Soldados alemanes sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial: memoria, cautiverio y vida después del conflicto

Los soldados alemanes sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial regresaron a una Alemania derrotada, destruida y ocupada, pero sus experiencias no fueron iguales: algunos habían combatido hasta el final, otros habían sido capturados y permanecieron en campos de prisioneros, mientras que muchos civiles y víctimas de la persecución nazi afrontaron desplazamientos, pérdidas familiares y una difícil reconstrucción de sus vidas.

La supervivencia durante y después de la guerra estuvo marcada por el hambre, las heridas, el cautiverio, el trauma psicológico, la desaparición de comunidades enteras y la necesidad de empezar de nuevo en una Europa transformada. Las historias de quienes sobrevivieron permiten comprender tanto la escala de la guerra como sus consecuencias prolongadas.

El final de la guerra y la Alemania derrotada

Fue uno de los acontecimientos más significativos del siglo XX. En Estados Unidos solo queda con vida un testigo del momento en que los alemanes se rindieron formalmente en una pequeña escuela en Reims, Francia, en las primeras horas del 7 de mayo de 1945, lo que marcó el fin de la guerra en Europa.

Luciano “Louis” Graziano, de 21 años, había estado viviendo en East Aurora, Nueva York, cuando fue reclutado en 1943. Después de aterrizar en Omaha Beach y sobrevivir la Batalla de Bulge, se convirtió en capataz de servicios en el Comando del Cuartel General Especial.

A comienzos de mayo de 1945, su trabajo consistía en mantener en buenas condiciones los edificios que usaba Dwight Eisenhower, Comandante Supremo Aliado. Uno de esos edificios era la famosa escuela Little Red Schoolhouse.

Graziano, que ahora tiene 97 años, todavía recuerda claramente haber visto al general alemán Alfred Jodl entrar a un aula concurrida en el edificio de ladrillo de tres pisos en Reims. “Los ingleses, los franceses, los rusos y los estadounidenses ya habían firmado. Los alemanes fueron los últimos en firmar”, recuerda Graziano.

Eran las 2:14 de la mañana cuando Jodl finalmente firmó los documentos oficiales de rendición con una lapicera fuente Parker 51 y con cara de piedra. El sargento mayor Graziano y otros oficiales luego escoltaron a Jodl por un pasillo hasta un salón donde esperaba Eisenhower.

Graziano vio a Jodl entrar al salón, chasquear los talones y hacerle la venia a Ike, quien se negó a estrechar la mano de un nazi. Esa mañana, Eisenhower envió el histórico mensaje: “LAS FUERZAS ALIADAS HAN CUMPLIDO SU MISIÓN”.

Dado que Graziano estaba en Reims, en el centro de la región de Champagne en Francia, era lógico que más tarde ese día celebrara con champaña. “Todos sentían un gran alivio, lo pasaron bien… con muchas ganas de ir a casa”.

A principios de esa primavera, Graziano había conocido a Eula “Bobbie” Shaneyfelt, una sargento del Cuerpo Femenino del Ejército. La pareja se casó precisamente en Reims en octubre de 1945. Se fueron de luna de miel a París y tuvieron cinco hijos.

“Ella era sargento de segunda clase”, recuerda Graziano con una sonrisa. “Yo era sargento mayor, así que daba las órdenes. Pero cuando llegamos a casa, las órdenes las comenzó a dar ella”.

Los supervivientes militares y la experiencia del combate

De la “la generación más grande” que luchó durante la Segunda Guerra Mundial quedan ya pocos que puedan dar testimonio. Ahora depende de sus descendientes mantener viva la memoria de estos combatientes para que otros puedan comprender la valentía, el sacrificio y el trauma que marcaron el mayor conflicto del siglo XX.

En particular, esta historia de la tripulación de un bombardero pesado Handley Page Halifax trata de un pequeño grupo de jóvenes canadienses que surcó los cielos de Europa durante la Batalla del Ruhr. Y su avión fue uno de las más de 8.000 aeronaves desaparecidas en combate durante las operaciones de bombardeo aliadas.

Los tres personajes que conformaban el núcleo de la tripulación -“Andy” Hardy, MacCallum y Reilley-, volaron juntos por primera vez en julio de 1942. En la primavera de 1943 se les unieron el artillero de cola “Red” O’Neill, el ingeniero de vuelo Ken Collopy y el artillero superior Norm Weiler, uno de los dos que no eran canadienses.

El otro era mi tío abuelo, el teniente de vuelo Herbert Philipson Atkinson, también conocido como “Phil el inglés”. MacCallum, el operador de radio, opinaba que tenían suerte de contar con uno de los mejores pilotos de la Real Fuerza Aérea Canadiense (RCAF).

Tan alta era la tasa de bajas en su escuadrón que se los consideraba una tripulación “veterana” y “afortunada”. Las probabilidades estaban en su contra: solo el 15% de las tripulaciones de la RCAF que volaban en ese tipo de avión sobrevivieron a un período de servicio completo (30 misiones en este caso) en 1943, según el museo Bomber Command.

Bombardero Halifax sobre el Ruhr

La noche fatídica sobre Essen

A las 14:00 del 30 de abril de 1943 recibieron, junto con otras cinco tripulaciones, una sesión informativa de dos horas sobre su operación para esa noche: Essen era uno de los objetivos más difíciles del Ruhr, hogar de la acería Krupp y una ciudad vital para la industria militar alemana.

Partieron a medianoche, con retraso por la niebla en Inglaterra. Poco después de las 03:00, Atkinson ordenó abrir las compuertas para arrojar las bombas sobre el “enorme horno, con miles de reflectores y cañones antiaéreos pesados que disparaban” en defensa de Essen.

De repente, Hardy, el navegante, gritó: “Me han alcanzado”. Un proyectil antiaéreo le había cercenado la pierna derecha por encima de la rodilla. MacCallum trató en vano de salvarlo, envolviéndolo en su chaqueta para mantenerlo caliente y aplicándole morfina en sus agonizantes momentos finales.

Con su navegante muerto, Atkinson indicó a Reilley que soltara las bombas y luego lo ayudara a guiar el avión fuera del objetivo. El registro, la tabla y el mapa de Hardy estaban cubiertos de sangre y eran ilegibles, por lo que Reilley trazó una ruta de regreso a Inglaterra a partir del plan de vuelo y la navegación astral.

“¡Caza a la izquierda!” gritó alguien al retumbar el sonido de proyectiles de cañón golpeando el fuselaje. “Dondequiera que mirabas había fuego”, recordó Weiler.

“El comandante se tiró al suelo y luego se levantó, y las llamas se extinguieron un poco, pero se avivaron y se extendieron sobre el ala mientras nos agachábamos para mantener la velocidad de vuelo”, recordó MacCallum.

La decisión de Atkinson de agacharse dio a la tripulación la oportunidad de seguir sus instrucciones de saltar en paracaídas. Reilley y O’Neill ya habían saltado en paracaídas meses antes: fueron los únicos sobrevivientes de un accidente en octubre de 1942.

El último en abandonar el avión fue Callopy, y Atkinson se quedó para pilotarlo mientras su tripulación saltaba en paracaídas. Él no sobrevivió.

Tanto Reilley como O’Neill escribieron a la esposa de Atkinson desde los campos de prisioneros de guerra para contarle lo que había sucedido. Pero otros seis miembros sí: aterrizaron en campos y árboles alrededor de Elst, en Países Bajos, donde fueron capturados como prisioneros de guerra.

El cautiverio de los prisioneros de guerra

Años más tarde Weiler rememoró cómo, tras aterrizar en un prado de vacas, escuchó a los bombarderos en el aire que regresaban a casa y sintió “una sensación enfermiza y solitaria” al contemplar el destino que le esperaba.

Los tripulantes del Halifax fueron separados y enviados a campamentos en todo el territorio controlado por los nazis. Collopy y O’Neill al norte de Alemania, MacCallum a la Lituania ocupada y Reilley, Nurse y Weiler a la Polonia ocupada.

Como oficial, Reilley fue al Stalag Luft 3, donde un elaborado intento de fuga inspiraría la película de Hollywood “El gran escape” (“The Great Escape”).

Esa película relata los esfuerzos por cavar tres túneles desde las viviendas de los prisioneros hasta un bosque más allá de la valla perimetral del campo. En la vida real, el plan consistía en intentar que 200 oficiales de la Real Fuerza Aérea británica (RAF) escaparan a través de Alemania utilizando documentos falsificados y ropa civil, todo creado dentro del campamento.

Solo 76 oficiales consiguieron salir del túnel y tres evitaron ser atrapados. La Gestapo ejecutó a 50 en represalia.

Reilley, que era el número 86 en la fila para escapar, nunca llegó al túnel que había ayudado a construir. De hecho, ni siquiera creía que se estaba inscribiendo en el plan de escape, sino a una liga de cricket de la prisión.

“Mi tarea era transportar arena traída de los túneles; también trabajé un poco en seguridad cuando mi rodilla estaba muy mal”, recordó Reilley, que se había lesionado la rodilla y el tobillo al aterrizar sobre algunos árboles tras saltar del Halifax.

Las marchas forzadas al final de la guerra

La rodilla le causaría más problemas cuando lo obligaron a marchar en pleno invierno, junto con otros prisioneros aliados, ya en el final de la guerra. Los nazis querían usarlos como escudos humanos para disuadir la embestida final de los bombardeos aliados en las principales ciudades.

Sobrevivieron cuatro meses caminando sin rumbo cientos de kilómetros, enfrentando el riesgo siempre presente de muerte por inanición, agotamiento o ejecución sumaria.

MacCallum, de Nueva Escocia, en el noreste de Canadá, aseguró que nunca había experimentado un frío tan intenso. Evitó por poco morir cuando aviones aliados confundieron su desaliñada columna con una unidad alemana.

Las cicatrices en sus talones por marchar sin calcetines le durarían toda la vida. Solo Collopy y O’Neill se libraron de marchar.

Dos años y un día después del accidente, Reilley fue liberado por el Regimiento de Cheshire cerca de Lubeck, en el norte de Alemania; había perdido 25 kg desde el comienzo de la guerra.

MacCallum fue liberado a orillas del río Elba y Weiler, cerca de Múnich.

La liberación y el regreso a la vida civil

Los seis que regresaron eran jóvenes de poco más de 20 años que habían dejado Canadá para servir a la causa. Para MacCallum, regresar a casa significaba casarse con Rosemary.

Se habían conocido antes de la guerra y tenían el acuerdo de que, si regresaba con vida, contraerían matrimonio. Lo hicieron el 14 de julio de 1945.

Todo su noviazgo había transcurrido durante la guerra a través de cartas manuscritas. “Me sorprende que de alguna manera llegaran cartas entre Grafton y Polonia o Lituania”, comenta su hijo mayor, Wayne.

Esperaban encontrar trabajo y continuar con su vida. MacCallum, que había ido a la guerra a los 18 años directamente desde el instituto, se formó como electricista y construyó una casa para él y su nueva familia.

Con la ayuda de su suegro para conseguir un primer trabajo, Buddy y Rose construyeron una vida en su ciudad natal de Grafton. Todavía viven allí, no muy lejos de Wayne.

Collopy volvió a trabajar en la granja de trigo de su familia en las afueras de Frobisher, un pueblo de 150 personas en Saskatchewan.

Los que lograron regresar con vida formaron familias, sabiendo que 17.000 hombres que se ofrecieron como voluntarios para la RCAF no regresaron y nunca iban a tener esa oportunidad.

Durante su servicio en la RCAF, Red O’Neill sobrevivió a tres saltos en paracaídas desde bombarderos, dos de ellos junto a Mac. Después de la guerra trabajó para la misión de Canadá en la ONU en Nueva York.

Las heridas psicológicas de los supervivientes

Trajeron consigo no solo lesiones físicas sino también emocionales de sus experiencias.

Wayne solo descubriría que su padre había padecido constantes pesadillas después de la muerte de este en 2021. En vida, su padre “se lo guardó para sí mismo, excepto cuando hablaba con Mac”.

Janet, la hija de Reilley, recuerda cómo su padre dejó el alcohol cuando ella tenía tres años, tras usarlo para hacer frente a los recuerdos continuos de sobrevivir al accidente, la prisión y la marcha forzada.

Fue hospitalizado dos veces en una unidad psiquiátrica cuando su trauma se volvió insoportable en la década de 1950.

“A veces, en medio de la noche, cuando no llega el sueño pero sí los vívidos recuerdos, me pregunto si todo valió la pena. Y, sin embargo, debo ser honesto y decir que, a pesar de todo, me alegro de haber sido voluntario”, declaró Reilley.

Hoy Janet Reilley espera mantener vivo el vínculo familiar forjado en la guerra con Wayne MacCallum. Ha durado 80 años, junto con los recuerdos imborrables de lo que “la generación más grande” dio y perdió por la paz.

Otros supervivientes de la guerra y la persecución nazi

La experiencia de sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial no se limitó a los combatientes. Norbert Wollheim estudió leyes y era trabajador social en Berlín. Trabajaba en el programa Kindertransport (transporte de niños), organizando el envío de niños judíos de Europa a Gran Bretaña.

Sus padres, quienes también vivían en Berlín, fueron deportados en diciembre de 1942. Norbert, su esposa y su hijo fueron deportados a Auschwitz en marzo de 1943.

Lo separaron de su esposa y su hijo y lo enviaron a Buna, cerca de Auschwitz III (Monowitz) para realizar trabajos forzados. Norbert sobrevivió al campo de Auschwitz y fuerzas estadounidenses en Alemania lo liberaron en mayo de 1945.

Los alemanes ocuparon Cracovia en 1939. La familia de Murray fue internada en el gueto de Cracovia junto con el resto de la población judía de la ciudad.

En 1942, Murray y un hermano fueron deportados para hacer trabajos forzados en el campo cercano a Plaszow. En mayo de 1944, su hermano fue transferido a Bruennlitz, en el Sudetenland, para hacer trabajos forzados para el industrialista Oskar Schindler.

Schindler ayudó a los judíos que trabajaban para él a sobrevivir la guerra. Murray fue liberado en 1945.

Jacob Wasserman

Jacob era el mayor de tres hermanos nacidos de padres judíos religiosos en la ciudad de Cracovia. Su padre era un comerciante de harinas.

Los Wasserman pasaban sus vacaciones de verano cerca de Proszowice en una granja propiedad de su abuelo, que también poseía un molino de harina.

En marzo de 1939, a la edad de 13 años, celebré mi bar mitzvah. Ese verano, nos fuimos de vacaciones como siempre a la granja de mi abuelo, y regresamos a una pesadilla.

Cracovia había sido ocupada por los alemanes el 6 de septiembre; a los judíos no se les permitía caminar por las aceras, viajar en tranvía y ni siquiera poseer radios.

Teníamos miedo hasta de caminar en las calles ya que muchas veces raptaban y golpeaban a los judíos. En 1940, nos retiramos a la granja.

Un sábado temprano en la mañana, arrestaron a los judíos de la zona. Mientras marchábamos hacia Proszowice, un policía polaco, con dos cadáveres a su lado, me señaló y exigió saber por qué no lo había saludado con un “buen día”.

Al acercarme, cargó el arma y me apuntó. Pero cuando pasaba a su lado, me golpeó con el tambor y me hizo pedazos la nariz y la mandíbula.

Me alejé y me perdí en la columna de gente; alguien más recibió el disparo del policía. Cuatro días después a mi padre y a mí nos deportaron al campo de Prokocim.

Jacob pasó el resto de la guerra en campos de trabajo. En 1947 intentó emigrar de manera ilegal a Palestina, pero los británicos lo detuvieron en Chipre. En 1948 se estableció en Israel.

Benjamin Bornstein

Benjamin y su hermano menor Zigmush nacieron de padres judíos en la ciudad industrial de Lodz. Lodz era la segunda ciudad más grande de Polonia antes de la guerra, y un tercio de sus habitantes eran judíos.

El padre de Benjamin, Moshe, era propietario de una fábrica de velas, y su madre, Brona, era enfermera.

En 1939, cuando comencé el tercer grado, los alemanes ocuparon Lodz. A los judíos se les prohibió subirse a los autobuses y se les ordenó usar una estrella amarilla.

Como los alemanes a veces agarraban judíos en las calles para trabajos forzados, mi padre no salía de la casa. Yo me convertí en el “mensajero” de mi familia y hacía mandados con el hijo de nuestra ama de llaves.

Él y yo, que vivíamos en diferentes mundos antes de la guerra, ahora estábamos juntos todos los días.

Cuando el ghetto de Lodz fue cerrado en abril de 1940, me las ingenié para pasar de contrabando todo lo que pude de nuestra antigua casa a nuestra nueva vivienda en el ghetto.

Luego, en 1944, cuando tenía 14 años, nuestra familia fue arrestada y subida a vagones de ganado en uno de los últimos transportes del ghetto.

Yo, que fui uno de los primeros en entrar al vagón, vi un mensaje garabateado con sangre en la pared: “¡Hemos llegado a Auschwitz y aquí ellos nos rematan!”

El mensaje quedó oculto cuando el vagón se llenó, pero yo ya no tenía dudas respecto a nuestro destino.

Benjamin fue deportado a Auschwitz y más tarde a un campo de trabajos forzados en Hanover, Alemania. Después de la guerra, a los 16 años, emigró a Palestina con un grupo de huérfanos.

Emanuel (Manny) Mandel

Manny nació en el seno de una familia judía religiosa en la ciudad portuaria de Riga, Letonia. Poco después del nacimiento de Manny, su padre aceptó un puesto como uno de los cuatro cantores principales de Budapest y la familia volvió a Hungría, donde habían vivido antes de 1933.

El padre de Manny estaba en la renombrada sinagoga de la calle Rombach. En el período de entreguerras, Budapest fue un importante centro judío en Europa.

Mi padre no me dejaba tener bicicleta porque pensaba que alguien me la podía quitar por ser judío. Tras la promulgación de leyes antisemitas en 1938, los judíos sufrieron un intenso hostigamiento en Hungría.

Mi padre me acompañaba a la escuela para ver que llegara seguro. Aunque la escuela estaba a pocas cuadras de distancia, tenía miedo de que alguien me empujara por detrás y me hiciera caer a la calle en el tráfico.

Mi padre decía que esas cosas ya habían pasado antes. Apenas tenía edad para explorar mi barrio cuando los alemanes llegaron a Budapest en marzo de 1944.

Mi madre decía que nos deportarían. Yo no estaba seguro de lo que eso significaba; solo sabía que nos íbamos. Sonaba como una aventura, pero mi madre decía que era grave.

Nosotros estábamos con un grupo de judíos a los que los alemanes iban a intercambiar por camiones. Partimos en trenes; por las noches dormíamos afuera en carpas.

Cuando llegamos al campo de Bergen-Belsen, había mucho lodo y se me rompieron los zapatos. Eso significaba que no podía correr, cuando correr era nuestro único “juego”.

Después de la guerra, Manny estuvo en Suiza con su madre durante varios meses antes de emigrar a Palestina en 1945. En 1949, se mudó a Estados Unidos.

Los desplazados después de 1945

Tras la Segunda Guerra Mundial, varios cientos de miles de sobrevivientes judíos permanecían en campos para personas desplazadas.

Los aliados establecieron dichos campos en la Alemania ocupada por ellos, Austria e Italia para los refugiados a la espera de abandonar Europa.

La mayoría de los desplazados judíos preferían emigrar a Palestina, pero muchos también buscaban entrar en los Estados Unidos. Decidieron permanecer en los campos de personas desplazadas hasta que pudieran irse de Europa.

ZonaJudíos desplazados a fines de 1946
Alemania185.000
Austria45.000
Italia20.000
Total250.000

A fines de 1946, la cantidad de judíos desplazados se calculaba en 250.000, de los cuales 185.000 estaban en Alemania, 45.000 en Austria y 20.000 en Italia.

La mayoría de los desplazados judíos eran refugiados de Polonia, muchos de los cuales habían escapado de los alemanes hacia el interior de la Unión Soviética durante la guerra. Otros desplazados judíos provenían de Checoslovaquia, Hungría y Rumania.

Para los sobrevivientes, volver a la vida como era antes del Holocausto era imposible. En buena parte de Europa ya no había comunidades judías.

Cuando trataban de volver a sus casas desde los campos o sus escondites, en muchos casos se encontraban con que sus casas habían sido saqueadas o tomadas por otros.

Además, volver al hogar era peligroso. Después de la guerra, en varias ciudades de Polonia hubo disturbios antisemitas.

El pogromo de Kielce y la búsqueda de un nuevo hogar

El pogrom antisemita más grande tuvo lugar en julio de 1946 en Kielce, una ciudad del sudeste de Polonia.

Cuando 150 judíos volvieron a la ciudad, la gente que vivía allí temió que cientos más volvieran a reclamar sus viviendas y sus pertenencias.

Los viejos mitos antisemitas, como los asesinatos rituales de cristianos de parte de los judíos, volvieron a surgir.

Después de la difusión del rumor de que los judíos habían matado a un niño polaco para usar la sangre en rituales religiosos, una multitud alborotada atacó al grupo de sobrevivientes.

Los agitadores mataron a 41 personas e hirieron a otras 50.

La noticia del pogrom de Kielce se difundió rápidamente y los judíos comprendieron que no había futuro para ellos en Polonia.

Muchos sobrevivientes terminaron en campos de refugiados instalados en Europa occidental, que estaba bajo ocupación militar de los aliados, en los lugares donde antes había habido campos de concentración.

Allí esperaron a ser admitidos en lugares como Estados Unidos, Sudáfrica o Palestina.

Al principio, muchos países continuaron con sus viejas políticas inmigratorias, que limitaban enormemente la cantidad de refugiados que aceptarían.

El gobierno británico, que controlaba Palestina, rechazó la entrada de grandes cantidades de judíos.

Muchos judíos trataban de entrar a Palestina sin los papeles legales y, cuando eran atrapados, eran llevados a campos en la isla de Chipre, mientras que otros eran deportados de nuevo a Alemania.

El trato escandaloso de Gran Bretaña hacia los refugiados judíos aumentó las presiones internacionales para que el pueblo judío tuviera una patria.

Finalmente, las Naciones Unidas votaron por la división de Palestina en un estado árabe y uno judío.

A comienzos de 1948, los británicos comenzaron a retirarse de Palestina. El 14 de mayo de 1948, una de las voces más prominentes en favor de la patria judía, David Ben-Gurion, anunció la formación del Estado de Israel.

Después de esto, los barcos de refugiados judíos desembarcaron libremente en los puertos marítimos de la nueva nación.

Estados Unidos también cambió su política de inmigración para permitir el ingreso de más refugiados judíos.

Campos de desplazados en Europa 1945

Persecuciones que continuaron después de la guerra

Aunque muchos sobrevivientes judíos pudieron construir nuevas vidas en sus países adoptivos, muchas víctimas no judías de las políticas nazis continuaron siendo perseguidas en Alemania.

Las leyes que discriminaban a los romaníes (gitanos) continuaron en vigencia hasta 1970 en algunas partes del país. La ley usada en la Alemania nazi para encarcelar a los homosexuales se mantuvo en vigencia hasta 1969.

La memoria de quienes sobrevivieron

En este informe especial para RePerfilAr, Ronald Scott de 102 años, el único sobreviviente en el continente de la Segunda Guerra Mundial, rememora la experiencia bélica que le tocó vivir en primera persona.

Scott nació en San Isidro en 1917 y ya desde pequeño se apasionó por los aviones, por eso cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y Alemania comenzó a atacar a la patria de sus padres sintió que era su deber ir a luchar contra los nazis.

Fue así que se anotó como voluntario. En 1942 se embarcó hacia Inglaterra para comenzar su entrenamiento militar y a los 24 años le tocó ser protagonista de una experiencia que marcó para siempre el rumbo de la historia.

Luego de pasar seis meses de entrenamiento duro, que implicaron completar 180 horas de vuelo y aprender a disparar y tirar bombas desde los aviones, Scott se convirtió en piloto y Subteniente de la Royal Navy Force, lo que lo llevó a participar de varias misiones aéreas.

Las anécdotas son infinitas. En uno de los vuelos se le paró el motor del avión y se estrelló en altamar.

Asimismo, de los casi cuatro años que pasó en la guerra, Scott recuerda vivamente los bombardeos alemanes.

“Me bombardearon de noche más bien, escuchabas que venían los aviones y cuando largaban las bombas, cada una caía a 50 metros de la otra, entonces teníamos que bajar a un sótano”, contó.

A tan solo unos días de cumplir sus 103 años, una vida llena de historias y anécdotas lo acompaña, pero sin duda que el recuerdo que más disfruta contar es cuando anunciaron que había terminado la guerra en Europa.

“Todo el mundo se abrazaba era increíble”, relató.

La historia de una SUPERVIVIENTE del HOLOCAUSTO

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