La Segunda Guerra Mundial fue un conflicto sin precedentes que involucró a casi todo el mundo y cambió el curso de la historia moderna.
Hace 80 años, el 1 de septiembre de 1939, empezó el conflicto bélico más grande de la humanidad con más de 60 millones de muertos.
La Segunda Guerra Mundial dejó más de sesenta millones de muertos, entre militares y civiles: 49 millones por parte de los países Aliados y 12 millones de las Potencias del Eje.
Se trata de la catástrofe más grande creada por el ser humano contra sus congéneres nacida de la ambición de Adolf Hitler para fundar el Tercer Reich y ampliar su dominio en el mundo bajo la premisa de una raza superior.
El llamado Día de la infamia fue el viernes 1 de septiembre de 1939 cuando Alemania invadió Polonia.
Entonces, Reino Unido, buena parte de los países de la Commonwealth, Francia y Polonia declararon la guerra a Hitler.
Personas que cambiaron el mundo, la geopolítica y la manera de hacer política y seducir al pueblo.
Supieron que más allá del discurso, de las verdades, las promesas, las artimañas o las mentiras para lograr sus objetivos estaba la verdadera propaganda, la imagen, su imagen, el acercamiento a la gente y la puesta en escena para buscar la conexión.
Sus decisiones cambiaron una y otra vez el rumbo del conflicto.
Algunos promovieron el enfrentamiento militar y otros trataron de evitarlo -o de no involucrar a sus países-, pero todos jugaron un papel determinante.

1. Adolf Hitler
Adolf Hitler fue un político, militar, pintor y escritor alemán, de origen austrohúngaro, canciller imperial desde 1933 y líder de Alemania desde 1934 hasta su muerte.
Adolf Hitler fue el líder del Tercer Reich y el principal arquitecto del Holocausto.
Llevó al poder al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán o Partido Nazi y lideró un régimen totalitario durante el período conocido como Tercer Reich o Alemania nazi.
Además, fue quien dirigió a Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que inició con el propósito principal de cumplir sus planes expansionistas en Europa.
Su liderazgo despiadado y su ideología nazi llevaron a la Alemania nazi a la guerra y a la persecución de millones de personas, incluidos judíos, homosexuales y discapacitados.
En poco más de una década, desde que ascendió al poder a comienzos de 1933 hasta su suicidio el 30 de abril de 1945, el Führer transformó el Viejo Continente.
Liquidó las instituciones democráticas de la república e instauró una dictadura de partido único, reprimió sin miramientos cualquier oposición y puso en marcha de la mano de Goebbels un maquiavélico aparato de propaganda.
La propaganda justificaba sus políticas mediante la superioridad de la raza aria, la exaltación nacionalista, la sed de venganza, el rearme militar, la recuperación de territorios, las políticas anticomunistas y, sobre todo, las políticas antisemitas.
«Alemania será una gran potencia mundial o no será nada».
O todo o nada, esa era su filosofía.
Su delirio pangermanista y su teoría del «espacio vital» fueron el sustento de su agresivo expansionismo.
Para ello, a pesar de las limitaciones y restricciones impuestas en Versalles, modernizó y reorganizó un potente ejército.
Pero sus ideales y teorías no eran desconocidos, todo ello venía detallado en su libro Mein Kampf (Mi lucha) que escribió, con la ayuda de Rudolf Hess, cuando estaba en la prisión de Landsberg, tras su fallido Putsch de Múnich en noviembre de 1923.
En él se aprecia el proceso de su ideología hasta llegar a su profundo antisemitismo, advirtiendo del «peligro judío» y de su temor a una conspiración judía para dominar el mundo.
Plasma lo que para él eran los grandes males del universo: el comunismo y el judaísmo.
Y expone las primeras líneas para ganar Lebensraum («espacio vital») hacia el este, especialmente en Rusia.
Avisada estaba la humanidad, pero no se le hizo caso a tiempo.
Ya asentado en el poder comenzó su guerra con estos dos “males”, no sin antes ocuparse de limpiar su casa y purgar a sus enemigos internos como hizo la famosa «noche de los cuchillos largos» en 1934.
Las agresiones contra la comunidad judía estaban al orden del día, apoyadas en las leyes racistas de Núremberg, y la «noche de los cristales rotos» fue su puesta en escena que llevaría a su teoría de la «Solución Final», es decir, el exterminio sistemático de los judíos europeos.
Su política internacional preguerra también fue un buen indicio de sus intenciones.
La configuración del Eje con la Italia de Mussolini y el Imperio del Sol Naciente no dejaba dudas, ni tampoco su apoyo indiscutible al bando de los rebeldes de Franco en la guerra civil española (1936-1939), que le sirvió de paso para probar parte de su maquinaria bélica como fue la Luftwaffe.
El 5 de abril de 1939, Roosevelt, temiéndose lo que se venía encima, escribió a Hitler y Mussolini pidiendo que finalizaran sus políticas agresivas y firmasen tratados que garantizasen la paz en Europa, prometiendo por su parte acuerdos de libertad de comercio.
La respuesta no se hizo esperar mucho y el 28 de abril Hitler pronunció un discurso en el Reichstag, en el que desarrolló todas sus quejas históricas, desde las afrentas recibidas por el Tratado de Versalles hasta los logros de su partido para sacar al país del paro y la ruina.
Su discurso fue una prueba evidente de su cinismo, mentira y falsedad, que llevó al mundo a tirarse por un precipicio.
De esta forma se llegó a la fatídica fecha del 1 de septiembre de 1939, cuando la Wehrmacht invadió Polonia.
Los primeros años de la guerra mundial no auguraban nada bueno para el mundo libre y democrático.
La «guerra relámpago» (Blitzkrieg) de su moderno ejército arrollaba a quien se ponía delante y estuvo cerca de conseguir su diabólico objetivo, después de ocupar gran parte de Europa occidental y ganarse otros países como aliados.
Hitler dirigió personalmente el esfuerzo de guerra de Alemania y fue responsable de algunas de las decisiones más controversiales de la Segunda Guerra Mundial, como la invasión de la Unión Soviética y la decisión de no evacuar a las tropas alemanas atrapadas en Stalingrado.
Dirigió casi de forma personal la guerra desde el inicio a través del OKW, el Mando Supremo de la Wehrmacht, aunque su idea de la guerra no era respaldada por gran parte de sus generales.
Estos estaban aterrados ante la perspectiva de una guerra en dos frentes imposible de ganar, por lo que Hitler fue sustituyendo a los principales responsables de la Wehrmacht porque los encontraba dubitativos o pusilánimes.
Fracasó en su intento de doblegar al Reino Unido invadiendo su territorio y conquistando su cielo en la batalla de Inglaterra.
Su vista giró hacia la URSS en 1941, poniendo en marcha la búsqueda de su «espacio vital» y su odio al comunismo.
Estuvo cerca de alcanzar también ese objetivo hasta que en 1943, tras la derrota en Stalingrado, todo se volvió en su contra.
El Ejército Rojo no solo echaría a los alemanes de su territorio, sino que llegaría de forma demoledora a Berlín en mayo de 1945.
A todo ello hay que sumar el avance de británicos y estadounidenses principalmente desde las playas de Normandía, en junio de 1944, con el mismo objetivo.
Acosado por todas partes, Hitler veía desmoronarse su castillo de naipes.
Con sus ejércitos en franca retirada, no aceptaba la rendición en sus últimos delirios de grandeza, arrastrando a su país a la catástrofe total.
Después de haber llevado al mundo al caos, provocando una guerra mundial y un genocidio sin precedentes, dejando una siniestra huella con sus campos de concentración, acabó suicidándose en el búnker de la Cancillería donde se había refugiado, pocos días después de la entrada de los rusos en Berlín.
El mismo día de su boda, dictó a su secretaria su testamento político, en el que nombraba canciller al almirante Dönitz y designaba un nuevo gobierno.
En ese último documento, Hitler trataba de engañar a la Historia: él quería la paz, pero Europa se había lanzado por el camino del rearme en el periodo de entreguerras, empujada por comunistas y judíos.
Ni sombra de reproches o autocrítica: murió inmerso en su delirio.
2. Winston Churchill
Winston Churchill fue el primer ministro británico durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial y es ampliamente considerado como uno de los grandes líderes de la historia.
La operación León Marino, diseñada por Hitler para conquistar Gran Bretaña, no solo no asustó a Churchill, sino que le espoleó para volver a la primera línea de la que estaba alejado desde hacía un tiempo.
Todo ocurrió justo en el momento en el que no solo su país, sino toda Europa, vivían una situación límite frente al rodillo alemán.
Ya había alzado la voz cuando en 1938, tras los acuerdos de Múnich, que en teoría eran un triunfo de la paz, Chamberlain se plegó a las intenciones de Hitler con su política de apaciguamiento.
Churchill denunció esa situación de miedo, inutilidad y cobardía.
Empezaba a resurgir su capacidad de liderazgo.
Cuando comenzó la guerra en septiembre de 1939, Chamberlain era el primer ministro británico, pero en mayo del año siguiente tuvo que dimitir, ocupando su puesto Churchill, que dio un paso hacia delante ante una situación crítica y dramática.
Churchill lideró a Gran Bretaña a través de algunos de los momentos más difíciles de la guerra, incluyendo la Batalla de Gran Bretaña y la evacuación de Dunkerque.
El 13 de mayo de 1940, en la Cámara de los Comunes, pronunció uno de los discursos más famosos:
«…no tengo otra cosa que ofrecer, sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” (…) pelearemos en las playas, pelearemos en los sitios de desembarco, pelearemos en los campos y en las calles, pelearemos en las colinas: nunca nos rendiremos».
La palabra fue su arma decisiva para ganar la guerra, al menos de puertas adentro.
Maestro de la retórica, elevó la moral del pueblo al tiempo que incrementaba el poder militar británico, en especial su aviación.
También fue un fuerte defensor de la resistencia contra la Alemania nazi y trabajó estrechamente con los líderes aliados, como Franklin D. Roosevelt y Joseph Stalin, para derrotar al Eje.
Trabajó arduamente para conseguir la ayuda de los Estados Unidos en el esfuerzo bélico y los japoneses en Pearl Harbor se la pusieron en bandeja de plata.
Fue frenética su actividad diplomática para adherir aliados a la causa, como lo demuestran las conferencias del año 1943, especialmente con los estadounidenses y con los soviéticos.
Con el desembarco de Normandía, el 6 de junio de 1944, además de lo que supuso para el devenir de la guerra, a él de forma personal le supuso quitarse una espina que perduraba desde el desastre en Galípoli en la Primera Guerra Mundial.
Su papel en la Conferencia de Yalta de febrero de 1945 fue clave, enfrentándose a Stalin en su propio terreno.
Distinto fue en la de Potsdam, una vez finalizada la guerra en su frente europeo y donde se dirimió el futuro de Europa, en julio de 1945, cuando se tuvo que retirar al haber perdido las elecciones frente al laborista Clement Attlee.
Dejando solos a dos novatos, su sucesor y Truman, frente al experimentado Stalin, se daban los primeros pasos, si no se habían dado ya en Yalta, de la Guerra Fría.
Curioso este hecho: después de haber sido el líder de su país en la guerra, fue derrotado en las urnas.
Tras este traspiés se retiró a escribir y alcanzó el Premio Nobel de Literatura en 1953.
En 1951, con 76 años, ganó sus primeras elecciones, fue primer ministro por elección popular y protagonizó los primeros años de esa Guerra Fría.
Falleció el 24 de enero de 1965.
20 Frases de Winston Churchill 🎩 | El gobierno en tiempos de guerra
3. Franklin D. Roosevelt
Franklin D. Roosevelt fue el presidente de los Estados Unidos durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial y lideró al país a través de la Gran Depresión y la guerra.
Antes de que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt ya había escrito algunas páginas de la historia de su país como le había sucedido a Churchill.
La depresión económica que se vivía en la década de los años 20, con la crisis bursátil de 1929, le dieron la oportunidad con sus propuestas y consiguió la confianza de sus compatriotas para ser presidente.
Estas propuestas se resumen en lo que hemos conocido como New Deal, una serie de recetas de política económica que por los mismos años teorizó John M. Keynes.
Rompió con las teorías del capitalismo habituales en los Estados Unidos para promover la intervención del Estado en cuestiones económicas, frenar los efectos sociales de la crisis aumentando el déficit público y abrir las puertas al Estado del bienestar.
Aunque no sería hasta la entrada en la guerra, con el rearme militar estadounidense, cuando consiguió relanzar el crecimiento económico.
Roosevelt fue un defensor temprano de la intervención estadounidense en el conflicto y trabajó incansablemente para apoyar a los Aliados.
A pesar de ser reacio a la entrada de su país en la guerra, totalmente impopular entre sus ciudadanos, que recordaban experiencias pasadas, sí que se alineó desde el primer momento con el bando aliado en defensa de las libertades.
Apoyó a los Aliados desde el principio de la guerra con el acuerdo de Cash and Carry, suministrando al Reino Unido ayuda por valor de unos ocho mil millones de dólares.
Pero era consciente de que con eso solo no sería suficiente.
Si Hitler ganaba la guerra y los japoneses se expandían por el Pacífico, Estados Unidos tendría un gran problema.
A finales de 1940 tenía prácticamente decidido entrar en el conflicto, pero había que “convencer” a sus compatriotas.
Puso en marcha lo que se ha conocido como «Charlas junto a la chimenea», donde el presidente se dirigía por radio a sus conciudadanos de forma cercana, casi hogareña, hablando directamente a cada uno de ellos de forma familiar, sencilla y directa.
Trataba no solo de convencerlos con sus argumentos sino, también, de conquistar sus corazones.
Así, en la primera de ellas, el 29 de diciembre de 1940, les dijo:
«No escaparemos al peligro metiéndonos en la cama y tapándonos la cabeza con las mantas. Una nación no puede alcanzar la paz con los nazis más que a costa de una abdicación total (…). Y aquí, en América, viviríamos ante la boca de un cañón nazi, de un cañón cargado de metralla que nos provocaría la ruina económica y el desastre militar (…). Es imprescindible que nos convirtamos en el gran arsenal de las democracias».
El impacto en la ciudadanía fue tremendo e instantáneo.
Miles de cartas y telegramas inundaron la Casa Blanca.
El 70% de los estadounidenses había escuchado el mensaje y el 60% estaba de acuerdo.
Roosevelt ya tenía el respaldo popular que aprovechó presentando en el Congreso la Ley de Préstamo y Arriendo, prevista para ayudar a Reino Unido, Grecia y China, y de la que también se benefició la URSS.
La Ley entró en vigor el 11 de marzo de 1941.
El ataque japonés a Pearl Harbor cambió definitivamente la posición estadounidense.
«Ayer, 7 de diciembre de 1941, una fecha que pervivirá en la infamia, Estados Unidos fue deliberadamente atacado por sorpresa por fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón.
Estados Unidos estaba en paz con Japón y, a solicitud de esta nación, aún estaba en conversaciones con su gobierno y su emperador, buscando el mantenimiento de la paz en el Pacífico.
Una hora después de que escuadrones aéreos japoneses comenzasen a bombardear la isla norteamericana de Oahu, el embajador japonés en Estados Unidos y su acompañante…».
«…Le pido al Congreso declarar que, debido al cobarde ataque no provocado efectuado por Japón el domingo 7 de diciembre, existe un estado de guerra entre los Estados Unidos y el Imperio de Japón».
Roosevelt fue protagonista, junto con Churchill y Stalin, de muchas de las grandes conferencias que se llevaron a cabo entre los Aliados.
Solo faltó a la de Potsdam, en julio de 1945: había fallecido tres meses antes.
El 12 de abril de 1945, solo unos meses antes del fin de la guerra, Roosevelt se desplomó mientras posaba para un retrato.
Murió ese mismo día.
4. Iósif Stalin
Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Iósif Stalin, fue un dictador soviético, secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética entre 1922 y 1952 y presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética entre 1941 y 1953.
Joseph Stalin fue el líder de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial y jugó un papel clave en la derrota del Eje.
Stalin gobernó la URSS de forma tiránica desde 1929 hasta su fallecimiento en 1953, transformando un país semifeudal en una potencia económica y militar.
Eso sí, al precio de una represión sanguinaria y de inmensos sacrificios impuestos a la población.
Implantó un régimen totalitario, anulando todo tipo de libertades, negando el más mínimo pluralismo y aterrorizando a la población mediante un régimen policial.
Puso en marcha contra sus compañeros comunistas sucesivas purgas que diezmaron el partido, eliminando a la plana mayor de la Revolución.
Pero no solo el partido: el ejército también estuvo afectado, cuestión que influyó decisivamente en la participación soviética desde el minuto uno de la Segunda Guerra Mundial.
Ese fue el motivo por el que no tuvo reparos en firmar un pacto de no agresión con la Alemania nazi para asegurarse la tranquilidad en sus fronteras, el reparto de Polonia y la anexión de Estonia, Letonia y Lituania.
El Pacto Germano-Soviético de 1939 respondía a la necesidad de ganar tiempo, tres o cuatro años que le permitieran armarse, fortificarse y prepararse para el combate.
Pero la invasión alemana de junio de 1941 echó por tierra esos planes.
Según el historiador Dimitri Volkogónov, Stalin no había recibido una impresión similar en toda su vida y aquella mañana, el 22 de junio, abandonó el Kremlin murmurando: «Lenin nos dejó una gran herencia y nosotros la hemos jodido toda».
No entendía nada, pero comprendió de repente la disparatada política que había seguido respecto al Tercer Reich y su lunático dirigente, y su propia insensatez al no haber hecho caso a las mil evidencias que desde comienzos de la primavera le avisaban del peligro.
A pesar de ello, supo reaccionar y movilizó al país apelando a sus sentimientos nacionalistas.
Stalin dirigió personalmente la respuesta soviética a la invasión alemana y lideró a su país a través de algunos de los momentos más difíciles de la guerra, incluida la batalla de Stalingrado.
La batalla de Stalingrado se convirtió en uno de los grandes puntos de inflexión de la contienda.
El Ejército Rojo no solo expulsó a los alemanes del territorio soviético, sino que también avanzó hasta Berlín.
Stalin trabajó estrechamente con los líderes aliados para planificar la invasión de Normandía y el avance final hacia Berlín.
Participó con Churchill y Roosevelt en muchas de las grandes conferencias de los Aliados, especialmente en Yalta.
Pero la Historia no recuerda tanto al dictador soviético por los méritos del Ejército Rojo en la contienda -la batalla de Stalingrado o la captura de Berlín- como por las atrocidades del régimen antes y después de 1939.

5. Dwight D. Eisenhower
Dwight D. Eisenhower fue el comandante supremo de los Aliados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y lideró la invasión de Normandía en 1944.
Eisenhower fue un estratega brillante y un líder carismático que ganó el respeto de sus tropas y de los líderes aliados.
El desembarco de Normandía, realizado el 6 de junio de 1944, abrió un nuevo frente decisivo contra la Alemania nazi.
La operación permitió a los Aliados avanzar desde las playas de Normandía hacia el interior de Europa occidental.
La coordinación de fuerzas terrestres, navales y aéreas convirtió a Eisenhower en una de las figuras militares más importantes del bando aliado.
Después de la guerra, Eisenhower se convirtió en presidente de los Estados Unidos y trabajó para establecer la paz y la estabilidad en todo el mundo.
6. Charles de Gaulle
Alertado del armisticio que Pétain tenía previsto firmar con Alemania, De Gaulle huyó primero a Londres en 1940 y después a Argel en 1943 para promover una nueva Francia libre frente al régimen pronazi de Vichy.
La resistencia se ganó el respaldo británico, si bien el general galo nunca llegó a confiar plenamente en los Aliados: «Francia no tiene amigos, solo intereses».
Una vez liberada París, volvió a su tierra y se situó al frente del Gobierno provisional.
Su liderazgo contribuyó a mantener la idea de una Francia combatiente y a disputar la legitimidad política al régimen de Vichy.
Tras la liberación, De Gaulle desempeñó un papel central en la reconstrucción institucional del país.
7. Bernard Montgomery
Bernard Montgomery fue un general británico que lideró las fuerzas aliadas en África y Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
Montgomery fue responsable de algunas de las victorias más importantes de la guerra, incluida la batalla de El Alamein y la invasión de Normandía.
También fue un defensor temprano de la integración del ejército británico y trabajó duro para mejorar la moral de sus tropas.
Su actuación en el norte de África debilitó las posiciones del Eje y ayudó a consolidar el avance aliado hacia Europa.
Su participación en Normandía lo situó entre los principales comandantes terrestres británicos del conflicto.
8. Douglas MacArthur
Douglas MacArthur fue un general del Ejército de los Estados Unidos que lideró las fuerzas aliadas en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.
MacArthur fue responsable de algunas de las victorias más importantes de la guerra, incluida la batalla de Midway y la liberación de Filipinas.
Su mando se desarrolló en un escenario caracterizado por grandes distancias, operaciones navales y aéreas y combates por el control de islas estratégicas.
También fue un defensor temprano de la reconstrucción de Japón después de la guerra y lideró el país como comandante supremo de las fuerzas aliadas en Asia.
Su papel conectó la conducción militar de la guerra del Pacífico con la reorganización política y social de Japón durante la posguerra.
9. Benito Mussolini
Benito Mussolini fue un político, militar y periodista italiano, presidente del Consejo de Ministros Reales de Italia desde 1922 hasta 1943 y Duce, guía de la República Social Italiana desde 1943 hasta su ejecución.
Llevó al poder al Partido Nacional Fascista y posteriormente al Partido Fascista Republicano.
Lideró un régimen totalitario durante el período conocido como fascismo italiano del Reino de Italia bajo el beneplácito de Víctor Manuel III.
Además, fue quien dirigió a Italia durante la Segunda Guerra Mundial, como parte de sus planes imperialistas en Europa y África.
Desde un papel secundario respecto a su aliado nazi, Il Duce vivió el último tercio de su dictadura inmerso en un conflicto que, según su pronóstico optimista, tendría un rápido desenlace en forma de victoria del Eje.
Por ello, en 1940 se apartó de la «no beligerancia» para enfrentarse a británicos y franceses e involucrarse en la campaña africana.
Sin embargo, las fuerzas italianas se debilitaron progresivamente al tiempo que el líder fascista fue perdiendo su poder, hasta que acabó entre rejas tras ser destituido por el rey.
10. Harry S. Truman
La salud de Roosevelt apenas le dejó desarrollar tres meses su cuarto mandato.
Truman, su vicepresidente, recogió el testigo en los momentos finales de la contienda y se lo tomó, literalmente, como un marrón: «Siento como si la Luna, las estrellas y todos los planetas se me hubieran caído encima», confesó a los periodistas tras asumir el cargo.
Pero esa sensación no le impidió adoptar una de las decisiones más cruciales y polémicas de la Segunda Guerra Mundial: el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.
Tras la guerra, ganó un segundo mandato y gobernó hasta 1953.
La decisión de emplear armas nucleares contra Japón marcó el final del conflicto en el Pacífico y abrió una nueva etapa en la política internacional.
Otros personajes determinantes
Philippe Pétain
Philippe Pétain fue jefe del Estado francés.
Nació el 2 de abril de 1856.
Participó en la Primera Guerra Mundial, actuación que le valió ser conocido como «el vencedor de Verdún» -en francés, vainqueur de la bataille de Verdun-, llegando a jefe del Estado Mayor y adquiriendo un gran prestigio de cara a la sociedad francesa.
Entre su elección en junio de 1940 para encabezar el Gobierno y su ascenso, solo un mes después, a jefe de Estado con amplios poderes, el mariscal Pétain tuvo tiempo para firmar un armisticio que cedía a los nazis el tercio noroccidental de Francia.
El resto quedó bajo su dominio, con una capital artificial en Vichy.
De «Libertad, igualdad, fraternidad» se pasó a «Trabajo, familia, patria», el lema de un nuevo Estado rural y católico.
Rodolfo Graziani
Rodolfo Graziani nació el 11 de agosto de 1882 en Filettino y fue un militar italiano que destacó durante las guerras coloniales en África y en la Segunda Guerra Mundial.
Fue un soldado de carrera que pasó mucho tiempo de su carrera militar en la India, donde desarrolló un gran afecto hacia este país y especial afinidad con los soldados a su mando.
El emperador Hirohito
El emperador japonés, pese a su alianza con la Alemania nazi y la Italia fascista, tardó más de dos años en admitir ante los miembros del Gobierno la conveniencia de entrar en guerra con Occidente.
Cuando estuvo finalmente convencido, en 1941, lo hizo con todas las consecuencias.
La aviación nipona atacó a Estados Unidos en Pearl Harbor y provocó una reacción que a la postre resultaría decisiva para el desenlace del conflicto.
Quizá nadie lo resumió mejor que Churchill: «¡Hemos ganado la guerra!», anunció eufórico al comprender el indeseado efecto boomerang que habían logrado los kamikazes.
Comparación de los principales perfiles
| Personaje | País o bando | Función principal |
|---|---|---|
| Adolf Hitler | Alemania nazi | Líder del Tercer Reich |
| Winston Churchill | Reino Unido | Primer ministro británico |
| Franklin D. Roosevelt | Estados Unidos | Presidente estadounidense |
| Iósif Stalin | Unión Soviética | Líder soviético |
| Dwight D. Eisenhower | Aliados | Comandante supremo en Europa |
| Charles de Gaulle | Francia Libre | Líder de la resistencia francesa |
| Bernard Montgomery | Reino Unido | General aliado en África y Europa |
| Douglas MacArthur | Estados Unidos | Comandante aliado en el Pacífico |
| Benito Mussolini | Italia fascista | Líder fascista italiano |
| Harry S. Truman | Estados Unidos | Presidente durante la fase final |
La Segunda Guerra Mundial, considerada el mayor conflicto bélico de la historia contemporánea, sigue siendo un tema de profundo interés histórico y cultural.
Estos son solo algunos de los principales personajes de la Segunda Guerra Mundial.
Cada uno de ellos jugó un papel importante en la guerra y sus acciones ayudaron a dar forma al mundo tal como lo conocemos hoy.
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