Bauman, consumo y nuevos pobres: trabajo, consumo y exclusión social

Trabajo, consumo y nuevos pobres, publicado por Gedisa, analiza la transformación histórica de la pobreza desde la revolución industrial hasta la sociedad de consumo. La tesis central es que la condición de pobre no significa lo mismo en una sociedad de productores con empleos para todos que en una sociedad de consumidores cuyos proyectos de vida se construyen en torno a la elección de lo que se consume.

Si en otras épocas ser pobre significaba estar sin trabajo, hoy este calificativo se refiere, sobre todo, a los apuros de unos consumidores expulsados del mercado. Esta diferencia cambia la situación radicalmente y afecta tanto la experiencia misma de la pobreza como las oportunidades y perspectivas de resolver sus penurias.

Bauman reconstruye en esta obra el cambio de la condición de la pobreza desde la revolución industrial y su «ética del trabajo» hasta la sociedad del consumo y su «estética», y muestra en la situación actual todas las consecuencias de esta evolución.

Ficha técnica de Trabajo, consumo y nuevos pobres

DatoInformación
AutorZygmunt Bauman
TítuloTrabajo, consumo y nuevos pobres
EditorialGedisa
TraductoraVictoria de los Angeles Boschiroli
ISBN9788474327502
IdiomaCastellano
Número de páginas160
Tiempo de lectura3h 44m
EncuadernaciónTapa blanda
Fecha de lanzamiento02/02/2017
Año de edición2017
Plaza de ediciónEs
Alto22.5 cm
Ancho15.5 cm
Peso218.0 gr

Zygmunt Bauman y el análisis de la exclusión social

Zygmunt Bauman (Polonia, 1925 - Reino Unido, 2017) fue uno de los pensadores más influyentes del siglo XX y una figura clave en la sociología contemporánea.

Profesor emérito de la Universidad de Leeds, dedicó su obra a analizar los efectos de la globalización, la identidad, la modernidad líquida, el consumo en la vida cotidiana y la exclusión social.

Autor de más de cuarenta libros, su lúcida crítica a las transformaciones del mundo actual le valió el reconocimiento internacional, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2010), que compartió con Alain Touraine.

Retrato de Zygmunt Bauman

La pobreza como producto de los modelos sociales

Hasta ahora, toda sociedad conocida ha tenido pobres.

Y -permítaseme repetirlo- no es cosa de extrañarse: la imposición de cualquier modelo de orden es un acto discriminatorio y descalificador, que condena a ciertos fragmentos de la sociedad a la condición de inadaptados o disfuncionales, ya que elevar un modo de ser cualquiera al estatus de norma implica, al mismo tiempo, que otras formas quedan, automáticamente, por debajo del nivel adecuado y pasan a ser «anormales».

Siempre habrá pobres entre nosotros; pero ser pobre quiere decir cosas bien distintas según entre quienes de nosotros esos pobres se encuentren.

«Siempre habrá pobres entre nosotros»: ya lo dice la sabiduría popular. Pero esa sabiduría no está tan segura ni es tan categórica sobre la difícil cuestión de cómo se hace pobres a los pobres y cómo se llega a verlos como tales.

Es una omisión lamentable; y no solo porque los pobres necesitan y merecen toda la atención que podamos brindarles, sino también porque solemos transferir nuestros temores y ansiedades ocultos a la idea que tenemos de los pobres.

Un análisis detenido del modo como lo hacemos puede revelarnos algunos aspectos importantes de nosotros mismos.

Este libro intenta responder esos «cómo» y contar, también, la parte de la historia de la pobreza a menudo pasada por alto, minimizada o deliberadamente ocultada.

Cada sociedad adoptó y adopta, hacia sus pobres, una actitud ambivalente que le es característica: una mezcla incómoda de temor y repulsión, por un lado; y misericordia y compasión, por el otro.

Todos estos ingredientes resultan igualmente indispensables.

Los primeros permiten tratar a los pobres con la dureza necesaria para garantizar la defensa del orden; los segundos destacan el lamentable destino de quienes caen por debajo del estándar establecido, y sirven para empalidecer o hacer parecer insignificantes las penurias padecidas por quienes se esfuerzan en cumplir con las normas.

Los pobres en la Europa premoderna

La Europa premoderna estuvo más cerca que su sucesora en el intento de hallar una función importante para sus pobres.

Estos, al igual que todas las personas y las cosas en la Europa cristiana premoderna, eran hijos de Dios y constituían un eslabón indispensable en la «divina cadena del ser».

Como parte de la creación divina -y como el resto del mundo antes de su desacralización por la moderna sociedad racionalista- estaban saturados de significado y propósito divinos.

Sufrían, es cierto; pero su dolor encarnaba el arrepentimiento colectivo por el pecado original y garantizaba su redención.

Quedaba en manos de los más afortunados la tarea de socorrer y aliviar a quienes sufrían y, de este modo, practicar la caridad y obtener -ellos también- su parte de salvación.

La presencia de los pobres era, por lo tanto, un regalo de Dios para todos los demás: una oportunidad para practicar el sacrificio, para vivir una vida virtuosa, arrepentirse de los pecados y ganar la bendición celestial.

Así eran las cosas en el mundo premoderno, «desencantado», donde nada de lo existente gozaba el derecho de ser por el solo hecho de estar allí, y donde todo lo que era debía demostrar su derecho a la existencia con pruebas legítimas y razonables.

La modernidad convierte la pobreza en un problema

Más importante resulta que, a diferencia de aquella Europa premoderna, el nuevo mundo feliz de la modernidad fijó sus propias reglas y no dio nada por sentado, sometiendo todo lo existente al análisis incisivo de la razón, sin reconocer límites a su propia autoridad y, sobre todo, rechazando «el poder de los muertos sobre los vivos», la autoridad de la tradición, de la sabiduría tradicional y las costumbres heredadas.

Los proyectos de orden y de norma reemplazaron la visión de una cadena divina del ser.

A diferencia de aquella visión, el orden y la norma fueron creaciones humanas, proyectos que debían ser implementados mediante la acción humana: cosas por hacer, no realidades creadas por Dios que deben ser acatadas.

Así fue como la presencia de los pobres se transformó en un problema.

Un «problema» es algo que causa incomodidad y provoca la necesidad de ser resuelto, remediado o eliminado.

Y fueron doblemente peligrosos: si su pobreza ya no era una decisión de la Providencia, ya no tenían razones para aceptarla con humildad y gratitud.

Por el contrario, encontraron todo tipo de razones para quejarse y rebelarse contra los más afortunados, a los cuales empezaron a culpar por sus privaciones.

La antigua ética de la caridad cristiana pareció ya una carga intolerable, una sangría para la riqueza de la nación.

La revolución industrial y la necesidad de disciplinar a los pobres

Se agregó, muy pronto, una nueva amenaza: los pobres que aceptaban mansamente su desgracia como decisión divina y no hacían esfuerzo alguno por liberarse de la miseria eran también inmunes a las tentaciones del trabajo en las fábricas y se rehusaban a vender su mano de obra una vez satisfechas las escasas necesidades que consideraban, por costumbre milenaria, «naturales».

Los pobres, incomprensiblemente satisfechos y resignados a su suerte, fueron la pesadilla de los nuevos empresarios industriales: inmunes al incentivo de un salario regular, no encontraban razón para seguir sufriendo largas horas de trabajo una vez conseguido el pan necesario para pasar el día.

Se formó un círculo vicioso: los pobres que objetaban su miseria generaban rebelión o revolución; los pobres resignados a su suerte frenaban el progreso de la empresa industrial.

Así, los pobres de la era industrial quedaron redefinidos como el ejército de reserva de las fábricas.

El empleo regular, el que ya no dejaba lugar para la malicia, pasó a ser la norma; y la pobreza quedó identificada con el desempleo, fue una violación a la norma, una forma de vida al margen de la normalidad.

En tales circunstancias, la receta para curar la pobreza y cortar de raíz las amenazas a la prosperidad fue inducir a los pobres -obligarlos, en caso necesario- a aceptar su destino de obreros.

El medio más obvio para conseguirlo fue, desde luego, privarlos de cualquier otra fuente de sustento: o aceptaban las condiciones ofrecidas, sin fijarse en lo repulsivas que fueran, o renunciaban a toda ayuda por parte de los demás.

En esa situación «sin alternativa», la prédica del deber ético habría sido superflua; la necesidad de llevar a los pobres a la fábrica no necesitaba de impulsos morales.

La ética del trabajo como respuesta a la pobreza

Y, sin embargo, la ética del trabajo siguió siendo considerada casi universalmente como el remedio eficaz e indispensable frente a la triple amenaza de la pobreza, la escasez de mano de obra y la revolución.

Se esperaba que actuara como cobertura para ocultar la falta de sabor de la torta ofrecida.

La elevación de la pesada rutina del trabajo a la noble categoría de deber moral tendría que endulzar los ánimos de quienes quedaran sometidos a ella, al mismo tiempo que calmar la conciencia moral de quienes los sometían.

La opinión ilustrada del momento se encontraba dividida.

Pero, en lo que se refería a la ética del trabajo, no había desacuerdo entre quienes veían a los pobres como bestias salvajes y obstinadas que era preciso domar, y aquellos cuyo pensamiento se guiaba por la ética, la conciencia y la compasión.

En un sentido indirecto, la concepción del trabajo como «deber del hombre hacia Dios» venía a bendecir la perpetuación de la pobreza.

La opinión compartida era que, puesto que los pobres se arreglaban con poco y se negaban a esforzarse para conseguir más, los salarios debían mantenerse en un nivel de subsistencia mínima.

Sólo así, cuando tuvieran empleo, los pobres se verían igualmente obligados a vivir al día y a estar siempre ocupados para poder sobrevivir.

Como dice Arthur Young, «todos, salvo los idiotas, saben que se debe mantener pobres a las clases bajas; si no, jamás trabajarán».

Fábrica de la revolución industrial

Locke, Young y Bentham: trabajo, disciplina y coerción

Por un lado, John Locke concibió un programa integral para erradicar la «pereza» y el «libertinaje» a que los pobres se entregaban, recluyendo a sus hijos en escuelas para indigentes que los formaran en el trabajo regular y a los padres en asilos para pobres cuya severa disciplina, un sustento mínimo, el trabajo forzado y los castigos corporales fueran la regla.

Jeremy Bentham, el gran reformador que resumió la sabiduría de los tiempos modernos mejor que cualquier otro pensador de su tiempo -su proyecto fue elogiado en forma casi unánime por la opinión ilustrada como «eminentemente racional y luminoso»-, avanzó un paso más.

Concluyó que los incentivos económicos de cualquier tipo no eran fiables para obtener los efectos deseados; la coacción pura, en cambio, resultaría más efectiva que cualquier apelación a la inteligencia -por cierto inconstante y hasta inexistente- de los pobres.

Propuso la construcción de 500 hogares, cada uno de los cuales albergaría a dos mil de los pobres que representaran «una carga más pesada» para la sociedad, manteniéndolos allí bajo la vigilancia constante y la autoridad absoluta e indiscutida de un alcaide.

Según este esquema, «los despojos, la escoria de la humanidad», los adultos y los niños sin medios de sustento, los mendigos, las madres solteras, los aprendices rebeldes y otras gentes de su calaña debían ser detenidos y llevados por la fuerza a esos hogares de trabajo forzado administrados en forma privada, donde «la escoria se transformaría en metal de buena ley».

A sus escasos críticos liberales, Bentham respondió airado: «Se objeta la violación de la libertad; se pide, en cambio, la libertad de actuar contra la sociedad».

Entendía que los pobres, por el solo hecho de serlo, habían demostrado no tener más capacidad para ejercer su libertad que los niños revoltosos.

La persistencia de la antigua filosofía sobre los pobres

Corrió mucha agua bajo los puentes desde que gente como Locke, Young o Bentham, con el ardor desafiante de quienes exploran tierras nuevas y vírgenes, proclamaran esas ideas que, con el tiempo, se afirmarían como una opinión moderna y universalmente aceptada sobre los pobres.

Sin embargo, pocos se atreverían a sostener hoy esos principios con arrogancia y franqueza similares; si lo hicieran, sólo provocarían indignación.

Pero buena parte de esa filosofía ha vuelto a ser, en gran medida, la base de políticas oficiales frente a quienes, por una u otra razón, no son capaces de llegar a fin de mes y de ganarse la vida sin ayuda pública.

Hoy resuena el eco de aquellos pensadores en cada campaña contra los «parásitos», los «tramposos» o los «dependientes de subsidios de desempleo», y en cada advertencia, repetida una y otra vez, de que pedir aumentos salariales es poner en riesgo «la fuente de trabajo».

Donde el impacto de aquella filosofía vuelve a sentirse con mayor fuerza es en la reiterada afirmación -a pesar de las irrefutables pruebas en su contra- de que negarse a «trabajar para vivir» es hoy, como lo fue antes, la causa principal de la pobreza, y que el único remedio contra ella es reinsertar a los desocupados en el mercado laboral.

Se crea, de este modo, la sensación de que los pobres conservan la misma función que tuvieron en los primeros tiempos de la era industrial: la de reserva de mano de obra.

Al reconocerles este papel, se echa un manto de sospecha sobre la honestidad de quienes quedan fuera del «servicio activo», y se señala claramente la forma de «llamarlos al orden» y restaurar, así, el orden de las cosas, roto por quienes eluden el trabajo.

El agotamiento de la ética industrial del trabajo

Pero, en nuestros días, la filosofía que intentó capturar y articular las realidades emergentes de la era industrial ya dejó de funcionar, anulada por las nuevas realidades de estos tiempos.

Después de haber servido alguna vez como eficaz agente para instaurar el orden, aquella filosofía se convirtió lenta pero inexorablemente en una espesa cortina que oscurece todo lo nuevo e imprevisible que aparece en los actuales padecimientos de los pobres.

En el pasado tenía sentido -tanto en lo político como en lo económico- educar a los pobres para convertirlos en los obreros del mañana.

Esa educación para la vida productiva lubricaba los engranajes de una economía basada en la industria y cumplía la función de «integrarlos socialmente», es decir, de mantenerlos dentro del orden y la norma.

Esto ha dejado de ser cierto en nuestra sociedad «posmoderna» y, ante todo, de consumo.

La economía actual no necesita una fuerza laboral masiva: aprendió lo suficiente como para aumentar no sólo su rentabilidad sino también el volumen de su producción, reduciendo al mismo tiempo la mano de obra y los costos.

De la sociedad de productores a la sociedad de consumidores

Este libro se propone examinar el desarrollo del cambio producido a lo largo de la historia moderna y pasar revista a sus consecuencias.

El primer capítulo recuerda los orígenes de la ética del trabajo, de la cual se esperaba -desde el comienzo de los tiempos modernos- que atrajera a los pobres hacia las fábricas, erradicara la pobreza y garantizara la paz social.

En el segundo capítulo se relata el pasaje, gradual pero implacable, desde la primera hasta la actual etapa de la sociedad moderna: de una «sociedad de productores» a otra «de consumidores»; de una sociedad orientada por la ética del trabajo a otra gobernada por la estética del consumo.

En el nuevo mundo de los consumidores, la producción masiva no requiere ya mano de obra masiva.

Por eso los pobres, que alguna vez cumplieron el papel de «ejército de reserva de mano de obra», pasan a ser ahora «consumidores expulsados del mercado».

La transición entre ambos modelos modifica la posición social del trabajo, la forma de interpretar la pobreza y los criterios mediante los cuales se decide quién pertenece plenamente a la sociedad.

Los integrantes de la sociedad contemporánea son, ante todo, consumidores; sólo de forma parcial y secundaria son también productores.

La estética del consumo y la nueva norma social

Al mismo tiempo, la obediencia a la norma y la «disciplina social» queda asegurada por la seducción de los bienes de consumo más que por la coerción del Estado y las instituciones panópticas.

Tanto en lo económico como en lo político, la comunidad de los consumidores posmodernos vive y prospera sin que el grueso de sus miembros esté obligado a cargar con la cruz de pesadas jornadas industriales.

Para ajustarse a la norma social, para ser un miembro consumado de la sociedad, es preciso responder con velocidad y sabiduría a las tentaciones del mercado de consumo.

Es necesario contribuir a la «demanda que agotará la oferta» y, en épocas de crisis económicas, ser parte de la «reactivación impulsada por el consumidor».

Una cosa es ser pobre en una comunidad de productores con trabajo para todos; otra, totalmente diferente, es serlo en una sociedad de consumidores cuyos proyectos de vida se construyen sobre las opciones de consumo y no sobre el trabajo, la capacidad profesional o el empleo disponible.

Si en otra época ser pobre significaba estar sin trabajo, hoy alude fundamentalmente a la condición de un consumidor expulsado del mercado.

Esquema sociedad de productores consumidores

El pobre como consumidor expulsado del mercado

Los pobres que carecen de un ingreso aceptable, que no tienen tarjetas de crédito ni la perspectiva de mejorar su situación, quedan al margen.

En consecuencia, la norma que violan los pobres de hoy, la norma cuyo quebrantamiento los hace «anormales», es la que obliga a estar capacitado para consumir, no la que impone tener un empleo.

En la actualidad, los pobres son ante todo «no consumidores», ya no «desempleados».

Se los define, en primer lugar, como consumidores expulsados del mercado, puesto que el deber social más importante que no cumplen es el de ser compradores activos y eficaces de los bienes y servicios que el mercado les ofrece.

Esta redefinición no elimina la importancia del desempleo, pero cambia el significado social que se le atribuye: el problema ya no se limita a carecer de una ocupación, sino que incluye quedar fuera de los circuitos de consumo que organizan la vida cotidiana.

La inutilidad atribuida a los nuevos pobres

De ahí que, por primera vez en la historia, los pobres resultan, lisa y llanamente, una preocupación y una molestia.

Carecen de méritos capaces de aliviar -menos aún, de contrarrestar- su defecto esencial.

No tienen nada que ofrecer a cambio del desembolso realizado por los contribuyentes.

Son una mala inversión, que muy probablemente jamás será devuelta, ni dará ganancias; un agujero negro que absorbe todo lo que se le acerque y no devuelve nada a cambio, salvo, quizás, problemas.

Los miembros normales y honorables de la sociedad -los consumidores- no quieren ni esperan nada de ellos.

Son totalmente inútiles.

Nadie -nadie que realmente importe, que pueda hablar y hacerse oír- los necesita.

Para ellos, tolerancia cero.

La sociedad estaría mucho mejor si los pobres desaparecieran de la escena.

¡El mundo sería tan agradable sin ellos!

No necesitamos a los pobres; por eso, no los queremos.

El Estado benefactor y los límites de las respuestas tradicionales

El tercer capítulo analiza el ascenso y la caída del Estado benefactor.

El cuarto capítulo se ocupa de las consecuencias: una nueva forma de producir socialmente y definir culturalmente a los pobres.

El concepto tan de moda de «clase marginada» es analizado en detalle.

Además, analiza hasta qué punto son adecuados o no los viejos métodos para detener la pobreza creciente y mitigar sus penurias.

Este libro se propone examinar el desarrollo del cambio producido a lo largo de la historia moderna y pasar revista a sus consecuencias.

Y al mismo tiempo, considerar hasta qué punto son adecuados o no -como puede llegar a suceder- los recordados y probados medios de contener la pobreza creciente y mitigar sus sufrimientos.

¿Es factible combatir la pobreza y vencerla con ayuda de métodos ortodoxos, hechos a la medida de una sociedad que ya no existe?

Separar el derecho al sustento del empleo

¿Es posible combatir y vencer la pobreza con métodos ortodoxos?

¿Deberíamos buscar nuevas soluciones, como la de separar el derecho al sustento de la venta del trabajo en el mercado laboral y ampliar todo el concepto de trabajo tal como la sociedad lo ha entendido hasta ahora?

La cuestión plantea una revisión de los vínculos tradicionales entre empleo, ingresos, dignidad y pertenencia social.

Cuando el crecimiento económico ya no necesita una fuerza laboral masiva, la reinserción laboral deja de ser una respuesta suficiente para todos los casos de pobreza.

La antigua identificación entre trabajo y normalidad social pierde capacidad para explicar la situación de quienes no encuentran un empleo estable o quedan excluidos de los mercados de producción y consumo.

Por eso, la discusión sobre el derecho al sustento no se limita a una medida económica: también afecta la manera de definir el trabajo, la ciudadanía y la integración social.

El futuro de los pobres y de la pobreza

Por último, se estudia el futuro posible de los pobres y la pobreza, así como la eventualidad de darle a la ética del trabajo un nuevo significado, más acorde con la situación actual de las sociedades desarrolladas.

En una reflexión final, Bauman considera el futuro de los pobres y plantea la posibilidad de dar un nuevo significado a la ética del trabajo, más conforme a la condición actual de las sociedades desarrolladas.

La pregunta decisiva es si la ética del trabajo puede conservar un sentido social cuando el trabajo remunerado ya no garantiza por sí mismo la integración, la seguridad ni el acceso al consumo.

La obra invita a examinar qué ocurre cuando la sociedad continúa juzgando a las personas mediante normas heredadas de una economía industrial, aunque la producción, el empleo y el consumo hayan cambiado radicalmente.

Su análisis relaciona la historia de la pobreza con la historia de las normas sociales: cada sociedad establece los criterios de normalidad, define quién queda por debajo de ellos y decide qué respuestas considera legítimas frente a la exclusión.

La pobreza contemporánea no puede comprenderse únicamente como falta de empleo, porque en la sociedad de consumidores la exclusión se expresa también como incapacidad para participar en el mercado y para sostener los proyectos de vida organizados alrededor del consumo.

La obra de Bauman examina así una transformación profunda: los pobres dejaron de ser principalmente trabajadores disponibles para convertirse en consumidores que el mercado no incorpora.

¿Es posible combatir y vencer la pobreza con métodos ortodoxos?

¿Deberíamos buscar nuevas soluciones, como la de separar el derecho al sustento de la venta del trabajo en el mercado laboral y ampliar todo el concepto de trabajo tal como la sociedad lo ha entendido hasta ahora?

Trabajo, consumismo y nuevos pobres - Zygmunt Bauman (Audiolibro)

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