La libertad es un don de Dios y un signo eminente de la imagen divina en el ser humano. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a Él, alcance la plena y bienaventurada perfección.
La verdadera libertad no consiste únicamente en poder elegir entre varias opciones, sino en adherirse autónomamente al bien. Por eso, la libertad está unida al amor, a la responsabilidad, al respeto de los demás y a la búsqueda de la verdad; en el ámbito religioso, incluye el derecho de adorar o no adorar, cambiar de religión, manifestar las propias convicciones y vivir de acuerdo con ellas sin coacción.
1. Dios creó al hombre libre
La Sagrada Escritura nos dice que Dios creó al hombre como un ser libre. «Él fue quien al principio hizo al hombre, y le dejó en manos de su propio albedrío. Si tú quieres, guardarás los mandamientos, para permanecer fiel a su beneplácito. Él te ha puesto delante fuego y agua, a donde quieras puedes llevar tu mano. Ante los hombres está la vida y la muerte, lo que prefiera cada cual, se le dará»[1]. La Iglesia considera que la libertad «es signo eminente de la imagen divina en el hombre»[2].
Y a la vez nos enseña por qué y para qué se nos dio la libertad: «Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección»[3]. Creando al hombre a su imagen y semejanza, Dios pone por obra su designio de crear seres que sean capaces de participar de su misma vida divina y de entrar en comunión con Él.
Para que los hombres puedan adherirse libremente a Dios, como dice la constitución Gaudium et spes, es necesario que los hombres sean libres, es decir, capaces de conocer y de afirmar autónomamente el bien. Esto comporta en el hombre, que es un ser finito y falible, la triste posibilidad de hacer mal uso de la libertad que Dios le ha dado, negando el bien y afirmando el mal.
Pero si no fuese verdaderamente libre, el hombre no podría participar en la felicidad divina, que consiste en conocer y amar el Sumo Bien que es Dios mismo. Los astros siguen con toda exactitud las leyes que Dios les ha dado, pero no pueden conocer y amar, y por ello no pueden participar de la felicidad de Dios.
Como escribe san Josemaría, «sólo nosotros, los hombres -no hablo aquí de los ángeles- nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad»[4]. La participación de los hombres en la bienaventuranza divina es un bien tan grande y tan deseado por el Amor divino, que Dios ha querido correr el riesgo de la libertad humana.
2. Las dimensiones de la libertad humana
La libertad humana tiene varias dimensiones. La libertad de coacción es la que goza la persona que puede realizar externamente lo que ha decidido hacer, sin imposición o impedimentos de agentes externos.
Generalmente se entiende de este modo la libertad en el ámbito del derecho y de la política: así se habla de libertad de expresión, de libertad de reunión, etc., para significar que nadie puede impedir legítimamente a una persona expresar su pensamiento o reunirse con quien desee, siempre dentro de los límites establecidos por las leyes. Carecen de esta libertad, por ejemplo, los presos y los prisioneros de guerra.
La libertad de elección o libertad psicológica significa la ausencia de necesidad interna para elegir una cosa u otra; no se refiere ya a la posibilidad de hacer, sino a la de decidir autónomamente, sin estar sujeto a un determinismo interior, es decir, sin que una fuerza interna diferente de la voluntad lleve a elegir necesariamente una cosa impidiendo elegir las otras posibles alternativas.
La libertad psicológica es capacidad de autodeterminación. Ciertas enfermedades mentales agudas, algunas drogas o un estado de mucha agitación -ante un incendio, por ejemplo- pueden privar total o parcialmente de la libertad psicológica.
La libertad moral es la libertad de que goza la persona que no está esclavizada por las malas pasiones, por los vicios o por el pecado. Entendida en este sentido, la libertad no es tanto una propiedad natural de la persona cuanto una conquista, fruto de la educación, de las virtudes morales poseídas y de la gracia de Dios.
La Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia hablan con frecuencia de la libertad en este sentido, al decir que Cristo nos hace libres.
| Dimensión | Significado |
|---|---|
| Libertad de coacción | Posibilidad de realizar externamente lo decidido sin imposiciones o impedimentos externos. |
| Libertad psicológica | Capacidad de decidir autónomamente sin un determinismo interior. |
| Libertad moral | Capacidad de no estar esclavizado por las malas pasiones, los vicios o el pecado. |
3. La esencia de la libertad
En las tres dimensiones que se acaban de explicar la libertad aparece como negación de algo. La libertad niega la existencia de impedimentos exteriores para obrar, de condicionamientos interiores para elegir, y de obstáculos morales para ejercerla rectamente.
La ausencia de estos impedimentos, condicionamientos y obstáculos es un requisito para que el hombre sea libre, pero no manifiesta la esencia positiva de la libertad. Dios es libre, y su libertad no puede ser la negación de condicionamientos exteriores ni interiores que ni tiene ni puede tener.
La libertad ha de consistir en algo diferente de la mera ausencia de condicionamientos determinantes. En efecto, la esencia de la libertad -lo que ha de darse necesariamente para que haya libertad- y su acto propio es la autónoma adhesión al bien, es decir, el amor del bien, que es el acto por excelencia de la libertad.
Libertad y amor están unidos: no hay amor verdadero que no sea libre, ni verdadera libertad que no se ejercite como amor hacia algo o hacia alguien. La libertad de Dios, la de Cristo y la de los hombres se expresa como reconocimiento y amor del bien en cuanto tal, por la sola razón de que es bueno.
La autónoma adhesión al bien, mucho más que la posibilidad de elegir entre varias alternativas, expresa la esencia de la libertad. Para una buena madre no amar a su hijo no se presenta como una alternativa posible, pero no por eso el amor a su hijo deja de ser una elección libre.
Tampoco el sacrificio que ese amor puede comportar disminuye su libertad. Así lo expresa san Josemaría: «Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad.
Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad»[5].
El sacrificio y la entrega a lo que se ama son expresión de la libertad, porque son sacrificio y entrega que nacen del amor, y el amor no puede no ser libre. En la oración en el huerto de los olivos, costó mucho a Cristo cargar con los pecados humanos y afrontar su Pasión redentora, pero Cristo entregó libremente su vida: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente»[6].
Además, en nosotros la inclinación al mal debida al pecado original puede hacer más costosa la libre adhesión al bien. Como decía san Josemaría, «la oposición entre libertad y entrega es señal inequívoca de que el amor está vacilante, pues en él reside la libertad»[7].
Si no hubiese una autónoma adhesión al bien que requiere sacrificio, si no se amase verdaderamente el bien que comporta sacrificio, entonces sí habría oposición entre la libertad y la entrega que ese bien comporta.
«Querría grabarlo a fuego en cada uno: la libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad sólo puede entregarse por amor; otra clase de desprendimiento no la concibo.
No es un juego de palabras, más o menos acertado. En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios»[8].
4. La libertad desde el punto de vista histórico-salvífico
La Sagrada Escritura considera la libertad humana desde la perspectiva de la historia de la salvación. A causa de la primera caída, la libertad que el hombre había recibido de Dios quedó sometida a la esclavitud del pecado, aunque no se corrompió por completo[9].
San Pablo afirma claramente, sobre todo en la Carta a los Romanos, que el pecado que se introdujo en el mundo a raíz del pecado de Adán es más fuerte que la inteligencia y la voluntad humanas, e incluso que la ley de Moisés, que enseñaba lo que hay que hacer pero no daba la fuerza para hacerlo siempre.
Cada uno de los pecados humanos son un acto libre, de lo contrario no serían pecados, pero la fuerza del pecado se manifiesta en que de hecho, y considerando las cosas en conjunto, los hombres, sin la gracia de Cristo, no conseguirán evitar el pecado siempre, porque tienen oscurecida la inteligencia y debilitada la voluntad.
Por su Cruz gloriosa, anunciada y preparada por la economía del Antiguo Testamento, «Cristo obtuvo la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud»[10].
Con la gracia de Cristo los hombres pueden evitar el pecado, como se ve no solo en la vida de los santos canonizados, sino en la de tantos cristianos que viven en gracia y evitan los pecados graves e incluso casi siempre los veniales deliberados.
Colaborando con la gracia que Dios da por medio de Cristo el hombre puede gozar de la plena libertad en sentido moral: «para ser libres nos liberó Cristo»[11]. La posibilidad de que el hombre pecara no hizo que Dios renunciase a crearlo libre.
La necesidad que tiene el hombre de ser libre para ser feliz hace que Dios se tome en serio la libertad humana y las consecuencias que nuestros actos libres tienen en el tiempo[12]. El modo en el que se ha llevado a cabo la redención mediante la sangre de Cristo[13], confirma el valor y el respeto de Dios a la libertad humana.
Nuestra libertad es verdadera libertad, su ejercicio tiene un gran valor, positivo o negativo, y comporta una responsabilidad.
5. La libertad y el bien moral
Como se ha dicho, la libertad está dirigida al bien moral de modo que su posesión hace feliz al hombre. Para ayudar a reconocer y adherirse a ese bien, el hombre tiene a su disposición la ley moral, que es la capacidad de discernir lo bueno y lo malo de la realidad según los planes de Dios, que siempre son buenos.
Las demás leyes humanas también conducen al bien cuando están en armonía con la ley moral. De todos modos, a veces, algunos consideran que la ley ya determina su libertad, como si la libertad empezase donde acaba la ley y viceversa.
La realidad es que el comportamiento libre lo regula cada persona según el conocimiento que tiene del bien y del mal: libremente realiza lo que conoce como bueno y libremente evita lo que ve como malo. La ley moral es como una luz para facilitar la elección de lo bueno y evitar lo malo.
Por esto, lo que se opone a la ley moral es el pecado, no la libertad. La ley ciertamente indica que es necesario corregir los deseos de realizar acciones pecaminosas que una persona puede experimentar: los deseos de venganza, de violencia, de robar, etc., pero esa indicación moral no se opone a la libertad, que mira siempre a la afirmación libre de lo bueno por parte de las personas, ni supone tampoco una coacción de la libertad, que siempre conserva la triste posibilidad de pecar.
«Obrar mal no es una liberación, sino una esclavitud [. ] Manifestará quizá que se ha comportado conforme a sus preferencias, pero no logrará pronunciar la voz de la verdadera libertad: porque se ha hecho esclavo de aquello por lo que se ha decidido, y se ha decidido por lo peor, por la ausencia de Dios, y allí no hay libertad»[14].
Una cuestión distinta es que las leyes y reglamentos humanos, a causa de la generalidad y concisión de los términos con que se expresan, puedan no ser en algún caso particular un fiel indicador de lo que una persona determinada debe hacer. La persona bien formada sabe que en esos casos concretos ha de hacer lo que sabe con certeza que es bueno[15].
Pero no existe ningún caso en el que sea bueno realizar las acciones intrínsecamente malas, es decir, acciones prohibidas por los preceptos negativos de la ley moral natural o de la ley divino-positiva -adulterio, homicidio deliberado, etc.-[16].
Como se ha dicho antes, el hombre puede usar mal de su libertad, porque tanto su conocimiento como su voluntad son falibles. A veces la conciencia moral se equivoca, y considera como bueno lo que en realidad es malo, o como malo lo que en realidad no es malo.
Por eso, el recto uso de la libertad y el obrar según la propia conciencia no son siempre la misma cosa, a causa del posible error de la conciencia. De ahí la importancia de formarla bien, de manera que sea posible evitar los errores de juicio en que frecuentemente incurren las personas que tienen poca formación o, más aún, las que tienen convicciones deformadas por el vicio, la ignorancia o la superficialidad.
6. La libertad religiosa como expresión de la libertad humana
La libertad religiosa es la libertad de adorar o no adorar a cualquier deidad que uno elija de la manera que uno elija. La libertad religiosa ha sido una rareza en la mayoría de las naciones a lo largo de la historia.
En la mayoría de los países, la libertad religiosa de un grupo se niega a menudo en beneficio de otro grupo, y esa es una de las razones por las que las sociedades libres protegen cuidadosamente la separación de la Iglesia y el Estado.
Eliminar el control autoritario de la celebración de la religión es un principio fundamental de la sociedad estadounidense, que tradicionalmente ha considerado que la libertad religiosa no es solo un privilegio, sino un derecho otorgado por Dios.
Los fundamentos del ideal democrático de la libertad religiosa tienen sus raíces en la Biblia. Dios mismo extiende una "libertad de religión" a las personas, y la Biblia tiene varios ejemplos de Dios dando a los hombres la libertad de elegirle o rechazarle, por ejemplo, Lucas 18:18-25.
La fe se ordena, pero no se coacciona. Parte de la semejanza de Dios en el hombre es la volición, es decir, la capacidad de elegir. Dios respeta nuestras elecciones y nos da libertad para tomar decisiones sobre nuestro futuro, aunque tomemos decisiones equivocadas.
Basándose en estos principios, los cristianos creen que el culto religioso debe ser una cuestión de conciencia. Lo que haga o deje de hacer el gobierno no tiene relación con los asuntos del corazón.
La libertad de culto abarca no solo el derecho de adorar libremente, sino también el derecho de hablar y de actuar con base en las creencias religiosas propias. La libertad de culto garantiza que las personas puedan ejercer su albedrío en las cuestiones religiosas.
La libertad religiosa salvaguarda el derecho de toda persona a tener sus propias creencias religiosas, y a expresarlas abiertamente y sin temor a persecuciones ni a que se le niegue la igualdad de derechos con sus conciudadanos.
Además, garantiza que las personas puedan elegir o cambiar su religión, enseñarla a sus hijos, recibir y divulgar información religiosa, reunirse con otros para adorar y participar en las ceremonias y prácticas de su religión libremente.
Protege a las personas de la discriminación con base en la religión en lo tocante a lo laboral, al acceso a la vivienda y a otros servicios básicos, y evita que se les niegue el derecho de tener un negocio, una ocupación o una licencia profesional.
La libertad religiosa en la Biblia
La libertad religiosa es un sueño inimaginable para millones de cristianos de todo el mundo. Algunos deben reunirse en secreto y, si son descubiertos, podrían ser encarcelados o asesinados.
Otros saben que en el momento en que anuncien su lealtad a Cristo, sus familias les repudiarán, les quitarán a sus esposas e hijos y se quedarán sin nada. Muchos más de nuestros hermanos y hermanas en Cristo languidecen en prisiones asquerosas, sufriendo palizas diarias, hambre, frío y enfermedad, simplemente porque no reniegan de Cristo.
La libertad religiosa nunca ha formado parte de su experiencia, así que no la esperan. A pesar de las consecuencias, están dispuestos a renunciar a todo para seguir a Jesús (2 Timoteo 3:12: Filipenses 1:29).
La Iglesia nació en una sociedad que permitía la libertad religiosa, dentro de unos límites. Pero, a medida que la Iglesia crecía, se intensificaba la persecución de los cristianos.
La mayor parte del Nuevo Testamento se escribió a y para personas que sufrían persecución por su decisión de seguir a Cristo (Hechos 8:1). A pesar de las crueles acciones hacia ellos, sancionadas por las autoridades, se animaba a los cristianos a mantenerse firmes en la fe y a orar por sus enemigos (1 Pedro 3:14; 1 Timoteo 2:2).
Uno de los pasajes clave de la obediencia civil, Romanos 13:4-5, fue escrito por un hombre que en ese momento sufría persecución legal por predicar el Evangelio.
La Iglesia nació en una época de agitación religiosa y creció hasta la madurez sobre la sangre de sus mártires (Hechos 7:54-58; 12:2). La Iglesia sigue extendiéndose incluso en las regiones más opuestas a ella, y lo hace delante de las narices de tiranos y dictadores incapaces de detenerla.
La verdad brilla más en los lugares más oscuros. Los cristianos que gozan de libertad religiosa no deben malgastar el sagrado derecho de la libertad, sino dar gracias al Señor por ella y utilizarla para promover la obra de Dios en este mundo.
La libertad religiosa protege la conciencia personal y permite vivir la fe en público y en privado.La libertad religiosa como derecho humano
La libertad religiosa es un derecho fundamental del ser humano que está recogido en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.
Este derecho esencial adquiere su expresión madura en el artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión […], así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.”
La libertad religiosa es la libertad más antigua y arraigada en la legislación internacional de los derechos humanos y es esencial para toda la estructura de los derechos humanos.
Se reconoce ampliamente que la libertad religiosa es la “abuela” de todos los derechos humanos, reconocida por primera vez en tratados internacionales que se remontan a la Paz de Augsburgo en 1555, que estableció que la religión de una región sería determinada por el gobernante de esta y no por fuerzas externas.
Este principio condujo gradualmente a la protección de las minorías religiosas y, en última instancia, a la protección de la libertad religiosa como un derecho humano fundamental del individuo.
Como se señaló, muchos otros derechos están estrechamente asociados con la libertad religiosa. Por ejemplo, la libertad de prensa tiene sus raíces en las luchas por el derecho a imprimir la Biblia; la libertad de asociación se origina en las pugnas por los derechos de los grupos religiosos a reunirse; la libertad de expresión se basa en los debates sobre la ortodoxia religiosa; y la libertad de conciencia procede de las disputas sobre el derecho de las minorías religiosas, como los cuáqueros, a estar exentas del servicio militar.
La cultura de los derechos humanos se marchitará si se desgaja de las raíces de libertad religiosa que la nutren. La libertad religiosa es esencial para toda la red de protecciones de los derechos humanos que sirve como baluarte contra el autoritarismo y las violaciones de los derechos humanos.
Dignidad humana, pluralismo y paz
La libertad religiosa es esencial para proteger la dignidad humana. Para millones de creyentes de diversos orígenes religiosos, la religión no es un hobby, un pasatiempo ni un club social.
Es, más bien, el fundamento de nuestra vida y el centro mismo de nuestra identidad. Nuestra identidad religiosa constituye quiénes somos y cómo entendemos el propósito de la vida, el significado de la muerte y nuestra esperanza en lo que hay más allá de esta jornada terrenal.
La religión es fundamental para las tradiciones y prácticas familiares y comunitarias que sostienen y dan sentido a nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte.
El dar un nombre y bendecir a los niños, las ceremonias de mayoría de edad; la adoración en el día de reposo y las oraciones diarias; los rituales de matrimonio; los ritos funerarios son, junto con muchas otras prácticas religiosas, el ritmo de nuestra vida.
Nuestras confesiones e instituciones religiosas son lugares de pertenencia donde nos reunimos en compañía y fortaleza con nuestros hermanos creyentes. Los lugares de adoración, las escuelas y universidades religiosas, las organizaciones benéficas y otras instituciones religiosas son esenciales para nuestras comunidades religiosas.
El hecho de que el Estado no brinde protección legal para estos y muchos otros aspectos fundamentales de la vida religiosa supone un grave perjuicio para sus ciudadanos religiosos. Ninguna democracia liberal puede ser libre y respetar la dignidad humana de todos sus ciudadanos si no da cabida al derecho -y si no lo protege- de practicar libremente la propia religión.
La libertad religiosa promueve el pluralismo y la paz. Durante siglos, la gente ha luchado por sus diferencias religiosas, a menudo con el gobierno reprimiendo una religión en nombre de otra.
La libertad religiosa ha permitido que personas de diversas tradiciones y confesiones religiosas vivan juntas en paz y amistad a pesar de profundos desacuerdos. La historia de la libertad religiosa demuestra que el respeto engendra respeto.
Los gobiernos que protegen la libertad religiosa tienen menos conflictos sociales y mayores niveles de cohesión social. El respeto por la libertad religiosa infunde a la sociedad un espíritu de respeto por las diferentes opiniones y formas de vida.
Las personas que saben cómo vivir de forma pacífica y respetuosa a pesar de las diferencias religiosas tienen más probabilidades de vivir de forma pacífica y respetuosa a pesar de otras diferencias, entre ellas las diferentes creencias seculares sobre el matrimonio, la familia, el género y la sexualidad.
La libertad religiosa es la base de una nación más inclusiva, tolerante y pacífica.
Separación de la Iglesia y el Estado
La libertad religiosa facilita una adecuada separación de la Iglesia y el Estado, que evita toda justificación de la hostilidad secular hacia la religión.
En una democracia liberal, los poderes del Estado no deben ser ejercidos directamente o dominados por una religión a expensas de los derechos y libertades de otras. A su vez, el gobierno no debe interferir con los asuntos religiosos internos de las organizaciones religiosas.
Tampoco se debe negar a las personas religiosas el derecho de todos los ciudadanos de expresar sus opiniones y apoyar políticas que promuevan el bien de la nación tal como ellos lo entiendan.
En este equilibrio, los legisladores deben esforzarse por no adoptar un laicismo agresivo que expulse las creencias religiosas de la conversación democrática o margine la función de la religión en la sociedad.
Por el contrario, deben buscar una laicidad que incluye y respeta la religión, basada en el mismo respeto hacia las personas y los puntos de vista religiosos como los no religiosos, donde ninguna religión ni ideología domine oficialmente el estado.
Una libertad religiosa generosa e inclusiva tiene muchas más probabilidades de conducir a un pluralismo duradero que una secularidad rígida e ideológica que oprima a la religión y a los creyentes religiosos.
La libertad religiosa y el servicio a los demás
La libertad religiosa permite a las diversas comunidades religiosas seguir prestando servicios fundamentales a la sociedad y a sus integrantes más desfavorecidos.
Motivados por su fe, las personas y las organizaciones religiosas alimentan y visten a los pobres, dan cobijo a los desamparados, protegen y consuelan a los maltratados, cuidan de los enfermos y discapacitados, encuentran hogares para los niños huérfanos y abandonados, educan a los niños y llevan a cabo muchos otros servicios sociales esenciales.
Las personas y las instituciones religiosas no están solas en estos esfuerzos, por supuesto, pero sus contribuciones son esenciales para la vida de millones de personas en toda Latinoamérica.
Estos actos de bondad y caridad forman parte integral de nuestra fe. En la tradición cristiana, Santiago, el apóstol de la antigüedad, escribió que la “religión pura” es “[v]isitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Santiago1:27).
Lo mismo ocurre con otras religiones. Nuestro servicio a los demás surge de nuestro amor a Dios y a nuestro prójimo. La libertad religiosa nos permite servir de maneras que son consistentes con la fe que nos motivó a servir en primer lugar.
Sin libertad de religión, muchos no podrían servir como lo hacen. Las personas de fe necesitan libertad religiosa para tener espacio para servir a los demás.
La búsqueda de la verdad y el significado de la vida
La libertad religiosa nos permite a todos, ya sean religiosos o no, buscar libremente la verdad y el significado de la vida y vivir en consecuencia.
En el corazón de la libertad religiosa está la realidad de que la fe en Dios no puede ser coaccionada. Cada uno de nosotros debe ser libre para encontrar y aceptar la fe, e incluso para rechazarla, en su propio tiempo y en sus propios términos.
Lo mismo ocurre con la creencia en ideologías seculares. La libertad religiosa es un obstáculo poderoso contra la imposición por parte del Estado de creencias en cuanto a Dios y a cualquier otra cosa.
Dondequiera que nuestra búsqueda de la verdad nos lleve en última instancia, insto a todos nosotros a proteger firmemente la libertad que hace posible esta búsqueda.
7. El respeto de la libertad
De todo lo dicho hasta ahora se desprende que la libertad es un gran don de Dios, que comporta una enorme responsabilidad personal, y que los hombres -las autoridades humanas, civiles y eclesiásticas- no deben limitar más allá de lo exigido por la justicia y por claros imperativos del bien común de la sociedad civil y de la eclesiástica.
A este propósito escribía san Josemaría: «Es necesario amar la libertad. Evitad ese abuso que parece exasperado en nuestros tiempos -está patente y se sigue manifestando de hecho en naciones de todo el mundo- que revela el deseo, contrario a la lícita independencia de los hombres, de obligar a todos a formar un solo grupo en lo que es opinable, a crear como dogmas doctrinales temporales; y a defender ese falso criterio con intentos y propaganda de naturaleza y substancia escandalosas, contra los que tienen la nobleza de no sujetarse […].
Hemos de defender la libertad. La libertad de los miembros, pero formando un solo cuerpo místico con Cristo, que es la cabeza, y con su Vicario en la tierra»[17].
También las relaciones interpersonales, fuera ya del ámbito del gobierno humano, han de estar presididas por el respeto de la libertad y la comprensión de los puntos de vista diferentes. Y este mismo estilo ha de ser el del apostolado cristiano.
«Amamos la libertad, en primer lugar, de las personas a las que tratamos de ayudar a acercarse al Señor, en el apostolado de amistad y confidencia, que san Josemaría nos invita a realizar con el testimonio y la palabra […]
La verdadera amistad comporta un sincero cariño mutuo, que es verdadera protección de la libertad y de la intimidad recíprocas»[18].
El respeto de la libertad ajena no significa pensar que es bueno todo lo que otras personas hacen libremente. El recto ejercicio de la libertad presupone el conocimiento de lo que es bueno para cada uno.
Proponer o enseñar a otros lo que es verdaderamente bueno no es un atentado contra la libertad ajena. Que una persona libre proponga a otra igualmente libre la verdad, explicando las razones que la sostienen, es siempre algo bueno.
Lo que no se debe hacer es imponer la verdad mediante la violencia física o psicológica. Sólo la legítima autoridad puede usar la coacción en los casos y con las modalidades previstas por las leyes justas.
La defensa de la libertad religiosa
Los cristianos deben apreciar la libertad religiosa y no tomarla a la ligera. En las sociedades abiertas, los cristianos deben utilizar su libertad religiosa para practicar su fe, compartir el Evangelio y defender los valores bíblicos en cuestiones sociales.
Deben presentarse a cargos públicos, fundar iglesias, organizar actos al aire libre para atraer a los que no van a la iglesia y vivir como Cristo quiere que vivan.
Aquellos que no desean ser expuestos al evangelio cristiano están trabajando en contra de los derechos de los cristianos a ejercer su fe libremente, y las usurpaciones de la libertad religiosa deben ser reconocidas y rechazadas.
La libertad religiosa constituye un derecho fundamental. Quiere decir que el gobierno no puede obligar a las personas a actuar en contra de su conciencia.
Esto es importante para todas las personas, no solo para las personas de fe. Un gobierno que hace que un grupo elija obediencia al Estado sobre obediencia a la fe y a la conciencia puede obligar a cualquier grupo a someterse a las exigencias del Estado.
La libertad religiosa es la base de todas las demás libertades para cada persona.
La libertad religiosa no solo protege a los creyentes, sino a todos. Es la raíz principal que sostiene y alimenta muchas otras libertades, valores y bienes sociales fundamentales.
Pluralismo auténtico y respeto a las diferencias
Una sociedad pluralista deja espacio para las personas que tienen opiniones contrarias a la corriente dominante. Los grupos religiosos, y los grupos formados alrededor de un conjunto particular de principios, necesitan poder expresar sus opiniones con integridad.
Es fundamental que nuestra sociedad no adopte la visión de que todos los grupos, y menos aún los grupos religiosos, deben ajustarse a una visión. La verdadera libertad resulta en una diversidad que fortalece a la sociedad, en vez de debilitarla.
Los escépticos de la libertad religiosa tienen preocupaciones razonables. Por ejemplo, están preocupados porque todas las personas sean tratadas con la misma dignidad.
En efecto, la dignidad de todas las personas es la base de la doctrina de la Iglesia sobre libertad religiosa. Es importante que no desestimemos a los escépticos, sino que en cambio, escuchemos sus inquietudes y las tomemos con seriedad.
Los escépticos tienden a ver conflicto entre la libertad religiosa y su visión de igualdad, y escogen un concepto equivocado de igualdad por encima de la libertad. Sin duda, estas son cuestiones difíciles.
Algunos escépticos dicen que las personas religiosas imponen su fe a los demás. Sin embargo, cuando se acusa a los grupos religiosos de causar daño a los demás, el "daño" a menudo es que no facilitan una acción.
Ante todo, la Iglesia busca ofrecer una manera mejor. La doctrina de la Iglesia es holística, fundamentada en la dignidad de la persona, una dignidad que es visible a la razón y aún más evidente por la luz del Evangelio de Jesucristo.
No estamos simplemente pidiendo libertad de no ser coaccionados para que nos dejen en paz. Creemos que lo que enseñamos, sobre matrimonio, sexo, vida familiar, atención de los refugiados, atención de los pobres, atención de los enfermos, atención de todas las personas vulnerables, es bueno para la sociedad.
Cuando vemos una cultura que a menudo no ama y es hostil a la vida, trabajamos para dar testimonio de una cultura más sana, una "civilización del amor", en la cual todas las personas pueden florecer.
Límites y responsabilidades
La libertad religiosa no es absoluta. Los límites a las actividades religiosas resultarán adecuados cuando sea necesario proteger intereses imperiosos, tales como la vida, la propiedad, la salud o la seguridad de otras personas.
No obstante, dichas limitaciones deben ser realmente necesarias, y no simplemente una excusa para coartar la libertad de culto.
En los casos en que la ley restringe la libertad religiosa, los Santos de los Últimos Días creen en obedecer la ley mientras procuran proteger sus derechos fundamentales mediante los instrumentos legales que pueda haber a su alcance en la jurisdicción o país en particular.
Los Santos de los Últimos Días creen en defender la libertad de culto de los demás con tanta disposición como la propia.
El profeta José Smith dijo: «Estoy igualmente dispuesto a morir en defensa de los derechos de un presbiteriano, un bautista o cualquier hombre bueno de la denominación que fuere; porque el mismo principio que hollaría los derechos de los Santos de los Últimos Días atropellaría los derechos de los católicos romanos o de cualquier otra denominación que no fuera popular y careciera de la fuerza para defenderse».
La libertad religiosa y las instituciones
La libertad de culto no solo protege a las personas, sino también a las organizaciones religiosas que hacen posibles las comunidades eclesiásticas.
Abarca el derecho de formar iglesias y otras instituciones religiosas, tales como escuelas religiosas y organizaciones benéficas.
Otorga a tales instituciones la libertad de establecer sus doctrinas y modos de adoración; de organizar sus propias cuestiones eclesiásticas; de determinar los requisitos para ser miembro de ellas y para los oficios eclesiásticos y el empleo; y de ser propietarias de inmuebles y edificar lugares de adoración.
“… no creemos que las leyes humanas tengan el derecho de intervenir, prescribiendo reglas de adoración […], ni de dictar fórmulas para la devoción pública o privada” (Doctrina y Convenios 134:4).
Muchos de esos principios se expresan en la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, la cual manifiesta que el “Congreso no promulgará leyes respecto al establecimiento de religiones, ni para prohibir el libre ejercicio de estas”.
Las declaraciones internacionales de derechos humanos reconocen de igual modo la universalidad de la libertad de culto y de creencias.
Cómo vivir y comunicar el respeto por la libertad
La libertad religiosa se ha convertido recientemente en uno de los ejes centrales del debate sobre cómo los estadounidenses pueden promocionar el bien común, al cual nuestra tradición católica tiene mucho que aportar.
En este tiempo de creciente polarización de nuestra cultura, podemos contribuir a un mejor entendimiento de esta cuestión de manera que respete a todas las personas.
Podemos hablar con amigos y vecinos sobre la libertad religiosa y trabajar para aclarar los conceptos erróneos sobre ella.
Cuando participamos en una conversación como católicos, la gente quiere saber lo que pensamos. Es bueno representar a la Iglesia y la belleza de sus enseñanzas; es incluso mejor cuando interiorizamos esas enseñanzas y reflexionamos sobre nuestras propias experiencias y motivos para preocuparnos por la libertad religiosa.
Tus amigos y vecinos quieren saber lo que piensas. ¡Tienes un aporte único para ofrecer a este debate!
Bibliografía básica
- Catecismo de la Iglesia Católica, 1730-1748.
- Declaración Universal de Derechos Humanos, artículo 18.
- Gaudium et spes.
- Doctrina y Convenios 101:77-78.
- Doctrina y Convenios 134.
- Los Artículos de Fe 1:11.
