Poema a la pelota de fútbol: pasión, memoria y poesía del juego

La pelota de fútbol puede convertirse en una imagen del amor, el dolor, la amistad, la soledad, la alegría y la vida, porque cada jugada reúne riesgo, esperanza, derrota y celebración. «¿Cómo vas a saber querido amigo?, ¿Cómo vas a saber lo que es la vida?, si nunca, jamás…jugaste al fútbol…».

La poesía futbolera nace en el potrero, en la cancha, en la tribuna, en la radio y en el recuerdo; transforma el balón en símbolo de infancia, identidad, comunidad y movimiento. «Al fútbol se juega en el estadio? Al fútbol se juega en la playa, al fútbol se juega en la calle, al fútbol se juega en el alma.»

Pelota de fútbol sobre cancha de barrio

Poema al fútbol de Quique Wolff

¿Cómo vas a saber lo que es el amor?, si nunca te hiciste hincha de un club… ¿Cómo vas a saber lo que es el dolor?, si jamás un zaguero te rompió la tibia y el peroné y estuviste en una barrera y la pelota te pego justo ahí… ¿Cómo vas a saber que es el placer?, si nunca diste una vuelta olímpica de visitante…

¿Cómo vas a saber lo que es el cariño?, si nunca la acariciaste de chanfle entrandole con el revés del pie para dejarla jadeando bajo la red… Escucháme, ¿cómo vas a saber lo que es la solidaridad?, si jamás saliste a dar la cara por un compañero golpeado desde atrás…

¿Cómo vas a saber lo que es la poesía?, si jamás tiraste una gambeta… ¿Cómo vas a saber lo que es la humillación, si jamás te metieron un caño… ¿Cómo vas a saber lo que es la amistad?, si nunca devolviste una pared…

¿Cómo vas a saber lo que es el pánico?, si nunca te sorprendieron mal parado en un contragolpe… ¿Cómo vas a saber lo que es morir un poco?, si jamás fuiste a buscar la pelota dentro del arco…

Decíme viejo, ¿Cómo vas a saber lo que es la soledad? si jamás te paraste bajo los tres palos, a 12 pasos de uno que te quería fusilar, y terminar con tus esperanzas… ¿Cómo vas a saber lo que es el barro?, si nunca te tiraste a los pies de nadie para mandar una pelota sobre un lateral…

¿Cómo vas a saber lo que es el egoísmo?, si nunca hiciste una de más cuando tenías que dársela al 9 que estaba sólo… ¿Cómo vas a saber lo que es el arte?, si nunca, pero nunca inventaste una rabona… ¿Cómo vas a saber lo que es la música?, si jamás cantaste desde la popular…

¿Cómo vas a saber lo que es la injusticia?, si nunca te sacó tarjeta roja un referi localista. Decíme, ¿cómo vas a saber lo que es el insomnio?, si jamás te fuiste al descenso… ¿Cómo, cómo vas a saber lo que es el odio?, si nunca hiciste un gol en contra…

¿Cómo, pero cómo vas a saber lo que es llorar, si, llorar?, si jamás perdiste una final en un mundial sobre la hora con un penal dudoso. ¿Cómo vas a saber querido amigo?, ¿Cómo vas a saber lo que es la vida?, si nunca, jamás…jugaste al fútbol…

La pelota como símbolo de la vida

En el poema de Quique Wolff, cada recurso del fútbol expresa una experiencia humana. El amor aparece unido a la pertenencia a un club; el dolor, a la dureza del juego; el placer, a la celebración de una victoria; la amistad, a la pared devuelta; y la poesía, a la gambeta.

La pelota también representa la incertidumbre. Puede terminar en una red, perderse dentro del arco propio, desviarse por un caño o convertirse en la última posibilidad de un equipo que lucha por no descender. Por eso el fútbol concentra en pocos minutos emociones que la vida distribuye durante años.

Celeste y blanco

De celeste tengo el canto, y de blanco la alegría, con un grito en la garganta de Argentina, de Argentina. Por mi alma tus colores corretean Patria mía, el aliento es uno solo no hay hinchadas divididas.

Todo el júbilo se abraza desbordando sin medida, la tribuna sin descanso se mantiene siempre unida. Las banderas contra el viento con su ímpetu desfilan, desnudando todo un sueño que palpita y que suspira.

Es el gol el entusiasmo la pasión que nos cautiva, alentando a nuestro equipo desde todas las esquinas. Donde va el Seleccionado lleva el canto de algún hincha, que no rinde la esperanza en el triunfo o la agonía.

El tablón es uno solo no hay hinchadas divididas, alentando con el alma, con el grito de Argentina.

El alambrado

Nadie sabe lo que sufro pegadito al alambrado, hasta el último minuto al tejido estoy colgado. Mi garganta se desdobla tengo el gol agazapado, entre insultos y alegrías, de victorias y fracasos.

Y vibras con mi locura, contenes también mi llanto sos la piel de un sentimiento, futbolero apasionado. Abrazado a tu tejido, que circunda todo el campo, hasta el borde de la cal vas envuelto con mi canto.

Voy trepado a tu figura aferrado con mis manos, compartiendo cada sueño hasta el último pitazo.

La canchita: infancia, libertad y memoria

La canchita es el sueño cara sucia es el patio deseado de un recreo, donde corre en libertad el entusiasmo con el fútbol latiéndote en el pecho. La canchita galopa por las venas, desbordando alegría en la de cuero, transitando las áreas y los arcos en gambetas de toques y de sueños.

La canchita es algo inolvidable, una página viviente del recuerdo, que se queda grabada en los renglones con la letra imborrable de los tiempos. La canchita es algo inexplicable que se aloja aquí en el sentimiento, que se lleva a lo largo de la vida en la piel, en los ojos y el aliento.

La canchita es un canto fervoroso escenario de citas y festejos, de la garra, el sudor y la osadía, que se juntan jugando cada encuentro. La canchita es un sol maravilloso es la música invisible de un concierto que no tiene libretos, ni escrituras sólo notas con alas en el viento.

La canchita es camino de aventuras, está libre de pagos y de impuestos, la entrada es gratuita para todos porque el alma señor no tiene precio. La canchita es sólo la canchita que desnuda en la piel de su terreno, ese sueño de todo cara sucia, con el fútbol latiéndole en el pecho.

Niños jugando fútbol en un potrero

Infancia futbolera

Si habremos tocado juntos en la banda del potrero, con paredes de ilusiones en la infancia de los sueños. Desbordando por la raya como pájaros al viento, con la pelota en el alma siendo de trapo o de cuero.

Cuando ser niño era un mundo, que giraba a cielo abierto correteando por las áreas, con la gambeta en el pecho. Que dejaba en nuestras venas aquel canto futbolero, de pasión y de entusiasmo, de alegría y sentimiento.

Si habremos tocado juntos sin un libreto en el medio, tan sólo con esas ganas que te regala el aliento. Tirando en el infinito la misma chispa de un centro, con los arcos en los ojos, palpitándonos adentro.

Donde jugábamos todos por dimensiones sin tiempo, zigzagueando a la distancia y encarando al firmamento. Con camisetas de nubes que vestían los deseos, de nuestra infancia querida correteando en el potrero.

El potrero y el gol inolvidable

Aún recuerdo, hermano mío, esas tardes de potrero, no había nada más hermoso que pegarle a la de cuero. Si parece que te viera otra vez como puntero, contra el borde de la raya endiablando con tus centros.

Admiraba tu gambeta correteando contra el viento, y tu entrega inagotable sin parar por un momento. Era un sábado a la tarde la final de aquel encuentro, Cinco Esquinas los rivales frente a frente con los nuestros.

Aquel clásico de barrio era todo un sentimiento, se jugaba con el alma entregando hasta el aliento. El partido iba camino a penales por el cero, agarraste la pelota al compás del minutero.

Y te fuiste gambeteando inspirándote en un sueño, los trancazos te llovían ni aún así te detuvieron. Tu apilada de novela te dejó frente al arquero, se quedó con tus amagues revolcándose en el suelo.

La llevaste hasta la línea me latía hasta el silencio, con un toque la empujaste salté loco de contento. Era el gol quizás del mundo, nunca vi otro más bello, cada vez que lo recuerdo sube y baja un cosquilleo.

Te abrazamos con el alma no había diarios de por medio, son los goles sin revistas que se sienten bien adentro. Les ganamos el partido con coraje y con respeto, no había sueldos, ni millones, el sudor sólo era el premio.

Te miré profundamente fue la última yo creo, eras ídolo y caudillo el más grande compañero. Los caminos de la vida separaron nuestro puertos, vos te fuiste con el tuyo te perdiste por el tiempo.

Hoy he vuelto al viejo barrio caminando con mis nietos, y pasé por la canchita con sus goles y recuerdos. Y te vi con tus gambetas cara sucia del potrero, desbordando mi memoria otra vez como puntero.

El viejo goleador

Cuando entraste al campo te silbó hasta el viento, el estadio entero, te gritaba viejo, Te decían cosas, como pobre abuelo, de quedarte en casa, a cuidar los nietos.

La tribuna tuya, y también la de ellos te ofendían hermano, sin tener respeto; El equipo tuyo, con un pie al descenso, el de los contrarios festejando el sueño, De salir campeones era casi un hecho, le caía el empate, como anillo al dedo.

Cuando ya el partido se moría en un cero cuando ya un minuto le quedaba creo, De la esquina izquierda, te cayó aquel centro, que saltando al aire la mató tu pecho.

La peleaste a muerte, le pusiste el cuerpo, y con toque suave la mandaste adentro. La tribuna ciega, no podía creerlo estalló en delirio con un grito inmenso.

Cuando te creían que ya estabas muerto, desde allá del alma te brotó el aliento. Con tu gol hermano se evitó el descenso, si hasta el mismo viento se asoció al festejo, Una tibia lágrima te corrió en silencio te abrazaron todos, goleador sin tiempo.

La gran final entre el cielo y el infierno

Hoy domingo por la tarde se juega la gran final, es un clásico famoso que tiene una eternidad. Se juega en el purgatorio en una cancha neutral, ninguno dará ventajas con tanta rivalidad.

El infierno se presenta con equipo titular, Satanás será el arquero Lucifer, el capitán. Los cielos vienen con Gloria bien dispuestos a triunfar, San Pedro será el manija del equipo Celestial.

El referí es la justicia que juzga a todas las almas, los ojos tiene vendados, de silbato una balanza. El partido ya comienza con los cánticos de aliento, los diablos sacando chispas tiran sus fuegos al viento.

Los ángeles con sus trapos no declinan ni un momento, el fervor y el entusiasmo se les escapa del pecho. Los «oles» con sus encantos bajan con toda su fuerza, los Santos con muchos rezos a sus muchachos apuestan.

Los diablos con maldiciones alientan a sus infiernos, el primer tiempo termina clavado en un cero a cero. A los cinco del segundo San Francisco con un centro, se la puso en la cabeza y no perdonó San Pedro.

A los once en otro centro lanzado por San Francisco, San Roque de palomita puso color y delirio. A los quince en tiro libre en un ángulo ponía, San Miguel el tres a cero desatando la alegría.

Con más fervor que con fútbol los diablos se la jugaron, Belcebú tomó la lanza y mandó a la carga a sus diablos. De contra de nuevo el cielo lo tuvo en un mano a mano, al infierno lo salvaba el caño del travesaño.

Que partido de ida y vuelta el que se estaba jugando, los diablos no se rendían ni aún cayendo derrotados. El cielo con su tribuna festejaba sin medida, los diablos en gran silencio se mordían la agonía.

A los treinta del segundo apareció Maquiavelo, con un bombazo impecable tres a uno puso el duelo. Llovían centros al área al arco de San Gabriel, y en una chilena heroica descontaba Lucifer.

Tres a dos estaba el duelo la tentación y la fe, el infierno se jugaba sin dar, ni pedir cuartel. Faltaban cinco minutos y el cielo volvió a mojar, San Francisco hizo un golazo eludiendo a Satanás.

Cuatro a dos estaba el pleito tres minutos del final, separaban a la Gloria para ir a festejar. Como un guapo en la patriada Maquiavelo se hizo ver, sólo tuvo que empujarla el monstruo de Frankestein.

A un minuto de la hora la salvó San Valentín el partido terminaba le dio fin el referí. Cuatro a tres para la Gloria que hoy ganaba la final, en partido de hacha y tiza imposible de olvidar.

La herradura y la superstición futbolera

Herradura de siete agujeritos fuiste historia de fútbol y potrero, esa era la cábala secreta que guardábamos callados y en silencio. Nunca más perdimos un partido desde el día en que la trajo Nicodemo, arrasamos a todos los equipos sin tener quizás mucho talento.

La colgábamos en el ángulo del arco con la suerte jugando al lado nuestro, nadie hermano paraba aquella marcha ganando casi todos los encuentros. En la última fecha el campeonato se acercaba con delirio de festejo, un empate nos daba la alegría; ser campeones ya era casi un hecho.

Ese día de sol a puro fútbol con tablones cargados y repletos, de local enfrentábamos al cola que venía a salvarse del descenso. Esos pobres muchachos no sabían que la suerte cubría nuestros pechos, que una vieja herradura protegía aquel paso ganador y futbolero.

El partido comenzó sin sobresaltos con el gol picando en cada centro, y clavamos un golazo de cabeza a los cinco apenas del comienzo. Al descanso nos fuimos sin apuro con la vuelta girando como un sueño, que allí estaba al alcance de la mano, separada tan sólo por un tiempo.

Cuarenta y cinco minutos nos quedaban de ansiedad, de fervor y de deseo. Ahí a un paso la puerta nos llamaba para abrirla con todo el sentimiento. Pero algo sucedió por esa tarde el segundo no fue como el primero, nos habían robado la herradura que servía al equipo de amuleto.

La debacle entonces comenzó, el empate llegó de treinta metros, los contrarios se vinieron en jauría más que fútbol, con garra y con esfuerzo. El reloj marcaba los cuarenta el empate igual nos daba el premio, pero el nueve contrario en palomita nos dejaba vacío el sentimiento.

La agonía se instaló con la tristeza desde el cielo pasamos al infierno, dos a uno la cosa se ponía sellando nuestra suerte en aquel pleito. El partido terminó con un sollozo con el alma partida por el medio, la alegría se fue con el contrario que zafaba a las garras del descenso.

Sin respuestas quedamos esa tarde con el llanto oprimiéndonos el pecho, la herradura de siete agujeritos se perdió gambeteando con los sueños.

El árbitro como personaje trágico

Qué culpa tendrá tu Madre de que seas referí, de sólo verte de negro te comienzan a agredir. Vos siempre tenes la culpa porque el fútbol es así, los epítetos te llueven de los pies a la nariz.

Tu silbato no conforma nunca nadie está feliz, para el hincha sos un cuervo que no sabe dirigir. Si mostrás una amarilla te discuten a morir, ni qué hablar de alguna roja sos el chivo a maldecir.

Te gritan del alambrado que negro será tu fin, qué culpa tendrá tu Madre de que seas referí.

La poesía peruana del fútbol

Varela, Belli y Parra del Riego vieron en el fútbol algo más que solo un deporte. Comenzó Rusia 2018 y Perú ha vuelto a un Mundial luego de 36 años. La excusa es perfecta para recordar a Carlos Germán Belli, Blanca Varela y Juan Parra del Riego, tres poetas peruanos que pusieron su tiempo y talento al servicio de este deporte que hace girar al mundo, o al mundo que gira alrededor de este deporte.

El guardameta, de Carlos Germán Belli

Por velar el arco del verde campo del fútbol, por aquel del universo sumo ser animado, como los aires, la piedra o las aguas semejante, e inerte, fijo, sin vida, tres palos colocados en los linderos del orbe por donde se entra o se sale ya mañana, tarde, noche, de estación en estación, tú desdeñas fríamente, sin pensar jamás dos veces, el peso del centroforward que el cielo te reservaba por ser hijo primogénito de la familia terrestre y elaborado en el seno de los gérmenes supremos, con óptimo patrocinio y el mayor de los primores, tal si fueras destinado a vivir eternamente.

Y te olvidas por completo de ti mismo y de tus deudos, que están vivos y no son este arco que tú vigilas, que nunca ríe y no habla y no se mueve un centímetro, para siempre indiferente a tus mil preocupaciones en torno al balón ferroso de los mal aviesos hados, en tanto ayunan contigo tus deudos en las tribunas, mirándote todos mustios como velas noche a noche tu arco más inanimado que la piedra, el agua o el aire.

Fútbol, de Blanca Varela

juega con la tierra como con una pelota báilala estréllala reviéntala no es sino eso la tierra tú en el jardín mi guardavalla mi espantapájaros mi atila mi niño la tierra entre tus pies gira como nunca prodigiosamente bella

Loa del fútbol, de Juan Parra del Riego

Y es la tarde que va abriendo su sombrilla de colores sobre el campo donde están los jugadores entre el marco de la fiesta popular: treinta mil caras que ríen y mujeres con sus trajes que en el viento son mensajes que no sé dónde se quieren, tan nerviosos, escapar.

Mas de pronto suena el pito que prepara la partida. Todos callan… se oye un grito y es al fin la acometida en que salta la pelota, que se va como bailando de pie en pie por los aires una jota de acrobática alegría que uno casi apenas ve.

¡Jugador de blanca y roja camiseta que, de pronto, arrebatado, zigzaguea, jubiloso la gran Z de un ataque combinado junto al otro, que al cruzársele en un paso de emoción cae al suelo y, trémulo, ¡ay…! se levanta otra vez como de una eléctrica impulsión.

Pero suena el breve pito de un offside y de nuevo va rodando la pelota que ya traza un arco iris momentáneo sobre el cielo, o epiléptica, rebota en los pies que hacen con ella como encajes por el suelo.

Mas ahora, azul y blanco, otro adversario se la lleva… se la lleva… se la lleva… se emociona allá el goalkeeper solitario, pero surge el back, que al salto que lo eleva un instante es sobre el sol una escultura mientras ya, como un cohete volador, la pelota, que se queda como un astro por la altura, otra vez cae en el suelo con un ruido de tambor, y de nuevo se levanta con su eléctrico vaivén…

(En la tarde ya se va la luz que canta… Vuelan pájaros al norte… por el cielo corre un tren…) y a un aplauso que, de pronto, hierve en toda la tribuna, cual si fuera un taponazo de botella de champán la pelota va a decirle no sé qué cosa a la luna que al volver llega riéndose con su pen, pin, pen, pan, pan…

Y ya loca, loca, loca, de su alada ligereza, tiembla, silba, fuga y choca de ese tórax a esa espalda, de esa espalda a esa cabeza, hasta que, ávida en la luz, nerviosamente y de un grupo que es un drama de oro y tierra bajo el sol, se va como una estocada de repente y es un… ¡goal!

En el foot-ball todo es clara poesía, luz de sol, viento viril y panorama que le pone a uno en la risa azul del día todo fresco el corazón, como una rama.

Epopeya fraternal del Movimiento, es la vida con su múltiple aletazo creador: drama, música, paisaje, sol violento, geometría que se mueve en la pelota por el viento y pintura que en el suelo multiplica su color.

Fiesta mágica del Músculo, es América que hoy grita ¡anunciación! con su gran trompeta de oro ante el crepúsculo de esa Europa roja y negra de la cruz y del cañón.

Y guardadme ahora un secreto que os revelo, yo no sé si por encargo de Rubén o de Perrault: que la luna es la pelota de fút-bol que está en el cielo para ese otro futbolista de colores, que en las tardes es el sol.

Otros poemas sobre fútbol en español

De este deporte y todo lo que hay a su alrededor se han escrito miles de libros, algunos bellísimos como Adiós al fútbol (Xórdica), del italiano Valerio Magrelli, y cientos de poemas, que en nuestra lengua se han intentado recopilar en antologías como El gol nuestro de cada día (Vaso Roto Ediciones) y Un balón envenenado (Visor Libros).

Escritores, tanto nacionales como internacionales, lograron plasmar en el papel a través de las palabras este fenómeno que nace cada vez que hay una pelota en una cancha. Poetas de todo el mundo, usaron su pluma para describir el fenómeno que surge en torno al fútbol.

El alma colectiva, de José Manuel Arango

Ese rugido que llega del estadio en la noche El alma colectiva se desfoga

Cancha rayada, de Fabián Casas

Caminamos, con mi viejo, por la playa de estacionamiento. Es un día de calor sofocante y en el asfalto recalentado vemos la sombra de un pájaro negro que vuela en círculos, como satélite de nuestra desgracia.

Una multitud victoriosa, a nuestras espaldas, ruge todavía en la cancha. Acabamos de perder el campeonato. La cabina del auto es un horno a leña; los asientos queman y el sol que pega en el vidrio, enceguece.

Pero no importa, como dos bonzos dispuestos a inmolarse, nos sentamos y enciendo el motor: Fabián Casas y su padre van en coche al muere.

Fútbol, de Carlos Drummond de Andrade

¿Al fútbol se juega en el estadio? Al fútbol se juega en la playa, al fútbol se juega en la calle, al fútbol se juega en el alma.

Idéntico balón, forma sagrada para los cracks o los patas de palo. La misma exuberancia de chutar en la delirante Copa del Mundo que en el más árido pedregal.

Piruetas de súbitas estatuas, fantásticos dibujos, bailados por entrelazados pies y torsos. Lúdicos instantes: flota el jugador, grabado en el aire.

-Por fin, el cuerpo triunfante contra la triste ley de la gravedad.

No, no siempre fui tan feo, de Roque Dalton

Lo que pasa es que tengo una fractura en la nariz que me causó el tico Lizano con un ladrillo porque yo decía que evidentemente era penalty y él que no y que no y que no nunca en mi vida le volveré a dar la espalda a un futbolista tico el padre Achaerandio por poco se muere del susto ya que al final había más sangre que en un altar azteca

Desde la ventanilla del bus, de Claudio Bertoni

veo unas vacas en una cancha de fútbol dos pasan rozando un palo la tercera es gol

Fútbol sin parar, de Gonzalo Rojas

Qué desmadre, Mundo; todo lo futbolero, pelotas y patas, se jerarquiza hasta la cresta del Aconcagua: ¿metáfora de patear por patear, o exhibición del cuero del Testículo en el césped hinchado así: Mayúsculo: que eyacula y hace eyacular estadios enteros y salpica retórica y grasa por satélite en los idiomas todos; el maya, el etrusco incluso?

Pensar que hubo toreros, gladiadores en la apuesta, y ritmo. Píndaro hubiera llorado.

En la cancha, de Helí Ramírez

…El balón está piedrita piedrita… Juego hoy de puntero derecho y sólo pienso en hacer goles y sacar gente de la ropa y dar leña si me dan

Con todas sus fuerzas el sol con sus manos se aferra a nuestros cuerpos El negro se corre por la punta izquierda se lleva la defensa del pedregal para su punta quedando el negro en el rincón del tiro de esquina cuando cataño le va a entrar el negro bombea el centro le calculo la caída recibo el balón sobre el muslo suave lo dejo caer le controlo su movimiento y lo defiendo de los otros pies que me lo quieren quitar eludo al defensa central que ha dado la vuelta quedando frente a mí

Le hago el túnel y saliendo por un lado le hago clavar al suelo la cabeza al arquero de paso eludo la tarde al día al sol y a las gentes que gritan

Terminamos ganando dos a uno y no hubo bronca ni entre los jugadores ni entre las hinchadas Me escapo de las manos alegres del barrio que me quieren tocar.

El sueño del domingo, de Giovanna Pollarolo

El locutor atropella sus palabras cada jugada anuncia el gol que no llega

Domingos por la tarde: él echado en su cama sin zapatos en bividí la radio a todo volumen ella plancha y murmura los sábados los odio y los domingos. los detesto.

Después del almuerzo familiar rociado con vino que no tomamos entre el ir y venir de platos sólo esperamos el click de la radio para ser expulsadas al lado de la cocina y poner orden al desorden de la fiesta.

Me juro que cuando sea grande no seré como ella y él al que aún no conozco no será como él: en mis días no habrá plancha ni fútbol ni lamentos.

Los domingos por la tarde sólo tiene voz el locutor él vibra por la pasión de un gol olvidado ya del amor ella sólo murmura yo sueño con mis Domingos de Gloria.

Futbolistas en la playa, de Ramón Cote Baraibar

A esa hora final de la tarde una docena de jóvenes jugaban un partido de fútbol frente a la playa del hotel. Mientras el sol se hundía cada vez más en el mar, sobre la orilla corrían a toda velocidad persiguiendo a gritos el balón y levantando entre sus pies descalzos una multitud de nubes de arena teñidas, traspasadas por una luz completamente roja, como si toda la playa ardiera bajo sus plantas, como si se hubiera declarado un incendio en medio de esta orilla al sur del Caribe.

Los jugadores, desfiguradas sus sombras sobre las dunas, ignoraban que en ese mismo instante mi hija y yo los mirábamos desde una terraza, siendo testigos de esa tarde irrepetible cuando vimos entre las brasas, entre los últimos rayos de luz rasante de ese atardecer, en la arena de fuego fugaz, el momento en el que esta parte del mundo se convirtió en un lugar habitado por una docena de dioses sin camisa que nos señalaban que aquí en la tierra también era posible hallar el paraíso.

La luz de un estadio de fútbol, de Mariano Blatt

Estar rodeado de cosas tranquilas una mesa pequeña redonda y con patas en forma de cisne, sobre la cual apoyar como quien dice, el televisor. La forma en que alguien usa la palabra oíme cien pesos en billetes de diez abrazados uno sobre otro sobre otro sobre uno todos juntos doblados a la mitad la luz de un estadio de fútbol, la penumbra que provoca el sector tribuna visitante.

Una botella de cerveza Santa Fe una etiqueta de cerveza Santa Fe un cartel de cerveza Santa Fe en un estadio de fútbol de un equipo de Santa Fe, Unión, un vaso lleno. La luz de un estadio de fútbol y la que se refleja en lo demás.

Voy a pensar toda la noche en la boca de algunos jugadores de fútbol. En el brillo de los labios en los dientes asomando. Voy a pensar en cómo respiran, agitados, cuando son reemplazados por un compañero.

Voy a pensar en ellos toda la noche porque los veo volviendo a casa en el coche cama atravesando las rutas del interior. Voy a pensar en las bocas, en las piernas en los dedos de las manos. Es lo menos que puedo hacer por ellos.

La pelota entre la cancha, la calle y el alma

La poesía futbolera puede ser épica, íntima, humorística, popular o profundamente dolorosa. Algunos poemas observan la velocidad del juego; otros recuerdan la infancia, la derrota, el vínculo entre padres e hijos o la soledad del arquero.

Sin dudas que la pasión que despierta el fútbol trasciende cualquier barrera, y no entiende de fronteras. Algunos escritores y autores de poemas, tanto nacionales como internacionales, lograron plasmar en el papel a través de las palabras este fenómeno que nace cada vez que hay una pelota en una cancha.

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