La división internacional del trabajo consiste en que los distintos países del mundo se especializan en la producción de determinados bienes y servicios con el fin de aprovechar sus ventajas comparativas. La división internacional del trabajo se asemeja a la división del trabajo que se da en una empresa o país, pero llevado a nivel internacional.
David Ricardo explicó esta especialización mediante la teoría de los costes comparativos, según la cual incluso un país menos eficiente en la producción de todos los bienes puede beneficiarse del comercio si concentra sus recursos en aquello que produce con una desventaja relativamente menor y obtiene mediante el intercambio los bienes que otros países producen de manera relativamente más eficiente.
Origen de la teoría de la división internacional del trabajo
Del traslado del concepto de división del trabajo a la vida de relación entre los Estados nació la teoría de la división internacional del trabajo, que sostiene que los entes políticos cumplen funciones diferentes en el proceso de la producción mundial, de acuerdo con sus distintas condiciones de producción y disponibilidad de recursos. Desde los tiempos de Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill se vislumbró este fenómeno.
El origen de la teoría económica que sustenta el concepto de división internacional del trabajo se encuentra en las ideas de Adam Smith (división del trabajo en la empresa), David Ricardo (costes comparativos en el comercio internacional) y John Stuart Mill (ventajas comparativas). Ricardo elaboró su teoría de los costes comparativos para explicarlo en el comercio internacional y J. S. Mill la completó con su tesis de que cada país produce las mercancías en que tiene ventaja con relación a los otros.
Esta ventaja se origina en la diversidad de aptitudes productivas entre los países. Es la denominada “ventaja comparativa”. La tienen los que disponen de mejores condiciones -y, por tanto, costes menores- para la producción de determinados bienes.
La ventaja comparativa en David Ricardo
David Ricardo (1772-1823) fue un destacado economista inglés coetáneo de Malthus, con el que compartió algunos análisis como el realizado sobre el mercado de divisas de Inglaterra. Abogó por la libertad de comercio y la supresión de los inconvenientes para el movimiento internacional de mercancías, sobretodo los correspondientes a la regulación legal sobre la distribución, pero también sobre el coste laboral.
Al respecto de la distribución, desarrolló una teoría sobre la ventaja comparativa, mediante la cual defendía que aunque los países no fueran potencias en la producción de ningún bien concreto, debían especializarse en los que le proporcionaran menor desventaja o mayor ventaja en materia de comercio internacional.
Por tanto, en algunos planteamientos seguía la línea dibujada por Adam Smith, alejándose de todo proteccionismo para promover el movimiento internacional de mercancías.
Consecuentemente cada país tiende a especializarse en la producción y comercialización de las mercancías que le ofrecen mayores ventajas comparativas y, a cambio de ellas, importa las que se producen a costes más bajos en otros.
Entre los beneficios de la división internacional del trabajo se encuentran:
- Un uso más eficiente de los recursos ya que cada país aprovecha sus recursos y potencial en las tareas que le resultan mejor.
- Una disminución de los costos a través de dos medios: el aprovechamiento de ventajas comparativas y el aprovechamiento de economías de escala.
- Se fomenta el desarrollo productivo de los países a través del intercambio comercial.
El ejemplo clásico de Ricardo: Inglaterra y Portugal
Con los alumnos de UCEMA vemos a David Ricardo en el Capítulo 7 de su gran obra “On the principles of Political Economy and Taxation”. Aquí presenta una de sus grandes contribuciones a la economía, tal vez la más importante: la teoría de las ventajas relativas y su visión sobre el libre comercio:
“Bajo el sistema de comercio perfectamente libre, cada país naturalmente dedica su capital y su trabajo a tales tareas que son más beneficiosas para cada uno. Esta búsqueda de la ventaja individual está admirablemente conectada con el bien común en su conjunto. Al estimular a la industria, contemplando la innovación, y utilizando de la forma más eficaz los poderes dados por la naturaleza, distribuye el trabajo más efectiva y económicamente; mientras que al incrementar el conjunto de producciones, difunde el beneficio general, y el intercambio entre las sociedades civilizadas de todo el mundo. Es este principio el que determina que el vino se produzca en Francia y Portugal, que el maíz se produzca en América y en Polonia, y que las herramientas y otros bienes se produzcan en Inglaterra.”
Ricardo distinguió entre la ventaja absoluta y la ventaja comparativa. Para demostrarlo, utilizó un ejemplo basado en la producción de telas y vino por parte de Inglaterra y Portugal.
“Puede ser la circunstancia, que producir la tela en Inglaterra requiera el trabajo de 100 hombres por un año; y se intentara producir vino, requeriría el trabajo de 120 hombres por el mismo período. Inglaterra, entonces, encontraría en su interés importar vinos, y comprarlos con la exportación de telas.”
“Producir vinos en Portugal puede requerir solamente el trabajo de 80 hombres por un año, y producir la tela en ese país puede requerir el trabajo de 90 hombre durante ese mismo tiempo. Sería, por lo tanto satisfactorio que exportara vinos a cambio de telas.”
Portugal produce ambos bienes con menos trabajo que Inglaterra: necesita 80 hombres para producir vino frente a los 120 requeridos en Inglaterra, y 90 hombres para producir tela frente a los 100 necesarios en Inglaterra. Portugal tiene, por tanto, ventaja absoluta en ambos productos.
Sin embargo, Portugal tiene una ventaja comparativa mayor en la producción de vino. Su ahorro relativo de trabajo es más importante en el vino que en la tela. Inglaterra, aunque es menos eficiente en ambos bienes, tiene una desventaja comparativa menor en la producción de telas.
“Este intercambio puede incluso tener lugar, más allá de que el producto importado desde Portugal pueda producirse con menos trabajo que en Inglaterra. Aunque podría fabricar las telas con el trabajo de 90 hombres, los importaría desde un país donde se requiera el trabajo de 100 hombres producirlo, porque le sería más ventajoso emplear su capital en la producción de vinos, por los que podría obtener más telas desde Inglaterra de las que podría producir desviando parte de su capital de los cultivos de vinos a la manufactura de telas.”
El ejemplo muestra que el comercio internacional puede ser beneficioso aunque uno de los países sea más productivo en todas las actividades. Lo decisivo no es quién produce cada bien con menos trabajo en términos absolutos, sino cuál es el coste de oportunidad de dedicar recursos a una actividad en vez de otra.
La lógica del libre comercio
Ricardo defendió que el comercio internacional permite que cada país concentre su capital y su trabajo en las actividades que le resultan relativamente más beneficiosas. La especialización aumenta la producción total y permite que los países obtengan mediante el intercambio una cantidad de bienes superior a la que conseguirían si intentaran producirlo todo internamente.
“En un mismo país, las ganancias están, en general, siempre en el mismo nivel; o difieren solamente porque el empleo de capital puede ser más seguro o más atractivo. No es así entre países diferentes.”
Según Ricardo, dentro de un mismo país el capital se desplaza con mayor facilidad hacia las actividades o regiones donde obtiene mayores beneficios. Entre países, en cambio, existen obstáculos que limitan el movimiento internacional del capital, por lo que las diferencias de rentabilidad pueden mantenerse.
“Si Portugal no tuviera conexión comercial con otros países, en lugar de emplear gran parte de su capital e industria en la producción de vinos, con los cuales compraría para su propio uso las telas y las herramientas de otros países, estaría obligada a dedicar parte de ese capital a la manufactura de esos productos, que obtendría probablemente de inferior calidad como también cantidad.”
La apertura comercial permite, de este modo, ampliar la división del trabajo y aprovechar las diferencias entre las estructuras productivas nacionales. Cada país puede orientar sus recursos hacia las actividades en las que su productividad relativa es mayor y obtener por medio del comercio otros bienes necesarios.
“Bajo el sistema de comercio perfectamente libre, cada país naturalmente dedica su capital y su trabajo a tales tareas que son más beneficiosas para cada uno.”
Especialización, escala y productividad
Este movimiento de especialización a escala producirá costes decrecientes en los países productores a medida que incrementan el volumen de producción. Lo cual aumenta sus ventajas comparativas en el intercambio de una cierta clase de productos.
La especialización puede favorecer el aprendizaje productivo, la acumulación de capacidades, la incorporación de tecnología y el aprovechamiento de economías de escala. Cuando una economía produce mayores cantidades de determinados bienes, puede reducir los costes medios de producción y consolidar su posición en los mercados internacionales.
La división internacional del trabajo también se relaciona con el concepto de cadenas globales de valor en donde las empresas llevan a cabo distintas etapas de su cadena productiva en diversos lugares del mundo.
La división internacional del trabajo durante la Revolución Industrial
Durante la primera etapa de la revolución industrial se marcó tajantemente esta diferencia. Unos Estados -los Estados en proceso de industrialización-, que fueron los que manejaron la tecnología del maquinismo, se especializaron en la fabricación y exportación de manufacturas mientras que los países pastoriles y atrasados de la periferia y los territorios coloniales se dedicaron principalmente a la producción de materias primas para alimentar las usinas de los países centrales.
En esto consistió la división internacional del trabajo que se desarrolló sincrónicamente con el industrialismo desde finales del siglo XVIII. Según ella, a los países centrales les corresponde la función de producir y exportar manufacturas mientras que los países periféricos se especializan en la producción y exportación de materias primas.
| Grupo de países | Especialización tradicional | Función en el comercio internacional |
|---|---|---|
| Países centrales | Manufacturas | Producción y exportación de bienes industriales |
| Países periféricos | Materias primas | Producción y exportación de bienes primarios |
La división internacional del trabajo se asemeja a la división del trabajo que se da en una empresa o país, pero llevado a nivel internacional. De esta forma, así como algunos trabajadores se especializan en la realización de determinadas tareas o áreas de estudio, a nivel internacional también se observa que los países se tienden a especializar en determinadas industrias o actividades productivas.
Así por ejemplo, en el Reino Unido se observa una especialización en el área de servicios financieros mientras que en Brasil se observa una especialización en la producción de carne de pollo o de café.
La crítica estructuralista y el deterioro de los términos de intercambio
Pero como la productividad y el valor agregado son mayores en las faenas industriales que en las primarias y como además se da lo que el economista argentino Raúl Prebisch (1901-1986), al frente de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL), denominó el “deterioro de los términos de intercambio” en las relaciones de comercio entre los países centrales y los periféricos, el enriquecimiento de aquéllos y el empobrecimiento de éstos es la lógica consecuencia de esta división del trabajo.
Algunos economistas han criticado los efectos de la división internacional del trabajo afirmando que esta sólo ha fomentado la desigualdad y la pobreza de los países productores de materias primas.
En efecto, en la década de los 70’s-80’s, los economistas Raúl Prebisch y Celso Hurtado, que pertenecían a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la Organización de Naciones Unidas (ONU), afirmaron que la división internacional del trabajo llevó a una división del mundo en dos grupos: uno productor de bienes industrializados y otro, productor de materias primas.
El primer grupo se veía beneficiado por el aumento de los precios relativos de sus productos mientras que el segundo grupo iba perdiendo poder adquisitivo por la progresiva pérdida de valor de sus productos. A este fenómeno en donde los bienes industriales se apreciaban mientras que las materias primas reducían su valor relativo se le llamó el deterioro de los términos de intercambio.
Esta formulación, en su sentido más simple, significa que conforme pasa el tiempo suben los precios de las manufacturas producidas por los países industriales y simultáneamente bajan los de las materias primas del mundo subdesarrollado.
De modo que cada vez se requieren más unidades de productos primarios de exportación latinoamericanos para adquirir un mismo producto manufacturado de los países industrializados. Lo cual aumenta incesantemente la “brecha” económico-social entre ellos y profundiza la dependencia.
División internacional del trabajo y dependencia
El cepalismo profundizó mucho en el tema con relación a América Latina. Contradijo a los economistas clásicos que veían en ella un factor de progreso para todos los países. Afirmó que la división internacional del trabajo es una de las tantas manifestaciones de la relación de dominación y dependencia que existe entre los países desarrollados y los subdesarrollados.
Con ella la dependencia está destinada a profundizarse porque en la estructura del comercio mundial se produce un creciente ”deterioro de los términos de intercambio”.
En todo esto hay varias incoherencias e inequidades que desmienten las previsiones de los economistas clásicos y neoclásicos. Ellos pensaron que el desarrollo del comercio internacional jugaría un papel “homogeneizador” del crecimiento de todos los países.
Pero los hechos son diferentes. El comercio internacional ha expandido unas economías y ha deprimido otras. En la actividad manufacturera la productividad crece a una tasa mucho más alta que en la producción de bienes primarios.
Sin embargo, el incremento de la productividad no bajó los precios de los bienes industriales, como debió ocurrir por la disminución de sus costes, sino que los aumentó en beneficio del mundo desarrollado.
En los países periféricos, mientras tanto, el exceso de mano de obra disponible para la producción de bienes primarios presionó sobre los salarios y abarató los precios finales en beneficio de los países importadores.
Todo este proceso de iniquidades en la distribución de las tareas productivas y en el comercio externo ha dado como resultado la concentración de los frutos del progreso tecnológico en los países centrales.
Industrialización y sustitución de importaciones
Por eso la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), desde su primer período doctrinario comprendido entre 1948 y 1955, impulsó con tanto ahínco la industrialización en los países latinoamericanos, primero por la vía de la sustitución de importaciones y después por la de industrialización hacia afuera.
La crítica cepalista sostuvo que una economía especializada en materias primas podía quedar expuesta a precios internacionales inestables, a una menor capacidad de negociación y a una transferencia desigual de los beneficios tecnológicos.
La Argentina actual, con una conducción neoliberal, está decididamente dispuesta a integrarse al mundo dentro de un sistema de división internacional del trabajo. Para ver en qué consiste esta postura es necesario remontarse a los escritos de David Ricardo a principios del siglo XIX.
Con un modelo simplificado de dos países él demuestra que, si cada país se dedica a producir aquello para lo cual tiene ventajas comparativas e intercambian los productos, los pobladores de ambos países se verían ampliamente beneficiados: con menos horas de trabajo obtendrían una mayor cantidad de bienes.
La idea de Ricardo era que Inglaterra, que había iniciado la revolución industrial pocas décadas atrás, era el único país con industrias modernas en el mundo y, por lo tanto, con ventajas comparativas en este rubro, se debía especializar en la manufactura industrial y los demás países en proveedores de materias primas y alimentos y en mercado para la colocación de la producción inglesa.
Claro que no narraba la forma en que había acumulado el capital, desarrollado su manufactura y afianzado su presencia en el intercambio internacional: un fuerte proteccionismo a la manufactura y al comercio inglés, que crecieron debido a la afluencia de oro y plata de América hacia España, lo que impulsó la demanda global de alimentos y manufacturas en el continente europeo e hizo posible la revolución industrial.
Los países hoy desarrollados no escucharon el cuento de Ricardo. Lo rebatieron teórica y prácticamente, aplicando fuerte proteccionismo a sus industrias nacientes: Alemania, Estados Unidos, Francia, Japón y muchos más.
Eso sí, cuando estuvieron desarrollados adhirieron al libre cambio y lo exigieron a los demás países, tal como antes lo había hecho Inglaterra.
La distribución del ingreso en el análisis de Ricardo
Uno de los aspectos centrales de la Economía Política clásica en la inseparabilidad entre los aspectos de producción y los distributivos, entre los mecanismos de generación de riqueza y su distribución.
Ricardo, especialmente, recuerda desde el preámbulo de sus Principios la preocupación esencial por ese “reparto”, explicitando cómo “el problema primordial de la Economía Política” es la “determinación de las leyes que rigen esta distribución” entre los factores que contribuyen a la producción.
Aunque posteriormente adquirieron predicamento en la ortodoxia los enfoques que se centraban en las cuestiones de eficiencia, en los últimos tiempos el peso e impactos crecientes de las fricciones sociopolíticas en buena medida derivadas de insatisfacciones con las desigualdades ha devuelto actualidad a la conexión intrínseca entre eficiencia y equidad, entre competitividad y cohesión social.
El aspecto de la “agenda ricardiana” a destacar serían las estrechas interconexiones entre la creciente apertura comercial y los impactos sobre las vertientes internas, tanto en términos de crecimiento como de distribución del ingreso.
Teoría del valor y salarios
Algunas de sus ideas fueron utilizadas por pensadores como Karl Marx, sobretodo en lo respectivo a la teoría del valor. En ella, David Ricardo plasmó las dificultades que suponían los costes de producción (incluyendo mano de obra) para el comercio internacional, por lo que los salarios de los empleados tendían a ser los necesarios para sobrevivir y reproducirse.
Marx utilizó estos argumentos, concretados en la "ley de hierro de los salarios", para defender la imposibilidad de que los trabajadores pudieran disfrutar de los beneficios del capitalismo.
Según esta teoría, si se establecían salarios superiores a lo necesario, la población aumentaría y los salarios bajarían al haber más oferta. Si por el contrario el sueldo se situaba por debajo de lo básico, la población bajaría y aumentarían los costes de la mano de obra.
Según David Ricardo, el equilibrio se producía por los sueldos de subsistencia que permitieran la reproducción, pero sin situarse por encima de lo necesario.
No obstante, estas rentas estarían por debajo de las percibidas por los terratenientes (que representaban el capital). El valor del trabajo se determinaría por el número de horas que necesitaría hacer un empleado para mantener un sueldo que les permitiera mantenerse a él y a su familia (salario natural), por lo que el trabajo sería la fuente de todo valor.
Efectos de la demografía sobre el salario
En la época en que fue descrita la ley de hierro, la economía agraria estaba muy extendida, así que la explicación podría ser: cuando las tierras más productivas se ocupan de trabajadores, crecía la población y esta se desplazaba a otras tierras menos productivas.
Estos terrenos solo permitían obtener sueldos de subsistencia, por lo que aumentaba la competencia para trabajar las mejores tierras, haciendo que incluso bajaran los salarios de los que las trabajan.
Los sueldos naturales no deberían sufrir grandes oscilaciones por los efectos de la oferta y la demanda de empleo, y la regulación (según la teoría de David Ricardo) vendrían desde el punto de vista demográfico.
La nueva división internacional del trabajo
El avance de la tecnología moderna, sin embargo, ha llevado al mundo desarrollado hacia la etapa postindustrial del capitalismo, en el marco de la sociedad informatizada en la cual la información es la “materia prima” con la que trabajan los ordenadores electrónicos.
El sector de los servicios -especialmente en el área de la computación, la informática y las telecomunicaciones- se ha convertido en el componente más importante del producto interno bruto de esos países. Ha suplantado al sector industrial.
Esto ha modificado el ordenamiento económico tradicional y ha generado una nueva división internacional del trabajo.
La visión tradicional y crítica de la división internacional del trabajo era que los países se especializaban en materias primas o en bienes industrializados. No obstante, con el avance las tecnologías y la interconexión global esta división se aleja de la realidad.
Hoy en día, empresas transnacionales están interesadas en producir bienes industriales en países menos desarrollados puesto que les es más conveniente debido a sus menores costes salariales, menores impuestos u otras ventajas.
De esta forma, los países que antes eran meros productores de materias primas ahora fabrican bienes industrializados mientras los países más avanzados se concentrarían en el desarrollo de tecnología avanzada, servicios especializados y en rentabilizar su capital a través de inversiones nacionales e internacionales.
Los países capitalistas clásicos exportaron capitales, tecnología y manufacturas hacia los países subdesarrollados, al tiempo que adquirieron de ellos materias primas y a veces mano de obra barata. Esta fue la clásica división internacional del trabajo.
Pero después las cosas se modificaron, a conveniencia de los países avanzados, y hoy por medio de las empresas transnacionales exportan tecnología y capitales e importan manufacturas que les es más conveniente producir en los países periféricos de Asia y América Latina debido a la mano de obra más barata, menores exigencias sindicales, baja tributación, bajos costes de producción, restricciones ambientales en los lugares de origen, cercanía de las fuentes de recursos naturales y de los mercados de consumo y debido a otros factores.
Globalización y cadenas globales de valor
Los países desarrollados han entrado a la etapa postindustrial del capitalismo moderno que se caracteriza principalmente por el uso de nuevas tecnologías, por el enorme crecimiento del sector terciario de la economía -el sector de los servicios- y por la producción de un alto volumen de sus mercancías en fábricas montadas fuera de sus territorios.
Las metrópolis han situado en los países de Asia y América Latina una parte de sus instalaciones industriales y producen allí sus manufacturas para venderlas en sus propios mercados y en los del resto el mundo.
Aquí reside el secreto del éxito de los llamados dragones asiáticos: Taiwán, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y las denominadas zonas económicas especiales de China.
Este proceso significa, sin duda, una modificación de la tradicional división internacional del trabajo, puesto que los países desarrollados exportan capitales y tecnología mientras que los del mundo subdesarrollado se han convertido en exportadores de manufacturas.
En el nuevo esquema, la producción de un bien puede dividirse en numerosas etapas localizadas en países distintos. Las tareas de investigación, diseño, fabricación de componentes, ensamblaje, logística, comercialización y servicios posteriores pueden desarrollarse en diferentes territorios.
La división internacional del trabajo también se relaciona con el concepto de cadenas globales de valor en donde las empresas llevan a cabo distintas etapas de su cadena productiva en diversos lugares del mundo.
Offshoring y outsourcing
Consecuentemente, uno de los efectos de la división internacional del trabajo, en la era de la globalización de las economías, son los denominados offshoring y outsourcing.
El offshoring consiste en el desplazamiento de las instalaciones industriales de la empresa de un país desarrollado hacia otro lugar, donde los costes de producción son más baratos -menores salarios, impuestos más bajos, inferiores aportes al seguro social, energía subvencionada, etc.-, para fabricar allí sus productos en términos más competitivos.
El outsourcing, en cambio, es la subcontratación de cualesquier servicios susceptibles de digitalizarse para que un país, que sea un suministrador más barato, rápido y eficiente, asuma la tarea de prestarlos.
Estas operaciones han cobrado dimensiones masivas en China, India, Taiwán, Singapur, Tailandia, Malasia, México y otros países de reciente industrialización que, a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC), dan al mundo la señal de que han asumido el compromiso de someterse a las normas y usos internacionales que regulan las importaciones, exportaciones, transacciones financieras, inversiones extranjeras y demás operaciones mercantiles y financieras usuales en el comercio internacional.
Los grandes empresarios occidentales empezaron a ver que esos países pueden ser socios importantes en las tareas de su producción industrial o de la prestación de servicios y, en consecuencia, volcaron hacia allá sus capitales, tecnologías, industrias y centros productivos.
Dependencia en la nueva estructura productiva
La nueva relación no sólo que no disminuye la eficacia de los factores de dominación de los países ricos sino que, al contrario, por la vía de su optimación tecnológica y de la racionalización de su sistema productivo, ha profundizado las condiciones de dependencia externa de los países pobres no obstante el auge económico de sus modernos enclaves industriales.
En este nuevo orden de cosas dentro de la etapa postindustrial del capitalismo, los países altamente desarrollados tienden a especializarse cada vez más en la producción y exportación de servicios y conocimientos, mientras que algunos de los países del mundo subdesarrollado aumentan sus índices de producción y exportación de manufacturas.
En consecuencia, muchos de los bienes manufacturados que consumen las sociedades desarrolladas proceden de sus sucursales industriales montadas en los países del tercer mundo, con lo cual pueden optimar sus condiciones económicas y medioambientales.
Dimensión ambiental de la división internacional del trabajo
Hay que tener claro que el offshoring y el outsourcing no sólo responden a razones económicas sino también a razones ecológicas.
Dado que las tareas industriales son las que mayor cantidad de sustancias contaminantes emiten, los países industriales, junto con sus instalaciones manufactureras, transfieren las cargas y los riesgos del deterioro ambiental hacia los países del tercer mundo.
Con esa operación disminuyen el peso del sector industrial en el producto interno bruto, bajan su consumo de energía y disminuyen sus emisiones tóxicas.
La localización internacional de las actividades productivas, por tanto, no distribuye únicamente empleos, inversiones y mercancías. También puede distribuir de manera desigual los costes ambientales, las emisiones contaminantes y los riesgos asociados a la actividad industrial.
Comercio internacional y seguridad estratégica
Los debates sobre la apertura comercial están de actualidad: para unos las ventajas del libre comercio que permiten acceder a productos más abundantes y baratos procedentes del exterior son un importante motor de dinamismo que hay que cuidar mientras que otros apelan a la cautela a la vista de acontecimientos recientes que han mostrado la vulnerabilidad de que determinados suministros esenciales dependan de proveedores extranjeros que pueden no cumplir los compromisos con la fluidez prevista.
Asimismo, los temas relativos a la distribución del ingreso se están revelando como importante fuente de fricciones sociopolíticas que pueden amenazar la estabilidad institucional y cuyas conexiones con los cambios tecnológicos y las propias dinámicas comerciales son objeto de controversia.
La crisis del coronavirus ha devuelto a primer plano en la actualidad las apelaciones a argumentos que se traducen en recelos o desconfianzas ante el funcionamiento de un teórico “libre” comercio mundial.
La Unión Europea ha convertido las referencias a su “autonomía estratégica” en un aspecto central de sus planteamientos. China se refiere ahora a la “doble circulación” para explicitar su menor dependencia del comercio internacional y mayor peso de la demanda interna.
En los primeros momentos de la pandemia las medidas comerciales, especialmente en forma de restricciones a las exportaciones de material sanitario -mascarillas, respiradores, etc.- tuvieron un papel protagonista. Posteriormente las fricciones se han trasladado a la producción y distribución de vacunas.
Las justificaciones, explícitas o no, a estos tipos de restricciones retomaba las argumentaciones a las que tuvo que hacer frente Ricardo hace dos siglos en términos de las prioridades de “consideraciones estratégicas”, en su momento relacionadas a los suministros de alimentos y ahora a los de productos vitales para la respuesta médica al coronavirus.
Aunque la presentación más conocida en favor del comercio internacional es la del capítulo 7 de los Principios de Economía Política y Tributación (1817), en un texto amplio anterior habitualmente conocido como “Ensayo de las utilidades” publicado en 1815 Ricardo presentó ya los argumentos en favor del libre comercio de cereales pero explicitó asimismo el contra-argumento más poderoso: “son los peligros de dependencia del suministro extranjero para una parte considerable de nuestros alimentos lo único que puede oponerse a las muchas ventajas que, en nuestras circunstancias, acompañarían a la importación de cereales”.
Ricardo acepta que, pese a su difícil cuantificación, estos riesgos son de dos tipos: a) la privación de “nuestro acostumbrado suministro” en caso de guerra; b) otras circunstancias en que “los países exportadores tendrán medios, y los usarán, para retener la cantidad que habitualmente exportaban a fin de cubrir” sus propias necesidades.
En un documento elaborado por Ricardo cuando ya era parlamentario, para apoyar algunas propuestas de resolución que presentó ante la Cámara de los Comunes, “Protección a la agricultura” (1822), reitera la necesidad de afrontar “una objeción que se formula con frecuencia contra el comercio libre (del trigo) la dependencia en que nos colocaría de los países extranjeros respecto de tan esencial artículo de primera necesidad”.
En el capítulo 19 sobre “Cambios en los canales de comercio” se analiza lo que actualmente se denominarían mecanismos de “ajuste y resiliencia”.
Ante cambios en la asignación de recursos para, en caso de necesidad, producir a nivel nacional productos cuyas importaciones se han visto colapsadas, Ricardo argumenta la conveniencia de mecanismos de compensación que permitieran, con la vuelta a la normalidad de los suministros, evitar una “competencia destructiva”.
Alcance actual de la teoría ricardiana
Los debates contemporáneos muestran que la teoría de Ricardo conserva importancia para analizar la especialización productiva, pero también que sus efectos dependen de las estructuras económicas, la distribución del ingreso, la capacidad tecnológica y el poder de negociación de los países.
Su principio central sostiene que el intercambio puede beneficiar a todos los participantes cuando cada país se especializa de acuerdo con sus costes relativos. Sin embargo, la experiencia histórica de la industrialización, la dependencia y las cadenas globales de valor muestra que los beneficios del comercio no se distribuyen automáticamente de manera equilibrada.
La división internacional del trabajo ha pasado de una estructura basada principalmente en el intercambio de materias primas por manufacturas a otra en la que se combinan servicios avanzados, tecnología, capitales, manufacturas fragmentadas internacionalmente y cadenas globales de valor.
La teoría de la ventaja comparativa sigue siendo una herramienta para comprender por qué comercian los países y cómo pueden aumentar la producción mediante la especialización. Las críticas estructuralistas, distributivas, estratégicas y ambientales permiten examinar quién captura los beneficios del intercambio, quién asume sus costes y qué grado de autonomía conserva cada economía dentro del sistema internacional.

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