Por qué Jesús se le apareció primero a las mujeres

En la mañana de la Pascua, los Evangelios coinciden en un detalle decisivo: los primeros testigos de la tumba vacía fueron mujeres, y en Juan, María Magdalena fue la primera persona que vio al Salvador resucitado.

En 1883, Helen Mar Whitney escribió que “en la vida de Cristo, [podemos] observar la devoción que mostró la mujer. Ella fue la última en quedarse ante la cruz, y fue la primera en llegar al sepulcro”1.

María Magdalena, Juana, Susana2 y las otras muchas mujeres que siguieron a Cristo no eran pasivas; más bien, lo apoyaron en Su ministerio de forma activa y sustancial (véase Lucas 8:2-3).

Debido a que esas mujeres acompañaron a Cristo en Galilea, es probable que hayan oído muchos de Sus sermones, escuchado Sus parábolas y sido testigos de milagros como el de la sanación de la mujer con flujo de sangre y de la mujer que había tenido una enfermedad durante dieciocho años (véanse Lucas 8:43-48; 13:11-13).

Tal vez estuvieron presentes cuando dio de comer a los 5000 y en muchos otros milagros (véanse Lucas 9:12-17; 14:1-4).

En los Evangelios se menciona a varias mujeres que siguieron y ayudaron a Jesús, entre ellas, María, Juana y Susana.

Consideremos por un momento el hecho de que esas mujeres acompañaron a Cristo desde Galilea y estuvieron presentes en Su crucifixión.

Lucas indica que ese grupo de mujeres estuvo presente en el Calvario: “Mas todos sus conocidos [de Cristo] y las mujeres que le habían seguido desde Galilea estaban mirando desde lejos [la Crucifixión]” (Lucas 23:49).

Si bien las mujeres que estaban ante la cruz no podían cambiar la situación, permanecieron cerca del Salvador en Su dolor insoportable.

Esas mujeres también brindan un ejemplo de valentía.

Es posible que el haber permanecido ante la cruz las haya puesto en peligro, ya que tenían vínculos con una persona a la que Roma había ejecutado.

Lo que Camille Fronk Olson escribió sobre María, la madre de Jesús (que también estuvo presente en la cruz), también se aplica a esas mujeres: “Al permanecer cerca de Jesús, lo que los demás veían como una situación vergonzosa, María dejó en claro que su temor a Dios era más grande que su temor al hombre.

Ese grupo formado por varias mujeres no solo estuvo presente en la muerte de Cristo, sino también “vieron el sepulcro y cómo fue puesto su cuerpo. Y regresaron y prepararon especias aromáticas y perfumes; y reposaron el día de reposo, conforme al mandamiento” (Lucas 23:55-56).

Debido al peligro que enfrentaban ante las autoridades judías o los romanos, esas mujeres pudieron haberse preparado para salir de la ciudad con rapidez.

En lugar de ello, prepararon especias aromáticas para el cuerpo de Cristo (véase Lucas 24:1).

A pesar de que su futuro era incierto, permanecieron cerca de donde estaba Cristo.

No es de extrañar que ese mismo grupo de mujeres fue el primero en ir al sepulcro la mañana de la Pascua de Resurrección (véase Lucas 24:1-10)6.

El apóstol Juan nos dice que María Magdalena fue la primera persona que vio al Salvador resucitado (véase Juan 20:11-17).

Esto tal vez resulte particularmente sorprendente si recordamos que Lucas señaló que, en un momento de su vida, María había estado poseída por “siete demonios” (Lucas 8:2).

Quizá en esto podamos ver que María pasó de estar en circunstancias sumamente difíciles a ser el primer testigo humano de la resurrección de Cristo.

Eso sugiere que, si nos conectamos con Jesucristo, Él puede ayudarnos a salir de las tinieblas e ir hacia la luz.

María Magdalena, Juana, Susana y las demás mujeres que siguieron a Cristo desde Galilea son poderosos ejemplos de discípulas que ayudan a edificar el Reino de Dios.

Ellas nos enseñan a estar con los que sufren, a ser valientes y a no dejar a Jesús, aun en momentos de dificultad.

Jesús de Nazaret ha adquirido la aureola de ser el rabino judío más respetuoso y amigo de las mujeres, sobre todo desde mediados del siglo XX, gracias a una interpretación de corte feminista de los evangelios (en especial del evangelio de Lucas).

Se destaca su trato amable con las damas, la acogida tierna a la pecadora que unge sus pies en un banquete, su perdón a la esposa adúltera, sus curaciones de mujeres, su amistad especial con Marta y María, hermanas de Lázaro, a quien resucitó; se recalca, ante todo, el que ejerciera su ministerio rodeado de mujeres.

Y se concede especial importancia al hecho de que reservara su primera aparición como resucitado a María Magdalena, cuando ésta llora junto a su sepulcro (Juan 20).

Durante la vida pública de Jesús antes de la crucifixión, únicamente se menciona a Magdalena en un pasaje de los cuatro evangelios reconocidos por la Iglesia: Lucas 8, 1-3.

Ahí se dice que varias mujeres servían al Maestro con sus bienes: Magdalena, Juana (mujer de Cusá, un administrador de Herodes Antipas, gobernante de Galilea) y otras.

Este texto transmite la imagen de un grupo de predicadores itinerantes ayudados por diversas damas en plan de servidoras, no de codiscípulas ni de copredicadoras, como algunos investigadores sostienen.

En realidad, no se puede probar que Jesús fuera célibe, casado o viudo, ni que hubiera dejado a su mujer para predicar el reino de Dios.

Se ha dicho que todos los rabinos debían estar casados, pero en tiempos de Jesús no había aún ese tipo de rabinos oficiales.

Por otra parte, Jesús se presentaba ante todo como un profeta, y el pueblo sabía que uno de los grandes profetas, Jeremías, estuvo soltero.

Y en el siglo I d.C., había muchísimos que permanecían célibes entre los esenios (la comunidad que en Qumrán atesoró los manuscritos del mar Muerto).

Así pues, Jesús podía ser soltero o estar casado.

El caso de Magdalena en el Evangelio de Juan merece consideración.

En contra de las tradiciones recogidas por san Pablo y los demás evangelistas, que reservan el primer puesto a los varones, Juan dibuja una escena en la que Jesús se aparece por vez primera a una mujer que era su esposa, según ciertas interpretaciones de este pasaje.

Quienes así piensan sostienen que Rabbuní, la exclamación de Magdalena al encontrarse con Jesús vivo, significa en hebreo coloquial «mi marido», y que ello es un signo claro de que María era su mujer.

Pero Rabbuní significa ante todo «mi maestro».

Cabe señalar que la inmensa mayoría de los estudiosos opina que esta escena no es histórica, sino una ficción del evangelista para presentar el paso de la fe imperfecta a la fe perfecta gracias al encuentro con el Resucitado.

Los apócrifos y MagdalenaMaría Magdalena aparece en muchas ocasiones en los evangelios apócrifos, así llamados porque la Iglesia los rechazó como falsos desde el siglo III.

Su presencia es especialmente frecuente en los apócrifos gnósticos, evangelios cuya religiosidad se basa en una revelación divina reservada a unos pocos.

Así, vemos a Magdalena en el Evangelio de Tomás, la Sabiduría de Jesucristo, el Diálogo del Salvador y Pistis Sofía, pero siempre como la discípula perfecta.

Sin embargo, hay dos evangelios gnósticos en los que podemos ver con claridad aparente que Magdalena es la compañera o esposa del Redentor.

Son el Evangelio de María (referido a María Magdalena) y el Evangelio de Felipe, compuestos en griego entre 150 y 250 d.C. y que sólo se han conservado en lengua copta.

El Evangelio de Felipe es el apócrifo más explícito en el tema del afecto entre Magdalena y Jesús.

Por consiguiente, el Evangelio de Felipe quiere recalcar que Magdalena es la discípula perfecta de Jesús, no que sea su mujer.

Hay otro texto en apariencia claro: «La compañera del Salvador es María Magdalena.

Él la amaba más que a todos los discípulos y la besaba frecuentemente en la boca».

Para nosotros, «besar en la boca» comporta la posibilidad de una relación sexual.

Pero no era así para los gnósticos.

El ósculo o beso santo es el inicio de un acto litúrgico donde los elegidos, los gnósticos, reciben una revelación.

El papa León Magno, a finales del siglo V, en una famosa homilía, fue el inventor de la figura de María Magdalena que hoy conocemos.

Tomó como pie el texto probablemente espurio (es decir, no escrito por el autor original) del Evangelio de Marcos 16,9: «Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios», que interpretó como demonios lascivos, y presentó a la Magdalena como una prostituta arrepentida.

En realidad, nada abona esa calificación, basada únicamente en la fusión de esta María con otras Marías de los evangelios o con mujeres anónimas que aparecen en ellos.

Así, el papa León mezcló a Magdalena con una pecadora sin nombre tomada de Lucas 7,36-50; con una mujer adúltera, innominada, a la que Jesús perdona en Juan 8,2-11; con María, hermana de Lázaro, que le unge los pies en Juan 11, y con otra mujer anónima que unge a Jesús antes de su muerte en Marcos 14,3-9.

De cinco mujeres distintas hace una sola.

Y prostituta, vocablo que no aparece en el texto bíblico.

¿Hubo en esta mezcla intención expresa de alterar la imagen de la Magdalena, de silenciar una relación especial con Jesús?

Quizá, pero no lo sabemos: no hay pruebas de una censura expresa del texto de los evangelios con el fin de eliminar la función preponderante de Magdalena.

Legalmente, porque el testimonio prestado por mujeres carecía de valor en aquella época, tanto entre los judíos como entre los romanos.

Otra razón es que, siendo Dios, Jesús puede elegir a los testigos que Él quiera, sin importar lo que los demás quieran o piensen.

Y una más, sumamente bella y de justicia, es que las mujeres no abandonaron a Jesús en las terribles horas de Su Pasión, sino que, unas más cerca y otras más lejos, sus discípulas dieron testimonio de su amor permaneciendo con Él hasta el final; de los Apóstoles sólo san Juan estuvo junto a la cruz; en cambio las mujeres eran muchas (Jn 19, 25 y Mt 27, 55).

“Muy temprano, apenas salido el sol”, precisa el evangelio de Marcos, el primer día de la semana las mujeres fueron al sepulcro a cumplir con el ritual que como mujeres les correspondía: ungir el cadáver que habían depositado en la tumba.

Según el evangelio de Mateo, eran dos mujeres: María Magdalena y la otra María; según el de Lucas, eran muchas: María Magdalena, Juana, María la madre de Santiago y las otras mujeres; según Marcos, eran tres mujeres: María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé; mientras Juan solo menciona a María Magdalena.

Bueno, no importa quiénes eran.

A pesar del miedo y la tristeza que sentían madrugaron para ir a la tumba de Jesús.

Más miedo sintieron al llegar al lugar y encontrar que la piedra que tapaba el sepulcro no estaba en su lugar, y más todavía porque no estaba en la tumba el cuerpo de Jesús.

Lucas constata que estaban “llenas de miedo” y Marcos escribe que “se asustaron”.

Que es cuando se convierten en apóstoles, porque se fueron a contar que la tumba estaba vacía y que Jesús había resucitado.

Las primeras apóstoles, porque anunciaron la resurrección de Jesús y lo propio del apóstol es anunciar la resurrección.

Y porque fueron enviadas a contarles lo que habían visto a los demás discípulos, que probablemente se estaban escondiendo por miedo a seguir la suerte de Jesús: “Vayan y digan a sus discípulos”, escribieron Mateo y Marcos.

Y seguían estando asustadas, pero aunque tenían “miedo y mucha alegría a la vez”, escribió Mateo, las mujeres “corrieron a llevar la noticia a los discípulos”.

Lucas, por su parte, simplemente registra que “al regresar del sepulcro contaron todo esto a los once apóstoles y a todos los demás” (24,9), que es cuando dicen quiénes fueron las que llevaron la noticia, mientras en el evangelio de Juan el encargo es del Resucitado y solamente a María Magdalena, que estaba llorando: “Ve y di a mis hermanos”, relato que también recoge el evangelio de Marcos, al final: “Después que Jesús hubo resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena”.

Según Juan, cumpliendo el encargo del Resucitado “ella fue y contó a los discípulos -a los discípulos varones, vale la pena aclarar- que había visto al Señor y también les contó lo que él le había dicho” y según Marcos, “ella fue y avisó a los que habían andado con Jesús”.

Claro los discípulos no les creyeron.

No podían dar crédito a habladurías de mujeres: según el evangelio de Marcos “no querían creerles”; según el de Lucas “les pareció una locura lo que ellas decían” (24,11).

Y después de este relato del encuentro de las discípulas con Jesús resucitado y de haber sido enviadas por él mismo a anunciar la resurrección, como primeras apóstoles, no se volvió a hablar de las mujeres que fueron al sepulcro muy de mañana.

Desaparecen porque eran mujeres y desaparece la misión que el Resucitado les confió como apóstoles.

Porque a pesar de que los evangelios constatan que el Resucitado les confió la misión de ser apóstoles, en un mundo en el que las mujeres debían guardar silencio, la tradición de dos mil años, solo registra apóstoles varones, invisibilizando a las apóstoles mujeres que fueron, de verdad, las primeras.

Comparar los relatos de los cuatro evangelios de las experiencias de los discípulos ante la tumba vacía en la primera mañana de Pascua puede ser desafiante.

Cada uno de los evangelios relata el acontecimiento de manera un poco distinta.

Los mismos discípulos no aparecen en cada uno de los evangelios y el orden en que aparecen es también distinto.

Sin embargo, hay un hilo común en cada uno de los relatos de la resurrección.

Los primeros testigos de la realidad de la tumba vacía eran mujeres (o solamente María Magdalena en el de Juan).

Lucas nos presenta varias mujeres ante la tumba vacía.

"Las mujeres eran María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago," así como otras sin nombre "que las acompañaban" (24,10).

Lucas reporta claramente la experiencia de las mujeres: "Pero al amanecer del primer día de la semana, tomaron las especies que habían preparado y acudieron a la tumba.

Encontraron la piedra separada del sepulcro.

Pero, cuando entraron, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús.

Cuando estaban sorprendidas sobre esto, he aquí que dos hombres en vestiduras brillantes se les aparecieron.

Ellas estaban aterrorizadas e inclinaron sus rostros hacia el suelo.

Ellos les dijeron: "¿Por qué buscan a quien está vivo entre los muertos?

No está aquí, sino que ha resucitado.

Recuerden lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea: que el Hijo del Hombre había de ser entregado a los pecadores y ser crucificado, y resucitar al tercer día" (24,1-7).

La dificultad que tenía la iglesia primitive con este recuerdo era simplemente que las mujeres no estaban consideradas como testigos fiables.

Lucas reconoce que esto era un problema para los apóstoles.

Las mujeres narran a Pedro y a los otros apóstoles lo que se les había revelado en la tumba, "pero su historia parecía absurda y no las creyeron" (24,11).

Esto ha llevado a través de la historia a que algunos hayan desacreditado las narrativas de la resurrección.

Como si el decir que un hombre resucita de los muertos no fuera lo suficientemente difícil de creer en sí mismo, el hecho de que fuera un cuento originalmente difundido por mujeres lo hacía parecer ridículo.

Sin embargo, después de casi dos mil años, el testimonio de estas mujeres se ve como más y más confiable históricamente.

El mismo hecho de que su testimonio no fuera considerado credible en su propio tiempo y lugar, incluso al principio entre los apóstoles, hace mucho más posible que de hecho fueran los primeros testigos.

Cualquiera que piense que la iglesia primitiva fabricara sus relatos de la resurrección se debería preguntar por qué los evangelios insisten en contar la historia de las mujeres que eran los primeros testigos.

Lo que una vez fue "absurdo" es ahora un testimonio claro de la resurrección con una credibilidad histórica real.

Hoy día la iglesia todavía lidia con el conceder a las mujeres la voz debida como testigos de nuestra vida resucitada en Cristo.

El Papa Francisco nos pide que desarrollemos una teología más profunda sobre la mujer.

Haríamos bien en comenzar con la Escritura y cosechar los contextos históricos, culturales y teológicos de las narrativas de la tumba vacía.

Quizá descubramos una buena razón por la que Dios dio a conocer a su hijo resucitado primero a las mujeres y más tarde a los apóstoles.

María Magdalena estaba entre las mujeres que acompañaron a Jesús a Jerusalén para la Pascua del año 33 (Mateo 27:55, 56).

Sin duda, a María le sacudió la noticia de que esa noche habían arrestado y juzgado a Jesús.

Cerca del mediodía, en plena oscuridad, María Magdalena y las demás mujeres estaban “junto al madero de tormento de Jesús”, en el lugar de la ejecución (Juan 19:25).

María se quedó allí hasta el final y vio cómo Jesús le pedía a su querido apóstol Juan que cuidara de su madre.

Escuchó cómo Jesús llamaba a su Padre con gran angustia y cómo, justo antes de morir, decía satisfecho: “¡Se ha cumplido!”.

Después de que pusieron a Jesús en la tumba, María estuvo entre las mujeres que compraron algunas especias para aplicarlas al cuerpo de Jesús (Marcos 16:1, 2; Lucas 23:54-56).

Cuando terminó el sábado, se levantó muy temprano.

Nos la podemos imaginar caminando junto con otras mujeres por las calles oscuras hacia la tumba de Jesús.

Pero eso no las detuvo.

María regresó a la tumba y se quedó allí sola.

Entonces algo la impactó: vio sentados a dos ángeles vestidos de blanco.

“¿Por qué estás llorando?”, le preguntaron.

Entonces se dio la vuelta y vio a un hombre de pie detrás de ella.

María no lo reconoció y se imaginó que era el jardinero que cuidaba del lugar.

El hombre le preguntó con cariño: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?”.

Entonces Jesús le dijo: “Deja de agarrarte de mí”.

“Todavía no he subido al Padre”, le dijo para tranquilizarla.

Ahora tenía la oportunidad de contarles a otros la buena noticia.

Imaginemos con qué ganas y emoción buscó a los discípulos y les dijo casi sin aliento: “¡He visto al Señor!”.

La Biblia cuenta que “a ellos les parecía que sus palabras eran tonterías, y no les creyeron” (Lucas 24:11).

María no permitió que la reacción de los hombres la amargara; le bastaba con saber que su Maestro confiaba en ella.

Poco después, Jesús se les apareció a sus apóstoles y a otros muchos discípulos, y luego a más de 500 hermanos a la vez (1 Corintios 15:3-8).

Sin duda, tenemos muchas razones para creer que María Magdalena siempre tuvo una fe fuerte.

Pongámonos la meta de ser como ella.

Imitemos su ejemplo de fe demostrando que valoramos todo lo que Jesús ha hecho por nosotros.

Habiendo estado en Israel muchas veces, liderando giras, tengo una visión mucho más clara de lo que realmente era una crucifixión, y lo horrible que debe haber sido haber visto morir a alguien en una cruz.

Hemos tendido a romantizar un poco la cruz, con nuestras joyas e imágenes de una cruz en una colina lejana, pero en realidad el lugar de la crucifixión era el lugar más horrible de Jerusalén.

Sabiendo lo horrible que era una crucifixión, es asombroso leer en Mateo 27:55-56 que “Muchas mujeres que habían llegado desde Galilea con Jesús para cuidar de él, miraban de lejos.

Entre ellas estaban María Magdalena, María (la madre de Santiago y José), y la madre de Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo”.

En Marcos 15:40-41 leemos: “Algunas mujeres miraban de lejos, entre ellas, María Magdalena, María (la madre de Santiago el menor y de José), y Salomé.

Eran seguidoras de Jesús y lo habían cuidado mientras estaba en Galilea.

Lucas nos dice que “Una gran multitud lo seguía, incluidas muchas mujeres que lloraban desconsoladas” (Lucas 23:27).

Es interesante para mí que las mujeres son nombradas y, sin embargo, no hay hombres nombrados en la cruz.

Ciertamente, había hombres allí, pero ¿cuántos eran los amigos y discípulos de Jesucristo?

Solo sabemos con certeza que Juan estaba allí, porque Jesús se refiere a él en Juan 19, cuando le instruye que cuide de su madre.

¿Y por qué estaban todas estas mujeres en esta horrible escena?

No era un lugar para una mujer; si fuera tu pariente cercano, podrías haber estado allí, pero normalmente las mujeres no iban a un lugar tan horrible.

Sin embargo, allí estaban todas estas mujeres en la cruz de Jesús.

Estaban allí porque amaban a Jesús.

Habían sido libradas de sus pecados y de su pasado por Jesús, y estaban decididas a quedarse con él hasta el final, por muy feo que fuera.

María Magdalena estaba allí.

Sabemos que Jesús la había librado de siete demonios.

Ha habido algunos escritos difamatorios y sugerencias de que Jesús tuvo una relación romántica con María Magdalena.

Eso es una mentira y no tiene fundamento alguno en las Escrituras ni en la historia.

Y debido a que Jesús resucitó de entre los muertos, puede hacer lo mismo por ti hoy.

Se nos dice que María, su madre, estaba en la cruz.

Sin duda, mientras estaba parada allí, debe haber recordado la profecía que le dijo Simeón cuando llevaron a Jesús al templo para consagrarlo.

Simeón le dijo a María: “Este niño está destinado a causar la caída y el levantamiento de muchos en Israel.

Esa espada estaba atravesando su alma mientras permanecía de pie en esa cruz durante horas y veía a su hijo morir en agonía.

Allí estaba la madre de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo.

La recuerdas.

En Mateo 20 se nos cuenta cómo ella vino a Jesús pidiéndole que favoreciera a sus hijos concediéndole que uno se sentara a su derecha y el otro a su izquierda en su reino.

Ella era ambiciosa para sus hijos y decidió ayudarlos a obtener las posiciones más favorecidas cuando Jesús se convirtiera en rey.

Además de las mujeres que fueron nombradas junto a la cruz, estaban allí muchas otras mujeres, mujeres que habían seguido a Jesús a Jerusalén desde Galilea, y que habían ayudado a mantenerlo a él y a sus discípulos y a cuidar de sus necesidades.

Eso significa que caminaron de Galilea a Jerusalén; no había otra manera de llegar allí.

Y fue a Jerusalén, a muchas colinas, una caminata ardua que habría tomado muchos días.

Mientras seguían a Jesús a Jerusalén, no esperaban verlo morir en una cruz.

Tenían expectativas muy diferentes: que Jesús sería coronado rey de Israel, tomaría el trono de David y salvaría a su pueblo de la opresión romana.

En cambio, se enfrentaron a la cruel realidad de una crucifixión.

Pero en unos breves tres días, sus corazones volvieron a regocijarse cuando supieron que María Magdalena había estado en la tumba y que estaba vacía.

Es muy importante que recordemos deliberadamente lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz y recordemos que la tumba está vacía.

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