Un estadio no adquiere su verdadero significado únicamente por su arquitectura, su capacidad o la importancia de los eventos que alberga: lo elevan la historia grabada en sus paredes y la gente que llena sus gradas. La presencia de los hinchas transforma estos lugares en algo que hace palpitar el corazón y también transforma los juegos que esos fanáticos van a ver.
Por eso, el estadio lo hacen las personas que lo habitan, lo visitan, lo recuerdan y lo sostienen cotidianamente. Esta afirmación incluye tanto a quienes ocupan sus tribunas como a los vecinos que viven en sus alrededores, porque la vida de un recinto deportivo no termina en sus accesos: se extiende hacia las calles, las plazas, los recorridos habituales y la memoria colectiva del barrio.
El estadio como espacio social y urbano
Los estadios son lugares extraños. Pocos pueden ser catalogados como maravillas arquitectónicas, aunque hay un puñado que sí te dejan sin aliento: el Estádio da Luz en Lisboa, donde el águila del Benfica vuela alrededor del campo antes de cada juego; la nueva casa del Tottenham, aún con esa sensación de pintura fresca; San Siro, la catedral brutalista del Milán.
Lo que los eleva, lo que los hace especiales, es la historia grabada en las paredes y la gente que llena sus gradas. Es difícil conseguir una buena fotografía del Signal Iduna Park, donde juega el Borussia Dortmund, cuando está vacío. Es imposible tomar una mala fotografía una vez que la Südtribune (la tribuna sur del estadio) en Alemania está llena.
El Artemio Franchi en Florencia es un cuenco sin alma cuando le pasas junto a él un martes por la mañana. Es el estadio con el diseño más básico que puedas imaginar, como si los arquitectos hubieran recibido solo una instrucción de sus empleadores fascistas: “Háganlo un poco redondo, pero no tan redondo”. Sin embargo, en una tarde de domingo, con la Fiorentina en casa, se convierte en un brumoso tumulto de figuras moradas.
El Old Trafford es una nave especial en un deprimente estacionamiento de Inglaterra. El Goodison Park en Liverpool parece como si lo hubieran remendado con pegamento. Eso, hasta que cobran vida.

La presencia de los hinchas transforma estos lugares en algo que hace palpitar el corazón y también transforma los juegos que esos fanáticos van a ver. Ellos le aportan resonancia emocional al deporte que está en frente de ellos; elimínalos y la experiencia se vuelve extrañamente estéril, bordeando en lo inútil y casi deprimente.
Los fanáticos hacen que el fútbol tenga sentido. El eslogan que desde hace tiempo ha sido la respuesta a la desconsideración casual del negocio del fútbol hacia el público que paga -“el fútbol no es nada sin fanáticos”- aplica ahora más literalmente que nunca.
El Estadio Nacional y la escala del barrio
El Estadio Nacional no es un recinto deportivo cualquiera; es, probablemente, el lugar con mayor carga simbólica y social de Chile. Su relevancia a nivel nacional es indiscutible y, como tal, genera expectativas de funcionamiento que no se le exigen a ninguna otra infraestructura de la ciudad.
Sin embargo, en medio de este prestigio aparece una paradoja ética: mientras el país celebra el Estadio como un centro de valor patrimonial, cultural y deportivo, los eventos de escala global como los Juegos Panamericanos 2023 o el Mundial de Fútbol Sub-20 (2025) terminan por invisibilizar la vida cotidiana de quienes viven en la vereda de al frente.
Esta desconexión se agrava con su rol como el principal escenario de espectáculos masivos del país. La diversidad de usos es abrumadora: desde los partidos del Club Universidad de Chile o la Selección Nacional de Fútbol hasta el impacto de artistas urbanos como Bad Bunny, pasando por el k-pop masivo de BTS en octubre 2026, hasta la solemnidad de una Orquesta Sinfónica o festivales en las noches de verano.
Mientras el país celebra estos hitos, para quienes habitan en sus alrededores, el Estadio irrumpe como una fuerza disruptiva que suspende su derecho a habitar el espacio urbano con normalidad. Aquí surge un conflicto de escalas que afecta directamente la calidad de vida: la escala metropolitana del evento ignora y atropella la escala barrial de la residencia.
Esta asimetría transforma al Estadio en una especie de enclave de alto impacto. Se trata de un recinto que consume vorazmente los recursos del barrio: sus calles, su seguridad, su tranquilidad y su espacio público, pero que no ofrece una integración real ni retributiva con la escala humana de sus vecinos.
Pese a su valor nacional, el recinto funciona “hacia adentro”, blindándose en sus propias lógicas operativas y dejando hacia afuera solo las externalidades negativas que el tejido residencial debe absorber. Esta tensión deteriora la relación de las personas con su propio entorno; el barrio deja de ser ese refugio familiar, previsible y seguro, para convertirse en un territorio ajeno y hostil donde el residente pierde el control sobre lo más básico: su propia movilidad y su derecho al descanso.
Así, en la práctica, el “estadio de todos” termina por construir, día a día, un “barrio de nadie”.
Cuando el evento transforma la vida cotidiana
Un martes cualquiera, esta zona de confort se manifiesta en escenas cotidianas: los niños que salen del colegio y llenan las plazas, o el tránsito pausado de quienes caminan por las veredas junto a sus mascotas sin más preocupación que el paseo habitual.
Sin embargo, esta armonía se rompe cuando el Estadio activa su escala metropolitana. En cuestión de horas, el barrio recibe una población itinerante que introduce, de golpe, 40.000 nuevos rostros en el territorio.
El Estadio introduce así una variable de incertidumbre que anula la capacidad de la familiaridad pública para operar. Esta irrupción de lo ajeno rompe la vivencia que el vecino hace de su propia calle, transformando un espacio de confianza en un escenario de anonimato e incertidumbre: ¿por qué en mi barrio?
La predictibilidad también se quiebra porque la tipología del evento varía. La actitud de un vecino ante un partido de fútbol, donde ya existe una predisposición al resguardo por posibles incivilidades, es muy distinta a la que adopta ante un concierto masivo.
El residente se ve obligado a “recalcular” su seguridad y su movilidad. Sus rutas habituales son cortadas por vallas y contingentes de carabineros y guardias privados, los flujos cambian y espacios que forman parte de su vida cotidiana adquieren otros usos.
Cada evento exige un cálculo distinto y obliga al vecino a volver a leer un territorio que conoce, pero que por algunas horas funciona bajo otras reglas que rara vez se les informan con antelación.
El vecino como experimentador urbano
Es este ejercicio de recalcular de cada vecino del Estadio el que puede entenderse como un experimentador urbano. Un mismo territorio experimenta distintos cruces entre movilidad, espacio público, seguridad y vida cotidiana según el evento que se realiza.
El vecino aprende a reconocer esas variaciones y adapta sus recorridos, sus horarios y la forma en que ocupa el barrio. No participa de esta experimentación por elección, pero vive sus efectos cada vez que el Estadio enciende sus luces y se abre al público a un nuevo evento.
Esta alteración de los ritmos y la necesidad de recalcular la vida diaria genera lo que podemos denominar como inseguridad de pertenencia. Como plantea Méndez (2018), los barrios dejan de ser espacios de refugio para convertirse en “arenas de conflicto”, territorios donde el bienestar del habitante es sacrificado frente al “interés nacional” o los beneficios comerciales de las grandes productoras.
En estas arenas, la tensión no solo se da por el uso físico del suelo o la congestión vehicular, sino por una disputa más profunda: quién tiene realmente el derecho a decidir sobre el destino y el uso de la calle.
Es una lucha por la soberanía del espacio cotidiano que el vecino siente perdida ante la magnitud del hito. Esta necesidad de “recalcular” la vida diaria no se trata solo ante la presencia de desconocidos, o por los cortes de calles de hasta 12 horas, sino de la constatación de que la política pública clasifica al vecino como un actor irrelevante ante el Estadio, que debe ser contenido, y no como un ciudadano con libertades y derechos.
Inseguridad de pertenencia y desplazamiento simbólico
Cuando el orden territorial se impone desde arriba para facilitar la espectacularidad de un evento, el habitante experimenta un desplazamiento simbólico: sigue físicamente en su hogar, pero el sentido de propiedad sobre su entorno ha sido confiscado.
La inseguridad es, por tanto, la respuesta emocional y política a una planificación que ha convertido el espacio de vida en un recurso transable al servicio de una escala metropolitana que le da la espalda al barrio.
La grandeza de un hito nacional no puede construirse a base de la invisibilización de sus vecinos, ni de la anulación de sus derechos ciudadanos en favor de la espectacularidad o de la rentabilidad del evento. Operar reconociendo la relevancia del Estadio Nacional es necesario, pero esto no justifica el abandono de la escala humana.
El desafío de la planificación actual es generar un equilibrio real donde las medidas ante los eventos no sean solo intervenciones logísticas y operativas, sino mecanismos que permitan que los vecinos se sientan seguros y actores dentro de su territorio, incluso cuando las luces del “gigante” están encendidas.
Seguridad, convivencia y responsabilidad
La violencia en los estadios se ha tornado un tema latente dentro del fútbol nacional. Durante 2022 constantemente se vieron actos vandálicos y delitos dentro de las principales canchas del país, tanto en partidos de Primera División, como en Copa Chile y en las divisiones menores.
Es por eso que la ANFP prepara un nuevo código de comportamiento para esta temporada, con el objetivo de castigar de manera más dura estas acciones. A través de un escrito, al que tuvo acceso El Deportivo, la Asociación Nacional de Fútbol Profesional detalló el nuevo protocolo de aplicación del Derecho de Admisión, el cual, si es aprobado en el Consejo de hoy, comenzará a regir desde el partido de Supercopa entre Colo Colo y Magallanes en Viña del Mar este 15 de enero.
Los puntos más llamativos del texto son las duras sanciones por cometer delitos durante o en circunstancias conexas al evento deportivo, las cuales podrían llegar un tiempo máximo de 10 años de sanción. Para esto, ANFP diferenció los delitos cometidos.
En el caso de realizar agresiones sexuales, robar o lanzar objetos contundentes dentro del recinto deportivo, la aplicación del Derecho de Admisión irá entre los seis y los ocho años, dependiendo de la resolución.
Pero no solo delitos e infracciones serán castigadas, ya que los organismos también podrán sancionar a personas que realicen conductas que vulneren alguna de las condiciones de ingreso y permanencia establecidas en el artículo 76 del Reglamento de la Ley N° 19.327.
Ejemplos de aquello son el intentar ingresar lienzos o ingresar lienzos al recinto deportivo, el uso de puntero láser y el porte y/o consumo de alcohol y drogas en el estadio.
El nuevo protocolo también especifica que en el caso de reincidencia (esto se considera durante la prohibición o hasta un año después de ser levantada), el derecho de admisión podrá aplicarse por el doble del tiempo del nuevo incumplimiento.
Finalmente cabe destacar que toda persona podrá impugnarse cierta prohibición de ingreso a los recintos deportivos bajo derecho de admisión, presentando un reclamo que acompañe antecedentes suficientes para explicar razonablemente los motivos que justificaron el ejercicio de éste.
Conductas sancionadas y tiempos mínimos
| Categoría | Conducta | Tiempo mínimo |
|---|---|---|
| Levísima | No respetar la ubicación de la tribuna y/o numeración del asiento. | 1 año |
| Levísima | Introducir o intentar introducir animales al recinto deportivo (excepción animales de asistencia). | 1 año |
| Leve | Ejecutar cualquier tipo de conductas que inciten a la violencia. | 2 años |
| Leve | Intentar ingresar lienzos o ingresar lienzos al recinto deportivo. | 2 años |
| Leve | Uso de puntero láser. | 2 años |
| Leve | Participación en desórdenes en las inmediaciones del recinto deportivo o en hechos conexos | 2 años |
| Menos Grave | Participación en desórdenes al interior del recinto deportivo. | 4 años |
| Menos Grave | Efectuar o proferir expresiones de carácter racista, xenófobos, misóginos, homofóbicos o discriminatorios a cualquiera de los participantes del evento deportivo. | 4 años |
| Menos Grave | Amenazar, extorsionar o acosar a asistentes al interior del recinto deportivo. | 4 años |
| Grave | Agresiones físicas, acoso sexual y agresiones sexuales al interior del recinto deportivo. | 6 años |
| Grave | Ingresar a la cancha sin autorización. | 6 años |
| Grave | Lanzar objetos contundentes al interior del recinto deportivo. | 6 años |
| Muy Grave | Causar lesiones graves. | 8 años |
| Muy Grave | Porte de arma de fuego o hechizas, o artefactos explosivos | 8 años |
| Gravísimo | Ingresar a la cancha y agredir físicamente a jugadores, cuerpo técnico, árbitros, directivos o personal que trabaja en el estadio. | 10 años |
| Gravísimo | Reventón de acceso del recinto deportivo. | 10 años |
| Gravísimo | Provocar o causar lesiones a menores de edad, adultos mayores o personas con movilidad reducida. | 10 años |
Un entorno seguro no depende únicamente de la presencia de carabineros, guardias o controles de acceso. Una verdadera cohesión urbana exige un cambio de paradigma: el Estadio Nacional debe dejar de ser percibido como un “otro” disruptivo, un enclave ajeno que se impone sobre el territorio, para convertirse en un vecino responsable, en un actor más.
Esto implica ofrecer un entorno que no solo sea seguro por la presencia de carabineros, sino por la existencia de un orden territorial claro, un respeto por los ritmos locales y un reconocimiento mutuo entre el hito nacional y la comunidad que lo sostiene.
Las personas que dan nombre y memoria al estadio
No sólo la justicia del homenaje a uno de los más grandes futbolistas chilenos de todos los tiempos sino que hacerlo en vida, es lo que se agradece cuando se bautiza el Estadio Playa Ancha de Valparaíso con el nombre de Elías Figueroa.
Debo reconocer un afecto y respeto especial por don Elías. Tres veces mundialista, 1966 en Inglaterra, 1974 en Alemania y 1982 en España, también fue tres veces el mejor futbolista de América cuando los mejores del continente, incluido Pelé, jugaban precisamente en esta parte del mundo.
Exceptuando la Selección de 1962, que está en una galería especial del Museo de los Héroes del Fútbol y la 1998, de cuyo proceso directivo me siento parte, personalmente creo que la Selección Chilena de 1974 juntó a una legión de jugadores extraordinarios, encabezados por don Elías, a los que admiro hasta el día de hoy.
Y si el gol de José Luis Sierra contra Camerún es la emoción mundialista que mejor atesoro porque el Coto será siempre un grande para todos los que sentimos la roja de Unión Española y vivirlo en el estadio es imborrable, la imagen mundialista que siempre me acompaña es la de Don Elías, en primer plano televisivo, después de estrellar un remate en el travesaño contra Australia bajo el diluvio alemán.
Tengo experiencias directivas importantes, pero debo confesar que compartir directorio con Elías Figueroa en la Corporación Deportiva de Peñalolén junto a dirigentes como Alfonso Swett y Julio Riutor ha sido una muy buena escuela.
El año 2006 firmamos juntos la Declaración de Santiago, documento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para Promover y Difundir el Deporte como agente de Paz y Desarrollo. Su intervención sobre los valores asociados a la práctica deportiva y su propia experiencia personal fue conmovedora.
Este reconocimiento a don Elías Figueroa es una gran oportunidad para que nos acostumbremos a reconocer en vida a los que hacen cosas. Hay que imitarlo y no sólo en el fútbol.
También un estímulo para acostumbrarnos a llamar a los estadios por el nombre de la persona que queremos honrar. Elías Figueroa, Julio Martinez, Rubén Marcos, Sanchez Rumoroso, David Arellano, Germán Becker, Carlos Dittborn, Lucio Fariña y otros más, merecen instalarse como sinónimos de estadios y hacer efectivo el homenaje a las personas que nuestro fútbol reconoce y venera.
Me acuerdo de los Panzers y si bien don Elías no jugó en el equipo campeón de 1968, hoy sería una buena oportunidad para que las tribunas del recinto, como en Santa Laura y en San Carlos de Apoquindo, recuerden a los que mejor estimen los wanderinos.
Un recuerdo a todos los héroes del fútbol chileno, que como Don Elías, merecen de nosotros un cariño y gratitud más grande que un estadio.
Cuando las tribunas quedan vacías
Es perturbador ver un partido de fútbol a puertas cerradas, en un estadio lleno de eco y aire, en vez de ruido y vida. Los rostros de los jugadores, las camisetas que visten y los movimientos que hacen son los mismos, por supuesto, pero el entorno es tan extraño, tan diferente, que hay una sensación de dislocación.
Son los deportes en el valle inquietante. Los estadios son lugares extraños. Lo que los eleva, lo que los hace especiales, es la historia grabada en las paredes y la gente que llena sus gradas.
Ellos le aportan resonancia emocional al deporte que está en frente de ellos; elimínalos y la experiencia se vuelve extrañamente estéril, bordeando en lo inútil y casi deprimente. Los fanáticos hacen que el fútbol tenga sentido.
Organizar juegos a puerta cerrada no es ideal. No es lo que nadie quiere. Es, por falta de un mejor término, peor que cuando las gradas están llenas de ruido y color, cuando hay una alegría desenfrenada de un lado y un implacable desconsuelo del otro.
Sin embargo, este es un modelo anticuado, uno que funcionaba cuando los equipos eran locales y los boletos eran asequibles, lo que sucede mucho menos ahora. No importa cuán devotos sean, algunos fanáticos podrían no ser capaces de estar presentes geográficamente.
Quizás tienen compromisos familiares que les impiden ir. Puede ser que trabajen los fines de semana. Puede que no tengan suficiente dinero para una entrada al juego, mucho menos para un abono de temporada ni los recursos, el tiempo o incluso la capacidad para viajar.
Entonces, cuando decimos que los partidos se están organizando para el beneficio de la televisión, lo que queremos decir es que los partidos se están organizando para el beneficio de los fanáticos, la mayoría de los cuales solo pueden verlos por televisión.
“Televisión” es un término abstracto, diseñado para ocultar y estigmatizar. Para la mayoría de los fanáticos, y para todos excepto un minúsculo porcentaje de los equipos más importantes, es la única manera de consumir fútbol.
Después de todo, las personas que ven los juegos por televisión también son aficionados. El estadio lo hacen quienes están en las tribunas, quienes lo siguen desde lejos y quienes conservan una relación emocional con sus colores, sus equipos y sus espacios.
El estadio como lugar de pertenencia
Para muchos, este es un tema delicado. En general, existe una estricta jerarquía entre los fanáticos, una que la sabiduría popular apoya incondicionalmente (y sé que contravenirla puede que no sea popular).
En esta clasificación, los mejores hinchas, los más devotos, son los que viajan para ver jugar a sus equipos como visitantes y van a todos sus juegos de local. Invierten horas y días en autobuses y trenes, sacrificándolo todo por el amor de sus colores.
Justo después de ellos, están los que van a los juegos de local, los que asumen el compromiso de diseñar sus fines de semana alrededor de sus equipos, los que hacen del fútbol la pieza central de sus vidas.
Los que van ocasionalmente a los juegos tienen cierto prestigio; aquellos que solo aparecen en el estadio en las grandes ocasiones, un poco menos. Los fanáticos que solo ven los juegos por televisión están rezagados a cierta distancia, en algunos casos son ridiculizados y no son considerados verdaderos fanáticos.
Pero el vínculo con un estadio no se mide únicamente por la frecuencia de asistencia. Las personas también construyen pertenencia a través de los recuerdos, las transmisiones, las conversaciones, los nombres inscritos en la historia y las experiencias compartidas en el espacio urbano.
El fútbol, en pleno, va a sufrir las consecuencias del virus y la suspensión de los juegos. La preocupación es que el sufrimiento, como todo los demás, puede que no sea compartido equitativamente.
La planificación urbana como mediación
Desde la perspectiva de la planificación urbana, considero que una gestión ética del espacio público debe resguardar la zona de confort de los residentes. El desafío ético y profesional que enfrentamos en la planificación urbana contemporánea no es simplemente gestionar la logística de un recinto masivo, sino asegurar que la monumentalidad de la infraestructura no destruya las percepciones de bienestar de quienes viven a su alrededor.
No podemos reducir la planificación a una hoja de cálculo donde se computan flujos peatonales y tiempos de evacuación, olvidando que esos flujos atraviesan la vida cotidiana de miles de personas.
Una verdadera cohesión urbana exige un cambio de paradigma: el Estadio Nacional debe dejar de ser percibido como un “otro” disruptivo, un enclave ajeno que se impone sobre el territorio, para convertirse en un vecino responsable, en un actor más.
Al final del día, la pregunta que queda suspendida sobre la planificación de Santiago es crítica: ¿Vale realmente la opinión y la vivencia de los vecinos en la configuración de su entorno, o existe una jerarquía inamovible de prioridades donde lo metropolitano siempre tendrá el derecho de atropellar lo barrial?
La seguridad de una nación es un concepto vacío si se construye sobre la inseguridad de pertenencia de sus propios vecinos. Una verdadera cohesión urbana solo será posible cuando este “Gigante Egoísta” aprenda a convivir con su entorno, reconociendo que su valor como símbolo nacional depende también de su capacidad de ser un buen vecino.
La planificación urbana del futuro debe ser la herramienta que medie en este conflicto de escalas, garantizando que el prestigio de nuestros hitos no se pague con la alienación y el desplazamiento simbólico de quienes, día tras día, cuidan y habitan la ciudad.