Aline Barrios: «Alma mía, bendice, bendice al Señor» en la Reina-Valera

La expresión «Alma mía, bendice, bendice al Señor» llama a reconocer a Dios con toda la vida, no solamente mediante el culto, el canto o la oración. El llamado de Dios es para todos porque Él quiere un pueblo para Él.

La Biblia presenta este llamado como una respuesta integral de fe: que dejen su manera de vivir religiosamente: estar en el culto, cantar, orar, y si lo hacen, sea su vivir como su canto de oración. En la Reina-Valera, la invitación a bendecir al Señor se relaciona con una vida orientada hacia Dios, sostenida por su presencia y expresada en amor, justicia, verdad y paz.

El sentido de bendecir al Señor

Así está escrito: “vengan a Mí, todos…” Esto significa que todos son creados por Dios y que Él está haciendo un llamado a sus criaturas, porque han dejado de ser perfectas, han dejado de vivir bajo su sombra y han buscado “otras sombras” que han humedecido sus vidas en forma incorrecta, han hundido sus vidas a la sombra del terror de muerte y sus consecuencias se ven manifestadas en los delitos, la violencia, la injusticia, la guerra.

El llamado de Dios es para todos porque Él quiere un pueblo para Él. Un pueblo que tenga inscrito el nombre de Dios en todo su vivir.

La invitación a bendecir al Señor no se limita a una fórmula religiosa. Implica volver a vivir bajo su sombra, reconocer su autoridad y permitir que el nombre de Dios marque cada dimensión de la existencia.

Que dejen su manera de vivir religiosamente: estar en el culto, cantar, orar, y si lo hacen, sea su vivir como su canto de oración. ¡Ya estás llamado!. ¡Tú decides!

Una alabanza que compromete toda la vida

La alabanza adquiere sentido cuando deja de ser una actividad aislada y se convierte en una manera de vivir. El canto de oración debe corresponderse con las decisiones, las relaciones y las acciones cotidianas.

La expresión de bendición dirigida al Señor puede comprenderse como una invitación a reconocer sus obras, agradecer su misericordia y responder a su llamado. La fe no queda reducida a las palabras pronunciadas durante el culto, porque el propósito es que el vivir sea como el canto de oración.

La vida de la comunidad creyente también forma parte de esta respuesta. Pentecostés muestra a una Iglesia reunida, unida en un objetivo común, orando y buscando en comunidad la fortaleza para seguir adelante.

Comunidad cristiana alabando a Dios

Pentecostés y la presencia de Dios

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos” (Hechos 2:1-2)

Pentecostés es la fiesta de los judíos, instituida en memoria de la ley que Dios les dio en el monte Sinaí y que se celebra 50 días después de la pascua del cordero.

Como Iglesia debemos comprender que la presencia cristiana que nos muestran Los Hechos es gente unida en un objetivo común, orando y buscando en comunidad la fortaleza para seguir adelante, esto atrajo a la gente que en ese momento peregrinaba en Jerusalén para la Fiesta de Pentecostés.

La fiesta de Pentecostés nos trae a la memoria lo que la presencia de Dios hizo en aquella oportunidad con los primeros creyentes y quiere seguir haciendo entre nosotros.

El Espíritu Santo y la misión de la Iglesia

Es esa fuerza que los reunió para encarar una tarea difícil, pero también hermosa, la de anunciar el Evangelio.

El Espíritu Santo desciende sobre aquella comunidad naciente y temerosa, dándoles el valor necesario para anunciar la Buena Nueva de Jesús; para preservarlos en la verdad, como Jesús lo había prometido (Juan 14.15); para disponerlos a ser sus testigos; para ir, bautizar y enseñar a todas las naciones.

Es el mismo Espíritu Santo que, desde hace dos mil años hasta ahora, sigue descendiendo sobre quienes creemos que Cristo vino, murió y resucitó por nosotros; sobre quienes sabemos que somos parte y continuación de aquella pequeña comunidad ahora extendida por tantos lugares; sobre quienes sabemos que somos responsables de seguir extendiendo su Reino de Amor, Justicia, Verdad y Paz entre los hombres.

La alabanza del Señor se une así con el testimonio. Bendecir a Dios significa también anunciar la Buena Nueva, preservar la verdad, servir como testigos y participar en la extensión de su Reino.

¿Qué es Pentecostés?

La oración comunitaria y la transformación del mundo

Oremos en la Iglesia Metodista de México para que, en esta celebración de Pentecostés, se manifieste una vez más la presencia de Dios en nuestras vidas y en nuestras congregaciones para que nos lleve con su dirección a transformar el mundo.

La oración comunitaria expresa la dependencia de Dios y la disposición a recibir su dirección. La presencia divina no se entiende como una experiencia separada de la vida social, sino como una fuerza que conduce a transformar el mundo.

La alabanza, por tanto, no termina cuando concluye el canto. Su contenido se prolonga en la búsqueda de la verdad, la práctica de la justicia, la vivencia de la paz y la responsabilidad ante las necesidades humanas.

La itinerancia y la proclamación del Evangelio

Esta palabra, aunque no se oficializa en diccionarios de la lengua, es parte de una familia de voces derivadas de iter, que en latín significa viaje y de sus derivados itinerario e itinerante y se hizo fuerte en el siglo XII cuando en el mundo religioso surgen personas viandantes que predicaban el evangelio de lugar en lugar, tales como los valdenses, los franciscanos y los seguidores de Domingo de Guzmán o dominicos, de la Orden los Predicadores (OP).

Al surgir, en el siglo XVIII, en Inglaterra, el avivamiento metodista, Juan Wesley, su iniciador, retoma la idea y llama a sus predicadores itinerantes y al sistema de esto itinerancia inspirado quizá en el modelo valdense que fue cubierto por laicos y en muchos casos por mujeres, cosa no prevista entre franciscanos o dominicos que se fueron por la línea clerical de manera preferente.

Todavía en nuestro tiempo el sistema de la itinerancia está vigente entre los metodistas, aunque con menos rigor que en los tiempos de Wesley.

Permanece por que garantiza que no haya predicador sin lugar de predicación, ni lugar de predicación sin predicador, como lo entendían en el siglo XVIII los wesleyanos originales.

La itinerancia como servicio pastoral

Claro que el sistema no es perfecto y se ha prestado, en momentos, a manejos no muy claros de parte de quienes otorgan los nombramientos periódicos.

El sistema no lo usan las otras denominaciones históricas, las cuales conservan el uso de que los grupos locales elijan a sus predicadores, cosa que en la administración humana ha dejado evidencias de violencia a derechos humanos y laborales como es el caso de las pensiones que corresponden.

El uso británico actual se funda en circuitos más que en cargos pastorales solos, pero igual que en otras latitudes, los nombramientos se pronuncian en las asambleas anuales de las conferencias metodistas, confiando en que las autoridades tienen mayor información y mejor criterio que los grupos locales para la designación de los predicadores respectivos.

Otro argumento en la conservación del sistema de la itinerancia es que esta cubre las inevitables variantes que suceden año con año: enfermedades, accidentes, muertes.

Las iglesias locales quedan aseguradas así de su atención pastoral de manera permanente.

La renovación de las comunidades

La itinerancia, a su vez, garantiza, también, tanto a nivel local como de los mismos itinerantes , cualquier forma de cacicazgo, ya que los funcionarios locales deben ser renovados con frecuencia y los cambios sistemáticos de predicadores significan cambio de énfasis en el trabajo normal de los grupos locales, aunque eso significa que los predicadores no echan raíces en parte alguna.

Vaya pues, una palabra no catalogada en los diccionarios y que tampoco definen las disciplinas metodistas editadas, que tiene tanto uso, contenido y aplicación.

La itinerancia relaciona el movimiento, la predicación y la permanencia de la atención pastoral. En ese sentido, recuerda que la alabanza cristiana no está encerrada en un solo lugar, sino que acompaña la misión de la Iglesia allí donde se anuncia el Evangelio.

Lucas: leer, investigar y escribir la fe

Un estudio minucioso de la cocina de la escritura de Lucas, de la arquitectura que le permitió construir un monumento literario y teológico, revela denodado trabajo para hacerse de información precisa.

Hay temas que uno busca, pero también a uno lo buscan los temas. Esto último me ha sucedido con el tópico de Lucas como escritor. El asunto me ha perseguido por distintos caminos, en variados momentos y circunstancias.

Al releer las memorias de Gabriel García Márquez (Vivir para contarla) puse atención a la obsesión del personaje por aprender a escribir cuentos y novelas desmenuzando los libros de autores que lo cautivaron en su juventud.

Sabiéndolo o no, García Márquez siguió la ruta de un escritor que lo precedió casi dos milenios. El autor de Cónica de una muerte anunciada fue, como Lucas, un lector voraz. Porque todo escritor es, primero, un lector; aunque no todo lector es un escritor.

La precisión y el trabajo del evangelista

Lucas, lo denota en el Evangelio cuya autoría se le adjudica, leyó y releyó una gran cantidad de materiales.

Muchos de éstos no llegaron a sus manos, él debió ir en busca de los manuscritos y, en algunos casos, hacer copias de ellos para leerlos cuidadosamente y usar la información al redactar el rollo imperecedero en el que presentó a Jesús en toda su humana divinidad y humanidad divina.

Un estudio minucioso de la cocina de la escritura de Lucas, de la arquitectura que le permitió construir un monumento literario y teológico, revela denodado trabajo para hacerse de información precisa.

Esto se desprende de la lectura de los primeros cuatro versículos de su Evangelio.

El proceso de inmersión que debió hacer Lucas, que era gentil, para capturar en su Evangelio el mundo en el que se desarrolló el ministerio de Jesús, es una lección permanente para quienes investigamos e intentamos poner por escrito nuestros descubrimientos.

Lucas se puso en las sandalias de las múltiples personas que interactúan en su narración.

El Evangelio como testimonio de misericordia

Le da más espacio que Marcos, Mateo y Juan a los niños y las mujeres.

Contrapone desde el inicio la naturaleza del reinado de Jesús a la hegemonía de los poderes económico y político que mantenían marginada a la gran mayoría de la población.

El capítulo dos del Evangelio según Lucas es una pieza literaria magistral.

Desde la perspectiva de este médico y escritor el sencillo espacio en el que acunaron a su hijo María y José fue, y es, un desmitificador de todos los poderes humanos.

Desde ese inaudito lugar donde reposó el Verbo encarnado, como lo llama otro evangelista, Juan, se prefiguró el carácter del reinado del Príncipe de Paz, título mesiánico que aparece en el capítulo nueve del profeta Isaías y que musicalmente plasmó en forma sublime George Handel en 1742.

El del rey del pesebre sería un reinado libre del dominio déspota, y marcado por el amor, la misericordia, el perdón, la justicia y la redención.

El pesebre y la naturaleza del reinado de Jesús

Lucas se refiere a dos personajes diametralmente opuestos: el emperador Augusto César y un niñito parido en las circunstancias más adversas.

Acostumbrado a que sus órdenes fueran obedecidas por todos en sus vastos dominios, la cabeza del imperio romano decide desde el centro del poder realizar un censo general.

La medida repercute dramáticamente en los más remotos lugares bajo la hegemonía romana, tiene consecuencias para todos los habitantes pero son los pobres quienes más sufren el edicto controlador dado en Roma.

Lucas le da centralidad a la imagen del pesebre.

Recurre a ella en tres ocasiones, la repetición tuvo por objetivo, estoy convencido, contrastar vívidamente el poder de la fragilidad con la ostentación del poder monárquico de entonces.

La primera vez que Lucas refiere el pesebre lo hace para mencionar que María se vio obligada a dar a luz en un lugar paupérrimo, tras lo cual “envolvió en pañales [a Jesús] y lo puso en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (2:7).

La segunda es cuando un ángel anuncia a los pastores, quienes «velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño» (Lucas 2:8), que vayan a ver al niño «envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (versículo 12) porque ese recién nacido es un Salvador y Cristo el Señor.

Los pastores obedecen y presurosamente se dirigen a Belén.

La escena que encuentran debió ser impactante para ellos.

Y aquí viene la tercera mención lucana del ilógico espacio en el cual descansaba el neonato: «y hallaron a María, José y al niño acostado en el pesebre» (versículo 16).

¿Por qué subraya lo del pesebre? Estoy persuadido que para resaltar la naturaleza radicalmente distinta del rey que ahí yacía.

Hay una conmovedora línea de continuidad entre el niño del pesebre, el maestro que conforma un círculo de discípulos inconcebible por las rígidas divisiones sociales de su época, el profeta que llora por Jerusalén, el narrador de historias sencillas (las parábolas) que echaba mano de elementos de la vida cotidiana, el Cristo crucificado y el cordero inmolado cuya imagen es poéticamente descrita en Apocalipsis 5.

El pesebre no es una bonita anécdota.

Es la imagen misma del reinado de Jesús, a quien con excelsitud se refirió Isaías como «Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (9:6).

Pesebre de Jesús y pastores en Belén

Las parábolas de Lucas y la alegría de encontrar lo perdido

Las tres parábolas que Lucas agrupa en el capítulo 15 son deslumbrantes, sobre todo si las leemos en conjunto y no separadamente como usualmente se hace.

Allí hay tres pérdidas y tres hallazgos.

El mural de tres escenas, cuyo tema general es el irrefrenable gozo de encontrar lo perdido, crece en intensidad.

Si fuese una obra musical, una sinfonía, la oiríamos embelesados y en arrebato tanto por la forma en que inicia como en la que avanza y concluye, en una hermosa conjunción de instrumentos que crean un clímax sublime.

La intensidad narrativa en el capítulo 15 de Lucas, el ascendente dramático que recorre tal sección, inicia con la pérdida de una oveja en un rebaño de cien.

Continúa una mujer que tenía diez monedas y pierde una.

Concluye con la conocida como Parábola del Hijo Pródigo, donde un padre ha perdido a un hijo de dos.

Tras haber incurrido en un gravísimo despropósito, pedir a su padre la herencia mientras éste aún vivía, dilapidarla y padecer miseria; el hijo regresa y su padre haciendo a un lado los convencionalismos sociales y culturales corre a recibirle.

Escena conmovedora y perenne lección de amor, perdón y reconciliación.

La misericordia que atraviesa estas parábolas se relaciona con el llamado a bendecir al Señor: quien reconoce la bondad de Dios también aprende a celebrar la restauración, el perdón y el regreso de quien estaba perdido.

Moisés y la liberación del pueblo de Dios

La historia de Moisés el libertador de los Israelitas, de la esclavitud en Egipto, es una de las más interesantes y extensas de la Biblia.

A Moisés se le considera un tipo de Jesucristo, el liberador del pueblo de Dios, de la esclavitud del pecado; y al pueblo de Israel, como un tipo de la iglesia en su peregrinar por el desierto hasta la Tierra prometida, que es un tipo de Jesucristo.

La figura de Moisés amplía el sentido del llamado divino: Dios libera, guía y forma un pueblo. La respuesta de ese pueblo consiste en reconocer al Señor durante el camino, confiar en su dirección y vivir de acuerdo con la libertad recibida.

En esta perspectiva, «Alma mía, bendice, bendice al Señor» no es solamente una expresión de entusiasmo religioso. Es la voz de una persona y de una comunidad que recuerdan la liberación, confían en la presencia de Dios y orientan su vida hacia el amor, la justicia, la verdad y la paz.

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