Alegoría del patrimonio, de Françoise Choay, es una obra fundamental para comprender cómo surgieron y cambiaron las nociones de monumento, monumento histórico, patrimonio histórico y patrimonio urbano. La edición en castellano fue publicada en 2007 por la editorial Gustavo Gili de Barcelona, quince años después de la primera edición francesa, aparecida en 1992 por Éditions du Seuil.
El libro no se limita a describir edificios protegidos ni a reconstruir la historia administrativa de la conservación. Choay estudia el sentido social, político, estético, memorial y urbano que las sociedades atribuyen a los bienes heredados del pasado, y analiza las contradicciones producidas por su protección, restauración, explotación económica y conversión en objetos de consumo cultural.
Datos básicos de la obra
| Elemento | Información |
|---|---|
| Autora | Françoise Choay |
| Título | Alegoría del patrimonio |
| Editorial de la edición española | Gustavo Gili |
| Lugar de edición | Barcelona |
| Año de la edición española | 2007 |
| Primera edición francesa | 1992 |
| Extensión | 263 p. |
| Ámbitos principales | Arquitectura, urbanismo, arqueología, historia del arte, restauración y conservación |
El sentido del título: por qué una «alegoría» del patrimonio
El primer problema que enfrenta la lectura del libro se refiere al título: Alegoría del patrimonio. El cual se puede intuir o imaginar no con pocas dificultades, aun si se conoce del tema y la obra de Choay, pero lo cierto es que no encuentra respuesta firme fuera del texto, siendo necesario empezar por el principio, para llegar justo al final de la introducción, donde señala: “En suma, no he querido hacer de la noción de patrimonio histórico y su utilización el objeto de una investigación histórica, sino el sujeto de una alegoría.”
De manera que, la distinción entre el objeto y el sujeto nos coloca ante una postura filosófica particular, si acaso dialéctica entre lo real y lo racional, pero donde la alegoría se refiere al sentido y forma de representación como patrimonio histórico, distinto del objeto (patrimonio), como punto de partida de la reflexión y el análisis pudiera ser el patrimonio real (en su materialidad y significado), pero en este caso se refiere a su representación o figura metafórica en las formas de un discurso construido alrededor del objeto.
La alegoría no designa únicamente los edificios, los conjuntos urbanos o los objetos materiales del pasado, sino también las formas mediante las cuales una sociedad los representa, los interpreta, los selecciona y los convierte en patrimonio. Por eso, el libro examina tanto la materialidad de los bienes como las instituciones, los discursos, las prácticas y las mentalidades que determinan su valor.
Patrimonio: de la herencia familiar al concepto «nómada»
Patrimonio. Esta palabra tan antigua y hermosa estaba inicialmente enlazada a las estructuras familiares, económicas y jurídicas de una sociedad estable, arraigada en el espacio y en el tiempo. Recalificado por diversos adjetivos (genético, natural, histórico, etc.) que lo han transformado en un concepto «nómada», el término prosigue hoy una trayectoria diferente y resonante.
Patrimonio histórico. Expresión que designa un fondo destinado al disfrute de una comunidad planetaria y constituido por la acumulación continua de una diversidad de objetos agrupados por su común pertenencia al pasado: obras maestras de las bellas artes y de las artes aplicadas, trabajos y productos de todos los saberes y habilidades humanas.
En nuestra sociedad errante, incesantemente transformada por la movilidad y la ubicuidad de su presente, la expresión «patrimonio histórico» ha llegado a ser uno de los términos clave de la tribu mediática. Remite a una institución y a una mentalidad. La transferencia semántica sufrida por el término señala la opacidad de la cosa.
El patrimonio histórico y las conductas asociadas a él se encuentran inmersos en estratos de significaciones cuyas ambigüedades y contradicciones articulan y desarticulan dos mundos y dos visiones del mundo. El culto rendido hoy al patrimonio histórico requiere mucho más que la constatación de una satisfacción.
Es preciso preguntarse sobre su sentido porque éste culto, olvidado y la vez rutilante, revela un estado de la sociedad y de los interrogantes que la habitan. Y tal es la perspectiva con la que aquí lo encaro.
El patrimonio edificado como objeto central
Entre tantas otras categorías del fondo inmenso y heterogéneo del patrimonio histórico, retengo como ejemplar la que concierne más directamente al marco de vida de todos y de cada uno: el patrimonio edificado.
En el pasado, se habría hablado de los monumentos históricos, pero las dos expresiones ya no son sinónimas. A partir de la década de 1960, los monumentos históricos constituyen sólo una parte de una herencia incesantemente incrementada por la anexión de nuevos tipos de bienes y por la ampliación del marco cronológico y de las áreas geográficas en las que tales bienes se inscriben.
La elección de Choay de centrarse en el análisis del patrimonio construido implica a la Arquitectura y el Urbanismo, pero también a la Arqueología, la Antropología y la Restauración. El patrimonio construido constituye el marco material de la vida cotidiana y permite observar de qué manera una sociedad se relaciona con su pasado en el espacio que habita.
De los monumentos históricos al patrimonio histórico
En Francia, en el momento de la creación de la primera Comission des Monuments Historiques, en 1837, las tres grandes categorías de monumentos históricos estaban constituidas por los vestigios de la antigüedad, los edificios religiosos de la edad media y algunos castillos.
En el período que siguió a la II Guerra Mundial, el número de bienes inventariado se había multiplicado por diez pero su naturaleza apenas se había alterado: pertenecen, esencialmente, a la arqueología y a la historia de la arquitectura culta.
Desde ese momento, todas las formas del arte de edificar -cultas y populares, urbanas y rurales, todas las categorías de edificios, públicos y privados, suntuarios y utilitarios- han sido incorporadas bajo nuevas denominaciones.
- Arquitectura menor: expresión proveniente de Italia para designar construcciones privadas no monumentales construidas a menudo sin la intervención de arquitectos.
- Arquitectura vernácula: expresión proveniente de Inglaterra para distinguir edificaciones marcadas por el terruño.
- Arquitectura industrial: de las fábricas, estaciones y altos hornos, expresión acuñada primero por los ingleses.
Finalmente, el dominio patrimonial ya no se limita a los edificios individuales, incluye conjuntos de edificaciones y tejidos urbanos: manzanas y barrios urbanos, aldeas, ciudades completas e incluso conjuntos de ciudades, como refleja «la lista» del Patrimonio Mundial establecida por la UNESCO.
En lo que sigue, la introducción presenta un aspecto general de la problemática en torno al patrimonio histórico, en principio la importancia que tiene partir del Patrimonio edificado (marco de la vida de todos y de cada uno), para iniciar la exploración de su relación con los monumentos y los monumentos históricos.
Ya para finales de la década de 1970, la lista de bienes del PH se incrementó cuantitativa y cualitativamente, ya no solo monumentos, edificios, conjuntos arquitectónicos y arquitectura «menos», industrias e infraestructuras, registradas en la «lista de Patrimonio Mundial» de UNESCO.
La ampliación cronológica del patrimonio
Hasta la década de 1960, el marco cronológico en el que se inscriben los monumentos históricos carecía de límites -no como ahora- hacia las fuentes del pasado, coincidiendo así con el de la investigación arqueológica. Y hacia adelante no llegaba a traspasar los límites de la segunda mitad del siglo XIX.
Hoy los belgas lamentan la desaparición de la Maison du Peuple (1896), obra maestra de Victor Horta, demolida en 1968, y los franceses la de Les Halles de Victor Baltard, destruidas en 1970, a pesar de las enérgicas protestas llegadas de toda Francia y del mundo entero.
Aunque prestigiosas, estas voces eran las de una minoría confrontada a la indiferencia general. Tanto para la administración pública como para la mayoría de las personas, los ligeros pabellones encargados por Napoleón III y Haussmann no cumplían más que una función trivial que les impedía formar parte de la clase de los monumentos.
Pertenecían, además, a una época conocida por su mal gusto. En la actualidad, una parte del París haussmanniano está declarada monumento y, en principio y desde entonces, es intocable.
Lo mismo ocurre con la arquitectura modern style, ilustrada en Francia en el cambio de siglo por Hector Guimard, Jules-Aimé Lavirotte y la escuela de Nancy, y cuya breve carrera llevó inmediatamente a asimilarla a una moda y a menospreciarla.
La entrada de la arquitectura del siglo XX
El siglo XX mismo ha forzado las puertas del dominio patrimonial. Ahora estarían sin duda clasificados y protegidos el hotel Imperial de Tokio, obra maestra de Frank Lloyd Wright (1915) que resistió a los sismos y que fue demolido en 1968; los talleres Esders de Auguste Perret (1919), demolidos en 1960; los grandes almacenes Schocken (1924) de Erich Mendelsohn en Sttutgart, demolidos en 1955; y el consultorio de Louis Kahn en Philadelphia (1954), demolido en 1973.
Recientemente en Francia, una comisión encargada del «patrimonio del siglo XX» ha trabajado en la elaboración de criterios y tipologías con el fin de no dejar escapar ningún testimonio históricamente significativo.
Los propios arquitectos también se han interesado por la protección de sus obras. Le Corbusier había empezado, en vida, a buscar la protección de sus realizaciones, once de las cuales hoy ya están clasificadas como monumento histórico y catorce protegidas mediante otras figuras patrimoniales.
La Villa Savoye ha sido objeto de varias campañas de restauración más costosas que las de numerosos monumentos medievales.
La expansión geográfica de la conservación
Finalmente, la noción de monumento histórico y las prácticas de conservación que lo acompañan se han expandido fuera del ámbito europeo en el que nacieron, su territorio exclusivo durante largo tiempo.
También es cierto que la década de 1870 vio, en el marco de la apertura de la era Meiji, la discreta entrada del concepto de monumento histórico en Japón: para ese país que había vivido sus tradiciones como parte del presente, que no conocía otra historia que la dinástica, que sólo concebía el arte -antiguo o moderno- como algo vivo, y que conservaba sus monumentos nuevos gracias a su reconstrucción ritual, la asimilación del tiempo occidental pasaba por el reconocimiento de una historia universal, por la adopción del museo y por la preservación de los monumentos como testimonios del pasado.
En la misma época, los EE UU eran los primeros en proteger su patrimonio natural, sin llegar a interesarse en la conservación de su patrimonio edificado, una preocupación más reciente que se inició con la protección de las residencias privadas de las grandes personalidades nacionales.
En cuanto a China, ajena a estos valores durante largo tiempo, ha abierto y explotado sistemáticamente el filón de sus monumentos históricos desde la década de 1970.
De las conferencias europeas a una comunidad mundial
La primera conferencia internacional para la conservación de los monumentos históricos, realizada en Atenas en 1931, reunió sólo a europeos. A la segunda, efectuada en Venecia en 1964, asistieron ya tres países no europeos: Túnez, México y Perú.
Quince años más tarde, ochenta países pertenecientes a los cinco continentes habían firmado la Convención del Patrimonio Mundial.
La triple extensión tipológica, cronológica y geográfica de los bienes patrimoniales está acompañada por el crecimiento exponencial de su público.
Este proceso también se expresa en la cantidad y origen de los expertos que ha participado en las Conferencias Internacionales: en la primera de 1931 fueron solo europeos; en la de 1964 asistieron solo tres países no europeos (Túnez, México y Perú); para 1971, en la Convención de Patrimonio Mundial, participaron 80 países de los cinco continentes.
Monumento y monumento histórico: dos nociones distintas
El trabajo comienza diferenciando las nociones de monumento y monumento histórico, que lejos de ser coincidentes mantienen relaciones opuestas con el tiempo, la memoria y el saber.
| Monumento | Monumento histórico |
|---|---|
| Es universal en el espacio y el tiempo. | Es una invención europea claramente fechada. |
| Es una creación deliberada. | Solo adquiere tal carácter a posteriori. |
| Tiene por finalidad hacer revivir en el presente un pasado superado. | En tanto que obra de arte, forma parte del presente vivido sin necesidad de que medie la memoria. |
| Está expuesto al desinterés u olvido. | Es objeto de conservación. |
¿Qué entender, en primer lugar, por monumento? En francés, el sentido original del término es aquel del latín monumentum, a su vez derivado de monere (avisar, recordar), aquello que interpela a la memoria.
La naturaleza afectiva de su vocación es esencial: no se trata de constatar cosa alguna ni, tampoco, de entregar una información neutra sino de suscitar, con la emoción, una memoria viva.
En este primer sentido, el término monumento denomina a todo artefacto edificado por una comunidad de individuos para acordarse de o para recordar a otras generaciones determinados eventos, sacrificios, ritos o creencias.
La especificidad del monumento consiste entonces, precisamente, en su modo de acción sobre la memoria que utiliza y moviliza por medio de la afectividad, para que el recuerdo del pasado haga vibrar al diapasón del presente.
El monumento como defensa contra el tiempo
Ese pasado invocado, convocado, en una suerte de hechizo, no es cualquiera: ha sido localizado y seleccionado por motivos vitales, en tanto que puede contribuir directamente a mantener y preservar la identidad de una comunidad étnica, religiosa, nacional, tribal o familiar.
El monumento es, tanto para quienes lo edifican como para los que reciben sus mensajes, una defensa contra los traumatismos de la existencia, un dispositivo de seguridad. El monumento asegura, da confianza, tranquiliza al conjurar el ser del tiempo.
Garante de los orígenes, el monumento calma la inquietud que genera la incertidumbre de los comienzos. Desafío a la entropía y a la acción disolvente que el tiempo ejerce sobre todas las cosas, naturales y artificiales, el monumento intenta apaciguar la angustia de la muerte y de la aniquilación.
Choay expone los motivos y la manera que aborda el contenido capitular, empezando por la problematización del «monumento», el sentido memorial y conmemorativo y su relación con el pasado, dispuesto para generar una reacción en el presente en una comunidad determinada.
La pérdida del sentido memorial
Pero también señala las causas de su desaparición: la introducción de elementos distintos en la valoración de la memoria, o las memorias artificiales: 1) la belleza arquitectónica (Alberti); 2) las memorias artificiales: la escritura (Platón), la imprenta (Perrault, Victor Hugo) y la fotografía (Bartres).
Cuestionamiento de la importancia del monumento y su sentido memorial, que va de la antigüedad a las sociedades «avanzadas».
Destacan ciertos territorios poco intervenidos, que conservan la memoria de pueblos sobre hechos relevantes: lugares de guerra, panteones, ciudades reconstruidas y lugares del holocausto, entre otros.
La invención europea del monumento histórico
Los cuatro capítulos siguientes caracterizan la evolución del significado de la noción de monumento histórico “a partir de la fase antiquizante del Quattrocento -cuando los monumentos elegidos pertenecían exclusivamente a la antigüedad- hasta la fase de consagración que institucionaliza la conservación del monumento histórico”.
Choay sitúa el nacimiento del monumento histórico y los inicios de la conservación en la Roma de la década de 1420. La autora cita numerosos testimonios que dan cuenta del surgimiento de la mirada distanciada y estetizante que, al posarse sobre los edificios, hizo de ellos objetos de reflexión y contemplación.
Esta actitud, síntesis de las aproximaciones histórica y artística, es la que llevó a los humanistas del Cuatrocientos a multiplicar las protestas contra el pillaje de los edificios antiguos.
Los papas de los decenios sucesivos se harán eco de tales condenas prohibiendo la utilización de las antigüedades como canteras, aunque ellos mismos seguirán extrayendo piedra de aquellas edificaciones para levantar sus propias construcciones.
Desajustes de este tipo entre el discurso y la práctica -deseo de conservar y necesidad de construir- se constatan en todas las épocas analizadas en el libro, lo que se explica por la complejidad de las fuerzas contradictorias a las que están sometidos los actores.
La Revolución Francesa y la memoria nacional
La autora se detiene a examinar con detenimiento el significado que la Revolución Francesa dio a los monumentos históricos.
De los decretos e instrucciones publicados por el Comité de Instrucción Pública, infiere que se les otorga, ante todo, un valor nacional que es el que legitima a los otros valores-cognitivo, económico y artístico por orden de importancia-, el que justifica la necesidad de inventario y el que inspira las medidas de conservación.
En otras palabras, se hace del monumento histórico la memoria viva de la nación.
Sin embargo, desde la segunda década del siglo XIX se advierte una inversión en la jerarquía de valores atribuidos a los monumentos históricos ya que, por primera vez, estos son objeto de un interés fundamentalmente estético.
La toma de conciencia de la degradación del entorno que provoca la industrialización -junto a otros factores como el romanticismo- hace privilegiar el valor artístico de los monumentos, al tiempo que conduce a un refinamiento de los instrumentos jurídicos y administrativos para protegerlos.
Especialmente significativas son, en este sentido, la creación en 1830 del cargo francés de inspector de monumentos históricos y la promulgación en 1887 de la ley gala sobre monumentos históricos, con la que el Estado se dota de una poderosa infraestructura para garantizar su conservación.
Restauración y conservación: dos doctrinas enfrentadas
Al mismo tiempo, el debate europeo sobre la restauración se enriquece con el enfrentamiento de dos doctrinas antagónicas: la intervencionista, predominante en los países continentales, y la antiintervencionista, propia de Gran Bretaña.
Choay analiza detalladamente esta polémica clave en la historia de la restauración. Según el enfoque intervencionista, cuyo mayor exponente fue el arquitecto Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc, “restaurar un edificio es restablecer un estado completo que puede no haber existido nunca”.
Esta postura se funda en una concepción ideal o abstracta del monumento histórico, que lleva a afirmar que la restauración no tiene por qué tener en cuenta la autenticidad del objeto restaurado.
En cambio, para los antiintervencionistas, representados por John Ruskin, restauración y conservación son nociones incompatibles porque la pátina del tiempo forma parte de la esencia del monumento histórico.
En su concepción más radical, esta doctrina postula que toda intervención es un sacrilegio porque el destino irremediable del monumento es la ruina.
La síntesis de Camillo Boito
El mérito de la autora consiste en interpretar el pensamiento de Camillo Boito como una elaborada síntesis de ambas posturas.
Este arquitecto, escritor y crítico de arte italiano no niega que haya que intervenir en los edificios cuando estudios exhaustivos así lo aconsejen, pero siempre es preciso respetar tanto su singularidad, como la pátina que el tiempo ha posado sobre ellos.
Lo que, entre otras cosas, implica adoptar el criterio de mínima intervención y diferenciar ostensiblemente las partes correspondientes a las obras de restauración.
La aparición del patrimonio urbano
En el quinto capítulo, Choay indaga en la aparición de la noción de patrimonio urbano, que es cuatrocientos años más tardía que la de monumento histórico.
Respecto a la invención del patrimonio urbano, Choay apunta que en la génesis de dicho concepto se encuentra la conversión de la ciudad antigua en un objeto de saber histórico, lo que solo pudo tener lugar a raíz de la transformación del espacio urbano que provocó la industrialización.
Hasta que no se hizo patente la diferenciación entre la ciudad histórica y la ciudad industrial aquella no pudo ser considerada en su conjunto y, por tanto, pensada como un objeto de conservación en su totalidad.
Lo que lleva a la autora a afirmar que “la noción de patrimonio urbano histórico se construye a contracorriente del proceso de urbanización dominante”; y añade que es el resultado de una dialéctica de la historia con la historicidad que implica tres miradas cronológicamente sucesivas a la ciudad antigua: memorial, histórica e historial.
Las tres miradas sobre la ciudad antigua
La mirada memorial de John Ruskin
El primero de estos enfoques -el memorial- es el que se desprende de los textos de Ruskin. Una de sus innovaciones fundamentales fue considerar el tejido urbano antiguo como una entidad específica.
Para Ruskin, el conjunto de la ciudad preindustrial configura una armonía de la que participan tanto los edificios de arquitectura culta como los de arquitectura vulgar o doméstica, lo que le impide concebir los primeros desligados de los segundos.
Además, toda la ciudad antigua posee para Ruskin el carácter de monumento en el sentido original y etimológico del término, ya que apela a la memoria colectiva y habla acerca de los hombres que la habitaron.
Sin embargo, Ruskin es incapaz de situar estos descubrimientos en su perspectiva histórica, pues en vez de abogar por la conservación de la ciudad preindustrial en tanto que monumento histórico con una función memorial, propugna, mediante una argumentación que en realidad es profundamente antihistórica, una vuelta a la sociedad del pasado.
La mirada histórica de Camillo Sitte
Choay cita a Camillo Sitte como el mayor exponente de la aproximación histórica a la ciudad preindustrial.
En 1889 publicó un pequeño ensayo titulado “Construcción de ciudades según principios artísticos” en el que se constatan los inconvenientes estéticos que presenta la ciudad contemporánea.
El objetivo de Sitte radica en mostrar en qué medida la ciudad moderna podría irradiar belleza plástica a partir de lecciones extraídas de la ciudad antigua.
No obstante, Choay señala que el modelo ideado por el maestro vienés plantea una antinomia irresoluble, dado que propone crear racional y deliberadamente unas formas que en el pasado fueron producidas orgánicamente.
El mismo Sitte es consciente del carácter fingido que tendría un paisaje natural y artificial al mismo tiempo, aunque no es capaz de salvar esta dificultad.
El libro de Sitte se centra casi con exclusividad en la función propedéutica que tiene la ciudad del pasado, pero de él se infiere otro importante tema al que el arquitecto apenas prestó atención: el de la conservación de los tejidos antiguos.
La ciudad histórica como pieza de museo
Serán los seguidores del vienés quienes lo desarrollarán, atribuyendo a la ciudad preindustrial una función museal.
Más que concebir el espacio urbano como un museo, con ello la autora quiere dar a entender que el conjunto urbano es concebido como una pieza de museo, carácter que le viene dado por ser un objeto raro, frágil, bello y en trance de desaparecer.
Sin embargo, como toda obra expuesta en un museo, la ciudad antigua debe, con arreglo a esta visión, desligarse de los circuitos de la vida cotidiana y desprenderse de sus usos y habitantes.
Lo que lleva a la autora a afirmar que “al transformarse en histórica, la ciudad pierde su historicidad”.
La mirada historial de Gustavo Giovannoni
Gustavo Giovannoni, inventor, según Choay, del término “patrimonio urbano”, fue quien halló la forma de sintetizar y superar las aproximaciones precedentes mediante un enfoque que la autora califica de historial.
Este italiano tenía una triple formación. Como ingeniero, intuyó desde la segunda década del Novecientos que la implantación de las grandes redes de comunicación y telecomunicación acarrearía un proceso de desintegración de la ciudad densa en beneficio de una urbanización difusa y a escala territorial.
Como arquitecto, comprendió que la nueva sociedad no podría funcionar únicamente a escala territorial, sino que requeriría unidades de vida a escala local.
Y como historiador del arte estableció que la ciudad preindustrial, aun teniendo un papel memorial, propedéutico y museal, podía igualmente desempeñar aquella función, pues su forma y dimensión hacen de ella un lugar idóneo para albergar determinados usos contemporáneos “de proximidad”.
De este modo, Giovannoni otorga a la ciudad antigua el valor de uso para el presente que otros le habían negado, justificando la conservación del patrimonio sin la necesidad de congelarlo.
La aproximación que propone Giovannoni es el punto de llegada de la historia de la construcción del concepto de patrimonio urbano que describe Choay.
Con posterioridad, se han producido importantes aportaciones conceptuales y metodológicas, pero estas siguen en buena medida enmarcándose en la mirada historial del italiano a la ciudad antigua.
Conservar sin congelar la ciudad
La perspectiva de Giovannoni permite superar la oposición entre conservación y vida urbana. El conjunto histórico no debe quedar aislado de la sociedad ni convertirse en una pieza inerte separada de sus habitantes.
La ciudad antigua puede desempeñar funciones contemporáneas “de proximidad” precisamente porque conserva una escala, una forma y una densidad capaces de acoger usos actuales.
La conservación del patrimonio urbano no equivale, por tanto, a reconstruir una imagen fija del pasado. Implica mantener la continuidad de la vida urbana y reconocer que los edificios y tejidos históricos han sido modificados, reutilizados y reinterpretados a lo largo del tiempo.
La historia de la arquitectura, desde la época del románico a la del gótico flamígero o a la del barroco, puede leerse en algunos de los grandes edificios religiosos europeos: en las catedrales de Chartres, de Nevers, de Aix-en-Provence, de Valence o de Toledo.
La seducción de una ciudad como París proviene de la diversidad estilística de sus arquitecturas y de sus espacios. Éstos no deben ser inmovilizados por una conservación intransigente sino continuada: de ahí la pirámide del Louvre.
Patrimonio, modernización y destrucción
El acuerdo patrimonial y la concertación de las prácticas de conservación no transcurren, sin embargo, sin disonancias. Los logros alcanzados empiezan a inspirar inquietudes: ¿no llegarán a engendrar la destrucción de su objeto?
Los efectos negativos del turismo no se hacen sentir solamente en Florencia o en Venecia. La antigua ciudad de Kioto se degrada día a día. En Egipto, ha sido necesario cerrar las tumbas del Valle de los Reyes.
En Europa, como en otras partes, la inflación patrimonial es combatida y denunciada también por otros motivos: costos de mantenimiento, falta de adaptación a los usos actuales, efecto paralizante sobre grandes proyectos de ordenación territorial.
Se invocan igualmente la necesidad de innovar y las dialécticas de la destrucción que, a lo largo de los siglos, han ido estableciendo la sucesión de los antiguos por los nuevos monumentos.
La destrucción como parte de la historia urbana
De hecho, y sin remontarse hasta la antigüedad o a la edad media y limitándose al sólo ámbito de Francia, baste recordar los centenares de iglesias góticas que fueron destruidas durante los siglos XVII y XVIII para su «embellecimiento» y reemplazadas por edificios barrocos o clásicos.
Pierre Patte, el arquitecto de Luis XV, preconizaba «el abandono» de todas las construcciones góticas en su Plan para la Mejora y el Embellecimiento de París.
Los mismos monumentos de la antigüedad, por muy prestigiosos que fueran en el período clásico, no dejaban por ello de ser destruidos -como ocurrió con el palacio de Tutela en Burdeos- desde el momento que obstruían los proyectos de modernización de ciudades y de territorios.
En Francia, la tradición de destrucción edificatoria y de modernización ilustrada por tales ejemplos sirve hoy de aval y de justificación a numerosos políticos cuando se oponen a los planteamientos de los arquitectos responsables del patrimonio y de las comisiones de monumentos históricos y sectores protegidos.
El conflicto entre progreso y conservación
En nombre del progreso técnico y social, de la mejora de las condiciones de vida, el teatro de Nimes -clave de un conjunto neoclásico único en el país- ha sido reemplazado por un centro cultural polivalente.
El mismo tipo de argumentos continúa siendo esgrimido en el Magreb y en Oriente Próximo para justificar la destrucción o la alteración de las medinas: tanto en Túnez como en Siria o en Irán, la voluntad política de modernización ha sido apoyada por la ideología del CIAM y sus vedettes.
Los arquitectos invocan, por su parte, el derecho de los artistas a la creación. Quieren, como sus predecesores, marcar el espacio urbano y no ser relegados fuera de sus límites ni verse condenados al pastiche en las ciudades históricas.
Recuerdan que, en una misma ciudad o en un mismo edificio, los estilos han coexistido -yuxtapuestos y articulados- a lo largo del tiempo.
Los derechos de arquitectos y propietarios
Los propietarios, por su parte, reivindican el derecho a disponer libremente de sus bienes para extraer los placeres o los beneficios de su elección.
Argumentos que chocan, en Francia, con una legislación que privilegia el interés público. Pero que no dejan de prevalecer, sin embargo, en los EE UU, donde la restricción a la libre disposición del patrimonio histórico privado se considera una limitación de la libertad de los ciudadanos.
Las voces discordantes de los adversarios son tan poderosas como su determinación. No hay día en que no surjan nuevos casos.
Las amenazas permanentes que pesan sobre el patrimonio no impiden, sin embargo, un amplio consenso en favor de su conservación y de su protección en las sociedades industriales avanzadas, oficialmente defendidos en nombre de los valores científicos, estéticos, memoriales, sociales y urbanos encarnados en ese patrimonio.
El culto contemporáneo al patrimonio
Desde los años ochenta, la conservación y la valorización del patrimonio urbano han ido adquiriendo un carácter cada vez más prioritario en las políticas urbanas.
La emergencia en el urbanismo de planteamientos favorables a las tramas densas y mixtas o la opción estratégica que muchas ciudades han hecho por el turismo, son fenómenos que contribuyen a explicar esta creciente preocupación por el patrimonio histórico y cultural.
Sin embargo, la inserción del patrimonio en la ciudad contemporánea no está ni mucho menos exenta de problemas, entre los que se pueden señalar la musealización de centros históricos, la destrucción de tejidos antiguos o los impactos negativos ocasionados por la afluencia masiva de turistas.
Las actuaciones de los políticos y técnicos no siempre han sido todo lo respetuosas que cabría esperar y en demasiadas ocasiones han implicado una auténtica banalización del patrimonio urbano.
Es preciso juzgar críticamente muchas de las actitudes oficiales y denunciar aquellas intervenciones que no sean lo suficientemente cuidadosas con la herencia construida de la ciudad.
Los valores del patrimonio más allá de la estética
Para ello, debemos interrogarnos acerca del sentido amplio que tiene el patrimonio urbano, pues solo conociendo su razón de ser profunda nos será posible plantear actuaciones de altas miras.
Más allá de contribuir al conocimiento de la historia del arte, o de ser uno de los productos predilectos de la moderna industria del ocio, el patrimonio encierra unos valores que rebasan lo puramente estético.
Se requieren estudios que pongan de manifiesto su marcado significado social, razón por la que hay que celebrar la reciente publicación en castellano del libro Alegoría del patrimonio de Françoise Choay.
Las amenazas permanentes que pesan sobre el patrimonio no impiden, sin embargo, un amplio consenso en favor de su conservación y de su protección en las sociedades industriales avanzadas, oficialmente defendidos en nombre de los valores científicos, estéticos, memoriales, sociales y urbanos encarnados en ese patrimonio.
Patrimonio, turismo e industria cultural
Por último, la autora critica severamente las políticas culturales de las últimas décadas y aboga por la protección incondicional de los monumentos históricos y el patrimonio urbano frente a la creciente explotación económica de que son objeto.
Choay dedica la última parte del libro a abordar esta cuestión, postulando la necesidad de adoptar medidas estratégicas -creación de réplicas para proteger los originales, control de flujos turísticos, etc.- contra los efectos perversos del uso masivo del patrimonio.
Así, un antropólogo americano sostiene que, a través de la mediación del «turismo de arte», el patrimonio edificado será el lazo federador de la sociedad mundial.
Consenso / contestación: las razones y los valores invocados en favor de cada posición requieren un examen y una evaluación críticos.
La inflación patrimonial y sus contradicciones
Inflación: se la ha podido atribuir a alguna estrategia política, incluye muy evidentemente una dimensión económica y señala, sin duda, una reacción ante la mediocridad del urbanismo contemporáneo.
Sin embargo, estas interpretaciones de las conductas patrimoniales no son suficientes a la hora de explicar su extraordinario desarrollo. Ni logran, tampoco, agotar su sentido.
Indagar en el enigma de ese sentido constituye, justamente, mi propósito: la zona semántica del patrimonio edificado en vías de constitución, escasamente penetrable, a la vez fría y candente.
El crecimiento de los bienes patrimoniales registrados, se enfrentan simultáneamente el olvido (abandono) y la promoción, dado su considerable estado de deterioro, además del impacto generado por la destrucción del crecimiento urbano, la desatención gubernamental y la demolición deliberada, entre otros factores, ha generado una gran demanda de modelos de organización gubernamental para el registro, protección e intervención de sitios y monumentos.
También ha generado una demanda de recursos administrativos, jurídicos y económicos para su preservación, que usualmente no están previstos, ni forman parte de las prioridades de los Estados; también se ha elevado exponencialmente la demanda de especialistas en restauración sin contar con una base formativa suficiente.
En este contexto el «publico» ha crecido mucho más que la capacidad de atención del PH, lo que cuestiona la posibilidad de cumplir con la preservación del patrimonio histórico.
La estructura del libro de Françoise Choay
El texto, cuya primera edición francesa data de 1992, es una obra ya clásica de la caracterización del patrimonio urbano.
La autora explora en profundidad su significado a lo largo de los últimos cinco siglos, concluyendo que el sentido que se otorga al patrimonio guarda relación con motivaciones existenciales e informa acerca de las sociedades que lo afirman.
Respecto del libro y su contenido, conviene comentar que está integrado por una valiosa introducción y siete capítulos, los primeros seis presentan una secuencia temporal y contextual.
- Los primeros capítulos estudian el proceso de configuración del concepto de monumento y la transición a monumento histórico.
- Otro capítulo aborda la emergencia del concepto de patrimonio urbano.
- La parte final analiza la irrupción de la noción de patrimonio histórico y sus implicaciones en la era de la industria cultural.
- El capítulo VII es un anexo, constituido por un documento de 1830 sobre la institución del cargo de inspector de monumentos en Francia.
Los primeros seis presentan una secuencia temporal y contextual, primero, sobre el proceso de configuración del concepto de monumento y la transición a monumento histórico (I-V), la emergencia del concepto de Patrimonio urbano (V) y la irrupción de la noción de “patrimonio histórico” y sus implicaciones en la “era de la industria cultural” (VI).
Una arqueología del patrimonio
Frente a este universo destaca la “consagración del monumento histórico”, como parte de un proceso histórico que no nace con la aparición del término (neologismo), cuyo origen se remonta al Renacimiento con Alberti, y pasa por la Revolución Francesa hasta la primera mitad del siglo XIX.
A partir de aquí, Choay, acota su investigación como una Arqueología necesaria, que no exige una excavación exhaustiva ni extensiva, para mostrar el carácter alegórico del patrimonio (histórico).
Para situarme, me remontaré en el tiempo en busca de unos orígenes pero no de una historia; utilizaré imágenes y referencias concretas, pero no haré un inventario.
Y previamente hay que precisar -al menos provisionalmente- el contenido y la diferencia entre dos términos que sirven de base al conjunto de las prácticas patrimoniales: monumento y monumento histórico.
La vigencia de la edición de Gustavo Gili
Seguramente, entre los libros más consultados y citados sobre el tema de patrimonio en las academias de Arquitectura, Urbanismo, Arqueología, Historia del Arte y Conservación -y en los selectos ámbitos gubernamentales (culturales) donde estos especialistas participan-, destaca el libro de Françoise Choay.
Publicado en francés en 1992 por Ediciones de Seuil y 15 años después (2007), la Editorial Gustavo Gili de Barcelona publicó la primera edición en castellano.
A 28 años de distancia de la primera edición, el libro no solo destaca por la vigencia de la temática y problemática que aborda y de alguna manera anticipa, sino que encuentra nuevas expresiones y desafíos, con el explosivo desarrollo de las llamadas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), hasta la inteligencia artificial (IA).
En el contexto neoliberal que impacta la producción arquitectónica y urbana, colocada en el centro de la “competencia en y entre ciudades”, el patrimonio potencializa su importancia en los mercados internacionales y soporta un lucrativo componente de la llamada “marca de lugar”.
Este nuevo sentido del patrimonio desborda el expuesto inicialmente por Choay como alegoría y crítica al “culto del patrimonio histórico” y que, desde entonces, desplegaba la reflexión en distintas direcciones, pero sin despegarse de su materialidad y sentido social (humano).
El patrimonio como problema social y urbano
El libro destaca por varias razones, entre ellas la elección de Choay de centrarse en el análisis del patrimonio construido, implicando a la Arquitectura y el Urbanismo, pero también por su papel y competencia a la Arqueología, la Antropología y la Restauración.
La autora muestra una exhaustiva investigación en esos campos, con una trayectoria académica y editorial especializada, donde se aprecia un interés por el significado de las edificaciones, mas por los usuarios (público) que por los creadores.
El patrimonio se sitúa en contextos geográficos, epistemológicos e históricos diferentes, en los que además, se aprecia una valoración distinta por parte de especialistas, dueños y responsables de -en su caso- preservarlos y documentarlos y aprovecharlos, bajo diferentes formas del Poder.
Para comprender el patrimonio urbano no basta con identificar los edificios valiosos ni con enumerar las normas de protección. Es necesario estudiar los conflictos entre memoria y olvido, conservación y transformación, uso cotidiano y musealización, interés público y propiedad privada, creación contemporánea y respeto por la herencia construida.
Una obra francocéntrica y sus límites
Para concluir, conviene apuntar que Alegoría del patrimonio es una obra profundamente francocéntrica.
La misma autora advierte en la introducción que buena parte de sus ejemplos están tomados de Francia, aunque el problema, desde mi punto de vista, no reside aquí sino en la omisión de importantes tradiciones europeas e iberoamericanas.
Así, por poner un ejemplo, no menciona el vivo debate que se planteó en España desde comienzos del tercer decenio del siglo XIX, cuando románticos como José Mª Quadrado relacionaron la destrucción de monumentos históricos con la degradación moral del siglo.
Pese a ello, el libro sigue constituyendo, tras más de quince años desde su aparición, una obra clave para comprender el significado del patrimonio urbano y la necesidad de estudiarlo y protegerlo.
