Durante la Segunda Guerra Mundial, los perros desempeñaron funciones de vigilancia, reconocimiento, mensajería, detección de minas, transporte, rescate y apoyo sanitario en numerosos ejércitos. Su tamaño reducido, velocidad, olfato, capacidad para desplazarse sin ser vistos y estrecha relación con los adiestradores los convirtieron en auxiliares especialmente útiles en terrenos donde los soldados tenían dificultades para avanzar.
Los perros fueron empleados en todos los frentes como centinelas, exploradores, mensajeros, perros de trineo, detectores de minas y animales de rescate. También llevaron munición, suministros médicos y cables telefónicos, localizaron supervivientes entre los escombros y acompañaron a las patrullas para advertir de emboscadas, trampas y movimientos enemigos.
Antecedentes históricos del uso militar de los perros
Los animales han sido utilizados por el hombre en las guerras desde hace siglos y siglos, y eso no es algo que nos llame la atención. Lo que sí parece más extraño es que en conflictos contemporáneos, donde las armas, la tecnología y el modo de combatir nos lleva a pensar lo contrario, siguen ahí presentes.
En toda la historia, los perros han sido empleados por los seres humanos para llevar a cabo muy diversos menesteres. Algunos han sido utilizados como efectivos guardianes, otros como valientes exploradores, algunos como certeros rastreadores y, los más fuertes y peligrosos, como temidos perros de combate.
El tipo de entrenamiento que recibían estos animales variaba mucho dependiendo de sus características físicas y de las funciones que debían realizar. Algunas razas tenían una mejor complexión física para desempeñar acciones de ataque y defensa, mientras que otras poseían un olfato privilegiado que les facultaba para seguir rastros o desempeñar trabajos de guardia.
De este modo, la función del perro en los conflictos bélicos se adaptó a las necesidades de las distintas civilizaciones a lo largo del tiempo. En conflictos pasados, los caballos, elefantes, y camellos transportaban a hombres y provisiones, las palomas llevaban mensajes; los perros seguían a los enemigos y protegían a las tropas.
De Egipto y Grecia al mundo romano
En el antiguo Egipto, es muy posible que el uso del perro fuera introducido por los hicsos procedentes del Próximo Oriente cuando se establecieron en el país del Nilo, hacia 1530 a.C. Existen testimonios que confirman el uso bélico del perro durante el reinado de Tutankamón (h. 1334-1325 a.C.).
Siglos después, el ejército del rey lágida Ptolomeo II (285-246 a.C.) llegó a utilizar 2.500 perros en sus efectivos. Para los egipcios, el perro era un animal divino (Anubis, el dios de la momificación, tenía forma de cánido), lo que fue aprovechado por el rey persa Cambises II en la batalla de Pelusio, en 525 a.C.
En la batalla de Pelusio, el rey persa Cambises utilizó fuerzas compuestas por numerosos perros y decoró unas armaduras con la imagen de la diosa gata Bastet, lo que provocó la reticencia de los egipcios a atacar.
Persas, griegos y macedonios también se beneficiaron de los servicios de los perros en sus guerras. El moloso, un can con un hocico corto y un cuello poderoso, al igual que sus mandíbulas, fue una raza adiestrada para la lucha.
Procedente de Persia, este tipo de perro ya aparece en algunos relieves del palacio del rey asirio Asurbanipal en Nínive. A mediados del siglo VII a.C., demostraron ser un arma fundamentalen la guerra entre las ciudades jonias de Éfeso y Magnesia del Meandro.
Se cuenta que cada soldado iba al combate acompañado por su perro de ataque, al que soltaba para romper las líneas enemigas. También durante las guerras médicas, en el siglo V a.C., los ejércitos del rey persa Jerjes utilizaron este tipo de perros para desorganizar las compactas formaciones de los hoplitas griegos.
Asimismo, según algunos autores, el rey macedonioAlejandro Magnoposeía un perro de combate llamado Periles o Peritas. El mosaico de Pella, del siglo IV a.C., muestra a los que posiblemente sean Alejandro Magno y Efestión participando en una caza acompañados por un perro que contribuye a reducir la presa.
Los molosos y los perros de combate romanos
Lo romanos usaron a los perros molosos como vigilantes de rebaños, en los almacenes y en las villas, y las legiones romanas lo incorporaron también como animal de combate. Como impedimenta de protección estos perros llevaban cotas de malla y collares de afiladas púas.
Eran unos canes gigantescos, que en algunos casos podían pesar más de 80 kilos. Marco Terencio Varrón describe cómo debe ser un moloso: "Debe tener una cabeza grande, orejas caídas, los hombros y el cuello gruesos, patas anchas, un ladrido profundo y ser de color blanco con el fin de reconocerlo más fácilmente en la oscuridad [. ]. Debe llevar un collar de cuero tachonado de clavos para proteger el cuello".
De la eficacia de sus servicios y de la inteligencia de estos perros se hace eco Plutarco en esta anécdota: "Cincuenta perros y una exigua guarnición defendían la ciudadela de Corinto. Los soldados aprovechando la festividad de Afrodita se emborracharon, cosa que aprovecharon los enemigos para tomar posición y matar a todos los perros. Sólo uno consiguió escapar y avisar a los ciudadanos de Corinto, que, alertados por los ladridos del can, enviaron refuerzos al fuerte y lo recuperaron, salvando a la guarnición".
Como premio, al animal se le concedió un collar de plata en el que se grabó el título de Salvator. Asimismo, Marco Pomponio Mato sofocó hacia 231 a.C. una revuelta en Cerdeña y utilizó perros para dar caza a los rebeldes.
Pero a veces eran los romanos quienes sufrían los embates de una jauría de perros enemigos, como le ocurrió al cónsul Quinto Fabio Máximo Alobrógico cuando fue atacado por el ejército canino del rey arverno Bituito en el año 120 a.C.
De la Reconquista a la Primera Guerra Mundial
El perro también jugó un papel importante en la península ibérica durante la Reconquista (772-1492), pues ya existía una raza característica de Castilla: la que hoy denominamos alano español, un perro fornido de más de medio metro de altura y unos cuarenta kilos de peso que además era veloz.
Descendiente de una mezcla de varias razas de perros de presa, cuya introducción se atribuye tradicionalmente a los vándalos o alanos, éste es el perro que jugaría un papel importante en la conquista de América.
Por ejemplo, Bartolomé Colón, el hermano del Almirante, se llevó a doscientos hombres para la campaña contra los caribes y una escolta similar de perros, lo que acredita la importancia que se daba a estos animales como arma de combate.
Con su sola presencia sembraban el terror entre las filas enemigas. Siempre iban en primera línea de combate acompañando a los ballesteros, por delante de los arcabuceros y muchas veces atacaban conjuntamente con la caballería.
Algunos tuvieron actuaciones heroicas, como Becerrillo, un alano español que murió de un flechazo intentando salvar a su amo, el capitán Sancho de Arango. Estos perros iban protegidos con tiras de cuero en el lomo y llevaban unas potentes protecciones de fieltro.
A todo esto se añadían grandes collares dentados y un durísimo entrenamiento. Sus amos cobraban una soldada adicional por cada perro.
Durante la Primera Guerra Mundial, las razas caninas utilizadas para las operaciones militares fueron diversas: el airdale terrier, el pastor alemán alsaciano, el rottweiler o el schnauzer gigante tuvieron que acostumbrarse al ruido de los morteros y los obuses en unas condiciones terribles, ya que sus dueños no podían prácticamente proporcionarles una alimentación adecuada.
En cambio, en los campos de adiestramiento recibieron una dieta sana y un buen método de ejercicios. Francia fue el primer país que pretendió utilizar a los perros en las maniobras de infantería, aunque nunca pudo desarrollar el proyecto por falta de financiación.
Serían los alemanes y los rusos los primeros en utilizar a los perros en primera línea de combate, empezando por adiestrarlos en tareas de mensajería, aunque estaba prohibido manifestarles cariño ni acariciarlos.
El entrenamiento de los perros militares
Durante la Segunda Guerra Mundial fueron varios los países que entrenaron perros para que llevaran a cabo distintos cometidos. El tipo de entrenamiento dependía de la misión asignada, del temperamento del animal, de su resistencia física y de sus capacidades olfativas y de orientación.
Al principio les resultó difícil planear cómo y dónde entrenar a estos animales, pero al final decidieron entrenarlos como centinelas, exploradores o unidades de reconocimiento, perros o manadas de trineo, mensajeros o perros de detección de minas.
Las razas seleccionadas fueron, sobre todo, pastores alemanes, dóberman y schnauzer gigantes, considerados ideales por su fuerza, inteligencia y resistencia. El adiestramiento de estos animales no solo preveía la guardia o la mensajería, sino que incluía habilidades excepcionales como detectar minas, transportar heridos y actuar como armas ofensivas en el campo de batalla.
Los alemanes establecieron dos escuelas caninas que podían albergar a más de dos mil perros, donde eran entrenados como centinelas, guardianes o mensajeros. Incorporados en una nueva unidad llamada K-9, los animales recibían entrenamiento como cualquier otro miembro de la infantería, de la Lutwaffe (la fuerza aérea) o de las divisiones acorazadas Panzer.
La división canina alemana intervino en los frentes de Francia, Rusia, Países Bajos, Italia, Polonia, Noruega y en el Norte de África, donde sirvieron a las órdenes del Afrika Korps del mariscal Rommel.
Los perros militares de Estados Unidos
En 1942, la Asociación Canina Estadounidense ("American Kennel Association") y el grupo denominado Perros para Defensa ("Dogs for Defense") iniciaron una campaña para que los estadounidenses que lo desearan pudieran alistar a sus compañeros caninos en el ejército.
Casi todos los ejércitos del mundo han tenido entre sus filas a un gran número de perros, y aunque Estados Unidos ya contaba con algunos de estos animales en servicio activo, no fue hasta ese año cuando las fuerzas norteamericanas empezaron a usar a los canes a gran escala.
En total, EE. UU. entrenó a unos 10 000 perros militares durante la Segunda Guerra Mundial; una cifra que, no obstante, palidece en comparación a los 200 000 perros que se creía que Alemania tenía entrenados cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial.
Hubo tantos estadounidenses dispuestos a inscribir a sus perros en el ejército, que para marzo del mismo año el Cuerpo de Intendencia empezó a reclutar a los perros como animales de servicio.
Más de 20,000 perros se incorporaron en el ejército de los Estados Unidos, la Guarda Costera, y los Marines. Ellos vigilaban y protegían sus campamentos y provisiones, llevaron mensajes, y rescataron a pilotos caídos.
| Función | Aplicación militar |
|---|---|
| Centinela | Vigilancia de campamentos, posiciones y provisiones |
| Explorador | Detección de emboscadas, enemigos y trampas |
| Mensajero | Entrega de mensajes entre unidades |
| Perro de trineo | Transporte de munición, suministros y heridos |
| Detector de minas | Localización de minas terrestres y proyectiles |
| Perro sanitario | Búsqueda y auxilio de soldados heridos |
Los perros entregaban mensajes entre unidades cuando los medios de comunicación habituales sufrían algún problema, ayudaban a localizar y a arrastrar soldados heridos, y portaban munición y suministros médicos a las tropas que los necesitaran durante el combate.
Se encargaban de este tipo de tareas, en las que además eran muy hábiles, debido a su reducido tamaño y su facilidad para pasar desapercibidos. Aunque probablemente el papel que desempeñaban con más soltura fuera el de explorador o centinela.
Exploración, vigilancia y reconocimiento
Los perros de búsqueda (scout dogs) llevaron a las tropas por los territorios de sus enemigos, descubriendo emboscadas, y salvando las vidas de pelotones de hombres. En medio del combate, los perros de guerra demostraron su inteligencia, valentía, y firme lealtad una y otra vez.
En el teatro del Pacífico, por ejemplo, las tropas estadounidenses tenían que hacer frente a un enemigo que se ocultaba y atrincheraba con mucha habilidad, y la frondosa vegetación, además de la topografía del lugar, dificultaban enormemente la localización visual de los enemigos si no se usaba tecnología moderna como las imágenes por satélite o los infrarrojos.
No obstante, con un perro explorador bien entrenado y un adiestrador apostado en el frente, era posible alertar a las patrullas de los movimientos y las emboscadas enemigas; y algunos canes incluso podían detectar trampas como cables ocultos u hoyos.
No queda constancia de ningún caso en el que el enemigo tomara por sorpresa a una patrulla que tenía entre sus filas a un perro explorador, ya que este siempre detectaba al enemigo antes de que pudiera atacar.
Además, siempre que estaban de servicio, los perros y sus adiestradores obtenían información de gran valor. Como se puede ver, infinidad de soldados de infantería conservaron la vida gracias a estos animales.

Mensajería y mantenimiento de las comunicaciones
Los perros mensajeros entregaron más de 20.000 correos y colocaron unos 8.000 km de cables telefónicos por lugares donde era imposible que pasara un soldado.
Los perros llevaban mensajes entre unidades cuando las líneas de comunicación habituales habían quedado destruidas o no podían utilizarse. Su capacidad para atravesar terrenos difíciles permitía mantener el contacto entre posiciones separadas por fuego enemigo, ruinas, nieve o vegetación densa.
Además de rescatar a los heridos, los canes también fueron utilizados para llevar a cabo otras tareas esenciales como el mantenimiento de las comunicaciones.
Perros de trineo y transporte de suministros
Los perros de trineo fueron especialmente útiles en las regiones cubiertas de nieve. Con trineos durante el invierno o con pequeñas carretas en verano, los perros llevaban munición al frente de batalla y a los heridos cuando regresaban.
Cada equipo de perros sustituía a tres o cuatro camilleros. La combinación de fuerza, coordinación y movilidad permitía transportar cargas y personas por lugares donde los vehículos no podían circular y donde el avance de grupos humanos resultaba demasiado lento o peligroso.
Los perros también podían llevar suministros médicos y munición a las tropas que los necesitaran durante el combate. Su reducido tamaño facilitaba el paso por espacios estrechos y les permitía moverse sin llamar tanto la atención como una columna de soldados.
Perros sanitarios y rescate de heridos
Y por supuesto, perros sanitarios para buscar soldados heridos, volver a su guía y llevarle hasta el soldado. Una versión muy antigua de los perros de rastro.
Los perros rescataron a más de 600.000 personas del campo de batalla. Cuando los enfermeros no podían alcanzar a un hombre herido a causa del fuerte fuego enemigo, el perro se arrastraba hasta él boca abajo y le mostraba su costado, de donde colgaba una bolsa médica.
Esperaban a que el caído se vendara la herida, y sólo entonces pasaban al siguiente herido. Si un hombre estaba inconsciente, el perro le lamía la cara hasta que recobraba el sentido.
Cuando Bob descubría a un soldado herido, se echaba a su lado para que el herido pudiera coger algo de lo que llevaba en un botiquín adosado en su lomo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los perros habían adquirido ya un papel fundamental en el campo de batalla. Diferentes razas y diferentes disciplinas, los perros eran capaces de realizar diferentes tareas y lograr resultados óptimos.
El rescate en la nieve
Los perros se mueven rápido en la nieve y cuando localizaban a un herido debían en primer lugar tenderse a su lado para darle calor y además ayudar a que fuera rescatado, avisando de la presencia del herido con sus ladridos.
Hubo un animal que rescató durante sus años de servicio, gracias al calor de su cuerpo, a dieciséis hombres, recibiendo una mención especial por ello.
Había una destino especial para los samoyedos blancos: el rescate en la nieve. Localizaban a un hombre herido en mitad de la nieve, habitualmente también vestido de blanco, y lo arrastraban silenciosa y pacientemente hasta ponerlo a salvo.

Detección de minas y explosivos
Además, los perros también demostraron una aptitud inestimable para detectar minas terrestres. Más de 300 grandes ciudades fueron desminadas con la ayuda de estos animales.
La detección de minas exigía una gran disciplina, porque el perro debía identificar olores asociados con explosivos y señalar su presencia sin activar el artefacto. Esta función permitió despejar caminos, ciudades, edificios y posiciones militares después de los combates.
En la hoja de servicio de un collie llamado Dick, puede leerse: “Reclutado en Leningrado y entrenado para el trabajo de detección de minas. Durante la guerra, localizó más de 12.000 minas, participó en el desminado de Stalingrado, Lisichansk, Praga y otras ciudades”.
Dick realizó su mayor hazaña en el suburbio de Pávlovsk en Leningrado, detectando una mina terrestre mecánica de 2,5 toneladas una hora antes de que esta explotase.
A pesar de las múltiples heridas sufridas, Dick, ganó muchas exposiciones caninas después de la victoria. El veterano perro vivió hasta una edad madura y fue enterrado con todos los honores militares.
Dzhulbars, el perro zapador
A pesar de las numerosas hazañas de los soldados caninos durante la guerra, un alsaciano llamado Dzhulbars fue el único perro que recibió una Medalla por el Servicio de Combate.
Durante el último año de la guerra, este perro zapador encontró un total de 7.468 minas y 150 proyectiles no detonados. Además, participó en la limpieza de minas de los palacios del Danubio, los castillos de Praga y las catedrales de Viena.
El adiestrador de Dzhulbars era Dina Volkats, la futura esposa del principal cinólogo del país, el teniente coronel Alexander Mazóver. Antes de la guerra, Volkats se convirtió en entrenadora de perros de servicio en su Járkov natal (en la actual Ucrania).
En 1941, la joven de 18 años fue enviada a la Escuela Canina de Servicio Central para entrenar soldados. Después de recibir el rango de subteniente, Volkats se puso a trabajar.
Habiendo elegido un perro, se lo mostró al jefe del departamento. Dzhulbars parecía tan patético que el jefe sólo gruñó: “¿No podrías encontrar un perro peor que ese? ¿Puedo saber en qué te basas para elegirlo?” “En sus ojos”, dicen que respondió Volkats.
Al final de la guerra, Dzhulbars fue herido y no pudo participar en el Desfile de la Victoria en Moscú el 9 de mayo de 1945. El mariscal Konstantín Rokossovski informó de esto a Stalin, quien ordenó que el perro fuera llevado a la Plaza Roja en su abrigo.
El alsaciano fue transportado en los brazos de Alexander Mazóver, quien fue eximido de la necesidad de desfilar con paso alto y saludar. Esto, por ser el responsable de la seguridad de un soldado muy valioso de la 14ª Brigada de Ingenieros de Asalto.
Los perros del Ejército Rojo
Se estima que los rusos entrenaron de un modo u otro a unos cincuenta mil perros en aquella época, antes y durante la guerra. Su cometido en ocasiones era descubrir dónde estaba el enemigo e incluso atacarlo.
Alrededor de 60.000 perros de diversas razas, así como mestizos comunes, fueron reclutados por el Ejército. Los perros ayudaron en todos los frentes: buscaron minas, sacaron a los heridos de los escombros o los evacuaron en el fragor de la batalla.
Durante el desfile del Día de la Victoria en Moscú el 24 de junio de 1945, vehículos militares y regimientos combinados de todos los frentes fueron seguidos en la Plaza Roja por perros, que caminaban junto a sus adiestradores en perfecta alineación.
Utilizados para rescatar a los heridos, localizar minas e incluso destruir tanques enemigos, estos canes especialmente entrenados desempeñaron un papel vital en las victorias obtenidas por el Ejército soviético.
A lo largo de los años se han escrito innumerables líneas de texto sobre la valentía mostrada por los soldados del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, pero muy pocos han sido mencionados junto a sus camaradas caninos de armas, perros especialmente entrenados que los acompañaron a la batalla.
Transporte y evacuación soviéticos
Con trineos durante el invierno o con pequeñas carretas en verano, los perros llevaban munición al frente de batalla y a los heridos cuando regresaban. Cada equipo de perros sustituía a tres o cuatro camilleros.
Los perros rescataron a más de 600.000 personas del campo de batalla. Cuando los enfermeros no podían alcanzar a un hombre herido a causa del fuerte fuego enemigo, el perro se arrastraba hasta él boca abajo y le mostraba su costado, de donde colgaba una bolsa médica.
Los perros bomba y las misiones suicidas
En algunos casos su destino era terrible. De hecho, rusos y japoneses utilizaron perros del modo más cruel posible. Ataban bombas a los animales y los enviaban a las líneas enemigas, donde acababan volando por los aires.
Volviendo al caso de los perros-bomba, los rusos solían mantenerlos hambrientos y escondían comida bajo los tanques, de tal forma que al final los animales buscaban su alimento bajo ellos.
Así, cuando eran liberados con la bomba adosada a su cuerpo, corrían, hambrientos como estaban, hasta los tanques enemigos y entonces la bomba se accionaba.
Aunque este método se mostró muy efectivo, en ocasiones no todo salían bien, ya que los perros volvían sobre sus pasos y acababan en las propias líneas rusas.
A veces incluso fueron usados como kamikazes: perros envueltos en explosivos fueron entrenados para correr y colocarse bajo los tanques enemigos.
Una anécdota de la Batalla de Moscú, en el otoño de 1941, cuenta que un grupo de tanques enemigos que atacaba las líneas soviéticas supuestamente se dio la vuelta cuando los tanquistas vieron unos perros corriendo hacia ellos.
El miedo estaba justificado, y es que estos animales habían sido entrenados para volar tanques. Durante la guerra, los perros del Ejército Rojo destruyeron más de 300 tanques alemanes, lo que equivale a dos divisiones blindadas.
El empleo de perros por la Alemania nazi
Durante la Segunda Guerra Mundial, además de desplegar su maquinaria bélica en los frentes ocupados por los soldados humanos, la Alemania nazi también incorporó a los perros como un componente estratégico en su sistema militar.
En el Tercer Reich, los animales se consideraron verdaderos instrumentos de guerra cuyo potencial se moldeó a través de programas de adiestramiento específicos y altamente sofisticados.
Desde los primeros años del régimen, los nazis mostraron un interés especial en utilizar perros para misiones militares. Las razas seleccionadas fueron, sobre todo, pastores alemanes, dóberman y schnauzer gigantes, considerados ideales por su fuerza, inteligencia y resistencia.
En 1942, el programa canino de las Waffen-SS alcanzó su apogeo, con escuelas especiales de adiestramiento que buscaban crear "perros de guerra perfectos". Según los registros, estos centros se ubicaban en lugares como Oranienburg y el campo de concentración de Sachsenhausen, donde los métodos de entrenamiento podían llegar a ser crueles en extremo.
Perros como armas vivientes
Uno de los aspectos más oscuros del uso canino durante el Tercer Reich remite a la asignación de misiones suicidas a perros cargados de explosivos.
Inspirados en modelos similares desarrollados por el Ejército Rojo soviético, los nazis intentaron entrenar perros para que corrieran bajo los tanques enemigos y detonaran las cargas explosivas.
Sin embargo, estos experimentos resultaron, por lo general, ineficaces y causaron más bajas entre las propias tropas alemanas que entre los enemigos.
Por otro lado, algunos perros se utilizaron como detectores vivientes de minas: se les obligaba a atravesar campos minados para detonar explosivos con su peso.
Estas prácticas muestra, una vez mñas, la disposición a sacrificar cualquier forma de vida en aras de los objetivos militares.
Vigilancia de los campos de concentración
Los perros también desempeñaron un rol brutal en los campos de concentración, donde se los adiestraba para atacar a los prisioneros al menor gesto sospechoso.
En lugares como Auschwitz o Buchenwald, los perros no solo acompañaban a los guardias, sino que formaban una parte activa del sistema de terror y disciplina, entrenados para mutilar o matar a los detenidos en cuestión de segundos.
Algunos testimonios recogidos tras la guerra describen escenas en las que los perros se abalanzaban sobre los prisioneros por mera distracción o como castigo ejemplarizante.
Así, se reforzaba la cultura de violencia sistemática que impregnaba cada rincón del aparato nazi.

El intento de crear perros obedientes y parlantes
Una de las vertientes más peculiares del interés nazi por los perros fue el intento de comunicarse verbalmente con ellos. Impulsados por una visión pseudocientífica de la superioridad animal aria, los nazis exploraron la posibilidad de adiestrar perros para "hablar", leer y pensar de manera humana.
En este campo de estudio, el centro de investigación más emblemático fue el instituto Tier-Sprechschule de Leutenberg. Se llegó a afirmar que los perros eran capaces de articular palabras sencillas, como "Mein Führer" o "Hungry".
Si bien estas afirmaciones desafiaban los límites de la credibilidad mediante la propaganda más grotesca, revelaban el carácter ideológico de la relación nazi con los animales.
El régimen buscaba construir una raza de perros que, como los soldados arios, obedecieran ciegamente y compartieran una conexión espiritual con el Führer.
Hitler, Blondi y la propaganda
La relación de Adolf Hitler con los perros resultó de especial interés. Su pastor alemán, Blondi, se convirtió en un icono de la imagen pública del Führer y apareció en fotografías y películas de propaganda como símbolo de lealtad y pureza.
Para Hitler, Blondi representaba su ideal de fidelidad incondicional. En los días finales del Tercer Reich, en el búnker de Berlín, Hitler ordenó que Blondi fuera utilizada para probar la efectividad de las cápsulas de cianuro que Himmler le había suministrado.
La muerte de Blondi, por tanto, marcó no solo el fin simbólico del régimen, sino también la traición de los propios ideales que Hitler había depositado en la figura canina.
La obsesión nazi por los perros también reflejaba un trasfondo ideológico más amplio: la aspiración a una pureza instintiva y natural que los animales encarnaban mejor que los seres humanos.
En su visión pervertida de la naturaleza, Hitler veía en el perro el modelo de la obediencia absoluta, una cualidad que buscaba inculcar también en el pueblo alemán.
En consecuencia, la idealización del perro como símbolo de fidelidad se transformó en una herramienta más de la propaganda, destinada a reforzar la imagen de un líder amado y seguido hasta las últimas consecuencias.
Perros destacados en los ejércitos aliados
Durante la Segunda Guerra Mundial varios perros destacaron por sus actuaciones en ambos bandos, como un pastor alemán llamado Bob que llegó a localizar a más de dieciséis soldados heridos que tras un bombardeo se arrastraban perdidos en el campo de combate.
En el bando aliado sirvió Rob, que como paracaidista salto más de veinte veces para desempeñar misiones secretas. Otro caso es el de Ricky, que a pesar de estar herido siguió llevando a cabo sus labores como detector de minas.
Otros perros como Belleza, Peter, Irma, Jet o un pequeño fox terrier llamado Beauty resultaron fundamentales para localizar supervivientes durante los bombardeos alemanes en Londres.
Este pastor alemán llamado Antis recibió una medalla Dickin en reconocimiento por los servicios prestados durante la Segunda Guerra Mundial junto a su propietario, que luchó en la Royal Air Force británica.
La relación entre soldados y mascotas
Muchas de las unidades militares estadounidenses adoptaron mascotas durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque tradicionalmente fueron consideradas como figuras de buena suerte, en realidad eran mascotas que pertenecían a todos los hombres de un escuadrón, compañía, o barco.
Las fotografías militares muestran que algunos soldados individuales también tenían sus propias mascotas. Algunos las trajeron en secreto de los Estados Unidos, sin embargo más frecuentemente las mascotas eran animales de la zona de guerra que fueron abandonados por causa de la guerra.
Para el perro, gato, o pájaro adoptado, estar bajo los cuidados del soldado significaba que podrían sobrevivir, mientras para el soldado, su mascota significaba consuelo y compañía en los brutales campos de batalla de la guerra.
“Buddies” (Amigos) conmemora las relaciones sinceras y duraderas entre los soldados y los animales durante la Segunda Guerra Mundial.
En tiempos de guerra, los ejércitos humanos muchas veces buscan la ayuda del reino animal. Sus esfuerzos ayudaron a cambiar el rumbo de las batallas - y las fortunas de muchos soldados de combate.
Reconocimiento, condecoraciones y memoria
Los soldados valoraban mucho a estos perros, e incluso les otorgaban distinciones militares al heroísmo. Varios canes recibieron medallas de combate como el Corazón Púrpura, aunque más tarde el Departamento de Guerra las anularía y restringiría este tipo de condecoraciones a los seres humanos.
Con el tiempo, no obstante, los compatriotas con cuatro patas recibirían el reconocimiento oficial que se merecían. Así, el Cuerpo de Intendencia entregó diplomas a los perros que recibieron la baja del servicio o a aquellos caídos en combate.
Para premiar tanta valentía y fidelidad se creó en 1943 la medalla Dickins, galardón que a día de hoy sigue vigente y que pretende rendir tributo a aquellos animales que con su esfuerzo, y en muchos casos con su vida, han ayudado al ser humano en épocas de conflicto.
En Londres se alza un monumento conmemorativo que recuerda no sólo a los perros premiados con esta medalla, sino a todos aquellos animales anónimos (caballos, mulas, palomas, etc.) que, según ha recordado Jilly Cooper, presidenta de la PDSA (Dispensario Popular para los Animales Enfermos, por sus siglas en inglés), "sin tener idea de porque habían sido arrastrados a los conflictos de los hombres, actuaron solamente movidos por la lealtad y el afecto".
El regreso a la vida civil
Cuando la guerra finalizó y las tropas volvieron a casa, nadie sabía muy bien qué iba a pasar con los perros, ya que no todos los dueños anteriores podían acogerlos de nuevo, y un gran número de canes militares habían salido de las perreras, por lo que no tenían un hogar al que volver.
Sin embargo, gracias al Cuerpo de Intendencia y a Perros por la Defensa, todos los animales recibieron tratamiento con la esperanza de que pudieran volver a la vida civil.
Por desgracia, unos pocos sufrieron fatiga de combate o no se consideraron aptos para ser repatriados, por lo que se les practicó la eutanasia después de varios intentos de rehabilitación fallidos.
Cuando la gente supo que había perros que no aún tenían un hogar, las solicitudes de adopción aumentaron exponencialmente.
En total se registraron más de 17 000 peticiones, un número mucho mayor que el de los perros disponibles, e incluso siguieron llegando solicitudes años después de haber entregado el último can a su nueva familia.
Todos los perros recibían un certificado por su fiel servicio y una baja honorable. El gobierno era el encargado de sufragar los gastos de envío de los animales, y todos ellos se entregaban con un paquete que contenía sus condecoraciones, un collar, una correa y una copia del manual Perros de guerra, del Departamento de Guerra.
Ya en casa, tanto los soldados humanos como los cánidos se podían relajar como nunca y dejar a un lado esa fiereza que desataron en el extranjero, plenamente conscientes de que si ellos y sus compatriotas por fin podían disfrutar de unos tiempos de paz, era gracias a su coraje y sacrificio.