Las barras bravas de River Plate no pueden entenderse únicamente como grupos de aficionados apasionados ni como una expresión espontánea del folclore futbolístico. Su relación con la violencia, los negocios, los dirigentes y distintos sectores del poder político y sindical revela una estructura de intereses en la que el deporte queda subordinado al control territorial, la obtención de recursos y la impunidad.
En el caso de River Plate, Los Borrachos del Tablón constituyen la barra brava del club y tienen sus orígenes en la década de 1970. Su presencia excede las tribunas del estadio Monumental: sus integrantes han protagonizado enfrentamientos, disputas internas, viajes financiados por contactos políticos y sindicales, y conflictos vinculados con el control de espacios, entradas, negocios y capacidad de presión dentro y fuera del club.
Qué significa ser hincha y qué significa ser barra brava
Tal como señala Frydenberg (1997), el fútbol fue consolidándose desde principios del siglo XX como una práctica deportiva de los sectores populares, el llamado proceso de popularización. A partir del mismo comenzaron a formarse los primeros espectadores -que eran también protagonistas- del evento deportivo, aunque por fuera de los circuitos oficiales y la lógica de masas.
No hay fútbol sin hinchas, pero tampoco hay fútbol sin periodismo deportivo. Ambos nacen casi simultáneamente. El fútbol y el deporte moderno son contemporáneos del nacimiento de la prensa de masas. Para referirnos a las hinchadas argentinas, o simplemente al concepto hincha, es imprescindible dejar de lado clichés o facilismos.
El término “hincha” no designa una identidad única, estable ni homogénea. Las diversas y disímiles definiciones conllevan a replantear si existe un sentido unívoco o nos encontramos ante un concepto, en términos de García Ferrando (1990), polisémico y mutable.
No existe un único tipo de hincha posible y legítimo. La identidad futbolera se construye a través de prácticas, discursos, afectos, rituales, pertenencias territoriales y formas diversas de participación en la vida del club. Por eso, identificar automáticamente a todo hincha de River con la barra brava supone una simplificación injusta que termina ocultando tanto la pluralidad de la hinchada como la especificidad de las organizaciones violentas.
A su vez, podemos observar la construcción de un hincha ideal por parte de los medios y las publicidades de determinados productos, el cual es encarnado en personas alegres, que asisten al estadio de la mano de sus hijos con gorros y camisetas oficiales. Sin embargo, lo idílico no logra resistir a la multiplicidad de realidades.
Esta imagen idílica de espectadores futbolizados pero racionales se ve amenazada por los otros, las bestias de rigor, los barras bravas, los delincuentes que irrumpen en la arcadia del fútbol argentino [. ]. Marginales, alcoholizados y drogadictos son, según estas descripciones, las excepciones. Son los gérmenes, la enfermedad. Un único remedio puede ser recetado y es su expulsión de la sacrosanta inocencia del fútbol. (Alabarces, 2012, p. 17)
La crítica a las barras bravas de River no debe reproducir esta mirada estigmatizante. Reducir el problema a la existencia de individuos “bárbaros”, “salvajes” o irracionales impide analizar las redes que hacen posible su permanencia y su capacidad de acción. La violencia no aparece aislada de las relaciones institucionales, económicas y políticas que la toleran, la utilizan o la administran.
La transformación histórica de la figura del hincha
En los años '40 se dio una expansión de las cantidades de público, especialmente porque se garantizaban las condiciones edilicias e infraestructura (el fútbol pensado masivamente). Esa expansión se produjo a partir de condiciones sociales y económicas que permitieron el disfrute del tiempo libre en consumos materiales y simbólicos.
A partir de los '50, discursivamente se realizó una conexión esencialista entre los “hinchas”, el pueblo y la nación, permitiendo construir unas taxonomías políticas que, como indica García Canclini, retomando a Bourdieu, “se disfrazan, o se eufemizan, bajo el aspecto de axiomáticos propias de cada campo. Esta es la acción ideológica de la cultura” (1990, p. 41).
Hacia fines de esta década empiezan a detectarse modos más o menos homogéneos de definirlos. Estos insistían en nombrar a los asistentes a las canchas con el término “pueblo”, abandonando su condición peyorativa de marginales. Este pueblo era considerado esencialmente noble, bueno.
En la década del 70, el hincha resulta todavía la encarnación de todo lo bondadoso que puede haber en el fútbol: la entrega, la fidelidad. Esto se evidenció notablemente en el Mundial de 1978 disputado en nuestro país, en el que la estrategia enunciativa radicó en la explotación sin concesiones de un “nosotros” inclusivo, por el que los jugadores, los hinchas, el Estado militar y el pueblo argentino estarían amalgamados.
En los '80 surgió el significante “barrabrava”, que reviste un cariz absolutamente negativo y fue popularizado por los periodistas deportivos para dar cuenta de aquellos sujetos que asistían a las canchas y producían algún acto violento.
A partir de 1983, la violencia aparece desatada, lo cual lleva a imaginar una etapa de “descomposición” del fútbol, que resultaba ser una especie de continuidad de la descomposición social. Se trataba de una caída en la barbarie, es decir del otro lado de la civilización (forajidos, bestias).
Para las crónicas periodísticas, ciertos valores que fundaban la práctica esencial del hincha habían desaparecido. Se observa un paulatino pasaje o transformación de lo carnavalesco a lo violento, degradado.
En los '90, en cambio, la retórica legitimada de la pasión es la marca que distingue al verdadero hincha de fútbol, y es a la vez el único rasgo que puede garantizar su supervivencia, que desde la década anterior, se hallaba estado de descomposición.
Como señala Archetti (2003), el lenguaje de la moralidad es el de las emociones; un discurso sentimental. Esta retórica de los afectos dominada por la pasión está vinculada a colectivos menores que el “pueblo”: el barrio.
Así, dicha pasión se manifiesta en relación con unos colores, es decir, con un club determinado, y no ya con un fútbol nacional. Puede aparecer, por ejemplo, un “pueblo” de River, un “pueblo” de Boca, otro de Gimnasia.
Estamos ante un momento de colectivos fragmentarios, de celebración de las tribus locales, que son a su vez sostenidas por una pasión legítima, porque las afiliaciones afectivas han pasado a ser buenas.
Los medios y la fabricación del estereotipo de la barra
Es decir, qué representaciones se han construido temporalmente, donde los hinchas hacen cosas para ser vistos, por ejemplo, o reinterpretan o transforman sus comportamientos a partir del tratamiento que se hace de ellos en los medios.
En este sentido, el trabajo de Mariana Conde ofrece un análisis de la prensa y sus estereotipos, visibilizando qué actores aparecen en la prensa deportiva y cómo son caracterizados, donde la dinámica de la cultura puede leerse en esta variación (Hall, 1984).
Si efectuamos un análisis de las representaciones periodísticas de la violencia en un recorte temporal de treinta años, tomando casos significativos como la muerte de Hernán Souto (1967), Puerta 12 (1968), el asesinato de Adrián Scaserra (1984) o los de Vallejos y Delgado (1994), hallaremos que los diarios porteños Crónica, Clarín y La Nación, poseen más coincidencias y continuidades que divergencias y rupturas.
Para hablar de los sujetos involucrados en los casos de violencia, la idea central que aparece en las coberturas es la de “inadaptados”. Paralelamente es incluido dentro de un colectivo marcado como ilegal, cuyas prácticas carecen, desde esa visión, de justificativo alguno.
En primer lugar, prevalece la estigmatización criminal, utilizando términos tales como: grupos patoteros, patota, delincuentes organizados, bandas delictivas; términos todos que dan cuenta de un comportamiento presumiblemente alejado de las prácticas cotidianas de una sociedad civilizada.
En segundo término, aparecen categorías que remiten a estados pre-sociales: salvajes, bárbaros, bestias, energúmenos. Respecto a estas coincidencias en los estigmas y clasificaciones, surgen variaciones dependientes del contexto histórico, sobre las cuales los medios no ofrecen explicaciones.
Se limitan a armar listados de adjetivos y colecciones de anécdotas. En ningún momento desarrollan fundamentaciones causales o vinculan los hechos a contextos más amplios, a no ser por el latiguillo de la violencia social, la crisis económica, la crisis de valores o la inseguridad.
Por su parte, la televisión también ha contribuido en la construcción de un hincha estereotipado y, en consecuencia, televisado y televisable. El trabajo realizado por Daniel Salerno, 2005 vinculado a las representaciones de los hinchas y la violencia por parte del programa “El Aguante” evidencia los diversos aspectos que integran una presunta idiosincrasia del hincha, donde los atributos más destacados eran los cánticos y la exhibición de banderas.
El mismo no solo describía, sino que a la vez prescribía: para aparecer en pantalla se debía ser un hincha modelo como lo exigía el programa.
La espectacularización de las tribunas puede convertir la violencia en un elemento de identidad visual. Los cánticos, las banderas, los desplazamientos colectivos y las demostraciones de fuerza pasan a presentarse como signos de autenticidad, aunque detrás de esa puesta en escena existan jerarquías, amenazas, negocios y disputas internas.
Los Borrachos del Tablón y la identidad de River
Los Borrachos del Tablón es la barra brava y hinchada del club de fútbol River Plate de Argentina. Su nombre se vincula con el Club Atlético River Plate, el estadio Monumental de Núñez, la ciudad de Buenos Aires y el Superclásico frente a Boca Juniors.
| Elemento | Descripción |
|---|---|
| Nombre | Los Borrachos del Tablón |
| Data de fundación | Años 70 |
| Club | Club Atlético River Plate |
| Estadio | Monumental de Nuñez |
| Ciudad | Buenos Aires |
| País | Argentina |
| Clásico | Boca Juniors (Superclásico) |
Los altercados ocurridos tras la derrota de River en el estadio Monumental que supusieron su descenso pusieron de nuevo en el primer plano de la actualidad a la barra del club bonaerense, cuyos miembros protagonizaron graves incidentes, tanto en el partido de ida como en el de vuelta.
Tras conocer como se crearon los Borrachos del Tablón y cual es su modus operandi dentro del club, a continuación exponemos que tipo de vinculación relaciona a la barra con la llamada dirigencia política.
La identidad de River no puede reducirse a la acción de su barra. El club reúne socios, familias, filiales, trabajadores, deportistas y públicos con formas diferentes de vivir el fútbol. El problema aparece cuando una organización particular intenta presentarse como la representación auténtica de toda la hinchada y utiliza la identidad colectiva para justificar prácticas coercitivas.
El trabajo de campo con sujetos cuyas identidades se hallan social, cultural y emocionalmente ligadas al Club Atlético River Plate permite observar que las subjetividades futboleras no son meramente discursivas. Las entrevistas, los diálogos, las conversaciones y las charlas informales muestran un entramado más amplio, en el que las preguntas por la violencia y la discriminación resultan inseparables de la construcción identitaria.
La decisión del Gobierno nacional de prohibir la asistencia de público visitante a los estadios, implementándose a partir de septiembre de 2013, modificó las condiciones de esa construcción. La disputa del capital simbólico con el otro se vio invisibilizada e imposibilitada de ser materializada en cada uno de los encuentros ante la ausencia de esos otros interlocutores vitales en el proceso de construcción identitaria.
La violencia como supuesta prueba de autenticidad
La violencia ocupa un lugar central en la discusión sobre la “ética del aguante”. La retórica de la pasión puede convertir la disposición a resistir, enfrentar o soportar agresiones en una prueba de pertenencia y fidelidad.
El uso de la violencia puede presentarse como una práctica legítima dentro del universo simbólico de la hinchada, aunque desde el punto de vista social y jurídico produzca daños, intimidación y exclusión. La frontera entre una práctica considerada legítima por el grupo y una conducta violenta condenable no se define de manera abstracta, sino en relaciones concretas de poder.
El interrogante por el rol de la violencia en el proceso identitario resulta esencial para comprender a las barras bravas de River. La violencia no es solamente un episodio excepcional: puede funcionar como mecanismo de jerarquización interna, forma de control territorial, método de disciplinamiento y recurso para negociar con dirigentes o actores externos.
Frente a la tentación de considerar al barrista como un fanático irracional, resulta más preciso analizar los beneficios materiales y simbólicos que se organizan alrededor de la barra. La pasión, el aguante y los colores pueden operar como lenguaje de legitimación de prácticas cuyo objetivo real es preservar posiciones de poder.
La política del tablón: inmunidad y prebendas
Contrariamente a lo que sucede en Europa, donde los grupos radicales mantienen cierto pósito pseudoideològico, en el fútbol argentino la política no es un elemento característico de las barras bravas.
Más allá del contexto europeo, donde conviven grupos antagónicos de extrema derecha y extrema izquierda junto a otros colectivos de animación no politizados, en Argentina los barristas a pesar de no asumir dichos planteamientos si que mantienen vínculos con el poder político.
La suya es una relación de intereses. Se asocian con la clase dirigente, tanto futbolística como política, únicamente para conseguir inmunidad y prebendas.
A cambio, las barras bravas se convierten en la fuerza de choque del cacique, funcionario o candidato de turno. Esta es la política del tablón.
Los barristas siempre han mantenido vínculos con la política, tanto con el justicialismo de Menem y Kirchner como con el radicalismo identificado con Alfonsín. Su relación se basa en el clientelismo transversal, ya que atañe a todas las hinchadas radicales del país y a todas las opciones políticas y sindicales.
No hay un móvil ideológico que explique sus actuaciones, su única motivación es el dinero.
El golpe de Estado que protagonizó en 1976 la autodenominada Junta Militar que sirvió para derrocar al gobierno presidido por Maria Estela Martínez de Perón, popularmente conocida como Isabelita, permitió los primeros contactos entre las barras bravas y los militares en el poder.
Durante esos años la barra de Quilmes Atlético Club, liderada por Carlos Alberto de Godoy, apodado El Negro Thompson, fue la que cooperó con mayor empeño con los “milicos”. De hecho los barristas cerveceros, nombre con el que se denomina a la hinchada de Quilmes, dieron cobertura al aparato represivo de la dictadura.
Incluso se llegó a organizar un grupo de barristas para que acudieran al Mundial’82 y acallar las posibles manifestaciones de los exiliados opositores al régimen militar.
La derrota inflingida por las tropas británicas precipitó la caída de la Junta militar de gobierno que en 1983 convocó unas elecciones que se saldaron con la victoria de la Unión Cívica Radical de Raúl Alfonsín.
Se iniciaba así un periodo de pacto democrático en la que las barras bravas también jugaron su papel, ejerciendo como fuerzas de choque de los diversos candidatos, realizando pintadas durante la campaña electoral e intimidando a los adversarios.
Durante la presidencia de Alfonsín el barrismo acrecentó sus vínculos con el poder. Entre sus partidarios se encontraban los integrantes de la barra de Argentinos Juniors.
Fue la época en que La Doce, la conocida barra de Boca Juniors, movilizó a sus miembros a favor del llamado Tercer Movimiento Histórico que pretendía regenerar el peronismo de corte más populista bajo el amparo del diputado radical Carlos Bello, amigo íntimo de José Barritta El Abuelo, líder por aquel entonces de La Doce.
También las barras del Club Social y Deportivo Defensa y Justícia de la provincia de Buenos Aires y de Rosario Central tomaron partido por el peronismo.
Pero fue en la década de los noventa, coincidiendo con la eclosión del fútbol como negocio-espectáculo, cuando las barras bravas aumentaron aún más su incidencia social, tanto en las gradas como en los despachos.
Decenas de hinchas obtuvieron un empleo en dependencias estatales mientras otros accedieron a cargos sindicales. Habían entendido que el poder otorgaba impunidad.
Poco importaba quién gobernaba el país. Durante años se convirtieron en los más fieles alfonsinistas, ultramenemistas, delarruaistas, duhaldistas o kirchneristas.
Todo valía para mantener su modo de vida.
Las barras como estructuras económicas
Estas organizaciones, mal llamadas “barras bravas” -en sus orígenes se organizaban social y políticamente y denunciaban la represión en los torneos-, no son grupos de fanáticos, sino empresas criminales.
Su poder no reside en el “aguante al equipo”, sino en el control de cajas millonarias que incluyen la reventa de entradas, la venta de indumentaria no oficial, el manejo de los puestos de comida y bebida, y el control de los estacionamientos.
La guerra en los límites territoriales de Argentina, en las tribunas de Independiente, Colón o River no es por amor a la camiseta, sino una sangrienta disputa por el control de estos territorios y sus rentas, a menudo exacerbada por la necesidad de financiar viajes a eventos como el pasado Mundial.
Esta interpretación permite criticar una idea muy extendida: que las barras actúan únicamente por pasión deportiva. El fervor puede ser real, pero no explica por sí solo la organización jerárquica, la continuidad de las alianzas, la circulación de recursos ni la capacidad de imponer decisiones dentro del estadio.
El control de una tribuna produce autoridad sobre otros hinchas y abre posibilidades de negociación con dirigentes, fuerzas de seguridad, sindicatos y actores políticos. La violencia funciona entonces como un recurso dentro de una economía informal y de un sistema de favores.
Viajes, contactos y demostraciones de poder
Los barras de River viajaron a Colombia y dirán presente en el Campín de Bogotá.
Hasta último momento, la barra brava de River no sabía si viajaba a Colombia para ver el partido del equipo que dirige Eduardo Coudet contra Independiente Santa Fe por la ida de los octavos de final de la Copa Sudamericana.
Porque en realidad eran 150 los que tenían paquete todo pago para el inicio de la serie la semana anterior, pero la postergación por siete días del encuentro tras el terremoto que sacudió la zona norte del hermano país latinoamericano hizo cambiar los planes.
Porque como el aeropuerto de Bogotá seguía operativo, la aerolínea no les aceptó la devolución de los pasajes con lo cual perdieron todo lo invertido. Así que tuvieron que recurrir una vez más a las manos amigas de sus contactos políticos, sindicales y dirigenciales para que les financien el nuevo viaje.
La respuesta fue positiva, pero a medias: ahora la cantidad había bajado a 50 barras. Y después de algunas discusiones esos 50 fueron en dos vuelos distintos a Bogotá ayer a primera hora, para encontrarse todos por la tarde con la cúpula de Los Borrachos del Tablón a la cabeza.
Y una vez que estuvieron todos juntos hicieron lo que ya habían arreglado previamente con sus pares de Millonarios de Colombia: juntarse en el bunker de la barra de este equipo de Bogotá con quienes por la noche compartieron una comida y en el medio de todo eso se fueron hasta el hotel donde se aloja el plantel a hacer una demostración de fuerza.
Lo cierto es que la mayor parte de quienes viajaron a Colombia tienen derecho de admisión pero aunque la Secretaría de Seguridad en Eventos Deportivos de la Nación que encabeza Franco Berlín envió la lista de hinchas con prohibición de concurrencia, Los Borrachos del Tablón no se hicieron problema: a diferencia de otros países como Chile o Paraguay, los cafeteros no aplican la restricción.
Por lo cual además de tener prohibida la presencia en los estadios de fútbol, ahora los capos de la barra de River también van a tener vedada la chance de ingresar al hipódromo.
El episodio muestra una contradicción fundamental: una prohibición formal puede resultar ineficaz cuando no existe coordinación entre jurisdicciones, cuando las restricciones no se aplican fuera del país o cuando los vínculos de la barra permiten reorganizar viajes y accesos.
Disputas internas y fragmentación
Este último punto es importante porque había que dejar muchos barras afuera del viaje y eso había generado tensión interna.
Hubo una reunión en la plaza República de México de Figueroa Alcorta y La Pampa en la previa al partido con Argentinos Juniors del domingo por la tarde donde la discusión fue subiendo de tono porque Líder Barraza y Cadena Galeano exigieron la presencia de su gente y replicaban que zona Norte tenía más boletos para el trayecto.
Finalmente todo se resolvió armónicamente y hubo un reparto equitativo, lo que quedó en claro en la llegada en dos tandas por avión de Los Borrachos a Bogotá y en la presencia de los mismos en el hotel donde concentra el equipo.
La organización interna también aparece vinculada con enfrentamientos entre facciones. El viaje vino precedido de otro hecho de violencia que se había producido el viernes anterior, en este caso en el hipódromo de San Isidro, cuando los hermanos Ferreras junto a otros dos miembros de su grupo se enfrentaron a referentes de otra época de la facción Zona Norte de la barra.
La pelea entre barras en el Hipódromo de San Isidro fue muy fuerte, lo que quedó reflejada en un vídeo y se materializó apenas terminó la jornada hípica.
Por ese motivo la comisión directiva del Jockey Club suspendió momentáneamente a Manso, que es entrenador de caballos y tiene su hábitat de rutina en el stud 30, adónde invitó a pelear a Mauro Ferreras, y lo citó para que haga su descargo antes de tomar una decisión final.
Y también está al salir según le comunicaron desde la Comisión de Carreras a este medio una resolución para ponerle derecho de admisión a los barras que intervinieron en el hecho.
Las disputas internas demuestran que la barra no es un bloque uniforme. Existen liderazgos, zonas, grupos y alianzas que compiten por entradas, viajes, control territorial, acceso a recursos y reconocimiento dentro de la estructura.
El caso de la final de la Copa Libertadores de 2018
La final de la Copa Libertadores en Madrid se recordará “como la tremenda vergüenza del fútbol argentino”, aseguró en una entrevista publicada este viernes el presidente de River Plate, Rodolfo D’Onofrio, que considera partir “en desventaja” respecto a Boca Juniors.
“Fueron 40 o 50 delincuentes que no tienen que estar en el fútbol y hay que exterminarlos para siempre”, dijo D’Onofrio, llamando a las autoridades argentinas a actuar para acabar con las “Barras Bravas”.
El encuentro entre los dos archirivales porteños en la gran final continental despertó pasión en Argentina pero la contienda se vio envuelta en polémica el 24 de noviembre por los incidentes ocurridos en el estadio Monumental de River.
Tras empatar 2-2 en la Bombonera el 11 de noviembre, el partido decisivo quedó aplazado por el ataque con piedras y gases lacrimógenos contra el autobús de Boca Juniors que dejó a dos jugadores xeneizes lesionados.
Después de días de incertidumbre, la Conmebol anunció su traslado a Madrid el 9 de noviembre contra el criterio tanto de Boca, que quería ganar en los despachos, como de River, que reivindicaba mantener la localía.
“River es un damnificado. Acá se les prohibió a 66.000 aficionados, gente que vino de todos los lugares de Argentina y del mundo, a ver esa gran final. Y ahora les pusieron el espectáculo a 10.000 kilómetros. Estamos en desventaja”, lamentó D’Onofrio.
“Al hincha de River le robaron su partido, le robaron la posibilidad de ver la gran final”, insistió.
La frase expresa el perjuicio sufrido por miles de espectadores, pero también permite distinguir entre el hincha común y el grupo que hizo posible el ataque. El daño no recayó solamente sobre Boca Juniors y sus jugadores: afectó a los socios, a las familias, a los trabajadores del club y a todos los aficionados que esperaban asistir al partido en Buenos Aires.
La mayor prueba del fracaso deliberado fue la final de la Copa Libertadores 2018 en el Monumental, cuando la barra atacó el micro de Boca Juniors, forzando la suspensión del partido más importante de la historia del fútbol argentino, frente a un operativo de más de 1.200 policías que, convenientemente, “no vio nada”.
La responsabilidad, por tanto, no se limita a quienes arrojaron piedras. También debe examinarse el funcionamiento del operativo, la actuación de las autoridades, la capacidad de la dirigencia para controlar el estadio y los posibles acuerdos que permiten a los grupos violentos actuar con previsibilidad e impunidad.
El vínculo entre barras, dirigentes y fuerzas de seguridad
Como quedó demostrado una vez más, la Conmebol y las autoridades no pueden garantizar un ambiente propicio para el desarrollo del juego, por sus propios intereses, que atentan contra el disfrute del deporte en el fútbol como esparcimiento familiar y social.
Por el contrario, vienen siendo denunciados por los escenarios donde se desarrollan enfrentamientos violentos con zonas liberadas generadas por la policía.
El Estado, lejos de combatirlas, es el garante de su impunidad. El programa “Tribunas seguras”, símil al “Estadio Seguro” de Chile, es una farsa que se evidencia en cada partido.
Por ejemplo, la detención de 250 barras de River en 2022 no fue una victoria contra la mafia, sino, como se denunció, una movida para facilitar una “transición ordenada” de poder hacia una facción disidente (otra barra).
La crítica no consiste en afirmar que toda intervención policial sea innecesaria, sino en señalar que la presencia de fuerzas de seguridad no garantiza por sí misma la prevención de la violencia. Un operativo puede ser numeroso y, al mismo tiempo, permitir el ingreso, desplazamiento o ataque de una organización.
La ausencia de controles eficaces, la falta de coordinación institucional y la tolerancia selectiva producen una forma de impunidad que fortalece a las barras. Cuando la aplicación de la ley depende de alianzas políticas o de disputas internas, la seguridad deja de funcionar como protección colectiva.
El caso de Independiente y la responsabilidad institucional
Las brutales imágenes del estadio de Independiente recorrieron el continente entero. Para dar un poco de contexto de las responsabilidades de los hechos ocurridos, citamos a La Izquierda Diario Argentina, en el artículo “Avellaneda. Conmebol, dirigencia de Independiente y Policía, responsables del desastre en la cancha”.
“Cuando la Conmebol (la Confederación Sudamericana de Fútbol) dio el visto bueno y habilitó el plan presentado por la dirigencia de Independiente para recibir a alrededor de 3.000 hinchas visitantes de la U, no tuvieron en cuenta en absoluto la posibilidad de agresiones a la que quedaban expuestas ambas parcialidades: la ausencia de un alambrado que evitara una lluvia de objetos entre tribunas (piedras, palos, lo que fuera) y/o inhabilitar algunos sectores para que quedaran espacios vacíos y distantes entre las hinchadas, configuraron un escenario peligroso en sí mismo.”
Los hechos de descomposición y violencia que obligaron a suspender el partido entre Independiente y Universidad de Chile, se viene reiterando a lo largo de los años, en Argentina, en Chile y en innumerables partidos sin distinción nacional.
Lo que se vió en Avellaneda, como se ve cada fin de semana en distintos estadios, es la manifestación pública de mafias organizadas -en connivencia con los directivos de las sociedades anónimas o los empresarios del fútbol- que disputan negocios millonarios con la absoluta venía del poder político, judicial y policial.
La dirigencia de Independiente, el conjunto de la Comisión Directiva con Néstor Grindetti a la cabeza, no solamente tiene la responsabilidad de haber presentado el plan de habilitación del Estadio (. )sino de algo todavía más grave: haber posibilitado por acción o por omisión que la facción oficial de la barrabrava de Independiente se pasee desde la tribuna Santoro baja -donde para habitualmente, la tribuna norte- hasta llegar a la Pavoni alta (tribuna sur en la bandeja de arriba donde se ubicaron los visitantes).
Una centena de barras debieron peregrinar un trayecto equiparable a 4 cuadras de distancia y atravesar varios portones para llegar hasta ahí a desplegar una golpiza criminal contra una treintena de hinchas que no había podido salir todavía.
El único “obstáculo” que encontró la barra eran unos empleados sueltos de la empresa de seguridad privada UP Seguridad, empresa de la que se desconocen gerentes y dueños pero de evidentes vínculos comerciales con esta dirigencia PRO-LLA (La Libertad Avanza, partido de Milei) que les otorgó la concesión.
Mientras la actual dirigencia de Independiente, encabezada por Néstor Grindetti, intenta deslindarse de los hechos culpando a los hinchas de Universidad de Chile, ha surgido un comprometedor audio revelado por el ex presidente del club, Andrés Ducatenzeiler, que apunta directamente a su responsabilidad.
El testimonio, proveniente de un socio presente en el estadio, describe cómo un altercado menor escaló por la nula intervención de la seguridad, pero revela el momento clave: cuando ya se retiraba la parcialidad visitante y solo quedaba un reducido grupo de hinchas de la U de Chile, una turba de unos 200 miembros de la barra brava del ’Rojo’ ingresó para atacarlos salvajemente.
La acusación más grave del audio es que “esta violenta irrupción no fue espontánea, sino una orden directa de la dirigencia, quienes según el testigo, “les abrió la puerta y les dijo ‘vayan a vaciar esa tribuna’”.
Esta revelación, calificada por el propio Ducatenzeiler como la voz de un ‘socio anónimo’ que expone la podredumbre interna, contradice frontalmente la versión oficial del club y sugiere una complicidad criminal en la organización del ataque.
El uso de las barras como grupos de choque
Esta complicidad se extiende a los más altos niveles del poder político y a las burocracias sindicales podridas.
Las barras bravas actúan como mano de obra barata para actos políticos, como grupos de choque en internas partidarias y como patotas para reprimir la organización de los trabajadores.
La acusación pone de relieve una dimensión que supera el espectáculo futbolístico. Una barra puede ser utilizada para movilizar personas, intimidar adversarios, ocupar espacios y ejercer violencia en conflictos que no tienen relación directa con un partido de fútbol.
Los enfrentamientos entre barras explotan un fenómeno más profundo de descomposición social propio del capitalismo, lo que se expresa agudamente en el fútbol en muchas oportunidades con consignas como “matar y morir” por los colores y se ve a los rivales deportivos como enemigos a muerte a los que hay que eliminar físicamente.
Se trata de un clima de descomposición donde se montan las estructuras del poder político y económico para formar sus propios grupos de choque y dividir a los sectores populares y obreros, donde lo deportivo queda en absoluto segundo plano.
El asesinato de Mariano Ferreyra es presentado como una demostración de este tipo de utilización de la violencia, por parte de Favale, líder de la barra brava de Club Defensa y Justicia, contratado para balear a los manifestantes que peleaban por el pase a planta en el ferrocarril Roca.
La existencia de estos vínculos convierte a la barra en un actor funcional para distintos intereses. Su capacidad de intimidación no se limita a la tribuna y puede ser trasladada a campañas electorales, disputas sindicales, conflictos empresariales y enfrentamientos internos.
La disputa política por las responsabilidades
Las acusaciones entre Patricia Bullrich (Ministra de seguridad del gobierno de Milei) y Axel Kicillof (Gobernador Kirchnerista, del Gran Bs As) expone esta red de complicidad y oportunismo político.
Bullrich, no defiende a un club, sino a su presidente y aliado político, Néstor Grindetti. Para ello, lanzó un ataque directo calificando al gobierno de Kicillof de “inútil”, denunciando “fallas graves” en el operativo y afirmando que la Policía Bonaerense recibió la orden de no intervenir.
Cínicamente, vinculó la tragedia a la decisión de permitir el regreso de visitantes en torneos locales (una medida que no aplica a competencias internacionales regidas por Conmebol) para culpar al gobernador y al presidente de la AFA, Claudio Tapia, de montar un “show electoral”.
Con esta jugada, Bullrich desvía la responsabilidad de la dirigencia del club y, de paso, refuerza su carrera por un mayor poder represivo con el argumento de que la solución es más policía y mano dura.
Por otro lado, la respuesta del Ministro de seguridad bonaerense, Javier Alonso, acusó a Bullrich de mentir en “modo campaña” y de desconocer los reglamentos básicos de FIFA y Conmebol.
Alonso devolvió la responsabilidad al origen del problema: la seguridad dentro del estadio, la cual, según él, depende “solamente del organizador del partido”, es decir, del Club Independiente y la Conmebol.
Mientras se desarrolla esta disputa, el directorio del Club Atlético Independiente emitió un comunicado ambiguo: culpó a los hinchas de la U. de Chile por iniciar los disturbios pero admitió “agresiones inaceptables por parte de grupos locales”.
Frente a la tentación de culpar al “otro”, al extranjero, la bandera chovinista es la coartada perfecta para encubrir a los verdaderos responsables.
La verdadera contracara, por tanto, no es la de un país contra otro, sino la del hincha en contraste con el lumpen de la barra brava vinculado a los poderes políticos y empresariales que controlan el fútbol a ambos lados de la cordillera.
Argentina y Chile: expansión regional del fenómeno
Los “barras bravas” son grupos organizados de fanáticos que encuentra en la organización de hinchas un espacio donde afirmar su identidad.
El fenómeno surge en Chile a mediados de la década de 1980, importando el fenómeno de las “torcidas” de Brasil y las “barras bravas” argentinas, aunque otro importante antecedente son los hooligans ingleses, que protagonizan numerosos hechos de violencia en los estadios británicos y europeos en los '80.
Las primeras “barras bravas” organizadas son la “Garra Blanca” y “Los de Abajo”, que apoyan a Colo-Colo y Universidad de Chile, respectivamente.
Marcan una diferencia con las barras que ya existían por entonar cánticos continuamente durante todos los partidos, por su ubicación estratégica en un determinado lugar del estadio y por protagonizar hechos de violencia dentro y fuera de los estadios con barras rivales.
Posteriormente surgen símiles en otros clubes: “Los Cruzados” de Universidad Católica, “Los Panzers”, hinchas de Santiago Wanderers, o “Al Hueso Pirata”, fanáticos de Coquimbo Unido.
Durante la década de los noventa, la aparición de las barras bravas modifican las prácticas sociales que se desarrollaban en los estadios.
El hincha o aficionado deja de asistir a los partidos, monopolizados por los ritos y violencia de las barras, y comienza a ver los partidos y a seguir a sus equipos desde sus casas, en reuniones sociales, en torno a las transmisiones televisivas de los partidos.
A su vez, las prácticas violentas y durísimos enfrentamientos entre las barras bravas, llevaron al Estado a intervenir y desarrollar diversas normas legislativas para detener actos vandálicos.
En 1994 se promulgó la ley 19.327, conocida como Ley de Violencia en los Estadios, y a partir de 2011 se comienza a aplicar el plan Estadio Seguro, dependiente del Ministerio del Interior que, entre otras cosas prohibió el tradicional bombo de las barras.
La comparación regional permite observar que el problema no se limita a River ni a Argentina. Sin embargo, cada contexto presenta relaciones políticas, institucionales y económicas particulares que deben analizarse sin borrar sus diferencias.
La responsabilidad de los clubes y del Estado
Los hechos ocurridos en Avellaneda demuestran la podredumbre de las dirigencias del fútbol trasandino y sus vínculos con el poder político.
Como también lo ocurrido hace pocos meses atrás en el partido de Colo Colo contra Fortaleza mostró brutalmente la crisis del fútbol nacional.
Un fútbol totalmente secuestrado por empresarios inescrupulosos que hacen de la pasión de miles un negocio.
Representantes que secuestran a clubes enteros, o sociedades anónimas que esconden sus verdaderos dueños como ocurre con Azul Azul, vinculados a sectores de la derecha y el piñerismo con Cecilia Pérez, intentando apropiarse de un club que le pertenece a su gente y a sus hinchas.
La crítica a las barras bravas debe ir acompañada de una crítica a los dirigentes que las utilizan, a las empresas de seguridad que no controlan los accesos, a las autoridades que permiten zonas liberadas y a los organismos deportivos que habilitan estadios sin garantizar condiciones mínimas de seguridad.
La responsabilidad institucional tampoco puede diluirse en acusaciones cruzadas. Cuando cada actor culpa a otro, la barra queda protegida por la confusión y las víctimas quedan sin respuestas.
La erradicación de esta violencia no vendrá de más policías, y en esto somos rotundos, especialmente cuando aun sigue quedando impune el asesinato de Mylan y Martina- jovenes hinchas del Colo Colo- por parte de Carabineros de Chile.
Por el contrario, se pone sobre la mesa la necesidad de desmantelar por completo estas estructuras mafiosas, investigando a fondo los vínculos entre barras, dirigentes de clubes, políticos, jueces y fuerzas de seguridad.
El hincha como actor social frente a la barra
Reivindiquemos a los jóvenes de Chacarita que, al ver a Carlos, un jubilado de 75 años con su camiseta de cada aliento en la cancha, ser golpeado por la policía por enfrentar el ajuste de Milei, se autoconvocaron para defenderlo, generando un efecto “dominó” de lazos solidarios inter-hinchadas.
Este “despertar” del hincha como actor social y político, no es un fenómeno excepcional: encuentra su referencia más potente en la revuelta chilena contra los 30 años y el gobierno de Piñera, donde las “hinchadas unidas”, de clubes rivales, de super clásicos, se convirtieron entrecruzados en la primera línea frente a la represión policial.
Estos episodios muestran que la identidad futbolera no conduce inevitablemente a la violencia. Las hinchadas también pueden construir solidaridad, defender a personas agredidas y establecer vínculos por encima de la rivalidad deportiva.
La verdadera oposición a la barra brava no es el hincha pasivo frente al hincha activo. Es la defensa de un fútbol en el que la pasión no sea utilizada para someter a otros, financiar negocios clandestinos o sostener alianzas de impunidad.
La lucha por la solidaridad de clase, se expresa también en el fútbol.
Recuperarla de las fauces descompuestas de las sociedades anónimas, implica su disolución y transparentar los fondos de los clubes, por parte del control directo y democrático de sus socios y trabajadores, como vía para recuperar los clubes en función del deporte, el encuentro social y recreativo.

La erradicación de las barras bravas exige diferenciar entre la cultura popular de las tribunas y las estructuras que monopolizan la violencia. Los cánticos, las banderas, la memoria del club y la reunión entre hinchas forman parte de la experiencia futbolística, pero no justifican amenazas, agresiones, negocios opacos ni pactos con dirigentes y funcionarios.
En el caso de River Plate, la crítica debe dirigirse contra la conversión de la identidad riverplatense en una herramienta de control. Ninguna organización puede arrogarse el derecho de hablar en nombre de todos los hinchas, y ninguna institución puede aceptar que la pasión sea utilizada como cobertura para preservar privilegios.
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El problema no se resuelve con la demonización de todos los aficionados ni con operativos policiales aislados. Requiere investigar las redes de financiamiento, garantizar controles independientes, sancionar a quienes organizan ataques, transparentar la gestión de los clubes y proteger a los hinchas que desean asistir al estadio sin someterse a la intimidación.
La oposición entre fútbol y barra brava no debe confundirse con una oposición entre pasión y seguridad. Un fútbol apasionado puede ser también democrático, familiar y social; lo que resulta incompatible con ese objetivo es la violencia organizada, la impunidad y la subordinación del deporte a intereses políticos y económicos.