La primera morada del Castillo interior de Santa Teresa de Jesús es una invitación a entrar dentro de uno mismo para descubrir que el alma está habitada por Dios. La puerta de entrada es la oración, entendida como una relación atenta de amistad con quien sabemos que nos ama.
En el simbolismo teresiano, la persona es un castillo de muchas estancias y diferentes aposentos cuyo centro está ocupado por Dios. Recorrer la primera morada significa tomar conciencia de la propia interioridad, comenzar el conocimiento de uno mismo a la luz de Dios y recuperar progresivamente la sensibilidad espiritual.

El castillo interior y su centro
El libro Las moradas o Castillo interior, escrito por Santa Teresa de Ávila en 1577, describe el alma como un castillo con siete habitaciones que se recorren progresivamente hasta alcanzar la unión con Dios. Santa Teresa de Jesús plantea dentro de su doctrina las moradas.
Partiendo del texto del evangelio en donde Jesús dice que «en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones», Teresa plantea la existencia de un Castillo interior con diferentes habitaciones, en todas ellas está Dios pero es en la última y más interior donde habita su presencia.
“No se inquieten; crean en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si así no fuera, yo se lo habría dicho a ustedes; Yo voy a prepararles un lugar. Después que me fuera vendré otra vez y los llevaré a donde Yo voy, para que donde Yo esté, allí estén ustedes también” Juan 14,1-3
La imagen del alma o persona como castillo es el lugar simbólico donde se desarrollará toda la historia. Cada una de estas moradas es un escenario ubicado en un lugar determinado del castillo, delimitado especialmente por su cercanía al centro, donde habita el Rey, de donde sale toda la luminosidad que va distribuyéndose por los aposentos.
“Pidiéndole ayuda a Dios para comenzar estas líneas, se me ocurrió la siguiente comparación. Nuestra vida es semejante a un magnífico castillo con muchas moradas y que supera todo lo que vemos sobre la tierra, puesto que es imagen del propio Dios. Él mismo nos lo ha dicho: somos figura y semejanza suya. Lamentablemente son muy pocos los que saben de este castillo que hay dentro de cada uno. Muchos, muchísimos se preocupan de su superficie exterior, el propio cuerpo, pero no se conocen a si mismos”.
Teresa indica que la Primera Morada en el castillo interior somos cada uno de nosotros, donde Dios habita en la habitación del centro. “Este castillo interior tiene muchos ambientes, muchas moradas. En todas ellas se hace presente el Señor del castillo. Pero su asiento y habitación es la más interior. Su presencia hace resplandecer la belleza de todo el conjunto”.
Él habita en el centro de este lugar nuestro al que llamamos castillo. Es una presencia íntima pero, al mismo tiempo, expansiva. Es íntima en cuanto que está en la profundidad del ser y es expansiva en cuanto no puede dejar de comunicarse desde lo más profundo del propio ser.
La primera morada del tratado del Castillo Interior que escribe santa Teresa de Jesús es una invitación a entrar dentro de nosotros mismos, para descubrirnos habitados por Dios.
La dignidad del alma capaz de Dios
Ante todo, como punto de partida, la base antropológica: afirmación del hombre y su dignidad, su interioridad espaciosa: dentro, el alma, capaz de Dios; en lo más hondo del alma, el espíritu, sede del Espíritu y morada de la Trinidad; esto, no en razón de su estructura, sino de su dotación sobrenatural.
Todas las personas hemos sido criadas a imagen y semejanza de Dios: «basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima» (1M1,1). Antes de sentirnos frágiles y vulnerables ante un virus, quizá se nos había olvidado que todos los seres humanos tenemos el mismo valor, la misma dignidad. Que las personas no valen más o menos por sus posesiones, sus puestos o sus títulos.
La comunicación con Dios es posible, no está reservada a unos cuantos iluminados. Cada uno de nosotros es un hijo amado del Padre, en quien Él se complace. Cada uno de nosotros estamos invitados a vivir una historia de amor con Dios, que nos llevará a vivir con mayor alegría y plenitud, con el corazón abierto a amar a los demás.
«Es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor; y amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa» (1M1,3).
El itinerario hacia el centro del castillo, en donde se dará la unión plena con Dios, es aprender una nueva manera de vivir: es plantearnos la existencia en comunicación continua con Dios.
La puerta de entrada: oración y consideración
La puerta para entrar a este castillo es la oración y consideración. ¿Oración vocal u oración mental? No entro en distinciones. Si se dice oración es evidente que se hace atentamente, sabiendo quien es uno, quien es el que nos escucha y conscientes de lo que solicitamos o agradecemos.
La autora de Las Moradas avisa de que hay quien se queda en la ronda del castillo y no llega a saber qué hay en su interior porque la puerta del castillo es la oración, una oración que ya sea mental o vocal, ha de ser con consideración, es decir, cayendo en la cuenta de con quién se está y de con quién se habla.
Saber que te está mirando, disfrutar en inquietud interior de ese encuentro de amistad, eso es oración. Cuando la persona toma conciencia de que Dios está en él, comienza a adentrarse paso a paso en el castillo interior.
La oración es la llave que abre la puerta del corazón humano. A veces, cuando estamos muy agobiados queremos poner la llave en la puerta y no sabemos si la pusimos para arriba o para abajo, si acertamos o no; así nos pasa en el encuentro con Dios. Muchas veces no encontramos la cerradura y por eso es importante darnos la posibilidad de darnos cuenta que estamos por entrar en el encuentro con el Señor.
En el espíritu orante, lo mas importante es saber qué y con quién estamos hablando. La persona que diga que está haciendo oración y no tenga la cabeza en lo que está haciendo, es inútil decir que se encuentra orando, por más que repita maquinalmente unas palabras o se aísle de los demás.
La primera morada: se identifica como el despertar del alma. La persona empieza a buscar un momento para orar, aún rodeado del ruido del día a día. El simple acto de iniciar ya constituye un paso decisivo.
Entrar dentro y superar la dispersión
Entrar dentro, esta es la cuestión. A partir de esta experiencia son necesarias algunas cautelas, la primera es centrarse (“Procure dar de mano a las cosas y negocios no necesarios”), evitar la dispersión. Teresa invita a dejar que el Señor tome el protagonismo de la propia vida.
Hay diferencia entre ser dueño de sí mismo a vivir disperso en medio de toda la realidad que nos rodea, sintiendo que dicha realidad nos atropella y somos incapaces de administrarla, de gestionarla y gobernarla. Por eso Teresa dice que para crecer en este señorío sobre sí mismo hay que adentrarse para que Dios nos enseñe a ser nuestros propios señores.
Hay personas que algunas veces aciertan a entrar por esta puerta de la oración. Pero son tantas sus preocupaciones terrenales que apenas se quedan en las primeras moradas del castillo. Sus momentos de oración son muy escasos, quizá una vez por mes. Y todavía esos momentos están enturbiados por mil preocupaciones. Tienen puesto el corazón fuera del castillo.
Los que entran hasta aquí, no llegan a captar la magnificencia de todo el castillo. Sus ojos están llenos de polvo -intereses terrenales- que les impiden ver la verdadera realidad. ¡Ya hicieron bastante con dar con la puerta de entrada!
Como si uno entrase en una parte adonde entra mucho sol y llevase tierra en los ojos, que casi no los pudiese abrir. Clara está la pieza, mas él no lo goza por el impedimento o cosas de esas fieras y bestias que le hacen cerrar los ojos para no ver sino a ellas.
Así me parece debe ser un alma que, aunque no está en mal estado, está tan metida en cosas del mundo y tan empapada en la hacienda u honra o negocios como tengo dicho que, aunque en hecho de verdad se querría ver y gozar de su hermosura, no le dejan, ni parece que puede descabullirse de tantos impedimentos.
El conocimiento de uno mismo a la luz de Dios
Lo primero es conocerse a si mismo. El propio conocimiento, que es humildad, es la forma de andar en esta primera morada.
Ahí entra el propio conocimiento, base de la humildad, que no consiste en una auto auscultación personal, sino que es consecuencia de la relación con Dios, lo que produce el contraste de “lo negro cabe lo blanco” que de este modo tan gráfico nos ofrece Teresa.
Y así torno a decir que es muy bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás; porque éste es el camino, y si podemos ir por lo seguro y llano, ¿para qué hemos de querer alas para volar?
Mas que busque cómo aprovechar más en esto; y a mi parecer jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza; y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes.
Hay dos ganancias de esto: la primera, está claro que parece una cosa blanca muy más blanca cabe la negra, y al contrario la negra cabe la blanca; la segunda es, porque nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien tratando a vueltas de sí con Dios; y si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente.
Teresa es amiga de la libertad y enemiga de toda estrechura, por ello dice que «las cosas del alma se han de considerar con plenitud, anchura y grandeza… que capaz es de mucho más que podemos considerar” (1M2,8).
La anchura y libertad del alma
El hilo de la narración que lleva su autora no está hecho de normativas rígidas ni de escalones que hay que subir o bajar, sino de confianza y humildad porque la persona, desde el primer nivel, es invitada, enviada, llamada personalmente.
Los esfuerzos que ha de hacer tienen que ver con su grado de determinación para seguir el camino que se le ha mostrado e ir procurando una coherencia de vida. Nada en este proceso se logra a fuerza de brazos: “No ha de ir a fuerza de brazos este empezarse a recoger”.
Porque las cosas del alma siempre se han de considerar con plenitud y anchura y grandeza. No habéis de entender estas moradas una en pos de otra, como cosa en hilada, sino poned los ojos en el centro, que es la pieza o palacio adonde está el rey.
Y considerar como un palmito, que para llegar a lo que es de comer tiene muchas coberturas que todo lo sabroso cercan. Así acá, enrededor de esta pieza están muchas, y encima lo mismo.
Esto importa mucho a cualquier alma que tenga oración, poca o mucha, que no la arrincone ni apriete. Déjela andar por estas moradas, arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dignidad; no se estruje en estar mucho tiempo en una pieza sola.
El alma, como el castillo, no debe reducirse a un espacio estrecho ni quedar encerrada en una sola experiencia. La primera morada abre un proceso amplio de conocimiento, oración, libertad y transformación.
La luz de Dios y las tinieblas del pecado
La experiencia del amor de Dios que ha tenido santa Teresa en la oración la lleva a descubrir y comunicar que «es de considerar que aquí la fuente y aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma no pierde su resplandor y hermosura que siempre está dentro de ella, y (ninguna) cosa no puede quitar su hermosura» (3).
Señala que si una persona peca, es como si se tapara el sol interior con una tela muy negra: la luz no deja de brillar, pero se opaca su luminosidad. Así, propone nuestra Madre, ocurre con las almas en pecado mortal, no reciben la luz de la gracia porque la han tapado con sus acciones equivocadas.
Dios nunca nos abandona. Conocernos a la luz de Dios nos ayuda a aceptar nuestras luces y nuestras sombras; nuestras fortalezas y fragilidades; nuestros miedos, en esta época en la que todas las seguridades han sido trastocadas.
Este magnífico y resplandeciente castillo, es tan luminoso y atractivo por estar allí presente el diseñador y realizador de todo lo bello. Pero si él llega a ocultarse -como ocurre cuando se peca gravemente- entonces no hay oscuridad comparable a las tinieblas que lo envuelven.
No pierde el sol su hermosura por la falta grave, pero no se hace visible en el alma. Como si sobre los ojos se colocara un paño negro, seguirá brillando el sol, aunque el que tiene la venda oscura no percibe su resplandor.
Antes que pase adelante, os quiero decir que consideréis qué será ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios, cuando cae en un pecado mortal: no hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan oscura y negra, que no lo esté mucho más.
No queráis más saber de que, con estarse el mismo sol que le daba tanto resplandor y hermosura todavía en el centro de su alma, es como si allí no estuviese para participar de El, con ser tan capaz para gozar de Su Majestad como el cristal para resplandecer en él el sol.
Ninguna cosa le aprovecha; y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere, estando así en pecado mortal, son de ningún fruto para alcanzar gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de El, no puede ser agradable a sus ojos.
El pecado mortal aparece así como una ruptura de la relación con la fuente de la vida. La imagen no indica que Dios deje de estar presente, sino que la persona queda impedida para percibir y recibir la luminosidad de esa presencia.
La primera morada como despertar y conversión
Las primeras moradas consisten en “entrar” en el castillo de sí mismo; la puerta de entrada es la oración, para tomar conciencia de la propia interioridad y personalidad y para iniciar la relación personal con Dios; primordial vocación de trascendencia.
Convertirse y recuperar progresivamente la sensibilidad espiritual. Como tipos bíblicos: “san Pablo y la Magdalena”, o el paralítico del evangelio (1,1,8), o la mujer de Lot, que no volvió la mirada hacia sí (1,1,6). Pongamos los ojos en Cristo (1,2,1 y 11).
La primera morada: se identifica como el despertar del alma. La persona empieza a buscar un momento para orar, aún rodeado del ruido del día a día. El simple acto de iniciar ya constituye un paso decisivo.
El despertar no significa haber alcanzado estabilidad espiritual. Significa comenzar a advertir la propia interioridad, reconocer la presencia de Dios y aceptar la necesidad de avanzar hacia dentro.
Cuando la persona toma conciencia de que Dios está en él, comienza a adentrarse paso a paso en el castillo interior. Pero si permanece en la dispersión, todo se dificulta.
Los obstáculos de las primeras moradas
En estas moradas primeras aún no llega casi nada la luz que sale del palacio donde está el Rey; porque, aunque no están oscurecidas y negras como cuando el alma está en pecado, está oscurecida en alguna manera para que no la pueda ver.
No por culpa de la pieza, sino porque con tantas cosas malas de culebras y víboras y cosas emponzoñosas que entraron con él, no le dejan advertir a la luz.
Conviene mucho, para haber de entrar a las segundas moradas, que procure dar de mano a las cosas y negocios no necesarios, cada uno conforme a su estado; que es cosa que le importa tanto para llegar a la morada principal, que si no comienza a hacer esto lo tengo por imposible.
Y aun estar sin mucho peligro en la que está, aunque haya entrado en el castillo, porque entre cosas tan ponzoñosas, una vez u otra es imposible dejarle de morder.
El demonio aparece en el texto teresiano como aquello que confunde, distrae y detiene el movimiento interior. Terribles son los ardides y mañas del demonio para que las almas no se conozcan ni entiendan sus caminos.
Mirad que en pocas moradas de este castillo dejan de combatir los demonios. Verdad es que en algunas tienen fuerza las guardas para pelear, mas es mucho menester no nos descuidar para entender sus ardides y que no nos engañe, hecho ángel de luz.
Ya os dije otra vez que es como una lima sorda, que hemos menester entenderle a los principios.
La humildad y la mirada puesta en Cristo
La humildad teresiana no es desprecio de uno mismo ni una mirada encerrada en la propia miseria. Es el reconocimiento de la verdad personal ante la grandeza, la limpieza y la humildad de Dios.
¡Oh válgame Dios, hijas, qué de almas debe el demonio de haber hecho perder mucho por aquí! Que todo esto les parece humildad, y otras muchas cosas que pudiera decir, y viene de no acabar de entendernos.
Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad, y en sus santos, y ennoblecerse ha el entendimiento como he dicho y no hará el propio conocimiento ratero y cobarde.
Aunque ésta es la primera morada, es muy rica y de tan gran precio, que si se descabulle de las sabandijas de ella, no se quedará sin pasar adelante.
Andar con alegría y libertad forma parte del espíritu de este comienzo. Porque las cosas del alma siempre se han de considerar con plenitud y anchura y grandeza.
La experiencia de Dios en la interioridad
La pregunta que brota en el corazón del que busca el rostro de Dios es “¿dónde vives”. Esa misma pregunta se la hacía San Agustín, quien encontró que Dios le resultaba mas íntimo a él que su misma intimidad; Dios no está por fuera sino por dentro.
Teresa de Jesús, siguiendo la espiritualidad de San Agustín con la que se encuentra en su segunda conversión, recorrió un camino interior para dejarnos por escrito esta realidad divina que nos habita.
Así, Teresa dejó reflejado en el texto de las Moradas toda una teología espiritual que permite descubrir esta cercanía de Dios no solo en los acontecimientos que rodean los hechos de nuestra vida, sino principalmente en lo más íntimo del corazón.
De forma muy simple y sencilla, Dios nos hace sentir desde fuera, pero a su vez en lo más profundo del corazón. Cuando es Dios es Dios el que habla y no hay forma de confundir su voz y su presencia ni de negar que es Él quien está hablando y obrando.
No depende tanto de cuál sea el acontecimiento que nos lo revela, sino interesa cómo se hace sentir su presencia en lo más hondo de la interioridad.
Esa misma experiencia nosotros la podemos encontrar en el profeta Elías, en el Antiguo Testamento, que busca a Dios en el trueno, en el relámpago, en el terremoto, en el huracán, y de repente solo una suave brisa revela la intimidad de la presencia del Altísimo, que habla en lo secreto del corazón.
No importa el acontecimiento sino cómo Dios ha sido quien de forma inconfundible obraba en el corazón. El Señor tiene modos muy sencillos y simples, pero al mismo tiempo contundente para decirnos “aquí estoy”.
La primera morada dentro del itinerario de las siete moradas
Sobre teología espiritual ella sabe no pocas cosas. Conoce, sobre todo, la estructuración tradicional del tratado en la trilogía de las tres vías (purgativa, iluminativa, unitiva), pero las deja de lado, si bien su Castillo estará estructurado en tres secciones, aunque con sentido diverso.
Para su libro prefiere el escalafón septenario, fundado en razones teológicas diversas. Ella conoce y utiliza el concepto de perfección, pero no lo adopta como criterio de crecimiento. El amor ensancha el castillo.
La graduatoria de las siete moradas es a la vez antropológica y teologal. Está inspirada en el alto concepto del ser humano y en el nivel de relaciones recíprocas “Dios-hombre”: grados de presencia y amor de Dios.
A medida que avancen las moradas, el amor recibido en el castillo del alma será más y más determinante del crecimiento. El amor ensancha el castillo.
Teresa no concibe esos estados o “estancias graduales” como algo estático o meramente unipersonal. Tanto la oración (tratar de amistad entre los dos), como la “perfecta contemplación” son desbordantes, esencialmente impelentes.
En el proceso de la vida cristiana, Teresa destaca tres etapas de signo diverso pero continuo: ante todo, como punto de partida, la base antropológica: afirmación del hombre y su dignidad, su interioridad espaciosa: dentro, el alma, capaz de Dios; en lo más hondo del alma, el espíritu, sede del Espíritu y morada de la Trinidad.
La fase central del proceso es cristológica: plenitud del misterio de muerte y resurrección en Cristo: “mi vivir es Cristo”. Vivir a fondo la vida cristiana es desarrollar el proceso de transformación en Él.
El punto de arribo es trinitario: suma realización de su presencia como inhabitación de la Trinidad en el alma. En el caso personal de Teresa, experiencia del misterio fontal de la vida cristiana y del cumplimiento de la palabra de Jesús: “vendremos”. Vivido como radical dinámica de servicio a los otros y a la Iglesia.
La vida de oración como camino de transformación
La oración no siempre fluye con facilidad, ya que la persona suele enfrentar dispersión, cansancio o la sensación de que “no pasa nada”, pero recordó que la propia Santa Teresa experimentó esas mismas dificultades.
La segunda morada es descrita como la lucha interior: distracciones, cansancio, dudas y tentaciones que dificultan la continuidad. Sin embargo, Dios sigue llamando desde el interior y que la perseverancia permite avanzar hacia una vida espiritual más estable.
La primera morada prepara ese combate mediante la toma de conciencia. Antes de luchar con perseverancia, la persona necesita reconocer que vive dispersa, que está llamada a entrar dentro de sí y que la oración es el camino de acceso a la relación con Dios.
La oración es una relación de amistad entre Dios y la persona. Su finalidad no consiste únicamente en cumplir un tiempo establecido, sino en vivir una existencia progresivamente abierta a la presencia divina.
El itinerario hacia el centro del castillo, en donde se dará la unión plena con Dios, es aprender una nueva manera de vivir: es plantearnos la existencia en comunicación continua con Dios.
La escritura del Castillo interior
Santa Teresa escribe el libro de Las Moradas del Castillo Interior en 1577, uno de los años más difíciles de su vida. Cuenta con 62 años.
A principios del año, en febrero, ha sufrido una crisis de salud grave, por lo que el médico le ha indicado que dicte las cartas y escriba lo menos posible de su mano, por lo que reserva sus esfuerzos manuscritos para asuntos confidenciales.
Se encuentra recluida, a manera de cárcel dice ella, en el convento de Toledo, debido a problemas derivados por la reforma descalza, como se narra en el libro de las Fundaciones (27).
A finales de mayo de 1577, Teresa se alegra con una breve visita de su muy querido amigo el P. Gracián, quien pasa por Toledo rumbo a Madrid.
Debido a que el libro de la Vida sigue retenido por la Inquisición y, por tanto, sus enseñanzas no pueden compartirse, el P. Gracián le manda escribir un nuevo tratado de oración, ahora desde la atalaya de la madurez espiritual (Pról. 1).
Teresa escritora comparte al lector que se ayuda de una artimaña: “Diciéndose y dándose a entender de muchas maneras, sernos ha mucho consuelo considerar este artificio celestial interior tan poco entendido de los mortales aunque vayan muchos por él” (1M2,7).
Cada morada, como escenario, tiene características peculiares, que servirán como una herramienta para simbolizar la historia de amor entre Dios y el alma, para poderlas recordar y transmitir también por medio de la narración oral.
Teresa es consciente de escribir un Tratado de teología espiritual. Así lo designa en el título de la obra.
Al terminar el epílogo, se complace literaria y humorísticamente de lo escrito: Después de acabado me ha dado mucho contento Aunque no se trata [en el libro] de más de siete moradas, en cada una de éstas hay muchas, en lo bajo y alto y a los lados, con lindos jardines y fuentes y laberintos, y cosas tan deleitosas (n. 3).
Prácticas para recorrer la primera morada
Considera en esta morada los caminos por los que Dios te ha llamado y cómo experimentas la libertad.
Establece un tiempo diario para retirarte dentro de ti, a tu propio castillo interior, para encontrarte con Dios.
Escribe o dibuja tu propia historia de salvación, los momentos en los que Dios se ha hecho presente en tu vida, de diferentes maneras.
Medita con las siguientes citas bíblicas: Proverbios 8,22-31. La sabiduría es el mismo espíritu de Dios y mi persona es el paraíso donde Él tiene sus delicias.
Génesis 1,26-30/2,5-7. El mismo Dios me creó a su imagen y semejanza. Él me infunde aliento de vida.
Isaías 12,2-6/60,1-7.19-22. Qué grande es en mí el Santo de Israel. Él me cubre de hermosura.
La primera morada no exige una experiencia mística extraordinaria. Su comienzo es más sencillo y más profundo: entrar en uno mismo, reconocer la dignidad del alma, advertir la presencia de Dios y aprender a orar con atención, humildad, libertad y perseverancia.