El cristianismo surgió como una escisión del judaísmo en tiempos del emperador Tiberio a comienzos del siglo I d. C. Afectó al Imperio Romano ya que apareció en una de sus provincias, Palestina. El mensaje del cristianismo se fue extendiendo por el resto del imperio durante los siglo I y II, convirtiéndose en un problema religioso, pero también político, para el poder imperial.
La religión cristiana ponía en cuestión el politeísmo romano, ya que consideraba la existencia de un solo Dios, y además, negaba el culto al emperador, por lo que se cuestionaba su poder. Ello acabó provocando que los cristianos fueran perseguidos durante los siglos II y III. Pese a todo, las comunidades cristianas resistieron la persecución y la violencia de las autoridades romanas hacia ellas y, a partir del siglo III, comenzó a expandirse de forma imparable el credo cristiano.
La crisis del siglo III y la fragilidad del Imperio
Durante el siglo III d.C. el Imperio Romano se vio inmerso en una de las peores crisis de su historia. Casi treinta emperadores se sucedieron en el lapso de cincuenta años, proclamados y depuestos por el ejército, a veces de forma simultánea en diferentes lugares.
La inflación se disparó, el comercio se paralizó y las provincias quedaron aisladas entre sí. Los impuestos no llegaban y las ciudades estaban desabastecidas de productos de primera necesidad. Roma perdió su autoridad en las provincias más lejanas, que durante unos años se independizaron de la metrópolis.
Y para colmo de males, en las fronteras los pueblos bárbaros aprovechaban esta debilidad para llevar a cabo sus incursiones. La llamada crisis del siglo III fue un preludio de las dos que vendrían en los siglos sucesivos, causando primero la partición del imperio en dos mitades y finalmente la desintegración de la parte occidental.
La crisis política, económica y social favoreció que el mensaje cristiano se extendiera entre las clases populares, pero también entre las acomodadas. Así fueron surgiendo los primeros sacerdotes y obispos los cuales eran los encargados de oficiar los ritos e interpretar los textos sagrados como los evangelios.
Este es el origen de la Iglesia cristiana como organización religiosa.
Las causas económicas y sociales
La crisis del siglo III fue, en cierto modo, una consecuencia de los propios éxitos romanos. Ya desde la época final de la República, Roma había entrado en un modelo de crecimiento basado en la conquista de nuevas provincias, la explotación de sus recursos y la actividad económica que generaba el proceso de romanización.
Pero esta rápida expansión se detuvo durante el reinado de Adriano, al mismo tiempo que las necesidades económicas para mantener el aparato del Estado crecían. A esto había que sumar el hecho de que los emperadores, para lograr y mantener el apoyo del estamento militar, recurrían a cuantiosos “donativos” a las tropas regulares y a la guardia pretoriana.
A medida que el déficit público crecía, varios emperadores recurrieron a la devaluación de la moneda, es decir, reducir el porcentaje de metal precioso -oro o plata- que contenían, de modo que con la misma cantidad de recursos podían producir mayor cantidad de monedas.
A causa de esto, a finales del siglo II empezó una espiral inflacionista que arruinó a un gran número de ciudadanos y los redujo a la servitud.
A esto se sumó finalmente la creciente inseguridad de las carreteras, puesto que el Estado carecía de recursos suficientes para costear las patrullas. Esto significaba en primer lugar que los impuestos no llegaban a Roma, pero había otra consecuencia igualmente grave: lo que mantenía unido el imperio, además de la presencia militar, era el comercio.
Cuando viajar se hizo demasiado peligroso, las provincias y las ciudades empezaron a cerrarse más en sí mismas, recurriendo a una economía de autarquía debido a la dificultad de importar productos.
La crisis política y la fragmentación territorial
Esta desconexión de las provincias respecto a Roma daba alas a muchos militares y políticos ambiciosos para comprar el apoyo del ejército y hacerse proclamar emperadores, aun cuando ya hubiera uno en activo.
El Imperio Romano carecía de un procedimiento de sucesión establecido puesto que el emperador en teoría era un princeps, un “primero entre iguales”, no un monarca: a lo largo de dos siglos los emperadores habían sido elegidos primero por parentesco, más tarde por adopción y finalmente se había vuelto al criterio de parentesco.
La crisis política se desató en el año 235 cuando el emperador Alejandro Severo fue asesinado sin un heredero natural o adoptado. A partir de entonces se sucedieron más de treinta años en los que las legiones estacionadas en los diversos territorios proclamaban emperador a su propio comandante, sin ninguna legitimidad reconocida más allá de las provincias bajo su control.
Algunos de estos ni siquiera llegaron a pisar Roma, otros “reinaron” durante pocos días; hubo momentos en los que existían varios supuestos emperadores repartidos en diversos puntos del imperio y llegó a haber hasta seis en un solo año.
Durante un tiempo, las provincias occidentales -Hispania, Galia y Britania- y las orientales -Egipto, Palestina, Siria y Arabia Pétrea- se independizaron completamente de Roma: las primeras formaron el Imperio Galo entre los años 260 y 274, las segundas el Imperio de Palmira entre el 270 y el 273.

La situación empezó a estabilizarse con el ascenso de una serie de emperadores militares procedentes de la provincia de Iliria. Lucio Domicio Aureliano, un veterano militar que contaba con numerosos apoyos gracias a su éxito conteniendo a las tribus bárbaras en las fronteras del imperio, fue proclamado emperador en el año 270 y consiguió en sus pocos años de reinado -murió en el 275- reunificar los territorios escindidos, que contaban con las provincias más ricas.
Gracias a eso pudo revaluar la moneda y reactivar el comercio, volviendo a una relativa normalidad económica.
Diocleciano y la reorganización del poder imperial
A pesar de los logros de Aureliano, había problemas de fondo que no habían sido resueltos por él ni por sus sucesores inmediatos. Además de la situación económica, que no había regresado a la antigua prosperidad, la corrupción seguía carcomiendo la administración y el ejército, y no se había encontrado un modo eficaz de gestionar un imperio que se había vuelto enorme y muy complejo.
En el año 284 subió al poder otro alto militar, Diocles, que ha pasado a la historia con el nombre de Diocleciano. Este tomó una de las decisiones más atrevidas y trascendentes en la historia del Imperio Romano: dividir el poder entre dos líderes como en la época republicana, cuando los máximos dirigentes del Estado eran dos cónsules.
En esta ocasión, sin embargo, se dividiría de forma desigual entre dos gobernantes, uno de mayor rango (conocido como augusto) y uno de menor rango (conocido como césar). Este último era el sucesor designado, una especie de emperador en formación, que se convertía en augusto cuando este moría o abdicaba, y nombraba entonces a su propio césar.
Este sistema, conocido como diarquía, tenía por objetivo acabar con los conflictos por la sucesión que habían llevado a la crisis del siglo III y, a la vez, garantizar que el futuro emperador contaría con experiencia, prestigio y legitimidad, disminuyendo -o al menos eso esperaban- el riesgo de rebeliones.
Sin embargo, la complejidad de gestionar el imperio llevó a Diocleciano a reformar una vez más el sistema en el 293 de una forma mucho más arriesgada: a partir de entonces habría dos augustos, cada uno con su respectivo césar, de modo que la diarquía pasaba a ser una tetrarquía.
La reforma no se limitó a dividir el poder, sino que hizo lo propio con el territorio: las provincias fueron agrupadas en doce diócesis, divididas a su vez en cuatro jurisdicciones; dos de ellas fueron asignadas a los augustos y otras dos a los césares.

El propósito de esta reforma era el de gestionar de forma más eficiente el gobierno y la defensa de las fronteras, haciendo que cada gobernante tuviera que preocuparse de un territorio más reducido.
No obstante, este sistema colegiado duró apenas treinta años: la tentación de apoderarse de los territorios de sus colegas era demasiado grande y a la muerte de Diocleciano empezaron de nuevo las guerras civiles.
Finalmente uno de estos gobernantes, que pasaría a la historia como Constantino el Grande, derrotó progresivamente a los demás y reunió de nuevo el poder imperial bajo una única autoridad en el 326.
A lo largo de esta larga crisis, que oficialmente se había cerrado con el ascenso de Diocleciano, se había puesto de manifiesto que el Imperio Romano ya era imposible de gobernar como un todo, pero que su división solía terminar en guerra.
El cristianismo frente a la religión romana
Desde los inicios de su expansión, en Roma convivían una gran cantidad de cultos. La incorporación de dioses extranjeros o la asimilación a las deidades propias romanas se habían realizado frecuentemente y, de hecho, muchos dioses que consideramos romanos eran en su origen etruscos o griegos.
En lugares que habían tenido una fuerte religión propia, como el caso de Egipto, existían dioses sincréticos como Serapis, mezcla del egipcio Osiris-Apis (que a su vez, era la fusión de estas dos deidades) y el griego Zeus.
No obstante, la gran mayoría de estos cultos tenían en común el hecho de ser politeístas y, por lo tanto, aceptar la existencia de otros dioses que no fueran los propios.
Asimilar el cristianismo, y más aún establecerlo como religión oficial, era una tarea mucho más difícil puesto que reconocía a un único dios. Además, en principio rechazaba la idolatría, mientras que la mayoría de cultos del Imperio incorporaban en alguna medida imágenes, estatuillas o símbolos diversos.
El cristianismo se convirtió así en un problema religioso, pero también político, para el poder imperial. La religión cristiana ponía en cuestión el politeísmo romano, ya que consideraba la existencia de un solo Dios, y además, negaba el culto al emperador, por lo que se cuestionaba su poder.
Durante más de tres siglos, los cristianos fueron uno de los colectivos más perseguidos del Imperio Romano: aunque por lo general el Estado romano era muy tolerante con los cultos, el mensaje cristiano tenía implicaciones que podían hacer peligrar pilares esenciales para la estabilidad del dominio romano, como el culto a los emperadores, un sistema político y económico que dependía de la guerra y una desigualdad clara entre clases, pueblos y sexos.
Persecuciones, mártires y catacumbas
Ello acabó provocando que los cristianos fueran perseguidos durante los siglos II y III. Es en este momento cuando aparecieron los primeros mártires (cristianos que, antes de renegar de su fe, preferían la muerte) y las catacumbas (espacios subterráneos con distintas funciones, entre ellas de cementerios y lugares de reunión y de culto).

El cristianismo tenía muchos elementos que lo hacían muy atractivo para las clases más humildes, que conformaban la mayoría de la población del Imperio: pobres, esclavos o de algún modo oprimidos podían encontrar consuelo en una religión que les concedía mayor esperanza que los dioses antiguos, cuyo temperamento y conducta en los mitos no eran precisamente un modelo a seguir.
Pese a todo, las comunidades cristianas resistieron la persecución y la violencia de las autoridades romanas hacia ellas y, a partir del siglo III, comenzó a expandirse de forma imparable el credo cristiano.
Constantino y el Edicto de Milán
El éxito del cristianismo fue imparable, hasta el punto de que, en el año 313, el emperador Constantino puso punto y final a las persecuciones contra los cristianos en el Edicto de Milán. En él, además, se establecía la libertad religiosa dentro del Imperio Romano.
El propio emperador se convirtió al cristianismo poco tiempo después. Según la leyenda, Constantino el Grande obtuvo la victoria sobre su rival Majencio tras tener una visión de la cruz de Cristo y dotar a sus ejércitos de este símbolo como estandarte.
Fue el primer emperador que se convertió al cristianismo.
El objetivo y el mensaje de tolerancia
El objetivo del Edicto de Milán era conceder, tanto a los cristianos como a los demás, facultad de seguir libremente la religión que quieran.
El mensaje de tolerancia aparece expresado en la afirmación de que se debía permitir “tanto a los cristianos como a los demás” seguir libremente “la religión que quieran”.
La decisión de Constantino puso fin a las persecuciones contra los cristianos y estableció la libertad religiosa dentro del Imperio Romano.
El texto del edicto vinculaba la libertad religiosa con la seguridad y el bienestar públicos, y presentaba la tolerancia como una medida destinada al bien de la mayoría.
Las consecuencias fueron decisivas: las comunidades cristianas dejaron de estar perseguidas, el emperador se aproximó a la nueva religión y el cristianismo pudo desarrollarse públicamente dentro del Imperio Romano.
Desde la promulgación del Edicto de Milán en 313, durante el reinado de Constantino el Grande se prohibieron una tras otra todas las manifestaciones paganas públicas.
La expansión de la Iglesia cristiana
A partir del siglo III, comenzó a expandirse de forma imparable el credo cristiano. Así fueron surgiendo los primeros sacerdotes y obispos los cuales eran los encargados de oficiar los ritos e interpretar los textos sagrados como los evangelios.
Este es el origen de la Iglesia cristiana como organización religiosa. A lo largo del siglo IV, el cristianismo se convirtió en religión mayoritaria dentro del imperio desplazando al resto de cultos.
Incluso antes de que Teodosio oficializara el cristianismo, la nueva religión había ganado suficiente popularidad como para que este último paso fuera inevitable.
Es notable el caso de Juliano llamado “el Apóstata”, el emperador que gobernó entre los años 361 y 363 y que hizo un intento fracasado de restaurar la fe en los antiguos dioses.
El bautismo y la integración en la comunidad
Un paso imprescindible para formar parte de la comunidad cristiana era el rito del bautismo. Si bien a los recién nacidos se les podía realizar sin dificultad, en el caso de los adultos había que seguir un ritual por el cual la persona abandonaba públicamente sus prácticas paganas.
En los días señalados, como la Pascua o el día de un santo patrón, se realizaban bautismos múltiples en las ciudades que contaban con un obispo o diácono y un baptisterio.
Uno a uno, el obispo o diácono tocaba la nariz y las orejas de los presentes, los exorcizaba con agua bendita y los ungía con aceite. La persona se volvía hacia poniente, por donde se oculta el sol, y proclamaba su renuncia al Diablo.
Después se volvía hacia levante -hacia la luz, es decir, Cristo- y se sumergía tres veces en una gran pila bautismal, que originariamente era una pequeña piscina, antes de que se introdujeran las más pequeñas con forma de fuente.
Finalmente el obispo o diácono realizaba la unción final en la cabeza y el lavado de los pies. Terminado el bautismo de todos los presentes, estos participaban en una solemne misa en la catedral o iglesia principal de la localidad.
Teodosio y la transformación de la religión oficial
Fue el emperador Teodosio el que en el año 380 estableció el cristianismo como religión oficial con el Edicto de Tesalónica. Esta decisión convertía al cristianismo en la única permitida, por lo que el resto pasaron a estar prohibidas.
En el año 380, el emperador Teodosio el Grande tomó una de las decisiones más trascendentales de la historia del Imperio Romano: convertir el cristianismo niceno en la única religión oficial.
Fue el inicio de un largo proceso de cristianización que se extendió hasta bien entrada la Edad Media.
Aunque la persona bautizada prometiera abrazar la nueva fe por convicción, ciertamente muchas conversiones se realizaban por interés. A medida que el cristianismo ganaba fuerza, formar parte de la nueva religión pasó a ser cada vez más conveniente.
Casos como el de la filósofa y científica Hipatia de Alejandría, que murió asesinada por una turba de fanáticos, eran incidentes extremos y raros, pero a un nivel menos visible las instituciones oficiales favorecían a los cristianos.
En el año 392 el emperador Teodosio prohibió también los cultos paganos privados mediante el Edicto de Constantinopla: a partir de entonces, en el Imperio Romano ya no habría lugar para los cultos que lo habían regido durante más de mil años.
La adaptación del cristianismo a la sociedad romana
Una conversión que, sin embargo, entrañaba grandes dificultades y que fue en buena parte adaptada a la idiosincrasia de la sociedad romana, convirtiéndola en una mezcla hecha a medida para su fácil asimilación.
La alternativa que se encontró para facilitar la asimilación fue la de sustituir la miríada de dioses por los diversos santos, estableciéndolos como patronos de las actividades y las profesiones; santos que, irónicamente, en muchos casos habían sido martirizados por los propios romanos.
Lo mismo se hizo con muchos templos, transformados en iglesias o reconvertidos a un culto cristiano. Este proceso a menudo implicaba la destrucción de todo lo que pudiera recordar a su pasado pagano, como estatuas, imágenes o relieves.
Los cristianos borraron a golpe de cincel los relieves de este templo dedicado a Isis, que fue reconsagrado a la Virgen.

La cristianización incompleta y las tensiones religiosas
A pesar de todo, la aparente cristianización de la sociedad no fue tan completa como se podría imaginar. Las sucesivas oleadas de invasores bárbaros todavía paganos, la conquista de nuevos territorios cuyos habitantes rechazaban abandonar sus tradiciones o los conflictos entre las diversas ramas del cristianismo y sus representantes eran dificultades que se arrastraron incluso hasta después de la caída del Imperio de Occidente y persistieron durante en la Edad Media.
Durante siglos pervivieron muchas costumbres paganas, como la creencia en la magia, la brujería y los talismanes, algo que se manifestó en fenómenos como la caza de reliquias.
Y eso a pesar de que la Iglesia ya era una institución consolidada y capaz de ejercer su poder de manera autoritaria y violenta, como se manifestó en la implacable lucha contra las “herejías”.
La transformación religiosa no eliminó de inmediato las prácticas anteriores, sino que produjo una convivencia conflictiva entre tradiciones paganas, formas cristianas y distintas interpretaciones de la nueva fe.
De la unidad imperial a la división definitiva
Los problemas de fondo permanecían sin resolver y siguieron arrastrándose hasta el final del siglo IV, cuando el imperio se dividió definitivamente en dos mitades que, para no romper con la tradición, pasaron el resto de su historia enfrentadas.
La crisis del siglo III fue un preludio de las dos que vendrían en los siglos sucesivos, causando primero la partición del imperio en dos mitades y finalmente la desintegración de la parte occidental.
La división del poder había intentado resolver los conflictos de sucesión y mejorar la defensa de las fronteras, pero el sistema colegiado terminó favoreciendo nuevas rivalidades y guerras civiles.
La incorporación del cristianismo al poder imperial modificó profundamente la legitimidad política, la organización religiosa y la relación entre el Estado y las comunidades del Imperio.
Fechas y acontecimientos clave
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| Comienzos del siglo I d. C. | Aparición del cristianismo con el emperador Tiberio |
| Siglos II y III | Persecución de los cristianos y aparición de los primeros mártires |
| 235 | Asesinato del emperador Alejandro Severo y comienzo de la crisis política |
| 260-274 | Formación del Imperio Galo |
| 270-273 | Formación del Imperio de Palmira |
| 284 | Ascenso de Diocleciano |
| 293 | Establecimiento de la Tetrarquía por Diocleciano |
| 313 | Edicto de Milán de Constantino |
| 361-363 | Gobierno de Juliano “el Apóstata” e intento de restaurar los antiguos cultos |
| 380 | Edicto de Tesalónica de Teodosio |
| 392 | Prohibición de los cultos paganos privados mediante el Edicto de Constantinopla |
| Finales del siglo IV | División definitiva del Imperio Romano en dos mitades |
| 395 | División del Imperio Romano entre Honorio y Arcadio |
| 476 | Odoacro depone a Rómulo Augústulo |