Para Axel Kaiser, la libertad de expresión constituye una condición indispensable de una sociedad libre y civilizada, incluso cuando las opiniones expresadas resultan ofensivas o incómodas para determinados grupos. Su planteamiento sostiene que el debate público no debe quedar subordinado a los sentimientos subjetivos del receptor, porque la búsqueda de la verdad exige tolerar la crítica, el desacuerdo y la provocación intelectual.
Kaiser también advierte que la censura contemporánea ya no proviene únicamente del Estado, sino de una presión social que pretende establecer el monopolio de la verdad y de lo políticamente correcto. Desde esta perspectiva, los disidentes -quienes cuestionan las convenciones dominantes, las identidades políticas o las estructuras de poder- necesitan protección precisamente porque sus ideas pueden incomodar a mayorías y minorías.
La defensa de la libertad de expresión
Sin excepción las sociedades occidentales se están convirtiendo en espacios cada vez más histéricos de corrección política y emotivismo irreflexivo. La nueva teoría es que no deberíamos decir cosas que resulten ofensivas a determinados grupos, especialmente a minorías que se consideran históricamente desaventajadas. Según esta forma de entender el mundo, nuestra comunicación debería verse restringida social e incluso legalmente, por lo que el receptor de un cierto mensaje pueda llegar a sentir al recibir el mensaje, independientemente de si lo transmitido es verdadero o falso.
Las emociones, serían así, el criterio para dirimir lo que es justo decir o informar y lo que no lo es pues la fría racionalidad hiere una y otra vez a diversos grupos sociales. El problema de todo este razonamiento es que es totalmente incompatible con una sociedad libre y civilizada. Y es que la libertad de expresarnos necesariamente implica ofender e incomodar a otros, pues nuestro mensaje siempre se encuentra abierto a interpretaciones subjetivas.
Peor aún, muchas formas de vida que incluyen vestirse, hablar, crear arte, entre otras, resultan ofensivas a diversos grupos de personas que no las comparten, lo cual bajo la lógica emotiva implicaría que deben ser censuradas. De hecho, en Inglaterra una famosa galería de arte retiró un cuadro del pintor del siglo XIX John Waterhouse en el que retrataba mujeres desnudas por considerarlo potencialmente ofensivo. La medida fue luego revertida, pero mostró al punto absurdo al que puede llegar la corrección política en sociedades donde el victimismo se ha convertido en un símbolo de estatus social y la pose humanitaria en la fuente de autoridad para perseguir herejes y quemarlos en la hoguera de las redes sociales y los medios de comunicación.
Ofender como parte del debate público
Pero la libertad de expresarnos no solo implica el derecho de ofender sino el deber de ofender si lo que queremos es buscar el progreso desafiando las convenciones y estructuras de poder establecidas que lo obstaculizan. La lucha contra la esclavitud, contra el dogmatismo religioso, la defensa de los derechos civiles de minorías, el desarrollo de la ciencia, todo eso resultó ofensivo para mayorías y minorías de distinto tipo.
Galileo refutó la teoría geocéntrica y fue obligado a retractarse por haber ofendido a los católicos. Del mismo modo, hoy en día, científicos que prueban que las diferencias de género entre hombre y mujer están en buena medida ancladas en el cerebro y no son un producto cultural son perseguidos por hordas de pseudo académicos e ideólogos normalmente de izquierda que buscan liquidar sus carreras e imagen.
En la misma línea, miembros de minorías de diverso tipo apoyadas por lideres culturales, intelectuales y políticos, pretenden censurar socialmente, e incluso por la vía legal, a aquellos que expresen opiniones que ellos sientan ofensivas pretendiendo así clausurar el debate de una vez. Un caso patológico de lo anterior lo constituye el feminismo predominante, el que en realidad no es más que la lucha de clases del marxismo aplicado a las relaciones entre hombre y mujer.
Lamentablemente, la agresividad de este y otros grupos han puesto de rodillas a empresas y gobiernos, que no han tenido la integridad ni el coraje de defender el derecho de las otras mujeres a decidir. Si queremos una sociedad civilizada debemos poner a la razón como el instrumento central de juicio y desplazar el sentimentalismo de la ofensa del debate público.
Razón, evidencia y límites del sentimentalismo
Pues si nos quedamos con la emoción y mera subjetividad ¿con qué criterio objetivo podremos comunicarnos? La lógica y la evidencia permiten acercarnos a la verdad y resolver los conflictos desde una base universal de reglas del juego. Los sentimientos, como criterio de justicia, por ser inconmensurables entre sí y enteramente subjetivos, solo dejan un camino abierto para zanjar diferencias: la violencia. Y ese es el camino en que tan peligrosamente estamos avanzando.
En tiempos donde la corrección política ha extremizado posturas, alejando los puntos de encuentro y poniendo énfasis en el odio propio y en los sentimientos vulnerados, una discusión seria sobre el hate speech es necesaria.

La censura social y la nueva ortodoxia
La libertad de expresión está amenazada, ya no tanto por la mordaza del Estado sino por la censura social que reclama para sí el monopolio de la verdad y de lo políticamente correcto.
Esta forma de censura puede manifestarse mediante campañas de presión, condenas públicas y mecanismos de exclusión que no necesitan una prohibición legal para producir efectos concretos sobre quienes disienten. El objetivo no siempre consiste en refutar una idea, sino en convertir a quien la expresa en una persona socialmente inaceptable.
La posibilidad de que una opinión sea interpretada como ofensiva no basta, desde esta perspectiva, para justificar su eliminación del espacio público. Si el criterio decisivo es el malestar subjetivo, cualquier afirmación puede transformarse en una causa de censura, porque siempre existe la posibilidad de que alguien la considere hiriente, discriminatoria o políticamente inadecuada.
El derecho a ofender y la figura del disidente
Si queremos una sociedad civilizada debemos poner a la razón como el instrumento central de juicio y desplazar el sentimentalismo del debate público. La libertad de expresarnos no solo implica el derecho de ofender sino el deber de ofender si lo que queremos es buscar el progreso desafiando las convenciones y estructuras de poder establecidas que lo obstaculizan.
El disidente cumple una función crítica porque pone en cuestión los consensos que pueden haberse convertido en dogmas. Su intervención puede ser impopular, polémica o desagradable, pero esa condición no demuestra que sea falsa. En una sociedad abierta, las ideas deben poder ser examinadas, discutidas y refutadas sin que la reacción emocional sustituya al argumento.
La lucha contra la esclavitud, contra el dogmatismo religioso, la defensa de los derechos civiles de minorías, el desarrollo de la ciencia, todo eso resultó ofensivo para mayorías y minorías de distinto tipo. La historia del progreso, según esta mirada, está estrechamente vinculada con la capacidad de algunas personas para desafiar creencias dominantes.
Libertad de cátedra, universidades y pensamiento crítico
Para quienes defendemos la dignidad humana y la libertad de expresión como valores esenciales de una sociedad democrática y libre, una discusión seria sobre la libertad de cátedra y sus límites resulta indispensable.
Del mismo modo, hoy en día, científicos que prueban que las diferencias de género entre hombre y mujer están en buena medida ancladas en el cerebro y no son un producto cultural son perseguidos por hordas de pseudo académicos e ideólogos normalmente de izquierda que buscan liquidar sus carreras e imagen.
Reflexionar sobre libertad y verdad es fundamental en la democracia, además, nos aproxima a dar forma a las nuevas generaciones. El debate universitario requiere pensamiento crítico para que las posiciones enfrentadas puedan exponerse sin que una ortodoxia identitaria determine por anticipado qué preguntas pueden formularse y qué respuestas resultan aceptables.
La libertad de cátedra, entendida como protección de la investigación y la discusión académica, pierde sentido cuando la presión política o social impide plantear hipótesis controvertidas. A la vez, la exigencia de argumentación y evidencia permite distinguir entre una afirmación discutible y una mera descalificación.
Libertad de prensa y escepticismo ante el poder
La libertad de prensa es la manifestación misma del escepticismo ante el poder, y por lo tanto garante supremo de todas nuestras libertades. Su función no consiste únicamente en transmitir información, sino también en investigar a las autoridades, cuestionar las versiones oficiales y hacer visibles los conflictos que el poder preferiría mantener fuera del debate.
Este 3 de mayo se celebró un nuevo Día Mundial de la Libertad de Prensa. Su celebración tiene como objetivo reconocer la importancia de una prensa capaz de desarrollar su trabajo sin presiones indebidas y de ofrecer a la ciudadanía elementos para formar sus propios juicios.
La defensa de la prensa libre se relaciona directamente con la defensa de los disidentes, porque quienes desafían al poder necesitan espacios para comunicar sus denuncias y argumentos. Sin medios capaces de publicar opiniones incómodas, la libertad de expresión puede existir formalmente y, sin embargo, quedar debilitada en la práctica.
Libertad, liberalismo y poder estatal
El abogado, filósofo y escritor chileno Axel Kaiser, uno de los principales defensores del liberalismo en Latinoamérica, llegó a Arequipa para debatir sobre la libertad. En una conferencia marcada por la franqueza de sus respuestas, cuestionó de forma dura el rol del Estado y lo responsabilizó de obstaculizar el desarrollo de los individuos.
“Mientras más crece el Estado, menos libertad tienen los individuos porque más crece el poder”, señaló en la conferencia denominada “Somos libres, seámoslo siempre: Recordemos los ideales de la libertad”, organizada por Adepia y la Universidad Católica San Pablo (UCSP).
Para explicar cómo el Estado, al estar en manos de individuos, tiene el control sobre las personas y ejerce sobre ellos todo su poder, hizo un símil con el Señor de los Anillos, novela escrita por J. R. R. Tolkien y adaptada al cine en una saga de películas.
“Sauron quería ‘el anillo de poder’ para eliminar la libertad de todas las criaturas, quería controlarlas. El anillo de poder es el Estado. Si hay algo que puede ganar un Sauron, un Hitler, un Stalin o un Mao, es que no te dejan libertad porque tienen el poder y pueden ejercer la violencia sobre todas las criaturas”, explicó.
El Estado como amenaza a la autonomía individual
Para el conferencista, el Estado constituye un obstáculo para el progreso de las sociedades y la propuesta es reducirlo a la mínima expresión para que los privados administren las actividades productivas de la sociedad. “El Estado no debería tener ni un colegio ni un hospital, nada. Todo debe ser manejado por los privados”, indicó.
Sin dejar de enfilar sus críticas al Estado, aseveró que este lo hace todo mal, incluso cuando se trata de ejercer la solidaridad. Kaiser cree más en la filantropía que en un Estado benefactor. “El Estado no solo lo hace todo mal, sino que deshumaniza a la persona que está atendiendo”, indicó.
La crítica al crecimiento estatal forma parte de una concepción más amplia de la libertad, según la cual la concentración del poder político aumenta la capacidad de las autoridades para regular la conducta, limitar la iniciativa individual y establecer restricciones sobre la expresión.
Libertad, pobreza y progreso
Según su tesis, si se promoviera más la libertad, se reduciría la pobreza en los países. “La gente pobre tiene libertad, pero no tiene recursos y eso se resuelve con libertad. La gente es pobre porque el Estado les hace [la vida] imposible con regulaciones, impuestos, falta de formalización de los derechos de propiedad, etc.”, señaló.
Detrás del progreso hubo sociedades que comprendieron que la libertad libera la capacidad creadora de las personas, respeta su iniciativa e instituciones, protege sus derechos. Así, las posibilidades de progreso se multiplican.
También aclaró que defender la libertad no significa ignorar las desigualdades ni permanecer indiferente frente a la pobreza. “Queremos libertad porque queremos progreso”, enfatizó.
Libertad y democracia
Del mismo modo, dijo que, si bien la democracia es un sistema óptimo para ejercer la libertad, esta no es el fin sino el medio. “La libertad es más importante que la democracia”, apuntó.
De esta manera, explicó los peligros de la democracia, en el sentido de que una mayoría puede vivir a expensas o someter a una minoría productiva. “No hay ninguna diferencia entre la dictadura de una persona o de una mayoría”, destacó.
La preocupación por la relación entre democracia y libertad también aparece en el debate sobre la expresión: una mayoría puede utilizar su influencia para imponer una ortodoxia política, mientras una minoría disidente puede quedar expuesta a la censura social, institucional o legal.
El debate de ideas como condición de la libertad
El presidente del directorio de Adepia, Bernardo Suárez Vivanco, consideró importante promover el debate de ideas en Arequipa y fomentar esta dinámica con universidades como la San Pablo. De esta manera, defendió la idea de libertad como impulso para el progreso de las sociedades.
“Detrás del progreso hubo sociedades que comprendieron que la libertad libera la capacidad creadora de las personas, respeta su iniciativa e instituciones, protege sus derechos. Así, las posibilidades de progreso se multiplican”, expresó.
Al finalizar su presentación, consideró que los empresarios tienen responsabilidad con la ciudad, sus instituciones y su futuro. “Queremos una Arequipa próspera, moderna, capaz de generar oportunidades para todos los arequipeños y ese futuro debe construirse sobre la libertad, responsabilidad, instituciones firmes y orden”, indicó.
Por su parte, el docente principal del Departamento de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Católica San Pablo, Germán Chávez, consideró importante fomentar el pensamiento crítico en las universidades para reflexionar sobre este debate de ideas.
La libertad como principio político
Temo que Carlos Williamson no solo confunde conceptos, sino también todo el punto del debate. Jamás he sostenido, […]
El neoliberalismo, este no es más que el sucesor -algo empobrecido- del liberalismo originario, y sus resultados, como ha mostrado Deirdre Mccloskey, han sido parecidos: una explosión sin precedentes en la historia humana en el progreso económico y social de la población, de lo cual nuestro país es un irrefutable ejemplo.
Ante el riesgo que enfrenta el principio de subsidiariedad en el debate constitucional, deberíamos concentrarnos en las corrientes intelectuales que lo promueven y defienden.
la primera tarea de los liberales debe ser acabar con la inflación legislativa y el afán compulsivo de crear leyes a destajo que hoy priman en nuestro Congreso.
El discurso de odio y los límites de la expresión
En tiempos donde la corrección política ha extremizado posturas, alejando los puntos de encuentro y poniendo énfasis en el odio propio y en los sentimientos vulnerados, una discusión seria sobre el hate speech es necesaria.
La cuestión central consiste en determinar si una expresión debe ser excluida por su contenido, por sus posibles consecuencias o únicamente por el daño subjetivo que alguien declara haber experimentado. Para Kaiser, este último criterio no ofrece una base suficientemente objetiva para organizar la convivencia.
Las emociones, como criterio para decidir lo que puede decirse o informarse, desplazan la discusión racional y hacen que la libertad dependa de reacciones variables. Cuando el sentimiento se convierte en la medida principal de la justicia, el desacuerdo deja de resolverse mediante argumentos y queda expuesto a mecanismos de presión.
La libertad artística y el doble estándar
«¡Abajo el comunismo!», fue la frase que hizo reventar las redes sociales tras la presentación de la agrupación Gente de […]
El episodio fue presentado como una muestra del doble estándar aplicado a la libertad de expresión en el arte. La reacción frente a una obra o una presentación puede variar según la identidad política de quienes hablan y de quienes se sienten ofendidos.
Peor aún, muchas formas de vida que incluyen vestirse, hablar, crear arte, entre otras, resultan ofensivas a diversos grupos de personas que no las comparten, lo cual bajo la lógica emotiva implicaría que deben ser censuradas.
La controversia sobre Nazi-comunismo
El abogado y doctor en filosofía chileno Axel Kaiser acaba de publicar su libro Nazi-comunismo: Por qué marxistas leninistas y nazis son gemelos ideológicos. Lo que define a este libro es la propaganda revisionista, basada en el achatamiento político, la falsificación histórica y la confusión ideológica.
El libro de Kaiser se presenta como una investigación sobre la historia política y de las ideas, pero constituye una reducción de la pluralidad del marxismo y la imaginación comunista al estalinismo, y opera sobre una ignorancia bochornosa respecto a la historicidad del fascismo alemán.
El autor de esta columna hace un análisis crítico del recientemente lanzado libro de Axel Kaiser Nazi-Comunismo. Por qué marxistas leninistas y nazis son gemelos ideológicos, y concluye que este «permite iluminar mejor la monstruosidad histórica del fascismo, que emerge históricamente ligado al miedo de las clases dominantes al ascenso de la clase trabajadora.
Ese miedo unió a los industriales alemanes con Hitler, y ese mismo miedo articuló la alianza entre la derecha chilena corporativista, los Chicago Boys y la dictadura. Si algo revela Nazi-Comunismo, es la persistencia de ese temor a la agencia política de las masas y la distancia abismal que separa la propaganda del conocimiento histórico».
Críticas al reduccionismo ideológico
No entraré aquí en los problemas metodológicos del texto-por ejemplo, la manera en que Kaiser cita a Ernst Nolte obviando convenientemente la conocida filiación revisionista de este autor respecto del Holocausto-. La posición de Nolte, que implicó una justificación racional de los crímenes del régimen nazi, ha sido criticada por especialistas en genocidio por su relativismo.
Esta omisión no es casual, en la medida en que expresa la falta de compromiso con el trabajo intelectual, denigrado en catecismo mediático. Sin embargo, hay al menos tres dimensiones en las que el libro de Kaiser colapsa, evidenciando sus propios vacíos formativos.
Tres niveles que podríamos llamar “analógicos” entre el fascismo histórico y el comunismo: la historia de las ideas, la historia económica, y la historia política. Con todo, este triple colapso del libro de Kaiser nos sirve para entender la naturaleza del fascismo histórico y su persistencia.
La pluralidad de las tradiciones marxistas
La conditio sine qua non del argumento de Kaiser es una ignorancia deliberada respecto a la pluralidad de tradiciones que entendemos como marxistas: desde el marxismo humanista de Sartre y el marxismo de raíz kantiana de Sohn-Rethel, hasta los populistas como Laclau, los marxismos libertarios y, por supuesto, los defensores explícitos del estalinismo.
El primer truco de Kaiser es reducir este complejo mapa a un solo bloque monolítico de sentido: los “comunistas”. De Theodor Adorno a Pol Pot, la narrativa de Kaiser funciona como una licuadora.
Este achatamiento tiene un propósito político inmediato: permite imputar a cualquier marxista las atrocidades del régimen de Stalin: las purgas y el gulag. Sin embargo, basta recordar que los partidos comunistas de España, Italia y Francia abrazaron la democracia liberal en los setenta; o, en sentido inverso, que los marxismos autonomistas estadounidenses criticaron al socialismo de Estado con una dureza equivalente a la de los liberales más ortodoxos.
Harry Cleaver llegó a argumentar que la URSS no era excepción al capitalismo global sino parte consustancial de su despliegue histórico; el socialismo soviético, para Cleaver, era un movimiento interno a las dinámicas del capital en su fase dorada, que coincidió con el auge del keynesianismo.
Todo esto revela algo que Kaiser se rehúsa a aceptar: que el monolitismo del marxismo es un mito construido al servicio de diversos reduccionismos propagandísticos. Su operación consiste en borrar distinciones para fabricar un bloque uniforme, o lo que se llama regularmente en la teoría de las falacias, un “mono de paja”, fingant quod impugnent, un fantasma al que se puede atacar.
La honestidad intelectual exigiría confrontar el marxismo en su mejor versión, no en una caricatura diseñada específicamente para ser destruida.
Propiedad privada, Estado y totalitarismo
En un segundo nivel, Kaiser sostiene que marxismo-leninismo y nazismo serían equivalentes porque (1) atacan la propiedad privada, el capitalismo y el libre mercado, (2) suprimen derechos individuales y (3) comparten un antiliberalismo congénito.
La tercera tesis es la más problemática, especialmente en el contexto chileno. Conviene primero recordar a Friedrich Hayek, uno de los mayores referentes de Kaiser.
En el famoso capítulo “Las raíces socialistas del nazismo” de su libro Camino de servidumbre, Hayek no argumenta simplemente que el nazismo sea una variante del comunismo, más allá de los fines abiertamente ideológicos y propagandísticos de su teoría. Su planteamiento es más sofisticado-y más honesto-que el de Kaiser.
Para Hayek, el “socialismo” del nazismo es ante todo la exaltación del Estado prusiano colectivista y de la raza germánica, no una derivación lógica o ideacional del marxismo. Al citar a Oswald Spengler, Hayek recalca cómo, para el nacionalismo alemán-que él vincula con el socialismo histórico-el orden prusiano descansa en la diferencia entre “mandato y obediencia”, no entre ricos y pobres.
Lo que es más importante aún: Hayek no desmiente que el nazismo haya cooperado estrechamente con capitalistas y grandes propietarios de la tierra en Alemania. En 1933, Hayek escribe: “Una de las razones por las que el carácter socialista del nacionalsocialismo no ha sido reconocido es su alianza con los grupos nacionalistas que representan a las grandes industrias y los grandes propietarios de la tierra”.
Hayek no deniega el entusiasmo de la clase capitalista alemana por el nazismo. Su visión es atraerlos de vuelta al orden previo a 1914 y la Gran Depresión, cuando el orden liberal y el modo de producción capitalista parecían ser todavía una y la misma cosa.
De ahí su enredada visión de la clase capitalista alemana como “socialista” y su denuncia implícita de complicidad con Hitler y el nazismo. En 1946, Arthur Schweitzer explicó que los nazis se declaraban a favor de la propiedad privada, pero sólo para dueños políticamente aceptables de la misma.
El nazismo habría mezclado expropiaciones y privatizaciones: gran parte de las empresas nacionalizadas durante la depresión en la República de Weimar fueron devueltas a manos privadas-para empoderar a industrialistas políticamente alineados.
Si bien Schweitzer indica que los nazis destruyeron masivamente la libertad económica, no deja de reconocer que el régimen fusionó la propiedad privada capitalista con el colectivismo.
Capitalismo y nazismo
Otra serie de investigaciones ha demostrado el maridaje entre capitalismo y nazismo. En su libro Nazi Billionaires, David de Long muestra cómo las dinastías más ricas de Alemania (la familia Quandt, la familia Flick, la familia Porsche-Piëch, etc.) ingresaron en el Partido Nazi o incluso en las SS, participaron de la expropiación de la riqueza judía, usaron trabajo forzado y esclavos para reducir costos, crecieron dramáticamente durante la guerra y, lo que es más vergonzoso, evitaron cualquier tipo de castigo con posterioridad a la guerra.
Sólo para dar un ejemplo: Ferry Porsche, CEO de Porsche y miembro influyente del grupo Volkswagen-otro gigante industrial surgido al alero de los nazis-fue miembro de las SS en 1938 y se rodeó, con posterioridad a la guerra, de exnazis prominentes a los que convirtió en managers capitalistas.
Hitler también impuso un fuerte disciplinamiento de la fuerza de trabajo que permitió un crecimiento de la industria alemana. Como indica Adam Tooze en The Wages of Destruction, la destrucción del sindicalismo alemán de izquierdas fue un “abono inicial” del régimen nazi a la clase capitalista alemana.
IG Farben, Krupp, Deutsche Bank apoyaron a Hitler con la condición de que éste destruyera la democracia parlamentaria y la izquierda. Lo que une al fascismo histórico y a la derecha conservadora es su escarnio contra la democracia.
Desde la perspectiva de Kaiser-según la cual existiría una relación antinómica entre libre mercado y estatismo-, ¿cómo entendemos el salvataje a Wall Street en 2008? ¿Fueron los grandes bancos, beneficiados por el dinero público, súbitos conversos al socialismo?
El capital puede beneficiarse, o más bien suele hacerlo, de una relación parasitaria y expoliadora con el Estado.
Antiliberalismo y tradición autoritaria en Chile
Llego a mi último punto, el del “antiliberalismo”. Aquí se revela el problema quizás más importante que el tipo de debates históricos que Kaiser quiere ignorar o convertir en simplismos panfletarios: que las clases dominantes-incluyendo a las clases capitalistas-siempre han tenido un problema con la democracia.
Como en todo caso demuestra la aplastante mayoría de la literatura en torno a la historia de las ideas de derecha en Chile. En 1979, Jaime Guzmán-uno de los arquitectos ideológicos de la dictadura-se pronunciaba abiertamente contra el sufragio universal y la intervención de las masas en la política.
Su preocupación era que la democracia abría las puertas al “totalitarismo marxista-leninista”. Guzmán no era liberal, ni lo fue la derecha chilena de la primera mitad del siglo XX.
Su inspiración provenía del pensamiento católico corporativista español: Donoso Cortés, Vásquez de Mella, el falangismo. Su conversión neoliberal y la tesis del estado subsidiario son, en realidad, formulaciones intermedias en el umbral entre corporativismo católico antidemocrático y defensa de la propiedad privada y del capitalismo, umbral en el que la derecha chilena se encuadra históricamente.
Todo aquello que Kaiser denuncia como “colectivismo” o “estatismo” del “nazi-comunismo” está también en la genealogía de su propia tradición política: el gremialismo y su defensa de “las antiguas corporaciones y su célula viva-el gremio”, como sostenía el presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura en los años 30, Jaime Larraín García-Moreno.
Es algo que para mentes ajustadas como las de Kaiser es improbable, pero históricamente real: la existencia de una versión colectivista-católica del capitalismo autoritario.
El movimiento Patria y Libertad expresó esta matriz ideológica en su Manifiesto Nacionalista, redactado por el abogado de Pinochet Pablo Rodríguez, donde se rechaza explícitamente la existencia de “sectores disgregados” incompatibles con el “estado integral”.
Osvaldo Lira, por su parte-uno de los maestros de Guzmán-defendía la necesidad de recuperar la organicidad perdida del pueblo contra las “masas” que habían alimentado al marxismo en Chile.
Todos estos nombres pertenecen a lo que Stephen Holmes llamó “antiliberalismo” en 1996. Lo relevante, llegado este punto, es que el fascismo, lejos de caracterizarse por una supuesta adhesión a ciertos principios “socialistas”, es la defensa del ideal colectivista en los términos de la nación, la raza o el espíritu.
En Chile, el fascismo vernáculo consiste precisamente en el acoplamiento de este colectivismo racial y nacionalista con el neoliberalismo y la ideología monetarista.
El propio Carl Schmitt-referente mayor de las derechas antiliberales contemporáneas, incluyendo a personajes como Alexander Dugin en Rusia-adhirió al nazismo por su filiación con la filosofía política de la “contrarrevolución” católica.
Para Schmitt, el marxismo no era la negación del liberalismo, sino la consecuencia histórica extrema del ideal democrático surgido en la Ilustración.
Por tanto, ¿serían Jaime Guzmán, Osvaldo Lira o Larraín García-Moreno “nazi-comunistas”? La lógica de Kaiser conduce a este tipo de preguntas absurdas.
La interpretación contrapuesta del fascismo
Paradójicamente, un libro tan pobre como el de Kaiser permite iluminar mejor la monstruosidad histórica del fascismo, que emerge históricamente ligado al miedo de las clases dominantes al ascenso de la clase trabajadora.
Ese miedo unió a los industriales alemanes con Hitler, y ese mismo miedo articuló la alianza entre la derecha chilena corporativista, los Chicago Boys y la dictadura.
Si algo revela Nazi-comunismo, es la persistencia de ese temor a la agencia política de las masas y la distancia abismal que separa la propaganda del conocimiento histórico.
La libertad frente a la mayoría y las estructuras de poder
Finalmente, señaló que la libertad y la paz son producto de la civilización del desarrollo, de una cultura que se sostiene sobre ideas, prácticas, hábitos y tradiciones. “No es algo que cae del aire, es algo que se construye y que hay que cuidar”, opinó.
Defender la libertad implica, en esta perspectiva, proteger tanto al individuo frente al poder estatal como a las minorías frente a la presión de las mayorías y a los disidentes frente a las ortodoxias sociales. El debate de ideas solo puede mantenerse abierto cuando las posiciones impopulares no son eliminadas por anticipado debido a su capacidad de incomodar.
La libertad de prensa es la manifestación misma del escepticismo ante el poder, y por lo tanto garante supremo de todas nuestras libertades. La libertad de expresarnos necesariamente implica ofender e incomodar a otros, pues nuestro mensaje siempre se encuentra abierto a interpretaciones subjetivas.
Mientras más crece el Estado, menos libertad tienen los individuos porque más crece el poder.
Axel Kaiser - Festival de la Libertad 2026
Sobre Axel Kaiser
Es un abogado, profesor universitario, analista político chileno. Actualmente es director ejecutivo de la Fundación para el Progreso, director de la cátedra Friedrich von Hayek de la Universidad Adolfo Ibáñez e investigador del Hoover Institution on War, Revolution, and Peace en la Universidad de Stanford.