Freud fuera de línea: del alienismo a la revolución psicoanalítica

Sigmund Freud, el neurólogo austríaco y fundador del psicoanálisis, que creó un enfoque completamente nuevo para la comprensión de la personalidad humana y es considerado como una de las mentes más influyentes y controvertidas del siglo XX, era alienista. Los alienistas eran quienes se ocupaban de estudiar, comprender, cuidar y ayudar a los pacientes que sufrían "alienación mental" a superar su enfermedad.

Aunque suene a algo relacionado con extraterrestres, no tiene nada que ver con eso. El término nació en la Francia revolucionaria y sobrevivió hasta principios del siglo XX, antes de quedar desplazado por el desarrollo de la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis.

Qué significaba «alienista»

Si lo buscas 'Alienista' en el diccionario de la Real Academia Española encuentras. Del fr. aliéniste, der. de aliéner 'enajenar'. 1. adj. Dicho de un médico: Dedicado especialmente al estudio y curación de las enfermedades mentales.

El principio de esta nueva especialidad médica fue producto de una corriente de pensamiento distinta sobre la locura que tuvo su expresión en varios lugares del viejo continente, pero el término en sí nació en Francia. El estudio, comprensión, cuidado y ayuda a los pacientes que sufrían "alienación mental" se desarrolló, y el alienismo se fue quedando atrás.

El origen francés del alienismo

A lo largo de los siglos XVII y XVIII en Europa, los enfermos mentales eran cuidados por sus familias o vagaban por campos y ciudades mendigando, señala Juan Carlos Stagnaro en su dossier "El nacimiento de la psiquiatría: un movimiento europeo". Pero muchos eran recluidos en los hospitales creados por las monarquías para sacar de circulación a los considerados "perturbadores" del orden social.

En Francia, a comienzos del reinado de Luis XVI, el movimiento filantrópico -inspirado en el ideario de Jean-Jacques Rousseau- desveló, entre otras denuncias, las miserables condiciones en las que se encontraban los recluidos en los Hospitales Generales del reino.

La presión fue tal que el rey le encomendó a Jean Colombier, el Inspector General de Hospitales civiles y Prisiones del reino, y a su adjunto, François Doublet, la redacción de un informe sobre el estado de los locos internados.

"millares de insanos son encerrados en las prisiones sin que nadie piense en el menor de los remedios. "El semiinsano se confunde con el insano perdido; el furibundo con el loco tranquilo: a unos se los encadena, a otros se les deja en libertad en su cárcel; "en resumidas cuentas, a no ser que la naturaleza acuda en su auxilio y los cure, el término de sus males es el de sus días, y desgraciadamente hasta entonces, la enfermedad no hace sino aumentar en lugar de disminuir", dice un pasaje del informe.

Aunque las reformas para mejorar la situación fueron temporalmente interrumpidas por la Revolución, el informe tuvo gran repercusión en ese país, que se convirtió en república. Las nuevas autoridades de Francia pusieron en práctica las recomendaciones de Colombier y Doublet, reformando la atención para los alienados de su mente y de la sociedad de acuerdo con los nuevos Derechos del Hombre instaurados por la Revolución.

Hospitales psiquiátricos franceses del siglo XVIII

De los asilos a la psiquiatría

Reformas similares se dieron en otras partes del continente. En 1808, en Alemania, el médico y anatomista Johann Christian Reil (1759-1813) defendió la creación de una disciplina médica independiente que llamó psiquiatría.

Ambos términos se mantuvieron en uso. Pero el estudio, comprensión, cuidado y ayuda a los pacientes que sufrían "alienación mental" se desarrolló, y el alienismo se fue quedando atrás.

En 1814, un reformador y filántropo, miembro del Parlamento británico descubrió en el hospital de Betlhem a William Norris (en el dibujo), un ciudadano de EE.UU., encadenado a un dispositivo de hierro permanentemente desde hacía más de una década en atroces condiciones. El caso produjo una gran conmoción en la opinión pública y contribuyó al movimiento de reforma de los asilos de Reino Unido.

Freud como alienista

Freud no surgió fuera de la medicina mental de su tiempo. El fundador del psicoanálisis, considerado como una de las mentes más influyentes y controvertidas del siglo XX, era alienista. Sus colegas contemporáneos y anteriores, también.

Freud y Jung se concentraron en la psicología de los trastornos mentales en lugar de en su neurología o fisiología, influyendo profundamente en la forma en que los psiquiatras y psicólogos (todavía llamados alienistas a principios del siglo XX) conceptualizaron los síntomas.

Esta transformación modificó el centro de atención: la enfermedad mental dejó de ser considerada únicamente como un problema observable en el cerebro o en la conducta y pasó a examinarse también como una experiencia subjetiva, conflictiva e inconsciente.

La crítica de Carl Jung al viejo alienismo

Recordando su experiencia como "joven alienista", Carl Jung -el más cercano colaborador de Freud y respetado neurólogo y psicólogo por mérito propio- escribió en 1952: "Nuestra formación como alienistas estaba muy relacionada con la anatomía del cerebro, pero no con la psique humana".

"Observaciones meramente clínicas -y la subsecuente post mortem, cuando uno solía mirar a un cerebro que no mostraba signos de anomalía- no eran particularmente esclarecedoras. "El axioma 'Las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro' no le decía nada a nadie".

En una entrevista con la BBC en 1957, Jung contó como la introducción de un libro que planteaba que la psicosis era una inadaptación de la personalidad lo hizo pensar: "Tengo que convertirme en un alienista".

El péndulo entre el cerebro y la psique

"Fascinantemente", señala el psicólogo físico y forense Stephen A. Diamond en un artículo de la revista Psychology Today, "el péndulo histórico ha oscilado dramáticamente en los últimos 100 años, desde el crudo biologismo de los primeros alienistas hasta los penetrantes conocimientos de la psicología profunda en el siglo XX, y ahora, lamentablemente, de vuelta a nuestra conceptualización predominantemente neurobiológica y médica".

La historia del alienismo muestra, por tanto, una tensión persistente entre dos maneras de comprender el sufrimiento mental: como alteración orgánica y como expresión de una vida psíquica que debe ser escuchada e interpretada.

Las cinco teorías de Freud sobre la personalidad

Sigmund Freud (1856-1939), el fundador del psicoanálisis, desarrolló diversos modelos para explicar la personalidad humana a lo largo de su carrera. En este artículo analizaremos las 5 teorías de Freud sobre la personalidad: la topográfica, la dinámica, la económica, la genética y la estructural.

Aunque existen ciertas contradicciones entre los modelos de personalidad creados por Freud, en general pueden concebirse como teorías complementarias o bien como actualizaciones y desarrollos de varios conceptos fundamentales, como las pulsiones y los mecanismos de defensa.

Estas cinco teorías fueron una base para el psicoanálisis, la psicología moderna y el estudio de la conducta humana.

Modelo topográfico: consciente, preconsciente e inconsciente

Freud desarrolló el modelo topográfico en la primera etapa de su carrera, presentado en su obra La interpretación de los sueños, publicada en el año 1900. Esta teoría, también conocida como la Primera Tópica, divide la mente en tres “regiones”: la inconsciente, la preconsciente y la consciente, una división que marca el primer esfuerzo de Freud por cartografiar la mente y entender la dinámica entre sus partes.

  • Inconsciente: Es el nivel más profundo y fundamental de la mente, donde se ocultan pensamientos, impulsos, recuerdos y fantasías reprimidas, inaccesibles a la consciencia.
  • Preconsciente: Se encuentra entre el inconsciente y el consciente, actuando como un "filtro" de acceso a la consciencia.
  • Consciente: Es la región que procesa la información de manera racional, en contacto con el entorno externo, y que actúa como intermediario entre las demandas internas y la realidad.

Freud postuló que el inconsciente es la fuente de deseos inaceptables que, debido a su carácter perturbador o moralmente conflictivo, han sido reprimidos. Estos contenidos inconscientes, aunque no sean directamente accesibles, influyen de manera significativa en la conducta y pueden manifestarse indirectamente a través de los sueños, lapsus y síntomas neuróticos.

El preconsciente está conformado por recuerdos o pensamientos que no están activos en la mente en un momento dado, pero que pueden emerger en la consciencia con relativa facilidad a través de la focalización de la atención. En la parte consciente de la mente se procesan los datos sensoriales y se analiza el entorno de manera objetiva y lógica.

Freud consideraba que este modelo ayudaba a comprender cómo la represión de contenidos inconscientes puede afectar el comportamiento consciente, un concepto clave en el psicoanálisis. Con el tiempo, el modelo topográfico fue ampliado en teorías posteriores, especialmente en el Modelo Estructural, donde Freud distinguió entre las instancias psíquicas del Ello, Yo y Superyó.

Modelo dinámico: conflicto, defensa y síntoma

El modelo dinámico se centra en el conflicto entre dos fuerzas opuestas que se manifiestan en la mente: los impulsos instintivos, que buscan la gratificación inmediata, y las defensas, que intentan reprimir estos impulsos.

Este modelo pone el foco en la naturaleza conflictiva de la psique y en cómo los procesos internos moldean la personalidad. Freud sostenía que el conflicto entre los deseos y las defensas es fundamental para entender la dinámica psíquica, especialmente en el desarrollo de los síntomas neuróticos.

Según Freud, los impulsos y deseos reprimidos son la fuente de gran parte de los síntomas psicológicos. Estos deseos reprimidos, que no pueden expresarse directamente debido a restricciones morales o sociales, encuentran formas indirectas de manifestación, como en los sueños o en la conducta simbólica.

Estos síntomas son una especie de "formación de compromiso", donde el impulso se satisface parcialmente de una manera aceptable para la consciencia, aunque cause incomodidad. Por ejemplo, en personas que experimentan ansiedad o fobias, estos síntomas pueden ser interpretados como una manifestación simbólica de conflictos internos no resueltos.

Freud argumentaba que la salud mental depende en gran medida de la efectividad de las defensas y de la habilidad para manejar los impulsos internos. El modelo dinámico introdujo también el concepto de "mecanismos de defensa", como la represión, la proyección y la sublimación, que son herramientas que el Yo utiliza para manejar la ansiedad y para lidiar con los conflictos internos.

Estos mecanismos de defensa se convierten en elementos centrales de la teoría psicoanalítica y en el estudio de los síntomas psicológicos.

Modelo económico: la energía y las pulsiones

El modelo económico se centra en el concepto de "pulsión", definido por Freud como un impulso psicológico que surge de necesidades biológicas y emocionales y que busca reducir la tensión corporal o emocional.

Freud emplea el término "económico" para señalar que la mente funciona como una economía de energía psíquica, en la cual la energía debe ser regulada para evitar la sobrecarga o el agotamiento.

Freud desarrolló la teoría de las pulsiones en diferentes etapas, proponiendo tres clasificaciones principales:

  • Pulsión sexual y de autoconservación: Freud distinguió en un principio entre la pulsión sexual (o libido) y la pulsión de autoconservación.
  • Pulsiones objetales y narcisistas: Freud amplió la teoría de las pulsiones al diferenciar entre pulsiones dirigidas hacia objetos externos, como personas y metas, y pulsiones narcisistas, orientadas hacia uno mismo.
  • Pulsión de vida y pulsión de muerte: Finalmente, en Más allá del principio de placer (1920), Freud introdujo la idea de la pulsión de muerte, una tendencia destructiva hacia el propio yo y hacia los demás.

La pulsión sexual está orientada hacia la reproducción y la gratificación, mientras que la pulsión de autoconservación se enfoca en la supervivencia del individuo. Esta clasificación destaca la importancia de la relación entre el individuo y el entorno en la búsqueda de satisfacción de los impulsos.

La pulsión de vida, por otro lado, abarca todos los impulsos de supervivencia y gratificación, incluida la sexualidad. Esta dicotomía, aunque controvertida, propone una visión compleja de la naturaleza humana y de las fuerzas que nos impulsan.

Freud creía que las pulsiones sexuales y de muerte coexistían en la mente humana y que el equilibrio entre ambas pulsiones era clave para el bienestar.

Modelo genético: las etapas del desarrollo psicosexual

El modelo genético es una de las teorías más conocidas de Freud, también llamada teoría del desarrollo psicosexual. Esta teoría sostiene que la personalidad se desarrolla a lo largo de cinco etapas, cada una de las cuales se caracteriza por el foco en una zona erógena específica.

La teoría sugiere que las experiencias de la infancia son determinantes en la configuración de la personalidad adulta, ya que las fijaciones en una etapa pueden influir en el comportamiento y en la salud mental a lo largo de la vida.

  • Fase oral (0-1 año): La boca es la primera zona erógena y el principal canal de gratificación.
  • Fase anal (1-3 años): En esta etapa, la gratificación se centra en el control de esfínteres.
  • Fase fálica (3-6 años): La zona erógena se desplaza a los genitales y surgen los complejos de Edipo y de castración.
  • Fase de latencia (6-pubertad): La energía sexual se reprime y se redirige hacia el aprendizaje y las habilidades sociales.
  • Fase genital (adolescencia en adelante): La sexualidad madura y se orienta hacia las relaciones de pareja y hacia objetivos de vida.

La boca es la primera zona erógena y el principal canal de gratificación. La succión, masticación y otras actividades orales son esenciales en esta etapa. Freud consideraba que la fijación en esta fase podía llevar a problemas en la adultez, como conductas adictivas o dependencias emocionales.

En la etapa anal, la autonomía y el control personal son cruciales. Una fijación en esta fase puede derivar en problemas relacionados con la necesidad de orden o, en el extremo opuesto, en desorganización o comportamientos rebeldes.

En la fase fálica, la relación con los padres es central y la identificación con el progenitor del mismo sexo es fundamental. La fijación en esta fase puede dar lugar a problemas de identidad o dificultades en las relaciones románticas.

La fase de latencia es esencial para el desarrollo de habilidades interpersonales y para la integración de los valores sociales. En la fase genital, el individuo es capaz de establecer relaciones afectivas y sexuales satisfactorias y estables, siempre que no existan fijaciones no resueltas en etapas anteriores.

Freud sostenía que los trastornos psicológicos en la adultez podían derivarse de una fijación en alguna de estas etapas o de una insatisfacción temprana en una fase específica.

Modelo estructural: Ello, Yo y Superyó

El modelo estructural, expuesto en El Yo y el Ello (1923), establece tres instancias psíquicas: el Ello, el Yo y el Superyó. Estas instancias representan diferentes aspectos de la personalidad y operan bajo principios distintos, siendo responsables de los conflictos internos que son característicos de la mente humana.

  • Ello: Es la parte más primitiva de la mente y opera bajo el principio de placer.
  • Yo: Se desarrolla a partir del Ello y actúa como mediador entre las demandas del Ello, el Superyó y la realidad externa.
  • Superyó: Representa la internalización de las normas sociales y morales, funcionando como una "conciencia" que censura los deseos impulsivos del Ello.

El Ello es una reserva de impulsos y deseos inconscientes que buscan la gratificación inmediata. Freud creía que el Ello actuaba como una fuerza irracional que no consideraba las restricciones sociales o morales.

El Yo utiliza el principio de realidad para moderar las exigencias de gratificación inmediata del Ello, considerando las consecuencias. A través de los mecanismos de defensa, el Yo maneja la ansiedad generada por estos conflictos internos.

El Superyó también establece ideales y normas que el Yo intenta cumplir, lo cual puede generar sentimientos de culpa o inferioridad si no se logra alcanzar el ideal deseado. El modelo estructural introduce una comprensión más compleja de la dinámica psíquica al ilustrar cómo el equilibrio entre estas tres instancias es esencial para la salud mental.

Cuando los conflictos entre el Ello, el Yo y el Superyó se vuelven demasiado intensos o no son gestionados adecuadamente, pueden surgir síntomas psicológicos que expresan esta lucha interna.

Freud y el descentramiento del sujeto

En otro espacio y en otro momento, posterior, se instauraría el descentramiento radical propuesto por el psicoanálisis por medio de dos vertientes: la primera, el descubrimiento del inconsciente por Freud: Das Andere, la otra cosa en nosotros, el inconsciente descubierto antes de 1897, el mismo incluido en el célebre texto de 1915; una instancia que está en nosotros, pero que también es extranjera, nos es ajena.

La segunda vertiente es la constituida por la de la teoría de la seducción, que Freud abandonó en 1897 por no darse cuenta de la íntima relación de la seducción con el inconsciente. Aunque no se la haya reconocido formalmente como fundadora del psiquismo, la seducción mantuvo su “vigencia”, aunque de forma oculta, revelándose indispensable para mantener al inconsciente en su extranjeridad.

El principal cuestionamiento en la historia de la astronomía fue este: ¿qué gira alrededor de qué? Dos líneas de pensamiento se alternaron: la ptolemaica y la copernicana.

Según Laplanche, Freud situó la Revolución Copernicana en el mismo plano que el descubrimiento psicoanalítico, denominado por él como “revolución psicológica” (en realidad, el descubrimiento del inconsciente) por considerar que las dos “revoluciones” se comunicaban, pues se las veía como las grandes humillaciones que había sufrido el narcisismo humano.

Se observaba en Freud, así, un fuerte movimiento de regreso al autocentramiento. Como lo afirmó Laplanche, se observa en Freud, a lo largo de su obra, un posicionamiento de alternancias entre Copérnico y Ptolomeo.

La crítica de Laplanche: Freud alineado y fuera de línea

Se mantuvo ptolemaico, optando por el autocentramiento, por ejemplo, cuando abandonó la teoría de la seducción (1897); no obstante, se observa en él un énfasis copernicano, heterocentrado, cuando, al comienzo, propuso la teoría de la seducción restringida; y también se mantuvo alineado al pensamiento de Copérnico en sus descubrimientos sobre su “primer inconsciente”.

En determinadas situaciones, Freud parecía posicionarse frente a la extranjeridad del inconsciente, pero, en otros momentos, claramente no lograba sostener esa posición, posiblemente porque el extranjero al cual se refería no incluía a un otro que viniera de afuera.

Inevitablemente, Freud encontraba a ese otro dentro del sujeto humano desde siempre. En su arsenal teórico, faltaba la teoría de la seducción, abandonada por él por no haberse dado cuenta de la íntima relación entre la seducción y la constitución del inconsciente.

Laplanche (1996) acompaña a Freud y comenta su texto “Una dificultad del psicoanálisis” (1917 [1916]/1992), construyendo una especie de conversación de Freud con Freud y mostrando claramente cómo Freud, más que una afirmación de principios de la heteronomía del ser humano, realizaba un movimiento constante de retorno al centramiento.

En un momento afirma: “El hombre […] se siente soberano en su propia alma”, pero luego constata que, en realidad, como nos lo recuerda Laplanche, “la observación psicoanalítica muestra que el yo no es el amo en su propia casa”.

El inconsciente como algo extranjero

Freud sugiere la existencia de fuerzas extrañas al propio sujeto y, aunque las llame impulsos, aludiendo, por ende, a algo que vendría desde dentro, hace referencia a una invasión extranjera.

Freud sigue proponiendo la interpretación del “psicoanálisis” ante esa inquietante extrañeza: “‘No estás poseído por nada ajeno; es una parte de tu propia vida anímica la que se ha sustraído de tu conocimiento y del imperio de tu voluntad. […]’. […] Entra en ti, en lo profundo de ti, y aprende primero a conocerte”.

Freud, efectivamente, no toma en cuenta lo que viene del otro, de afuera, ese ajeno que no está alojado dentro desde siempre. Y no nota que no basta con mirar hacia dentro para descubrir lo que mora allí.

Porque lo que sostendría, de hecho, la revolución copernicana y lo que permitiría que el sujeto se conociera sería el camino del descentramiento por medio del trabajo de traducción, el cual podría conducirlo al conocimiento de la prioridad del otro “en mí”.

Aunque Freud llame extranjera a “la otra cosa en mí”, parece negar que se trate de algo que es otro que vino de afuera. Es extranjera porque no forma parte de mi yo, porque se esquivó a mi conocimiento, permaneciendo aislada porque vino de afuera y fue reprimida, no encontrando integración.

La domesticación del inconsciente no cesa de producirse en el pensamiento freudiano, como lo afirma Laplanche, refiriéndose a la dificultad de Freud de sostener el tema en su totalidad: Freud reconocía al inconsciente como extranjero en nosotros, pero no identificaba que ese extranjero provenía de un otro externo y no de las entrañas del psiquismo.

La teoría del apego y la revisión del psicoanálisis

Esta es la historia de una “desviación” de la teoría freudiana que, a diferencia de algunas anteriores, que nunca más volvieron (Adler, Jung) está regresando a la “corriente principal” del pensamiento psicoanalítico apadrinada por los tozudos hechos clínicos.

Efectivamente, la teoría del apego nace del pensamiento de un psicoanalista, no es reconocida como hija legítima por el psicoanálisis “oficial” y como tal es expulsada de la ortodoxia.

Acogida por la Psicología del Desarrollo, crece y madura de tal manera que, en los últimos diez años hay una serie creciente de miembros de la familia que no tienen prejuicios en relacionarse con ella, si bien le muestran una consideración diferente según los casos.

John Bowlby y los vínculos tempranos

John Bowlby nace en 1907, en el seno de una familia patricia inglesa. Sus estudios secundarios le llevan al campo de la biología (fue hasta su muerte un notable dibujante de pájaros).

Antes de iniciar su entrenamiento como médico, vive la experiencia de trabajar con adolescentes que proceden de familias conflictivas, lo que será determinante en su convicción en la influencia que tiene el ambiente, es decir, los padres “reales” en el desarrollo de la personalidad.

Su formación psicoanalítica en el seno de la Sociedad Británica de Psicoanálisis en los años 30 (análisis con Joan Riviere; supervisiones con Melanie Klein) no consiguió someter aquella creencia completamente heterodoxa.

Influida por James Robertson, estudia con él los efectos de la separación precoz de los niños y sus madres. Ambos describen en sus trabajos anteriores al 60 los patrones de conducta que observan sistemáticamente en los niños que sufren un alejamiento súbito y mantenido de sus hogares y que se ven instalados en ambientes extraños (instituciones, hospitales, etc.).

“Siempre que un niño pequeño que ha tenido oportunidad de desarrollar un vínculo de afecto hacia una figura materna se ve separado de ella contra su voluntad, da muestras de zozobra; y si, por añadidura, se lo coloca en un ambiente extraño y se lo pone al cuidado de una serie de figuras extrañas, esa sensación de zozobra suele tornarse intensa.”

“El modo en que el chiquillo se comporta sigue una secuencia característica. Al principio protesta vigorosamente y trata de recuperar a la madre por todos los medios posibles. Luego parece desesperar de la posibilidad de recuperarla pero, no obstante, sigue preocupado y vigila su posible retorno.”

“Posteriormente parece perder el interés por la madre y nace en él un desapego emocional. Sin embargo, siempre que el período de separación no sea demasiado prolongado, ese desapego no se prolonga indefinidamente. Más tarde o más temprano el reencuentro con la madre causa el resurgimiento del apego”.

La universalidad del fenómeno que tiene lugar como un proceso en tres fases le permite postular su carácter innato y, por tanto, ligado a la filogénesis.

Las tres fases de la separación

En 1958, lee ante la Sociedad Británica el primero de los trabajos -de una serie de tres- dedicados al tema: “La naturaleza del vínculo entre el niño y su madre”. Los dos siguientes serán “Angustia de separación”, leído también en la Soc. Británica, y “Tristeza y duelo en la infancia”, publicado en 1960 en Psychanalytical study of the child.

Estos tres trabajos constituyen el esquema que más tarde desarrollará, en su trabajo principal, la famosa trilogía Attachment and Loss (Apego y pérdida), publicada entre 1969 y 1980.

En estos tres trabajos iniciales propone una teoría que, en síntesis, es la siguiente: El ser humano desarrolla desde sus comienzos una intensa vinculación hacia una única persona (en general, la madre) vinculación que, una vez establecida, se mantiene constante.

La separación de dicha persona (figura de apego) pone en marcha una reacción afectiva observable a través de una serie de manifestaciones de conducta que siguen un patrón constante.

  • Protesta: el niño pequeño separado de su madre trata de recuperar a la figura de apego.
  • Desesperación o desesperanza: si la separación continúa, el niño parece perder la esperanza de recuperar a la madre.
  • Desapego: si la separación es lo suficientemente larga, aparece un desapego emocional.

Esta conducta manifiesta la necesidad de apego, necesidad que es primaria y que por tanto no se “apoya” en otras necesidades básicas (alimentación) negando de este modo un concepto fundamental de la metapsicología freudiana: la teoría del apuntalamiento.

Las conductas de apego se mantienen a lo largo de toda la vida, activándose en determinadas circunstancias: amenazas de pérdida o pérdida real.

Las conductas de apego, que se desarrollan con la finalidad de mantener la proximidad a la figura de apego y tienen como función la supervivencia (protección de los individuos jóvenes frente a los predadores), se desarrollaron y mantuvieron de acuerdo al concepto darwiniano de la “selección natural”.

Bowlby entre Freud y la biología

Bowlby presenta sus planteamientos como un nuevo desarrollo metapsicológico, basado en la segunda teoría de la angustia que Freud sostiene en su artículo de 1926 Inhibición, síntoma y angustia, llamada teoría de la angustia-señal.

En este artículo, Freud reflexiona sobre el problema de la pérdida y sus consecuencias en el psiquismo, concluyendo que el ser humano se siente amenazado por diferentes pérdidas y no solo por la castración: pérdida del Objeto, pérdida del amor del Objeto, etc.) y propone un cambio revolucionario en su concepción de la angustia que pasa de ser “libido transformada” a ser una señal emitida por el Yo frente a la amenaza de pérdida.

Freud luchó toda su vida con el problema de integrar en una sola secuencia las diferentes reacciones ante la pérdida, como eran la angustia, el duelo y las defensas.

En una aplicación de la teoría, tan sencilla y elegante como ella misma, Bowlby sostiene que las tres fases de la reacción del infante a la separación coinciden plenamente con la proposición de Freud:

Reacción infantilConcepto freudiano
Fase de protestaAngustia de separación: reacción a la amenaza de pérdida.
Fase de desesperanzaDuelo: reacción a la pérdida real.
Fase de desapegoDefensa del Yo.

Como decía, las críticas despertadas por la publicación de estos trabajos fueron virulentas: esto no es psicoanálisis, es conductismo, psicología evolutiva, etc.

Anna Freud, “provocada” por Bowlby, que la citaba como pionera en la observación de los efectos de la separación, se vio obligada a precisar su posición teórica sobre un fenómeno que había descrito vivamente pero que no había explicado.

La psicología del Yo, representada por Max Schur, consideraba que el niño, a causa de la inmadurez de su Yo, era incapaz de hacer un duelo y por tanto, desechó en bloque el paralelismo establecido por Bowlby entre duelo adulto y reacción del niño a la separación que demostraba la persistencia del apego a lo largo de la vida.

A sensu contrario, Bowlby no fue menos crítico. La preponderancia dada por Klein a la fantasía inconsciente era rebatida, a la luz de la importancia, probada en la observación, de los padres reales.

Los modelos operantes internos

Pero, en todo caso, desde esa fecha, 1960, se retira de controversias inútiles, profundizando en el trabajo sobre los hechos observados y acercándose a ciencias emergentes como la etología y los desarrollos biológicos que venían de la teoría de sistemas y de la teoría del control.

De la etología toma los conceptos que dejan de hablar de la conducta para hacerlo de sistemas de conducta, modelos preprogramados genéticamente, que se desarrollan en función del ambiente.

De la teoría del control toma planteamientos que en esos años habían hecho avanzar a la biología y la fisiología, como los mecanismos de retroalimentación (feed back) y la homeostasis, etc.

De estas aperturas a otros paradigmas nace su concepto fundamental: los modelos operantes internos, que supone una visión diferente de la estructura del aparato psíquico, una nueva tópica.

Según el concepto de modelo operante interno, lo que la tradición psicoanalítica conceptualiza como mecanismos de defensa o como expresiones de conflicto y compromiso, son modelos de representación de sí mismo y de los otros que se han ido adquiriendo a lo largo de la vida, modelos en su mayor parte no conscientes.

La suma articulada jerárquicamente de los modelos operativos internos constituiría la estructura de la personalidad, el modo en que un sujeto determinado constituye su visión del mundo externo y de sí mismo.

Estos modelos, en su mayor parte inconscientes, representarían la forma en que el sujeto, en su interacción con el ambiente, y como parte fundamental de este ambiente, con sus figuras de apego, va constituyendo su representación del mundo y de sí mismo como parte integrante de ese mismo mundo.

El yo, el ello y los límites de la síntesis

Me he propuesto verificar los propósitos de la cura psicoanalítica en Freud y su fundamento pulsional a partir de la fórmula: "Fortalecer al yo, hacerlo más independiente del superyó ensanchar su campo de percepción y ampliar su organización de manera que pueda apropiarse de nuevos fragmentos del ello".

Ilustrada por Freud hacia el final de dicha Conferencia 31 con la metáfora aplicada a los pólders "Ganarle tierra fértil al mar"; la labor analítica "es un trabajo de cultura como el desecamiento del Zuiderzee".

Sabido es desde Freud que el aparato psíquico no soporta el displacer, "no importa el precio que pague, sacrificará la percepción de la realidad objetiva".

El yo -en su relación con el ello- queda paralizado por sus limitaciones y enceguecido por sus errores, por ello paga un precio muy alto por apartar los peligros.

Ahora bien, dichas limitaciones "yoicas" son las que se irán soltando en el trabajo analítico. Cuando Freud dilucida sobre "el ensanchar el campo perceptivo y ampliar su organización" como uno de los efectos del análisis, se refiere al yo cediendo, a las limitaciones infringidas al servicio del sacrificio y la renuncia, parapetadas, otrora, en sus recursos yoicos defensivos.

La operatoria analítica perturba dicha defensa para desparalizar al yo en su relación con el ello, apropiándose de nuevas partes de este.

En este sentido ubico el ensanchar el campo perceptivo y ampliar la organización del yo, como una apertura de las limitaciones defensivas, que una vez franquedas, alteradas se obtiene otra versión, ésta más ampliada e inédita.

Sostengo que este es el verdadero estatuto del término "fortalecer el yo" en Freud. Se verifica así, en esta construcción freudiana, que el yo porta en su núcleo un genuino fundamento pulsional.

En la dirección de la cura no se trata de fortalecer el yo en una suerte de adaptación o síntesis, sino muy por el contrario, que los sujetos se responsabilicen, se apropien de nuevos fragmentos de ello, haciendo subsistir en la trasferencia la emergencia pulsional para el trabajo -psíquico- y la alteración -pulsional- que promueve una nueva gramática pulsional (bändingung).

Uno de los objetivos principales que me propuse investigar, fue justamente el de recuperar el fundamento pulsional, hallado en el imperativo Wo Es war, soll Ich warden.

A mi entender un principio ético freudiano que entreteje: episteme, clínica y política.

El resto irreductible y los límites del tratamiento

Este es el verdadero fundamento pulsional freudiano; es lo que diferencia a la cura psicoanalítica freudiana de otras prácticas sugestivas.

Y una vez más enfatizo: El advenimiento de un nuevo orden donde la pulsión no es eliminada. Y es la misma operatoria analítica la que debe conducir al sujeto a ese encuentro con la castración, única alteración estructural, verdad de la que no se es curado.

Retomando los propósitos de la cura como afirmé más arriba, estos propósitos producen un verdadero efecto alterador en la economía pulsional y dejan como saldo de esa operatoria una "neo-creación", inédita y a su vez, y siempre un resto incurable.

De ahí que el imperativo ético "Donde Ello era, Yo debo devenir", se inventa en un análisis y en un final.

Dicho resto irreductible construidos por Freud como fenómenos residuales en los finales de análisis, es "esa injerencia de un fragmento de agresión libre" libre de toda tramitación y de todo conflicto, que hace límite a la interpretabilididad.

Lo independiente le otorga ese carácter distintivo por fuera de todo sentido, conflicto y tramitación, o sea libre.

A todas luces leemos en la letra freudiana su propósito y preocupación en producir un cambio cuantitativo en la economía libidinal de los analizantes.

Dilucida que en la operatoria analítica "se consuman desarrollos y trasmudaciones imperfectas"; esos cambios nombrados como alteraciones, son solo parciales.

Lo que, una vez más, demuestra a ese resto como una problemática en los finales de análisis, esa cantidad por estructura "libre", no ligada a las resistencias estructurales, o de otra índole, que parecen depender de constelaciones fundamentales dentro del aparato anímico.

Estos son fenómenos residuales, reacios a la interpretación, resto que no puede ser anulado por la domina­ción del yo.

La teoría freudiana entre la biología y la subjetividad

La energía psíquica, postulada como una extrapolación de la energía física, es indemostrable. Los organismos vivos no funcionan como los inanimados.

El concepto de pulsión como una fuerza constante, para la que no se consideran condiciones de activación ni de extinción y que reduce la motivación a un único -o dos- motivos es también incompatible con los datos de la biología.

Sin embargo, en todos sus escritos y hasta el final de sus días, Bowlby pensó que estaba buscando -y encontrando- nuevos caminos para la metapsicología concordantes con los nuevos avances de la biología, la etología y la evolución y que, al hacerlo así, se mantenía fiel a Freud (al espíritu, no a la letra).

Freud nos invita a reflexionar sobre el papel que juegan los deseos reprimidos, las normas sociales y la energía psíquica en nuestro comportamiento cotidiano.

A pesar de las críticas y revisiones posteriores, las cinco teorías de Freud sobre la personalidad siguen siendo una referencia clave en la psicología y en el análisis de la naturaleza humana.

Del alienismo al psicoanálisis

El recorrido que va del alienismo al psicoanálisis no es una simple sustitución de nombres. Es una transformación de la pregunta por la locura, por sus causas y por las formas de atender a quienes padecen sufrimiento mental.

El alienismo nació vinculado a la necesidad de estudiar y cuidar a los internados en condiciones frecuentemente inhumanas. La psiquiatría introdujo una disciplina médica independiente. Freud y Jung desplazaron parte de la atención hacia la psicología de los trastornos mentales, los conflictos internos y la vida inconsciente.

La teoría del apego volvió a colocar en primer plano los vínculos reales, la separación y la influencia del ambiente en el desarrollo de la personalidad. Laplanche, por su parte, radicalizó la cuestión al insistir en la prioridad del otro y en el carácter extranjero de aquello que se constituye en el sujeto.

Así, Freud podía estar alineado con una revolución copernicana cuando afirmaba que el yo no era dueño de su propia casa, y fuera de línea cuando convertía lo extranjero en una realidad exclusivamente interna. En esa oscilación se encuentra una de las tensiones más fecundas del pensamiento psicoanalítico.

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