¿Qué edad tenía el campeón del Huáscar?

El “campeón peruano” Miguel Grau nació en junio de 1834 y murió el 8 de octubre de 1879 durante el Combate Naval de Angamos, por lo que tenía 45 años al fallecer. Al estallar la guerra había cumplido 21 años de servicio en la armada peruana.

El Huáscar era comandado por Miguel Grau, quien se convirtió en una de las figuras más importantes de la Guerra del Pacífico y murió a bordo del monitor cuando un proyectil impactó contra la torre de comando.

Miguel Grau, el campeón peruano

Este bravo patriota era hijo de un oficial colombiano, cuyo padre había sido mercader en Cartagena(Colombia). El apellido indica claramente ascendencia catalana (Española). Por las venas del campeón peruano corría la propia sangre que infundió vida y pujanza a las escuadras de Aragón.

Su padre, Juan Miguel Grau, vino al Perú con el general Bolívar y tomó parte como capitán en la batalla de Ayacucho. Sus camaradas retornaron a Colombia en 1828; mas los encantos de una hermosa peruana decidieron a Grau radicarse en Piura, y allí vio la luz el joven Miguel, en junio de 1834.

El niño recibió el nombre del santo patrón de su ciudad natal. El padre desempeñó algún cargo en la Aduana de Paita, mas no parece que gozara de mucha holgura, pues el mozo Grau fue embarcado en Paita en un buque mercante a la tierna edad de diez años.

La formación de Miguel Grau

Abrióse paso en el mundo como grumete y aprendió a fondo su profesión con rudo trabajo al pie del mástil, en los siete años siguientes; solo al cumplir dieciocho obtuvo el nombramiento de guardiamarina en la por entonces humildísima marina del Perú.

Servía a bordo del “Apurímac” cuando el teniente Montero se sublevó en la rada de Arica contra el gobierno de Castilla, a favor de su rival, Vivanco. El desamparado guardiamarina no pudo probablemente sino obedecer lo que se le ordenaba y seguir la suerte de los insurrectos, hasta la caída de su caudillo; además, Montero era su conciudadano, por ser oriundo de Piura.

Al sofocarse la rebelión en 1858, Grau retornó al servicio mercante y navegó a China e India, casi por dos años. A la sazón era uno de los mejores marinos prácticos del Perú, asaz (muy) prestigioso por su talento, rápida resolución y valentía así como por la bondadosa disposición de su carácter.

De suerte que cuando se incorporó en la marina en 1860 fue al punto nombrado jefe del buque “Lerzundi” y poco después enviado a Nantes con la delicada comisión de traer al país dos nuevas corbetas, la “Unión” y la “América”.

La carrera naval y política

Obtuvo el grado de capitán de navío en 1868, comandó la “Unión” por cerca de tres años y luego el “Huáscar”, el monitor a cuyo bordo iba a ganar inmarcesible fama.

En 1875 fue electo diputado al Congreso por su ciudad natal y se distinguió como ardiente defensor del gobierno de Don Manuel Pardo. Visitó Chile en 1877, estuvo en Santiago y pasó breve tiempo en el balneario de Cauquenes.

Hizo ese viaje con el objeto de trasladar a su país los restos de su padre, que falleciera en Valparaíso, para enterrarlos en Piura al lado de los de su madre. Al estallar la guerra había cumplido 21 años de servicio en la armada peruana, y era aún representante a congreso por Paita.

Se había casado con una dama peruana de familia distinguida, Doña Dolores Cavero, que más tarde, en medio de su duelo por la irreparable pérdida de su heroico esposo, halló algún alivio en la manera como apreció su país los servicios del mismo.

La edad de Grau durante el Combate de Angamos

Miguel Grau nació en junio de 1834 y el Combate de Angamos ocurrió el 8 de octubre de 1879. Por tanto, tenía 45 años cuando murió, poco después de haber cumplido esa edad.

DatoInformación
Nacimientojunio de 1834
Combate de Angamos8 de octubre de 1879
Edad al morir45 años
Servicio en la armada al comenzar la guerra21 años

El postrer gran sacrificio por esa patria, que estaba ya en el último extremo, iba en breve a consumarse. El 1° de octubre una división compuesta de dos acorazados y algunos otros buques, todos minuciosa y completamente reparados, zarpó de Valparaíso con el objeto de obligar al “Huáscar” a aceptar batalla, solo como estaba, sin esperanza alguna.

Esa división tocó primero en Arica y allí supo el 4 de octubre que el “Huáscar”, escoltado por la “Unión”, expedicionaba al sur. Ahora, después de su limpieza, la velocidad de los acorazados chilenos era superior a la del “Huáscar”.

La última misión del Huáscar

El Almirante chileno había dispuesto que sus barcos más veloces (el “Cochrane”, al mando del capitán Latorre, escoltado por el “O’Higgins” y el “Loa”) navegasen de veinte a treinta millas mar adentro, entre la rada de Mejillones y Cobija, mientras el, en el “Blanco”, acompañado por la “Covadonga” y el “Matías Cousiño”, naves de velocidad inferior, recorría la costa comprendida entre Mejillones y Antofagasta.

La escuadra estaba, pues, distribuida de modo que cortaba el paso a todo navío que se encaminase al norte, sin tener noticia previa de la disposición de aquella.

El Gobierno peruano había recompensado la energía y bravura de Don Miguel Grau como comandante del “Huáscar”, promoviéndolo al rango de Contralmirante, y las damas de Trujillo, departamento del norte del Perú, como nuevo premio a sus grandes servicios, le habían obsequiado con una insignia primorosamente bordada con sus propias manos, pidiéndole que la izase como bandera de combate cuando ocurriese alguno con el enemigo.

El “Huáscar” y la “Unión” cruzaban por las aguas de Antofagasta, espiando a los buques chilenos al ancla en aquel puerto y haciendo lo posible por frustrar los preparativos militares para la invasión del Perú.

En la madrugada del 8 de octubre, del todo ajeno a la proximidad de sus enemigos, Grau navegaba tranquilamente hacia el norte, escoltado muy de cerca por la “Unión”. La atmósfera estaba densa y nebulosa, como ocurre en aquella época del año, cerca del litoral.

El descubrimiento de la escuadra chilena

A medida que aclaraba el día, disipábase rápidamente la niebla y los marinos peruanos pudieron divisar tres distintas columnas de humo que subían en el horizonte, inmediatamente al noreste y muy cerca de tierra, junto a Punta Angamos, es decir, en el extremo oeste de la rada de Mejillones.

Al punto, el Almirante Grau sospechó que esas tres humaredas no podían salir sino de las chimeneas de los tres buques enemigos que le daban caza. Señaló la presencia del adversario a su acompañante, maniobró hacia el oeste por breve distancia, seguro de que la presunta velocidad superior de sus dos buques lo pondría fuera de alcance y enfiló luego hacia el noroeste.

Pronto reconoció a la plena luz de la mañaná al acorazado chileno “Blanco”, a la corbeta “Covadonga” y al transporte “Matías Cousiño. Todo iba bien para las naves peruanas, que parecían lenta pero seguramente aumentar la distancia que las separaba de sus perseguidores, cuando a las 7 y 30 tres nuevas humaredas surgieron en la misma dirección en que aquellas navegaban.

Pronto se vio que salían de las chimeneas del “Cochrane”, del “O’Higgins” y del “Loa”. La situación de Grau se agravó en extremo. Por todos lados estaba cerrada la escapatoria, y en breve fue indudable que el acorazado chileno que avanzaba cruzaría al “Huáscar” antes de que este lograse cubrir la distancia que mediaba entre su actual posición y la libertad.

Grau se dio cuenta exacta del peligro. Viendo que era imposible todo escape, decidió acometer denodadamente a sus enemigos y abrirse paso entre ellos o perecer en la demanda.

Aprestó su buque para el combate, apegándose a tierra, para respaldarse con ella y restar así eficacia a los planes del adversario. Ordenó a la “Unión” que se alejase del “Huáscar” e hiciera lo posible para escapar, ya que perdido este buque, aquel sería el único efectivo que le quedaría al Perú; orden que no le fue difícil cumplir, gracias a su gran velocidad.

El combate y la muerte del almirante

A las nueve y veinticinco la torre del “Huáscar” disparó el primer cañonazo del primero y último combate jamás realizado entre acorazados, contra el “Cochrane”, casi a distancia de 3,000 yardas, tiro que cayó corto.

El segundo y tercero corrieron igual suerte. El cuarto cayó corto también, pero rebotó y perforó la coraza del acorazado chileno, atravesando las crujías. Hasta entonces los cañones del “Cochrane” habían permanecido mudos; mas ahora rompieron fuego, y la batalla se entabló con igual decisión por ambas partes hasta el fin.

El cuarto proyectil del “Cochrane” cayó en la torre del monitor peruano e inutilizó por el momento su aparato giratorio. Aquella torre era movida a mano, no a vapor, como las de los buques análogos de nuestra escuadra.

Casi a la vez, un tiro del “Huáscar” tocó el costado del navío chileno, aflojando y mellando levemente una de sus planchas de hierro. Entretanto, los buques habíanse acercado considerablemente, por lo que el Almirante Grau intentó espolonear a su adversario, maniobra que frustró la rapidez de movimientos del “Cochrane”, pues, provisto como estaba con doble hélice, podía girar sobre sí mismo en la mitad del tiempo que empleaba en hacerlo el “Huáscar”, y además el capitán Latorre manejaba su buque con gran habilidad y prudencia.

Nuevos intentos de espoloneo fallaron igualmente. Ya las naves peleaban solo a cosa de 30o yardas, si bien en el curso de sus maniobras, acercábanse a menudo hasta roo y aún 5o yardas, instante en que los combatientes acribillábanse a metralla y fusilería.

Alas ro menos 5, justamente media hora después de disparado el primer tiro, una granada del “Cochrane” alcanzó la torre de comando del “Huáscar”, que ocupaban el Almirante Grau y uno de sus tenientes, y estalló dentro, destrozándola y matando a sus ocupantes.

Tan mortífera fue la explosión que solo se pudo hallar un fragmento de pierna del valeroso almirante; el resto del cuerpo había volado en pedazos. El bravo marino luchó y cayó frente a Punta Angamos.

La Historia no olvidará jamás sus hazañas de heroico patriotismo y apellidará a Grau el Héroe de Angamo s.

La continuidad del combate

Al caer el Almirante peruano, asumió el comando de su nave el primer oficial sobreviviente, capitán Don Elías Aguirre; mas no bien había ocupado el puesto de honor cuando una bomba del “Blanco” le voló la cabeza, hiriendo a la vez gravemente al capitán D. Manuel Carbajal, que le seguía en graduación.

Apenas el teniente Rodríguez, en quien recayó el comando en razón de su grado, reemplazó a Carbajal, fue a sumarse a la lista de víctimas. Matólo una bomba que, hiriendo a la torre tangencialmente, se desvió hacia el portalón junto al cual el infortunado teniente se apoyaba, dando órdenes a los artilleros.

Sucedióle el teniente Don Enrique Palacios que, antes de terminar el combate, cayó a su vez gravemente herido por un casco de bomba, siendo reemplazado por el teniente Don Pedro Gárezon.

A la sazón, el “Huáscar” estaba completamente desmantelado. La máquina del timón había sido inutilizada por el mismo disparo que mató al almirante, y desde entonces el buque había sido gobernado mediante aparejos enganchados abajo.

Como había desaparecido el tubo de órdenes que comunicaba la cubierta superior con la cámara de timoneles, las órdenes del comandante tenían que transmitirlas mensajeros, lo que ocasionaba gran confusión. Una granada había penetrado también en la torre, averiando uno de los cañones hasta hacerlo inservible, después de matar y herir a varios hombres.

La propia torre estaba también desmantelada. Sin embargo, se sostenía el desigual combate.

La rendición del monitor

Sobrevino momentánea cesación de hostilidades por haber caído el pabellón del “Huáscar” lo que se debió a la rotura de la driza; mas al punto fue izado nuevamente y los acorazados chilenos reanudaron el fuego.

Ambos adversarios intentaron entonces varias veces poner fin a la lucha con el espolón, pero infructuosamente. Gracias al corto espacio que los separaba, el fuego de los cañones era muy mortífero y, al cabo, el cañón Gatling de la cofa del “Huáscar” fue silenciado por el fuego más eficaz de los Nordenfelts chilenos.

A las 11 a.m., hora y media después de empezada la batalla, se arrió al fin la bandera del “Huáscar”. Por cierto descuido no se paró las máquinas al mismo tiempo, por lo que los chilenos siguieron disparándole, aunque sobre el priente se veía a varios tripulantes agitando pañuelos blancos en señal de rendición.

Al fin, el “Cochrane” despachó un bote a tomar posesión de la presa tan duramente ganada. Tripulaban esa lancha los tenientes Simpson y Rogers, un ingeniero, media docena de marineros y cuatro soldados.

Entretanto, había por lo menos tres pies de agua en la sentina del “Huáscar” y ardía el revestimiento de la torre de comando, donde cayera el Almirante.

Al saltar al buque el teniente Simpson fue recibido por el teniente Gárezon, oficial subalterno de la nave, que, por muerte de sus superiores, comandábala ahora.

El espectáculo a bordo era terrible. Dondequiera yacían cadáveres y cuerpos mutilados y ante la cámara del capitán amontonábanse destrozados cuerpos. Así, el puente como el entrepuente ofrecían espantosa vista, literalmente sembrados con fragmentos humanos.

De su plana de 193 tripulantes, entre oficiales y marineros con que el “Huáscar” empezó el combate, 64, es decir, casi la tercera parte, yacían muertos y heridos.

La importancia histórica del Huáscar

Las hazañas del “Huáscar” después de la pérdida de la “Independencia”, su compañero, cuando, ya solo, burló por largo tiempo la persecución de los acorazados chilenos, cada uno de los cuales era más poderoso que él, y mantuvo al enemigo en perenne estado de alarma, constituyen el episodio más interesante de la guerra naval del Pacífico, guerra cuyo verdadero héroe fue Grau.

El Huáscar sirvió en la Armada de Chile hasta 1897, cuando fue dado de baja. A mediados del siglo pasado, comenzaron las labores para convertirlo en un museo flotante.

“Se decidió convertirlo en museo, principalmente, por la carga emotiva, sentimental que tenía este buque y la relevancia que tuvo el Huáscar para la historia tanto de Chile como de Perú”, explicó Niklitschek.

“Entonces, el comandante jefe de la Segunda Zona Naval, Pedro Espina Ritchie, tuvo la iniciativa de tratar de dejar el buque tal cual había estado en la Guerra del Pacífico. Esto fue entre 1951 y 1952. Pero principalmente, resaltar la figura del buque, la relevancia que tuvo tanto para Chile como para Perú y hacer una especie de lugar donde se honrara a los marinos de ambos bandos”.

El Huáscar, para Chile, es un símbolo muy importante porque aquí fue donde murió uno de los héroes máximos que tiene nuestra historia, Arturo Prat, y nosotros lo conservamos así y lo mantenemos como un gran símbolo al que pueden venir todos los chilenos.

Para nosotros, el Huáscar representa la nave cuya tripulación luchó heroicamente en la Guerra del Pacífico al mando de nuestro más grande héroe nacional, que es el gran almirante Miguel Grau. El Huáscar y su tripulación son para nosotros una sola cosa, es el Perú en el mar.

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