La vestimenta de las mujeres durante la Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial transformó profundamente la sociedad europea. El reclamo de su ayuda durante la guerra y la necesidad de mano de obra exigieron la incorporación masiva de las mujeres a la sociedad activa, y esa actividad febril modificó su vida tanto durante el conflicto como después de la llegada de la paz.

La moda fue uno de los ámbitos en los que este cambio se hizo más visible. La vestimenta dejó de responder exclusivamente a los ideales tradicionales de feminidad y comenzó a adaptarse a las exigencias del trabajo, la movilidad, la escasez de tejidos y los nuevos conceptos de salud e higiene.

Trabajadoras en fábrica durante Primera Guerra Mundial

La guerra y la transformación del papel femenino

El papel de la mujer cambió drásticamente desde la Primera Guerra Mundial. El reclamo de su ayuda durante la guerra y la necesidad de mano de obra, exigió su incorporación masiva a la sociedad.

Las ideas de los movimientos feministas -cada vez más en auge- pasan a formar parte de las exigencias de libertad e integración en la sociedad activa de la mujer, abriendo las puertas al derecho al voto y otros reclamos de igualdad entre sexos.

Y esta actividad febril de la mujer le cambió la vida, no solamente durante los años de la guerra sino posteriormente. Una vez llegada la paz, no quiso renunciar a los derechos adquiridos.

La moda ha sido siempre espejo de importantes tensiones sociales. El triunfo de la cultura de las apariencias redescubre las virtudes y a la vez las carencias de cada época. Por ello, deviene un crisol dinámico que recoge el espíritu del tiempo.

Durante las dos grandes guerras su poder transformador se hizo más visible, alterando los códigos de la vestimenta al ritmo de los cambios.

Del corsé a la silueta recta

Aparece el traje moderno femenino el cual se caracterizó por una total ruptura con todo el concepto anterior de femineidad. Rechazo a las curvas, predominio de la sencillez y de la línea recta.

La silueta recta, la ausencia de curvas, la delgadez, eran parte del nuevo ideal de belleza que sustituye a la sensualidad de las curvas que potenciaba la imagen femenina en la etapa anterior.

“En el último tercio del siglo XIX la moda nos hizo asistir, sobre todo, a la exaltación de la forma,(…) no cabe duda que polizones o corsés tengan otro objetivo que esa exaltación (…) el primer tercio del siglo XX nos hace asistir, en cambio, al fetichismo de la línea. Ella reina, triunfa, tiraniza, de manera absoluta y entiéndase que esa línea es sólo la que las viejas geometrías escolares nos enseñan como la más directa y perfecta: la recta, con exclusión de todas las demás. La curva se considera plebeya, cursi y anticuada. Las formas son oprobio de la figura femenina…esta tendencia, que se inicia a partir de 1918-20, alcanza en 1925-30 su pleno vigor.” (Max Von Boehn. La moda.

La realidad impone la funcionalidad de los pantalones en lugar de los corsés, mientras que la falta de tejidos recorta las faldas.

Los corsés se van dejando de lado por ociosos y el utilitarismo enciende la imaginación de dos creadoras: Coco Chanel y Jeanne Lanvin, que toman el relevo de los costureros como Paul Poiret, Patou o Lucien Lelong, obligados a cerrar sus casas de moda.

Pantalones, monos y ropa de trabajo

Durante la Primera Guerra Mundial, al regresar de permiso los soldados movilizados, ansiosos por reencontrarse con sus mujeres a las que durante tanto tiempo habían añorado -eso sí, vestidas con estampados orientales, sensuales y lujuriosas como las de las postales que mandaban desde el frente-, se encontraban con un escenario bien diferente.

Mientras la batalla se alargaba en las trincheras, las mujeres habían empezado a enfundarse los pantalones y monos de trabajo de sus maridos para ir a las fábricas.

La prensa satírica francesa, como La Baionette o Le Canard, ridiculizan las escenas domésticas y el improvisado disfraz de las mujeres, a quien sus esposos apenas reconocen vestidas con su ropa y frunciendo los pantalones a sus cinturas con un cinturón doblemente enrollado.

Pero si al principio se criticaban plumas y ornamentos por su aparente frivolidad, al alargarse el conflicto los dardos apuntaron contra aquellas que masculinizaban su imagen aunque fuera para sobrevivir.

Son las que conocen de primera mano la libertad picando piedra en las canteras.

La incorporación de prendas masculinas no significaba únicamente una modificación estética. Los pantalones y los monos respondían a la necesidad de realizar tareas industriales, desplazarse con mayor facilidad y trabajar en espacios donde las prendas tradicionales resultaban incómodas o peligrosas.

El traje sastre y la practicidad

Durante las primeras tres décadas del siglo XX, las mujeres de clase media que empezaron a trabajar como institutrices, secretarias y dependientas comenzaron a usar los trajes-sastre que facilitaban el trabajo y eran más económicos.

Durante la Primera Guerra Mundial, el traje sastre se impuso en Europa como un atuendo adecuado para las actividades de las mujeres en torno a la guerra.

Por esto, los países como Chile, que seguían la moda europea, adoptaron las nuevas tendencias imperantes en el viejo continente desde la primera década del siglo.

Los trajes sencillos y elegantes que cuestan poco dinero, 1920

El traje sastre reunía varias características decisivas para el nuevo contexto: ofrecía una apariencia ordenada, podía utilizarse en distintas actividades y resultaba más económico que los conjuntos ornamentados de épocas anteriores.

Traje sastre femenino de 1917

Coco Chanel y los nuevos tejidos

Chanel entiende que hay que cambiar de concepto, empezando por los tejidos.

Mademoiselle compra todo el excedente de punto de las fábricas de Rodier -que se utilizaba para la ropa interior masculina- y diseña sus primeros conjuntos de dos piezas de faldas largas pero sin sobrefaldas ni artificios, apenas un ligero bordado y un cuello camisero.

La primera vez que aparece el nombre de la diseñadora en Les Élégances Parisiennes, está escrito con dos enes (Channel).

Corre 1916, y Chanel ya ha abierto tienda en Biarritz, territorio neutral, de la misma forma que Sonia Delaunay recala en Madrid y abre casa en la calle Columela, fascinada por los tablaos.

El uso de tejidos de punto y de materiales procedentes de la ropa interior masculina muestra cómo la guerra impulsó una moda más flexible y menos dependiente de las telas lujosas. La sencillez dejó de ser únicamente una elección estética y pasó a estar vinculada con la disponibilidad de materiales y las necesidades cotidianas.

Menos tela, más libertad de movimiento

En 2017, se realizó en la Biblioteca Forney de París una exposición sobre la historia de la moda y de las mujeres durante la Primera Guerra Mundial.

Su comisaria, Sophie Kurkjian, explicaba entonces que “el conflicto se convierte en un argumento de marketing para presentar esta nueva silueta que permite una mayor libertad de movimiento para trabajar en hospitales y fábricas.

En 1917, el vestido de barril se venderá con el argumento de que usa solo 4,5 metros de tela, en lugar de los 8 del vestido de crinolina”.

PrendaConsumo de tela
Vestido de barril4,5 metros de tela
Vestido de crinolina8 metros de tela

La comparación muestra la relación directa entre la forma de la prenda y las condiciones económicas del conflicto. Una silueta más sencilla permitía ahorrar material y, al mismo tiempo, facilitaba el movimiento de las mujeres en hospitales, fábricas y otros lugares de trabajo.

La escasez y la economía de los materiales

En Londres y París la industria textil ha sido intervenida, desviando sus producciones para los ejércitos.

La falta de tejidos recorta las faldas.

El utilitarismo enciende la imaginación de dos creadoras: Coco Chanel y Jeanne Lanvin.

También hay reacciones en el sector que reclaman una nueva ética, como la lucha de las llamadas pequeñas manos de la alta costura o midinettes, que se declaran en huelga y acaban obteniendo un aumento de salario.

La guerra alteró, por tanto, tanto los diseños como las condiciones de producción. Las prendas debían consumir menos materia prima, adaptarse a la vida laboral y responder a una industria textil sometida a las necesidades militares.

Salud, higiene y actividad física

Es indudable que los nuevos conceptos de salud e higiene influyeron grandemente en el vuelco producido en aquellos años, no solamente en el vestir femenino sino en las costumbres de hombres y mujeres.

Se demostró científicamente que hacer ejercicio era saludable.

Para lograrlo, la práctica de deportes comienza a ser habitual en la vida de esta nueva mujer.

La nueva silueta, más recta y delgada, se relacionó con una concepción diferente del cuerpo femenino. La ropa debía permitir caminar, trabajar, practicar deportes y participar en actividades públicas sin las limitaciones impuestas por el corsé y las estructuras voluminosas.

El abandono de la sombrilla y los cambios en los accesorios

La nueva mujer no necesitaba, por tanto, de la sombrilla para cubrirse del sol, pero debía de encontrar una vía para proteger su vista de la intensa luminosidad que ya no sería tamizada por el quitasol.

Este cambio revela que la transformación no afectó únicamente a vestidos, faldas y pantalones. También modificó los accesorios y su relación con las actividades cotidianas, la movilidad y la exposición al exterior.

Curiosamente, un objeto que hasta entonces solo lucían algunas damas de la alta sociedad, el reloj de pulsera, empieza a popularizarse entre los hombres, que hasta entonces usaban relojes de bolsillo.

La gabardina: de las trincheras a la moda femenina

Es un clásico de la moda que ha perdurado por décadas.

Pero lejos de los desfiles y el glamour de Hollywood, el primer papel protagonista de la gabardina fue la Primera Guerra Mundial. Y sus primeros usuarios fueron soldados cansados de la guerra.

Desde Humphrey Bogart hasta Audrey Hepburn y Kate Moss, la gabardina es ahora sinónimo de ímpetu y sofisticación.

“Si lees artículos sobre 'las diez piezas que debes tener en tu closet', es muy probable que la gabardina esté junto a los pantalones vaqueros y la chaqueta de cuero”, explica Jane Amber Butchart, autora, bloguera y profesora asociada en estudios culturales e históricos del London College de moda.

“Se ha convertido en un clásico eterno”, dice.

“Muchas personas podrían sorprenderse al conocer sus orígenes, pero lo cierto es que durante siglos ha influenciado la vestimenta militar y viceversa”.

Gabardina femenina inspirada en uniforme militar

Una prenda adaptada a la guerra de trincheras

A medida que la Primera Guerra Mundial se extendía por Europa, los aliados y las fuerzas de oposición alemanas se aferraban a las líneas defensivas que iban del Mar del Norte a la frontera suiza.

Allí en las trincheras estaban los soldados durante la violenta arremetida: embarrados y golpeados por los fuertes vientos.

Sus largos y pesados abrigos de lana -que habían acompañado a las fuerzas británicas desde la Guerra de Crimea en la década de 1850- resultaron inadecuados.

En cambio, los más ligeros, cortos y a prueba de agua, producidos por compañías inglesas como Burberry y Aquascutum, funcionaron a la perfección.

Y no solo ofrecían beneficios prácticos.

Las charreteras mostraban el rango oficial, mientras que la solapa abotonada hasta el pecho proporcionaba protección adicional durante el combate.

Los estuches con mapas podían incorporarse a la vestimenta mediante anillos que colgaban del cinturón.

En la parte superior de la espalda, un escudo de tela extra permitía que el agua corriera sin mojar del todo el abrigo.

Su color tenue también jugó un papel importante.

“Se convirtió en una pieza imprescindible para que los soldados no llamaran la atención”, dice Butchart, quien está escribiendo un libro que examina los vínculos entre la moda y la vestimenta militar.

“Caqui quiere decir 'polvo' en hindú. Antes de eso, los uniformes eran de colores brillantes”.

Origen y características de la gabardina

Dos nombres ocupan un lugar preponderante en la historia de la gabardina.

En 1879, Thomas Burberry de Hampshire desarrolló el tejido ajustado que repelía el agua y que posteriormente utilizó para fabricar el abrigo de gabardina.

Para que los abrigos fueran impermeables, las telas eran previamente enceradas o revestidas de caucho, lo que las volvía pesadas, rígidas o incómodas de llevar.

En contraste, la gabardina era ligera, resistente, transpirable.

Los abrigos fueron utilizados en la Guerra de los Boers en 1895. Burberry los fabricó y distribuyó cerca de medio millón durante la Primera Guerra Mundial.

La firma Aquascutum de Londres, por su parte, asegura haber fabricado prendas durante la década de 1850, que luego sirvieron de base para las gabardinas.

Según la empresa, sus abrigos de lana impermeable fueron usados por los soldados que luchaban en la Guerra de Crimea.

Un gran número de compañías han publicitado variaciones de la gabardina usada en la Primera Guerra Mundial, entre las que se encuentran Thresher and Glenny, Gerrish Ames y Simpkins, Kenneth Durán, y David Moseley e hijos.

Del uniforme militar al armario femenino

La gabardina beige se convirtió en icono de la moda femenina.

Ese cambio refleja un marcado cambio en la psicología de la batalla, dice Jane Tynan, profesora de estudios culturales en el Central Saint Martins de Londres y autora de un libro sobre los uniformes del ejército británico y la Primera Guerra Mundial: “Hombres en caqui”.

“La introducción de la gabardina es muy importante: es la historia de cómo la ropa se volvió parte de la tecnología de guerra”, asegura.

“Los brillantes tonos de los ejércitos a menudo hacían referencia a los colores de sus banderas, pero también se les asociaba con el honor”.

“En la Primera Guerra Mundial, los soldados franceses llevaban pantalones rojos porque sentían que el camuflaje era deshonroso. Pero los británicos fueron entusiastas del color caqui desde la época del motín de India en 1857.

Al menos hasta 1917, cuando en medio de la desesperación por vestir a un ejército que se había cuadruplicado, la oficina de guerra dio la orden para que los uniformes comenzaran a ser producidos en masa por empresas civiles.

Aunque la popularidad de la gabardina no se limitó al campo de batalla, las fuerzas armadas ayudaron a ampliar su atractivo.

“Cuando los soldados regresaron de la batalla, existía una idea de heroísmo y patriotismo que la gente quería comprar”, afirmó Butchart.

La prenda pasó así de la función militar a un imaginario civil relacionado con la resistencia, el patriotismo y la modernidad. Su posterior adopción por las mujeres se integró en un proceso más amplio de apropiación de prendas prácticas y de códigos visuales vinculados con la actividad pública.

La moda femenina en Chile y la influencia europea

La moda femenina en Chile ha estado determinada, desde sus inicios, por la influencia extranjera.

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, las mujeres de clase media que empezaron a trabajar como institutrices, secretarias y dependientas comenzaron a usar los trajes-sastre que facilitaban el trabajo y eran más económicos.

Durante la Primera Guerra Mundial, el traje sastre se impuso en Europa como un atuendo adecuado para las actividades de las mujeres en torno a la guerra.

Por esto, los países como Chile, que seguían la moda europea, adoptaron las nuevas tendencias imperantes en el viejo continente desde la primera década del siglo.

Durante el primer decenio del siglo XX, la influencia en la moda llegaba de Inglaterra y de Francia, países en los cuales se vivía una época de ostentación.

Desde mediados del siglo XIX en adelante, se dieron cambios graduales en la moda. Estos se producían en Europa por razones económicas, sociales e incluso políticas, y a Chile llegaban un poco más tarde, a través de los extranjeros que visitaban las nuevas repúblicas americanas o chilenos que regresaban desde Europa.

Durante el período de entre guerras, y desde la década del 30, la moda también empezó a adaptarse a los cambios tecnológicos, como la llegada del automóvil.

Moda femenina chilena entre 1910 y 1920

La evolución previa de la indumentaria chilena

Durante la Colonia, la presencia española marcó la tendencia estética de las mujeres y hombres, imponiéndose el estilo rígido y severo de las telas y modelos que se usaban en la corte de los Habsburgo, cuya riqueza contrastaba con la pobreza existente en Chile.

Durante el siglo XVIII, con la llegada de los Borbones al trono español, se introdujeron prototipos estéticos que llegaban con desfase.

Durante el siglo XIX, se produjo un afrancesamiento en diversos ámbitos de la vida nacional y la moda femenina adoptó esta estética.

A pesar de la incorporación de elementos como los quitasoles para los paseos, en general se mantuvo la costumbre del siglo XVIII de trenzar los cabellos sobre la cabeza y de cubrirse con un velo al salir a la calle, así como el uso del abanico.

Se introdujeron así las amplias faldas.

Para cada momento y actividad del día correspondía un traje distinto: para la mañana y la tarde, para el juego de cartas, el paseo al aire libre y la noche.

También las estaciones del año determinaban las modas y, así como para el verano eran importantes los trajes de baño, las pieles y abrigos lo eran para el invierno.

La guerra como ruptura de los códigos tradicionales

Se trata de un filón para explotar el juego de absurdos que surge entre el terror de las bombas y la sofisticación de la belleza que la alta sociedad no quiere extraviar.

Es entonces cuando se estrena en París el ballet Parade de Diaghilev -con vestuario diseñado por Picasso-, causando un gran escándalo.

La tensión entre la necesidad de trabajar y la voluntad de conservar una apariencia elegante atravesó toda la experiencia de la moda durante el conflicto. La ropa debía ser práctica, pero también continuaba expresando identidad, posición social y deseo de normalidad.

Los cafés y teatros siguen abiertos, y persiste aún la voluntad de ser elegante.

La moda no desapareció durante la guerra: cambió sus materiales, redujo sus adornos y adaptó sus formas a una sociedad movilizada.

La posguerra y la apertura de los años veinte

El final de la Primera Guerra Mundial abre la puerta a los locos años veinte y a la efervescencia del art déco.

La nueva mujer no renunció a los derechos adquiridos después de la llegada de la paz.

La silueta recta, la ausencia de curvas y la delgadez formaban parte del nuevo ideal de belleza.

La práctica de deportes comienza a ser habitual en la vida de esta nueva mujer.

La transformación iniciada durante la guerra continuó en la década siguiente. La experiencia del trabajo, la circulación por el espacio público y la búsqueda de libertad de movimiento consolidaron una imagen femenina alejada de las estructuras más rígidas del siglo XIX.

Prendas y referencias visuales de la época

  • Traje sastre, 1910-1920.
  • Vestimenta femenina, 1910.
  • Moda europea, 1911.
  • Publicidad de corsés, 1917.
  • Sombreros sencillos de terciopelo, 1915.
  • Moda de playa, 1918.
  • Los trajes sencillos y elegantes que cuestan poco dinero, 1920.
  • Las señoritas que trabajan, 1928.
  • Mujeres: moda en 1920.
  • Trajes que han de ser vistos en Viña del Mar en febrero, 1920.

Las imágenes de la época permiten observar el paso desde los vestidos más estructurados hacia conjuntos sencillos, trajes de trabajo, prendas de playa y modelos adecuados para una vida social más activa.

Moda femenina (y el papel de la mujer) en la Primera Guerra Mundial | Evolución de la moda femenina

La continuidad histórica de la transformación

La guerra modificó los códigos de la vestimenta al ritmo de los cambios sociales, económicos y tecnológicos.

La realidad impone la funcionalidad de los pantalones en lugar de los corsés, mientras que la falta de tejidos recorta las faldas.

El uso de vaqueros se extiende tras la guerra de Vietnam y el mayo del 68.

En la actualidad, nuestros años 20 parecen estar bien lejos de los flecos y las lentejuelas de las flappers.

Lo escribió Françoise Giroud: “toda moda muere de un asco, nace de un deseo y cristaliza aquello que emociona en la superficie de una sociedad” .

La vestimenta femenina de la Primera Guerra Mundial ocupa un lugar decisivo en esa historia porque hizo visible la conexión entre ropa, trabajo, escasez, movilidad e independencia. Los pantalones, los monos, el traje sastre, los tejidos de punto y la gabardina no fueron únicamente novedades de estilo: expresaron la incorporación de las mujeres a nuevas responsabilidades y espacios sociales.

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