La división del pueblo de Israel se produjo después de la muerte de Salomón, cuando diez tribus rechazaron a Roboam y proclamaron rey a Jeroboam. La ruptura tuvo causas religiosas, políticas y sociales: la idolatría de Salomón, los impuestos excesivos, los trabajos forzados, la rivalidad entre tribus y la respuesta autoritaria de Roboam.
El resultado fue la formación de dos reinos: el reino del norte, llamado Israel, gobernado inicialmente por Jeroboam, y el reino del sur, llamado Judá, bajo la dinastía de David. La división debilitó a la nación, provocó conflictos internos, favoreció la idolatría y terminó conduciendo a ambos reinos hacia la derrota, el exilio y la pérdida de su independencia.
El contexto histórico de la división
En el Antiguo Testamento a veces leemos de Judá e Israel como dos naciones separadas y eso puede confundirnos si no comprendemos la historia bíblica que explica este hecho. No mucho después del reinado de Saúl, David y Salomón, el Reino de Israel se divide en dos reinos.
A lo largo de su historia en la Tierra Prometida, los hijos de Israel lucharon contra el conflicto entre las tribus. La falta de unidad se remontaba hasta el patriarca Jacob, que gobernaba una casa dividida. Los hijos de Lea y los hijos de Raquel tuvieron su porción de contienda incluso en vida de Jacob (Génesis 37:1-11).
La enemistad entre los hermanastros continuó en tiempos de los jueces. Benjamín (una de las tribus de Raquel) se armó contra las demás tribus (Jueces 20). El primer rey de Israel, Saúl, era de la tribu de Benjamín. Cuando David fue coronado rey-David era de la tribu de Judá (una de las tribus de Lea)-los benjamitas se rebelaron (2 Samuel 2-3).
Tras una larga guerra (2 Samuel 3:1), David consiguió unir a las doce tribus (5:1-5). Sin embargo, la fragilidad de la unión quedó al descubierto cuando el hijo de David, Absalón, se autopromovió como nuevo rey y apartó a muchos israelitas de su lealtad a David (2 Samuel 15).
De forma significativa, Absalón estableció su trono en Hebrón, el lugar de la antigua capital (v. 10). Una revuelta posterior fue dirigida por un hombre llamado Seba contra David y la tribu de Judá (20:1-2).
La unidad alcanzada por David, por tanto, no eliminó las rivalidades tribales ni las tensiones políticas. El reino unido conservaba conflictos antiguos que volverían a aparecer con mayor fuerza durante el gobierno de Salomón y, sobre todo, durante la sucesión de Roboam.
La causa religiosa: la apostasía de Salomón
En 1 Reyes 11:31-33 leemos que la división de Israel se dio por causa del pecado de idolatría de Salomón, y por designio de Dios, quien cumple sus palabras, tanto de bien como de castigo. Ahías profetizó la división, pero afirmó que no se cumpliría en el reinado de Salomón sino en el de su hijo Roboam (1 R. 11:35-36).
Solo ciento veinte años después que Saúl llegó a ser el primer rey de Israel, la nación se había dividido. ¿Por qué? A causa de la apostasía de Salomón.
Por querer complacer a sus esposas extranjeras, dejó que la idolatría se infiltrase en Israel y edificó ‘lugares altos’ para los dioses falsos. Jehová aborrecía esa mezcla con la adoración pagana, pero por lealtad a su pacto con David, no acabó con la dinastía davídica, sino que decretó la secesión de la nación. (1Re 11:7-13.)
Salomón incumplió las instrucciones para los reyes de Israel y tuvo muchas mujeres (Dt. 17:16-17). Además, despreció el pacto que Dios estableció con él, adorando a dioses falsos después de que terminara de construir el templo (2 Cr. 7:15-22; 1 R. 11:1-13).
La creciente infidelidad de Salomón sembró semillas de división en toda la tierra prometida a Abraham, Isaac y Jacob. El consumo constante de los recursos de Israel por parte de Salomón le permitió construir un gran reino, pero a un alto precio para el pueblo de Dios.
Desde el punto de vista divino, la división fue un juicio por no guardar los mandamientos de Dios, específicamente los mandamientos que prohibían la idolatría. La razón de Dios para la división del reino era definitiva: "por cuanto me han dejado. y no han andado en mis caminos".
La causa social y económica: impuestos y trabajos forzados
Durante el reinado de Salomón se cumplieron todas las profecías de Samuel en cuanto a lo que sucedería si Israel tenía rey. Israel deseaba librarse de las extravagancias de Salomón, las que habían acarreado sobre el pueblo exorbitantes impuestos y trabajos forzados.
El yugo mencionado en este versículo era símbolo de aquella carga. El trabajo forzado para los proyectos reales de construcción no debía continuar. Los impuestos pesados y desiguales que favorecían a Judá tendrían que ser modificados.
En el norte, en Israel, la historia era diferente. Antes de aceptar cualquier hijo de Salomón, debía haber una plática franca en cuanto a ciertas normas de estado que los hombres de los cerros y valles del norte creían discriminatorias y difíciles de soportar.
El nuevo rey tendría que encontrar otra forma de llevar a cabo sus ambiciones personales e imperiales o de algún modo apaciguar sus deseos. En cualquier caso, las tribus del norte se mostraron claramente inclinadas a no soportar la pesada carga que les imponía la monarquía.
Apoyando estas quejas bien concretas se encontraba la fuerza renovada de los ancianos de las tribus. Después de todo Salomón no había destruido completamente su poder.
La petición de las tribus del norte no fue, por tanto, una protesta aislada. Expresaba un descontento acumulado por la explotación económica, la distribución desigual de las cargas y la percepción de que la monarquía beneficiaba especialmente a Judá.
La rivalidad entre Judá y Efraín
Desde los primeros años después del establecimiento de Israel en Canaán, hubo celos entre las dos tribus más poderosas: Efraín y Judá. El hijo de Salomón, Roboam, era el sucesor legítimo al trono, pero las tribus del norte de Israel no lo apoyaron.
Roboam era hijo y sucesor de Salomón (véase 1 Reyes 11:43). Puesto que la madre de Roboam, Naama, era amonita (véase 1 Reyes 14:21), era israelita solamente por su padre. Pero el linaje de la madre era semita ya que los amonitas eran descendientes de Lot, sobrino de Abraham.
Roboam era el sucesor legítimo de Salomón, pero la legitimidad dinástica no bastaba para resolver las tensiones existentes entre el centro monárquico y las tribus del norte. La rivalidad entre Judá y Efraín convertía la sucesión en una cuestión política de primer orden.
Por qué la asamblea se reunió en Siquem
Las diez tribus no acudieron a Jerusalén para respaldar a Roboam, sino que se reunieron en Siquem. Siquem, actual Nabulus, era un lugar donde se realizaban las antiguas reuniones nacionales en la tribu de Efraín (véase Josué 24:1).
Las tribus no tenían derecho a elegir según su gusto a otro rey que no fuera el heredero legal al trono de David; sin embargo, como estaban descontentas con el gobierno de Salomón, no fueron a Jerusalén a rendir honores a Roboam, prefirieron Siquem como lugar de reunión y enviaron a buscar a Jeroboam que se encontraba en Egipto.
Esto mostró claramente que tenían intención de apartarse de la casa real de David. Roboam fue a Siquem porque todo Israel había ido allí para hacerlo rey.
Todo Israel, de acuerdo con lo que sigue, significaba las diez tribus aparte de Judá y Benjamín. El derecho de hacer rey al príncipe elegido por Dios, o sea, ungirlo y rendirle honores, era una antigua tradición en Israel.
Las tribus habían seguido esa tradición no solamente en el caso de Saúl y David (véase 1 Samuel 11:15; 2 Samuel 2:4; 5:3), sino también en el de Salomón (véase 1 Crónicas 29:22).
Las diez tribus de Israel hicieron uso de este derecho cuando Roboam subió al trono; pero en lugar de ir a Jerusalén, residencia del rey y capital del reino, tal como debían haber hecho para rendir honores al heredero legítimo de Salomón, habían ido a Siquem.
En cuanto a la elección de Siquem como lugar para rendir honores, Kimchi ha observado correctamente que 'buscaron una oportunidad para transferir el gobierno a Jeroboam, y por lo tanto no quisieron ir a Jerusalén sino a Siquem, ciudad que pertenecía a Efraín, siendo que Jeroboam era efrainita'.
Si hubiera alguna otra duda al respecto, la misma sería borrada por el hecho de que mandaron buscar a Jeroboam, hijo de Nabat, a fin de que viniera de Egipto, adonde había huido por causa de Salomón (véase 1 Reyes 11:40), para concurrir a esta asamblea.
Esta reunión nacional, en la que Roboam buscó el voto de confianza, fue un acontecimiento de gran importancia, ya que la vida en Israel no volvería a ser la misma después de ese día.

Jeroboam y su papel en la división
Jeroboam era hijo de Nabat, de la tribu de Efraín. Era uno de los doce superintendentes nombrados por Salomón y tenía la supervisión de todos los impuestos y de la mano de obra requeridos por la casa de José (véase 1 Reyes 11:28).
Jeroboam conocía directamente el sistema administrativo y económico de Salomón. Su posición le permitía comprender el descontento de las tribus del norte y convertirse en una figura capaz de canalizar sus demandas.
El profeta Ahías había profetizado que Jeroboam un día tomaría gran parte de la nación israelita. Para ilustrar su profecía, Ahías se quitó el manto y lo partió en doce pedazos.
Entregó diez a Jeroboam y dijo: "Toma para ti los diez pedazos; porque así dijo Jehová Dios de Israel: He aquí que yo rompo el reino de la mano de Salomón, y a ti te daré diez tribus; y él tendrá una tribu por amor a David mi siervo, y por amor a Jerusalén, ciudad que yo he elegido de todas las tribus de Israel" (1 Reyes 11:31-32).
En esta forma profética bosquejó acontecimientos que pronto ocurrirían. Dios le había prometido liderazgo sobre las diez tribus del norte debido a la infidelidad de Salomón.
Cuando Salomón se enteró, envió a matar a Jeroboam y este huyó a Egipto hasta la muerte del rey (1 R. 11:40). Tras la muerte de Salomón, Jeroboam regresó de Egipto y dirigió a un grupo de personas que se enfrentaron a Roboam para exigirle una carga fiscal menor.
El error de Roboam
Después de la muerte de Salomón, Roboam fue a Siquem para tomar posesión como rey de Israel. El pueblo pidió a Roboam que bajase los altos impuestos que su padre había dejado.
Roboam consultó a los ancianos que habían servido a Salomón y después pidió consejo a los jóvenes que habían crecido con él. El episodio descrito en estos versículos demuestra el valor de la edad cuando se necesita un consejo sabio.
Por causa de su experiencia, las personas mayores generalmente son más sabias que las jóvenes. Pero por causa de su gran energía y capacidad de adaptación, los jóvenes pueden ser caudillos de mucha relevancia.
Como regla general es mejor permitir que la sabiduría de los más viejos guíe la energía juvenil. Los ancianos aconsejaron a Roboam que respondiera con benevolencia, sirviera al pueblo y aliviara sus cargas.
Sin embargo, Roboam no aceptó y desafió a la nación. En lugar de escuchar el sabio consejo de los ancianos, Roboam sigue el consejo de sus jóvenes compañeros y amenaza con aumentar su trabajo, lo que provoca una rebelión.
La referencia a escorpiones parece ser una alusión a los azotes o látigos hechos con varias tiras de cuero que tenían trozos de metal en los extremos. Roboam sencillamente estaba anunciando que manejaría con más firmeza que Salomón a las tribus de Israel.
La respuesta de Roboam convirtió una crisis negociable en una ruptura política. La dureza del nuevo rey comunicó a las tribus que no habría reforma económica ni reconocimiento de sus agravios.
La rebelión de las diez tribus
Los que estaban reunidos dejaron bien en claro que no se consideraban más como parte de la casa de David. Se rebelaban contra el dominio de Roboam y fueron adelante a establecer su propio reino.
"A tus tiendas" es una expresión idiomática que significa "¡Vete a casa!" Las tribus del norte retiraron su apoyo a la casa de David y en esencia dijeron: "David, cuida tu propia casa. No nos asociaremos más contigo ni tendremos herencia junto a ti".
Cuando Roboam rechazó la demanda, diez de las tribus rechazaron a Roboam y a la dinastía de David (1 Reyes 12:16), y se cumplió la profecía de Ahías. Las tribus del norte coronaron rey a Jeroboam.
Así se apartó Israel de la casa de David hasta ese momento. El reino del norte se llama "Israel" o, en ocasiones, "Efraín" en las Escrituras, y el reino del sur se llama "Judá".
La división se produjo en 997 a. E.C., cuando la actuación de Rehoboam, el terco hijo de Salomón, incitó a diez tribus a sublevarse y constituirse en un reino aparte.
La composición de los dos reinos
El reino del norte abarcaba sobre todo el norte del país, aunque también comprendía los enclaves simeonitas esparcidos por Judá. Solo permanecieron leales al reino meridional de Judá las tribus de Benjamín y Leví.
La declaración "sin quedar tribu alguna que siguiese la casa de David, sino sólo la tribu de Judá" es verdadera solamente en términos generales. Los miembros de la tribu de Benjamín, largamente asociada con la de Judá, y los levitas que ya vivían en Jerusalén y sus alrededores y que servían en el templo, también deben ser incluidos con Judá.
Además, una vez que Jeroboam instituyó la idolatría, los justos de todas las tribus del norte emigraron al reino de Judá. Por eso, la división política no significó una separación absolutamente limpia de todas las familias y grupos tribales.
Estos "hijos de Israel" son miembros de las diez tribus que se habían venido estableciendo en Judá; y especialmente los de la tribu de Simeón están incluidos entre ellos, siendo que fueron obligados a permanecer en el reino de Judá desde el establecimiento de su territorio.
Estos bien pueden ser contados entre los israelitas que estaban en las ciudades de Judá, ya que al principio todo el territorio que les pertenecía había sido asignado a la tribu de Judá, del cual posteriormente recibieron una porción.
El intento de Roboam y la consolidación de la ruptura
Roboam hizo planes para asaltar a las tribus rebeldes, pero el Señor se lo impidió. Aunque el pueblo de Judá no era un pueblo totalmente justo, sus habitantes se mostraron inclinados, en este caso, a escuchar el consejo del profeta del Señor.
La intervención profética evitó que la división política se transformara inmediatamente en una guerra de reunificación. Sin embargo, la separación no desapareció, y ambos reinos continuaron desarrollándose como entidades rivales.
El capítulo señala que hubo una guerra constante entre Roboam y Jeroboam durante sus reinados, ilustrando aún más la división y el conflicto entre Israel y Judá.
La lapidación de Adoram
Roboam debe de haber pensado que el pueblo no le hablaba con seriedad en cuanto a la rebelión, pues envió a Adoram entre ellos. Como Adoram era quien se encargaba del tributo, probablemente fue enviado a recoger los impuestos de costumbre.
Pero el pueblo, indignado contra el amo que les había dado una respuesta tan cortante ante su solicitud de alivio de sus cargas, apedreó al siervo y le dio muerte.
Enviar a Adoram a recaudar los impuestos cuando la mente pública estaba en tal estado de agitación, particularmente después de haber retirado su apoyo de Roboam, es otra evidencia de la falta de sensatez de Roboam y de su incapacidad para gobernar.
La muerte de Adoram mostró que la ruptura ya no era una simple disputa de palacio. La autoridad fiscal, administrativa y militar de Roboam había dejado de ser reconocida por las tribus del norte.
La causa religiosa de la separación definitiva
Con el reino dividido, las diez tribus no podían adorar convenientemente en el templo de Jerusalén porque Judá controlaba aquella ciudad. Jeroboam, preocupado por mantener a Israel bajo su dominio, programó un nuevo método de adoración que permitiría a su pueblo adorar lejos de Jerusalén.
Como Jeroboán, el primer rey del reino septentrional, temía perder el apoyo popular si sus súbditos continuaban adorando en Jerusalén, fundó su propia religión.
Colocó becerros de oro en Dan, en el límite septentrional, y en Betel, a solo 17 Km. al norte de Jerusalén. También instaló su propio sacerdocio y proclamó sus propios ‘días santos’. (1Re 12:26-33.)
Jeroboam establece un sistema religioso rival, nombrando sacerdotes no levitas y creando nuevas festividades para evitar que los israelitas vayan a Judá a adorar.
Hizo dos becerros de oro en las ciudades del norte e invitó a su pueblo a adorarlos. Dijo al pueblo: "Es mucho para vosotros subir a Jerusalén; he aquí vuestros dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto" (1 Reyes 12:28).
Jeroboam "inventó una religión política, instituyó festividades distintas a las indicadas por el Señor, dio al pueblo ciertos objetos de devoción y se convenció de que sería conveniente y opresivo ir a adorar en Jerusalén. Esta no fue la última vez que la religión llegó a ser un mecanismo del estado para servir a propósitos políticos."

Así, el pueblo de las tribus del norte no tendría ningún contacto con las tribus de Judá y Benjamín. Israel llegó a ser un país dividido en sentido político y religioso.
La creación de su propio culto por parte del Reino del Norte, en directa oposición a la ley de Dios en la Torá, encamina al reino hacia la perdición desde su inicio.
La idolatría y el deterioro espiritual
El reinado de Jeroboam se caracteriza por la desobediencia y la idolatría. A pesar de la oportunidad divina, el miedo de Jeroboam a perder el poder lo llevó a establecer prácticas de adoración idólatras.
El capítulo 13 de 1 Reyes presenta a un profeta de Judá, a menudo referido como el "hombre de Dios", enviado por Dios a Betel para confrontar a Jeroboam durante una de sus ceremonias de adoración falsa.
El profeta declara audazmente que un futuro rey llamado Josías se levantará y destruirá el altar idólatra y a los sacerdotes. Como señal, el altar se parte inmediatamente, y la mano de Jeroboam, que había levantado contra el profeta, se seca.
Jeroboam suplica misericordia, y el profeta ora para que su mano sea restaurada, lo cual sucede. Sin embargo, Jeroboam no se arrepiente de su idolatría.
El capítulo continúa con la historia de la desobediencia del profeta a Dios. A pesar de ser advertido por Dios de no comer ni beber en Betel, el profeta es engañado por un anciano profeta de Betel y acepta su invitación a una comida.
Este acto de desobediencia lleva a que el hombre de Dios sea muerto por un león en su camino a casa. Este trágico evento sirve como advertencia sobre las consecuencias de desobedecer los mandamientos de Dios, incluso para los profetas.
Las acciones de Jeroboam establecieron un precedente de idolatría y desobediencia que afectó al reino del norte de Israel a lo largo de su historia. Su reinado marca el comienzo del declive espiritual de Israel, y es recordado como el rey que "hizo pecar a Israel".
Las consecuencias sobre la dinastía de Jeroboam
El hijo de Jeroboam, Abías, cae gravemente enfermo, y Jeroboam, preocupado por su hijo, envía a su esposa disfrazada al profeta Ahías en Silo.
Ahías entrega un mensaje devastador de parte de Dios. Él condena a Jeroboam por llevar a Israel a la idolatría, adorando becerros de oro y apartándose de los mandamientos de Dios.
Se pronuncia el juicio de Dios: la dinastía de Jeroboam será completamente destruida, y todos sus descendientes varones serán muertos. Ahías también declara que Abías, el hijo enfermo, morirá tan pronto como la esposa de Jeroboam regrese a la ciudad.
Sin embargo, este niño será el único en la familia de Jeroboam que recibirá un entierro adecuado, ya que Dios vio algo bueno en él. Fiel a la profecía, Abías muere tan pronto como su madre entra en la casa, y el pueblo de Israel llora por él.
La continua idolatría de Jeroboam provoca un juicio severo, que conduce a la eventual caída de su dinastía. Su negativa a arrepentirse demuestra cómo la idolatría puede corromper a toda una nación y a sus líderes.
Después de gobernar Israel durante 22 años, Jeroboam muere, y su hijo Nadab lo sucede como rey. El legado de Jeroboam es uno de pecado, y su nombre se vuelve sinónimo de llevar a Israel a la idolatría.
Las consecuencias sobre Judá durante el reinado de Roboam
Mientras tanto, Roboam, hijo de Salomón, reina en Judá. El gobierno de Roboam se caracteriza por el declive moral y espiritual de la nación.
El pueblo de Judá se entrega a la idolatría, construyendo altos lugares, pilares sagrados y postes de Asera, y practicando costumbres detestables, incluyendo la prostitución masculina en los santuarios, similar a las naciones paganas que los rodean.
Esto marca una desviación significativa de la adoración al Dios verdadero. El fracaso de Roboam para guiar a Judá en la fidelidad a Dios resulta en una corrupción e idolatría generalizadas.
En el quinto año del reinado de Roboam, el rey Sisac de Egipto invade Judá. Sisac saquea los tesoros del templo del Señor y del palacio real, llevándose todos los escudos de oro que Salomón había hecho.
Para reemplazarlos, Roboam fabrica escudos de bronce, que son mucho menos valiosos. Estos escudos se usan cuando entra al templo, pero simbolizan la decadencia de la antigua gloria de Judá bajo Salomón.
La invasión de Sisac es una consecuencia directa de la infidelidad de Judá a Dios. La pérdida de los tesoros del templo representa la erosión de la riqueza espiritual y material de Judá, señalando un declive desde la edad de oro de Salomón hacia un período de vulnerabilidad y debilidad.
Después de reinar durante 17 años, Roboam muere y es sepultado en Jerusalén, la ciudad elegida por Dios para Su nombre. Su hijo, Abías, lo sucede como rey y reina solo tres años antes de morir y ser sucedido por su hijo, Asa.
El reinado de Roboam está marcado por el fracaso, tanto en términos de liderazgo espiritual como de estabilidad política. Su muerte simboliza la continua decadencia de la dinastía davídica en Judá, con el reino volviéndose más espiritualmente corrupto e inestable políticamente.
La inestabilidad política del reino del norte
1 Reyes 16 detalla la rápida sucesión de reyes en el reino del norte de Israel, sus reinados pecaminosos y el juicio de Dios contra ellos. El capítulo destaca la inestabilidad política y la profundización de la idolatría durante este período.
Baasa, quien había asesinado al rey Nadab y tomado el trono, es condenado por Dios a través del profeta Jehú. Dios juzga a Baasa por continuar en los caminos idólatras de Jeroboam, lo que conduce a una profecía sobre la destrucción de su dinastía, similar al destino de Jeroboam.
Elá, hijo de Baasa, reina solo dos años antes de ser asesinado por su comandante militar, Zimri, mientras estaba ebrio. Zimri toma el trono.
Zimri mata a todos los descendientes de Baasa para cumplir la profecía, pero reina solo siete días. El ejército israelita, estacionado en Gibbethón, proclama a su comandante Omri como rey.
Zimri, al darse cuenta de su derrota, prende fuego al palacio real y muere en las llamas. Después de su muerte, se produce un conflicto civil entre Omri y otro aspirante, Tibni.
Omri finalmente prevalece, convirtiéndose en rey de Israel y reinando durante 12 años. Omri establece Samaria como la nueva capital de Israel, un movimiento político significativo, pero continúa en la idolatría, "haciendo más mal que todos los que estuvieron antes que él."
El hijo de Omri, Acab, se convierte en rey y reina durante 22 años. Acab es descrito como el rey más malvado hasta entonces, superando los pecados de sus predecesores.
Se casa con Jezabel, una princesa sidonia, e introduce oficialmente el culto a Baal en Israel, construyendo un templo para Baal en Samaria. El reinado de Acab marca un profundo aumento en la idolatría y la rebelión de Israel contra Dios.

La división como fuente de vulnerabilidad externa
Así Israel llegó a ser un país dividido en sentido político y religioso, una tierra vulnerable a las agresiones externas y arruinada por la guerra civil.
Sin enemigos restantes en la tierra, Israel se vuelve contra sí mismo, planteando la pregunta: "¿Reinará la paz alguna vez sobre la tierra donde Abraham moró?"
La separación redujo la capacidad de ambos reinos para actuar como una sola nación. La energía que antes podía dirigirse a la defensa y al desarrollo del territorio se consumió en disputas internas, guerras entre Israel y Judá, luchas dinásticas y conflictos por el control de las fronteras.
La inestabilidad política causada por asesinatos y guerras civiles preparó el escenario para futuros enfrentamientos entre los profetas de Dios y el liderazgo de Israel.
Los reyes posteriores y la persistencia de la división
La correlación histórica de los reyes muestra la larga duración de la ruptura entre Israel y Judá. En Judá gobernaron Roboam, Abiam, Asa, Josafat, Joram, Ocozías, Atalía, Joás, Amasías, Azarías, Jotam, Acaz, Ezequías, Manasés, Amón, Josías, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías.
En Israel gobernaron Jeroboam I, Nadab, Baasa, Elá, Zimri, Tibni, Omri, Acab, Ocozías, Joram, Jehú, Joacaz, Joás, Jeroboam II, Zacarías, Salum, Manahem, Pekaía, Peka y Oseas.
| Reino | Primer gobernante | Centro político | Característica inicial |
|---|---|---|---|
| Reino del norte, Israel | Jeroboam I | Siquem y posteriormente Samaria | Separación política y culto rival |
| Reino del sur, Judá | Roboam | Jerusalén | Continuidad de la dinastía de David |
Las fechas de los reinados representan un consenso de conceptos que los eruditos tienen en común. Es mejor aceptar las fechas como aproximadas, pues pueden diferir un poco de las que se hallan en otras cronologías.
Los profetas frente a la división y la idolatría
A pesar de las advertencias de muchos profetas, ambos reinos se alejan repetidamente de Dios. Los profetas, particularmente Elías y su sucesor Eliseo, juegan un papel fundamental al llamar a los reyes y al pueblo al arrepentimiento.
De todas formas Jehová siguió enviando profetas para exhortar a su pueblo al arrepentimiento. Elías proclama una sequía en Israel como juicio de Dios debido a la idolatría de Acab y la adoración a Baal.
Elías, el profeta, declara que no habrá lluvia en Israel excepto por su palabra, como un juicio de Dios debido a la idolatría de Acab y la adoración a Baal.
Después de la proclamación, Dios instruye a Elías a esconderse junto al arroyo Querit. Los cuervos le traen comida milagrosamente, y él bebe del arroyo hasta que se seca debido a la sequía.
Dios envía a Elías a Sarepta, donde una viuda le provee comida, aunque solo le queda una pequeña cantidad de harina y aceite. Elías promete que sus provisiones no se acabarán, y de hecho, Dios los sostiene milagrosamente durante la sequía.
El hijo de la viuda se enferma y muere. Elías ora a Dios, y el niño es milagrosamente resucitado. Este evento confirma la creencia de la viuda de que Elías es verdaderamente un hombre de Dios.
La presencia de los profetas demuestra que la división no significó el abandono completo del pueblo. El juicio y el llamado al arrepentimiento coexistieron con la proclamación de esperanza y con la posibilidad de corregir el rumbo.
Las consecuencias a largo plazo: caída y exilio
A medida que pasamos de 1 Reyes a 2 Reyes, la historia de Israel continúa desarrollándose con los mismos temas de liderazgo, fidelidad y juicio divino.
Mientras que 1 Reyes narra el ascenso y la caída del rey Salomón y la división del Reino Unido en Israel y Judá, 2 Reyes retoma las luchas continuas de ambas naciones bajo una serie de reyes, muchos de los cuales llevan a su pueblo más lejos de Dios.
El juicio de Dios se cierne sobre su persistente desobediencia. La narrativa en 2 Reyes avanza hacia la inevitable destrucción de Israel y Judá, marcando el fin de su independencia y el comienzo del exilio, pero también señala la soberanía inquebrantable de Dios sobre la historia.
El período del Exilio comienza con la derrota asiria del Reino del Norte de Israel en el 722 a. C. (2 Re 17) y con la derrota babilónica del Reino del Sur de Judá entre el 597 y el 582 a. C. (2 Re 23-25).
Asiria y Babilonia fuerzan a los reinos divididos al exilio. Jerusalén y el Templo son destruidos. La tribu de Judá soporta setenta años de exilio, luego regresa para reconstruir con la guía de Zorobabel, Esdras y Nehemías.
Desde los primeros comienzos de la conquista de Canaán por parte de Israel, quedó claro que la Tierra Prometida le fue dada solo condicionalmente: "Si obedeces los mandamientos de Jehová tu Dios que yo te mando hoy. Jehová tu Dios te bendecirá en la tierra a la cual entras para tomarla en posesión. Pero si tu corazón se aparta. no vivirás mucho tiempo en la tierra que vas a cruzar el Jordán para entrar y poseer" (Dt 30:16-18).
Cuando el pueblo de Dios demostró ser infiel, las consecuencias fueron tal como Moisés había advertido: muchos perecieron en, o fueron sacados de, la tierra sagrada de la Tierra Prometida.
El exilio eliminó lentamente la ceguera del pueblo de Dios a su pecado, permitiéndoles reconocer que su infidelidad a la ley de la alianza fue la causa de su trágica situación.
Con el pueblo de Dios exiliado de la Tierra Prometida, y el Templo incendiado, ya no se podía ofrecer el culto sacrificial de la alianza. Como resultado, la ley y, en particular, los requisitos dietéticos, se convirtieron en el foco de fidelidad para el pueblo de Dios.
Si bien el cautiverio y el exilio de Israel y Judá marcaron el mayor castigo por su traición al pacto, este período también es el telón de fondo de algunas de las promesas más llenas de esperanza pronunciadas al pueblo de Dios.
El regreso y la esperanza de restauración
Promesas de un nuevo pacto escrito en los corazones del pueblo de Dios -de huesos secos que vuelven a la vida y de una restauración del pueblo de Dios y de la tierra- mantuvieron una chispa de esperanza viva en los corazones del remanente fiel.
La gente del Reino del Sur de Judá, los judíos, cuando fueron exiliados a Babilonia, eran vagabundos en sus hogares extranjeros, constantemente conscientes de que eran extraños en una tierra extraña.
Pero después de casi setenta años, muchos de los exiliados judíos habían nacido y crecido en Babilonia y pocos habían visto alguna vez la Ciudad Santa. Muchos conocían Judá y Jerusalén solo por los fragmentos de historias y recuerdos contados y vueltos a contar por padres, abuelos, tías y tíos.
Sin embargo, estas historias tejieron un largo cordón que los conectaba con la Ciudad Santa, manteniendo vivos y aumentando los deseos de muchos de los exiliados de regresar algún día a la tierra sagrada de sus antepasados.
Después de tantos años de exilio, imagine las variadas respuestas de los exiliados cuando en el 538 a. C., Ciro, el rey de Persia, que había conquistado recientemente a los babilonios, emite un decreto que permite a los judíos cautivos regresar a su tierra natal.
Muchos exiliados aceptan la oferta de Ciro y regresan y comienzan a reconstruir, pero no todos. Para algunos, la vida en la tierra extranjera de Babilonia parece más fácil que el largo viaje y el arduo trabajo que les espera a los que regresan.
Hubo tres oleadas del Retorno, una liderada por Zorobabel, otra por Esdras y otra por Nehemías. Cada oleada se puede identificar por una reconstrucción correspondiente, y dividen este período en sus tres actos.
El primer acto se centra en la primera oleada de regreso liderada por Zorobabel, un hombre de ascendencia davídica y el eventual gobernador de Jerusalén, quien dirige a los exiliados en la reconstrucción del Templo.
El segundo acto centra su atención en el segundo movimiento de regreso encabezado por Esdras, un escriba y sacerdote que por su influencia y enseñanza "reconstruye" al pueblo de Judá en los caminos de la Torá de Dios.
Finalmente, el tercer acto se centra en Nehemías, bajo cuyo liderazgo la tercera oleada de retornados reconstruye los muros de la Ciudad Santa.
El regreso a Judá no ocurre de una sola vez; en cambio, los exiliados regresan a lo largo de varias décadas. En los años siguientes, los judíos crecen en fidelidad a Dios.
La división como fenómeno social
Si le damos un vistazo a la sociedad y al mundo en general, se visualiza un mundo fracturado por odios, envidias y discordias. En muchas instituciones las divisiones están a la orden del día, precisamente porque el corazón del hombre y de la mujer está dividido, está mal.
Las divisiones llevan a la ruina a quienes las padecen. Ejemplos abundan. Lo que hay que hacer para sanar esas divisiones es comenzar a sanar las heridas existentes en quienes formamos la sociedad.
Las divisiones existen por falta de madurez humana, por odios, envidias y chismes que nacen en el seno mismo de los grupos, familias, comunidades y en la sociedad en general.
Ese corazón duro se traduce en terquedad y testarudez. Por lo tanto, una virtud que puede ayudarnos para superar las divisiones en la sociedad en general es la humildad.
A algunos líderes del mundo y guatemaltecos les conviene tener una sociedad dividida. Bien reza el refrán: divide y vencerás.
Las respuestas son diversas, pero creo que estamos divididos porque Dios no habita en nuestros corazones. Las divisiones en las instituciones públicas y privadas, religiosas o no, son una expresión de la inmadurez humana, son una consecuencia del corazón del hombre dividido por envidias y discordias.
La división en la familia y en las instituciones
Las divisiones en la familia normalmente se deben a los chismes y a la ambición material de algunos. Hay familias que terminan en los tribunales por un pedazo de tierra.
Hay parejas que terminan divorciadas por un chisme que surgió en una de las familias. Hay hermanos que terminan divididos por el odio guardado en su corazón.
Las divisiones también están dentro de la iglesia. Por lo general las divisiones eclesiales se deben a la inmadurez humana y a la falta de una auténtica comunicación entre sus miembros.
La testarudez y la poca capacidad de diálogo hace que las divisiones se afiancen cada día más en el seno de la iglesia. La humildad es clave para superar las divisiones que se han enraizado en algunos grupos.
Una emoción y una conducta son situaciones totalmente distintas; por ejemplo, podemos sentir ira sin tener derecho a maltratar, o sentir frustración sin insultar.
Validar una emoción no significa justificar una conducta. Validar significa reconocer que existe una emoción que merece ser escuchada, pero eso no significa aceptar insultos, gritos, humillaciones, amenazas, manipulación o cualquier otra forma de maltrato.
Cuando las discusiones se vuelven frecuentes y terminan en amenazas, castigo, miedo y silencios como castigo, eso se convierte en una agresión.
Una relación emocionalmente sana puede entender lo que la otra persona siente, pero no acepta malos tratos ni agresiones a consecuencia de esas emociones.
La unidad como respuesta a la división
El Señor dijo: "Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá". (Mateo 12:25.)
Una de las grandes lecciones de la vida consiste en aprender a vivir en armonía con los demás. Donde no hay armonía, el resultado es miseria y tragedia.
Por otra parte, donde hay armonía, la consecuencia es progreso y felicidad. No solamente se aplica esto a las naciones y a los reinos, sino también a las relaciones personales y familiares.
Las relaciones armoniosas pueden ser desarrolladas y realzadas mediante el entendimiento de las Escrituras y su aplicación.
El gran deseo de Cristo fue y sigue siendo: “que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”, (Jn 17, 21).
Las divisiones desaparecerán cuando las heridas causadas en la niñez se integren y se superen; las divisiones desaparecerán cuando la tolerancia y el respeto ajeno sean el estandarte de todos los ciudadanos; las divisiones desaparecerán cuando nuestra relación con Dios se fortalezca cada día más a través de la oración.
Es importante rogar al Señor que dé sabiduría a nuestros líderes, para que guíen a la grey a estar unida y proclamar bien el mensaje conciliador del evangelio entre Dios y la humanidad (2 Co. 5:19-20).
Así también, esta historia nos habla de la fidelidad de Dios. Después del cisma de Israel, el Señor continuó con su plan de redención para la humanidad.
Este relato apunta a Jesús: el verdadero Hijo de David prometido (2 S. 7). A diferencia de Salomón y Roboam, Cristo cumplió la voluntad de Dios para reunir a un solo pueblo de toda tribu, lengua, y nación, que viva en perfecta paz adorando al Dios verdadero por la eternidad.