Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y sus socios construyeron alianzas formales e instituciones internacionales para preservar la seguridad, contener nuevas amenazas y promover la prosperidad y la estabilidad. Los principales aliados estadounidenses de la posguerra fueron Canadá, los países de Europa occidental, Japón, Australia, Nueva Zelanda y la República de Corea.
En 1949, Estados Unidos creó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), junto con Canadá y Europa occidental. En 1951, celebró un Tratado de Seguridad con Japón y otro con Australia y Nueva Zelanda (ANZUS, por sus siglas en inglées), en tanto que en 1953 firmó un Tratado de Defensa Mutua con la República de Corea, todos los cuales continúan aún vigentes.
De los Aliados de 1945 a las alianzas de la posguerra
Las potencias Aliadas estuvieron encabezadas por Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética. Estos países estaban gobernados por el primer ministro británico Winston Churchill, el presidente de EE. UU. Franklin D. Roosevelt y el premier soviético Joseph Stalin. Se aliaron formalmente cuando firmaron la declaración de las Naciones Unidas el 1º de enero de 1942.
Otros 15 estados independientes también firmaron la declaración en esa misma fecha. Además, la declaración fue firmada por los gobiernos en el exilio de otros ocho estados que estaban ocupados por las potencias del Eje. Para marzo de 1945, otros 21 estados le habían declarado la guerra a Alemania y habían firmado la declaración.
El 7 de diciembre de 1941, Japón lanzó un ataque sorpresa contra Estados Unidos en Pearl Harbor. En cuestión de días, Alemania y las potencias europeas del eje le declararon la guerra a Estados Unidos. En respuesta, Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética, China y otros 22 gobiernos declararon formalmente que trabajarían unidos para derrotar a las potencias del Eje. Antes del final de la guerra, 21 gobiernos más se unieron a la alianza.
En consecuencia, a principios de 1942, Alemania y sus aliados se encontraron librando una guerra mundial. Después de la derrota de todos sus aliados del Eje, Japón siguió combatiendo solo durante el verano de 1945. Se rindió formalmente el 2 de septiembre de 1945.
Por qué Estados Unidos creó alianzas después de 1945
Tras la Segunda Guerra Mundial, varios países, Estados Unidos incluido, determinaron que, para mantener la seguridad de su propio país, era necesario gestionar las amenazas extranjeras. Fue así como se tomó la decisión de construir algunos tratados y alianzas formales con otros países.
Lo que ahora me impresiona, tantos años más tarde, es que una generación de líderes ganó no solo una guerra, sino también la paz. Lo hicieron juntos, los Estados Unidos y nuestros socios trabajamos juntos para crear alianzas que brindaran prosperidad y estabilidad a Europa Occidental, Japón y Corea del Sur.
Viejos enemigos se convirtieron en nuevos aliados y juntos promovieron un nuevo sistema económico mundial, que creó un mundo más próspero. E incluso durante la furia de la Guerra Fría, los líderes encontraron formas de cooperar para controlar la proliferación de armas y evitar el apocalipsis nuclear.
En resumidas cuentas, al construir instituciones internacionales y asociaciones estratégicas eficaces e indispensables no solo evitamos otra catastrófica guerra mundial sino que, en última instancia pusimos fin a la Guerra Fría y elevamos el nivel de vida de cientos de millones de personas.
La OTAN: principal alianza militar de Estados Unidos
En 1949, Estados Unidos creó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), junto con Canadá y Europa occidental. La alianza nació como un marco permanente de seguridad colectiva entre Estados Unidos, Canadá y sus socios europeos.
En total, 30 países integran la OTAN: Estados Unidos, Canadá, Bélgica, Francia, Reino Unido, Italia, Portugal, Países Bajos, Dinamarca, Luxemburgo, Islandia, Noruega, Grecia, Turquía, Alemania, España, Polonia, Hungría, República Checa, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumanía, Croacia y Albania, Montenegro y Macedonia del Norte.
Dichos tratados otorgan beneficios de seguridad de un país a otro y otros apoyos que se extienden más allá del dominio militar, como sanciones económicas a países no aliados, apoyo financiero, promover estándares internacionales justos y transparentes, así como abordar temas que van desde las crisis mundiales de refugiados hasta temas de salud y educación.
| Alianza o tratado | Año | Participantes principales |
|---|---|---|
| Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) | 1949 | Estados Unidos, Canadá y Europa occidental |
| Tratado de Seguridad con Japón | 1951 | Estados Unidos y Japón |
| ANZUS | 1951 | Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda |
| Tratado de Defensa Mutua con la República de Corea | 1953 | Estados Unidos y la República de Corea |
Japón: de enemigo de guerra a aliado estratégico
En 1951, celebró un Tratado de Seguridad con Japón. El acuerdo reflejó la transformación de la relación entre ambos países después de la guerra: Japón pasó de ser una potencia enemiga a convertirse en uno de los principales socios de seguridad de Estados Unidos en Asia.
Viejos enemigos se convirtieron en nuevos aliados y juntos promovieron un nuevo sistema económico mundial, que creó un mundo más próspero.
Los objetivos estadounidenses son los mismos desde hace décadas: paz, prosperidad y estabilidad para EE. UU. y nuestros socios en todo el mundo.
Australia y Nueva Zelanda: la alianza ANZUS
En 1951, Estados Unidos celebró otro tratado con Australia y Nueva Zelanda, conocido como ANZUS, por sus siglas en inglés. El acuerdo estableció una estructura de cooperación de seguridad entre los tres países del Pacífico.
En 1951, celebró un Tratado de Seguridad con Japón y otro con Australia y Nueva Zelanda (ANZUS, por sus siglas en inglées), en tanto que en 1953 firmó un Tratado de Defensa Mutua con la República de Corea, todos los cuales continúan aún vigentes.
Corea del Sur: alianza creada en el contexto de la Guerra Fría
En 1953, Estados Unidos firmó un Tratado de Defensa Mutua con la República de Corea. El acuerdo se estableció después de la Guerra de Corea y convirtió a Corea del Sur en un aliado esencial de Estados Unidos en Asia oriental.
Lo hicieron juntos, los Estados Unidos y nuestros socios trabajamos juntos para crear alianzas que brindaran prosperidad y estabilidad a Europa Occidental, Japón y Corea del Sur.
En la actualidad, el orden mundial enfrenta nuevos desafíos: la agresión rusa pone nerviosos a los aliados; los extremistas que secuestran a la religión amenazan a los gobiernos y a la gente por doquier; la tecnología acelera un cambio en el equilibrio del poder entre los gobiernos y los gobernados, que ofrece tanto oportunidades para la responsabilidad democrática como obstáculos para la política inclusiva.
La red de alianzas y sus funciones
Las alianzas posteriores a la Segunda Guerra Mundial no se limitaron a la defensa militar. Dichos tratados otorgan beneficios de seguridad de un país a otro y otros apoyos que se extienden más allá del dominio militar, como sanciones económicas a países no aliados, apoyo financiero, promover estándares internacionales justos y transparentes, así como abordar temas que van desde las crisis mundiales de refugiados hasta temas de salud y educación.
La cooperación es igualmente vital para reforzar los principios económicos sobre los que Estados Unidos y otros países cimentaron su prosperidad de posguerra. Independientemente de su objetivo -la seguridad mutua o la prosperidad compartida- las asociaciones genuinas no se construyen de la noche a la mañana.
La diplomacia paciente y la voluntad colectiva son necesarias para lograr las metas comunes. Los objetivos estadounidenses son los mismos desde hace décadas: paz, prosperidad y estabilidad para EE. UU. y nuestros socios en todo el mundo.
Alianzas, instituciones internacionales y cooperación mundial
La construcción de alianzas también estuvo vinculada con la creación de instituciones internacionales. En resumidas cuentas, al construir instituciones internacionales y asociaciones estratégicas eficaces e indispensables no solo evitamos otra catastrófica guerra mundial sino que, en última instancia pusimos fin a la Guerra Fría y elevamos el nivel de vida de cientos de millones de personas.
Hemos pasado de un mundo donde el poder residía en las jerarquías a otro donde habita en las redes y el arte de gobernar aún tiene que adaptarse. Las instituciones y asociaciones internacionales que surgieron en los años de posguerra requieren tanto mantenimiento como modernización.
Las líneas del mapa ya no contienen las peores amenazas y los jugadores ya no están divididos claramente en dos facciones. En el siglo XXI, todos somos vecinos. Por eso el mundo necesita de una diplomacia de coalición.
Ningún país puede vencer por sí solo al terrorismo. Ningún país puede solucionar la amenaza existencial del cambio climático por sí mismo. Ningún país puede erradicar la pobreza extrema, combatir las posibles pandemias ni mejorar la seguridad nuclear individualmente.
Nadie puede vivir con más seguridad y riqueza dándole la espalda al mundo. Debemos apoyarnos en nuestra historia de alianzas y formar nuevas coaliciones: con los gobiernos, con la sociedad civil y, sí, con el ciudadano de a pie.
Las alianzas estadounidenses frente a los conflictos contemporáneos
Años después del término de la Segunda Guerra, las principales potencias del mundo continúan preservando algunas alianzas en caso de algún conflicto, para ayudar o recibir ayuda de sus aliados, como en el caso de la reciente invasión de Rusia a Ucrania.
Aunque Estados Unidos ha dejado claro que no enfrentará a las fuerzas militares rusas, ha brindado ayuda a Ucrania enviando asistencia militar e imponiendo sanciones a Rusia.
Un buen ejemplo es el esfuerzo internacional para enfrentar la maligna brutalidad del Estado Islámico en Irak y Siria. Se están usando las herramientas políticas, humanitarias y de inteligencia de más de 60 países para apoyar una acción militar unificada.
El éxito no depende de lo que un único país, o incluso un puñado de países, pueden hacer, sino de lo que podemos lograr todos juntos contra esta amenaza común.
En un frente igualmente importante, EE. UU. está trabajando con las Naciones Unidas para impulsar una respuesta mundial al riesgo que presenta el virus del ébola. He hablado personalmente con más de 50 líderes extranjeros y todos coincidimos en que solo a través de la coordinación de nuestras acciones podemos detener la devastación en África Oriental y limitar la diseminación del ébola.
Estamos avanzando en ambas cuestiones, pero resta mucho por hacer. Unir a los países con intereses encontrados y recursos dispares es un trabajo duro.
Exige una intensa participación diplomática y recurre a relaciones que se han construido y mantenido durante décadas, así como a alianzas con nuevos socios. Pero al superar las diferencias y coordinar los esfuerzos para derrotar al estado islámico y al ébola, estamos reforzando el apoyo a un orden mundial basado en soluciones colectivas a problemas comunes.
Rusia, China, Irán y Corea del Norte
Históricamente, Estados Unidos ha estado en desacuerdo con algunos países como Rusia, China, Irán y Corea del Norte. En el grupo de aliados de Rusia están los países incluidos en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC): Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán y Tayikistán.
Rusia también cuenta con dos estrechos aliados en América Latina: Cuba y Venezuela.
Frente a toda esta turbulencia, hay quienes sugieren que Estados Unidos debe mirar hacia adentro. Nada nuevo hay en esto. Hubo quienes sostuvieron lo mismo después de la Segunda Guerra Mundial y lo afirmaron nuevamente hace 25 años, después de la caída del muro de Berlín.
Estaban equivocados entonces… y lo están ahora. Nunca hubo mayor necesidad de liderazgo y Estados Unidos nunca estuvo más involucrado en el mundo.
La importancia de las alianzas económicas
La cooperación es igualmente vital para reforzar los principios económicos sobre los que Estados Unidos y otros países cimentaron su prosperidad de posguerra. La frustración no debe superar a la oportunidad en ningún país.
Por ejemplo, las negociaciones para el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP, por su sigla en inglés) refleja la determinación del presidente Obama para lograr un acuerdo con países que representan un tercio del comercio mundial y el 40 % del PBI de nuestro planeta.
Los beneficios -tanto para los EE. UU. como para nuestros socios- son enormes. Se estima que el TPP puede aportar 77 mil millones de USD al año en ingresos reales y crear 650 000 puestos de trabajo, tan solo en Estados Unidos.
El Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión que se está negociando con la Unión Europea ofrece otro paso fundamental para aumentar el comercio.
Independientemente de su objetivo -la seguridad mutua o la prosperidad compartida- las asociaciones genuinas no se construyen de la noche a la mañana. La diplomacia paciente y la voluntad colectiva son necesarias para lograr las metas comunes.
La experiencia histórica que sustenta las alianzas
Crecí a la sombra de la Segunda Guerra Mundial y en los albores de la Guerra Fría. El trabajo de mi padre como funcionario del Servicio Exterior me dio la oportunidad de presenciar la historia con punzante proximidad.
Nunca olvidaré nuestras caminatas por las playas de Normandía, donde aún yacían los cascos quemados de las lanchas de Higgins, tan solo unos pocos años después de que tantos jóvenes fueran a la tumba para que el mundo pudiera ser libre.
Tampoco podré olvidar la sobrecogedora sensación de pasar en bicicleta por la Puerta de Brandeburgo desde Berlín Occidental hacia el Este y ver el contraste entre quienes eran libres y quienes estaban atrapados al otro lado de la cortina de hierro.
Esa es la extraordinaria historia del siglo XX. La pregunta ahora es cuál será la historia que nos legará el siglo XXI.
