Durante tres siglos de Imperio Español en las “Indias” de América, lo que realmente gobernaba era una marcada y muy práctica división de clases sociales.
La división se llamó sistema de castas y funcionó en los virreinatos y territorios de la corona española.
Qué significaban los términos criollo e insular
En Hispanoamérica, criollo fue originalmente el término utilizado para describir a las personas de ascendencia española completa o casi completa nacidas en los virreinatos del Nuevo Mundo bajo la Corona española.
En diferentes países hispanoamericanos, la palabra llegó a tener significados distintos, aunque generalmente se refería a la mayoría nacida en el territorio local.
Los españoles nacidos en las Indias Orientales españolas eran llamados insulares.
Insulares era el término específico dado a los criollos -españoles de sangre completa nacidos en las colonias- nacidos en Filipinas o en las Marianas.
Los insulares formaban parte de la segunda clase racial más elevada de la jerarquía española, por debajo de los peninsulares, es decir, los españoles de sangre completa nacidos en Europa.
Aunque los insulares ocupaban una posición alta en el sistema de castas, el hecho de haber nacido en Filipinas o en las Marianas confería al término una connotación negativa durante la época española.
El término insular también puede encontrarse como una forma de autoidentificación utilizada por determinadas personas.
Los españoles y sus descendientes nacidos en América formaban el grupo social más elevado de la colonia.
En Hispanoamérica, desde el siglo XVI, los criollos constituían una clase social cercana a la cima de la jerarquía de castas, pero por debajo de los españoles peninsulares nacidos en Europa, para quienes estaban reservados los principales cargos administrativos, eclesiásticos y políticos.
Los españoles peninsulares ocupaban mejores posiciones que los nacidos en América, incluso dentro del grupo de los blancos.
Los principales grupos de la jerarquía colonial
Con el descubrimiento de América en 1492 y en las décadas siguientes de colonización, comenzaron a marcarse tres grupos sociales básicos:
- Blancos: españoles peninsulares o nacidos en América.
- Indios: habitantes originarios de América.
- Negros: esclavos traídos de África.
La mezcla entre esos grupos dio lugar a las castas, una clasificación de las personas según su linaje, quiénes eran sus progenitores y qué lugar ocupaban en la sociedad medieval de aquellos siglos.
De esa mezcla surgió una curiosa lista de 16 combinaciones básicas, aunque las mezclas posibles eran innumerables.
Otros nombres peculiares, como calpamulato, coyote, cuarterón, genízaro, jarocho y tresalvo, además de zambo y muchos otros, hicieron más extensa la lista.
| Grupo o categoría | Posición o característica |
|---|---|
| Peninsulares | Españoles nacidos en Europa; ocupaban la cima administrativa, clerical y política. |
| Criollos | Personas de ascendencia española nacidas en América; se encontraban por debajo de los peninsulares. |
| Insulares | Criollos nacidos en Filipinas o en las Marianas; pertenecían a una categoría elevada, pero inferior a la de los peninsulares. |
| Indios | Habitantes originarios de América; constituían la principal base poblacional y económica. |
| Negros | Esclavos traídos de África, obligados principalmente a trabajar. |
| Mestizos | Ocupaban posiciones intermedias y no tenían que pagar el tributo indígena, pero tampoco disfrutaban de los privilegios españoles. |
Un sistema flexible y difícil de fijar
Nunca hubo una limitación absoluta a la mezcla y hasta las fronteras entre un grupo y otro eran borrosas.
“No era un sistema de clasificación sistemático. La verdad no era un sistema tan rígido”, explica Navarrete.
El sistema podía manipularse, pues era frecuente que se buscara que un hijo fuera registrado como blanco para que tuviera un estatus más alto; para ello, “se sobornaba al cura o se conseguía un padrino español”.
Si el padre blanco les daba su apellido y los incorporaba a su familia, esos hijos contaban como blancos, independientemente de la “raza”.
En el día a día, el color de la piel no era tan determinante como el idioma que se hablaba, la ropa que se vestía y la condición social.
Un indígena que tenía la piel más clara, se vestía como español y hablaba español podía pasar por mestizo e incluso por blanco, de manera que la tez no era tan determinante.
En aquella época se ignoraba que la piel procedía de una herencia genética y hasta se creía que la dieta determinaba el color de piel.
A su vez, mujeres y hombres de la nobleza intentaron sortear las múltiples normas que estructuraban su estamento, vistiéndose como indígenas para poder salir por las noches o acceder a lugares a los que no estaría bien visto que asistieran.
La función política y económica de las castas
El uso de todas estas distinciones tenía que ver con un fin práctico, más allá de la concepción moderna de la raza, que surgió hasta principios del siglo XIX.
“Antes que nada es un sistema de dominación política y económica. No son prejuicios raciales, porque las castas no son razas, no hay que confundir eso”, explica Navarrete.
“Es el orden con el que se gobiernan las Indias. Los españoles conquistadores no vienen a trabajar, vienen a que los indios y los negros trabajen para ellos”, explica Federico Navarrete, doctor en Estudios Mesoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Los indígenas eran la gran base poblacional de América y, por lo tanto, la base del sistema económico, principalmente en los virreinatos de Nueva España y del Perú.
Los blancos ocupaban los puestos privilegiados de la estructura política y económica, mientras que los indígenas tenían que trabajar y pagar un tributo a la Corona.
Los esclavos solo vivían para trabajar.
La explotación de esa fuerza de trabajo era el principal objetivo de los colonizadores.
Que una persona perteneciera a una casta u otra, en realidad, no añadía ni quitaba derechos de manera automática, pues la posición económica y social era la determinante.
Los mestizos estaban en posiciones intermedias: no tenían que pagar el tributo de los indígenas ni eran esclavos como los negros, pero tampoco tenían los privilegios de los españoles.
Los españoles, con el paso del tiempo, se transformaron en una élite militar que traspasó su poder mediante las encomiendas.
El sector intermedio de la escala social fue más heterogéneo.
Para que este orden social se mantuviera, era fundamental que cada individuo ocupara el lugar que le estaba asignado.
Por ello, las uniones interestamentales se prohibieron mediante diversas normativas y discursos que regulaban el comportamiento y aseguraban el mantenimiento de los roles designados.
Sin embargo, este empeño por ordenar las castas en categorías estáticas se enfrentaba con una realidad social heterogénea y con fronteras más bien difusas.
Criollos e insulares frente a los peninsulares
La identidad de los criollos se fortaleció como consecuencia de las reformas borbónicas de 1700, que modificaron las políticas del Imperio español hacia sus colonias y provocaron tensiones entre criollos y peninsulares.
Hasta 1760, las colonias españolas se regían por leyes diseñadas por los Habsburgo españoles, que otorgaban a las provincias americanas una amplia autonomía.
Esa situación cambió con las reformas borbónicas del siglo XVIII durante el reinado de Carlos III.
España necesitaba extraer una riqueza cada vez mayor de sus colonias para sostener las guerras europeas y globales necesarias para mantener el Imperio español.
La Corona amplió los privilegios de los peninsulares, quienes asumieron muchos cargos administrativos que antes habían sido ocupados por criollos.
Al mismo tiempo, las reformas de la Iglesia católica redujeron las funciones y los privilegios de los rangos inferiores del clero, compuesto en su mayoría por criollos.
Debido a que los criollos no eran considerados iguales por los peninsulares españoles, sentían que recibían un trato injusto y que su relación con la metrópoli era inestable y ambigua.
España era, y no era, su patria.
Los criollos también sentían una ambigüedad semejante respecto de su tierra natal.
Era difícil que se consideraran compatriotas de los indígenas y, al mismo tiempo, les resultaba imposible compartir plenamente su pasado prehispánico.
Aun así, los mejores entre ellos admiraban, aunque de forma imprecisa, el pasado e incluso lo idealizaban.
El sueño criollo era la creación de un imperio mexicano, cuyos arquetipos eran Roma y Tenochtitlán.
La fuerza política y económica local de los criollos creció en las distintas colonias, cuya distribución geográfica favoreció que cada una desarrollara identidades y puntos de vista nacionales propios, tanto frente a las demás como frente a España.
La identidad criolla y la relación con los pueblos originarios
Las narraciones ideológicas a menudo han representado a los criollos como un pueblo “español puro”, formado principalmente por hombres que pertenecían a una pequeña élite poderosa.
Sin embargo, los criollos permitieron un sincretismo en su cultura y su gastronomía y, en general, se sentían más identificados con el territorio donde habían nacido que con la península ibérica.
Una prueba de ello es la autoría de obras que demostraban apego y orgullo por los pueblos originarios y por su historia.
En ocasiones criticaban los crímenes de los conquistadores, denunciando los abusos y defendiendo a los indígenas.
Muchos criollos llegaron a considerar a los aztecas como sus antepasados y se identificaron cada vez más con los indígenas debido a un sentimiento de sufrimiento compartido frente a los españoles.
La historia de la Virgen de Guadalupe, publicada por el sacerdote criollo Miguel Sánchez en Imagen de la Virgen María en 1648, fue interpretada por muchos como una señal de que Dios había bendecido a México y, particularmente, a los criollos, considerados el “nuevo pueblo elegido de Dios”.
Los criollos adoraban y aborrecían su propia identidad.
Se veían a sí mismos como seres extraordinarios y únicos y no estaban seguros de si debían alegrarse o llorar ante esa imagen de sí mismos.
Su situación era motivo de orgullo y desprecio, de celebración y humillación.
Los cuadros de castas
Una manifestación de la división de castas fue elaborada por varios artistas de la época mediante pinturas conocidas como cuadros de castas.
“Fueron una elaboración de la política racial oficial, cómoda para las ansiosas, o quizá inconscientes élites patrocinadoras”, escribe el historiador estadounidense William Taylor.
En la época colonial surgieron pinturas de castas en las que se ilustraban las clasificaciones existentes.
Sin embargo, Navarrete señala que en realidad eran una especie de recuerdo o suvenir, porque la población novohispana “siempre se estaba moviendo” entre una casta y otra.
Las pinturas se realizaban en Nueva España para venderse en Europa y demostrar la riqueza de la tierra y la diversidad de los tipos humanos que existían en ella.
Las obras mostraban familias, vestimentas, ocupaciones y combinaciones de ascendencia, pero la movilidad cotidiana hacía difícil que esas categorías funcionaran como compartimentos completamente cerrados.

La mezcla cultural y musical
La música religiosa o secular mezclada apareció desde el siglo XVI en lenguas españolas e indígenas.
La música barroca fue importada de España, pero incorporó instrumentos europeos y africanos, como tambores y congas.
Los españoles introdujeron una escala musical más amplia que la pentatónica indígena, además de un repertorio melódico y poético transmitido por escritos como los cancioneros.
La voz cantada, común en la música barroca europea, también formó parte de esta tradición.
Las estéticas mixtas fueron fruto de diversas contribuciones indígenas, africanas y, especialmente, españolas y europeas.
Entre los instrumentos introducidos por los españoles se encontraban las chirimías, los sacabuches, los bajones, los orlos, los clarines, las violas, las guitarras, los violines, las arpas y los órganos.
Junto con las percusiones, que podían ser indígenas o africanas, todos estos elementos convergieron en una música escuchada por la población en general.
El dominico Diego Durán escribió en 1570: “Todos los pueblos tienen fiestas, y por tanto es impensable quitárselas, porque es imposible y porque tampoco conviene”.
El propio Durán desfilaba como los indígenas con un ramo de flores en una fiesta cristiana que coincidía con la celebración de Tezcatlipoca en México.
Los jesuitas desarrollaron con gran éxito una “pedagogía de la teatralidad”.
Mediante ella, la Compañía de Jesús atraía a los indígenas y a los negros a la Iglesia, donde los niños aprendían a tocar instrumentos europeos.
En Quito, en 1609, había danzas de indígenas altos y bajos, danzas de españoles, de negros y de otros indígenas que se ejecutaban delante del Santísimo Sacramento, de la Virgen María y de los santos durante las fiestas y la Pascua.
La conocida zambra mora era bailada habitualmente por negros al son de castañuelas y tambores.
La zarabanda española era bailada por blancos y negros.
La población negra y las vías hacia la libertad
Los negros también tenían jefes.
En realidad, no hubo artistas negros relevantes durante la colonia; también debe considerarse el hecho de que muchos negros puros eran esclavos.
Sin embargo, la Ley de Coartación o “ley de esclavos” fue creada desde el siglo XVI y alcanzó su máximo desarrollo en el siglo XVIII.
Esta ley permitía que los esclavos negros compraran su libertad mediante pagos periódicos a sus propietarios, lo que finalmente conducía a la libertad.
Otros eran liberados y comprados por familiares o por blancos aliados.
Era un acto consuetudinario en la América española y permitió la aparición de una amplia población de negros libres en todo el territorio.
La libertad también podía obtenerse mediante el bautismo, cuando el blanco reconocía a sus hijos ilegítimos; su palabra bastaba para que el recién nacido fuera declarado libre.
La libertad legal era más común en las ciudades y los pueblos que en el campo.
Desde finales del siglo XVI hasta comienzos del siglo XIX, los españoles alentaron a los esclavos fugitivos de las Trece Colonias y de Estados Unidos a dirigirse a la Florida española como refugio.
Carlos II de España y su corte emitieron en 1690 un decreto real que liberaba a todos los esclavos que huyeran a Florida y se convirtieran al catolicismo.
Conflictos entre criollos y peninsulares
En las dos últimas centurias de la colonia, los criollos se rebelaron en respuesta a la dura represión de los levantamientos indígenas.
Después de la represión de la rebelión de Túpac Amaru II de 1780 en el virreinato del Perú, aparecieron pruebas de la mala voluntad de la Corona española hacia los criollos, especialmente por la rebelión de Oruro procesada en Buenos Aires y por el juicio presentado contra el doctor.
En México, ya desde 1563, los hijos criollos del conquistador español Hernán Cortés intentaron separar México del gobierno nacido en España y colocar en el poder a Martín, su medio hermano.
El complot fracasó.
Los implicados y muchos otros participantes fueron decapitados por la monarquía española, que durante un breve periodo reprimió las expresiones de resentimiento abierto de los criollos contra los peninsulares.
Para 1623, los criollos ya participaban en manifestaciones y disturbios abiertos en México contra su condición de segunda clase.
Desde 1799 se produjeron en Ciudad de México disturbios abiertos contra el gobierno de la Corona española, que anticiparon la aparición de un movimiento de independencia plenamente desarrollado.
En la conspiración de los machetes, soldados y comerciantes criollos atacaron propiedades coloniales “en nombre de México y de la Virgen de Guadalupe”.
Cuando llegaron a México las noticias de que los ejércitos de Napoleón I habían ocupado España, los peninsulares nacidos en España, como Gabriel de Yermo, se opusieron firmemente a las propuestas criollas de gobierno.
Depusieron al virrey y asumieron el poder.
El resentimiento existente entre criollos y peninsulares se intensificó después de que Napoleón I depusiera del poder a Carlos IV de España.
Este hecho llevó a un grupo de peninsulares a hacerse cargo de Ciudad de México y arrestar a varios funcionarios, entre ellos criollos.
La situación motivó al sacerdote criollo Miguel Hidalgo y Costilla a iniciar una campaña por la independencia mexicana frente al gobierno español bonapartista, considerado ilegítimo.
La campaña de Hidalgo comenzó en 1810 en su ciudad natal de Dolores, Guanajuato, y obtuvo el apoyo de muchos amerindios y mestizos.
Aunque sus fuerzas tomaron varias ciudades, no lograron conquistar Ciudad de México.
En el verano de 1811, Hidalgo fue capturado y ejecutado por los españoles.
A pesar de estar dirigida por un criollo, la mayoría de los criollos no se incorporó inicialmente al movimiento de independencia mexicano.
Se informó de que menos de cien criollos combatieron con Hidalgo, pese a compartir su condición de casta.
Los criollos solo emprendieron una acción directa en el movimiento independentista cuando los nuevos gobernantes coloniales españoles amenazaron sus derechos de propiedad y el poder de la Iglesia.
La amenaza contra esos intereses, deplorada por la mayoría de los criollos, llevó a muchos de ellos a incorporarse al movimiento de independencia.
Independencia y gobierno criollo
La política discriminatoria de la Corona española y los ejemplos de las revoluciones estadounidense y francesa llevaron a facciones criollas a rebelarse contra los peninsulares.
Con un apoyo cada vez mayor de las demás castas, los criollos enfrentaron a España en una lucha por la independencia entre 1809 y 1826.
México obtuvo su independencia de España en 1821 bajo el liderazgo de una coalición de conservadores, antiguos realistas y criollos que rechazaban la adopción por parte del emperador Fernando VII de una constitución liberal que amenazaba su poder.
Esta coalición creó el Plan de Iguala, que concentró el poder en manos de la élite criolla y de la Iglesia bajo la autoridad del criollo Agustín de Iturbide, quien se convirtió en emperador Agustín I del Imperio mexicano.
Iturbide era hijo de un rico terrateniente español y de una madre mexicana criolla.
Ascendió en las filas del ejército colonial español hasta convertirse en coronel.
La independencia mexicana de España en 1821 dio comienzo al gobierno criollo en México, pues los mexicanos de ascendencia principalmente europea pasaron a controlar firmemente el nuevo Estado independiente.
Aunque el gobierno español directo había desaparecido, los mexicanos de ascendencia principalmente europea gobernaron la nación en términos generales.
El periodo también estuvo marcado por la expulsión de los peninsulares de México.
Una fuente considerable del sentimiento criollo favorable a la expulsión fue la rivalidad comercial entre mexicanos y españoles durante una etapa de grave declive económico, agitación política interna y pérdida sustancial de territorio.
El liderazgo cambió de manos 48 veces entre 1825 y 1855.
Ese periodo incluyó la guerra entre México y Estados Unidos y la pérdida de los territorios septentrionales de México mediante el Tratado de Guadalupe Hidalgo y la Compra de Gadsden.
Algunos atribuyen la inexperiencia criolla en el gobierno y su liderazgo como una de las causas de aquella inestabilidad.
El final formal del sistema de castas y su permanencia social
La independencia de las naciones americanas puso fin al sistema de castas, pero la división no desapareció por completo.
Para Navarrete, el sistema de división de clases era “brutalmente injusto”, pues establecía una jerarquía muy clara entre los diferentes grupos y producía discriminación y desventajas para quienes no eran blancos.
“En casi todas las repúblicas independientes se mantuvo el sistema de castas de una manera u otra”, afirma Navarrete.
Los indígenas y los negros continuaron ocupando en toda América posiciones de desventaja muy claras frente a los blancos.
La desaparición de las categorías coloniales no eliminó automáticamente las desigualdades sociales, económicas y políticas construidas durante el periodo imperial.
En México, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la identidad criolla empezó a desaparecer debido a las políticas de mestizaje e indigenismo del gobierno nacional.
Estas políticas promovían una homogeneización uniforme de la población mexicana bajo la identidad mestiza.
Significados posteriores de criollo
La palabra criollo conserva su significado original en la mayoría de los países hispanohablantes de América.
Sin embargo, en algunos países adquirió con el tiempo significados adicionales, como “local” o “producido en el país”.
En los países latinoamericanos de habla española, comida criolla se refiere a la cocina local, no necesariamente a la cocina de los criollos coloniales.
En Argentina, criollo se utiliza para designar a las personas cuyos antepasados ya estaban presentes en el territorio durante el periodo colonial, independientemente de su raza.
En Perú, criollo se relaciona con la cultura sincrética de la costa del Pacífico, una mezcla de elementos españoles, africanos, indígenas y gitanos.
En Puerto Rico, los nativos de la ciudad de Caguas suelen ser llamados criollos, y los equipos deportivos profesionales de esa ciudad reciben también el sobrenombre de Criollos de Caguas.
En Venezuela, criollo está asociado con la cultura nacional.
El pabellón criollo es el plato nacional de Venezuela.
La Corporación Criollitos de Venezuela es una organización vinculada con el béisbol y sirve de cantera para la reconocida Liga Venezolana de Béisbol Profesional.
Música Criolla es una manera de referirse a la música tradicional venezolana, especialmente al joropo.
Novelistas como Rómulo Gallegos, con su novela Doña Bárbara, Pedro Emilio Coll y Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, con la novela Peonía, fueron importantes exponentes del movimiento criollista.