos que los jóvenes.

A nivel mundial, el 81% de los adolescentes de 11 a 17 años no tenían una AF suficiente en 2014, siendo las adolescentes menos activas que los varones; y las recomendaciones de la OMS no las cumplían, respectivamente, el 84 y el 78%.

Las consecuencias clínicas del sedentarismo sobre los diversos sistemas del organismo son amplias y conexas entre sí (fig. 1).

Se pueden resumir en alteraciones funcionales y/u orgánicas8,10,17-28:

  • Metabólicas: obesidad, disminución de la sensibilidad a la insulina, DM2, dislipidemia, síndrome metabólico, hiperuricemia.
  • Enfermedades cardiovasculares: EAC, angina inestable, infarto de miocardio, insuficiencia cardíaca, ictus, claudicación intermitente, aterosclerosis, trombosis, hipertensión arterial, incremento en la rigidez arterial.
  • Pulmonares: asma, enfermedad pulmonar obstructiva crónica.
  • Enfermedades neurológicas: disfunción intelectual, demencia, depresión, trastorno del ánimo y ansiedad, enfermedad de Alzheimer.
  • Trastornos musculoesqueléticos: osteoartritis, artritis reumatoide, osteoporosis y osteopenia, sarcopenia.
  • Mayor fragilidad física, especialmente en el adulto mayor, lo cual, a su vez, induce un incremento en la morbimortalidad.
  • Calidad de vida: disminución del bienestar psicológico, fragilidad psicológica, capacidad para realizar las actividades cotidianas e interacciones sociales, restricción funcional, deterioro en el sentido del balance corporal, flexibilidad y reacción e irregularidades en el sueño (dificultad para conciliar el sueño, interrupción frecuente del sueño durante la noche o despertar muy temprano en la mañana).
  • Estreñimiento y cambios en la microbiota intestinal.
  • Procesos neoplásicos, como cáncer de mama, colon, endometrial, próstata, páncreas, melanomas.
  • Esperanza de vida más corta.

Es lógico deducir que los 2primeros grupos de afecciones (metabólicas y cardiovasculares) son las más frecuentes y representativas de la carga de la enfermedad, visto que las mismas una vez que aparecen no cesan de progresar a pesar del tratamiento enérgico; en cambio, en las otras situaciones clínicas puede haber regresión o mejoría al iniciarse el paciente en programas de ejercicio y tratamiento farmacológico de ser necesario.

Un aspecto de reciente conocimiento es pérdida de la flexibilidad metabólica producida por el sedentarismo8,29,30; esto es la capacidad de adaptar el sustrato de oxidación en respuesta a los cambios en la disponibilidad del «combustible».

La incapacidad de girar entre la oxidación de lípidos e hidratos de carbono parece ser una característica importante de desórdenes crónicos como la obesidad y la DM2.

Es conocido que la AF de alta intensidad predice la flexibilidad metabólica, mientras que la inactividad física y el sedentarismo dispara un estado de inflexibilidad metabólica, aun en sujetos que cumplan con las recomendaciones de AF8,29,30.

Consecuencias del sedentarismo en el organismo

Obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares

El informe Enfermedades metabólicas: las epidemias del siglo XXI analiza el problema social, sanitario y económico que supone el aumento de la obesidad, la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares, agravado por el estilo de vida y la exposición a factores de riesgo ambiental.

El sedentarismo y la inactividad física son altamente prevalentes globalmente y están asociados a un amplio rango de enfermedades crónicas y muerte prematura.

La diabetes, las enfermedades cardiovasculares y la obesidad se relacionan con factores de riesgo modificables, especialmente con la inactividad física, la alimentación inadecuada, el tabaquismo y determinadas condiciones sociales y ambientales.

Además, se abordan las líneas de investigación más destacadas del organismo para resolver los retos actuales de las enfermedades metabólicas, con el objeto de facilitar la transferencia del conocimiento básico y traslacional generado en el CSIC hacia las empresas, el sector público y la sociedad.

El estrés y la sobrecarga de la vida moderna

El estrés es considerado la enfermedad del siglo XXI, según los expertos, que lo atribuyen al estilo de vida tan frenético de la actualidad y que provoca bajada de defensas, acné, presión arterial, depresión e incluso pérdida de memoria.

Según han señalado a Europa Press los expertos del Centro de Rehabilitación de Daño Cerebral 'Crecer' de Sevilla, que está llevando acabo unos talleres dirigidos a personas de entre 45 y 60 años con olvidos a causa del estrés, las pérdidas de memoria propias de la edad se suelen empezar a manifestar a partir de los 65 años.

Sin embargo, debido al incremento de casos de personas más jóvenes que llegan a las consultas, Crecer ha detectado la necesidad de trabajar con estos pacientes para que sus problemas de memoria no se agudicen y dejen de existir.

El director científico de Crecer, León Carrión, explica que gran parte de este problema se debe a la adicción a las tecnologías y al trabajo, por lo que recomienda aprender a desconectar y poner límites.

Al concluirlo, normalmente, el paciente mejora la memoria y su capacidad de resolución de problemas, consiguiendo ser más eficaces y ejecutivos.

Salud mental de los profesionales durante las epidemias

Hasta la fecha, la mayoría de las publicaciones relacionadas con el impacto de la COVID-19 en los profesionales de la salud se ha centrado, de manera preponderante, en cuantificar la prevalencia de síntomas del espectro ansioso y depresivo y analizar los factores de riesgo y protectores relacionados con su aparición.

Los menos se centran en analizar los beneficios de las intervenciones psicológicas puestas en marcha para ayudarles.

Las más sobresalientes, la SARS-COV-1, el ébola y la COVID-19.

En gran medida, reflejaban las experiencias de quienes habían estado en primera línea de atención durante las fases de mayor incidencia e incertidumbre de las epidemias.

Las principales experiencias se agruparon en las siguientes categorías:

Salud, seguridad y protección

En este grupo cabe agrupar las cuestiones relacionadas con el miedo al contagio propio o al de familiares, allegados o compañeros.

Pero también todo lo relacionado con los recursos de protección, desde su inicial escasez a la evidente incomodidad de su uso durante muchas horas, a cómo enfrentaban la prevención fuera del trabajo tanto en casa como en los recursos habilitados para tal fin, como cuando se destinaron hoteles al descanso de los trabajadores sanitarios, y todo lo concerniente a su uso.

Sobrecarga laboral

Por una parte, los relatos testimoniaban sobre cómo se hacía frente a la avalancha de casos, y por otra, todo lo relacionado con la escasez de refuerzos profesionales, cómo se sobrellevaban las jornadas de trabajo (a menudo largas y sin apenas descansos), la remuneración insuficiente o la precariedad de algunos contratos temporales activados en esas circunstancias excepcionales.

Estigma social

No se puede ignorar la prevención social que generó en muchos ciudadanos el contacto con aquellos que habían estado en el primer frente de contención de los efectos del virus.

Más allá de la convivencia íntima y del entorno asistencial, el contacto con los trabajadores del ámbito de la salud podía llegar a ser evitado, de manera más o menos explícita, al ser vistos como potenciales vectores de transmisión comunitaria.

Dilemas éticos y profesionales

Motivados por la toma de decisiones éticas cruciales en condiciones de falta de recursos sanitarios (como el acceso a respiradores, a medidas de cuidados intensivos, a camas hospitalarias o a la ubicación en los servicios de urgencias), dedicar menos tiempo del deseable a los pacientes o tener la sensación de que el crecimiento exponencial de casos que requerían ser atendidos reducía la calidad de la asistencia dispensada.

Apoyo, información y formación

Aunque muchos relataban haber sentido y valorado positivamente el refuerzo dispensado por parte de allegados, compañeros, organizaciones y opinión pública, esto no siempre fue así.

En diversos relatos se ponían de manifiesto las implicaciones emocionales del mayor o menor grado de soporte percibido.

También surgíancuestiones relacionadas con el exceso (proliferación de protocolos y medidas cambiantes de un día a otro e incluso en cuestión de horas, saturación de contenidos en los medios de comunicación o necesidad perentoria de estar al día de los avances terapéuticos) y el defecto (incertidumbre al inicio de la pandemia, ausencia de directrices claras o falta de tiempo para procesos de reflexión) de información u oportunidades para la formación.

Muchos relatos dejaban traslucir las implicaciones de la presencia o ausencia de profesionales de segunda línea, en su mayoría, del ámbito de la salud mental, dispuestos a ayudar a lidiar con la sobrecarga emocional cuando fuera preciso.

De manera casi unánime, se reivindicaba su importancia en estas circunstancias, pero también en otras de menor excepcionalidad.

Hoy en día, más que una sobreactivación cognitiva, emocional y conductual del sistema de supervivencia, tal y como ocurrió en la primera ola, prevalecen otras vivencias.

Predominan experiencias más relacionadas con la sensación de creciente agotamiento y desmotivación que las que se activan en situaciones de alarma.

Enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes

Según la Organización Mundial de la Salud, las enfermedades de etiología infecciosa son la tercera causa de muerte prematura en el mundo.

En nuestro medio encontramos enfermedades infecciones emergentes y reemergentes, así como un optimismo generalizado en torno a la lucha contra las enfermedades infecciosas, con una falsa creencia de seguridad y victoria.

La globalización y las corrientes migratorias juegan un gran papel en su propagación.

Una serie de cambios recientes han modificado los riesgos de las enfermedades infecciosas a nivel global.

Estos cambios, que se relacionan estrechamente entre sí, incluyen transformaciones climáticas, demográficas y tecnológicas, a las que hay que sumar el impacto de las propias enfermedades emergentes y reemergentes en el resurgir de otras.

Algunos cambios tecnológicos, como las mejoras en atención sanitaria, agua y saneamiento, reducen el riesgo de infecciones.

Por el contrario, otros como el constante aumento de los viajes (y la velocidad con la que se producen) de personas y el transporte de plantas, animales y productos derivados facilitan su propagación.

Como consecuencia, hoy, vectores y microorganismos pueden viajar más lejos y más rápido que nunca antes en nuestra historia.

Por ello, pueden generar muchas nuevas interacciones entre patógenos y huéspedes o introducir transmisión local en nuevas zonas geográficas.

Factores que favorecen su aparición

Los principales factores que influyen en la aparición o aumento de este tipo de patologías infecciosas son:

  • Factores sociales y económicos: aumento de la pobreza y desigualdad, conflictos bélicos, escasez de alimentos, sobrepoblación, migración, la rápida urbanización.
  • Salud pública y asistencia sanitaria: saturación de los sistemas de atención primaria, utilización de medicamentos inmunosupresores, el mal uso de medicamentos y antibióticos.
  • Factores ambientales: cambio climático, deforestación, sequías, la contaminación del agua, el saneamiento deficiente.
  • Factor humano: el cambio en el comportamiento humano relativo a la conducta sexual, la globalización del comercio, el turismo, la dieta, el aumento del ocio en los espacios exteriores, el aumento de uso de guarderías, centros de días o residencias de ancianos, situación de drogadicción.

En las crisis humanitarias también se sufren los efectos de los recientes cambios demográficos, tecnológicos, climáticos y epidemiológicos que han aumentado el riesgo de enfermedades infecciosas en todo el mundo.

Sin embargo, en estos contextos hay, además, riesgos específicos adicionales para el aumento de las enfermedades infecciosas.

Son el efecto de los conflictos, los desplazamientos forzosos, los desastres naturales y el colapso de los sistemas y servicios públicos.

En estos contextos hay mayor proporción de inseguridad alimentaria, desnutrición, deficientes condiciones de vivienda, agua, saneamiento e higiene, e interrupción o deterioro de los servicios de salud preventivos y curativos.

Todo esto aumenta el riesgo de epidemias, que pueden ser a su vez agudizar las crisis o contribuir a causarlas.

Turismo, migraciones y movilidad internacional

La globalización ha traído consigo numerosos cambios, entre ellos la facilidad en los transportes de largas distancias en poco tiempo de personas y mercancías.

Esto deriva en cambios en las corrientes migratorias, como las nuevas tendencias de ocio o el auge del turismo en zonas tropicales.

Según el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, España es el segundo país receptor de turismo en el mundo con más de 50 millones de turistas al año, a esto le añadimos que entre 12-13 millones de españoles viajan al extranjero cada año, de los cuales al menos un millón lo hacen a zonas tropicales (3); siendo los principales destinos América central, Sudamérica, Caribe, África, Asia y Pacífico.

Las migraciones exteriores engloban el flujo de personas extranjeras que establecen su residencia en España, así como las personas de nacionalidad española que establecen su lugar de residencia en otro país.

Algunos países presentan enfermedades endémicas diferentes a las de nuestro medio.

Por ello, son claves en la transmisión y diseminación de enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes.

Además, debemos de tener en cuenta el fenómeno conocido como “inmigrante viajero” o VFRs (Visiting friends and relatives):

  • Aquellos inmigrantes, residentes en España, que viajan a sus países de origen, donde se ven expuestos a patologías infecciosas de las que no poseen inmunidad adquirida (4).

Zoonosis y cambios ambientales

Las zoonosis son el contagio de una enfermedad a un humano de forma accidental a través de la manipulación, inhalación o ingestión de productos animales infectados.

Se estima que su reservorio natural se encuentra en los bosques tropicales de África y en el Pacífico Occidental, y que su portador podría ser un murciélago de las familias Hypsignathusmonstrosus, Epomopsfranqueti y Myonycteristorquata (6).

Se relaciona con el contacto directo con monos, antílopes, murciélagos y erizos (6,7).

Resistencia a los antimicrobianos

La resistencia a los antimicrobianos aparece cuando cambios en las bacterias hacen que los medicamentos usados para tratar las infecciones sean menos efectivos.

También se resaltará algunas enfermedades que se creían controladas pero que actualmente se encuentran en auge, debido al mal uso de los fármacos y la resistencia que se está dando a ellos.

Principales enfermedades infecciosas del siglo XXI

Virus ébola

Este virus fue descubierto en 1976 en dos brotes simultáneos en Sudán y en la República Democrática del Congo.

Pertenece a la familia de los filovirus junto con el virus de Marburg, también muy letal.

Pese a originarse a través de diferentes virus, clínicamente actúan de forma similar.

Destaca su alta tasa de mortalidad, superior al 90% (6,7).

El virus ébola presenta cinco cepas distintas, siendo el virus ébola Bundibugyo (BDBV), virus ébola Zaire (EBOV) y virus ébola Sudán (SUDV) las asociadas a las grandes epidemias que han afectado a África.

Desde su descubrimiento, ha sido epidémica en diversas ocasiones como en 2001-2003 y en el 2014 (7).

Su mecanismo de transmisión entre humanos es a través del contacto directo de todo tipo de secreciones (sangre, mucosa, saliva u órganos).

También existen casos documentados de contagio por manipulación de animales como monos, antílopes o erizos encontrados enfermos o muertos en la selva.

El virus sigue siendo contagioso mientras permanezcan restos de virus activos en el enfermo (6,7).

Dengue

El dengue se incluye entre las enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes que pueden expandirse favorecidas por los viajes, las migraciones, los cambios ambientales y la circulación de vectores.

Por ello, pueden generar muchas nuevas interacciones entre patógenos y huéspedes o introducir transmisión local en nuevas zonas geográficas.

Enfermedad de Chagas

La enfermedad de Chagas se incluye entre las enfermedades emergentes que pueden adquirir importancia fuera de sus áreas endémicas debido a las migraciones exteriores y al desplazamiento de personas entre regiones con diferentes perfiles epidemiológicos.

Algunos países presentan enfermedades endémicas diferentes a las de nuestro medio.

Por ello, son claves en la transmisión y diseminación de enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes.

Fiebre de Chikungunya

La fiebre de Chikungunya forma parte de las enfermedades infecciosas cuya distribución puede modificarse por el turismo, las migraciones y la expansión de vectores vinculada a las transformaciones ambientales.

Como consecuencia, hoy, vectores y microorganismos pueden viajar más lejos y más rápido que nunca antes en nuestra historia.

Tuberculosis

La tuberculosis se considera una enfermedad reemergente, especialmente en contextos de pobreza, desigualdad, hacinamiento, migración, debilitamiento de los sistemas sanitarios y resistencia a los antimicrobianos.

Las enfermedades infecciosas, aparentemente superadas y desaparecidas vuelven a hacer su aparición.

La resistencia a los antimicrobianos aparece cuando cambios en las bacterias hacen que los medicamentos usados para tratar las infecciones sean menos efectivos.

MERS-CoV y SARS-CoV-2

Destacan las siguientes enfermedades emergentes y reemergentes: Virus ébola, Dengue, enfermedad de Chagas, fiebre de Chikungunya, Tuberculosis, Mers-cov y Sars-Cov-2.

Las más sobresalientes, la SARS-COV-1, el ébola y la COVID-19.

Las epidemias contemporáneas han mostrado que los agentes infecciosos pueden extenderse rápidamente entre países y continentes, generando presión simultánea sobre los sistemas sanitarios y sobre la salud física y mental de la población.

¿Qué son las Enfermedades Infecciosas?

Enfermedades reemergentes en las crisis humanitarias

En las crisis se pueden producir desplazamientos forzados y grandes movimientos poblacionales, que exponen a la población desplazada y huésped a nuevos riesgos.

La población desplazada puede tener una alta prevalencia de enfermedades infecciosas ante las que la población huésped no esté inmunizada, o viceversa.

Como consecuencia, aumenta el riesgo de introducción o reintroducción de estas infecciones.

Por ejemplo, se puede multiplicar la incidencia de malaria si una población sin inmunidad se ve desplazada a un área endémica.

Lo mismo puede ocurrir si muchas personas con infección subclínica llegan a zonas urbanas de alta densidad de población.

Existen muchos ejemplos recientes de infecciones que resurgen en contextos humanitarios.

Entre otros, se encuentran los del cólera, la poliomielitis, la difteria, la fiebre amarilla, la meningitis meningocócica, o el sarampión.

La difteria es una infección respiratoria para la que existe una vacuna desde hace casi un siglo, que puede resultar letal hasta en un 30% de los casos entre personas no vacunadas sin tratamiento.

Esta patología está resurgiendo en países como Níger, Mauritania, Guinea, Sudáfrica, y sobre todo Nigeria.

Mientras que entre 2013 y 2022 tan solo se reportaron unos 29.000 casos en todo el continente africano de esta enfermedad, en tan solo Nigeria en 2023 se reportaron 18.000 casos sospechosos y cerca de 600 muertes.

Salud, estilo de vida y modelo biopsicosocial

La posesión del mejor estado de salud, que es capaz de conseguir, constituye uno de los derechos fundamentales de todo ser humano, cualquiera que sea su raza, religión, ideología política y condición económico-social.

La promoción de una política sanitaria encaminada a la salud del conjunto de la población se convierte en una obligación moral que todo estado debe imponer.

Sin embargo, este estado ideal y final de bienestar, no acaba de alcanzarse.

En esta nueva definición, el hombre no mantiene ya esta posición de dominio de la naturaleza, sino que reconoce que la salud no es un concepto absoluto, sino relativo y que depende de un estado de equilibrio con la naturaleza.

En términos generales, la salud espiritual implica un sentido de plenitud y satisfacción con la propia vida, sistema de valores, autoconfianza y autoestima, autoconsciencia y presencia, paz y tranquilidad con equilibrio emocional dinámico.

Actualmente vivimos en un entorno digital, y observamos que el género y la edad influyen tanto en las percepciones de salud de las personas como sus antecedentes y factores ambientales.

En general, la perspectiva laica sobre la salud parece estar caracterizada por tres cualidades: totalidad, pragmatismo e individualismo.

La totalidad está relacionada con la salud como un fenómeno holístico.

La salud es un aspecto entrelazado con todos los demás aspectos de la vida, laboral, familiar y comunitaria.

La ausencia de enfermedad no es suficiente: se debe tener en cuenta la situación de la vida como un todo.

El pragmatismo refleja la salud como un fenómeno relativo.

La salud se experimenta y evalúa de acuerdo con lo que la gente considera razonable esperar, dada su edad, condiciones médicas iniciales y situación social.

Finalmente, el individualismo se relaciona con la salud como un fenómeno altamente personal.

La percepción de la salud depende de quién eres como persona.

Además, los valores son individuales y, como cada ser humano es único, las estrategias para mejorar la salud deben de individualizarse.

El modelo biopsicosocial

Existen muchos factores de diversa índole que pueden influir en la actitud del paciente frente a su enfermedad y en el tipo de trato y respuesta que nos provocan o exigen a los que somos sus médicos, factores que conforman lo que conocemos hoy día como el modelo biopsicosocial de la salud, que está cada vez más presente en el acto médico.

Los factores biológicos estarían relacionados con la propia enfermedad y cómo afecta a los procesos biológicos y físicos del organismo.

Los factores psicológicos desempeñan un papel fundamental en este modelo, ya que influyen de manera significativa en la salud y el bienestar emocional de las personas.

Estos factores están relacionados con los procesos mentales, emocionales y cognitivos que afectan a la percepción, al comportamiento y a la forma en que las personas enfrentan y gestionan la enfermedad.

La motivación, la autoeficacia y la capacidad para manejar el estrés pueden influir en la disposición de una persona para seguir las indicaciones médicas, lo que a su vez puede afectar a la efectividad del tratamiento y al resultado de la enfermedad.

Asimismo, la forma en que las personas perciben y gestionan sus emociones puede influir en su capacidad para enfrentar situaciones difíciles y recuperarse de enfermedades.

Los factores sociales, como el estatus socioeconómico, el nivel educativo, el apoyo social y las conexiones comunitarias, tienen un impacto directo en la salud.

Las desigualdades sociales pueden influir en el acceso a recursos y oportunidades de salud, lo que a su vez puede afectar negativamente a nuestra calidad de vida y bienestar.

Además, la cultura desempeña un papel importante en cómo percibimos la enfermedad, buscamos ayuda y nos relacionamos con los demás.

Las creencias, valores y prácticas culturales pueden influir en nuestras actitudes hacia la salud, en cómo tomamos decisiones relacionadas con nuestra salud y en cómo nos relacionamos con los proveedores de atención médica.

El modelo biopsicosocial adquiere una relevancia especial en la atención a personas con discapacidad y enfermedades crónicas.

La comprensión integral de los factores biológicos, psicológicos y sociales permite abordar de manera más efectiva las necesidades de estas personas y promover su bienestar.

En el ámbito de la rehabilitación, el enfoque biopsicosocial se utiliza para diseñar planes de tratamiento que incluyan intervenciones médicas, terapias físicas y ocupacionales, así como el apoyo emocional y social.

Además, este modelo también se ha aplicado en la prevención y gestión de enfermedades crónicas, como la diabetes o las enfermedades cardiovasculares.

Al considerar los factores biológicos, psicológicos y sociales, se promueve una visión más holística de la salud y se fomentan estrategias de autocuidado y cambios en el estilo de vida que favorezcan una mejor calidad de vida.

Retos de los sistemas sanitarios

Los especialistas en clínica médica deberían brindar una atención integral e integrada del paciente adulto; organizada con relación a los perfiles epidemiológicos; con respeto por las necesidades de salud del individuo y de la comunidad; en el marco de los servicios de salud de baja, mediana y alta complejidad.

Ningún problema de salud del adulto, desde la juventud hasta la ancianidad, es ajeno a su incumbencia y responsabilidad.

Muchos de los desafíos que enfrentan los sistemas de atención de la salud, como la aparición constante (casi ““semanal””) de nuevas tecnologías sanitarias, el envejecimiento poblacional y la transición epidemiológica hacia perfiles donde se suman enfermedades crónicas, con pluripatología, que se complejizan con una necesidad y una demanda social de mayor calidad y seguridad en los procesos de atención, requieren que se haga frente a los efectos adversos de la subespecialización médica.

El rol del profesional en el primer nivel de atención (generalistas y clínicos, junto al resto de los otros profesionales del equipo de salud) y la tarea del clínico en el segundo nivel son fundamentales para el abordaje de esas problemáticas, que en contadas ocasiones podrán requerir la presencia del hiperexperto (pero siempre en el contexto del trabajo en equipo, superador del concepto de interconsulta, y, por supuesto, descartando el término derivación).

Frente a las perspectivas y demandas del paciente, podemos apreciar en el momento actual una falta de respuesta por parte del sistema sanitario de salud (SNS), con tres grandes grietas en su estructura: la crisis de la atención primaria, en la que la desinversión crónica, las malas condiciones de trabajo y la jubilación masiva, ha roto la tradicional accesibilidad, continuidad y atención longitudinal, los tres atributos esenciales para una buena medicina y enfermería del primer nivel de atención; la crisis moral de los profesionales del SNS, su desafección y desilusión forma parte de un grave problema pues rompe el contrato social implícito en el que se anclan los valores que sustentan el compromiso y la fidelización; la crisis de la cobertura pública, que está llevando a parte de las capas medias de la sociedad a escaparse al aseguramiento privado para sortear las crecientes esperas y dificultades de la sanidad pública.

El incumplimiento del tratamiento y la excesiva frecuentación de las consultas médicas son algunas de las principales señales de alerta del inadecuado funcionamiento del sistema sanitario.

Participación del paciente

Con el paso del tiempo y unido a la evolución experimentada por la ciudadanía, esta relación ha cambiado en algunos aspectos.

Hoy día, la población tiene acceso a un gran volumen de información sobre salud, proporcionada no sólo por los profesionales sanitarios, sino obtenida también a través de otros canales, como son las asociaciones de pacientes, los medios de comunicación o internet.

A su vez, el ciudadano medio actual ha adquirido un nivel de formación más elevado al de hace décadas y entiende su salud como un bien individual ante el que puede tomar sus propias decisiones.

De esta forma, la relación establecida entre médico y paciente pasa a ser más colaboradora, apareciendo la figura del paciente informado, que se responsabiliza y se implica en cuidar su salud.

Se trata de un paciente consciente de su enfermedad o situación, comprometido para mejorar su condición clínica y su calidad de vida, y que suele cumplir mejor con el tratamiento indicado.

Colabora más con los profesionales que lo tratan y, siendo de esta forma “paciente-maduro”, puede ayudar a otros pacientes a formarse y a contribuir a la mejora de los servicios sanitarios.

Frente a esta actitud más comprometida por parte de algunos pacientes, existe en contraposición otro tipo de actitud más reivindicativa, basada en la resolución aguda de problemas por parte del médico tratante y menos en su implicación activa como máximo responsable del acto médico, con poca o ninguna tolerancia a la frustración y un mal manejo de la información adquirida por otros medios.

Es el llamado “paciente-adolescente”.

Este paciente es un reto para el médico, no solo porque exige un mayor esfuerzo diagnóstico y terapéutico sino porque además precisa de un manejo diferente, más basado en el razonamiento e incluso en la negociación, así como de una mayor mesura en el trato.

Prevención y respuesta sanitaria

En España es necesario crear profesionales sanitarios con capacidad de diagnosticar, tratar y cuidar este tipo de patologías cada vez más frecuentes, pero de las cuales existe poca información.

También es nuestro deber como personal sanitario conocer las alertas sanitarias actuales para poder brindar a nuestros pacientes la información y conocimientos necesarios que se deben de tener en cuenta en los viajes a zonas tropicales, así como tener una visión transcultural de las sociedad en las que nos encontramos para tener presente que hay patologías infecciosas ante las que tenemos que saber reaccionar para favorecer su control, el cual sigue siendo hoy día un reto de la sanidad pública mundial.

Como hemos podido comprobar, el auge de las enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes en España es un problema actual.

Destacan las enfermedades importadas, lo que genera nuevas necesidades de sistemas de detección precoz, de aumentar la cobertura del calendario vacunal, así como potenciar las redes de notificación de nuevos casos a nivel mundial.

La prevención y la gestión de las enfermedades contemporáneas requieren integrar medidas individuales, comunitarias, ambientales y sanitarias.

El abordaje biopsicosocial de la salud ha contribuido directamente al aumento en la comprensión del papel jugado por diversas variables comportamentales sobre la etiología y la progresión de la enfermedad, mediante la influencia de factores como el estrés sobre los sistemas nervioso, inmunitario o endocrino y del efecto de técnicas como el biofeedback y la relajación entre otros.

En conclusión, la salud es el resultado del proceso de adaptación general de un individuo y de la sociedad.

Tomada como variable dependiente del proceso de adaptación de un organismo, la salud oscila a través del tiempo, con valores máximos y mínimos y depende de las variaciones del ecosistema y del grado y rapidez de adaptación del individuo.

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