Tendencias políticas de los personajes de Martín Rivas

Las tendencias políticas de los personajes de Martín Rivas se organizan principalmente alrededor del conflicto entre liberalismo y conservadurismo, la represión ejercida por el gobierno contra la Sociedad de la Igualdad y la defensa del orden social establecido. La novela sitúa estas posiciones en el Chile de 1850-1851, durante la gestación de la primera revolución liberal y los acontecimientos que culminan en el motín del 20 de abril de 1851.

Martín Rivas representa una forma moral y moderada de liberalismo, vinculada con la honradez, la igualdad basada en el mérito y la transformación gradual de la sociedad; Rafael San Luis encarna el liberalismo militante, impulsivo y sacrificado; don Dámaso Encina expresa el oportunismo político de una élite que fluctúa entre el gobierno y la oposición según sus intereses; mientras que otros personajes reproducen, mediante sus aspiraciones sociales y económicas, la ideología materialista y jerárquica de la burguesía santiaguina.

El contexto político de la novela

Entre mayo y julio de 1862, Alberto Blest Gana publicó por entregas Martín Rivas, con el subtítulo de «Novela de costumbres política sociales» en La Voz de Chile (1862-1864), diario dirigido por Manuel Antonio Matta (1826-1892).

La trama de la obra se desarrolla desde julio de 1850 hasta fines de octubre 1851 en Chile, «son los años en que se gesta y prepara la primera revolución liberal» -en la que participan liberales e integrantes de la Sociedad de la Igualdad-, «fenómeno colectivo de gran envergadura, que crece desde motines y sublevaciones castrenses hasta alcanzar la magnitud nacional, cuyas principales manifestaciones son la rebelión de las provincias nortinas, el levantamiento del Ejército del Sur y los sangrientos hechos protagonizados por Cambiaso en Punta Arenas».

En estas tertulias se trataban por lo general temas políticos entre los miembros masculinos asistentes y la lucha que llevaba el estado en contra de la sociedad de la igualdad, formada por liberales, frente a esta represión Martín se manifestaba en contra de la opresión de parte del gobierno.

El retrato de la realidad social que se actualiza en las novelas de Blest Gana se despliega a partir de un minucioso estudio de la estructura y costumbres sociales, y de la producción de intrigas que, de alguna manera, posibilitan el examen detallado de personajes representativos de las «esferas sociales» estructurantes de la sociedad chilena, que está determinada, entre otros aspectos, por . la instalación de las condiciones económicas del capitalismo, [. ] la lucha entre liberales y conservadores (aparente en muchos casos, pero nunca exenta por completo de repercusión para el afianzamiento político de la burguesía) y [. ] el despliegue de una ideología también liberal, que se hará dominante en el nivel de la cultura y en las regiones del arte y de la producción literaria.

Motín del 20 de abril de 1851

Martín Rivas: liberalismo moral y moderado

Martín Rivas, un humilde joven de provincia, se dirige rumbo a Santiago tras la muerte de su padre para llevar a cabo estudios universitarios y así, además, poder mantener económicamente a su madre y hermana.

En la universidad, Martín conoce a Rafael San Luis, activista liberal, quien le confiesa el profundo amor que este sentía por la sobrina de don Dámaso, Matilda Elías, con quien tiempo atrás estuvo comprometido, pero debido a la actitud interesada del padre de ella, perdió contacto.

Martín comienza a interiorizarse en lo que es la sociedad de la igualdad producto de la amistad que tenía con Rafael.

La posición política de Martín no nace de una carrera partidista ni de una ambición de poder. Surge de su experiencia directa de la desigualdad, de su amistad con Rafael San Luis y de su rechazo a la violencia represiva ejercida contra quienes buscan transformar el orden político. Su liberalismo se relaciona con una ética personal basada en la dignidad, la responsabilidad y el mérito.

Para Cristián Montes, la figura del protagonista representa la del «burgués ideal», pues a diferencia de los otros personajes burgueses -don Dámaso, Leonor Encina y Rafael San Luis- «Martín representa un ente ideológico donde se ha depurado la clase emergente, transformándose en el representante ideal de la burguesía. Erigido en héroe de la mesura y el sentido común, afirma el orden establecido a través de la moral estricta y un talento singular para conciliar los opuestos».

Martín representa un liberalismo que no busca destruir indiscriminadamente el orden social, sino corregir sus injusticias mediante la virtud, la educación y el reconocimiento del mérito individual. Por eso su trayectoria política se encuentra estrechamente unida a su ascenso social y a su incorporación progresiva a la familia Encina.

La experiencia de la desigualdad social

Martín al llegar a Santiago se establece en la casa de don Dámaso Encina, quien era un caballero de clase alta y antiguo conocido de su padre, el cual tenía dos hijos: Agustín y Leonor.

Don Dámaso le recibe bien, pero siempre marcando la diferencia social existente entre ellos, le ofrece además un trabajo, el llevar sus correspondencias y las cuentas de sus negocios ofreciéndole una paga mensual.

Martín rechaza el pago pero no el trabajo, aludiendo que tenía una deuda moral con la familia Encina por haberlo recibido en su hogar como huésped.

La situación inicial de Martín revela que la desigualdad no es una abstracción política, sino una realidad cotidiana. El joven debe negociar constantemente su presencia dentro de una familia aristocrática que lo acoge, pero no lo considera inicialmente un igual. Su conducta pone en cuestión la idea de que la posición social depende exclusivamente del dinero o del origen familiar.

El pobre y anticuado traje de Martín ha servido para mostrar los rasgos de una sociedad que se apega mucho a las exterioridades y entre ellas, las principales, la vestimenta y el dinero.

En este sentido, el culto exterior de las personas se convierte en un rasgo definitorio de la sociedad santiaguina.

Todo gira en esa sociedad en torno a la riqueza y las exigencias sociales.

Así, la presencia de Martín en ese mundo engendra una oposición entre los modos de la exterioridad a que se rinde culto y los valores inherentes a la persona humana.

Estos atributos adornan a Rivas y van revelando gradualmente a la mirada sensible de Rafael San Luis y de los propios Encina, el verdadero ser del joven pobre y orgulloso.

Autenticidad, mérito y transformación social

El primer sentido que nos interesa dilucidar tiene que ver con el motivo de la autenticidad como eje estructurador de la conformación heroica de Martín.

Este eje caracterizador servirá de reflector contrastivo tanto de la alta aristocracia como también del «medio pelo».

En cuanto a la vestimenta, ésta delata la condición provinciana del joven.

Sin embargo, en las palabras del narrador es posible vislumbrar un criterio de valoración social, es decir, una característica del medio.

Lo interesante es que el retraso de la provincia en lo exterior de su figura podrá ser compensado por el aporte de una reserva moral de autenticidad, dignidad y verdadero señorío, lo cual será develado ante Leonor despertándole su curiosidad y más tarde el amor que permitirá a Martín ascender de clase social.

El liberalismo de Martín se distingue así de la imitación social que domina a muchos personajes. Su ascenso no depende de copiar las modas, el lenguaje o las costumbres de la aristocracia, sino de demostrar cualidades que la sociedad declara valorar, aunque frecuentemente las subordine al dinero y a las apariencias.

En este sentido, Martín funciona como una posibilidad de renovación de la burguesía: conserva la importancia del esfuerzo individual y de la movilidad social, pero reemplaza el oportunismo económico por la honradez y el sentido de responsabilidad.

Rafael San Luis: liberalismo militante y heroísmo trágico

Rafael San Luis es el personaje que encarna con mayor claridad el liberalismo activo y combativo. En la universidad, Martín conoce a Rafael San Luis, activista liberal, quien le confiesa el profundo amor que este sentía por la sobrina de don Dámaso, Matilda Elías, con quien tiempo atrás estuvo comprometido, pero debido a la actitud interesada del padre de ella, perdió contacto.

A raíz de estos conflictos amorosos, Martín empieza a resolver estos problemas familiares reconciliando a Rafael con Matilda, pero éste se resigna respecto a ella y se dedica de lleno a su lucha.

Rafael no limita sus convicciones políticas a conversaciones privadas o a una oposición moderada. La frustración amorosa, la injusticia económica y la experiencia de la exclusión social se integran en una lucha pública que termina absorbiendo su vida.

Por otra parte, tenemos al héroe trágico vislumbrado en la figura de Rafael San Luis, el cual atiende a las fases de la tragedia identificadas por Frye.

Ahora bien, al interpretar la heroicidad trágica de San Luis, es dable reconocer en este personaje la curva que va desde la caída, plasmada en la imposibilidad de contraer matrimonio con Matilde por motivos económicos, encaminándose hacia el retorno de la esperanza gracias a las gestiones de su amigo Martín hasta llegar a su caída nuevamente, la cual se presenta como la resultante de su irresponsabilidad e inexperiencia al ocultar la existencia de su hijo con Adelaida.

Finalmente, cuando Rafael renuncia al amor de su vida se interna en una batalla política donde su muerte constituiría la expurgación de sus culpas pasadas.

La Sociedad de la Igualdad y la acción política

Martín comienza a interiorizarse en lo que es la sociedad de la igualdad producto de la amistad que tenía con Rafael.

Finalmente, tras un malentendido con Edelmira(hermana de Adelaida), Martín se va de la casa de los Encina, producto de la desconfianza que comenzó a tenerle Leonor.

Pasado un tiempo, Martín se involucra junto con Rafael en el histórico motín el 20 de Abril de 1851, donde cae preso y es sentenciado a muerte, pero don Dámaso interviene y el malentendido que había tenido con Leonor es resuelto, por lo que se casan y el señor Encina delega todos sus negocios a Martín para poder dedicarse completamente al mundo de la política.

El motín constituye el punto de máxima exposición política de Martín y Rafael. Para Rafael, la insurrección confirma una concepción heroica del compromiso liberal: la transformación exige riesgo personal y disposición al sacrificio. Para Martín, en cambio, la participación en el levantamiento representa una experiencia límite que pone a prueba su valor, pero también permite que su conducta sea reconocida por quienes antes lo juzgaban desde su origen social.

La diferencia entre ambos personajes no consiste en que uno sea liberal y el otro no, sino en la manera en que cada uno entiende la acción política. Rafael se entrega a la lucha hasta convertirla en el centro de su existencia; Martín participa en ella, pero su horizonte sigue siendo la conciliación entre justicia social, responsabilidad personal y estabilidad institucional.

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Don Dámaso Encina: oportunismo, orden y conservadurismo

En el relato don Dámaso parte siendo liberal pero termina siendo conservador.

La transformación política de don Dámaso no responde a una conversión ideológica profunda. Su trayectoria muestra la inestabilidad de una clase dirigente que utiliza las etiquetas políticas de acuerdo con las circunstancias y con la posibilidad de preservar sus intereses.

Dámaso Encina es el «tipo del hombre parásito en la política, que vive siempre al arrimo de la autoridad y no profesa más credo político que su conveniencia particular y una ciega adhesión a la gran palabra Orden realizada en sus más restrictivas consecuencias».

El personaje representa una modalidad de conservadurismo fundada en la defensa del orden, pero no necesariamente en principios doctrinarios coherentes. El orden que defiende es aquel que protege la autoridad, la propiedad y la jerarquía social de la élite mercantil a la que pertenece.

La política como conveniencia personal

La lectura de periódicos liberales y conservadores afecta la opinión política de don Dámaso.

El personaje fluctúa por ello entre la adhesión y la oposición al gobierno.

Don Dámaso, que tenía perdida la esperanza de ser comisionado por el Gobierno, se hallaba en aquella noche bajo la influencia de los periódicos liberales, cuyos artículos recordaba perfectamente.

Este fluctuaba entre el ministerio y la oposición a merced de los consejos de los amigos y de los editoriales de la prensa de ambos partidos.

La movilidad ideológica de don Dámaso muestra que sus posiciones políticas dependen menos de convicciones que de beneficios, nombramientos, amistades y expectativas de reconocimiento. Su liberalismo desaparece cuando deja de ser útil, y su conservadurismo se consolida cuando la defensa del orden garantiza su posición.

Blest Gana, por un lado, pareciera criticar mediante la creación de este personaje las alianzas de liberales y conservadores que se desarrollan en 1857, fecha señalada por Jaime Concha como «el horizonte insuperable de su ideología liberal».

Revela, asimismo, el desencanto del escritor ante la aparente imposibilidad de la instalación social de su moderado ideario liberal.

El dinero y el control social

Dámaso Encina, como prácticamente todos los personajes de la novela, rinde culto al dinero, considerado el valor social por excelencia.

Nos informa el narrador, además, sobre las estrategias empleadas por el personaje para escalar económica y socialmente, entre las que sobresalen la turbia historia con José Rivas, el matrimonio con Engracia Núñez, quien «poseía una herencia de treinta mil pesos, que inflamó la pasión del joven Encina hasta el punto de hacerle solicitar su mano», y el recurso de «la usura en grande escala, tan común entre los capitalistas chilenos».

Dámaso Encina es un fiel representante, si seguimos los planteamientos de Gabriel Salazar (2006), de la élite mercantil que surge en la época colonial, tiene una significativa participación en el período independentista y se consolida en la etapa republicana.

Los esfuerzos de dicha élite se encaminaron a preservar y amplificar su poder económico, además de ejercer el control político de la nación.

El desprecio que el narrador (y el autor) manifiesta por el «mercader» santiaguino, desde este acceso, se relaciona con una crítica a la República autoritaria y mercantil que se arraiga en Chile, si volvemos a las proposiciones de Salazar, con el modelo portaliano.

Don Dámaso no es únicamente un padre de familia o un hombre de negocios: es una figura de poder que traduce la riqueza económica en influencia política. Su casa, sus tertulias y sus vínculos con las autoridades constituyen espacios donde se reproduce la jerarquía social y se decide quién puede ser aceptado dentro de la élite.

PersonajeTendencia políticaRasgo principal
Martín RivasLiberalismo moral y moderadoDefensa del mérito, la honradez y la conciliación
Rafael San LuisLiberalismo militanteCompromiso directo con la lucha política y la Sociedad de la Igualdad
Don Dámaso EncinaOportunismo entre liberalismo y conservadurismoDefensa del orden y de la conveniencia personal
Agustín EncinaDespolitización aristocráticaPredominio de la apariencia, la moda y la frivolidad
Fidel ElíasConservadurismo social y económicoValoración de los matrimonios y las relaciones como negocios
Doña BernardaAspiración imitativa del medio peloReproducción caricaturesca de los códigos de la clase alta

Leonor Encina: posición social y cambio de perspectiva

Leonor, hija de don Dámaso al principio desconfía de Martín, pues piensa que se comporta humildemente para ganarse la confianza de la familia, pero Rivas, como buen provinciano, sólo busca conocer y adaptarse a las costumbres de este nuevo mundo.

Martín comienza a enamorarse de Leonor, lo que en cierto modo acentúa su soledad, al ver esta situación, don Dámaso decide invitar a Martín a tertulias entre los amigos de Encina, para que familiarice con la aristocracia santiaguina.

Se enamora cada vez más de Leonor, quien le corresponde los sentimientos, pero considerando las diferencias sociales que los separan no se atreve a declararle su afecto.

La relación entre Leonor y Martín posee una dimensión política porque cuestiona las fronteras de clase que organizan la sociedad. Leonor pertenece a la familia que concentra el poder económico y simbólico, mientras Martín representa al joven provinciano que intenta incorporarse a la vida capitalina mediante el estudio, el trabajo y la conducta moral.

Este personaje servirá de vehículo para que Martín se muestre gradualmente como un héroe moral auténtico, capaz de llevar sobre sus hombros la cruz de un amor que recibe la indiferencia y por tanto la resignación ante su condición social inferior.

Lo interesante es que el retraso de la provincia en lo exterior de su figura podrá ser compensado por el aporte de una reserva moral de autenticidad, dignidad y verdadero señorío, lo cual será develado ante Leonor despertándole su curiosidad y más tarde el amor que permitirá a Martín ascender de clase social.

La unión final de ambos personajes no elimina las diferencias sociales, pero las reorganiza. El matrimonio permite que Martín sea incorporado a la clase superior sin abandonar las virtudes que lo distinguían al comienzo. Al mismo tiempo, demuestra que la aristocracia puede aceptar a un individuo de origen modesto cuando este posee educación, capacidad económica y legitimidad moral.

Agustín Encina y la frivolidad de la élite

En las reuniones sociales efectuadas en la casa de don Dámaso, resaltará la figura de Agustín Encina, cuyo tono afrancesado y modales colmados de siutiquería revelarán la vanalidad de una sociedad que se deja valorar por las apariencias.

En la época en que principia esta historia, la familia Encina acababa de celebrar con un magnífico baile la llegada de Europa del joven Agustín, que había traído del Viejo Mundo gran acopio de ropa y alhajas, en cambio de los conocimientos que no se había cuidado de adquirir en su viaje.

Su pelo rizado, la gracia de su persona y su perfecta elegancia hacían olvidar lo vacío de su cabeza.

Agustín representa una forma de poder social desprovista de contenido político. Su cosmopolitismo es superficial: imita el lenguaje, la moda y los gestos europeos, pero no adquiere conocimientos ni desarrolla una conciencia crítica sobre la realidad nacional.

Descripciones como ésta dejan en evidencia el afán aparencial vertido en los protagonistas de los salones del Chile de 1850, dejando entrever en el narrador su propósito de sátira donde la fuerza del ridículo y los azotes de lo grotesco caen, tanto sobre la vanidad hueca de los burgueses enriquecidos (cuyo dinero les da las posibilidades aristocráticas) como sobre la siutiquería del medio pelo.

Lo interesante es que será el mismo Agustín quien actúe de puente entre estos dos escenarios.

Agustín adopta rápidamente, para expresarse, notaciones que obedecen a galicismos, incurriendo muchas veces en errores y cursilería.

Su comportamiento permite observar que la clase alta no aparece como un bloque uniforme de ideas políticas. En ella conviven el control económico, el conservadurismo de los negocios, la frivolidad cultural y la preocupación por mantener las apariencias de superioridad.

Fidel Elías: matrimonio, propiedad y conservadurismo familiar

Los proyectos matrimoniales de Clemente Valencia, quien «quería aumentar su caudal con la herencia probable de Leonor», y de don Fidel Elías, quien le indica a su mujer: «Agustín es un buen partido que no debemos dejar escaparse y yo hablaré con Dámaso sobre este negocio, puesto que yo debo hacerlo todo en esta casa», muestran la penetración de la lógica económica en la vida familiar.

En este universo, el matrimonio no aparece únicamente como una relación afectiva, sino como una operación destinada a conservar o aumentar la riqueza. El orden social se mantiene mediante alianzas entre familias, herencias y conveniencias, de modo que la política conservadora encuentra su fundamento cotidiano en la defensa de la propiedad y del prestigio familiar.

La actitud de Fidel Elías permite comprender que el conservadurismo no siempre se expresa en discursos políticos explícitos. También se manifiesta en la administración patriarcal de la familia, en el control de las decisiones matrimoniales y en la subordinación de los sentimientos a los intereses económicos.

Doña Bernarda y la imitación del orden social

Tras los picholeos efectuados en la casa de Doña Bernarda, el ‘afrancesado’ será víctima de un ardid con el fin de que la familia de doña Bernarda pueda acceder de condición social.

Sin embargo, pareciera que el narrador se afanase en mostrar que para la clase baja carente de virtudes honestas la aspiración social se quedará en una mera esperanza truncada.

En tanto, Doña Bernarda es la representante barroca del medio pelo y del mal gusto.

Tanto sus expresiones como parlamentos, cargados de vulgarismos y de expresiones populares armonizan con su habla y su conducta.

Preciso es advertir que doña Bernarda se había ataviado con el propósito de parecer una señora a las personas ante quienes había determinado presentarse.

Sin sospechar que aquel traje olía de a legua a gente de medio pelo.

Doña Bernarda no formula un programa político, pero su conducta revela la dimensión social de la política: el deseo de acceder a los privilegios de la clase alta y la frustración causada por las barreras que impiden esa movilidad.

Su imitación de las costumbres aristocráticas es presentada de forma satírica porque reproduce los signos exteriores sin incorporar las condiciones económicas, culturales y familiares que sostienen el poder de la élite.

Podríamos decir, entonces, que estos dos personajes se enfundan en una estética de la imitación y de la repetición, ambos escollos que imposibilitan una ida edificadora hacia delante.

En sus modos de pensar, de ser y de vestir, imitan y repiten sin cesar, haciendo meta, no de trascender, de dejar atrás el ‘parecerse’ sino de parecerse mejor a lo que se antoja bien, con lo cual no llegan a ser nunca lo que realmente son.

La violencia mimética y la política

Este artículo examina, fundamentalmente, los efectos del deseo mimético y la emergencia de una ventana utópica en la novela Martín Rivas de Alberto Blest Gana.

Los héroes de las novelas realistas desean, pues, sobre la base de un «tercero [que] está siempre presente en el nacimiento del deseo»: un modelo (mediador) al que los personajes novelescos procuran aproximarse mediante la imitación.

La distancia que se establece entre el mediador y el sujeto define lo que Girard llama mediación externa y mediación interna.

La mediación externa se encuentra presente en las novelas realistas del siglo XIX; sin embargo, es la mediación interna, en la que un personaje imita a su modelo disimuladamente hasta el punto de convertir su fascinación en repudio, la que se apodera de la dimensión del deseo permeando toda la estructura novelesca.

Las consecuencias de la mediación interna se elucidan en un sentimiento conflictivo que rige recíprocamente la relación del sujeto y el modelo: la fascinación por el modelo en la medida en que éste se convierte en un obstáculo transmuta en envidia, rivalidad y odio.

La política de Martín Rivas se desarrolla, por tanto, en un espacio donde los personajes no sólo defienden ideas, sino que también imitan modelos de conducta social. La aristocracia imita formas de distinción europea; el medio pelo imita a la aristocracia; don Dámaso imita los discursos políticos de la prensa; Rafael intenta realizar el ideal liberal mediante la acción; y Martín transforma esas tensiones en una conducta de moderación y mérito.

Don Dámaso como lector político

Blest Gana, por otro lado, hace visible la capacidad del lenguaje de convertirse en mediador del deseo de los individuos, inscribiéndose así en una tradición literaria que, en lengua castellana, se inicia con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, novela en la que Alonso Quijano imita un modelo (Amadís de Gaula) descubierto en sus lecturas de novelas de caballería.

Los deseos del lector «de los editoriales de la prensa de ambos partidos» surgen, pues, sobre la base de la imitación de las ideas políticas que se actualizan en el espacio novelesco.

Don Dámaso convierte la lectura de los periódicos en un mecanismo para ajustar su conducta a las circunstancias. Su posición revela que la opinión política puede ser manipulada por discursos externos cuando no existe una convicción ideológica sólida.

La oposición entre liberalismo y orden

La novela no presenta el conflicto político como una simple oposición entre personajes buenos y malos. Las tendencias liberales y conservadoras se entrelazan con la clase social, la riqueza, la educación, las relaciones familiares y las ambiciones personales.

Martín defiende la dignidad individual y participa en una acción política que desafía la represión, pero termina integrado en la estructura económica de los Encina. Rafael mantiene una adhesión más radical al liberalismo y abandona la posibilidad de una solución privada para consagrarse a la lucha pública. Don Dámaso se desplaza desde el liberalismo hacia el conservadurismo cuando comprende que el orden protege mejor sus intereses.

Esta distribución de posiciones permite observar tres respuestas ante la crisis del sistema social:

  • La reforma moral y meritocrática, representada por Martín Rivas.
  • La acción revolucionaria y sacrificial, representada por Rafael San Luis.
  • La adaptación oportunista y defensiva, representada por don Dámaso Encina.

Estas tres respuestas no permanecen aisladas. Martín recibe la influencia de Rafael, Rafael depende de la ayuda de Martín para resolver sus conflictos personales y don Dámaso termina beneficiándose de la capacidad de Martín al delegarle sus negocios.

La novela construye así una relación compleja entre transformación política y movilidad social. El liberalismo puede aparecer como una fuerza de oposición al gobierno, pero también como una vía de modernización de la burguesía y de integración de individuos provenientes de sectores inferiores.

El ascenso de Martín y la conciliación política

Si tomamos la consumación del amor entre Leonor y Martín como la resultante de aventuras y conflictos preliminares, entonces, podríamos señalar entre éstos, aquellos cuyo transcurrir se debate entre dos espacios principalmente, una suerte de escenarios confesionales de nuestra vida nacional de 1850, donde la siutiquería se manifiesta en todo su esplendor, con esto me refiero al ‘picholeo’ y a las reuniones de la clase alta.

En ambos Martín, sin dejarse llevar por los artificios ni de uno ni de otro sector social, resaltará por su dignidad y mesura.

La trayectoria de Martín conduce a una forma de conciliación entre las clases. No se trata de una revolución que destruya la aristocracia, ni de una aceptación pasiva de las jerarquías existentes. Se trata de la incorporación de un sujeto meritorio a la élite y de la renovación parcial de esta mediante valores que inicialmente no proceden de ella.

Tras participar en varias formas de acumulación de capital (cultural, en el Instituto Nacional; simbólico, en las asesorías financieras a su anfitrión; social, en las múltiples relaciones que establece; y experiencial, en lo político y amoroso), Martín Rivas logra cumplir sus varios objetivos.

Finalmente, tras un malentendido con Edelmira(hermana de Adelaida), Martín se va de la casa de los Encina, producto de la desconfianza que comenzó a tenerle Leonor.

Pasado un tiempo, Martín se involucra junto con Rafael en el histórico motín el 20 de Abril de 1851, donde cae preso y es sentenciado a muerte, pero don Dámaso interviene y el malentendido que había tenido con Leonor es resuelto, por lo que se casan y el señor Encina delega todos sus negocios a Martín para poder dedicarse completamente al mundo de la política.

El desenlace no elimina la dimensión política de la historia, sino que la reorganiza en torno a la figura de Martín. El antiguo provinciano termina administrando los negocios de don Dámaso y ocupando el lugar de quien puede unir capacidad económica, educación, experiencia política y legitimidad moral.

Así, gracias al desarrollo de las nobles virtudes del corazón, Rivas se erige como un héroe representativo del romance nacional.

El héroe moral de Martín y el héroe político de Rafael San Luis obedecen a trayectorias distintas, pero ambos permiten representar el conflicto entre el mundo ideal y el mundo material. Martín procura transformar la sociedad mediante la conducta y la conciliación; Rafael intenta hacerlo mediante la lucha y el sacrificio.

La crítica a la burguesía y a la sociedad santiaguina

La escritura del novelista que buscó «nacionalizar la literatura y establecer en el país la novela realista de costumbres, conforme al tipo de Balzac», lo que puede considerarse «el primer signo de una novela regionalista americana», se caracteriza, entre otros aspectos, por «la constatación de su apego al hecho histórico, la minuciosa observación de las costumbres, la autenticidad de los retratos, su nacionalismo literario, su interés por novelar la historia del país y su visión crítica frente a las condiciones sociales de la época».

El listado de los rasgos singularizadores de las ficciones realistas de Blest Gana debe incorporar, además, «el irreconciliable dilema entre el mundo ideal y el mundo material [y] el análisis de cómo se transforma la burguesía chilena y, a través de ella, la nación».

La crítica política de la novela se articula con la sátira de las costumbres. La aristocracia no es presentada como una clase plenamente superior, pues muchos de sus integrantes viven de la riqueza, la herencia, los negocios y la imitación cultural. Del mismo modo, el medio pelo no aparece como una alternativa política organizada, sino como un sector que reproduce de manera deformada los signos de distinción de la élite.

El narrador se encarga de mostrar que la sociedad santiaguina se encuentra dominada por una confusión entre valor personal y apariencia pública. La vestimenta, el dinero, el apellido, las relaciones y el lenguaje funcionan como signos de pertenencia social y como instrumentos de exclusión.

En este marco, el liberalismo de Martín adquiere una dimensión crítica porque propone que el valor de una persona no debe depender exclusivamente de su origen. Sin embargo, la solución narrativa también es limitada: Martín es aceptado porque demuestra cualidades excepcionales y porque puede integrarse económicamente en la clase dominante.

La novela expone, por tanto, una tensión entre la aspiración igualitaria y la conservación del orden. El mérito individual puede abrir una puerta, pero no necesariamente transforma las estructuras que producen la desigualdad.

El pensamiento utópico y los límites de la transformación

Releer hoy día la novela de Blest Gana no implica sólo revisar críticamente las estéticas romántica y realista, a la vez que sus vinculaciones con el complejo Chile de mediados del siglo XIX.

Implica también la posibilidad de producir una mirada de nuestro presente y descubrir las potencias de futuro que residen todavía en esos libros del pasado que son verdaderos guardianes del sueño de una patria que (aún) no existe.

La ventana utópica de Martín Rivas se abre en la posibilidad de construir una sociedad donde la educación, la honradez y el talento permitan superar parcialmente las barreras de origen. Martín encarna esa esperanza, porque logra pasar desde la provincia a la capital, desde la pobreza relativa a la prosperidad y desde la subordinación social a la dirección de los negocios.

Rafael representa una utopía más radical, basada en la acción colectiva y en la transformación política. Su fracaso muestra el costo de una lucha que no encuentra una solución institucional estable, mientras que el ascenso de Martín muestra la posibilidad de una integración gradual al orden existente.

Como podemos apreciar, a través del entramado de ambos personajes, se vuelve posible desentrañar los sentidos que articulan las formas de representación novelesca donde el afán aparencial y la satirización de los estratos sociales cobra un papel preponderante.

La novela no ofrece una ruptura definitiva con la sociedad jerárquica, pero sí introduce una crítica a sus fundamentos. La defensa del orden de don Dámaso queda cuestionada por su oportunismo; el liberalismo de Rafael queda marcado por la tragedia; y el ascenso de Martín aparece como una conciliación que modifica la élite sin abolirla.

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