Quién gobernaba Francia durante la Primera Guerra Mundial

Durante la Primera Guerra Mundial, Francia estuvo gobernada por la Tercera República. El jefe del Estado fue el presidente Raymond Poincaré, que ocupó el cargo entre 1913 y 1920, mientras que el poder ejecutivo cotidiano correspondió a varios gobiernos y primeros ministros, entre ellos René Viviani, Aristide Briand, Alexandre Ribot, Georges Clemenceau y otros.

Por tanto, Francia no estuvo dirigida durante toda la guerra por una sola persona. Raymond Poincaré permaneció como presidente durante todo el conflicto, pero los sucesivos gobiernos cambiaron a medida que evolucionaban la situación militar, las crisis políticas y las necesidades de la guerra.

Raymond Poincaré, presidente de Francia durante toda la guerra

Raymond Poincaré era el presidente de la República Francesa cuando comenzó la Primera Guerra Mundial en 1914 y continuó siéndolo hasta 1920. Su mandato presidencial abarcó, por tanto, todo el conflicto, desde el estallido de las hostilidades en agosto de 1914 hasta el armisticio del 11 de noviembre de 1918.

La Tercera República era un régimen parlamentario. El presidente ejercía como jefe del Estado, pero el gobierno dependía del Parlamento y estaba encabezado por un presidente del Consejo de Ministros, equivalente al primer ministro. En consecuencia, la dirección política de Francia durante la guerra fue compartida entre Poincaré, los gobiernos sucesivos y los mandos militares.

En los primeros momentos de la contienda, Poincaré desempeñó un papel importante en la defensa de la unidad nacional y en la coordinación política con los aliados de Francia. La guerra enfrentó a la Triple Entente, compuesta inicialmente por el Reino Unido, Francia y el Imperio ruso, con las Potencias Centrales, encabezadas por Alemania y Austria-Hungría.

Los presidentes del Consejo de Ministros durante la Primera Guerra Mundial

Durante el conflicto se sucedieron varios gobiernos. Los principales presidentes del Consejo de Ministros fueron René Viviani, Aristide Briand, Alexandre Ribot, Paul Painlevé y Georges Clemenceau.

Período aproximadoPresidente del Consejo de MinistrosSituación de Francia
1914-1915René VivianiInicio de la guerra y defensa frente a la ofensiva alemana
1915-1917Aristide BriandGuerra de desgaste, Verdún y reorganización del esfuerzo bélico
1917Alexandre RibotCrisis militar y política tras los motines del ejército
1917Paul PainlevéPersistencia de la crisis y búsqueda de una dirección más firme
1917-1920Georges ClemenceauDirección política de la fase final de la guerra y victoria aliada

René Viviani y el comienzo de la guerra

René Viviani era presidente del Consejo de Ministros cuando comenzaron las hostilidades en 1914. Francia entró en guerra después de que el sistema de alianzas transformara el conflicto entre Austria-Hungría y Serbia en una guerra europea general.

La detonación del polvorín europeo tendría lugar el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando de Austria, acompañado de su esposa Sofía, visitó Sarajevo, la capital de Bosnia.

Tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando, entre el 28 de junio y el 6 de agosto de 1914 tuvo lugar lo que ha dado en conocerse como Crisis de Julio, un período en el que las principales potencias europeas llevaron a cabo diversas iniciativas diplomáticas para evitar males mayores, pero que terminó con el estallido de la Gran Guerra.

Como era de esperar, Austria rompió relaciones diplomáticas con Serbia y el día 28 de julio de 1914 el Imperio austrohúngaro declaraba la guerra a Serbia. La decisión de Austria-Hungría de utilizar el crimen como coartada para atacar a Serbia y eliminarla como foco de agitación entre los eslavos del sur activó todos los mecanismos de alianzas fraguados en décadas anteriores que terminaron con las grandes potencias europeas cruzándose declaraciones de guerra mutuas en los días siguientes.

Francia entró en la guerra del lado de la Triple Entente. La Primera Guerra Mundial marcó el primer gran conflicto internacional del siglo XX. El asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, y de su esposa, la duquesa Sofía, en Sarajevo el 28 de junio de 1914, desencadenó las hostilidades.

La posición de Francia frente a Alemania

Agosto de 1914: Francia, atacada, entra en guerra con una deficiencia demográfica y económica. Al final, y tras pagar el precio de una verdadera hecatombe, logra alzarse vencedora de la que cree que es «la última de las últimas guerras».

Más resignado que entusiasta, el país entra en guerra con la conciencia de la diferencia de potencia con Alemania, pues Francia solo cuenta con 40 millones de habitantes, frente a los 65 del Reich.

La unificación de Alemania en el año 1871 la había convertido en una gran potencia que amenazaba de manera directa los intereses económicos tanto de Francia como del Reino Unido. Alemania se hallaba en plena búsqueda de nuevos mercados y pretendía ampliar su imperio colonial, todo lo cual ya había provocado tensiones, puesto que el reparto que habían diseñado Francia y Gran Bretaña distaba mucho de las pretensiones que tenía Alemania en aquellos momentos.

La principal causa del estallido de la Primera Guerra Mundial debería buscarse tanto en la necesidad de hegemonía política y económica de las principales potencias industriales, Francia e Inglaterra por un lado y Alemania por otro, como en la exaltación nacionalista en los diferentes conflictos territoriales.

Las reivindicaciones territoriales que proponía el nacionalismo francés, como la devolución de Alsacia y Lorena, en poder de Alemania, calaron de tal manera, que la ciudadanía creyó en la necesidad imperiosa de hacer lo imposible por liberar e incorporar de nuevo esas regiones a sus respectivos países.

El sistema de alianzas y la entrada de Francia en la guerra

Durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, las potencias europeas habían configurado una política de alianzas que dio lugar a la aparición de dos bloques antagónicos.

En 1882, la recién unificada Alemania firmó un tratado de colaboración militar con su aliado tradicional, el Imperio Austro-Húngaro, para aislar a su gran enemiga: Francia. A este acuerdo se uniría más adelante Italia, por lo que el pacto pasó a conocerse como Triple Alianza.

Ante la perspectiva de quedar aislada diplomáticamente, Francia buscó la amistad del imperio Ruso, que rivalizaba con Alemania y Austria por el control del este de Europa. Así, en 1894, firmaron un pacto secreto conocido como Alianza Franco-Rusa, en la que ambos países se aseguraban el apoyo del otro ante un ataque de sus enemigos.

El miedo al poderío militar de los imperios centrales también era compartido por el Reino Unido, partidario históricamente de un equilibrio de poder continental que favorecía sus intereses. Así Francia y Gran Bretaña firmaron en 1907 la Entente Cordiale, un tratado de no agresión que ponía fin a las disputas coloniales de estos dos enemigos tradicionales.

La política de bloques y la carrera armamentística mantenían el continente en un equilibrio precario en el que la mutua desconfianza solo necesitaba la chispa de un conflicto local para convertirlo una guerra total.

El papel militar de Francia

Concentrado únicamente en el esfuerzo de la guerra, el país inicia una mutación industrial inédita. Gracias al abastecimiento que llegó de Estados Unidos, sufragado con petróleo y trigo, al trabajo de las mujeres y a la mano de obra extranjera, Francia acaba superando la producción alemana, que padece el bloqueo de los aliados.

«Francia produce más material militar en 1917 que durante los tres años anteriores sumados», apunta el historiador Michel Goya, excoronel del ejército francés.

También se dan muchas transformaciones sobre el terreno. Tras haber frenado la ofensiva enemiga en el río Marne, a unos 50 km de París, los franceses descubren la guerra de trincheras, «un fenómeno espontáneo provocado por la importante revelación de principios de la guerra: la potencia mortífera del fuego moderno (ametralladoras, cañones de tiro rápido…). Para combatir mejor, hay que enterrarse», señala Goya.

Soldados franceses en trincheras durante 1916

Al principio, todos los bandos estaban entusiasmados y confiaban en una victoria rápida y decisiva. Este entusiasmo se desvaneció a medida que la guerra se empantanó y se convirtió en un punto muerto de costosas batallas y guerra de trincheras, sobre todo en el frente occidental de Europa.

El sistema de trincheras y fortificaciones de Europa occidental se extendía en total unas 475 millas. Abarcaba aproximadamente desde el Mar del Norte hasta la frontera de Suiza.

Para la mayoría de los combatientes norteamericanos y de Europa occidental, su experiencia fue la de la guerra de trincheras. También se produjeron intensos combates en otros lugares de Europa, como en el norte de Italia, los Balcanes, Grecia y la Turquía otomana.

El Plan XVII y la estrategia francesa

La derrota francesa en la guerra de 1870-71 se había convertido en casi una obsesión para los militares galos. Tras aquella guerra, y siguiendo un cierto instinto protector, el primer impulso de París fue asegurarse que Alemania no podría volver a invadir suelo francés.

Ciudades como Verdun, Toul, Epinal, Belfort, Maubeuge, Valenciennes o Lille se convirtieron en bastiones teóricamente inexpugnables. Sin embargo, este caparazón de hormigón y fosos suponía una herida para el orgullo francés.

A partir de 1911, esa idea del «élain» francés quedó plasmada en un cambio radical en la teoría militar gala, la idea de una estrategia defensiva dio paso a la necesidad imperiosa de canalizar ese espíritu de conquista del único modo aceptable: mediante la doctrina de la ofensiva a ultranza.

El nuevo jefe del Estado mayor francés, el general de ingenieros Joseph Joffre, desenterró un viejo plan propuesto por el ultraofensivo general Ferdinand Foch que casaba a la perfección con lo que se esperaba de un militar moderno.

El plan, llamado finalmente Plan XVII, asumía que los alemanes concentrarían sus fuerzas en la gran ofensiva que planeaban lanzar a través de Bélgica. Como consecuencia de ese esfuerzo dejarían desprotegidos su flanco meridional, precisamente Alsacia y Lorena, y sería por ahí por dónde atacarían los ejércitos franceses en dirección a la ciudad de Mainz.

Con esa ofensiva, lanzada contra la zona más débil del frente alemán, romperían por la base el movimiento envolvente que se produciría a través de Bélgica y aislarían al grueso del ejército enemigo de sus líneas de suministro provocando su colapso y total rendición en el primer mes de guerra.

La batalla del Marne y la guerra de trincheras

El plan alemán pretendía invadir Francia a través de Bélgica, alcanzar París y provocar la rendición francesa en pocas semanas. La ofensiva alemana, sin embargo, no obtuvo la victoria rápida que esperaba Berlín.

Tras haber frenado la ofensiva enemiga en el río Marne, a unos 50 km de París, los franceses descubren la guerra de trincheras.

La vasta extensión del frente oriental impedía la guerra de trincheras a gran escala, pero el alcance del conflicto seguía siendo igual al del frente occidental. Además hubo combates en África, Asia, Oriente Medio y las islas del Pacífico, en el mar y, por primera vez, en el aire.

El conflicto dio lugar a una guerra prolongada de desgaste, en la que Francia tuvo que movilizar todos sus recursos políticos, económicos, industriales y humanos. Los gobiernos sucesivos mantuvieron la guerra pese a las pérdidas, mientras el mando militar reorganizaba las operaciones y el país soportaba una presión cada vez mayor.

Aristide Briand y la prolongación del conflicto

Aristide Briand dirigió el gobierno francés durante una parte decisiva de la guerra. Su etapa coincidió con la transformación del conflicto en una guerra de desgaste, la intensificación de las operaciones en el frente occidental y el enorme coste humano de las batallas.

El conflicto da lugar a la figura del soldado valiente, robusto y desenvuelto, el «poilu», descendiente lejano del soldado napoleónico de la Vieja Guardia, en el centro de las conmemoraciones del centenario de la Gran Guerra.

Pero, mientras que los estadounidenses homenajean a los héroes, los franceses prefieren a las víctimas, como los populares cómics de Jacques Tardi, que describen el barro de las trincheras, los piojos y los bombardeos de artillería.

«En la actualidad, se tiende más bien a ser pacifista, esos héroes guerreros nos molestan de algún modo, preferimos hablar del sufrimiento de los combatientes ordinarios y de sus familias», subraya Annette Becker.

Verdún y el coste de la guerra

La batalla de Verdún fue una de las más largas y mortíferas de la Primera Guerra Mundial. La ofensiva y la defensa de la ciudad se convirtieron en un símbolo de la resistencia francesa y del desgaste extremo de los ejércitos.

Las enormes pérdidas en todos los bandos del conflicto se debieron en parte a la introducción de nuevas armas y tácticas militares, como la artillería de largo alcance, los tanques, el gas venenoso y la guerra aérea.

Los líderes militares tampoco lograron ajustar sus tácticas a la naturaleza cada vez más mecanizada de la guerra. Las políticas de la guerra de desgaste, particularmente en el frente occidental, les costaron la vida a cientos de miles de soldados.

El 1° de julio de 1916 se produjo la mayor pérdida de vidas humanas en un solo día. En este día, tan solo en el Somme, el ejército británico sufrió más de 57,000 bajas.

Batalla de Verdún fortificaciones y trincheras

La victoria de 1918 se obtuvo a un precio aterrador: toda una generación de hombres adultos quedó marcada. Casi 900 soldados franceses murieron cada día durante el conflicto.

De los 8,5 millones de hombres movilizados, 1,5 millones perdió la vida, 800.000 fueron mutilados y 3 millones, heridos. La tragedia alcanzó a todas las familias de Francia, como lo atestiguan las interminables listas de nombres en los monumentos a los muertos levantados en cada pueblo.

Francia perdió el 16% de sus fuerzas movilizadas, la tasa de mortalidad más alta respecto a las tropas desplegadas.

La crisis de 1917

En abril de 1917 se produjo un cambio decisivo en las hostilidades. Citando la política alemana de guerra submarina sin restricciones y su intento de aliarse con México, Estados Unidos le declaró la guerra a Alemania el 6 de abril de 1917.

Las nuevas tropas y materiales de la Fuerza Expedicionaria Estadounidense al mando del General John J. Pershing, junto con el bloqueo cada vez más estricto de los puertos alemanes ayudaron a la larga a cambiar el equilibrio del esfuerzo bélico en favor de los aliados.

Esta ventaja recién obtenida para los aliados fue inicialmente contrarrestada por los eventos que tuvieron lugar en el frente oriental de la guerra. En 1917, Rusia, una de las principales potencias aliadas, se vio sacudida por dos revoluciones.

En la primera se derrocó al gobierno imperial. La segunda llevó a los bolcheviques al poder. Estos acontecimientos se conocen colectivamente como la Revolución Rusa.

En Francia, la prolongación de la guerra provocó un profundo cansancio social y militar. Las ofensivas que no lograban romper el frente, las elevadas bajas y las duras condiciones de vida debilitaron la confianza en la conducción política y militar del conflicto.

Los gobiernos de Alexandre Ribot y Paul Painlevé afrontaron esa crisis en 1917, un año marcado por la inestabilidad política, las dificultades militares y la necesidad de reforzar la disciplina y la coordinación del esfuerzo bélico.

Georges Clemenceau y la dirección final de Francia

Georges Clemenceau llegó a la presidencia del Consejo de Ministros en noviembre de 1917 y se convirtió en la principal figura política francesa durante la fase final de la guerra. Su gobierno mantuvo una política de firmeza y concentró la administración del país en la victoria militar.

Cuando se firmó el armisticio, el 11 de noviembre, Francia, principal artífice de la victoria de los aliados, puede jactarse de contar con el mejor ejército del mundo, el más motorizado y el más innovador.

La entrada de Estados Unidos en la guerra y la llegada de tropas y materiales reforzaron a los aliados. Tras la salida de Rusia del conflicto, Alemania pudo concentrar sus fuerzas en el frente occidental, pero la ofensiva alemana fue finalmente detenida.

El Tratado de Brest Litovsk liberó a Alemania para concentrar sus fuerzas en el frente occidental. Para finales de julio de 1918, ya habían avanzado hasta situarse a 50 millas de París.

En agosto, sin embargo, las fuerzas aliadas, ahora reforzadas con dos millones de soldados estadounidenses, detuvieron la ofensiva alemana y comenzaron a hacer retroceder constantemente a las líneas alemanas en lo que se conoció como la «Ofensiva de los Cien Días».

Las Potencias Centrales comenzaron a rendirse, comenzando con Bulgaria y el Imperio Otomano en septiembre y octubre de 1918, respectivamente. El 3 de noviembre, las fuerzas austrohúngaras firmaron una tregua cerca de Padua, Italia.

A finales de septiembre, los líderes militares alemanes le informaron al káiser que la guerra estaba perdida y que Alemania debía pedir un armisticio. El 8 de noviembre, el gobierno alemán envió a Francia una delegación encabezada por Matthias Erzberger para recibir y aceptar las condiciones de los Aliados para poner fin a la guerra.

Dos días más tarde, Erzberger se reunió con una delegación de los aliados victoriosos bajo el mando del mariscal de campo francés Ferdinand Foch, comandante general de las fuerzas aliadas, en un vagón de ferrocarril en el bosque de Compiègne y aceptó las condiciones del armisticio.

El 11 de noviembre de 1918 a las 11:00 a. m. cesaron los combates en el frente occidental. La «Gran Guerra», como la llamaban sus contemporáneos, había terminado.

EL ARMISTICIO DE COMPIÈGNE: EL FINAL DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL (100 ANIVERSARIO 1918-2018) 📝💥

Quién tenía la autoridad militar

Aunque Raymond Poincaré era el jefe del Estado y Georges Clemenceau dirigía el gobierno desde 1917, las operaciones militares dependían de los mandos del ejército. Joseph Joffre fue jefe del Estado Mayor francés durante la primera fase de la guerra y participó en la planificación de la respuesta francesa a la ofensiva alemana.

Más adelante, otros generales asumieron responsabilidades decisivas en la conducción militar. El mando político no equivalía al mando directo de las tropas, por lo que hay que distinguir entre el presidente de la República, el presidente del Consejo de Ministros y el comandante militar.

En el bando aliado, el mariscal de campo francés Ferdinand Foch fue comandante general de las fuerzas aliadas durante la fase final del conflicto. Su autoridad se extendía a la coordinación de las operaciones aliadas, mientras que el gobierno francés continuaba tomando las decisiones políticas y administrativas correspondientes a Francia.

Las consecuencias para Francia

La Primera Guerra Mundial representó una de las guerras más destructivas de la historia. Más de 8.5 millones de soldados murieron como resultado de las hostilidades, una cifra que supera las muertes militares de todas las guerras entre potencias europeas del siglo XIX.

Ningún organismo oficial llevó una cuenta minuciosa de las bajas civiles durante los años de la guerra, pero los estudiosos afirman que hasta 13,000,000 de no combatientes murieron como resultado de las hostilidades, principalmente por hambre, enfermedades, acciones militares y masacres.

Las pérdidas industriales y de propiedades fueron catastróficas, especialmente en Francia y Bélgica, donde los enfrentamientos habían sido más intensos.

Una hecatombe que engendró un trauma colectivo de consecuencias desastrosas. Diezmado por lo que creyó que era «la última de las últimas guerras», convertido al pacifismo, el país recorta en gasto militar.

En la memoria colectiva, la victoria en la Gran Guerra se borró completamente frente al desastre de junio de 1940. El sacrificio humano y material de 1914-1918 condicionó profundamente la política, la sociedad y la cultura francesas durante las décadas siguientes.

La memoria de la guerra en Francia

La Primera Guerra Mundial es un acontecimiento histórico que está más presente en Francia que en cualquier otro país, quizá porque el Hexágono fue el escenario principal del conflicto y no hay aquí un pueblo o una ciudad -sobre todo en el norte y el este- que no tenga un monumento a los reclutas, llamados «poilus», caídos por la patria.

«En nuestra historia, la Gran Guerra tiene un lugar especial. Es la prueba más difícil a la que se ha enfrentado jamás la población francesa», ha dicho François Hollande.

Más de 8 millones de franceses -una quinta parte de la población- fueron reclutados. Un millón cuatrocientos mil murieron y cientos de miles volvieron mutilados.

Por supuesto, la Primera Guerra Mundial es objeto de una atención especial en los planes de estudios de este año, protagonizando buena parte del curso de Historia de Troisième y con un recordatorio en Première como antecedente de la Segunda Guerra Mundial.

La Primera Guerra Mundial suscita también en Francia la curiosidad de visitar los escenarios de los combates, con sus monumentos, centros divulgativos y cementerios: desde el Memorial de Verdún hasta el de Péronne, pasando por el Museo de la Gran Guerra en Meaux.

Este episodio trágico de la Historia de Francia tiene todavía muchos aspectos que explorar y enfoques que revisar.

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