La batalla de Stalingrado fue el enfrentamiento entre el Ejército Rojo de la Unión Soviética y la Wehrmacht de la Alemania nazi y sus aliados del Eje por el control de la ciudad, acontecido desde el 23 de agosto de 1942 hasta el 2 de febrero de 1943. Fue una de las mayores victorias de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, provocó que los ejércitos de Hitler no se recuperaran nunca y, desde entonces, libraran una guerra defensiva en retirada.
La victoria soviética en la derruida Stalingrado, una ciudad luego calificada como heroica, fue el punto de partida de la reacción y de la contraofensiva del Ejército Rojo. La Wehrmacht había sufrido su primera gran derrota y la balanza en el frente oriental se inclinaba a favor de la URSS por primera vez.

Cuándo ocurrió y quiénes combatieron
La batalla de Stalingrado fue una larga batalla que duró ciento setenta y cuatro días, entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943, y que decidió el destino de la Segunda Guerra Mundial. Enfrentó como nunca antes a dos potencias que ya estaban enfrentadas desde 1941: la Alemania de Adolfo Hitler y la Unión Soviética de José Stalin.
La batalla de Stalingrado, actual Volgogrado, fue un enfrentamiento bélico entre el Ejército Rojo, de la Unión Soviética, y la Wehrmacht, de la Alemania nazi y sus aliados del Eje, por el control de esa ciudad. La batalla se desarrolló en el transcurso de la invasión alemana de la Unión Soviética, la Operación «Barbarroja», tras romperse el acuerdo de «no agresión» firmado por estas dos potencias en los momentos previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Las fuerzas del Eje desplegadas contra Stalingrado sumaban poco menos de 300.000 hombres. La tarea de tomar Stalingrado, conocida como la Operación Fischreiher, fue asignada al general Paulus, comandante del 6.º Ejército, el más grande de Hitler.
Un segundo ejército presente en Stalingrado era el 4.º Ejército Panzer, comandado por el general Hermann Hoth. Un tercer ejército involucrado fue el grupo de ejércitos B, bajo el mando del general Maximilian von Weichs. Además, otros ejércitos aliados del Eje estaban posicionados en los flancos del frente de Stalingrado.
Estos ejércitos rumanos, húngaros e italianos no estaban tan bien entrenados, equipados o experimentados como su contraparte alemana. Las tropas alemanas también estaban acompañadas por aliados croatas, y los ejércitos rumanos, húngaros e italianos protegían sectores decisivos de los flancos.
El problema que dificultaba la defensa de Stalingrado estaba en manos del 62.º Ejército, liderado por el general mayor Vasili Chuikov. Chuikov era conocido por sus soldados como el «General Terquedad» y le prometió a Stalin: «Mantendremos la ciudad o moriremos allí».
El Ejército Rojo en Stalingrado contaba con alrededor de 54.000 hombres, pero, de manera crucial, estaba recibiendo refuerzos y suministros constantes desde la orilla oriental del Volga. A las orillas del Volga llegaban nuevos refuerzos cada noche, mientras los soviéticos cruzaban el río para dejar a sus heridos en la otra orilla y recoger víveres y municiones.
La importancia estratégica y simbólica de la ciudad
La batalla de Stalingrado fue un intento de Adolf Hitler de controlar el acceso de la URSS a los yacimientos petrolíferos del Cáucaso. La ciudad resistió el ataque gracias a los intensos combates callejeros librados por el Ejército Rojo soviético, hasta que se lanzó una contraofensiva masiva que cercó al 6.º Ejército de Hitler.
En el verano de 1942 la Alemania nazi se hallaba en la cima del éxito: había conquistado casi toda Europa y buena parte de Rusia. El Reich ambicionaba alcanzar el Cáucaso y Oriente Medio, pero en su camino se encontraba la ciudad soviética de Stalingrado.
Stalingrado era un gran centro industrial desde el que se distribuía parte del armamento del Ejército Rojo y tenía un gran valor estratégico dada su importancia para el transporte de mercancías a través del Volga. Además, constituía el último obstáculo del camino hacia las riquezas petroleras, de carbón y de magnesio del Cáucaso.
La ciudad se llamaba Stalingrado, «la ciudad de Stalin», porque había sido renombrada en 1925 en honor al líder de la URSS, Iósif Stalin. Anteriormente se conocía como Tsaritsin y en 1967 volvió a cambiar su nombre a Volgogrado.
Por Stalingrado pasaban suministros vitales para el esfuerzo de guerra soviético, incluido petróleo del Cáucaso, y además era un valioso centro industrial. Si Hitler lograba tomar esta ciudad, los soviéticos habrían recibido un golpe económico devastador.
La conquista no sólo tenía un propósito estratégico. Dicha ciudad llevaba el nombre del líder soviético Joseph Stalin y tenía, por lo tanto, un gran valor simbólico. Para Hitler la conquista de Stalingrado era un deber, el fracaso era impensable y el triunfo era obligado.
Para Hitler tenía un valor estratégico relativo y otro simbólico que juzgó esencial. Los alemanes intentaron tomar Moscú y llegar en su avance arrollador hasta el petróleo del Cáucaso que iba a proveer el combustible imprescindible para proseguir con su guerra.
Stalingrado vivía camino al Cáucaso. Pero aquella era la ciudad de Stalin, y tomarla derivaría en un brutal éxito de propaganda, más que militar. Los alemanes tenían ya sitiada otra ciudad simbólica de los soviéticos, Leningrado, la ciudad de Lenin.
Stalingrado en manos alemanas sonaba a preludio de victoria en la mentalidad del Führer. Stalin quería esa ciudad en manos soviéticas por lo mismo: la derrota era impensable y la rendición ante los alemanes era imposible.
La ciudad, el Volga y la industria soviética
La ciudad era un largo lagarto de veinticuatro kilómetros de largo sobre el Volga y unos diez kilómetros de ancho extendidos hacia el oeste, que era el lado más poblado, el más útil, el más rico y el más cuidado. El lado este del Volga estaba casi olvidado.
No existían puentes que unieran las dos orillas, conectadas por un servicio de lanchas y barcazas. El verano calcinaba y el invierno congelaba las aguas del río hasta impedir la navegación y el paso de vehículos pesados.
La ciudad se extendía a lo largo de la orilla occidental del Volga y carecía de puentes para cruzar el río. El puerto sobre el Volga era parte de la vida comercial de la ciudad, que recibía bienes y alimentos gracias a esas aguas.
En la ciudad brillaba como ejemplo del triunfo socialista una importante industria militar con una fábrica insignia, «Octubre Rojo», y unos talleres donde se diseñaban, elaboraban y ensamblaban cañones y tractores: «Barricady».
Un vital nudo ferroviario unía a Moscú con el mar Negro y el Cáucaso. La ciudad tenía una importante industria militar y se establecía como un importante nudo de comunicaciones ferroviarias.
En la ciudad también se encontraba la fábrica de tractores de Stalingrado. Las instalaciones industriales, los elevadores de grano, los talleres y los edificios de viviendas terminaron convertidos en posiciones defensivas.
El contexto: la Operación Barbarroja y la Operación Azul
Adolf Hitler, líder de la Alemania nazi, había lanzado un ataque contra la URSS mediante la Operación Barbarroja en junio de 1941. Le siguieron rápidas victorias gracias a las tácticas de Blitzkrieg, la «guerra relámpago», que combinaba apoyo aéreo con divisiones blindadas e infantería que avanzaba velozmente por frentes estrechos.
Sin embargo, cuando se trataba de ocupar grandes ciudades, los invasores no tenían el mismo éxito. La batalla de Moscú, entre octubre de 1941 y enero de 1942, la ganó el Ejército Rojo soviético. El asedio de Leningrado se prolongó durante años, ya que esa ciudad también resistió.
La primavera de 1942 en el frente oriental se había presentado mucho más tranquila que el año anterior. La escasez de recursos, el agotamiento de ambos contendientes y un invierno especialmente duro, al que seguía el correspondiente periodo de deshielo y embarramiento conocido como rasputitsa, hicieron que la guerra se tomara un pequeño respiro.
No obstante, las batallas que se libraron durante los años 1942 y 1943 resultaron decisivas en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Fue en 1942 cuando el ejército alemán se planteó el dilema de dar el golpe de gracia a la Unión Soviética antes de que Estados Unidos pudiera movilizar sus recursos económicos y militares.
El 28 de junio de 1942 Hitler puso en marcha la Operación Azul, cuyo objetivo se centró en las riquezas minerales y petrolíferas de Ucrania y el Cáucaso. Entre las contingencias estratégicas se encontraba la ciudad de Stalingrado, cuya conquista pretendía cortar el suministro de recursos del Ejército Rojo.
Stalin prefería ceder terreno a enfrentarse con los nazis en una batalla perdida de antemano. Convencidos de que el ataque se produciría sobre Moscú de forma inminente, la ofensiva que los alemanes desplegaron por todo el frente ucraniano cogió a los soviéticos completamente por sorpresa.
De este modo, en una maniobra más que usual, el Ejército Rojo se replegó. Los alemanes se internaban imparables en el corazón de Europa, sin embargo no hicieron otra cosa que conquistar territorio desierto.
La progresión alemana avanzaba por el Cáucaso, pero las largas distancias que dificultaban el abastecimiento de suministros y las montañas hicieron que los alemanes nunca llegaran a alcanzar los pozos petrolíferos con los que pretendían hacerse.
Fue así que Hitler decidió poner rumbo hacia Stalingrado. El 19 de junio de 1942 ordenó dirigir la ofensiva hacia la ciudad.
El avance alemán hacia Stalingrado
El 17 de julio de 1942 los alemanes se lanzaron a tomar Stalingrado. Dos días después Stalin ordenó los preparativos para defenderla y prohibió a los civiles abandonarla.
Poco antes, el 19 de julio, Stalin ordenó que Stalingrado quedase en estado de sitio total, no permitiendo la salida de civiles y disponiendo que se comenzaran los preparativos para resistir ante los alemanes, que se acercaban.
La población civil no fue evacuada y se la mantuvo en la ciudad con el fin de motivar a las tropas y de tener soldados y mano de obra de repuesto. Sólo los trabajadores especializados fueron trasladados detrás de los Urales, adonde había ido a parar toda la industria armamentista.
La ofensiva alemana tuvo éxito inmediato: en pleno verano, los nazis habían empujado a los soviéticos a las márgenes del río Don, a sesenta y cinco kilómetros de la ciudad. Después de ganar una batalla al este de Kalach y capturar 50.000 prisioneros soviéticos el 7 de agosto, Paulus avanzó hacia Stalingrado.
Dada la facilidad del avance, Hitler despojó al 6.º Ejército de algunas de sus divisiones blindadas y las redirigió a la campaña en curso en el Cáucaso. Hacia finales de agosto, Paulus comenzó a reunir sus ejércitos para un ataque de frente amplio sobre Stalingrado, que ya se encontraba a solo 15 kilómetros.
El 24 de julio, en Berlín, Hitler volvió a redactar los objetivos de la campaña militar de ese año, que ahora contemplaba la ocupación de Stalingrado. Dijo que sus hombres matarían a todos los varones y deportarían a todas las mujeres y a todos los chicos porque se trataba de «una población comunista y especialmente peligrosa».
La orden «¡Ni un paso atrás!»
Preocupado por el avance alemán hacia el Volga, que podía dividir a Rusia en dos, días después, el 28 de julio, Stalin emitió la famosa orden 227, pronto conocida como la orden «¡Ni un paso atrás!».
La orden 227 prohibía la rendición bajo cualquier concepto y formaba una línea de infantería en retaguardia con órdenes de fusilar a todo soldado o civil que retrocediese sin permiso. Stalin autorizó a los oficiales a fusilar a todo soldado soviético que intentara retroceder y habilitó a las mujeres a combatir en gran escala y a la par de los hombres.
En ese documento figuraba la frase «¡Ni un paso atrás!», que sería luego lema de la resistencia antifascista soviética. Así fue cómo se luchó en Stalingrado hasta la muerte y hasta que la vida fuese imposible.
Stalin decidió que, por la moral de todo el país, la ciudad que llevaba su nombre debía resistir a cualquier costo. Se formaron milicias locales, muchas de ellas con mujeres entre sus filas, al igual que varias unidades antiaéreas de la ciudad.
Cada bloque, cada calle y cada edificio debían defenderse el mayor tiempo posible. Para Stalin rendirse no era una opción.
El bombardeo del 23 de agosto
La batalla comenzó el 23 de agosto de 1942 y enfrentó al Ejército Rojo de la Unión Soviética y la Wehrmacht de la Alemania nazi y sus aliados del Eje por el control de la ciudad. Las tropas alemanas iniciaron un ataque a gran escala avanzando hacia Stalingrado.
El 23 de agosto, aviones Heinkel 111 y Junkers 88 lanzaron más de mil toneladas de bombas. Sólo ese día murieron cinco mil personas en la ciudad, que al cabo de una semana de bombardeos constantes sumaría cuarenta mil.
Entre el 23 y el 26 de agosto, 600 aviones del Eje bombardearon Stalingrado de forma repetida e indiscriminada como preparación para el primer asalto terrestre. Con más de cuatro mil de sus edificios destruidos, Stalingrado estaba en ruinas.
Sobre finales del mes, la infantería alemana llegó a internarse en los suburbios del noreste, mientras los tanques Panzer intentaban avanzar por el sur y la Luftwaffe de Hermann Göring bombardeaba lo que quedaba en pie de la ciudad, que era muy poco.
La Luftwaffe redujo gran parte de Stalingrado a escombros con bombardeos masivos. Paradójicamente, esas ruinas facilitaron la defensa soviética: cada edificio, sótano y fábrica se transformó en una fortaleza.
La guerra urbana y la «guerra de ratas»
Las tropas del Eje entraron en la ciudad el 12 de septiembre de 1942. Para el 3 de septiembre ya se habían alcanzado los límites exteriores de la ciudad.
Los combates fueron a menudo brutales, ya que había que despejar cada metro de escombros, trincheras, alcantarillas y refugios subterráneos. Los francotiradores de ambos bandos hacían que cualquier movimiento imprudente resultara fatal.
Los soviéticos ocultaban tanques a propósito entre los escombros y abrían fuego por sorpresa. Los soldados alemanes describieron este estilo de combate poco convencional como Rattenkrieg o «guerra de las ratas».
Disparos y bombardeos destruyeron Stalingrado, pero para conquistar la ciudad los militares alemanes tuvieron que luchar con los soldados del Ejército Rojo casi casa por casa. Fueron atacados por disparos de francotiradores que se escondían entre los escombros.
El 62.º Ejército soviético decidió plantar sus defensas en puntos fijos de disparo, entre las ruinas de las fábricas y de los edificios. Ahora se libraba una «guerra urbana» entre ruinas y despojos, una guerra para la que los alemanes no estaban preparados.
Mientras los comandantes del Eje luchaban por determinar cómo dirigir a sus hombres en tales condiciones, Chuikov innovó con el uso de grupos de choque de entre 50 y 100 hombres, quienes gozaban de absoluta autonomía para decidir cómo enfrentar al enemigo que se encontraran.
Chuikov reorganizó la defensa de la ciudad, trató de elevar la moral de sus tropas, retiró sus tanques del campo de batalla, que, como los tanques alemanes, poco podían hacer entre los escombros, reforzó las defensas antiaéreas operadas por mujeres, retiró parte de su artillería al otro lado del Volga y fomentó el desplazamiento de francotiradores.
Los tanques poco podían hacer entre las ruinas de Stalingrado. La ciudad destruida anulaba buena parte de la ventaja alemana en blindados y convertía el combate en una sucesión de posiciones aisladas.
Los ataques alemanes dentro de la ciudad
Paulus lanzó otras dos oleadas de asalto: una el 27 de septiembre y la otra el 14 de octubre. Para minimizar las bajas provocadas por los bombardeos y el fuego de artillería, los soldados soviéticos recibieron la orden de mantenerse lo más cerca posible de las posiciones del Eje.
De todas formas, los alemanes lanzaron tres grandes ofensivas entre el 14 y el 26 de septiembre, entre el 27 de septiembre y el 7 de octubre y entre el 17 y el 29 de octubre. Pusieron entre la espada y la pared al 62.º Ejército, que ya estaba al mando del general Gueorgui Zhúkov.
Los invasores lograron llegar al centro urbano, cerca del embarcadero del Volga, donde las escenas eran terribles. A mediados de septiembre Stalingrado se encontraba en manos de los alemanes, salvo sus barrios industriales del norte, con las fábricas de armamento trabajando a pesar de los intensos bombardeos.
La lucha se desarrollaba a menudo disparando casi a quemarropa, calle por calle y casa por casa. Las tropas alemanas y soviéticas luchaban prácticamente cuerpo a cuerpo. La conquista final de lo que se había convertido en poco más que un cascarón de ruinas humeantes podía llevar semanas o meses.
El 29 de agosto, el general Gueorgui Zhúkov asumió el mando general del frente ampliado en Stalingrado y elaboró planes para una contraofensiva bajo el nombre clave de Operación Urano, prevista para comenzar en noviembre.
El 12 de septiembre Zhúkov había destituido al general Anton Lopatin, acusado de cobardía ante el enemigo, y lo había suplantado por el general Vasili Chuikov, que comandaba el 64.º Ejército Rojo desplegado al sur de Stalingrado.
Cuando Chuikov llegó al escenario de la batalla, uno de los comisarios políticos de Stalin le preguntó por sus objetivos, y él contestó: «Defender la ciudad o morir en el intento».
Chuikov era conocido porque no se tiraba al suelo durante los bombardeos. «Mi orgullo no me lo permite. Tal vez me comportaría distinto si estuviera solo. Pero nunca estoy solo. Un comandante ve morir a miles de hombres. Pero eso no debe afectarle. Puede llorar luego, a solas. Pero aquí tiene que permanecer de pie, como una roca.»
La resistencia en las fábricas y los edificios
Los combates callejeros duraron cinco meses, mientras los constantes bombardeos seguían arrasando la ciudad. La célebre fábrica de tractores de Stalingrado cambió de manos varias veces en cuestión de horas.
El soldado raso Wilhelm Hoffman, del 6.º Ejército, recogió en su diario la ferocidad de los combates: «Nuestro batallón está combatiendo en los suburbios de Stalingrado. Los disparos no cesan. Allá adonde mires, hay fuego y llamas. Cañones y ametralladoras rusas disparan desde la ciudad en llamas».
Hoffman escribió también: «Nuestro batallón, junto con tanques, está atacando el elevador de grano. El batallón está sufriendo grandes pérdidas. El elevador está ocupado no por hombres, sino por demonios que ni las balas ni las llamas pueden destruir».
El 18 de septiembre anotó: «Los combates continúan dentro del elevador. Si todos los edificios de Stalingrado están defendidos así, ninguno de nuestros soldados regresará a Alemania».
Un soldado raso soviético, Anton Bosnik, explicó por qué era tan difícil desalojar los edificios de sus defensores: «Nos replegábamos ocupando edificio tras edificio, convirtiéndolos en fortalezas. Un soldado solo se arrastraba fuera de una posición ocupada cuando el suelo ardía bajo él y su ropa ya estaba humeando».
Para el 26 de octubre, Hoffman aún seguía combatiendo, pero anotó en su diario: «Los soldados están llamando a Stalingrado la tumba masiva de la Wehrmacht».
Otro soldado, el teniente Reiner, del 4.º Ejército Panzer, escribió a su hogar: «Stalingrado ya no es una ciudad. De día, es una enorme nube de humo cegadora y abrasadora, un vasto horno iluminado por el reflejo de las llamas».
«Y cuando cae la noche, una de esas noches calurosas, ruidosas y sangrientas, los perros se lanzan al Volga y nadan desesperadamente para alcanzar la otra orilla. Las noches en Stalingrado son un terror para ellos. Los animales huyen de este infierno. La piedra más dura no lo soporta por mucho tiempo. Solo los hombres resisten.»

El hambre, el frío y la vida de los civiles
Fue entonces cuando un nuevo enemigo cargó contra alemanes y soviéticos: el hambre. Con sus vías de comunicación cortadas, ante la imposibilidad de aprovisionarse por el Volga, en manos alemanas, con la ciudad sitiada y el invierno inminente, el hambre castigó primero a Stalingrado, donde se luchaba casa por casa.
Cuando comenzó el duro invierno ruso, la situación empeoró aún más. Para el Ejército Rojo, el invierno era una ventaja. El hielo era lo suficientemente grueso como para que los tanques atravesaran los ríos.
Bajo el frío del invierno inminente, desgastados por una guerra de guerrillas urbana y entre ruinas, los alemanes lo pasaban también muy difícil. La falta de víveres, de refuerzos y de proyectiles de artillería hizo que fuese físicamente imposible seguir luchando.
Los soldados alemanes sufrían hambre y daños por congelación. Las tropas soviéticas estaban mejor equipadas y preparadas para el duro invierno ruso.
Valentina Savelyeva tenía cinco años cuando fue testigo de los brutales combates callejeros y cuando huyó de una muerte segura de la mano de su madre. Ambas fueron a parar a un barranco cercano que llegaba al Volga.
Muchos años después recordaría: «Cuando cierro los ojos veo el Volga en llamas por el petróleo derramado. Cavamos agujeros en la arcilla para vivir. No trincheras, sino agujeros. Como los conejos, como los animales».
«Todo estaba en llamas y oíamos rugir a los aviones. Nuestros soldados lanzaban bombas contra tanques y aviones alemanes y, también, sobre nosotros. El momento más terrible fue el 20 de noviembre, cuando los nazis estuvieron a punto de tomar la planta “Octubre Rojo”.»
«Nuestros padres no nos dejaban salir de los agujeros, pero ellos ayudaron a los heridos mutilados: les vendaban las manos y las piernas hasta que llegaran los médicos. No había comida. Solo lodo, que pasó a ser ligeramente dulce. Comíamos barro y nada más que barro. Y bebíamos agua del Volga.»
El leve contenido de azúcar de la arcilla mantuvo a Valentina con vida. Su hermanito murió de hambre.
Konstantin Duvanov, defensor de Stalingrado a sus veinte años, recordó: «Todo estaba en llamas. La orilla del río estaba cubierta de peces muertos, mezclados con cabezas humanas, brazos, piernas… todo en la playa. Eran los restos de las personas que eran evacuadas a través del Volga y habían sido bombardeadas por los alemanes».
La preparación soviética de la Operación Urano
En secreto, el alto mando soviético preparaba una contraofensiva gigantesca. Mientras el ejército de von Paulus y el 4.º Ejército alemán sufrían grandes pérdidas de hombres en su lucha calle por calle, casa por casa y escombro por escombro, los estrategas soviéticos trazaban sus planes.
Los soviéticos intentaban ganar tiempo para lanzar su Operación Urano, la gigantesca contraofensiva contra los alemanes. Los contragolpes rusos entre agosto y septiembre en el norte de la ciudad desbarataron los planes del 6.º Ejército, que pretendía conquistar de inmediato el distrito fabril de Stalingrado.
En cambio, esos contragolpes llevaron a las tropas del general von Paulus a una batalla fragmentada, casa por casa y fábrica por fábrica, para terminar con las defensas soviéticas.
Durante semanas, el Ejército Rojo concentró fuerzas. Se movía solo de noche, cortó todas las comunicaciones por radio y camuflaba a las masas de tanques e infantería, no para lograr una sorpresa total, pero sí para causar un impacto en el enemigo respecto a la magnitud de la operación.
La Operación Urano estuvo a cargo de Zhúkov desde el norte y del coronel general Aleksander Vasilevski desde el sur; de la ciudad sitiada se encargaba Chuikov.
El plan no solo buscaba recuperar Stalingrado, sino que aspiraba a envolver y destruir al Sexto Ejército alemán de von Paulus. Eso fue lo que pasó: los sitiadores quedaron sitiados.
La Operación Urano y el cerco del Sexto Ejército
La Operación Urano, que los alemanes no vieron venir, cayó sobre los alemanes en noviembre, junto con las primeras nevadas y el frío intenso. Las tropas alemanas se encontraban flanqueadas por las de sus aliados rumanos, húngaros e italianos, mucho más débiles y peor armadas.
Los grupos de ejércitos situados al norte y al sur de la ciudad recibieron la orden de atacar el frente ampliado de Stalingrado, abrirse paso mediante dos movimientos de pinza y luego rodear audazmente al 6.º Ejército.
El 19 de noviembre, el teniente general Nikolái Fiódorovich Vatutin dirigió dos ejércitos de campo y un ejército blindado para atacar al 3.º Ejército rumano, iniciando así la Operación Urano. Antes de que el Ejército Rojo avanzara bajo la nieve que caía, un masivo bombardeo de artillería había golpeado las líneas enemigas.
El 20 de noviembre, el 4.º Ejército rumano fue atacado por el 51.º Ejército, liderado por el teniente general Andréi Yeriómenko. Los ejércitos del Eje en los flancos del frente se derrumbaron por completo.
El 23 de noviembre, mientras las pinzas se cerraban cerca de Kalach, el 6.º Ejército quedó rodeado. En ese cerco, al que los alemanes llamaron «Der Kessel», «El Caldero», quedaron embolsados trescientos treinta mil soldados, debilitados por el hambre y el frío.
El cerco tenía una extensión de aproximadamente 60 kilómetros de este a oeste y 45 kilómetros de norte a sur. Paulus solicitó a Hitler permiso para retirar a sus 250.000 tropas del cerco de Stalingrado.
Hitler se negó a permitir una retirada, como lo hizo en repetidas ocasiones durante la campaña, pero prometió que les enviarían suministros por aire. Ordenó que el 6.º Ejército mantuviera las posiciones.
El fracaso del abastecimiento aéreo
Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe, le aseguró a Hitler que podía entregar 300 toneladas de suministros vitales cada 24 horas. Sin embargo, ya se había demostrado que abastecer al 6.º Ejército por vía aérea era imposible debido a la falta de aviones de transporte adecuados, la falta de cobertura de cazas y las malas condiciones meteorológicas.
Para ventura de los soviéticos, aquellos aviones no resultaron suficientes. El 6.º Ejército no estaba recibiendo más que 90 toneladas de suministros diarias por vía aérea, una cantidad totalmente insuficiente frente a las necesidades mínimas estimadas por el propio Paulus, de entre 750 y 800 toneladas al día.
Para enero de 1943, el cerco de Stalingrado recibía una cantidad de provisiones algo mayor por vía aérea, con un promedio de 120 toneladas diarias, pero aun así no era suficiente. Las tropas tuvieron que sobrevivir con raciones mínimas de alimentos.
En gesto de solidaridad con las penurias de los soldados de Stalingrado, Hitler prohibió el consumo de champaña y coñac en su cuartel, al menos durante unas semanas. La promesa de Göring se convirtió en un delirio que ni siquiera contaba con una división de aviones en condiciones de combatir.
Bernhard Bechler describió así las condiciones bajo la intensa nevada: «Cuando me acostaba boca abajo y metía las manos bajo el cuello, las tenía llenas de piojos. Y los piojos provocaban tifus».
«No teníamos nada para comer. Había unos caballos congelados, así que tomamos un hacha, cortamos un poco de carne y la calentamos en una olla solo para tener algo para llevarnos a la boca. Estábamos ahí tirados, sin comida, casi congelados hasta la muerte. Fue espantoso.»
La Operación Tormenta de Invierno
Una gran fuerza de auxilio fue organizada por el mariscal de campo Erich von Manstein, el principal estratega de Hitler. Esta fuerza, comandada en el campo por el general Hermann Hoth, estaba compuesta por tres divisiones panzer y dos divisiones de infantería.
El plan, llamado Operación Tormenta de Invierno, consistía en abrir un corredor a través del cerco enemigo alrededor del 6.º Ejército, lo que permitiría a Paulus retirarse. Manstein insistió en que, para que el auxilio fuera efectivo, Paulus debía avanzar hacia el encuentro con Hoth.
La fuerza de socorro de Hoth comenzó su ataque el 12 de diciembre. Los soviéticos respondieron a la fuerza de auxilio del Eje que se aproximaba desde el sur atacando al Octavo Ejército italiano el 16 de diciembre.
El frente soviético avanzaba ahora tanto hacia el oeste como hacia el sur de Stalingrado. La fuerza de auxilio de Hoth logró acercarse a unos 48 kilómetros del cerco el 19 de diciembre, pero no pudo avanzar más.
Si el 6.º Ejército hubiera roto el cerco en ese momento, probablemente habría conseguido unirse con el ejército de Hoth, pero Hitler rechazó la idea y ordenó que el 6.º Ejército no se retirara ni un paso de Stalingrado.
El 28 de diciembre, Manstein se vio obligado a retirar la fuerza de auxilio de Hoth del combate, ya que también corría un serio riesgo de ser rodeada. El 6.º Ejército estaba solo.
La rendición alemana
El 8 de enero, una delegación de tres oficiales del Ejército Rojo invitó a Paulus a rendirse. Paulus solicitó a Hitler libertad de acción para responder, pero una vez más se le negó la rendición.
Hitler creía que cada día que el 6.º Ejército resistiera ayudaría a evitar que las fuerzas del Eje en el sur quedaran aisladas por el avance soviético. Sin embargo, la situación se volvió insostenible por el hambre, el frío extremo, las enfermedades y la falta de municiones.
Hitler sabía que Stalingrado estaba perdida. El 16 de enero, la Wehrmacht la había descrito en términos sombríos como una «lucha defensiva de heroica bravura contra un enemigo que ataca por todas partes».
Las tropas alemanas al mando del general Friedrich von Paulus se rindieron a los soviéticos el 31 de enero de 1943. El jefe alemán firmó la rendición, pero luego dijo que había sido hecho prisionero por los rusos, en un intento de ocultar una decisión que ya era inocultable.
El 31 de enero de 1943, el mariscal de campo alemán Friedrich Paulus y su Sexto Ejército se rindieron ante el Ejército Rojo. Del ejército alemán prácticamente no quedaba casi nada.
Una parte del ejército alemán, cercada en el sector norte de la ciudad, no supo de la rendición. Luchó dos días más, hasta que supo de la derrota y se rindió el 2 de febrero de 1943.
El 2 de febrero, lo que quedaba del Cuarto y Sexto Ejército alemanes se rindió, dando fin a una batalla en la que se estiman las bajas en dos millones de personas.
La batalla concluyó con la destrucción de un ejército completo y la rendición de 91.000 soldados, incluido el mariscal de campo Friedrich Paulus.
Pérdidas humanas y destrucción
En ambos bandos hubo cientos de miles de soldados muertos. Cuando la batalla de Stalingrado terminó, en calles y campos quedaron tendidos más de ochocientos mil soldados alemanes y sus aliados italianos, rumanos, croatas y húngaros, y un millón doscientos mil soldados y civiles soviéticos.
Los heridos y mutilados sumaron más de un millón tras el final de la batalla de Stalingrado. Durante la batalla, de los 284.000 alemanes cercados por el Ejército Rojo, murieron 146.000 en poco más de dos meses.
La aviación evacuó 34.000 heridos y más de 100.000 soldados cayeron prisioneros, de los que sólo 6.000 volvieron a Alemania. Se estima que murieron más de 2 millones de personas entre soldados y civiles.
La ciudad quedó prácticamente destruida. Más de cuatro mil edificios fueron destruidos y las calles, fábricas, viviendas, puertos y zonas industriales se convirtieron en un inmenso campo de ruinas.
| Aspecto | Dato |
|---|---|
| Duración de la batalla | Entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943 |
| Inicio de la Operación Urano | 19 de noviembre de 1942 |
| Rendición de Paulus | 31 de enero de 1943 |
| Rendición final del sector norte | 2 de febrero de 1943 |
| Soldados alemanes cercados | 284.000 |
| Prisioneros alemanes | Más de 100.000 |
| Soldados que volvieron a Alemania | 6.000 |
| Aviones evacuadores | 34.000 heridos |
Por qué Stalingrado cambió la guerra
La batalla de Stalingrado fue el episodio más dramático de la Segunda Guerra Mundial y supuso el primer gran fracaso de las tropas alemanas. La grave derrota de la Alemania nazi y sus aliados en esta ciudad tuvo consecuencias catastróficas.
La Wehrmacht había sufrido su primera gran derrota y la balanza en el frente oriental se inclinaba a favor de la URSS por primera vez. El ejército alemán no era imbatible.
Esto dio nuevamente esperanza a la Unión Soviética, al igual que a los habitantes de los territorios ocupados. Para los soviéticos, fue una victoria épica que elevó la moral nacional y consolidó a la URSS como potencia decisiva en el conflicto.
La derrota significó una severa inflexión en el desarrollo de la guerra. Desde entonces, el ejército alemán nunca recuperaría su fuerza anterior ni volvería a obtener victorias estratégicas en el Frente Oriental.
Alemania había perdido el liderazgo de la guerra, así como millares de hombres y muchos recursos, quedando maltrecho el orgullo de un ejército que se creía invencible. La iniciativa militar pasó a manos soviéticas.
La victoria soviética fue el punto de partida de la reacción y de la contraofensiva del Ejército Rojo, que inició un arrollador avance hacia el norte, hacia Berlín, en persecución de unas tropas alemanas en retirada y sin esperanzas.
El mariscal Zhúkov ya no se detendría desde los escombros de la ciudad hasta los escombros de la Cancillería, a la que llegaron cuando ya ardían en sus jardines los cadáveres de Hitler y de su mujer, Eva Braun.
Fueron meses de sangre y pólvora que supusieron el gran punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial en Europa y dieron lugar al contraataque soviético y al inicio del repliegue alemán. La Segunda Guerra Mundial acababa de cambiar su rumbo.
El legado histórico de Stalingrado
La batalla de Stalingrado es recordada como uno de los enfrentamientos más sangrientos, brutales y decisivos de la historia militar. Más allá de las cifras escalofriantes, Stalingrado marcó un antes y un después en la Segunda Guerra Mundial.
Fue el punto de inflexión que comenzó a inclinar la balanza hacia los Aliados. Stalingrado no fue solo una batalla: fue una guerra dentro de la guerra.
La batalla representó la resistencia tenaz frente a un enemigo considerado imparable. Mostró también el costo humano extremo de la guerra total y la destrucción de una ciudad convertida en símbolo de resistencia, sacrificio y victoria soviética.
Hoy, la ciudad de Volgogrado, antigua Stalingrado, conserva monumentos conmemorativos como «La Madre Patria Llama», un símbolo del sacrificio y la victoria soviética.
La victoria soviética abrió el camino a la liberación de Europa del nazismo y convirtió a Stalingrado en una referencia fundamental para comprender el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.
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