La libertad interior, según Jacques Philippe, es el espacio que cada persona conserva en su interior incluso en las circunstancias externas más adversas, porque encuentra en Dios su origen y su garantía. Nadie puede arrebatar ese espacio cuando la persona aprende a vivir desde la fe, la esperanza y el amor.
Sin este descubrimiento, nos pasaremos la vida agobiados y no llegaremos a gozar nunca de la auténtica felicidad. La afirmación fundamental del autor es sencilla, pero de gran alcance: el hombre conquista su libertad interior en la medida en que la fe, la esperanza y el amor se fortalecen en él.
Qué entiende Jacques Philippe por libertad interior
Jacques Philippe considera esencial que cada cristiano descubra que, incluso en las circunstancias externas más adversas, dispone en su interior de un espacio de libertad que nadie puede arrebatarle, porque Dios es su fuente y su garantía. La libertad no depende únicamente de poder elegir entre distintas opciones, sino de la capacidad de vivir sin quedar completamente sometido a las circunstancias, a los impulsos o a la opinión de los demás.
A menudo pensamos que la palabra libertad es sólo la posibilidad de elegir. El DRAE la define como "facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos". Sin embargo esto no es del todo punto cierto, ni muchísimo menos.
La libertad interior designa una conquista más profunda: la posibilidad de conservar la paz, la dignidad y la orientación fundamental de la vida aunque existan problemas personales, presiones profesionales, incomprensiones, pérdidas o situaciones que no pueden modificarse inmediatamente. El cristiano dispone en su interior de un espacio de libertad que nadie puede arrebatarle, porque es en Dios donde encuentra su origen y su mayor garantía.
La libertad interior y la felicidad auténtica
Jacques Philippe vincula directamente la libertad interior con la felicidad. Sin este descubrimiento, nos pasaremos la vida agobiados y no llegaremos a gozar nunca de la auténtica felicidad. La persona puede alcanzar éxitos, reconocimiento, seguridad material o una posición apreciada y, sin embargo, permanecer interiormente inquieta, dependiente o esclavizada.
Jacques Philippe, en un precioso y pequeño pero denso libro, de Ediciones Rialp, nos da las claves fundamentales para llegar a conseguir la libertad interior, base de la auténtica felicidad. La obra aborda la libertad, la aceptación, la felicidad y la conquista de la libertad como desafíos personales para fortalecernos en la libertad con la que nos liberó Cristo, que habita en nosotros por su Santo Espíritu.
La libertad interior no consiste en evitar todas las dificultades, sino en impedir que las dificultades ocupen por completo el centro del corazón. La persona libre puede sufrir, preocuparse y atravesar momentos dolorosos, pero no entrega a esas circunstancias el poder absoluto sobre su conciencia, su voluntad y su relación con Dios.
La libertad frente a los problemas y las circunstancias
En cierta ocasión, mientras estaba en el Ejército, tuve una serie de contratiempos personales, que no vienen al caso contar, los cuales, sin faltar a mis obligaciones, hicieron que bajara mi rendimiento profesional. Un Comandante, entonces era yo Teniente, se me acercó y me dijo: "los problemas hay que dejarlos debajo del cartel que hay a la entrada de la Base, donde dice Todo por la Patria".
Según el Comandante y el diccionario yo podía y debía dejar allí mis problemas. Sin embargo aquello no era posible, porque mi corazón estaba preso. A partir de ese momento, la conquista de la libertad interior se ha convertido en el objetivo prioritario en mi vida.
¿Cómo se puede aparcar un asunto que te está consumiendo? ¿Cómo puedes olvidar a lo largo del día graves problemas personales o familiares? ¿Cómo puedes obviar una mirada de reprobación de tu jefe? ¿Cómo puedes perdonar la zancadilla de un compañero? ¿Cómo puedes no obsesionarte con el reconocimiento que no llega y mereces?
Estas preguntas muestran la diferencia entre cumplir exteriormente con una obligación y ser interiormente libre. Una persona puede seguir trabajando, hablando o tomando decisiones mientras su corazón permanece atrapado por la ansiedad, el resentimiento, el miedo, la necesidad de aprobación o la preocupación por acontecimientos que no controla.
La santificación del momento presente
Una de las claves de la obra es la santificación del momento presente. "Dejar el ayer, como decía Bernanos, a la misericordia de Dios, y el futuro a su divina providencia" o, como decía San Agustín, "hacer lo que estés haciendo".
La gracia, o "favor que se hace sin merecimiento particular", al igual que el maná que alimentó a los judíos en el desierto, no se almacena. No se pueden obtener reservas de ella; sólo se puede recibir instante tras instante.
De hecho, en el Padrenuestro decimos "danos hoy nuestro pan de cada día"…no pedimos el de mañana, y por supuesto nos hemos olvidado del pan ya duro de ayer. luego en esta oración santificamos el momento presente.
Santificar el presente no significa negar el pasado ni desentenderse del futuro. Significa recibir el momento actual como el lugar concreto en el que se desarrolla la vida y en el que puede responderse a Dios, a los demás y a las propias responsabilidades.
La atención plena a la tarea y a la persona
Nosotros, directivos y profesionales de importantes empresas, tenemos que esforzarnos por santificar el momento presente. Si delante nuestra tenemos, por ejemplo, un colaborador o subordinado que nos está hablando de su trabajo o de su familia o de lo que sea, tenemos que ser conscientes que ése es nuestro momento presente y que debemos escuchar con la atención que requiere un piloto a los mandos de un F-18 o un cirujano operando.
Si estamos pendientes de que acabe pronto la conversación para llamar a fulano, que siempre nos agrada charlar con él, para cerrar una comida "muy importante", para preparar el próximo Consejo o para lo de la partida de golf…no seremos realmente libres…sino que estaremos zarandeados por las circunstancias.
La libertad interior exige estar presente en aquello que se está haciendo. La dispersión permanente impide acoger la realidad, escuchar a las personas y realizar cada tarea con responsabilidad. Quien vive esperando que termine cada momento para llegar al siguiente no posee plenamente ninguno de ellos.
Dónde está el verdadero tesoro
Dice el Evangelio que donde tengamos nuestro tesoro tendremos nuestro corazón. ¿Estamos completamente seguros, como directivos y profesionales con grandes responsabilidades, de cuál es nuestro tesoro?
Desde luego hay bienes lícitos que dignifican la lucha diaria: la familia, los amigos, el trabajo, el prestigio…pero… ¿esos tesoros colman la sed de infinito con la que fuimos creados?
La pregunta por el tesoro revela el fundamento de la libertad interior. La familia, la amistad, el trabajo y el prestigio pueden ser bienes valiosos, pero se convierten en fuentes de esclavitud cuando ocupan el lugar de lo absoluto y determinan por completo la seguridad, la identidad o la felicidad de la persona.
Tuve un excelente compañero, también en el Ejército, que siempre me decía lo mismo: "todos tenemos tres caretas; la que mostramos a los demás, la que los demás ven en nosotros y la que realmente es". En muchas ocasiones dependemos de un cúmulo de vanidades que han fabricado en nosotros un ser artificial cuya fragilidad, sin nosotros saberlo, es infinitamente mayor que el cristal de Murano.
Sin darnos cuenta hemos construido los cimientos de nuestra casa, tal vez, en cosas que en principio parecen muy loables, pero que no dejan de ser simple arena. En definitiva, si erramos en el lugar donde pusimos nuestro tesoro las consecuencias las pagará el corazón.
La libertad como abandono en Dios
Los santos han sido libres porque han sido esclavos. No han sido héroes sino personas normales cuyo mérito ha sido dejarse modelar por la voluntad de Dios, por el Espíritu Santo.
Nos lo han demostrado cada uno en su carisma. Santa Teresita de Liseux, Patrona de los misioneros sin salir de una celda del Carmelo, fue libre; preguntad a Maximiliano Kolbe en qué parte de la alambrada del campo de concentración estaba la persona realmente libre.
Libre fue Santo Tomás Moro, que no perdió el sentido del humor ni en su martirio ni en su ejecución, más libre cuanto más pobre fue San Francisco, que se enamoró hasta la médula de la hermana pobreza y, por supuesto, nunca nadie tan libre como la Virgen María: "¡he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra!"
El secreto de los santos es que no tienen secretos. Simplemente dejan anidar a Dios en su corazón. Dejemos a Dios ser Dios.
La expresión "ser esclavos" no describe una anulación de la persona, sino una entrega libre a Dios que libera de otras dependencias. Quien deja de vivir sometido a la vanidad, al miedo, al reconocimiento o al control absoluto de los acontecimientos puede actuar con mayor verdad y estabilidad.
Las falsas esclavitudes interiores
Etty Hillesum, judía muerta en Auschwitz en 1942, decía: "es nuestra lamentable actitud psicológica la que nos despoja de nuestras mejores fuerzas y la auténtica expoliación nos la infligimos nosotros mismos, pero yo me siento libre: dentro de mí el cielo se despliega tan grande como el firmamento".
En efecto, existen patologías psíquicas o psicológicas basadas en experiencias del pasado, tal vez por la carencia de una afectividad adecuada. También existen otras que se proyectan hacia el futuro o sobre otras personas, paralizándonos o produciéndonos ansiedad y rencor, y existen otras, como dice Etty Hillesum, "las auténticas", que son las que nos aplicamos sobre nosotros mismos.
¿Cuántas veces nuestras erróneas respuestas profesionales han sido fruto de descompensaciones psicológicas encubiertas, sencillamente porque carecíamos de paz interior?
Estas afirmaciones no eliminan la importancia de las heridas psicológicas ni de las circunstancias que afectan a la conducta. Señalan que, junto a lo que sucede externamente, también existe una manera de interpretar, alimentar o prolongar interiormente aquello que sucede.
La libertad interior en la vida profesional
Como personas y como directivos, la libertad interior nos proporcionará un cúmulo de virtudes que nos hará ser felices en nuestro trabajo y en nuestras relaciones personales, pues nos llevará a un crecimiento espiritual y humano.
Nos proporcionará humildad, auténtica humildad, la de "andar en verdad" de Santa Teresa de Jesús, y nos hará degustar del exquisito sabor de la templanza y de la confianza, que nos proporcionarán seguridad en nosotros mismos.
Nuestras decisiones serán siempre más acertadas y coherentes, al no dejarnos llevar tan sólo por el primer impulso, que puede ser erróneo. La libertad interior permite introducir una pausa entre lo que sucede y la respuesta que se ofrece, de modo que la acción no quede dominada por la irritación, el miedo, el orgullo o la necesidad inmediata de imponerse.
Veremos nuestra carrera profesional como una escalera, donde cada peldaño es el hoy, y donde hay descansillos y barandillas para reponer fuerzas, atendiendo a la familia, los amigos y las aficiones.
Las virtudes teologales como camino de libertad
El autor del libro nos dice que sólo podremos adquirir la libertad interior en la medida en que desarrollemos estas virtudes. "En esta cesta sí tenemos que poner todos los huevos".
Nos da a conocer cómo el dinamismo de las "virtudes teologales" es el núcleo de la vida espiritual. Las virtudes teologales son a la vez, misteriosa pero realmente, un don de Dios y una actividad del hombre.
| Virtud | Sentido espiritual |
|---|---|
| Fe | Respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela |
| Esperanza | Certeza respecto a la fidelidad de Dios |
| Caridad | Valentía de amar a Dios y al prójimo |
La fe
La virtud de la fe, la mejor herencia que podemos dejar a nuestros hijos, es para nosotros una fuerza (solemos decir normalmente que fe es creer sin ver; sin embargo, fe, según el Catecismo de la Iglesia Católica, es un acto personal: "la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela").
La fe sostiene la libertad interior porque permite interpretar la propia vida desde la confianza en Dios y no exclusivamente desde la apariencia inmediata de los acontecimientos. No elimina las dificultades, pero evita que la dificultad sea considerada la última palabra.
La esperanza
Esperanza es la certeza respecto a la fidelidad de Dios. La esperanza libera de la exigencia de resolverlo todo en el presente y de controlar completamente el futuro.
Al confiar en la fidelidad de Dios, la persona puede afrontar la incertidumbre sin quedar paralizada. El futuro deja de ser únicamente una amenaza y se convierte en un ámbito confiado a la providencia divina.
La caridad
Caridad teologal es la valentía de amar a Dios y al prójimo. La caridad no se reduce a un sentimiento agradable ni a una simpatía espontánea, porque también reclama voluntad, entrega y perseverancia.
La fe y la esperanza son de este mundo, pero la caridad, la más importante que nos recuerda siempre San Pablo, es de éste y del venidero, no pasa nunca, pues el anhelo de todo cristiano es el encuentro con el Padre para seguir amándole.
Ojalá no tengamos que decir con tristeza algún día, como lo hizo San Agustín: "Tarde te amé, belleza antigua y nueva, tarde te amé".
Ser cristiano: creer, esperar y amar
Jacques Philippe nos dice que ser cristiano no es frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes: ser cristiano es, ante todo, creer en Dios, esperarlo todo de Él y querer amarle a Él y al prójimo de todo corazón.
"No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Deus caritas est, Benedicto XVI).
La libertad cristiana nace de una relación viva con Dios. Las prácticas y los deberes tienen sentido cuando expresan esa relación y conducen a ella, no cuando se convierten en una carga exterior separada de la fe, la esperanza y la caridad.
El amor como ejercicio de libertad
Al igual que esta cultura actual está tiranizada por lo relativo, contrario a lo Absoluto, también lo está por la practicidad de las cosas. Si no es útil no nos vale… ¿estamos seguros?
Este punto hace que descafeinemos hasta lo más bello de la vida, el amor, y no captemos y disfrutemos de los pequeños detalles, que son los que hacen a las grandes personas.
Saber amar es el Máster más difícil. Lo asociamos a sentimientos, que sí, a momentos románticos, que también, pero ahí no se queda el amor.
Según Miguel de Unamuno, y nos puede servir ahora de orientación, "el amor son hechos, hechos y hechos", lejos de la teoría de Bernabé Tierno en el que dice, a mi juicio erróneamente, que amar no depende de la voluntad.
La caridad libera porque desplaza el centro de la vida desde el propio interés hacia Dios y el prójimo. Amar de este modo requiere actuar, perdonar, escuchar, servir y respetar incluso cuando no existe una respuesta inmediata o cuando la relación resulta difícil.
El respeto al espacio interior del prójimo
Todos y cada uno, en el estado en que hemos sido llamados por Dios, debemos disponer de un lugar en el corazón donde estemos guarecidos de las tormentas, al amparo y bajo la confianza de Nuestro Señor, y donde nuestra dignidad de sacerdotes, profetas y reyes, recibida en el bautismo, sea inviolable.
Recordemos que nuestro prójimo, subordinado, compañero o jefe, también dispone de ese espacio y, por ello, merecen no sólo nuestro respeto, sino también nuestro amor…aunque sean acérrimos enemigos.
La libertad interior no puede transformarse en indiferencia ante los demás. Quien reconoce en sí mismo un espacio inviolable también está llamado a reconocerlo en cada persona, incluidos quienes ocupan posiciones de autoridad, quienes dependen de su trabajo y quienes se han convertido en adversarios.
La libertad interior y las potencias del alma
Conforme vayamos adquiriendo mayor libertad interior, con la mirada y el corazón fijos en la Cruz, nos irán aumentando, en nuestra vida personal y profesional, las tres potencias del alma: entendimiento, voluntad y memoria.
El entendimiento puede orientarse con mayor claridad, la voluntad puede actuar sin quedar sometida al primer impulso y la memoria puede integrar el pasado sin convertirlo en una prisión permanente. Estas capacidades se fortalecen cuando la persona vive desde una referencia estable y no desde la dispersión de las circunstancias.
No seamos esclavos de nuestro trabajo y de nuestras vanidades. Sólo seremos libres cuando seamos esclavos de Dios.
Jacques Philippe y la obra La libertad interior
Escrita en el estilo sencillo y concreto que caracteriza a Jacques Philippe, ésta es una valiosa obra que ayudará a "todos los que desean hacerse disponibles a esas maravillosas renovaciones espirituales que el Espíritu Santo desea obrar en nuestros corazones, y acceder así a la gloriosa libertad de los hijos de Dios".
"En los indicios del tercer milenio, nos gustaría que este libro fuera una ayuda para quienes desean ser dóciles a esa maravillosa renovación interior que el Espíritu Santo quiere obrar en los corazones con el fin de hacernos acceder a la gloriosa libertad de los hijos de Dios".
Jacques Philippe es miembro de la Comunidad de las Béatitudes. En su seno ha asumido importantes responsabilidades (consejo general, responsable de los sacerdotes y los seminaristas, responsable de la formación de los pastores).
Ordenado sacerdote en 1985, predica retiros en Francia y en el extranjero. Ha publicado también: Tiempo para Dios; La libertad interior; En la escuela del Espíritu Santo y Llamados a la vida y otros.
| Datos de la obra | Información |
|---|---|
| Autor | Jacques Philippe |
| Editorial | Rialp |
| Colección | Patmos |
| Edición | 19.ª Edición |
| Idioma | Español |
| Páginas | 168 |
| Encuadernación | Rústica |
| Tamaño | 12 5x19 cm |
