Ancianos y enfermos durante la Segunda Guerra Mundial: persecución, exterminio y supervivencia

Durante la Segunda Guerra Mundial, los ancianos, los enfermos y las personas con discapacidades fueron perseguidos por el régimen nazi mediante una política que presentó el asesinato como una supuesta medida médica y social. Bajo el eufemismo de “eutanasia”, las autoridades seleccionaron a pacientes psiquiátricos, personas con discapacidades físicas o mentales, enfermos crónicos, niños y ancianos internados en instituciones, y los asesinaron mediante cámaras de gas, inyecciones letales, sobredosis de medicamentos, inanición y fusilamientos.

El programa Aktion T4 comenzó en 1939, antes del exterminio sistemático de los judíos europeos, y se convirtió en el primer asesinato masivo organizado por el Estado nazi. Su importancia histórica reside tanto en la magnitud de sus crímenes como en la participación de médicos, enfermeras, administradores y otros profesionales que transformaron una doctrina racista y eugenésica en una maquinaria de muerte.

De la exclusión al asesinato organizado

Los responsables de la conservación del memorial del campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau repiten una frase que refleja la complejidad y el horror de la Shoah: “Cuando miramos a Auschwitz vemos el final del proceso. Es importante recordar que el Holocausto no empezó con las cámaras de gas. El odio se desarrolló gradualmente a partir de las palabras, los estereotipos y los prejuicios, mediante la exclusión legal, la deshumanización y la escalada de violencia”.

Antes de que, en algún momento de la segunda mitad de 1941, Hitler diese la orden del exterminio total de los judíos europeos, antes de que los escuadrones de la muerte -los Einsatzgruppen- fusilasen a cientos de miles de personas tras la invasión de la URSS, los nazis habían decidido que una parte de la población merecía la muerte solo por el hecho de haber nacido, porque se trataba de “vidas que no merecen ser vividas”: los discapacitados físicos y mentales.

Mientras la mirada del Mundo se centraba en el conflicto armado, en 1939 el régimen nazi aprovechó la distracción de la guerra para implantar una política de asesinato masivo y sistemático de los ciudadanos con alguna discapacidad física o mental. Los nazis le denominaron engañosamente “Eutanasia”.

El término eutanasia significa, de manera literal, “muerte buena”. Usualmente se refiere a la inducción de una muerte sin dolor vinculada con alguna enfermedad crónica o letal, para evitar el sufrimiento de un individuo. En el contexto nazi, la “Eutanasia” se empleó como eufemismo indirecto para la implementación de un programa metódico cuyas víctimas eran, originalmente, pacientes de instituciones médicas o geriátricas en Alemania y los territorios anexados.

El programa de eutanasia consistió en el asesinato sistemático de pacientes con discapacidades internados en instituciones de Alemania. Comenzó en 1939, unos dos años antes de que los nazis comenzaran a asesinar sistemáticamente a los judíos de Europa como parte de la "solución final".

La ideología de las “vidas que no merecen ser vividas”

El programa fue una de las muchas medidas eugenésicas radicales que tenían el objetivo de restaurar la “integridad” racial de la nación alemana. Su meta era eliminar lo que los eugenistas y sus partidarios consideraban “vidas que no vale la pena vivir”: las personas que, según creían, representaban una carga tanto genética como económica para la sociedad alemana y para el estado, debido a discapacidades psiquiátricas, neurológicas o físicas graves.

Las personas con discapacidades físicas y mentales eran vistas como "inútiles" para la sociedad, una amenaza para la pureza genética aria y, en última instancia, no merecían la vida. La guerra, según Adolf Hitler, "era el mejor momento para eliminar a los enfermos incurables".

Muchos alemanes no querían recordar que había individuos que no cuadraban con su concepto de una "raza superior". La propaganda y la administración nazi presentaban a los enfermos y a las personas con discapacidad como una carga económica, sanitaria y genética, y convertían la atención médica en un instrumento de clasificación y exclusión.

Su meta era la restauración de la supuesta superioridad racial, aniquilando individuos a causa de absurdas teorías pseudocientíficas. Los estrategas de la “solución final” y los dirigentes del programa de eutanasia imaginaban una sociedad racialmente pura y productiva.

La creación de Aktion T4

La comprensión de la Aktion T4, el nombre de la operación secreta de exterminio de los discapacitados, cuya oficina central estaba en la calle Tiergartenstrasse 4, resulta esencial para entender el Holocausto, tanto por los métodos utilizados, cámaras de gas operadas por médicos, como por la decisión intelectual de convertir una visión racista del mundo en genocidio.

El nombre en clave provenía de la dirección de la oficina donde se coordinaba el programa en Berlín: Tiergartenstrasse 4. La Cancillería del Führer era compacta y estaba separada de los aparatos del estado, del gobierno o del Partido Nazi. Por estas razones, Hitler la eligió para que sirviera como impulsora de la campaña de “eutanasia”.

Los funcionarios a esta iniciativa secreta la llamaron “T4”. De acuerdo con la directiva de Hitler, el director de la Cancillería del Führer Phillip Bouhler y el médico Karl Brandt fueron quienes dirigieron la operación de asesinato.

El programa de “eutanasia” requirió la cooperación de muchos médicos alemanes que revisaban los expedientes médicos de los pacientes de instituciones para determinar qué personas con discapacidades o enfermedades mentales debían ser asesinadas. Los médicos también supervisaban los asesinatos reales.

Durante la primavera y el verano de 1939, varios estrategas empezaron a organizar una operación secreta de asesinatos dirigidos a niños discapacitados bajo la dirección de Philipp Bouhler, el director de la cancillería privada de Hitler, y Karl Brandt, su médico de cabecera.

Hacia finales del otoño de 1939, Hitler firmó un decreto que protegía a los médicos, enfermeras, psiquiatras y cuidadores, es decir, no podían ser acusados de muerte intencional ni ser procesados por formar parte del Plan t-4, como se le denominó a esta política de exterminio.

El asesinato de niños con discapacidades

Durante la primavera y el verano de 1939, los perpetradores organizaron operaciones secretas para deshacerse de niños con cualquier discapacidad, ya fuera física o mental. Dichas matanzas fueron lideradas por el director de la cancillería privada de Hitler, Philipp Bouhler, y Karl Brandt, su médico de cabecera.

El 18 de agosto de 1939, el Ministerio del Interior del Reich hizo circular un decreto que requería que todos los médicos, el personal de enfermería y las parteras reportaran a los recién nacidos y a los niños menores de tres años que mostraran señales de discapacidad mental o física grave.

Para octubre de 1939, el Ministerio de Relaciones Interiores del Reich había circulado un decreto que exigía a los médicos y enfermeras de todas las clínicas y hospitales en Alemania denunciar a los recién nacidos y a los niños por debajo de tres años que mostraran discapacidades físicas o mentales -ya fueran profundas o superficiales- a quienes enviaron a numerosos hospitales pediátricos a lo largo de Alemania y Austria.

A partir de octubre de 1939, las autoridades de salud pública empezaron a alentar a los padres de niños con discapacidades para que ingresaran a sus hijos pequeños en alguna de las clínicas pediátricas especialmente designadas en Alemania y Austria. En realidad, las clínicas eran pabellones para asesinar a los niños.

Ahí había personal médico especialmente reclutado para asesinar a los niños que tenían a su cargo, mediante la administración de sobredosis letales de medicamentos o por inanición. Al principio, los profesionales médicos y los administradores de las clínicas solo incluyeron a bebés y a niños pequeños en la operación.

En ellos, personal especializado en cuidado infantil se encargó de asesinar a los jóvenes mediante sobredosis de medicamentos. A medida que se fue ampliando el alcance de la medida, incluyeron también a jóvenes de hasta 17 años.

Los cálculos conservadores sugieren que al menos 10,000 niños alemanes discapacitados física y mentalmente perecieron como resultado del programa de “eutanasia" infantil durante los años de la guerra.

Selección de pacientes adultos, ancianos y enfermos

Los estrategas de la “eutanasia” contemplaron rápidamente la expansión del programa de asesinatos a pacientes adultos discapacitados que vivían internados en instituciones. Los pacientes condenados eran transferidos a seis instituciones de Alemania y Austria, donde eran asesinados en cámaras de gas construidas especialmente para ese fin.

En el otoño de 1939, los estrategas de T4 empezaron a distribuir cuestionarios cuidadosamente formulados a todos los funcionarios de salud pública, hospitales públicos y privados, instituciones de salud mental y asilos para enfermos crónicos y ancianos.

El espacio limitado y la redacción de los formularios, al igual que las instrucciones de las cartas de presentación adjuntas, se combinaron para dar la impresión de que la encuesta estaba destinada simplemente a recopilar datos estadísticos. El siniestro propósito del formulario solo se insinuaba debido al énfasis que se ponía en la capacidad para trabajar del paciente y en las categorías de pacientes que se requería que las autoridades de salud identificaran en la investigación.

Las categorías de pacientes eran:

  • Los que sufrían de esquizofrenia, epilepsia, demencia, encefalitis y otros trastornos psiquiátricos o neurológicos crónicos.
  • Los que no eran alemanes o de “sangre afín”.
  • Los criminales dementes o los recluidos por motivos penales.
  • Los que habían estado recluidos en la institución durante más de cinco años.

Se reclutó a “expertos médicos” en secreto, muchos de gran reputación, que trabajaban en equipos de tres para evaluar los formularios. Con base en sus decisiones, a partir de enero de 1940, los funcionarios de T4 empezaron a retirar de sus instituciones a los pacientes seleccionados para el programa de “eutanasia”.

Luego de un proceso de evaluación realizado por “médicos expertos”, los “no aptos” fueron seleccionados y segregados y, para enero de 1940, los funcionarios encargados del Plan t-4 comenzaron a removerlos de sus hogares para iniciar el proceso de “Eutanasia”.

Los centros de gaseamiento

Los funcionarios de T4 establecieron seis instalaciones de gaseo para adultos como parte de esta acción de “eutanasia”. Estas fueron:

CentroUbicación indicada
BrandenburgEn el río Havel, cerca de Berlín
GrafeneckEn el suroeste de Alemania
BernburgEn Sajonia
SonnensteinEn Sajonia
HartheimCerca de Linz, en el Danubio austriaco
HadamarEn Hessen

A partir del otoño de 1939, se establecieron instalaciones de gaseo en Bernburg, Brandenburg, Grafeneck, Hadamar, Hartheim y Sonnenstein. Los médicos seleccionaban a los pacientes y eran transferidos desde las clínicas a uno de estos centros de gaseo donde eran asesinados.

A los pacientes los trasladaban en autobús o en tren a una de las instalaciones centrales de gaseo para matarlos. A las pocas horas de su llegada a dichos centros, las víctimas perecían en las cámaras de gas, disfrazadas como duchas, donde se usaban botellas de monóxido de carbono puro.

Los pacientes eran transportados en autobús o por ferrocarril a las instalaciones donde finalmente eran gaseados a muerte. Los cuerpos de las víctimas eran quemados en grandes hornos a los que se llamaba crematorios.

Se estima que hasta 250,000 personas fueron exterminadas mediante la asfixia con monóxido de carbono en cuartos cerrados y conectados a escapes de automóviles; mediante inyecciones letales, sobredosis de drogas o hambruna.

Mapa de centros de eutanasia nazi

El encubrimiento de los asesinatos

Debido a que el programa era secreto, los estrategas y los funcionarios de T4 tomaron complicadas medidas para ocultar sus mortíferos designios. Aunque los médicos y los administradores de las instituciones falsificaban los expedientes oficiales en todos los casos para indicar que las víctimas habían muerto por causas naturales, el programa de “eutanasia” se convirtió rápidamente en un secreto a voces.

Otros trabajadores tomaban las cenizas de las víctimas cremadas de una pila común y las colocaban en urnas para enviarlas a los familiares de las víctimas. Los familiares o los tutores de las víctimas recibían una de estas urnas, junto con un certificado de defunción y otros documentos en los que se indicaba la fecha de la muerte y una causa de muerte ficticia.

Originalmente, el régimen informaba de los decesos a los familiares de los asesinados, lo que generó una ola de protestas, tanto de los familiares como de la iglesia católica. Esto obligó a los nazis a realizar su programa de “Eutanasia” de forma clandestina.

Las víctimas fueron pues rápidamente transferidas de un establecimiento al otro, a fin de hacer más difíciles las búsquedas de allegados inquietos, y luego asesinadas en los centros de ejecución. Las familias recibían entonces el anuncio del deceso, imputado a una causa inventada, así como la incineración del difunto.

Las protestas y la interrupción formal de T4

La medida se conoció ampliamente entre el público. Hubo protestas privadas y públicas por los asesinatos, en especial por parte de los clérigos alemanes. Entre estos clérigos estaba el obispo de Münster, Clemens August Conde von Galen, quien protestó por los asesinatos de T4 en un sermón que dio el 3 de agosto de 1941.

El frágil tabú quedó públicamente expuesto en agosto de 1941, cuando el obispo de Munster, conde Clemens August von Galen, repudió abiertamente el crimen en un sermón. Las protestas procedían más que nada de los medios católicos.

A la luz del conocimiento público generalizado y de las protestas públicas y privadas, Hitler ordenó detener el programa de eutanasia a finales de agosto de 1941. Entre enero de 1940 y agosto de 1941, alrededor de 70.000 internos de establecimientos psiquiátricos alemanes habían sido sistemáticamente asesinados.

De acuerdo con los propios cálculos internos de T4, el esfuerzo de “eutanasia” cobró las vidas de 70,273 personas internadas con discapacidades físicas y mentales en las seis instalaciones de gaseo entre enero de 1940 y agosto de 1941.

Semanas antes del escándalo público de von Galen, Hitler había ordenado detener el programa de eutanasia. Pero eso no significaba de ningún modo el cese de actividades de los centros de matanza.

El llamado de Hitler para detener las acciones de T4 no significó el final de la operación de asesinato por “eutanasia”. La “eutanasia” infantil continuó como antes.

La segunda fase: asesinatos descentralizados

Además, en agosto de 1942, los profesionales médicos y los trabajadores de salud alemanes reanudaron los asesinatos, aunque de una manera más oculta que antes. El esfuerzo renovado se llevó a cabo de forma más descentralizada que la fase inicial de gaseo, y se apoyaba en gran medida en la atención a las exigencias regionales, donde las autoridades locales determinaban el ritmo de la matanza.

La interrupción, en 1941, del programa de eutanasia no cambió nada: el asesinato de los enfermos prosiguió, de forma descentralizada y con otras técnicas. Las autoridades locales ya no deportaban a los condenados a las cámaras de gas de los centros de exterminio: los mataban en distintos hospitales y asilos mediante inyecciones letales.

Mediante la aplicación de sobredosis de fármacos e inyecciones letales -que ya se habían utilizado en la “eutanasia" infantil- en esta segunda fase como un medio aún más encubierto para asesinar, la campaña de “eutanasia” se reanudó en una amplia gama de instituciones en todo el Reich.

En muchas de estas instituciones también mataban de hambre sistemáticamente a las víctimas adultas y a los niños. El programa de eutanasia continuó hasta los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, y se expandió para abarcar una gama cada vez más amplia de víctimas, incluidos pacientes geriátricos, víctimas de bombardeos y prisioneros extranjeros que realizaban trabajos forzados.

Los expertos en eutanasia, que antes elegían los pacientes a ser eliminados, desplazaron su actividad hacia otros grupos de víctimas. Al mismo tiempo, el círculo de los participantes directos en el asesinato y el de las personas informadas se ampliaron considerablemente.

Ancianos y enfermos en la sociedad alemana durante la guerra

En la primavera de 1944, la dirección de los Servicios de Seguridad (SD) nazis, en Berlín, solicitó a sus informantes que le proveyeran "informes" sobre el estado de la opinión pública acerca de una cuestión muy especial : el rumor que circulaba por toda Alemania sobre la prematura ejecución de las personas de edad.

Los resultados revelaron una profunda desconfianza respecto del sistema de salud nacionalsocialista. Gran parte de la población estimaba que a causa de su menor productividad, los ancianos eran considerados indeseables y superfluos por el Estado, y recibían por ende una asistencia insuficiente.

Según ciertas versiones, algunos médicos se "deshacían" de personas de edad enfermas con métodos "apropiados" a fin de reducir los costos y ahorrar los medicamentos escasos. Muchos alemanes pensaban que las mismas autoridades habían invitado a los funcionarios de la salud a interrumpir los tratamientos de los pacientes de edad más avanzada, y a no prescribirles más prótesis ni medicamentos de circulación limitada como la insulina.

En ciertos distritos, las personas mayores evitaban ir al médico y preferían dirigirse a su farmacéutico o a un curandero ; otros no tomaban lo que les recetaba su médico, temiendo ser envenenados.

Estos rumores iban a la par con las quejas : en la distribución de alimentos de alto valor nutricio -como las frutas, verduras o leche- y en las evacuaciones para huir de los bombardeos aliados, los jóvenes y especialmente las mujeres fecundas se habrían visto privilegiados.

En muchas regiones, estas versiones persistían obstinadamente desde hacía años por una razón sencilla : el recuerdo, muy vívido, de las últimas experiencias de eliminación clínica de los "inútiles" a pedido del Estado.

La gente pensaba que, después de los discapacitados, llegaría a los viejos el turno de ser sometidos a las "inyecciones de la Ascensión", que los enviarían al más allá. Pero el conocimiento de la política de eutanasia de los nazis suscitó más resignación que rebeldía.

El hambre y la clasificación por “valor”

Ya durante la Primera Guerra Mundial, la división de la población en distintas categorías destinadas a ser mejor o peor aprovisionadas -en función de su "valor"- había conducido a una subalimentación drástica de los pacientes de los hospitales psiquiátricos. De allí un fuerte aumento de la cifra de su mortalidad.

Pero con la Segunda Guerra Mundial, la selección sistemática, combinada con medidas estatales coercitivas, se convirtió en la base de la política social. Los enfermos internados quedaron expuestos a decisiones administrativas que podían determinar su alimentación, sus tratamientos, su traslado y, finalmente, su supervivencia.

El director de un asilo psiquiátrico lo atestiguó retrospectivamente en 1947 : incluso antes de la guerra, el ministerio del interior pensaba, en caso de conflicto, reducir drásticamente las raciones de los ocupantes de los asilos y hospitales psiquiátricos.

Frente a la objeción según la cual eso conduciría a hacerlos morir de hambre, se había "prudentemente, por primera vez, tanteado el terreno, preguntando qué posición adoptaría la Misión Interior si el Estado planificaba el exterminio de ciertas categorías de enfermos durante la guerra, en caso de que los alimentos disponibles no alcanzaran para alimentar al total de la población".

La expansión de los asesinatos a los territorios ocupados

En el este ocupado por los alemanes, las personas con discapacidades también fueron víctimas de la violencia alemana. Los alemanes limitaron el programa de eutanasia, que empezó como una medida de higiene racial, al Reich propiamente dicho, es decir, a Alemania y a los territorios anexados de Austria, Alsacia-Lorena, al Protectorado de Bohemia y Moravia, y a las partes de Polonia que se habían anexado.

Sin embargo, la convicción ideológica nazi que calificaba a estas personas como “vidas que no vale la pena vivir”, también convirtió a los pacientes internados en blanco de fusilamientos en Polonia y la Unión Soviética.

Ahí, los asesinatos de pacientes discapacitados fueron obra de las SS y de las fuerzas policiales, no de los médicos, cuidadores y administradores de T4 que implementaron el programa de eutanasia.

Para el otoño de 1941, las SS y las unidades de policía habían asesinado a unos 30,000 pacientes en áreas de Pomerania, Prusia Occidental y la Polonia ocupada, a fin de dar cabida a los colonos de origen alemán (Volksdeutsche) que se estaban trasladando ahí provenientes de los países bálticos y de otras áreas.

Las SS y las unidades de la policía también asesinaron a pacientes discapacitados en fusilamientos masivos y en camionetas de gaseo en los territorios soviéticos ocupados. Miles más murieron asesinados en sus camas y pabellones a manos de las SS y las unidades de la policía auxiliar en Polonia y en la Unión Soviética.

Estos asesinatos carecían del componente ideológico que se atribuía al programa de eutanasia centralizado. Al parecer, las SS estaban motivadas principalmente por cuestiones económicas y materiales al asesinar a pacientes internados en la Polonia y en la Unión Soviética ocupadas.

Las SS y la Wehrmacht utilizaron de inmediato los hospitales desocupados por estas operaciones de asesinato como cuarteles, hospitales de reserva y depósitos para almacenamiento de municiones.

En raras ocasiones, las SS utilizaron las instalaciones vacías como sitios formales de asesinatos de T4. Un ejemplo es el centro de “eutanasia” Tiegenhof, cerca de Gnesen, hoy Gniezno, al oeste del centro de Polonia.

De Aktion T4 a la “solución final”

El salto de considerar que unos seres humanos son inferiores a otros a asesinarlos de forma organizada y masiva se tomó por primera vez con los discapacitados. El programa de eutanasia representó, en muchos sentidos, un ensayo para las políticas genocidas posteriores de la Alemania nazi.

El programa T-4 se convirtió en el modelo para el asesinato en masa de judíos, romaníes (gitanos) y otros grupos en campos equipados con cámaras de gas que los Nazis abrirían en 1941 y 1942. El programa también sirvió como capacitación para los miembros de las SS que se hacían cargo de estos campos.

El liderazgo nazi extendió la justificación ideológica concebida por los perpetradores médicos para la destrucción de los “ineptos” a otras categorías de los que percibían como enemigos biológicos, sobre todo judíos y romaníes (gitanos).

Posteriormente, los estrategas de la “solución final” tomaron prestadas las cámaras de gas y los crematorios, diseñados específicamente para la campaña de T4, para asesinar a los judíos de la Europa ocupada por los alemanes.

El personal de la operación T4 que demostró ser confiable en este primer programa de asesinato masivo, se destacó entre el personal alemán que se encontraba en los centros de exterminio de la Operación Reinhard en Belzec, Sobibor y Treblinka.

Los médicos encargados de los asesinatos se convertirían en los comandantes de los campos de exterminio. Más adelante, los asesinos del "Aktion T4" operaron en los centros de exterminio de Belzec, Sobibor y Treblinka, cuyos comandantes sacaron provecho de su experiencia en materia de utilización de las cámaras de gas para la destrucción de los judíos.

La liquidación de los enfermos mentales enseñó al régimen algo esencial : ese genocidio no había quebrantado esencialmente la lealtad de la población, experiencia decisiva para la aplicación del programa de exterminio de los prisioneros de los campos, judíos y gitanos romas y sintis.

Las estructuras y el personal que había pasado la "prueba" del asesinato de los minusválidos participaron acto seguido en el judeocidio. Aparte de sus conocimientos prácticos y organizativos, los "T4" transfirieron de la eutanasia a la "solución final" su experiencia en el manejo de la opinión pública.

El desarrollo de métodos de asesinato masivo

Cuando Heinrich Himmler comprobó el efecto que tenía sobre los soldados el fusilamiento durante horas de seres humanos, incluyendo mujeres y niños, decidió en el otoño de 1941 probar otros métodos de asesinato masivos y rápidos, menos lesivos para las verdugos.

Su primera idea fue utilizar dinamita, lo que resultó un absoluto horror porque al final los asesinos acabaron recogiendo restos humanos de los árboles de los alrededores del lugar de la masacre. Las víctimas de este atroz experimento fueron pacientes discapacitados rusos de los hospitales de Minsk y Mogilev.

Solo entonces, las SS recurrieron a las cámaras de gas que se habían utilizado en el programa T4: operadas por médicos, disimuladas como duchas o en camiones para que las víctimas no supiesen hasta el final la suerte que les esperaba.

La decisión de trasladar a los territorios ocupados del Este los centros de la muerte también tuvo que ver con esta operación, que había provocado protestas en la sociedad, tanto de las iglesias católica y protestante como de familiares de las víctimas.

“El Führer había comprendido el riesgo que corría ante la población alemana de mostrarse demasiado abiertamente cruel”, escribe Géraldine Schwarz en su ensayo sobre la memoria y el nazismo Los amnésicos. Historia de una familia europea.

Con el asesinato de discapacitados, Hitler se dio cuenta de que debía hacerlo en secreto, pero también descubrió un elemento esencial para sus planes: no iba a tener problemas para encontrar voluntarios que ejecutasen el genocidio, incluso entre los sectores más formados de la sociedad.

Las palabras de odio que llevaba sembrando desde hacía décadas habían funcionado.

El lenguaje médico como instrumento de propaganda

Esta foto se origina en una película producida por el Ministro de Propaganda del Reich. Muestra dos médicos en una sala de un asilo no identificado.

La existencia de los pacientes en la sala se describe como "la vida es solamente una carga". Tales imágenes de propaganda tenían la intención de provocar la simpatía pública para el programa de eutanasia.

Este trabajo resulta especialmente revelador porque describe cómo personas cultas e instruidas, médicos que habían realizado el juramento “no harás daño”, creyeron que era necesario gasear a seres humanos porque los consideraban inferiores.

Los nazis reclutaron a cientos de directores de asilos, pediatras, psiquiatras, doctores y enfermeras. La participación de profesionales sanitarios permitió revestir el crimen con un lenguaje de diagnóstico, tratamiento, higiene y administración hospitalaria.

Historias individuales: Helene Melanie Lebel

La historia de Helene Melanie Lebel muestra cómo la persecución podía convertir una enfermedad mental y el internamiento médico en una sentencia de muerte.

La mayor de dos hijas nacida a un padre judío y una madre católica, Helene fue criada como católica en Viena. Su padre murió durante la primera guerra mundial cuando Helene tenía solamente cinco años, y su madre se volvió a casar cuando Helene tenía quince años.

Conocida afectuosamente como Helly, Helene amaba nadar e ir a la opera. Después de terminar la escuela secundaria empezó a estudiar abogacía.

1933-39: A los 19, Helene empezó a mostrar síntomas de enfermedad mental. Su condición empeoró durante 1934, y en 1935 tuvo que dejar sus estudios y su trabajo de secretaria legal.

Después que perdió su perro, Lydi, sufrió un colapso nervioso. La diagnosticaron con esquizofrenia, y fue internada en el hospital psiquiátrico Steinhof de Viena.

Dos años después, en marzo de 1938, Alemania anexó a Austria [Anschluss].

1940: Helene fue confinada a Steinhof y no se le permitió irse a su casa aunque su condición había mejorado. Sus padres fueron llevados a creer que Helene seria dada de alta pronto.

Pero la madre de Helene fue informada en agosto que Helene había sido transferida a un hospital en Niedernhart, cruzando la frontera de Bavaria.

En realidad, Helene fue transferida a una prisión convertida en Bradenburg, Alemania, donde fue desvestida, sujeta a un examen físico, y llevada a un cuarto de duchas.

Helene fue una de 9.772 personas gaseadas ese año en el centro de “Eutanasia” de Brandenburg. La razón oficial de su muerte fue que ella murió en su habitación de una “excitación aguda esquizofrénica.”

Las cifras de víctimas

Las cifras varían según el período y el alcance que se atribuya al programa de “eutanasia”. De acuerdo con los propios cálculos internos de T4, 70,273 personas internadas con discapacidades físicas y mentales fueron asesinadas en las seis instalaciones de gaseo entre enero de 1940 y agosto de 1941.

Los historiadores calculan que el programa de eutanasia, en todas sus fases, cobró las vidas de 250,000 personas. Otras estimaciones sitúan en torno a 300.000 el número de discapacitados asesinados entre 1939 y 1945 en más de 100 hospitales.

Ámbito o períodoCifra indicada
Niños alemanes discapacitadosAl menos 10,000
Instalaciones centrales de gaseo, enero de 1940-agosto de 194170,273
Pacientes asesinados en el este ocupado hasta el otoño de 1941Unos 30,000
Programa de eutanasia en todas sus fases250,000
Estimación amplia entre 1939 y 1945En torno a 300.000

Las diferencias entre las cifras responden a que algunas estimaciones cuentan únicamente los asesinatos centralizados de Aktion T4, mientras que otras incluyen la fase descentralizada, la “eutanasia” infantil, los asesinatos por hambre, las inyecciones letales, los crímenes cometidos en los territorios ocupados y otros grupos perseguidos en hospitales y asilos.

El debate histórico sobre el lugar de T4 en el Holocausto

Un libro, considerado un clásico de los estudios del Holocausto, analiza a fondo la Aktion T4: Los orígenes del genocidio nazi. De la eutanasia a la solución final, de Henry Friedlander.

Friedlander (1930-2012) no solo dedicó una parte importante de su vida a estudiar el programa T4 y a ampliar la visión del Holocausto, sino que él mismo fue un superviviente de Auschwitz.

“Quería entender los crímenes del régimen nazi”, escribe Friedlander. “Me di cuenta de que la ideología, la toma de decisiones, el personal y la técnica de las ejecuciones vinculaba la eutanasia con la Solución Final.

“Aun así, seguía pensando que la eutanasia no era más que el prólogo del genocidio. Sin embargo, el genetista Benno Müller-Hill publicó un análisis sobre la participación de científicos en los crímenes nazis y sus argumentos me obligaron a reconsiderar mi interpretación.

Comencé a ver que la eutanasia no era un simple prólogo, sino el primer capítulo del genocidio nazi”, asegura el autor.

Esta parte de la interpretación de Friedlander ha sido la que ha provocado más debate entre los expertos desde la primera edición del libro, hace casi un cuarto de siglo: el asesinato de discapacitados no fue una especie de ensayo general de los campos de exterminio, sino que forma parte del mismo proceso, sostiene el ensayo.

Al igual que ocurrió con judíos y gitanos, los nazis aniquilaron también a niños y a ancianos discapacitados porque solo estos tres grupos estaban destinados al exterminio total, aunque el Tercer Reich tenía una larga lista de seres que consideraba inferiores o enemigos peligrosos.

El gran historiador israelí Yehuda Bauer, de 95 años, lo discutió en un artículo titulado El Holocausto y las comparaciones con otros genocidios.

Bauer comienza señalando que “no hay una gradación del sufrimiento y que el número de víctimas no determina la crueldad del ataque. Claramente, los nazis deseaban eliminar a los romaníes como un grupo de gente identificable, los portadores de una cultura. Llevaron a cabo esta política por medio del asesinato masivo, la humillación, la brutalidad y el sadismo extremos”.

Sin embargo, este historiador sostiene que “eso fue un genocidio, no un Holocausto, es decir, no un propósito de asesinar a cada individuo de la población elegida, a una escala global y su implementación -hasta donde el perpetrador hubiera podido-”.

Su tesis es que el racismo estuvo en el centro de todas las políticas nazis, pero que los judíos fueron su obsesión absoluta y el único pueblo destinado a ser exterminado hasta el último individuo en todo el mundo si hubiesen tenido la oportunidad.

“Para los nazis los judíos fueron el enemigo central, un Satán metahistórico que debía ser destruido”, escribe, insistiendo una y otra vez en que resulta imposible establecer clasificaciones dentro de la brutalidad asesina.

Memoria, silencio y responsabilidad después de 1945

Pese a que incluso se celebraron juicios al final de la guerra contra los responsables del programa, dentro de los procesos de Núremberg, esta masacre fue cayendo poco a poco en el olvido. El monumento que conmemora en Berlín este genocidio no fue inaugurado hasta 2012.

Aunque tratado en películas como la alemana La sombra del pasado (2019), del director de La vida de los otros, Florian Henckel von Donnersmarck, y en una famosa obra de teatro de 1963, El vicario, de Rolf Hochhuth, que Costa Gravas llevó al cine bajo el título de Amén, el programa T4 sigue siendo relativamente poco conocido.

El 11 de abril de 1945 los campos de exterminio nazis de Buchenwald y Mittelbau-Dora, en Turingia, fueron liberados por tropas estadounidenses. Muchos de los que estuvieron allí jamás hablaron de eso.

Los veteranos de guerra estadounidenses describían al Mittelbau-Dora como el peor lugar que vieron en su estadía en Alemania, mucho más cruento que el campo de concentración nazi de Buchenwald, a 70 kilómetros de distancia, que fue liberado también ese 11 de abril de 1945.

Junto a los cerca de 2.000 cadáveres en estado de putrefacción, encontraron a 1.200 sobrevivientes que estaban ya más muertos que vivos. Los prisioneros que gozaban de mejor salud ya habían sido enviados por las SS en marzo a las llamadas "marchas de la muerte” en dirección a los campos de exterminio de Bergen-Belsen, Sachsenhausen y Bahía de Lübeck.

Los estadounidenses reaccionaron con medidas estrictas: los ciudadanos de Nordhausen fueron llevados a través de los campos de exterminio, lo que fue un ejemplo para otras acciones de ese tipo en los demás campos en otras ciudades en las semanas siguientes.

Se sepultó con honores a las personas asesinadas en esos campos de exterminio. Pero, sobre todo, se reunió al personal sanitario entre los soldados alemanes prisioneros en el Mittelbau-Dora, a fin de que cuidaran a alrededor de 1.300 exprisioneros de los centros de exterminio nazis.

Una historia familiar y el silencio de los supervivientes

Estuve seguro durante décadas de que mi abuelo solo había tenido mucha suerte al sobrevivir la Segunda Guerra Mundial. Fue reclutado en el verano boreal de 1941, pero no fue enviado al sangriento frente oriental, sino a Grecia, con las tropas de ocupación.

En el otoño de 1944 regresó sin haber participado en la batalla, y su unidad todavía se encontraba en Dresde, pocos días antes de que esa ciudad fuera destruida por completo por las fuerzas aliadas.

En la primavera de 1945, mi abuelo era un prisionero de guerra de EE. UU. Pero ser prisionero de guerra fue lo mejor que le podía haber pasado, ya que, poco antes del intercambio de territorios, el 1º de julio de 1945, los estadounidenses proveyeron a sus prisioneros de documentos que certificaban su liberación.

Y aconsejaron, en especial a los hombres del sur y del oeste de Alemania, desaparecer cuanto antes de la zona de ocupación soviética. De otro modo, se verían amenazados por largas temporadas de cárcel en Rusia, y eso despertaba el horror de todos los soldados.

Así terminó el servicio de casi cuatro años de mi abuelo en la guerra, con una marcha a pie que duró tres semanas, desde Turingia hacia la Selva Negra. A mediados de julio de 1945 ya estaba de vuelta con su familia, sin haber sido herido ni una sola vez.

Desde hace más de tres años, esta historia familiar ha recuperado un capítulo más. Luego de la muerte de mi tía-madrina, la hija menor de mi abuelo, mi tío me entregó una antigua valija de cuero.

"Está aquí desde hace 30 años. Ella siempre quiso saber qué había ahí adentro”, me confesó.

Entre viejos contratos y otros documentos también estaba la libreta militar de la Segunda Guerra de mi abuelo, Willi Merkel, así como su certificado de liberación del 21 de junio de 1945: "Este certificado autoriza a Willi Merkel a viajar por cualquier medio posible desde Nordhausen hasta Rastatt, con el propósito de regresar a casa”.

Es decir que Nordhausen, en el extremo sur de la región del Harz, fue el último lugar de la misión de la brigada 688 del Ejército del Tercer Reich. Una ciudad que fue tomada sin resistencia alguna por las tropas de EE. UU., pero que quedó completamente destruida.

Ocho mil personas murieron una semana antes del 21 de junio de 1945 debido a las bombas británicas. Y en su camino, los exprisioneros también deben haberse topado con otro de los lugares del horror nazi: el campo de concentración y exterminio de Mittelbau-Dora, a pocos kilómetros de la ciudad de Nordhausen.

Mittelbau-Dora fue el último campo de exterminio que construyeron los nazis en suelo alemán, apenas dos años antes, y constaba de una inmensa instalación subterránea en la que se estaban montando las llamadas "armas de venganza”, es decir, la bomba aérea V1 y el misil V2.

Ya en 1943 habían muerto en circunstancias espantosas miles de personas prisioneras en ese centro de exterminio al fabricarlas. Pero también en la primavera de 1945, la situación era terrible en el "Campo Dora”, como lo llamaban los nazis.

Mi abuelo había recibido una formacion como "Ayudante en el transporte de enfermos" en 1944, y era uno de esos soldados, como lo prueba un documento escrito en inglés y alemán que hallé en la valija, certificado por el Dr. W. A. Ousdhoorn, "ex prisionero político del campo de concentración Dora, médico jefe del hospital militar", el 12 de junio de 1945.

Y en la parte de atrás del documento figura: "El cabo primero Willi Merkel pertenece desde el 15.04.1945 al personal sanitario del Hospital del Campo de Dora". Firma: Prof. Dr. von Hasselbach.

Ese documento hallado en un antiguo maletín ocupa mis pensamientos desde hace tres años. Seguramente no fue solo la suerte la que permitió que mi abuelo sobreviviera en la Segunda Guerra, ya que tanto Nordhausen como el campo de concentración de Mittelbau-Dora nunca fueron mencionados en sus relatos.

Sus hijas y nietos, al menos, nunca supieron nada al respecto. ¿Por qué? ¿Acaso reprimió los escabrosos recuerdos de los días del final de la guerra? ¿O simplemente se avergonzaba de los crímenes cometidos por los nazis, de los cuales fue testigo?

No lo sé. Solo estoy seguro de que mi abuelo no es un caso único. Que muchos de su generación nunca más hablaron de lo que vieron, vivieron y, sobre todo, hicieron.

No quisieron o no pudieron hablar de eso. Y por eso, nosotros, la siguiente generación, solo conocemos los hechos de los libros de historia, sucesos que tocaron mucho más de cerca a nuestras familias de lo que hoy creemos saber e intuir.

Ancianos supervivientes y longevidad después de la guerra

Nacieron en una de las épocas más duras de siglo XX. Vivieron las penurias económicas de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, uno de los periodos más crueles de la historia.

Pasaron hambre, apenas tuvieron comodidades y, sin embargo, esa forma de vida tan dura parece haber cincelado organismos humanos a prueba de graves enfermedades. Los supervivientes de aquella época son hoy la generación más longeva, pero poco se sabe cómo lo han conseguido.

Una investigación con ex militares, realizada en el Centro Médico de Veteranos de Washington, ofrece algunas pistas de esta paradoja. Curiosamente, los centenarios estudiados tenían menos incidencia de enfermedades crónicas que a los 80 o 90 años.

El estudio incluyó a veteranos nacidos entre 1910-1915 que vivieron al menos hasta los 80. Se revisó el estado de salud y longevidad de 31.121 octogenarios, 52.420 nonagenarios y 3.351 centenarios.

La mayor incidencia de problemas crónicos (fibrilación, insuficiencia cadiaca, EPOC, hipertensión, diabetes o ictus) se halló en los octagenarios. Los que habían superado los 90 también tenían más problemas crónicos, potencialmente letales, que los que habían superado la barrera de los cien años.

Los geriatras de la Universidad George Washington creen que una de las claves de la longevidad de los centenarios está precisamente en su pasado militar, en esa disciplina en la que se forjaron que también les ha llevado a tomar buenas decisiones de salud.

Por ejemplo, la mayoría no bebía ni fumaba. «Es una maravilla, considerando las condiciones de vida tan duras que han afrontado, cómo han alcanzado esta longevidad. Este estudio nos ofrece un importante mensaje de resiliencia», señala Raya Elfadel Kheirbek, autor de la investigación y profesor de la Universidad George Washington.

Kheirbek también cree que su trabajo avala la hipótesis de morbilidad por compresión para explicar una esperanza de vida tan prolongada y un buen estado de salud al final del límite biológico.

Esta hipótesis, que en 1980 introdujo el médico James Fries, sostiene que los costes de envejecimiento de una sociedad anciana podrían manejarse si la aparición de las enfermedades crónicas se postponen hasta los últimos años de la vida.

Como dice Kheirbek, «cuanto más años cumplas, más saludable estarás» como les sucede a los centenarios estudiados en comparación con los que «solo» tienen 80.

Los Supervivientes Del Holocausto Que Planearon Venganza Contra 6 Millones de Alemanes | Documental

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