Para Santo Tomás de Aquino, la libertad verdadera no es sinónimo de espontaneidad ni consiste en hacer simplemente lo que a cada persona le venga en gana. La libertad es la propiedad o facultad de la voluntad y la razón por la que elegimos un bien racional, y alcanza su perfección cuando se orienta hacia un bien verdadero.
La libertad humana se relaciona estrechamente con el conocimiento, la voluntad, la virtud y la felicidad. El conocimiento presenta a la voluntad las cosas como buenas, la voluntad las desea y el libre albedrío permite elegir entre diversos bienes parciales; sin embargo, solo la elección del bien real perfecciona a la persona y la conduce hacia su fin último, que Santo Tomás identifica con el Bien Supremo, Dios.
La libertad no equivale a espontaneidad
Algunos refranes nos describen como seres de costumbres, o como “los únicos que tropiezan dos veces con la misma piedra”. Por otro lado, en el día a día experimentamos que ciertas acciones u obras brotan de nuestro interior con mayor facilidad y rapidez que otras, siendo que, de esas obras, unas nos perfeccionan mientras que otras no tanto, o directamente nos empeoran (moralmente hablando).
Puede ser, como ejemplo, que algunas veces se nos escape una mentira (denominada a veces mentira blanca, pretendiendo que es inocua), cosa que, si no corregimos, puede llegar a convertirse en una facilidad para mentir con asiduidad que brote así de manera espontánea. O la pretendida libertad de un alguien que contesta sin respeto o de mala manera a quienes le contradicen, apelando a que “yo soy así”.
La espontaneidad no es buena por sí misma, pues va a seguir a la inclinación interior que sienta cada uno (que puede ser buena pero también puede no serlo). Mientras que, si nos habituamos al bien, ese mismo hábito bueno inclinará la espontaneidad al mismo fin.
Lo interesante del texto es que pone de manifiesto que la libertad no es sinónimo de espontaneidad, como a veces se cree. No. La libertad verdadera, aquella que se pone al servicio de la plenitud y la verdadera felicidad, es la que opta y decide por el bien.
La inclinación interior y los actos espontáneos
Al respecto, me parece muy luminosa esta reflexión de Santo Tomas de Aquino sobre la importancia de orientar y ordenar nuestra “espontaneidad”, o disposición interior, sobre todo cuando brota no de hábitos buenos, sino desordenados.
“Cuando la mente se ha inclinado a una cosa, no se encuentra indiferente respecto a ambos contrarios, sino que está más cerca de aquel hacia el cual se ha inclinado; y la mente elige aquello a lo que está más propensa, si una investigación racional no la desvía de ello con cierta cautela; por lo cual en las cosas espontáneas se manifiesta principalmente nuestra disposición interior. Y no es posible que la mente humana esté en continua vigilancia para discutir con la razón lo que debe querer u obrar. Se sigue, pues, que la mente elige a veces aquello a que está inclinada, permaneciendo la inclinación” (Suma contra gentiles, libro III, capítulo 160).
Esta descripción tan realista del obrar humano es una llamada de atención a la necesidad que tenemos de educar nuestras tendencias e inclinaciones hacia el bien de tal manera que nos habituemos a obrar bien y así, la tendencia e inclinación que seguiremos en nuestro obrar, pueda ser la correcta.
Por eso, en la medida en que adquirimos hábitos buenos o virtudes, vamos perfeccionando nuestra libertad y también orientando hacia el bien el motor que inspira los actos espontáneos.
El ejemplo del autodominio
Insultar o pegar a alguien que me cae mal, puede ser fruto de la espontaneidad, pero no es lo más adecuado, por el respeto que se debe a cada persona en función de su dignidad. Y cuando un niño pequeño lo hace, porque se deja llevar del placer que le produce, que, en ese caso, es dar rienda suelta a su disgusto, se le corrige.
Pero si eso mismo lo hace una persona madura, se pone de manifiesto su falta de autodominio o de templanza, aunque nadie se atreva a corregirla. Se podrían poner muchos más ejemplos de esto.
La conducta espontánea no revela necesariamente una personalidad libre y madura. En muchas ocasiones manifiesta, más bien, la fuerza de una inclinación adquirida, la ausencia de templanza o la falta de educación de los deseos.
Libertad, razón y voluntad
En el desarrollo del libre albedrío es posible encontrar diversos autores, siendo Santo Tomás uno de los más destacados, ya que desarrolla el tema de forma sistemática, incluyendo tanto aspectos filosóficos como teológicos.
Cabe tener en consideración que si bien es cierto que el Aquinatense incorpora elementos del aristotelismo a su doctrina, estos siempre se encuentran cristianizados a esto debemos sumar el hecho de que Aristóteles no desarrolla el libre albedrío como tal sino que más bien sienta las bases para su posterior desarrollo.
Santo Tomás no considera la libertad como algo aislado sino que la pone en estrecha relación con la voluntad y el conocimiento, en el sentido que es el conocimiento quien le presenta a la voluntad las cosas como buenas haciendo que ésta las desee, dando paso de este modo a la elección entre un bien y otro se debe señalar que en nuestro autor la voluntad siempre desea el bien.
La inteligencia y la voluntad son dos facultades del alma que se necesitan y que se complementan (5); juntas hacen que el hombre sea un ser libre y feliz.
“Así como el entendimiento asiente por necesidad a los primeros principios, así también la voluntad se adhiere al fin último que es la bienaventuranza” (6).
El libre albedrío como elección de los medios
Somos libres, sí, pero ¿para qué? ¿Para hacer lo que nos venga en gana o hay algo más? Esto nos lleva a cuestionar el sentido de nuestra libertad y para ello preguntemos al maestro Tomás de Aquino.
Precisamente pro ser un acto de la naturaleza personal, concibe el acto libre dentro del esquema de la tendencia de cada ser natural a un fin específico. El fin de la persona humana es, de forma absoluta y perfecta, la consecución del Bien Supremo, Dios.
La libertad respecto del bien es más libertad que la libertad respecto del mal. Sólo elegir lo bueno perfecciona nuestra libertad y a nosotros como personas, de ahí que sólo una libertad ejercida de acuerdo a nuestra verdad personal y no a la arbitrariedad o capricho del momento, nos libere realmente.
Los fines se desean, pero solo se eligen los medios. De aquí la ordenación problemática del hombre a la felicidad: no puede sino tender a ella. Todos los hombres tienden a la felicidad, pero no todos están de acuerdo en cuanto a poder decir qué es.
La elección de un bien frente a otros posibles -siendo que no nos encontramos determinados necesariamente hacia ninguno de ellos en tanto que se nos presentan como medios o bienes parciales para el fin último, en cuyo caso sí tendemos necesariamente-, es lo central del libre albedrío.
Tal decisión presupone tanto el entendimiento, al brindar un conocimiento de la realidad, como la voluntad, al querer el bien presentado como tal por la razón.
El bien aparente y el bien verdadero
Y en cada una de estas operaciones, hay que presuponer, de nuevo, que la razón conoce -o puede conocer- de forma verdadera la realidad -adecuándose a ellas- y que la voluntad tiende, de forma natural al bien y que por eso todo lo que querremos en tanto que se nos presenta como algo bueno.
El hecho, sin embargo, de que elijamos algo como bueno, no implica que efectivamente y en sí mismo lo sea -debido quizás a un juicio errado.
Por eso no cualquier acto libre perfecciona la libertad sino sólo el que elige un verdadero bien -lo cual implica conocer la verdad y adecuar la tendencia racional de la voluntad a la misma en tanto que bien real y no sólo aparente.
Así, de la afirmación de que “La libertad respecto del bien es más libertad que la libertad respecto del mal” (In II Senten, d. 25, a.5, ex. 150) se puede lógica concluir que “querer el mal ni es libertad ni parte de la libertad, aunque sea un cierto signo de la libertad” (De veritate, q. 22, a. 6, c).
La libertad como perfeccionamiento de la persona
Para ello debe predisponerse con una vida activa que, a través de las virtudes morales e intelectuales, perfeccione cada una de las “herramientas” dadas por la naturaleza para ello.
Tales herramientas, que son las facultades, logran su plenitud en la medida que consiguen su objeto propio, cosa que sucede por medio de su operación específica realizada con la máxima perfección.
Se puede ver y ver; así, no es lo mismo ver una mancha de luz que discriminar que lo que se acerca por la calle es un auto a gran velocidad. La capacidad visual se actualiza máximamente en el segundo caso.
Lo mismo pasa, entonces, con las facultades espirituales: voluntad y entendimiento. Pues bien, si nos abocamos a los actos propiamente humanos, que son los que “proceden de una voluntad deliberada” (Suma Teológica, I-IIa, q. 1, in c) la libertad es para Santo Tomás esa “propiedad -o facultad- de la voluntad y la razón” (Ia, q. 19, a. 10, ob 2) por la que elegimos un bien racional.
De ahí que la libertad humana no se mida por la cantidad de opciones disponibles ni por la posibilidad de actuar sin límites, sino por la capacidad de elegir con conocimiento y orientar la conducta hacia el bien que corresponde a la verdad de la persona.
Virtudes, hábitos y libertad madura
La libertad verdadera, aquella que se pone al servicio de la plenitud y la verdadera felicidad, es la que opta y decide por el bien.
Por eso, en la medida en que adquirimos hábitos buenos o virtudes, vamos perfeccionando nuestra libertad y también orientando hacia el bien el motor que inspira los actos espontáneos.
La virtud no elimina la libertad, sino que la fortalece. Un hábito bueno facilita la realización de actos buenos y permite que la respuesta espontánea esté más cerca de aquello que perfecciona a la persona.
La ausencia de hábitos buenos puede hacer que una persona permanezca sometida a impulsos desordenados, aunque formalmente conserve la posibilidad de elegir. En cambio, la adquisición de virtudes hace más firme, lúcida y eficaz la capacidad de elegir bien.
La evaluación personal como medio de crecimiento
De ahí que la práctica de la evaluación personal de la propia vida (diaria, semanal, mensual, etc) es un buen medio para percatarnos de lo que debemos ordenar o corregir en nuestro actuar, según la dinámica descrita por Santo Tomás con realismo.
Y, como paso siguiente, proponerse los remedios más adecuados para corregirlo, y volver a revisarlo en un tiempo más.
Usando un lenguaje de moda, vendría a ser algo así como una especie de aseguramiento de la calidad interior, en que después de proyectar, se evalúa y se retroalimenta para la mejora continua (aquí moral).
En efecto, para mejorar hay que evaluar y proponerse acciones concretas, pero no sólo en el mundo laboral, sino también en la “tarea” que todos tenemos de hacer fructificar nuestros talentos y cualidades personales para conseguir una libertad madura al servicio del bien personal, común y la felicidad.
Persona, libertad y felicidad
Me he propuesto en este artículo acercarme a la relación que existe en Tomás de Aquino entre el concepto de persona, libertad y felicidad, teniendo presente que, en este autor, aquel que es llamado a pensar su felicidad y sus deseos, no es el hombre en abstracto, como se tiende a pensar, sino este hombre (hoc aliquid) de frente y en relación a la naturaleza de la cual forma parte, frente a otros hombres con quienes convive, y frente al fin último que lo ayuda a orientarse.
La antropología de Santo Tomás (1) lleva consigo la luz de la revelación divina sobre quién es el hombre, cuál es su origen, dónde se encuentra situado y hacia adónde camina, es decir, cuál es su destino o fin último.
Y a esta visión corresponde la experiencia de la superioridad de Dios sobre el mundo que no deja lugar para el panteísmo. Dios, que trasciende infinitamente la creación, es su único fundamento; es lo único que mantiene al hombre unido en su interior y lo ordena en su ser más profundo.
Dios mismo se revela y se desvela como un ser trascendente sobre el conjunto del cosmos, y al mismo tiempo es principio de vida al nivel de libertad y de realización humana: es un Dios capaz y anheloso de relación.
La persona humana y su lugar en la creación
En esta concepción, el hombre es más que un elemento del gran cosmos, es más que toda la naturaleza externa. La persona humana, por lo tanto, se presenta como un ser inmerso en el mundo material, pero al mismo tiempo se desvela como un ser en relación de dependencia profunda, una relación de filiación, con Dios: el hombre no se encuentra sometido al cosmos.
El hombre, organismo vivo, se sitúa en el horizonte y en el confín que separa el mundo material del mundo espiritual, aunque no sea reducible a ninguno de ellos; ocupa un lugar de privilegio en un universo muy bien ordenado (2).
Siempre está unido lo ínfimo del género supremo con lo supremo del género inferior. Pero la existencia del mundo superior no desvaloriza este mundo inferior.
Lo decisivo, en nuestra comprensión del hombre, es que la noción de persona no le conviene al alma sola sin el cuerpo, porque la noción de parte es contraria a la noción de persona, aun cuando subsiste en el ser por ser una entidad simple.
Por ello el alma separada después de la muerte no se puede decir persona (9). Lo natural es el todo psicofísico, la separación hace violencia a la persona que resulta del compuesto. En su ausencia el hombre se encuentra como mutilado y en estado violento (10).
Creación, libertad y trascendencia
Sobre el origen del hombre, Santo Tomás establece ciertas analogías y diferencias con la creación de los animales. Es verdad que el origen del hombre, dice, y el de los demás animales es semejante en cuanto al cuerpo; pero no en cuanto al alma, pues el alma de los brutos proviene de una energía corpórea, en cambio el alma humana proviene por creación directa de Dios (3).
En consecuencia, la muerte es también parecida en cuanto al cuerpo, pero no en cuanto al alma (4).
Tomás de Aquino nos presenta las cosas desde la perspectiva correcta: solo un Dios creador hace posible la afirmación de la existencia de Dios y del hombre; es en la perspectiva creacionista que el hombre tiene consistencia y autonomía.
La creación ex nihilo es creación de la libertad. Por ello el hombre necesita de Dios, pero el hombre perfecto es aquel que además de necesitarlo, lo desea. El deseo de Dios es la más grande perfección del hombre.
Precisamente porque Dios es Dios, cuanto más dependientes, tanto más independientes, tanto más autónomamente existentes y subsistentes: una cosa se aleja del no ser en la medida que es (37).
Libertad divina, angélica y humana
En Santo Tomás hay un intercambio constante entre filosofía y teología, lo que viene a explicar que realice una división entre la libertad divina; la libertad angélica y la libertad humana o del hombre.
La libertad de Dios es la que posee un mayor grado de perfección, puesto que en Dios hay un conocimiento total y por tanto siempre actuará bien.
En segundo lugar encontramos la libertad angélica, que si bien es más perfecta que la del hombre puesto que carece de cuerpo, lo cual es indicativo de perfección, en el sentido que no necesita de la materia para llegar a obtener conocimiento, a pesar de la perfección que posee ésta puede llegar a corromperse.
Por último está la libertad del hombre, la que posee el menor grado de perfección, no obstante ésta posee la capacidad de perfeccionarse.
| Tipo de libertad | Característica principal |
|---|---|
| Libertad divina | Posee el mayor grado de perfección y actúa siempre bien. |
| Libertad angélica | Es más perfecta que la humana, aunque puede llegar a corromperse. |
| Libertad humana | Posee el menor grado de perfección, pero tiene capacidad de perfeccionarse. |
Libertad y determinismo natural
En toda la teoría sobre la creación del hombre, encontramos las bases para negar un tema que está en nuestros días tan de moda, como es el tema de la reencarnación (11) y la dependencia del destino de la humanidad de la confluencia de los astros.
Hay que tener presente cómo una concepción naturalista de la divinidad y del mundo lleva a admitir la trasmigración de las almas (doctrina que niega la creación del alma por parte de Dios para cada cuerpo y persona), además de la dependencia absoluta del hombre de la naturaleza.
Esta visión es el humus en el cual astrólogos, magos y adivinos tienen sus raíces. Su peligro es convencer al hombre que no posee la libertad frente a la naturaleza material, es, por lo tanto, la negación de la espiritualidad y la trascendencia con las que fue creado.
Tomás, en cambio, sostiene que Dios no abandona al hombre a sí mismo, sino que lo dirige a su fin mediante su providencia y su gobierno divinos (12).
Y efecto de este gobierno es la conservación continua, directa y positiva de todos los seres, también de los seres humanos, en la existencia (13).
Los astros y el libre albedrío
Por ello, no cabe duda que vana es la observación de las estrellas para conocer los sucesos futuros de la propia vida; no tiene sentido consultar toda suerte de horóscopos para conocer los destinos del hombre creado libre de todo determinismo de la naturaleza en la cual se encuentra inserto (14).
De una cosa hay que estar firmemente convencidos, y es que se substraen a la causalidad de los cuerpos celestes todos los actos del libre albedrío, que es “la facultad de la voluntad y de la razón”.
Pues el entendimiento o la razón no tiene forma corpórea ni es acto de un órgano corpóreo. Y ningún cuerpo puede imprimir su efecto en una realidad incorpórea.
Y es también imposible que los cuerpos estelares influyan directamente sobre el entendimiento o la voluntad (15). De lo contrario desaparecería el libre arbitrio.
Los cuerpos celestes, por lo tanto, no pueden producir directamente los actos propios del libre albedrío. Pueden, eso sí, inclinar dispositivamente a ello, actuando sobre el cuerpo y su sensibilidad.
Adivinación, providencia y responsabilidad
Otra práctica comercial que empobrece intelectualmente al hombre, en su búsqueda de la felicidad, es la adivinación (17).
Consiste esta en la presunción de conocer y de preanunciar el futuro contingente y las cosas ocultas, mediante comunicaciones misteriosas con fuerzas ocultas o preternaturales.
La adivinación reviste un carácter religioso en cuanto se arroga facultades divinas o se pretende trasferir en otros sujetos aquella prerrogativa divina incomunicable, que es el conocimiento del futuro contingente.
La adivinación incluye el ocultismo, el espiritismo, la astrología, la nigromancia (18), etc.
La actitud del hombre, entonces, debe ser la de entregarse con confianza en las manos de la Providencia en lo que se refiere al futuro, y en abandonar toda curiosidad malsana detrás de la cual se esconde una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que esconde un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos.
Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.
No solo la creencia en la trasmigración de las almas, sino además las predicciones de astrólogos, magos y adivinos (19) representan un retroceso, representan una marcha atrás, desde el monoteísmo judeo-cristiano hacia las religiones naturalistas (20); son gravemente contrarias a la virtud de la religión (21), por lo tanto, un obstáculo para alcanzar la verdadera felicidad.
La felicidad como fin último
La tradición latina ha traducido indistintamente “felicitas” por “beatitudo” (22). Sin embargo, la beatitud o bienaventuranza, parece refererirse principalmente a la felicidad producida por el contacto y la posesión (intelectual, volitiva, amorosa, mística) de un bien absoluto, de un primer principio, de Dios; hace referencia a la felicidad que se adquiere en una vida ulterior a la presente.
En este sentido, la contemplación en esta vida será una participación imperfecta de la que, de modo más perfecto, se dará en la otra vida.
La felicidad, en cambio, se refiere principalmente a la que se centra en bienes de esta vida (23).
Tomás de Aquino sostiene que la felicidad se busca por sí misma y no en orden a otro fin (24).
Y aporta la razón que justifica la vocación universal a la felicidad: “Nosotros tenemos libre albedrío respecto de las cosas que no queremos por necesidad o por instinto natural. De aquí que no pertenezca al libre albedrío, sino al instinto natural, el que queramos ser felices” (25).
La felicidad y la perfección de la actividad humana
De la felicidad Santo Tomás propone definiciones (26) que determinan aquello que tiene de específico.
Y de estas definiciones resulta que la felicidad esencialmente consiste en el nivel más alto de perfección de aquella actividad u operación que con más propiedad pertenece al hombre.
Resulta, además, que esta posee, antes que nada y sobre todo, un carácter contemplativo y solamente de un modo secundario, posee carácter afectivo y volitivo; porque haciendo feliz al hombre en aquello que le es más propio y esencial, el hombre, en todas y en cada una de sus dimensiones y actividades, es feliz.
A pesar de que “para la beatitud imperfecta se requiere la agregación de todos los bienes suficientes para la actividad más perfecta de esta vida” (27), siguiendo punto por punto la Etica nicomaquea, Santo Tomás hace ver que aquello que hace plenamente feliz al hombre no pueden ser las riquezas, los honores, los placeres, la fama, el poder, el saber y otras cosas del tipo (normalmente aquellas cosas vaticinadas por los adivinos), o porque satisfacen solamente al cuerpo o porque son demasiado dudosas e inciertas y no contribuyen a la plena realización del hombre (28).
Dios como bien supremo
Para el hombre, por el contrario, se necesita un bien infinito, porque es el solo que se adecua a la capacidad infinita de sus facultades espirituales, el intelecto y la voluntad.
Por lo tanto, el único objeto que lo puede satisfacer plenamente realizando totalmente sus capacidades espirituales, es Dios.
“Por lo tanto en Dios solamente consiste la plena felicidad del hombre” (29).
La felicidad no consiste en un estado de “nirvana” o de inercia mental, porque la inercia no perfecciona a ningún ser; por eso debe consistir en el obrar, en el ejercicio de alguna actividad.
Es aquí que Santo Tomás, recurriendo a su visión antropológica que asigna el primado al intelecto en vez de la voluntad, hace ver que la beatitud consiste principalmente en la actividad intelectiva, y por ello en la contemplación de aquella realidad, que con su fulgor y belleza la satisface plenamente, la realidad de Dios (30).
Contemplación, amor y gozo
Inicialmente el intelecto es la primera facultad a entrar en posesión de Dios, mediante la visión beatifica.
Pero es el mismo Santo Tomás quien subraya que el momento intelectivo no excluye el momento afectivo, complemento necesario del primero.
Por eso, aun afirmando que la felicidad consiste principalius en la vida contemplativa, reconoce que la posesión plena y total del Sumo Bien, Dios, se da solamente en el amor; y no encuentra ninguna objeción a la tesis agustiniana según la cual “el gozo es el coronamiento de la felicidad” (31).
El gozo es un sentimiento de profunda e intensa alegría espiritual.
“El nombre gozo se da solamente al placer que procede de la razón” (32). “Solamente el placer que es causado por el conocimiento se llama gozo” (33).
Según Santo Tomás el gozo es causado por la presencia del bien amado (34), es decir, por la inhabitación de Dios en nosotros mediante la gracia santificante.
El gozo no es una virtud distinta de la caridad, sino que es un efecto suyo (35).
El gozo no puede ser nunca completo, sino en la otra vida, porque solo allá no queda nada que desear y el gozo por lo tanto es pleno (36).
La vida contemplativa y la actividad práctica
La beatitud consiste, en esta vida, principalmente en la operación del entendimiento especulativo más que del entendimiento práctico.
No consiste en la consideración de las ciencias especulativas (acto), sino del conocimiento de una realidad superior al entendimiento humano, “substantiarum separatarum” (acto último y completo).
Tal operación es la más propia del hombre y la más deleitable.
Pero secundariamente puede alcanzarse también en la actividad del entendimiento práctico, que impone el orden en las acciones y pasiones humanas.
Libertad y comunión con los demás
La universidad Santo Tomás, está fundada en la filosofía de Santo Tomás de Aquino cuyo método nos dice “Entre quienes tienen un fin común conviene que haya unión de afectos” (Suma contra los gentiles, libro III, cap. 117) el bien común es un bien de la sociedad entera, del todo social porque afecta a todos y cada uno de los miembros de la sociedad, los cuales se concretan y resumen en la propuesta educativa amor a la verdad, búsqueda de la excelencia a partir del esfuerzo y la vivencia de la solidaridad y el servicio con los demás.
Como dijo Ratzinger, “para no conducir al engaño ni a la autodestrucción, la libertad debe estar orientada por la verdad, es decir, por lo que realmente somos y debe corresponder con nuestro ser.
Puesto que la esencia del hombre consiste en ser a partir de; ser con y ser para, la libertad humana sólo puede existir en la comunión ordenada de las libertades” (Verdad y libertad).
La libertad personal no se opone al bien común. Cuando está orientada por la verdad y ejercida con virtud, se integra en relaciones de justicia, respeto, solidaridad y servicio.
La formación intelectual y moral
“Quien disfruta lo que hace, lo atiende con más interés y lo ejecuta con mayor diligencia” (suma Teológica I-II.) es así como el plantel académico, motor viviente de la de la UST está conformado por 368 profesionales que día a día siembran en los estudiantes el saber concreto de la disciplina en las cuales se desempeñan potenciando igualmente el respeto a la dignidad de la persona rasgo esencial del acto educativo
La propuesta educativa amor a la verdad, búsqueda de la excelencia a partir del esfuerzo y la vivencia de la solidaridad y el servicio con los demás expresa una concepción de la formación que vincula conocimiento, virtud y responsabilidad.
“Lux et veritas” Luz y verdad dice el logo de la universidad, luz de sabiduría que brille e ilumine los caminos en busca de la verdad.
Con más de 10 años de presencia en la región, entregamos educación de calidad acreditada, y formamos personas a la luz del pensamiento de Santo Tomás de Aquino.
La Universidad Santo Tomás en La Serena
El año 2004 se inicia La Universidad Santo Tomas sede La Serena en calle Juan Cisternas 2775, el año 2006 se inaugura el nuevo edificio de la universidad en ruta 5 norte 1068 y 2015 se integra la nueva sede del edificio de Libertad 579, actualmente en ambos edificios se imparten carreras del Centro de Formación Técnica, el Instituto Profesional y la Universidad Santo Tomás
Actualmente la Universidad está formada por 3.000 estudiantes quienes forman parte de las carreras de Derecho, Pedagogía en Educación Diferencial, Pedagogía Educación Física, Enfermería, Ingeniería Comercial, Kinesiología, Nutrición y Dietética, Psicología, Tecnología Médica, Terapia Ocupacional, Trabajo Social y Programa de Licenciatura y Trabajo Social.
La Universidad Santo Tomás de La Serena te da la bienvenida e invita a conocer su compromiso con la formación de profesionales en diversas áreas del conocimiento, presente en la Región de Coquimbo desde hace más de una década.
Los campus Libertad y Ruta 5 acogen a nuestros estudiantes en un entorno pensado para el desarrollo académico y personal, con carreras pertenecientes a las facultades de Salud, Derecho, Ciencias Sociales y Educación e Ingeniería y Negocios.
El campus Libertad y el Centro de Formación Técnica
Bienvenidos al Centro de Formación Técnica Santo Tomás de La Serena, institución de sólida tradición en la Región de Coquimbo que imparte carreras técnicas y profesionales desde 1980.
Los campus Libertad y Ruta 5 acogen la formación, diurna y vespertina, de cientos de jóvenes en las áreas de educación, ingeniería, odontología, administración, salud, diseño, informática, derecho, recursos naturales, actividad física y deportes, y ciencias sociales.
Bienvenidos a la sede La Serena del Centro de Formación Técnica Santo Tomás. Institución Acreditada y Adscrita a Gratuidad, con más de 45 años de actividad académica y una Red Transformadora con más de 120 mil egresados que destacan por ser agentes de cambio a lo largo del país.
Trayectoria académica de la sede
La universidad Santo Tomás sede La Serena ha formado y entregado a la sociedad desde su inicio 4.410 profesionales y 507 profesionales con el grado de magister.
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El plantel académico, motor viviente de la de la UST está conformado por 368 profesionales que día a día siembran en los estudiantes el saber concreto de la disciplina en las cuales se desempeñan potenciando igualmente el respeto a la dignidad de la persona rasgo esencial del acto educativo.
La libertad al servicio del bien
Creo que la tendencia actual es volver a una concepción naturalista no cristiana de la vida, debido a la presencia y a la influencia de concepciones inmanentistas, como son la creencia en la reencarnación y el influjo de los astros, con la consiguiente pérdida de la libertad del hombre, con la consiguiente pérdida de la trascendencia y de la esperanza.
Es muy posible que esta moda no sea más que una “concepción naturalista light”, como muchas cosas de nuestra sociedad, pero al fin y al cabo encerrada en la inmanencia.
Inmanencia que se refleja después en la identificación errónea de los objetos posibles de la felicidad.
Esto basta, dice Tomás de Aquino con sentimientos de compasión, para ver qué ansiedades no sufrieron de una y otra parte aquellos filósofos antiguos, que no conocieron la verdad revelada; ansiedades, dice, de las que nos libramos nosotros (38).
De igual modo nosotros podemos sostener que, actualmente, los creyentes no solo nos vemos liberados de una serie de temores y ansiedades al conocer la verdad revelada sobre la libertad humana, sino que además sabemos con exactitud dónde se encuentra nuestra felicidad.
