La poesía escrita en la ribera del río Mapocho convierte sus aguas, sus puentes y sus márgenes en memoria personal y colectiva de Santiago. El río aparece como fuente de regadío, testigo de la vida urbana, amenaza de inundaciones, refugio de niños abandonados, escenario de pobreza y violencia, frontera simbólica, paisaje de infancia y espacio para imaginar otra ciudad.
Entre las obras vinculadas con el Mapocho destaca Relación de la inundación que hizo el río Mapocho, escrita por la monja carmelita sor Tadea de San Joaquín después de la inundación de junio de 1783. También sobresalen las representaciones de Pablo Neruda, Victor Domingo Silva, Nona Fernández, Samuel Leal Chau y Amante Eledín Parraguez, cuyas escrituras recorren distintas riberas históricas, sociales y afectivas del río.
El Mapocho como motivo literario
Desde la temprana Colonia, escritores, cronistas y viajeros destacaron al Río Mapocho como principal fuente de regadío de la ciudad y el testigo apacible de la vida santiaguina, cariz que, sin embargo, se transformaba ante la inclemencia de sus desbordes. El devenir del caudal, fue muchas veces registrado por la pluma de distintos escritores, quienes relataron el devastador comportamiento del Río.
Mapocho en Mapudungun es “agua que penetra la tierra”, un elemento vital para Santiago. Junto con la Cordillera de Los Andes, el río constituye un entorno paisajístico de relevantes atributos naturales.
Con cerca de 110 km de largo, en una cuenca de 4.230 km2, el Mapocho baja torrentosamente desde unos mil 200 msnm, desembocando en el río Maipo a 252 msnm. En su trayecto cumple varias funciones: permite abastecer de agua a nuestra urbe, evacúa las aguas lluvias, en su “cajón” se despliega una autopista urbana subterránea que es el nexo de Santiago en sentido oriente-poniente.
Atravesando un total de 16 comunas, en su rivera se concentran un número importante de parques y, sumado a la intervención del ser humano, es co-responsable de grandes inundaciones, desbordes y accidentes.

Sor Tadea y la inundación de 1783
La “Avenida Grande” ocurrida en 1783, fue plasmada por Sor Tadea García de San Joaquín, quien relató los trágicos avatares de la inundación, dando inicio, por entonces a la literatura femenina en este territorio.
El romance Relación de la inundación que hizo el río Mapocho, escrito por la monja carmelita sor Tadea de San Joaquín a propósito de la traumática experiencia de la inundación de su monasterio por una salida de madre del río Mapocho, ocurrida en Santiago de Chile en junio de 1783, es un notable ejemplo del género de la poesía barroca de catástrofes.
El poema muestra el innato talento de esta religiosa para improvisar unos versos en los cuales es capaz de presentar las penosas circunstancias de la inundación con oportunos toques de humor, logrando así aliviar la pesada carga del desastre.
Un fragmento del texto narra: “Juzgo que del Firmamento llover Océanos hizo para nuestro sentimiento, pues de este modo se hacía, más caudaloso y violento, el gran Mapocho, que corre, a la frente del Convento, el cual compitiendo ya, con rápido movimiento, con Evros y Mansanares».
El poema vincula la experiencia concreta del desastre con una tradición literaria de imágenes grandiosas. La crecida del río se vuelve una fuerza capaz de competir con otros ríos y, al mismo tiempo, una presencia inmediata frente al convento.

El río antes de la canalización
Río Mapocho antes de la canalización en “Memorias de 50 años” de Ramón Subercaseaux.
Desde la temprana Colonia, escritores, cronistas y viajeros destacaron al Río Mapocho como principal fuente de regadío de la ciudad y el testigo apacible de la vida santiaguina, cariz que, sin embargo, se transformaba ante la inclemencia de sus desbordes.
Plano de Leandro de Badarán, el Mapocho en 1783, en “Historia del Arte en el Reyno de Chile” de Eugenio Pereira Salas.
El río fue representado, por tanto, en una doble condición: como corriente indispensable para la vida de la ciudad y como amenaza capaz de alterar sus límites, anegar sus espacios y dejar una huella duradera en la memoria colectiva.
La caja del río y la infancia marginal
Con el advenimiento del siglo XX y tras la canalización del Mapocho, la caja del río - consignó la literatura-se convirtió en refugio y vivienda de niños vagos que allí se asentaron. Lautaro Yankas en su libro “Rotos” y Alfredo Gómez Morel en “El Río”, narraron las crueles experiencias de la infancia en el cauce, las relaciones de jerarquía allí generadas, el delito, la soledad.
El Mapocho daba la posibilidad de vivir fuera de la ley, en constante transgresión y por último, en libertad. No hay reglas, salvo las que la misma palomilla brava determinara.
Gómez Morel fue concluyente al decir: “El río tiene una antesala: el cauce. Allí viven los niños que por cualquier razón abandonan su hogar y al ir al río se asustan tanto que éste los rechaza. Sólo robando podrían quedarse en él, pero esto los atemoriza. Ningún río que se respete da albergue a chicos honrados”
La jornada delictual debía ser exitosa, para volver al amparo del río. De ser así, cuenta Yankas: “el muchacho trepa a su albergue como un vencedor, con su caballo al brazo. Se acomoda sobre las planchas interiores, ablandadas con sacos y papeles, pone el caballo a su lado, y su brazo lo defiende, le da sensibilidad alerta”.

Pelusitas en río Mapocho cerca de 1970. Urbatorium. Niños debajo de puente en el río Mapocho, Santiago, 1955, Sergio Larraín.
Estas escenas literarias presentan el cauce como un territorio separado de la ciudad formal. Allí se establecen códigos propios, jerarquías y formas de supervivencia que reemplazan las instituciones ausentes.
Pobreza, basura y enfermedad
El aura criminal que alojaba el río se combinaba con los basurales, miseria y total insalubridad, aspectos que lo convertían en la vivienda más precaria posible.
La representación literaria del Mapocho no se limita a describir el agua: incorpora los desperdicios, los cuerpos, el frío, el hambre y los asentamientos que convierten sus riberas en el reverso social de Santiago.
Pablo Neruda en su “Odas de invierno al Río Mapocho”, refrendó esta visión: “Río Mapocho, cuando la noche llega Y como negra estatua echada Duerme bajo tus puentes con un racimo negro De cabezas golpeadas por el frío y el hambre Como por dos inmensas águilas, oh río, Oh duro río parido por la nieve, ¿Por qué no te levantas como inmenso fantasma O como nueva cruz de estrellas para los olvidados?”
En tanto, el poeta y novelista Victor Domingo Silva compartió esta perspectiva, en que se advertía una simbiosis entre los márgenes urbanos, la precariedad y el río: «Bajan hasta ti, indiscretos Los rumores del suburbio. Flotan por tu lecho turbio Andrajos, vísceras, fetos… ¡Ay! Y hasta los parapetos Que tus márgenes oprimen, Llega a pensarse que gimen Cuando ven llenarse el agua Con las vergüenzas que fragua Entre las sombras del crimen».
La poesía de Neruda y Silva transforma el río en testigo de quienes permanecen fuera de la imagen ordenada de la ciudad. El cauce recibe aquello que la sociedad expulsa y, al mismo tiempo, devuelve una imagen incómoda de sus desigualdades.
El Mapocho y la memoria de la dictadura
Por otra parte, la escritora Nona Fernández, en su libro “Mapocho” nos muestra una faz distinta del Río, rememorando un doliente recuerdo: los muertos arrojados al Río durante la dictadura militar.
“Apenas alcanzamos a dar uno pasos. Dicen que de una sola ráfaga nos botaron a todos. Nuestros cuerpos quedaron tirados en el Mapocho. Cada miembro del equipo con unas cuantas balas metidas adentro. Con los uniformes ensangrentados, las camisetas cochinas de pólvora y mugre. Ahí quedamos, a merced de los perros, de las ratas y de las aguas cochinas».
En el año 1972 Víctor Jara escribía: “en el río Mapocho, mueren los gatos y en el medio del agua tiran los sacos, pero en las poblaciones con la tormenta hombres, perros y gatos es la misma fiesta…”.
Posteriormente, en la carta que Ángel Parra le dedica a Víctor Jara, se refiere al “río Mapocho ensangrentado”, en memoria de los ejecutados políticos que durante la dictadura militar aparecían flotando en sus causes.

La escritura sobre el Mapocho conserva así una dimensión testimonial. El agua deja de ser únicamente un elemento natural y se convierte en espacio de desaparición, evidencia y recuerdo.
Una frontera dentro de Santiago
Con todo, la caja del río pareció siempre para la literatura, una frontera simbólica y natural, donde el desconocimiento y opacidad, causaba cuando no temor, al menos distancia entre el resto de los habitantes de la ciudad.
Teófilo Cid esgrimió: “No podemos avanzar más allá del Mapocho fronterizo que nos demarca las precarias condiciones del medio, a menos que se ensaye una modificación radical de nuestra psicología”.
Constata, que, a pesar de haber sido ordenado y encauzado, mantiene su espíritu esencial y primigenio, el que Carlos Franz retrata a cabalidad: “el taimado, el turbio, el impredecible Mapocho, escinde las diferentes versiones de nuestra identidad en hemisferios separados”.
El río separa barrios, experiencias y memorias. Su presencia física produce una división urbana, mientras su presencia literaria expone las diferencias sociales y las versiones contradictorias de la identidad santiaguina.
También han escrito sobre el Río Mapocho, Sady Zañartu, Daniel Riquelme, Justo Abel Rosales y el poeta mexicano Enrique Díaz Canedo, entre otros autores.
La infancia junto al río en la poesía de Amante Eledín Parraguez
“A orillas del río Mapocho” de Amante Eledin Parraguez, publicado por Amanuense Editorial en 2013, gráfica la relación del autor y su infancia con las aguas del río Mapocho, hecho fidedigno: el autor, junto a numerosos hermanos, pernoctó durante años en una vivienda aledaña al caudal, en el sector alto de la capital.
Desde aquel sitio, un grupo de religiosos realizarían una inolvidable obra humana: inscribir en la aristocrático Colegio Saint Georges College de Vitacura, a varios de estos niños pobres que habitaban precariamente al borde del temido afluente.
Uno de ellos fue Parraguez, quien, con esa especial vivencia, crearía décadas después la novela “Historia del verdadero Machuca”, texto que el cineasta Andrés Word utilizó para su afamada y premiada película Machuca.
Es decir, el genuino Machuca es el autor de este bello poemario, que ahora recorre con mirada de vate los sueños, miedos, la bruma, esperanza, el ciclo vital del caudal que no cesaba de cantar en sus oídos: “tengo el nombre del río en mi torrente, un espejo trizado donde aparece/ el sol haciendo surcos/ el agua que busca sus raíces”.
Si bien Amante Eledín Parraguez procuró crear una gran metáfora del imponte río, la reminiscencia lo trasladó a descubrir otras dimensiones, el jardín que brotaba en las piedras, la sinfonía de las aguas, la contemplación feliz de un niño “hundido en su lecho”: los paisajes que empalidecían las tristezas del destino.
Estoy despierto, El río me levanta junto a mi casa. En voz baja su cauce me habla. Cruza mi puerta y me arrastra.
«Espejo de aguas»
Crecí con sus aguas al pie de mi cama. Era su canto en mi oído una cuerda atada al sonido del alma. Siempre cerca, corriendo al lado de mi casa. golpeando la puerta como amigo, creciendo en la misma corriente.
Tengo su acento en el rostro su timbre de voz. El agua que navega en mis ojos y el gesto de hundirme en la tierra. Tengo el nombre del río en mi torrente, un espejo trisado donde aparece el sol haciendo surcos, el agua que busca las raíces.
Estoy despierto. El río me levanta junto a mi casa. En voz baja su cauce me habla. Cruza mi puerta y me arrastra.
Todavía lo sigo, salto, subo, tropiezo; voy pendiente en su hilo, recogiendo los sueños hundidos en su lecho. Estoy vivo, con el mismo latido de mi infancia junto al río.
Me levanto con su paso lento permanezco en su turbia existencia. Soy río que busca ciego entre brumas su destino: Resiste el hilo de mis aguas atado al ciclo de la vida.
«Junto al río»
Donde vivía cuando niño no tenía nombre. Se llamaba orilla del río y tenía un rostro plomizo duro como las piedras: sin mañana en la rueda de la pobreza donde los hermanos heredan los zapatos y los golpes que reciben sus hermanos.
Eso era cuando mi madre soñaba en su jardín y pintaba con su sangre cada flor. Todas tenían nombre menos el lugar donde vivíamos.
Se llamaba población junto al río separados de los otros detrás de sus portones. No tenía sitio mi casa sólo un horizonte en la orilla del río.
El agua era el hilo que nos ataba. Serpenteaba nuestra vida sin rumbo en el torrente: era mi infancia sin nombre junto al río.
«De tus raíces»
Hace tiempo salí de ti desde tu sonoro territorio donde habita mi país. Salí de tus raíces a tus remansos en los hilos que dejaste para tejer árboles en tus orillas.
Sin alejarme de tus sueños salí al aire los llevo en mi oído corren con tu frescura por mis huesos brotan como otros ríos desde mis manos.
Todavía la inocencia navega en nuestros cauces aunque la muerte haya teñido nuestras aguas. No matamos la esperanza, la libertad aletea.
No apagamos la noche ni la sangre pero en nuestros ojos pasaron los abismos.-
“A orillas del río Mapocho ”, sin duda, es un gran poemario. Contiene un conjunto de versos originales que lo convierten en el mejor libro publicado hasta la fecha por el autor.
Es su pequeño Canto General; su Altazor. Un libro personal, como extraído desde el mismo lecho.
Con melancólicas pinceladas, a veces con crudeza, configura imágenes que repican a la manera de destellos, lúcidamente, con palabras que resuenan como una cascada imaginada, provocando apego, participación, un viento que conduce a tiempos inmemoriales.
La cadenciosa lectura, lleva a pensar en toda esa buena alimentación literaria que otorga una vida en los márgenes de la abundancia. Parraguez supo beber de minerales que no existían, alimentarse con resplandores, vuelos de aves: mamó la otra vida, esa que está abajo y arriba, y que se ignora cuando mazorca no falla.
Porque uno de los mayores logros de esta obra es, precisamente, haber convertido en delicadas piezas poéticas, un segmento de la infancia marcado a fuego. Esa falta, Amante Eldín Parraguez la convirtió en una alegre y romántica poesía.
Las dos riberas de Samuel Leal Chau
La poesía de Samuel Leal entra en la experiencia íntima con la ciudad y sus rincones. Es el niño testigo que regresa a la infancia y la juventud, retorna a la escritura como abrigo del desamparo.
“Las Riberas” de Samuel Leal son una poética de la luminosidad, da sentido al presente, nos regala una bella y vergonzosa comprensión del Chile actual:
Allá arriba una muchacha se mueve. Y quiere rozar pellizcar, morder, lacerar, su sexo, y así borrar de una vez por todas su cara de muerta borrar de una vez por todas / su cara de muerta borrar de una vez por todas / su cara de muerta
Ribera Sur y Ribera Norte, juntas, constituyen un poemario, que, en su polisemia está repleto de mensajes cifrados para islas perdidas en la memoria.
Quien entre en estas páginas, constatará como escribe Miguel Moreno en la contratapa de Ribera Sur: como una vieja foto que se desvanece con los años.
o Eugenio Dávalos en Ribera Norte: en silencio y distancia ha ido configurando un mundo muy muy personal, que nos involucra a todos, como en este hermoso poema:
Toma con dos dedos gigantes el arroz y el pescado. éstas, las distantes manos del abuelo dándome de comer
Son imágenes certeras como en la más clásica tradición lárica, de un claro testimonio de protesta y nostalgia a la vez.
Son lugares en la historia personal y colectiva de quienes hemos cruzado desde niño o niña, el río Mapocho:
Y el agua sucia corre, y el mar se acerca con sus turbias gaviotas y los colgados, y el niño durmiendo y muertos ya cruzando sus puentes
En estos libros, Samuel Leal es fiel a su compromiso con la nitidez que describe la dura realidad que significa el avance de la renovación de una ciudad como Santiago: furiosa e indiferente con sus habitantes, existirán otras mejores, más amigables, a escala humana tal vez, pero esta, es su ciudad, a la que hay que querer:
El cerro San Cristóbal ha comenzado a secarse su verde piel descascarada deja ver sus huesos de roca” (piedras) …
Escribe desde el lugar de los vencidos. Lo hace desde la herida abierta que aún arde en nuestro país.
Por esta poética la muerte transita de muchas formas, como escribe el poeta Miguel Ángel Cuevas: “Este país sigue teniendo / un inmenso tajo en la cara”
…no muy lejos, otro poeta de habla hispana como Antonio Gamoneda, en descripción de la mentira, declara: “No me reconcilio / pero amo lo que ha quedado de nosotros”.
Son esos rastros que la palabra encuentra y es capás de nombrar para purificar la historia:
Ni con toda la lluvia de un diluvio, vuelve a brotar el pasto (pelo) sobre la calavera
Un libro lleno de símbolos íntimos, personales y voces biográfica. Quien lea estos libros, encontrarás una entrañable amor a la vida.
Su profunda fragilidad, como sus palabras, nos lleva por un poemario que si bien, pareciera perder su unidad temática, es generoso en las voces que Samuel Leal recoge y nos comparte.
Como en estos bellos y magníficos versos:
Nunca me atreví a besar a Marina mirando las luces de los cerros derramándose hacia el mar
En medio de la rapidez que significa habitar la ciudad, la poesía que habita en Ribera norte y Ribera sur, nos llega en susurros, como si fueran secretos… palpita, llena de sonidos silábicos las arterias, donde nadie pareciera querer saber cómo sobrevivir, o hacerle el quite a la pregunta fundamental; si vale o no la pena vivir.
Todo en dos libros, para huir de la post- modernidad y contemplar desde uno de los puentes; la ventana de una micro o el Uber, las dos riberas del río que nos atraviesa.
Invito a abrir este libro a leer estos poemas que contienen un pueblo, el nuestro.
Gracias Samuel Leal por traer las dos riberas del río Mapocho a nuestro tiempo, en nuestro lenguaje de hoy, que en nuestra infancia parecía ser el fin del mundo.
Arte, memoria y espacio público
En una breve retrospectiva artístico-cultural, encontramos que las paredes del Mapocho comenzaron a ser usadas por brigadas muralistas en los años 70.
A mediados de los noventa algunos artistas plásticos desarrollaron sus performance sobre el río Mapocho. Destaca Jorge “Cerezo” con la obra “Historia de unos cuerpos”, quién relata que: “se intervino el río Mapocho con más de 100 figuras humanas que remitían a cuerpos de los detenidos desaparecidos. Esta acción de arte fue en la mitad de su accionar “suspendida” por una patrulla policial, que nos detuvo (con las esculturas) y terminamos en una Comisaria de Providencia”.
Vemos que diversos creadores incrustan y hacen referencia al lecho del Mapocho.
Por ejemplo, el proyecto “Museo Arte de Luz”, que surgió como una iniciativa de la artista visual Catalina Rojas, consiste en una plataforma artística sobre la cuenca y muros del río, está basado en proyecciones de obras de arte iluminadas en grandes formatos, por medio de equipos proyectores de última tecnología.
El Museo va desde el puente Pío Nono hasta el Puente Patronato en una extensión de un kilómetro.

Se suma a lo anterior que, en días recientes presentamos al diputado Alfonso de Urresti, Presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara y al Ministerio de la Cultura, una propuesta de generar condiciones para que las riberas del rio Mapocho sean un espacio para grafiteros, creación e innovación urbana juvenil.
Nuestro postulado es, conjugar una difícil ecuación entre la diversidad y libertad de expresión versus el respeto por los barrios, propiedad y entorno de los residentes.
Inundaciones, parques y transformación urbana
Otro ícono es el Museo Parque de las Esculturas -según señala el portal de Providencia- creado como consecuencia directa del crecimiento de las aguas del río Mapocho y la inundación que en junio de 1982 afectó a casi a un 70 % de Santiago.
El torrente destruyó los jardines de la ribera norte, dañando particularmente el tramo entre el puente Pedro de Valdivia y el puente Padre Letelier.
Los testimonios evidencian un consenso de artistas, miembros de la comunidad de Providencia y autoridades en torno a la necesidad de crear un área de recreación cultural.
El río Mapocho también quedó registrado en la memoria de otros temporales. Imagen del temporal en 1988. Fundación la Fuente.

En el presente, varios proyectos plantean la idea de rescatar este entorno natural del río como un espacio ciudadano.
Por ejemplo, el plan “Mapocho Urbano Limpio”, túnel de 28,5 kilómetros que recepciona los desechos en 21 puntos de la urbe y los conduce a la planta de tratamiento de aguas servidas contigua a “El Trebal” (vía por la cual la ciudad se libera de su contaminación y paradojalmente la lleva a otra localidad).
Asimismo, un diseño urbano de gran interés es el “corredor al interior del cauce del río” que utilizaría unos siete kilómetros de su canalización como una suerte de columna vertebral de Santiago unificadora del sistema de parques existente, una ciclo vía en donde los habitantes puedan ocupar su tiempo libre, ocio y recreación a escala metropolitana.
El presidente Sebastián Piñera (11 de enero de 2011) al tiempo que colocó la primera piedra para dar inicio a la construcción del Parque Fluvial Padre Renato Poblete en la comuna de Quinta, cuyo propósito es cambiar y mejorar el entorno del río, prometió “convertiremos al río Mapocho en un río limpio y navegable”.
El río imaginado como espacio ciudadano
Complementariamente, la experiencia internacional en diseños urbanos y los ríos es vasta.
Expertos han señalado ejemplos como Barcelona, cuya ciudad recuperó el río Besós (17,7 km de recorrido) que desde mediados de los noventa ha limpiado y depurado sus aguas.
Aprovechando aquello, se inauguró el Parque Fluvial del Besós con la remodelación del Fórum Universal de las Culturas.
Un modelo urbano más cercano es la ciudad Rosario (Argentina) con su costa frente al Río Paraná que recuperó su ribera en la última década del siglo XX con la reorganización de los terrenos portuarios y ferroviarios.
Otras referencias son el río Sena en Paris (con 776 km. de largo) o el Tiber en Roma (con una longitud de 405 km.), cuyas riberas son utilizadas como corredores que acogen formas alternativas de transporte y acerca a sus ciudadanos.
Además destacan los ríos Santa Catarina, en Monterrey y Allegheny en Pittsburg.
Todas estas intervenciones han sido posibles gracias a un diseño integrador e imagen urbanista, sumado a una decidida voluntad política.
Estos esfuerzos y prácticas están al servicio de las ciudades y sus habitantes.
Entonces, la aventura de soñar, navegar y dar un valor al río Mapocho es la preocupación de muchos autores y ciudadanos.
Algunos de ellos abordan el problema desde su vida cotidiana; otros desde la morfología y paisaje; también como elementos contaminantes y sucios; a veces como oportunidad de negocios y esparcimiento; también como las descritas, desde la revalorización del paisaje y su entorno urbano.
Finalmente -se trata por lo visto- de visiones diversas y extremadamente heterogéneas sobre el río Mapocho. Por cierto, una ventaja estratégica para una ciudad fragmentada como la nuestra.
Una tradición poética abierta
En palabras del poeta Eugenio Dávalos Pomareda: Samuel Leal Chau es un poeta que ha sido capaz de mantener por largos años oculto su oficio creativo.
En silencio y distancia ha ido configurando un mundo muy personal, involucrado a ti, oh caro lector, develándote también en la necesidad de emprender un viaje en conjunto como es toda lectura, una comunión como dijera Octavio Paz».
La escritura del Mapocho reúne catástrofe natural, marginalidad, memoria política, infancia, contaminación, urbanismo y esperanza. Cada autor observa una ribera diferente, pero todos convierten el río en una forma de leer Santiago.
El arte y el amor es lo único que nos salva en este territorio, no se avergüencen, dejen correr ese río por sus mejillas. Es necesario.