Cómo llegamos a la libertad a partir del Renacimiento

Tras el oscurantismo y la opacidad a los que gran parte de la sociedad europea se vio sometida durante la Edad Media, el Renacimiento irrumpió como una esperanzadora época en la que la libertad, la pluralidad, el antropocentrismo, la ciencia y el humanismo se convirtieron en valores fundamentales para progresar.

El Renacimiento europeo es uno de los hitos históricos europeos que más curiosidad y admiración han causado a historiadores y pensadores. A lo largo del Renacimiento tuvieron lugar cambios muy profundos, así como algunos descubrimientos, que transformaron la sociedad y la manera en que esta se estructuraba y se pensaba a sí misma.

Los límites cronológicos y el nacimiento de una nueva mentalidad

Hay quien sitúa su surgimiento en la caída de Constantinopla en manos de los otomanos en mayo de 1453; otros hablan del descubrimiento de América en octubre de 1492 o, en fin, otros se refieren a la reforma protestante de Lutero en octubre de 1517.

Por su parte, el profesor y filósofo Carlos Goñi propone como fecha de inicio de la Edad Moderna el 17 de noviembre de 1494, día en que murió una de las figuras más ilustres y relevantes del siglo XV, el filósofo Giovanni Pico della Mirandola.

También el mismísimo Tomás Moro, autor de la utopía más célebre, consideró a Pico el paradigma del hombre moderno.

Este primer volumen está dedicado al Renacimiento, época apasionante para la literatura y las bellas artes con un canon intemporal de Belleza que hoy contemplamos con nostalgia. El autor propone una lectura del pensamiento político en su contexto histórico, con especial protagonismo para las grandes personalidades que actúan en la Europa del siglo XVI. Surgen entonces el Estado como obra de arte, el concepto de soberanía, el contraste entre Monarquías y Repúblicas y la Reforma protestante que cuestiona la unidad religiosa de una Europa convulsa.

El Renacimiento no solo recuperó el pasado clásico, sino que también abrió el camino hacia una nueva concepción del arte y del artista (Kristeller, 1979).

La libertad como rasgo esencial del ser humano

Para dar respuesta a esta pregunta, Goñi ha publicado en la editorial Arpa el libro Pico della Mirandola, con prólogo de Jaume Salas, en el que se incluye el texto más contundente y representativo de aquel arquetipo del hombre moderno en edición comentada por el propio Carlos Goñi: el Discurso sobre la dignidad del hombre.

Y es que si por algo se caracteriza el ser humano, a juicio de Pico, es por la libertad.

Al principio de su Discurso -un must read de la historia de la filosofía que Carlos Goñi traduce y comenta de manera prolija y muy atinada-, Pico solo llama «libre» al ser humano, al contrario de las cosas y los animales, supeditados al más estricto orden natural.

Pico della Mirandola solo llama «libre» al ser humano, al contrario de las cosas y los animales, supeditados al estricto orden natural.

Sin ser muy osados, podríamos decir sin equivocarnos mucho que aquí mismo, en el siglo XV, está la semilla del existencialismo de Kierkegaard o, más adelante, de Sartre, cuando estos pensadores nos exponían a la angustia y al abismo de tener que enfrentarnos a la responsabilidad de nuestra libertad.

Sin embargo, en Pico della Mirandola, y en general en todo el Renacimiento, la libertad no es vista como una condena, sino como un don divino que hace que podamos «degenerar» en lo peor o «ascender» hacia lo mejor.

Solo a nosotros, explica Pico, se nos ha dado la opción de llegar a ser lo que queramos.

La libertad se convierte de este modo en la más importante pasión porque el ser humano solo puede llegar a ser plenamente, en exclusiva, a través de su libertad.

La dignidad humana y la responsabilidad de elegir

Aunque tanto Pico della Mirandola como otros autores de la época siguen recurriendo a Dios, se trata de una teología que tiene como foco de atención al ser humano, que, como se ha explicado, ha de confeccionarse a sí mismo mediante sus propias destrezas, guiándose «filosóficamente» por la vida, y ejerciendo responsablemente su libertad.

De ahí que se hable, en Pico, de un «antropoteísmo», pues se aplica al ser humano lo que, hasta aquel momento, se había aplicado en exclusiva a Dios.

Somos un microcosmos que encierra el macrocosmos.

El ser humano contiene en sí mismo todo el material necesario para comprender el mundo.

Por eso es imprescindible acudir a nuestra interioridad, al yo y a nuestros impulsos racionales y emocionales para conocernos y conocer, a la vez, el mundo en su integridad.

El ser humano contiene en sí mismo todo el material necesario para comprender el mundo.

Es imprescindible acudir a nuestra interioridad, al yo y a nuestros impulsos para conocernos y conocer el mundo.

Este vuelco hacia la interioridad es lo que, poco tiempo después, convertirá René Descartes en la clave de la filosofía moderna: el cogito ergo sum, el pensarse a sí mismo que lleva a cabo el propio yo y que le invita a autoexaminar sus potencias cognoscitivas.

Con Pico della Mirandola se da el pistoletazo de salida al pensamiento moderno que culminará en las filosofías del mencionado Descartes, que pasará por Leibniz o Locke y llegará hasta Hume y, finalmente, Kant y después los idealistas alemanes, que llevarán el yo hasta el paroxismo de sus posibilidades.

La filosofía como ejercicio de libertad

En este punto cobra especial relumbrón la filosofía, a la que Pico otorga un lugar especial en los saberes humanos.

Y la filosofía, sin duda, será la disciplina que nos muestre el camino para no embotarnos de racionalidad ni caer en la más baja sensibilidad: una vida filosófica es una vida que se piensa en libertad y que llama a la responsabilidad de ejercer, con sabiduría, esa misma libertad.

Todo un reto que, aún hoy, sigue pareciéndonos casi inalcanzable… más de quinientos años después de la aparición de este joven que revolucionó la manera de pensar de toda una época.

< h2>La libertad antes del Renacimiento: leyes, límites y participación

El renacimiento de las ideas de libertad empieza en el seno de la Edad Media.

Los ingleses cumplieron un papel pionero.

En 1215, un grupo de señores armados escribe y aprueba la primera declaración de derechos y obliga al Rey de Inglaterra a firmarla.

Se trató de la Magna Carta, considerada como el primer documento constitucional de Occidente.

Su idea básica es que, para que haya libertad y justicia, todos, incluido el Monarca, deben someterse a la ley.

Libertad y justicia para todos dentro de la ley.

El Estado ha cumplido sus fines cuando ha asegurado la libertad de todos.

En 1265, Simón de Montfort, Conde de Leicester convocó a un encuentro de dos caballeros por cada condado y dos burgueses por cada ciudad para expresar su descontento con el Rey.

Tres años más tarde, cuando el Monarca quiso establecer nuevos impuestos citó a un nuevo encuentro de los caballeros y burgueses para solicitarles su apoyo.

De esa manera había nacido el Parlamento inglés.

Tomás de Aquino: gobierno de leyes y resistencia a la tiranía

En la Edad Media, Santo Tomás de Aquino construyó una síntesis entre cristianismo y aristotelismo.

En temas políticos fue un discípulo de Aristóteles, promoviendo el gobierno de leyes al servicio del bien común y en su obra Del Gobierno de los Príncipes establece una clasificación de los gobiernos prácticamente igual a la del Estagirita.

Allí incluye a la Politeya como uno de los gobiernos justos que está al servicio de los muchos dentro de la ley.

En cuanto al mejor tipo de gobierno, a veces, defiende a la monarquía limitada y, a veces, al gobierno mixto.

Pero sí puede considerársele como el primero de los pensadores de la Edad Media en favorecer, simultáneamente, al gobierno de leyes, a la monarquía con límites y al gobierno mixto que incluye a la democracia como una de sus partes.

En fin, un precursor de las monarquías constitucionales que en Holanda e Inglaterra inauguraron la libertad política en la modernidad.

La otra gran contribución de Santo Tomás de Aquino a la causa de la libertad y la democracia fue su crítica a las tiranías, hasta el punto de pregonar el derecho de resistencia a las mismas… siempre y cuando nos aseguremos de que la acción de resistencia es menos nociva para el bien común que el mal que se trata de eliminar.

Su derecho a la resistencia a las tiranías, le brindó legitimidad ideológica a los esfuerzos de los revolucionarios liberales que lucharían más adelante contra las monarquías absolutas.

En ese sentido Tomás de Aquino fue, sin duda, un pensador de la libertad en la Edad Media.

Elección popular y soberanía durante la Edad Media

Por el contrario, el florentino Dante Alighieri publicó su libro De la monarquía, en 1298, promoviendo y justificando una Monarquía o Imperio Universal que le diera al mundo paz y justicia.

Pero es interesante notar que, para el autor de la Divina Comedia, aún ese Monarca Universal debe ser un máximo servidor de la humanidad, lo cual, según sus palabras, es lo opuesto a la tiranía.

Entre los fines de la Monarquía Universal se incluyen la paz, la justicia, el derecho e, incluso, la libertad sin que el florentino haya encontrado la vía intelectual para superar la monarquía absoluta.

En cambio, Brunetto Latini, otro florentino que fue maestro de Dante publicó en 1266 El libro del tesoro, en el que establece una comparación entre las virtudes de un gobierno electivo y las consecuencias tiránicas que se derivan de los sistemas de gobierno hereditario.

Según el autor, existen tres formas de gobierno, el régimen de los reyes, el régimen de hombres principales y el régimen del pueblo común y de ellas «la tercera es mucho mejor que las otras».

En suma, para este autor el mejor gobierno para las ciudades-república de Italia es el elegido por el pueblo.

En vez de gobiernos monárquicos o aristocráticos, opta por gobiernos que nacen por elección del pueblo.

En la misma línea se inscribió Marsilio de Padua, quien en su obra El defensor de la paz (1324) afirma que solo por medio del método electivo se puede obtener el mejor gobernante.

Asimismo, considera que el poder legislativo debe corresponder al pueblo o a aquellos electos por el pueblo.

También sostiene que son los ciudadanos quienes deben elegir a los funcionarios ejecutivos y judiciales.

Pero la elección de dichos funcionarios no significa que el pueblo pierde su soberanía, pues si los gobernantes traicionan la confianza que les dio el cuerpo de ciudadanos, entonces estos tienen el derecho de apartarlos de su cargo e incluso castigarlos.

Tales ideas escritas en plena Edad Media son precursoras de las teorías democráticas modernas y anticipan el pensamiento del ginebrino Juan Jacobo Rousseau, principal doctrinario de la Revolución Francesa de 1789.

Son, también, la semilla del derecho de revocatoria establecido en la democracia directa de Suiza.

De tal forma, Brunetto Latini, Marsilio de Padua y Bartolo de Sassoferrato, representan el resurgimiento de las ideas democráticas en la Europa medieval.

Derecho natural, igualdad y soberanía popular

Para el dominico Francisco de Vitoria, fundador del Derecho Internacional, todos los hombres tienen igual naturaleza y, por tanto, igual dignidad.

De la comunidad mundial no puede excluirse ningún estado ni persona alguna.

De allí concluye que los aborígenes de América son seres humanos iguales en dignidad a los habitantes que venían de Europa.

Fue el primero en promover la universalidad de los derechos humanos en el Nuevo Mundo.

Otra pluma destacada de la Escuela Española del Derecho Natural es Luis de Molina al afirmar que es el pueblo quien detenta la soberanía mientras el gobernante está limitado en sus acciones por el derecho natural.

Se nos revela, entonces, como un partidario de la soberanía en el marco del derecho natural, es decir un precursor de las repúblicas democráticas modernas.

El jesuita Francisco Suárez continuó y desarrolló la obra de Francisco de Vitoria.

Para Suárez, la comunidad política nace con un pacto cuya meta es la búsqueda del bien común.

Afirma que la libertad es parte del bien común.

Sostiene que los hombres fueron creados libres por Dios y la comunidad política entendida como el pueblo recibe de Dios la potestad de definir las autoridades políticas y el modo del régimen político.

Finalmente, considera que el pueblo es el soberano porque así lo ha querido Dios.

La tesis de Suárez entonces cuestiona el Derecho Divino de los Reyes y traslada la soberanía desde el Monarca hasta el pueblo.

El autor utiliza toda su capacidad de razonamiento para demostrar que Dios no le entrega la soberanía a una sola persona o monarca, sino al conjunto del pueblo.

Siguiendo la tradición de Aristóteles, ha definido al bien común como la meta de la comunidad política, pero además ha incluido a la libertad como parte de ese bien común, adelantándose a las ideas propias de autores liberales como Baruch Spinoza y Juan Locke.

Su idea de un pacto social también prepara el camino para el ginebrino Juan Jacobo Rousseau.

Asimismo, su teoría de la soberanía popular cuestiona a las monarquías y convierte al jesuita granadino en un pensador de la libertad y la democracia.

Vitoria y Suárez, como los demás escritores de la Escuela Española del Derecho Natural, son hijos intelectuales del cristianismo, de los demócratas griegos y particularmente de los estoicos.

Sentaron las bases de una nueva legitimidad para el poder político basada en el «derecho de gentes», es decir la soberanía popular.

En conclusión, los ius naturalistas españoles criticaron el «derecho divino de los reyes», sustituyéndolo con el «derecho humano de las gentes» y dejando la historia de las ideas políticas en las puertas de la democracia, del derecho y de la libertad.

El Renacimiento y la afirmación ambivalente de la libertad

En el Renacimiento hay, en efecto, una múltiple afirmación del hombre, aunque también se levantan inesperadas barreras a la realización de sus destinos.

En todo caso, la afirmación no es uniforme ni unívoca.

Se realiza contra la teología católica y contra la filosofía escolástica (Bruno, Servet, Erasmo), pero asimismo contra la nueva teología de Lutero (Erasmo) y de Calvino (Servet); contra el monacato (Rabelais, Erasmo, Bruno); contra el nuevo absolutismo de los reyes (Etienne de la Boetie) y contra el imperialismo colonialista (Bruno).

Hay en el Renacimiento una afirmación de la libertad del individuo y una negación de la misma con la consolidación de las monarquías absolutas y con el surgimiento del Estado centralizado.

Hay una afirmación de la libertad con la ruptura de la pirámide feudal y una negación de la misma con la desaparición de las comunas medievales.

Hay una afirmación de la libertad con el desarrollo del espíritu crítico y una negación de la misma con el surgimiento del capitalismo mercantil, de la usura, de las lealtades nacionales.

La libertad es representada y vivida como libertad frente al destino (Calderón), frente al poder político y militar (Lope) y frente a la presciencia divina (Tirso de Molina) o como creación de valor y pugna por el ideal (Cervantes).

Es pensada como libertad individual (Rabelais), como libertad volitiva o libre albedrío (Erasmo), como libertad política o crítica de los fundamentos del Estado (Etienne de la Boetie), como libertad religiosa (Servet) y como libertad filosófica (Bruno).

La libertad frente a la naturaleza: el drama de Segismundo

El problema de la libertad como negación es el problema de la libertad relativa.

En su posición están implicados, por consiguiente, los términos de una relación y la relación misma, esto es, el sujeto que inquiere y requiere la libertad, el objeto de cuya relación surge la libertad y la relación que se presenta como una lucha entre sujeto y objeto.

En tal sentido el problema se pone como drama.

La más elemental de ellas, la que representa el momento primario (y, tal vez por eso, la que hiere de una manera menos inmediata la sensibilidad), la que nos pone en presencia del hombre en lucha con las fuerzas ciegas (y despóticamente humanas) de la Naturaleza, es encarnada por obra de Pedro Calderón de la Barca en la trabajada arquitectura del verso cuasi barroco.

El problema sube a las tablas con el nombre de La vida es sueño.

El título mismo de la obra parece traducir en verbo poético una tesis metafísica.

Segismundo, el protagonista, encarna la existencia humana predeterminada, inmovilizada por un «destino», radicalmente negada en su subjetividad por la Naturaleza, que la ahoga en un seno acerbo e inconmensurable.

Los astros lo han condenado cruelmente a la crueldad; lo han formado para ser el hombre más atrevido, el príncipe más cruel y el monarca más impío.

Basilio, su padre, el Ministro fiel de la Naturaleza, el sabio que cree dominarla o remediarla sometiéndose a ella, siguiendo el más profundo y general principio de la praxis naturalista (simila similibus), agrega cadenas a las cadenas y lo encierra desde su niñez en una lóbrega prisión.

Allí se lamenta Segismundo, el esclavo de las estrellas, que se siente nacido para ser su señor.

Sin embargo, como Basilio no es sólo un Ministro de los astros sino también un Rey de los hombres, no puede ignorar que

... el hado más esquivo
la inclinación más violenta,
el planeta más impío,
sólo el albedrío inclinan,
no fuerzan el albedrío.

Por eso, decide probar a Segismundo: le ceñirá la corona del reino humano con tal que él sepa ceñirse la corona del reino de la Naturaleza, conquistándola en una hazaña de libertad.

Para ello decide trasladarlo a la corte, es decir, a la sociedad de los hombres, y como es preciso que el príncipe cautivo no advierta el tránsito, se lo adormece.

Pero pedir a la debilidad humana, apenas liberada de su cadena externa, que rompa la íntima cadena del destino, es harto pedir.

Segismundo no se muestra capaz de hacerlo, y por eso, porque continúa siendo esclavo de los astros, en el ámbito de la comunidad humana no libera sino esclaviza y oprime: arroja a un criado por la ventana, pretende forzar a una noble dama.

Su existencia en la corte ocurre, como siempre, determinada por una implacable necesidad.

La Naturaleza la maneja, la plasma, la configura: produce su «destino».

Y cuanto más libre se siente como señor y dueño de libertades ajenas, tanto más esclavo viene a ser.

A tal punto que Basilio, mediante la providencia del sueño, lo devuelve a su prisión.

Recién entonces, vuelto a las tinieblas, puede ver Segismundo la luz.

Comprende así que no ha despertado de un sueño sino que en un sueño ha vivido y vive; comprende que sus lágrimas, sus cadenas, toda su amarga existencia, constituyen una pesadilla.

En una pesadilla es imposible escapar a los íncubos que la pueblan y arquitecturan la angustia.

La única vía de libertad es el despertar.

Ahora bien, despertar significa volver a la realidad cic la vigilia.

Pero, si la vida, en cuanto existencia determinada por la Naturaleza, es sueño, el despertar del sueño será abrir los ojos a una nueva vida sin determinación y preñada de posibilidad, será arribar a la libertad por la realidad.

E inversamente, será también llegar a la realidad por la libertad.

Porque, en efecto, la vida real, la existencia plena y creadora, sólo se da en el mundo del espíritu, al cual no se arriba sino por una hazaña de la libertad.

Y así, ese Segismundo que se decide contra los astros perversos quintaesenciados en su carne, no sólo conquista su libertad al despertar del sueño de la Naturaleza sino que también despierta del sueño de la Naturaleza por una conquista de su libertad.

(En el reino del Espíritu los medios se identifican con los fines.)

Un motín popular lo saca nuevamente de su cárcel y lo lleva a la conquista del trono.

Pero ahora ya no necesitan dormirlo (añadiendo sueño al sueño): el príncipe está despierto y sabe, en su vigilia, que el trono que más le importa conseguir es el de su propia naturaleza:

Porque ya vencer aguarda
mi valor grandes victorias,
hoy ha de ser la más alta
vencerme a mí...

Asciende así, simultáneamente, a ambos tronos; conquista al mismo tiempo los dos reinos, y cuando Basilio, vencido, se arroja a sus pies, Segismundo no sólo perdona al Rey sino que también corrige al sabio, ministro de la Naturaleza:

... Señor levanta,
dame tu mano que ya
que el cielo te desengaña
de que has errado en el modo
de vencerla...

De esta manera, con un desenlace que implica la instauración del Reino del Espíritu sobre el Reino de la Naturaleza, adquiere el drama el significado de una afirmación perentoria de la libertad humana en el Universo.

Segismundo es el arquetipo del hombre que se levanta a sí mismo por encima de los astros en el vuelo de la afirmación ética.

La vida es sueño porque todo lo natural en la estricta determinación de su proceder causal no es sino fenómeno, apariencia.

El sujeto de este sueño es un ser bifronte que duerme y padece la inexorable pesadilla de la Naturaleza, pero que puede despertar en cada instante, por un acto soberano de su voluntad, a un mundo de vigilia, a la realidad noumenal del Espíritu.

Así como el mundo fenoménico es dado y acaece, el mundo noumenal no se da sino que se conquista y se construye.

El hombre-súcubo se convierte, al pasar del sueño a la vigilia, en el hombre-demiurgo.

Y la humillante pasividad frente a la Naturaleza se transforma en gloriosa actividad que se proyecta perpetuamente contra ella.

El Universo no es negado entonces para dar lugar a la contemplación de una realidad supraempírica y suprarracional (como en la filosofía advaita) sino para y por la acción que edifica la realidad específicamente humana de la vida moral.

La libertad frente al poder político: Fuenteovejuna

Sin embargo, romper las cadenas de la Naturaleza no significa ser libre frente al Poder político.

Esta libertad exige una nueva conquista y una nueva hazaña, plantea un nuevo problema, comporta un nuevo drama.

Lope de Vega lo encarna en Fuenteovejuna.

El protagonista no es aquí un hombre solo sino un pueblo entero.

En la lucha contra los astros era necesario un hombre que llevara en sí, en cierta manera, la representación de todos los hombres.

Por eso, Calderón elige a Segismundo, un príncipe.

En la lucha contra el príncipe, el héroe no puede ser sino el pueblo entero, un pueblo de siervos: Fuenteovejuna.

La fatalidad de las celestes esferas queda sustituida aquí por la arbitrariedad de la historia que se revela en la voluntad del Señor.

En efecto, lo que en la Naturaleza niega la libertad es la presencia de leyes inflexibles, lo que en la Sociedad la aniquila es la ausencia de leyes, lo cual somete a los hombres al arbitrio del hombre.

Don Fernán Gómez de Guzmán, comendador de Calatrava, se sustituye, con su voluntad anómica, a toda norma objetiva e impersonal.

Ahora bien, en el plano de la comunidad humana, cuando la «persona» niega la impersonalidad de la ley, las «personas» quedan impersonalizadas.

El comendador ha agraviado a los villanos de Fuenteovejuna en la honra de sus mujeres.

Y ésta es la forma más cabal del arbitrio ciego, puesto que al profanar el sexo, secreto alambique donde la carne destila espíritu convirtiendo el impulso en amor, destruye el más íntimo santuario de la personalidad.

En esto consiste la calidad trascendente de la deshonra.

Los villanos saben que el amor es una fuerza espiritual que rige al universo:

El mundo de acá y de allá,
Mengo, todo es armonía.
Armonía es puro amor
porque el amor es concierto,

dice uno de ellos.

Y poco más adelante agrega:

Dijo el cura del lugar
cierto día en el sermón
que había cierto Platón
que nos enseñaba a amar,
que éste amaba el alma sola
y la virtud de lo amado.

Por eso, porque saben que el amor verdadero se consuma siempre como relación entre dos almas, la lujuriosa insolencia de Fernán Gómez los subleva a todos de vez, como a un hombre único.

Fuenteovejuna es quien marcha contra el comendador al grito...

El Quattrocento y la autonomía del artista

El Quattrocento simboliza una era emblemática en la evolución del pensamiento artístico occidental, marcada por una significativa modificación en la percepción del arte y la figura del artista.

Este siglo, que incluye el siglo XV, marcó un hito crucial en la transición desde la cosmovisión teocéntrica de la época medieval hacia una visión antropocéntrica que reconfiguró los patrones de la producción artística y la independencia creativa.

Mediante avances técnicos, teóricos y sociales, el Quattrocento estableció los cimientos para revalorizar al artista como una persona que está consciente de su habilidad creativa y de su papel en la comprensión del mundo.

Humanismo y autonomía artística

La evolución del humanismo como tendencia filosófica y cultural sentó las bases intelectuales para una reinterpretación renovada del arte.

Pensadores como Marsilio Ficino (1433-1499) y Pico della Mirandola (1463-1494) impulsaron una percepción del ser humano como núcleo del cosmos y como un ente libre con la capacidad de modificar su propia realidad.

En su libro Theologia Platonica, Ficino abogaba por la dignidad humana como un ser con capacidad de razonamiento y creatividad, mientras que Pico, en su Discurso sobre la dignidad humana, destacó la libertad del ser humano para definir su propio porvenir.

Estas ideas tuvieron un impacto directo en la percepción del artista como una persona independiente, distanciándose de la perspectiva medieval del artesano anónimo.

Figuras fundamentales como Filippo Brunelleschi (1377-1446) y Leon Battista Alberti (1404-1472) tuvieron un impacto crucial en la formación de un corpus teórico que respaldaba la independencia del artista.

Mediante la organización de la perspectiva lineal, Brunelleschi no sólo transformó la representación del espacio, sino que también concedió al artista un dominio inédito sobre la composición y la narrativa visual.

Esta innovación metodológica facilitó al autor la articulación de su interpretación personal del mundo perceptible, cimentando de esta manera los fundamentos de una autonomía representacional nunca antes vista.

En su obra De Pictura (1435), Alberti conceptualizó el arte como una disciplina científica basada en fundamentos matemáticos.

Esta perspectiva teórica incrementó la posición social e intelectual del artista, fortaleciendo su estatus como escritor independiente y profesor.

“La perspectiva no fue solo una técnica, sino una forma de entender el mundo y la posición del hombre en él” (Panofsky, 1927).

El mecenazgo como marco de creación

El complejo sistema de mecenazgo en el Quattrocento requiere un estudio detallado en términos de autonomía artística.

Las grandes familias patricias, en particular los Médici en Florencia, instauraron un modelo de patronazgo que, aunque establecía algunas pautas programáticas, también propiciaba un ambiente favorable para la experimentación artística.

Este vínculo dialéctico entre mecenas y artistas fue crucial para el surgimiento de nuevas modalidades de expresión.

La situación emblemática de Sandro Botticelli (1445-1510) evidencia la intrincada conexión entre la autonomía creativa y las condiciones socioculturales.

Sus obras cumbre, como La Primavera (aproximadamente 1477-1482) y El Nacimiento de Venus (aproximadamente 1485), demuestran una compleja combinación entre las necesidades del mecenazgo y la innovación artística individual.

El mecenazgo no fue una restricción, sino un marco que permitió al artista explorar nuevas posibilidades dentro de límites definidos (Baxandall, 1972).

Innovaciones técnicas y emancipación creativa

El periodo se distinguió por un avance sin igual de innovaciones técnicas que expandieron de manera significativa el espectro expresivo de los artistas.

La organización del claroscuro, la exploración de nuevos recursos y la exploración de un naturalismo renovado fueron instrumentos esenciales para la liberación del arte de los estándares medievales.

Artistas como Leonardo da Vinci (1452-1519) intensificaron estas innovaciones, empleando el sfumato para generar efectos de luz y sombra que otorgaban a sus trabajos una profundidad emocional y psicológica nunca antes vista.

Adicionalmente, la investigación en la anatomía humana posibilitó a los artistas llegar a un grado de realismo y expresividad nunca antes vistos.

Esta perspectiva científica del arte no solo incrementó la excelencia técnica de las creaciones, sino que también fortaleció la percepción del artista como un especialista en su área.

El arte no es solo habilidad manual, sino también conocimiento intelectual (Vasari, 1550).

Durante el Quattrocento, la autonomía artística debe interpretarse como un fenómeno de múltiples facetas que surgió de la compleja interacción entre avances técnicos, cambios filosóficos y transformaciones socioeconómicas.

Este periodo sentó los cimientos conceptuales y metodológicos para la evolución futura del arte occidental, teniendo un impacto significativo en la formación de la modernidad artística.

La exaltación de la singularidad creativa y la experimentación técnica que definen esta época siguen resonando en el debate artístico actual, destacando la importancia histórica del Quattrocento como hito fundamental en la edificación de la independencia artística.

Hombre renacentista de Leonardo

Reforma, lectura y circulación de las ideas

Martín Lutero, fue el primero en promover la libertad de escudriñar las Sagradas Escrituras en una época que prohibía al laico la lectura de la Biblia.

La Reforma protestante cuestiona la unidad religiosa de una Europa convulsa.

El poeta inglés Juan Milton, autor célebre del Paraíso Perdido, publica en 1644 su Areopagítica en defensa de la libertad.

El Areópago era la colina en Atenas donde se realizaban las grandes asambleas.

Milton habla ante el Parlamento inglés como si lo hiciera ante el Areópago y su gran tema es la libertad de imprenta.

Su breve libro es una cátedra contra los inquisidores y contra todos los que amenazan la difusión y la libre circulación de las ideas.

De la libertad renacentista al liberalismo filosófico

Según Otto von Gierke, el punto de partida de la democracia moderna se encuentra en las ideas de Althusius, quien a principios del siglo XVII afirmaba:

«Reconozco al Príncipe como administrador, procurador y gobernador de los derechos soberanos; pero el propietario y usufructuario de ese poder es exclusivamente el pueblo en su totalidad».

El gran pensador alemán, Emanuel Kant es visto como el fundador del liberalismo filosófico.

Como buen hijo del siglo XVIII, época de la razón y de las luces, proclamó la soberanía de los seres racionales y la importancia de luchar constantemente por la libertad.

Impulsó el uso de la razón para realizar la crítica sobre los más diversos temas.

Según Kant el liberalismo empezó cuando alguien dijo «pienso».

Definió a la libertad como la capacidad que tiene cada ser humano de dictar su propia ley: la autonomía.

Es decir, si todos somos libres, no puede haber otra ley que la que cada uno se dicta a sí mismo.

Y afirmó que el ser humano tiene un pie puesto en la libertad y otro en la necesidad.

Dijo que existe libertad cuando se puede exponer públicamente opinión sobre los más diversos temas.

Por este motivo, se distinguió como un gran promotor de la libertad de expresión.

La libertad como problema permanente

El quehacer específico de toda la filosofía occidental, desde sus remotos orígenes jónicos, es una meditación sobre la esencia.

Cuando esta meditación se profundiza hasta llegar a la raíz misma de la esencia se convierte en una inquisición de la libertad.

En determinados períodos de la historia del pensamiento, aquéllos precisamente en que éste intenta reedificarse sobre cimientos nuevos, la idea de la libertad fundamenta toda la problemática, aun cuando esta misma idea resulte luego sistemáticamente negada.

En los orígenes del pensamiento moderno, Descartes y Spinoza plantean el problema del Ser como un problema de la libertad.

En los orígenes de la filosofía contemporánea, Kant y Fichte, Schelling y Hegel encuentran en la libertad la clave del Ser.

Es claro que, así como la meditación sobre la esencia es accesible desde muy diversas perspectivas y plantea múltiples problemas, así también la inquisición de la libertad puede ser emprendida por muchos caminos e implica innumerables interrogantes.

Fundamentalmente, sin embargo, todos los problemas se reducen a dos: o se pregunta por la libertad positiva, por la libertad como principio absoluto e incondicionada acción, o se pregunta por la libertad negativa, por la libertad con relación a algo o a alguien.

La libertad negativa, genéricamente una, implica a su vez la posición de tantas cuestiones como sean los objetos que determinen su negatividad.

De esta manera se producen esencialmente tres problemas parciales: se trata de la libertad del hombre con respecto a la Naturaleza, con respecto al poder político y con respecto a Dios.

En cuanto a la libertad positiva, su carácter absoluto, es decir, su no-relatividad, la hace inescindible.

Tal vez sirvan las siguientes páginas para revelar la complejidad y la trascendencia histórica de esta idea y para hacer comprender que, también hoy, como hace cuatro siglos, muchas veces, al ser por una parte afirmada, es negada por otra.

Historia del RENACIMIENTO 🎨 Los Medici, Los Borgia y el Arte Renacentista en Italia 🎨 (Documental)

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