Líderes de la Primera Guerra Mundial: diez figuras decisivas entre 1914 y 1918

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La Primera Guerra Mundial, también conocida como la Gran Guerra, fue un conflicto mundial entre dos coaliciones: los Aliados o Entente y las Potencias Centrales.

La guerra se extendió del 28 de julio de 1914 al 11 de noviembre de 1918 y se convirtió en uno de los conflictos más mortíferos de la historia, con unos 10 millones de militares muertos y más de 20 millones de heridos, además de unos 10 millones de muertos civiles por causas que incluían el genocidio.

En aquella contienda participaron las principales potencias industriales y militares de la época, divididas en dos grandes alianzas. La Triple Alianza estaba formada por el Imperio alemán y Austria-Hungría, mientras que Italia, aunque había sido miembro del pacto, no se unió a las Potencias Centrales. La Triple Entente estaba compuesta por el Reino Unido, Francia y el Imperio ruso.

Ambas alianzas sufrieron cambios durante el conflicto: Italia, el Imperio del Japón y Estados Unidos se unieron a la Triple Entente, mientras que el Imperio otomano y Bulgaria ingresaron en las filas de las Potencias Centrales. España mantuvo su posición de neutralidad durante toda la Primera Guerra Mundial.

Mapa de alianzas en la Primera Guerra Mundial

El escenario que llevó a la Gran Guerra

La principal razón de la guerra hay que buscarla en la rivalidad económico-colonial que existía entre las grandes potencias, así como en las reivindicaciones nacionalistas de Alemania, que consideraba que debía ejercer un papel aún más hegemónico a nivel mundial debido a su elevado desarrollo industrial.

La unificación de Alemania en 1871 la había convertido en una gran potencia que amenazaba directamente los intereses económicos de Francia y del Reino Unido. Alemania se hallaba en plena búsqueda de nuevos mercados y pretendía ampliar su imperio colonial, pero el reparto diseñado por Francia y Gran Bretaña distaba mucho de sus pretensiones.

Tanto Francia como el Reino Unido eran dueños de amplias posesiones por todo el mundo, e incluso algunas naciones más pequeñas y no tan ricas como Bélgica y Portugal dominaban zonas mucho más extensas que sus propios estados nacionales.

En 1914, Europa estaba en el cenit de su dominio mundial. Tras la Revolución Industrial y la explosión demográfica, el continente había logrado establecer una dominación política, económica y militar a nivel mundial, basada en una abrumadora superioridad técnica e intelectual.

La paulatina penetración de idearios nacionalistas en buena parte de Europa contribuyó a la creación de un clima prebélico. Las proclamas nacionalistas incidían en la unión sin reservas de toda la ciudadanía contra la amenaza de un supuesto enemigo exterior, lo que provocó un incremento de las desigualdades sociales, un aumento de las discrepancias políticas y la culpabilización de los países vecinos por los propios problemas económicos.

Las reivindicaciones territoriales del nacionalismo francés, como la devolución de Alsacia y Lorena, y del nacionalismo italiano, que exigía la devolución de regiones del norte de Italia en poder del Imperio austrohúngaro, calaron de tal manera que la ciudadanía creyó en la necesidad imperiosa de liberar e incorporar de nuevo esas regiones a sus respectivos países.

Las minorías que vivían en los Balcanes empezaron a reclamar la creación de un Estado propio, mientras que Serbia y Bulgaria pretendían ampliar sus fronteras para acoger a las poblaciones de origen común.

Las reivindicaciones de los pueblos eslavos fueron apoyadas por Rusia, que a su vez buscaba una salida geoestratégica al Mediterráneo. Entre las ideologías más destacadas se encontraban el pangermanismo alemán y el paneslavismo serbio, apoyado por sus «hermanos» eslavos rusos.

Alianzas, rearme y rivalidad imperial

Durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, las potencias europeas configuraron una política de alianzas que dio lugar a dos bloques antagónicos.

En 1882, la recién unificada Alemania firmó un tratado de colaboración militar con su aliado tradicional, el Imperio austrohúngaro, para aislar a Francia. A este acuerdo se uniría más adelante Italia, por lo que el pacto pasó a conocerse como Triple Alianza.

Francia buscó la amistad del Imperio ruso, que rivalizaba con Alemania y Austria-Hungría por el control del este de Europa. Así, en 1894, ambos países firmaron la Alianza Franco-Rusa.

En 1907, Francia y Gran Bretaña firmaron la Entente Cordiale, un tratado de no agresión que ponía fin a las disputas coloniales de estos dos enemigos tradicionales.

La política de bloques y la carrera armamentística mantenían el continente en un equilibrio precario en el que la mutua desconfianza solo necesitaba la chispa de un conflicto local para convertirlo en una guerra total.

Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, la mayoría de los gobiernos hizo grandes inversiones para fortalecer y modernizar sus ejércitos, a los que se dotó de los últimos avances armamentísticos con la excusa de la defensa.

La región de los Balcanes se convirtió en un polvorín. Austria-Hungría veía con preocupación las aspiraciones serbias de reunificar a todos los pueblos eslavos, el Imperio otomano quería conservar su prestigio e influencia y Rusia se erigió en la gran defensora de los eslavos.

El asesinato de Sarajevo y la crisis de julio

La detonación del polvorín europeo tuvo lugar el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando de Austria, acompañado de su esposa Sofía, visitó Sarajevo, la capital de Bosnia.

Un grupo de seis militantes de la organización revolucionaria Joven Bosnia, vinculada a la organización secreta Mano Negra, se había reunido en la calle por donde estaba previsto que pasara la comitiva del archiduque con la intención de asesinarlo.

Cuando la comitiva pasó por la calle, Nedeljko Čabrinović lanzó una granada contra el coche de Francisco Fernando, pero falló. Una hora más tarde, cuando la pareja se dirigía a un hospital para visitar a los heridos por el atentado, la comitiva se equivocó de ruta y giró por una calle donde se hallaba Gavrilo Princip.

Al ver el coche del archiduque, Princip disparó contra Francisco Fernando y Sofía, causándoles la muerte.

El asesinato condujo a un mes de maniobras diplomáticas entre Austria-Hungría, Alemania, Rusia, Francia y el Reino Unido, conocidas como la crisis de julio.

El 23 de julio de 1914, el Gobierno austrohúngaro dio un ultimátum a Serbia en el que exigía diez condiciones que, a sabiendas, eran imposibles de aceptar y que justificarían una declaración de guerra.

El 28 de julio de 1914, el Imperio austrohúngaro declaró la guerra a Serbia. Rusia acudió en ayuda de su protegido serbio y comenzó la movilización de sus tropas.

El 1 de agosto Alemania ordenó la movilización general de sus tropas y declaró la guerra a Rusia. El 3 de agosto declaró la guerra a Francia y penetró en territorio belga, que era neutral, para cruzar el país en dirección a Francia.

La violación de la soberanía belga llevó al Reino Unido a declarar la guerra a Alemania.

Los diez líderes políticos más relevantes

1. Francisco José de Austria

Francisco José fue el emperador austrohúngaro que durante casi setenta años llevó las riendas del Imperio, primero como emperador de Austria desde 1848 y desde 1867 como rey de Hungría.

Su imperio ha sido considerado una de las construcciones más artificiales de la historia contemporánea, una arriesgada creación del intelecto frente a la realidad geopolítica de los nacionalismos emergentes.

En 1867 firmó el Compromiso austrohúngaro, que transformó el Imperio en una monarquía dual. Francisco José se convirtió en emperador de Austria y rey de Hungría.

Viena y Budapest pasaron a ser las dos capitales del Imperio, con sus respectivos Parlamentos, que gestionarían a partir de entonces los destinos imperiales.

Su entorno familiar estuvo rodeado de magnicidios. A su hermano Maximiliano lo fusilaron en México, su esposa Sissi fue asesinada por un anarquista italiano y su heredero murió junto a su mujer en el atentado de Sarajevo que daría pie, entre otras circunstancias, a la Gran Guerra.

Francisco José sobrevivió al mortífero fuego francés en Solferino, al balazo con el que le hirió el húngaro Libenyi, a una bomba en la línea férrea durante su viaje a Bohemia, al atentado de Jacob Reich y al complot serbio de la Mano Negra.

Aupado a la corona con la colaboración de su madre, se apoyó en el canciller Schwarzenberg para impulsar un ambicioso proyecto político. Durante sus primeros quince años reinó de forma absolutista, aunque fue suavizando su gobierno con el paso de los años y obligado por las circunstancias.

Francisco José vio cómo Guillermo II crecía y le ganaba en prestigio internacional. Por el contrario, sus ejércitos fueron derrotados en Magenta y Solferino en 1859 frente a la coalición francoitaliana, y más tarde sufrieron la derrota ante los prusianos en 1866.

La paz de Praga sancionó la pérdida de la influencia austriaca en el proyecto de unificación de Alemania, que pasó a la órbita prusiana.

El Congreso de Berlín de 1878 otorgó a Austria-Hungría Bosnia-Herzegovina, recién desgajada del Imperio otomano. Aquel regalo envenenado terminó enfureciendo a los nacionalistas serbios y a Rusia.

Francisco José protagonizó el inicio de la Primera Guerra Mundial, pero no vio su final, pues murió el 21 de noviembre de 1916. Tampoco pudo contemplar la disolución de su Imperio.

Francisco José y el Imperio austrohúngaro

2. Guillermo II

La arrogancia y la poca mano izquierda del káiser alemán avivaron una guerra de nivel mundial que al final no pudo evitar, aunque ni el pueblo ni los militares se lo permitieron.

Guillermo II nació en Potsdam, cerca de Berlín, el 27 de enero de 1859. Fue rey de Prusia y emperador de Alemania desde 1888, con tan solo 29 años.

Era nieto de la reina Victoria de Gran Bretaña, vínculo familiar que lo unía al rey británico Jorge V y al zar de Rusia Nicolás II.

Una de sus primeras decisiones fue despedir al viejo Bismarck, el arquitecto de la unidad alemana y canciller de su abuelo.

Guillermo II se dispuso a dirigir la política alemana en todas sus facetas, especialmente la exterior, cuando carecía de la capacidad necesaria.

Alemania era un país extenso, muy poblado, organizado, educado y disciplinado, con una potente industria, riqueza y el ejército de tierra más potente del momento.

Sin embargo, en el concierto internacional estaba descolocada porque había llegado tarde a la expansión colonial. Francia tenía un vasto imperio colonial y el Reino Unido disponía además del control de los mares.

Todo ello acabaría arrastrando a Alemania a la guerra, una guerra que generaba muchas dudas en Guillermo II y en la que no estaba convencido de participar.

El día anterior a estallar las hostilidades, desautorizó al alto mando y ordenó detener a la división que debía invadir Bélgica en cuestión de horas, pero el ejército alemán ya se había puesto en marcha y no estaba dispuesto a detenerse.

En el ámbito internacional, Guillermo impulsó la Triple Alianza junto al Imperio austrohúngaro e Italia. Italia, en 1915, decidió alinearse con británicos y franceses para luchar contra sus antiguos aliados con la intención de recuperar territorios austrohúngaros que consideraba suyos.

Finalmente, Alemania consiguió la alianza con el Imperio otomano.

Durante el conflicto, el emperador fue cediendo el poder militar a Hindenburg y Ludendorff e intentó mantener el poder político.

En octubre de 1918, fracasada la gran ofensiva de Hindenburg y perdidas las esperanzas de ganar la guerra, el ejército se desmoralizó. Se formaron soviets de soldados y obreros en armas y los marineros amotinados tomaron la base de Kiel.

Guillermo II se resistía a abdicar, hasta que Hindenburg le dijo que era la única solución para evitar la anarquía. El káiser firmó el documento que le presentó el canciller Max de Baden y buscó asilo en los Países Bajos.

Era el 10 de noviembre de 1918; al día siguiente terminó la Gran Guerra.

3. Nicolás II

Nicolás II fue el último zar de Rusia y el monarca con el que se extinguió la dinastía Romanov.

Nació el 18 de mayo de 1868 en San Petersburgo y accedió al trono en 1894, sucediendo a su padre, Alejandro III de Rusia.

En general siguió la política autocrática de su antecesor, aunque mostró escaso interés y nulas aptitudes para las tareas de gobierno.

Guillermo II pensaba de forma parecida, pero a pesar de todo cortejó a Nicolás para evitar que se alineara con británicos y franceses en la Triple Entente.

Nicolás era influenciable y tímido, y se decía que la zarina lo dominaba con ayuda de su consejero Rasputín. Aquellas características resultaban poco aconsejables para un líder de su calibre.

En sus manos estaba el Imperio ruso, el país más extenso del planeta, poblado por 170 millones de súbditos.

La zarina era nieta de la reina Victoria, por lo que constituía el nexo familiar entre Nicolás II, Guillermo II y Jorge V.

El zar estaba decidido, o mal aconsejado, a llevar una política exterior acorde con una gran potencia, a pesar de no contar con los instrumentos necesarios.

El intento de expandirse por la costa del Pacífico condujo a Rusia a una guerra con Japón y a una derrota humillante. Rusia demostró sus carencias militares.

La derrota abrió la caja de los truenos de la Revolución de 1905, aunque el aparato represivo del Estado volvió a restablecer el orden.

En Europa oriental, Nicolás pretendió dominar el espectro geopolítico mediante un movimiento paneslavista y se alió con Serbia frente a los intereses de Austria-Hungría.

En 1914 Rusia volvió a comprometerse en una guerra exterior para la que no estaba preparada en sentido militar, económico ni político.

Nicolás II no se puso al frente de sus tropas como pretendía la zarina, influenciada por Rasputín para quedarse como regente. En su nombre lo hizo su tío, el gran duque Nicolás.

Después de los descalabros de Tannenberg y los Lagos Masurianos, Nicolás no tuvo más remedio que tomar el mando. Sin embargo, era la persona menos indicada para imprimir un nuevo rumbo a la guerra.

Las sucesivas derrotas frente al moderno ejército alemán y las políticas intrigantes de la zarina hicieron que la situación se inclinara de nuevo a favor de la revolución.

En 1917, la revolución depuso al zar, que nada pudo hacer salvo abdicar.

Nicolás y su familia fueron confinados en el palacio campestre de Tsárskoye Seló y posteriormente trasladados a la localidad de Yekaterimburgo. Una vez que la Revolución había triunfado, fueron ejecutados por decisión del Sóviet del Ural, sin recibir la ayuda reclamada al Reino Unido.

Familia Romanov durante la Revolución rusa

4. Jorge V

De las cinco grandes monarquías europeas, al término de la Gran Guerra solo quedó en pie la pragmática corona inglesa de Jorge V.

No estaba previsto que fuese rey. Por línea sucesoria le correspondía a su hermano mayor Alberto, pero Alberto falleció y Jorge quedó en posición de príncipe heredero.

Jorge V se coronó en 1910, cuando falleció su padre.

Su primera actuación política tuvo un carácter casi revolucionario y supuso una ruptura con el pasado. Nada más sentarse en el trono se encontró con una crisis constitucional relacionada con la moderación del poder de la Cámara de los Lores.

Durante la guerra no se puso al mando de sus tropas como otros monarcas, pero fue el único que resultó gravemente herido en el frente, aunque no por fuego enemigo.

Durante una visita rutinaria a las tropas, concretamente para pasar revista a una unidad de Aviación, el caballo del rey se espantó cuando los soldados lanzaron los tres hurras reglamentarios, derribó al monarca y cayó sobre él.

Durante la Primera Guerra Mundial cambió la denominación de la casa real, que pasó de Sajonia-Coburgo-Gotha a Windsor.

La decisión se tomó ante el devenir de la guerra y, sobre todo, después de la batalla del Somme, cuando la cantidad de bajas británicas bajo el fuego alemán hizo que la sensibilidad del pueblo estuviera a flor de piel contra los alemanes y contra todo lo relacionado con ellos.

La corte británica tenía una gran influencia alemana: desde la llegada de los Hannover, a principios del siglo XVIII, los monarcas ingleses eran en realidad alemanes.

El príncipe Luis de Battenberg había sido cesado de su puesto de primer lord del Mar, el grado más alto de la Royal Navy, porque su nombre era alemán. Jorge obligó a las personalidades reales con apellidos germánicos a cambiarlos.

Jorge V también fue acusado de no prestar ayuda al zar Nicolás II después del triunfo de la Revolución, cuando la vida del zar y de su familia corría peligro.

El rey británico consiguió mantener su posición y demostró que los laboristas eran capaces de gobernar responsablemente y mantener el orden.

Jorge V gozó siempre del afecto del pueblo británico y falleció el 20 de enero de 1936 a causa de una neumonía.

5. Woodrow Wilson

El presidente estadounidense era un pacifista convencido y se había presentado a las elecciones de noviembre de 1916 con la promesa de no entrar en la guerra.

La Gran Guerra le ofreció la posibilidad de librar su batalla para imponer una política mundial idealista y ética, basada en la justicia y la compasión, que renunciara al uso de la fuerza y al revanchismo.

La guerra submarina impuesta por Alemania lo alejó de esa idea. En 1916 había conseguido que la Kriegsmarine abandonara su campaña agresiva contra los buques estadounidenses después del hundimiento del Lusitania.

El 31 de enero de 1917, Berlín avisó de que terminaba la tregua submarina y reinició los ataques.

A ello se sumó la interceptación de un telegrama alemán en el que se proponía a México una alianza para atacar por el sur a Estados Unidos. Era el conocido telegrama Zimmerman.

Estados Unidos declaró la guerra a Alemania el 6 de abril de 1917, citando la política alemana de guerra submarina sin restricciones y el intento de aliarse con México.

Las nuevas tropas y materiales de la Fuerza Expedicionaria Estadounidense, al mando del general John J. Pershing, produjeron un cambio decisivo en las hostilidades.

A principios de 1918, Wilson había enunciado sus famosos Catorce Puntos, donde insistía en la paz y en cómo debería ser el mundo después de la guerra.

Cuando terminó el conflicto, el presidente estadounidense se trasladó a Europa y permaneció allí durante más de medio año para desempeñar su papel de mediador, no para defender los intereses de su país como uno de los vencedores.

Wilson fracasó en su cometido ante el resultado final del Tratado de Versalles y no pudo contener el revanchismo de sus colegas vencedores, en especial el francés.

Solo consiguió sacar adelante su propuesta de una Sociedad de Naciones, pero fue una victoria agridulce porque el Congreso estadounidense rechazó que Estados Unidos formara parte de ese nuevo organismo.

Wilson falleció el 3 de febrero de 1924, tres años después de recibir el Premio Nobel de la Paz.

6. Georges Clemenceau

Político y periodista francés, Clemenceau fue llamado en noviembre de 1917 por el presidente de la República, Raymond Poincaré, para ser nuevamente jefe de gobierno.

Acumuló los cargos de primer ministro, presidente del Consejo y ministro de la Guerra. Tenía entonces 76 años.

A pesar de su avanzada edad, transmitió toda su energía al gran objetivo de derrotar a Alemania.

En mayo de 1918 consiguió que se creara un mando único aliado bajo la dirección del mariscal francés Ferdinand Foch.

Cuando los alemanes rompieron el frente en 1918 y llegaron otra vez al Marne, amenazando de nuevo a París, Clemenceau afirmó: «Lucharé delante de París; lucharé en París; lucharé detrás de París».

Fue conocido como el Tigre por su vehemente oratoria en la Asamblea y por el tono de sus publicaciones periodísticas.

Antimonárquico, antialemán, antimilitarista, anticlerical y antiimperialista, representó al republicano radical.

Clemenceau fue protagonista de la firma del Tratado de Versalles y mantuvo una actitud revanchista frente a los alemanes, alejada de las posturas más tolerantes y conciliadoras de Wilson.

Consiguió la devolución de Alsacia y Lorena, el total desarme alemán y el pago de exorbitantes reparaciones de guerra.

Este triunfo le pasó factura en clave interna y en las elecciones de la Asamblea Nacional de noviembre de 1919 no obtuvo los resultados esperados.

7. Paul von Hindenburg

Paul von Hindenburg fue uno de los generales alemanes más célebres de la Primera Guerra Mundial, junto con su adjunto Erich Ludendorff.

En agosto de 1914 comandaba las fuerzas alemanas en Prusia Oriental, donde, después de reveses iniciales, ganó en septiembre la decisiva batalla de Tannenberg contra los rusos.

Fue nombrado jefe del Estado Mayor del ejército en 1916 y permaneció en el cargo hasta el final del conflicto.

Hindenburg impuso un poder absoluto de las fuerzas armadas en Alemania. Aunque era monárquico, aconsejó a Guillermo II que abdicara y se exiliara en noviembre de 1918, en vísperas del armisticio.

8. Erich Ludendorff

Erich Ludendorff fue inicialmente jefe del Estado Mayor de Hindenburg y colaboró con él hasta el final de la guerra.

Ludendorff tenía 17 años menos que su superior, pero se le considera la cabeza pensante del dúo.

Ejerció una fuerte presión sobre el poder civil del canciller Bethmann-Hollweg, obligado a dimitir en julio de 1917.

Partidario de la guerra a ultranza, no previó la entrada de Estados Unidos en el conflicto.

9. Nicolás Nikoláyevich Románov

Nicolás II no se puso al frente de sus tropas al comenzar la guerra y en su nombre lo hizo su tío, el gran duque Nicolás.

El gran duque Nicolás Nikoláyevich Románov dirigió inicialmente el esfuerzo militar ruso durante la Primera Guerra Mundial.

Su actuación estuvo condicionada por los descalabros de Tannenberg y los Lagos Masurianos, tras los cuales Nicolás II terminó tomando personalmente el mando del ejército.

10. Ferdinand Foch

Ferdinand Foch fue director de la Escuela de Guerra francesa entre 1907 y 1911 y participó en las batallas de Lorena y del Marne.

Después de la crisis de 1917, fue nombrado comandante en jefe del ejército francés y posteriormente de todas las fuerzas aliadas.

Foch condujo a los Aliados a la victoria de 1918. No tenía fama de ser un estratega excepcional, pero su competencia le permitió ser el hombre adecuado para la situación.

El armisticio de Rethondes fue en gran parte obra suya.

Otros jefes militares decisivos

El conflicto dejó millones de muertos en los frentes europeos de Rusia, los Balcanes e Italia, y también dejó a la historia grandes jefes militares.

Joseph Joffre

Joseph Joffre dirigió las tropas francesas del frente occidental en agosto de 1914.

Su dogma de «ofensiva a ultranza» contribuyó al catastrófico inicio de las operaciones militares de Francia.

Imperturbable, logró restablecer la situación gracias a una contraofensiva victoriosa en septiembre en la batalla del Marne.

Al frente del ejército francés hasta finales de 1916, fue acusado de agotar a las tropas en ofensivas incesantes, tan mortíferas como infructuosas, y fue empujado a la dimisión.

Robert Nivelle

Robert Nivelle, especialista francés de artillería, brillante pero rígido, logró en 1916 recuperar en Verdún el terreno perdido frente a los alemanes.

Fue entonces muy popular y el Gobierno lo eligió para reemplazar a Joffre en el frente occidental.

En mayo de 1917, su obstinada decisión de proseguir la desastrosa ofensiva del Chemin des Dames, con un coste de miles de muertos, provocó amotinamientos en el ejército francés.

Depuesto, encarnó la imagen del general «carnicero», indiferente a la vida de sus soldados.

Philippe Pétain

Philippe Pétain era coronel y estaba a punto de jubilarse en 1914, pero en 1915 se encontró en plena ofensiva de Champaña y, sobre todo, en 1916 en el frente de Verdún.

En Verdún logró contener la ofensiva alemana y adquirió reputación de oficial prudente y atento a la vida de sus hombres.

Sucedió a Nivelle en 1917 en el frente occidental y puso fin a las grandes ofensivas mortíferas, a la espera de la llegada de refuerzos norteamericanos y de tanques.

Sumamente popular entre los excombatientes, fue llamado para dirigir el gobierno tras la derrota militar francesa de junio de 1940, al empezar la Segunda Guerra Mundial, y presidió el régimen colaboracionista con la Alemania nazi instalado en Vichy.

Erich von Falkenhayn

Erich von Falkenhayn fue ministro de la Guerra en 1913 y sucedió en 1914, después de la derrota alemana en la batalla del Marne, a Helmuth von Moltke como jefe del Estado Mayor conjunto.

Su fracaso en Verdún en 1916 llevó a su dimisión y a su reemplazo por Hindenburg.

Winston Churchill

Winston Churchill era diputado desde 1900 y ocupó varios puestos ministeriales en el Gobierno británico.

Fue nombrado primer lord del Almirantazgo, ministro de la Marina, en 1911.

Desde finales de 1914 dudaba de que fuera posible avanzar en el frente occidental y buscó otros teatros de operaciones.

La expedición de los Dardanelos, desarrollada entre febrero de 1915 y enero de 1916, fracasó y dejó un saldo de 180.000 muertos en las filas aliadas.

Churchill debió dimitir y pidió ser trasladado al frente oeste de Francia. Allí dirigió un batallón antes de volver a Londres como secretario de Guerra entre 1917 y 1922.

Horatio H. Kitchener

Horatio H. Kitchener fue ministro británico de la Guerra en 1914.

Célebre por su talento de organizador, logró en poco tiempo organizar un ejército y aumentar las fuerzas británicas de 170.000 soldados en 1914 a 1,3 millones en 1915.

Douglas Haig

Douglas Haig fue comandante en jefe de las tropas británicas en el frente francés desde 1915 hasta 1918.

John Pershing

John Pershing fue el jefe del cuerpo expedicionario estadounidense que desembarcó en Francia en junio de 1917.

Las tropas norteamericanas necesitaban ser entrenadas y combatieron solamente a partir de la primavera de 1918.

Bajo el mando de Pershing, el primer ejército estadounidense libró batalla en Saint-Mihiel y lanzó una ofensiva en el Mosa y en Argonne entre septiembre y octubre.

Thomas Edward Lawrence

Thomas Edward Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia, fue oficial de enlace británico, arqueólogo, arabista y aventurero.

Desempeñó un papel importante, aunque controvertido, en el desencadenamiento en 1916 de la revuelta árabe contra el Imperio otomano.

Aleksei Alekseievich Brusilov

Aleksei Alekseievich Brusilov fue considerado uno de los mejores generales rusos.

Ganó fama gracias a la gran ofensiva rusa victoriosa de 1916 contra las tropas austrohúngaras en Galitzia.

La guerra y la transformación del poder

Los líderes políticos y militares actuaron dentro de un sistema internacional marcado por la movilización masiva, la industrialización y la carrera armamentística.

En 1914, las Potencias Centrales, incluyendo a Turquía, tenían una población de 138 millones de personas, de las que unos 33 millones de hombres podían ser reclutados para el combate.

La Entente y sus colonias agrupaban a 708 millones de habitantes y unos 179 millones de hombres válidos para la guerra.

El gasto militar total de la Entente en 1913 era aproximadamente el doble que el de las Potencias Centrales, aunque Alemania tenía un arsenal de artillería mucho más moderno que el de todos sus adversarios.

En el mar, la Entente, gracias al Imperio británico, era muy superior a sus oponentes y un bloqueo naval sobre Alemania era posible.

Los gobiernos y los mandos militares tuvieron que dirigir una guerra de trincheras, artillería de largo alcance, ametralladoras, armas químicas, tanques, aviones y bloqueos navales.

El sistema de trincheras y fortificaciones de Europa occidental se extendía aproximadamente desde el mar del Norte hasta la frontera de Suiza.

La vasta extensión del frente oriental impedía una guerra de trincheras a gran escala, pero el alcance del conflicto seguía siendo equivalente al del frente occidental.

También se produjeron intensos combates en el norte de Italia, los Balcanes, Grecia, la Turquía otomana, el Cáucaso, Mesopotamia y la península del Sinaí.

Las decisiones que cambiaron el curso del conflicto

La entrada de Estados Unidos

En abril de 1917 se produjo un cambio decisivo en las hostilidades.

La entrada estadounidense añadió tropas y materiales a los Aliados y modificó el equilibrio de fuerzas.

Las tropas norteamericanas combatieron a partir de la primavera de 1918, después de un periodo de entrenamiento, y participaron en Saint-Mihiel y en la ofensiva del Mosa y Argonne.

La Revolución rusa y Brest-Litovsk

En 1917, Rusia se vio sacudida por dos revoluciones.

En la primera se derrocó al Gobierno imperial y la segunda llevó a los bolcheviques al poder.

El nuevo liderazgo bolchevique decidió firmar una paz separada con las Potencias Centrales.

El Tratado de Brest-Litovsk se firmó el 3 de marzo de 1918. Rusia renunció a sus pretensiones sobre Finlandia, Ucrania, Estonia y Letonia.

El tratado liberó a Alemania para concentrar sus fuerzas en el frente occidental.

La derrota de las Potencias Centrales

Para finales de julio de 1918, las fuerzas alemanas habían avanzado hasta situarse a 50 millas de París.

Las Potencias Centrales comenzaron a rendirse con Bulgaria y el Imperio otomano en septiembre y octubre de 1918, respectivamente.

El 3 de noviembre, las fuerzas austrohúngaras firmaron una tregua cerca de Padua, en Italia.

A finales de septiembre, los líderes militares alemanes informaron al káiser de que la guerra estaba perdida y que Alemania debía pedir un armisticio.

El 4 de octubre, el canciller alemán envió un telegrama a Woodrow Wilson solicitando negociar la paz con los Aliados.

El 9 de noviembre de 1918 se anunció la abdicación del káiser y ese mismo día se proclamó la república alemana.

Dos días más tarde, una delegación alemana aceptó las condiciones del armisticio ante los Aliados, bajo el mando de Ferdinand Foch, en un vagón de ferrocarril situado en el bosque de Compiègne.

El 11 de noviembre de 1918, a las 11:00 de la mañana, cesaron los combates en el frente occidental.

EL ARMISTICIO DE COMPIÈGNE: EL FINAL DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL (100 ANIVERSARIO 1918-2018) 📝💥

El coste humano y político

Más de 8,5 millones de soldados murieron como resultado de las hostilidades, una cifra superior a las muertes militares de todas las guerras entre potencias europeas del siglo XIX.

Otras estimaciones elevan la cifra a unos 10 millones de militares muertos y más de 20 millones de heridos, además de millones de víctimas civiles.

Ningún organismo oficial llevó una cuenta minuciosa de las bajas civiles durante los años de la guerra, pero los estudiosos afirman que hasta 13 millones de no combatientes murieron como consecuencia de las hostilidades, principalmente por hambre, enfermedades, acciones militares y masacres.

Millones de personas fueron desarraigadas o desplazadas de sus hogares en Europa y Asia Menor.

Tras el fin de la guerra, cuatro grandes imperios dejaron de existir: el alemán, el ruso, el austrohúngaro y el otomano.

El mapa de Europa y sus fronteras cambiaron por completo, y varias naciones se independizaron o fueron creadas.

La convulsión provocada por la guerra allanó el camino a grandes cambios políticos, sociales y económicos, con revoluciones de un carácter nunca visto en varias de las naciones involucradas.

Tras seis meses de negociaciones en la Conferencia de Paz de París, los países aliados firmaron el Tratado de Versalles con Alemania el 28 de junio de 1919.

También se fundó la Sociedad de Naciones con el objetivo de evitar que un conflicto de tal magnitud se repitiese, aunque dos décadas después estalló la Segunda Guerra Mundial.

La Primera Guerra Mundial se convirtió en el prototipo de un nuevo modelo de conflicto armado. Los cuatro años de guerra fueron testigos de una revolución militar en la que ambos bandos buscaron la forma más efectiva de utilizar armas modernas.

Los gobiernos y los líderes militares podían elegir entre la guerra y la paz, aunque ninguno controlara por completo el sistema internacional.

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