¿Polonia formaba parte de la URSS? Historia de Polonia durante la Unión Soviética

No, Polonia no formaba parte oficialmente de la Unión Soviética como una de sus repúblicas socialistas. Después de la Segunda Guerra Mundial fue un Estado formalmente independiente, pero quedó bajo una fuerte dependencia política, militar y económica de Moscú y se convirtió en uno de los principales Estados satélite de la URSS en Europa del Este.

La influencia soviética comenzó con la invasión del este de Polonia el 17 de septiembre de 1939, se consolidó después de 1945 con la instalación de un gobierno comunista y terminó gradualmente entre 1989 y 1993, cuando cayó el sistema comunista, se retiraron las tropas soviéticas y Polonia recuperó plena libertad para orientar su política exterior hacia Occidente.

Polonia antes de la dominación soviética

Polonia está situada en la Europa centro-oriental y tiene frontera con Alemania, República Checa, Eslovaquia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania y Rusia (distrito de Kaliningrado). Su superficie excede los 300 mil kilometros cuadrados y cuenta con unos 38 millones de habitantes. Los polacos son eslavos, como los checos, los eslovacos, los ucranianos o los rusos, por lo que las lenguas de todas estas naciones se parecen bastante, así como la cocina, las tradiciones y las costumbres.

Durante sus 1000 años de existencia, el estado polaco ha modificado muchas veces sus fronteras, ha participado en varias guerras y ha experimentado momentos de florecimiento y de ocaso. La historia de Polonia, como la de cualquier otro país europeo, ha contribuido a crear la imagen del continente y sigue haciéndolo hoy en día.

Aunque el momento de nacimiento de Polonia se suele considerar la cristianización oficial del año 966, las tierras polacas habían sido pobladas por culturas desarrolladas mucho antes. Durante los siglos siguientes no hubo un estado común y sólo a mitad del siglo X, tras la unificación de algunas tribus eslavas, nació, primero el Principado y luego el Reino de Polonia.

La conversión oficial al cristianismo permitió al Estado Polaco entrar en el ámbito de la cultura del Occidente Europeo. Hasta entonces, la religión profesada había sido el antiguo culto eslavo que veneraba las fuerzas de la naturaleza y permitía la poligamia.

La formación histórica del Estado polaco

En la primera mitad del siglo XII los contrastes en el seno de la dinastía regente provocaron una fragmentación politica del estado, que se convirtió en un mosaico de pequeños principados con soberanos débiles pero independientes. Sólo despúes de casi doscientos años el príncipe de Cracovia, Władysław Łokietek, logró unificar bajo su poder algunas tierras polacas y coronarse rey.

Su hijo, Kazimierz Wielki, siguió los pasos del padre y durante su reinado Polonia entró en un período de intenso florecimiento. En 1364 fue fundada la Universidad de Cracovia, una de las más antiguas en esta parte de Europa. Además, el rey promovió el desarrollo de las ciudades, por lo que los historiadores posteriores dijeron de él que “encontró una Polonia de madera y dejó una Polonia de ladrillo”.

Las guerras contra la Orden Teutónica

En 1226 el príncipe polaco Konrad invitó a sus tierras a los caballeros teutónicos (orden fundada alrededor de 30 años antes y formada en su mayoría por alemanes) para que le ayudasen en la lucha contra los paganos prusianos del Norte y del Noreste. Gracias a su perfecta organización y formación militar, estos caballeros vencieron a los prusianos en pocos años, conquistando asimismo grandes territorios para crear su propio estado.

La orden se convirtió en un rival peligroso para Polonia y, de hecho, desde el siglo XIV, los dos países luchaban entre ellos. Durante una de estas guerras tuvo lugar una de las más grandes batallas de la Europa medieval.

El 15 de julio de 1410 se enfrentaron en los campos de Grunwald más de 50 mil guerreros de ambos bandos. Tras un largo día de batalla ganaron los polacos, apoyados por el ejército lituano, mientras que el Gran Mestre y muchos caballeros importantes de la Orden perecieron.

A pesar de la grave derrota, el Estado Teutónico sobrevivió todavía un siglo. En 1525 el último Gran Mestre reconoció al rey polaco como su monarca y disolvió la Orden Teutónica.

La época de los Jagellones

A finales del siglo XIV la reina de Polonia era Eduviges, una joven de la dinastia Angevina que se casó con el príncipe lituano Jagiełło. Este matrimonio dio origen a una nueva dinastía que duraría en el trono polaco casi doscientos años: los Jagellones.

Fue una época de rápido crecimiento para el Reino de Polonia y para el Gran Ducado de Lituania, unidos al principio en la persona del mismo soberano y, desde 1569, por el acto oficial de la Unión de Lublin bajo el nombre de la República de las Dos Naciones.

En las primeras décadas del siglo XVII el Estado Polaco llegó a su máxima extensión territorial: casi un millon de kilómetros cuadrados, desde las orillas del Mar Báltico hasta las del Mar Negro.

La época del gobierno de los Jagellones, especialmente el siglo XVI, se considera unánimemente el Siglo de Oro de Polonia: su momento de mayor riqueza, poder y florecimiento cultural. Es también la época del aumento de la importancia de la nobleza, que logró ganar importantes privilegios económicos y políticos.

El ideal de libertad nobiliaria encontró también su reflejo en la tolerancia religiosa. En una época de persecuciones y guerras religiosas, Polonia era “un país sin hogueras”, único en toda Europa, donde los católicos, los protestantes, los ortodoxos, los judíos y los musulmanes tártaros vivían juntos.

Las capitales históricas

Durante su historia, Polonia tuvo tres capitales en tres regiones distintas. La primera fue Gniezno en Wielkopolska (la Gran Polonia), famosa por la puerta de su catedral que cuenta con una rica decoración escultórica.

La siguiente capital fue Cracovia en Małopolska (la Pequeña Polonia), sede de la corte real desde el siglo XIV hasta finales del siglo XVI. Durante todo este tiempo la ciudad creció, se enriqueció y se embelleció, y debido a sus numerosas iglesias (elegantes y suntuosas, a menudo construidas por arquitectos extranjeros al servicio de los reyes polacos) ha recibido el sobrenombre de la “Roma polaca”.

En 1596 la capital de Polonia fue trasladada a Varsovia, en la región central de Mazovia, hecho que facilitó la administración de un país que en aquel tiempo era el más grande de toda la Europa católica.

El debilitamiento del Estado polaco y las particiones

La muerte de Segismundo Augusto, el último rey Jagellónico, provocó un cambio dentro del sistema político del Estado Polaco. Desde entonces, el monarca tenía que ser elegido por una asamblea general de toda la nobleza, requisito imposible de realizar en la práctica puesto que en los comicios (que tenían lugar en las afueras de Varsovia) participaban no más de veinte mil nobles.

El régimen de Polonia fue entonces único en Europa y, teniendo al mismo tiempo elementos de la monarquia y de la república, era sorprendentemente moderno. No obstante, una serie de acontecimientos desafortunados fueron poco a poco debilitando al país.

Las guerras con Rusia y Suecia, las rebeliones de los Cosacos y las invasiones turcas resultaron perjudiciales para Polonia. La debilidad del poder real a costa del crecimiento de magnates locales, representantes de la más rica nobleza, condujo a una libertad abusiva y al deterioro del estado.

La victoria en Viena, por muy brillante que fuera, significó el canto del cisne de la grandeza polaca. Mientras Polonia se iba debilitando, crecía la potencia de sus vecinos: Austria, Rusia y Prusia.

El siglo XVIII y la época de la Ilustración, cuando se sentaron las bases de la presente cultura europea, fue un período triste para Polonia. Los intentos de una reforma interna del estado, así como de reforzar su posición internacional, resultaron insuficientes.

La situación no cambió ni siquiera con la aprobación de la Constitución del 3 de Mayo en 1791, la segunda constitución moderna de la historia mundial, precedida sólo por la americana.

La débil y apática Polonia se convirtió en un blanco fácil para sus vecinos -Austria, Rusia y Prusia-, quienes, tras haberse anexionado dos veces varios territorios polacos en el último cuarto de siglo, finalmente, en 1795, se repartieron entre ellos lo que quedaba de Polonia.

De esta manera, el Estado Polaco independiente desaparecería de los mapas de Europa durante más de un siglo.

El siglo XIX y la recuperación de la independencia

La desaparición de Polonia no significó el fin de la sociedad polaca, que no olvidó su herencia casi milenaria. El siglo XIX, cuando una parte de los polacos vivía bajo el poder de Prusia (la futura Alemania), otra bajo el de Austria y otra bajo el de Rusia, fue sin duda una de las épocas más difíciles de la historia de Polonia.

Los tres países adoptaron varias políticas, a veces muy duras, frente a la población polaca. A pesar de ello, los polacos mantuvieron su identidad nacional cuidando su lengua y sus tradiciones.

Poetas, escritores, músicos, pintores y escultores intentaban subrayar, siempre que podían, sus raíces polacas. Esta lucha intelectual por mantener la identidad nacional estuvo acompañada algunas veces de la lucha armada.

En 1830-31 y en 1863-4 tuvieron lugar insurrecciones que, sin embargo, fracasaron. Las derrotas militares demostraron la imposibilidad de lograr la independencia por medio de las armas y confirmaron la necesidad de preservar, sobre todo, la memoria de las tradiciones y la cultura.

Muchos polacos que emigraron, entre ellos intelectuales y científicos, mantuvieron vivo el recuerdo de Polonia y de su pueblo a través de sus acciones.

La Primera Guerra Mundial aportó un cambio importante. Después de 123 años de ausencia, la Polonia independiente volvió al mapa de Europa.

La derrota de los imperios alemán y austro-húngaro, así como los conflictos internos de la Rusia revolucionaria, permitieron la reconstrucción del Estado Polaco en el otoño de 1918.

La Segunda República Polaca

Los primeros meses resultaron extremadamente difíciles: por un lado, se estaban creando las bases de la estructura estatal, uniendo de nuevo las tierras separadas desde hacía más de un siglo; por otro, Polonia tenía que luchar en defensa de sus fronteras.

Sirva como ejemplo la importante batalla que tuvo lugar en 1920 en las afueras de Varsovia contra las fuerzas soviéticas, que intentaron anexionarse Polonia y convertirla en uno de sus territorios dependientes.

La Segunda República Polaca, como oficialmente se llamaba el estado, era un país multicultural y multiétnico donde coexistían, como siglos atrás, varias culturas y minorías: la ucraniana, judía, bielorrusa y alemana.

El período de Entreguerras fue un momento de explosión para la cultura, la ciencia y la industria polaca, hasta hacía poco frenadas por los países que se la habían repartido. La Segunda República Polaca, como toda la Europa de Entreguerras, sobreviviría sólo veinte años.

La invasión soviética de 1939

Polonia no pasó directamente de la independencia a formar parte de la URSS. El primer paso hacia la dominación soviética fue la invasión de su territorio oriental durante la Segunda Guerra Mundial.

El 1 de septiembre de 1939 la Alemania Nazi atacó Polonia, tras haberse asegurado la complicidad de la Unión Soviética. Fue el inicio de la Segunda Guerra Mundial, el más sangriento y el más trágico conflicto de la historia de la humanidad, que duraría casi seis años.

Polonia, después de haber resistido 35 días, se rindió. La mayoría de su territorio se encontró entonces bajo la ocupación alemana, mientras los restantes terrenos del Este fueron anexionados por la Unión Soviética, que invadió Polonia el 17 de septiembre.

Cuando Polonia se desmoronaba bajo el peso de las tropas nazis, el Ejército Rojo invadió el país desde el este, sellando su destino y marcando el inicio de una tragedia de dimensiones incalculables.

Ese día, las tropas del Ejército Rojo iniciaron la invasión de Polonia por el este, cogiendo desprevenidas a las escasas fuerzas que guarecían la frontera. Fruto de los protocolos secretos del Pacto Ribbentrop-Mólotov firmado contra natura el 23 de agosto por nazis y soviéticos, esta segunda ocupación de su territorio dio la puntilla a los polacos, incapaces de abrir un segundo frente de guerra contra Stalin.

La realidad, mucho más cruda, era que Stalin y Hitler habían decidido a espaldas de Europa repartirse el país en dos áreas de influencia, más una tercera que estaría administrada indirectamente por Alemania, como se supo más tarde al desvelarse dichos protocolos.

La excusa de este, solemnemente anunciada, fue que actuaba para proteger a los ucranianos y bielorrusos que vivían en la parte oriental de Polonia debido al colapso de la administración de la zona tras la invasión alemana, administración que ya no estaba en condiciones de garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

La anexión de los territorios orientales

La campaña rusa en Polonia fue todo un éxito. El Ejército Rojo alcanzó rápidamente sus objetivos, debido a que sobrepasaba grandemente en número a la por entonces muy mermada resistencia polaca.

En torno a 230.000 soldados polacos -según otras estimaciones, habrían sido 452.000- fueron hechos prisioneros de guerra. Asimismo, miles de opositores fueron ejecutados o arrestados y enviados a Siberia y a otras zonas remotas, en cuatro series de deportaciones que tuvieron lugar entre 1939 y 1941.

El gobierno soviético se anexionó el territorio conquistado y declaró en noviembre de ese mismo año que trece millones y medio de ciudadanos polacos que vivían en la zona ocupada habían pasado a ser ciudadanos de la URSS.

De este modo, la invasión (que el Politburó denominó “guerra de liberación”) incorporó a millones de polacos -y ucranianos y bielorrusos que vivían en Polonia- a las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Ucrania y Bielorrusia.

Represiones, deportaciones y Katyn

En las regiones bajo la ocupación soviética, la situación de la población polaca fue relativamente mejor, pero también muy difícil y no exenta de persecuciones, sobre todo en los primeros años.

Más de 25 mil miembros de la élite polaca (militares, funcionarios, profesores, intelectuales, etc.) fueron tachados de enemigos de la clase obrera y asesinados por orden de Stalin en 1940, hecho negado durante décadas por las autoridades soviéticas.

Además, varias decenas de miles de polacos fueron enviados a los campos de trabajo situados en los más remotos e inaccesibles rincones de la Unión Soviética.

Lo mismo sucedió con las peores atrocidades cometidas por los rusos en suelo polaco: un espeso manto de silencio, o de acusaciones de ser mera propaganda antisoviética, las cubrió durante décadas.

Las mayores matanzas fueron la del hospital militar de Grabowiec, el 24 de septiembre (42 muertos, entre personal sanitario y pacientes), las posteriores a las batallas de Grodno y de Szack, entre el 24 y el 28 (cientos de oficiales polacos fueron ejecutados), y sobre todo la espeluznante masacre de Katyn, ya en 1940, en la que se cree que pudieron perecer más de 20.000 personas.

La matanza de Katyn perpetrada por los soviéticos en el bosque polaco (hoy territorio ruso) del mismo nombre, entre abril y mayo de 1940, acabó con unas 22.000 personas.

La Segunda Guerra Mundial y el cambio de alianzas

Según la ideología nazi, los Polacos, como eslavos, eran considerados subhombres y por eso sufrieron muchas persecuciones y represiones. Los intentos de la guerrilla no tuvieron éxito y además fueron castigados cruelmente por los alemanes, con centenares de polacos a diario ejecutados o enviados a los campos de concentración.

Todavía peor suerte corrieron los ciudadanos polacos de origen judío, que fueron objeto de una firme politica de eliminación física en los campos de exterminio, construidos por los nazis en los territorios ocupados.

Por supuesto, los nazis no les fueron a la zaga a los soviéticos en vesania y crueldad, sino todo lo contrario. Pero, dejando a un lado estas anécdotas, lo cierto es que, en el caso de Hitler, la persecución de los polacos obedecía a un plan predeterminado y secreto de genocidio.

Se trataba de un documento estrictamente confidencial, cuyo contenido solo era conocido por los jerarcas de más alto nivel del nazismo, en el que se detallaba un proyecto de limpieza étnica concebido para ser realizado en los territorios que Alemania ocupara en la Europa del Este; empezando, claro está, por Polonia.

Al haber dejado de reconocer antes de la invasión a la Segunda República Polaca como gobierno legítimo y al no haber, por tanto, existido declaración oficial de guerra, la URSS no se consideró obligada a tratar a los polacos capturados según las convenciones del ius in bello (derecho de guerra), sino que los despachó como “rebeldes” contra los nuevos gobiernos socialistas de Ucrania y Bielorrusia y los masacró con saña en numerosas ocasiones.

Sólo tras la ruptura del tratado de no-agresión por parte de Hitler en 1941 y tras el ataque del Tercer Reich a Rusia, cambió el sistema de alianzas y los polacos se convirtieron de prisoneros en aliados.

Desde 1939 hasta 1945 los soldados polacos lucharon prácticamente en todos los frentes de la guerra contra Hitler, entre otros, en Noruega, Inglaterra, Italia, Egipto y la URSS, siendo el cuarto poder aliado en cuanto al número de militantes.

En total, durante la guerra pereció el 15 % de la población que Polonia tenía en 1939: 6 millones de ciudadanos polacos de los cuales 3 millones eran de origen judío.

La creación de la Polonia comunista

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Polonia no fue incorporada jurídicamente a la Unión Soviética, pero quedó dentro de la zona de influencia soviética en Europa. Las tropas soviéticas permanecieron en el país y el sistema político fue reorganizado bajo la supervisión de Moscú.

Las tropas soviéticas habían estado estacionadas en Polonia desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando Polonia y otros países del Este se convirtieron en la zona de influencia soviética en Europa.

En junio de 1945 había alrededor de 300.000 soldados de la otrora Unión Soviética en el país. Su tarea era asegurar el control de Polonia, apoyados en un gobierno comunista provisional.

Los oficiales soviéticos recibieron puestos clave en el Ministerio de Defensa y ocuparon comandancias en el Ejército polaco.

Las autoridades soviéticas y los comunistas polacos quitaron rápidamente de la mira a toda la oposición declarada, cuyos miebros fueron encarcelados y enviados a los gulags o condenados en un proceso manipulado y organizado como escarmiento público.

De ahora en adelante, Polonia sería gobernada por el PZPR (Partido Obrero Unificado Polaco).

El periodo estalinista

En el periodo Estalinista (1948-1956), el partido comunista gobernó Polonia con ayuda de la policía política y de los «consejeros soviéticos».

La oposición política no era la única afectada por las represalias. A las cárceles llegaban también los sacerdotes católicos y hasta los militantes incómodos del PZPR, por ejemplo el jefe del partido, Wladyslaw Gomulka.

Polonia era entonces un fiel estado satélite de la Unión Soviética. Los pequeños empresarios desaparecieron y la propiedad agrícola fue colectivizada.

Hubo una considerable baja del nivel de vida y un gran descontento en la población.

Los cambios después de la muerte de Stalin

Con la muerte de Stalin, la época del terror politico terminó. Se aprovechó entonces para reducir la dependencia de la Unión Soviética y los presos políticos fueron gradualmente amnistiados.

Se renunció a la colectivización forzosa de la agricultura y se permitió un desarrollo limitado del sector privado. De esta manera, se inició un periodo de estabilización del país.

Los conflictos de las autoridades con la sociedad eran cada vez más frecuentes, la crisis entre el Estado y la Iglesia durante las celebraciones del Milenio del bautismo de Polonia y las revueltas estudiantiles de marzo de 1968 eran una muestra clara de la falta de apoyo por parte de la sociedad.

La crisis económica y social del régimen comunista

En 1970 tuvieron lugar una serie de huelgas en Gdansk por la subida de precios decidida por las autoridades, lo que llevó a enfrentamientos entre los obreros y el ejército.

Después vino un periodo de prosperidad: las tiendas se llenaron, crecieron nuevas empresas industriales y, en general, subió el nivel de vida de los ciudadanos gracias a los créditos extranjeros.

Pero en 1976 llegó la primera crisis. La economía comunista no era eficaz, la deuda externa crecía, los ingresos reales de la población comenzaban a disminuir y el abastecimiento empeoró.

Por esta razón, el número de huelgas y protestas de los trabajadores comenzó a crecer. Surgieron otros centros de oposición ilegales y publicaciones clandestinas.

El papel desempeñado por la Iglesia empieza a desarrollarse cada vez más cumpliendo con una amplia actividad formativa e intenta suplir las necesidades sociales más urgentes.

La Iglesia católica y el fortalecimiento de la oposición

En 1978 Karol Wojtyla, el Cardenal de Cracovia, fue elegido Papa y en 1979 realizó su primer viaje de peregrinación a Polonia como Juan Pablo II.

Este hecho fue muy importante a la hora de reforzar la conciencia ciudadana en millones de polacos que participaron en los encuentros con el Santo Padre.

La iglesia católica influyó mucho en el ambiente de cambio y de reducción de la presión el miedo por parte de los trabajadores.

Las siguientes peregrinaciones de Juan Pablo II en 1983 y 1987 y la concesión en 1983 al líder de la Solidaridad, Lech Walesa, del Premio Nobel de la paz daban animo a la oposición.

A pesar de las labores de intimidación a los miembros del sindicato, éstos seguían actuando. Se publicaban regularmente centenares de boletines y hojas informativas, actividad que era apoyada y respaldada por la Iglesia.

Solidaridad: el gran movimiento social

Una nueva subida de precios provoca una gran cantidad de huelgas en todo el país y en Gdansk los obreros crean un Comité de Huelga Interempresarial.

Esta vez el PZPR no hace uso de la fuerza para pacificar la situación, como ya lo había hecho en otras ocasiones. Las negociaciones se terminan con la firma de los acuerdos de agosto (1980) y con la creación de un sindicato independiente: NSZZ Solidarnosc.

Esta organización estaba liderada por un obrero de Gdansk llamado Lech Walesa.

Solidarnosc se convirtió en un amplio movimiento social que rapidamente llego a tener más de nueve millones de miembros.

A pesar de que no tenía ningún objetivo político revolucionario y su interés radicaba en la necesidad de la racionalización del sistema comunista, el movimiento contaba con un gran apoyo en diferentes entornos de occidente y era un ejemplo para otros países satélites de la URSS.

Era algo inusual e incompatible con el sistema que había gobernado el país desde el final de la II Guerra Mundial.

En 1980, el poeta exiliado polaco Czeslaw Milosz ganó el premio nobel de literatura, lo cual tuvo una importancia simbólica para «Solidaridad».

El estado de guerra de 1981

El general Wojciech Jaruzelski, Primer Ministro de Polonia desde 1981, decidio hacer uso de la fuerza para frenar la creciente crisis en el país.

El 13 de diciembre de 1981 declaró el estado de guerra en Polonia. Miles de miembros de la oposición fueron encarcelados y el ejército se dedico a paralizar las huelgas.

La ley marcial y el estado de guerra no trajo una solución a los problemas polacos y se le dió fin en julio de 1983.

La economía seguía en crisis, la resistencia contra las autoridades crecía.

La Mesa Redonda y el fin del sistema comunista

En 1988 se dio lugar al comienzo de las conversaciones de los representantes del PZPR con la oposición. A esto se le dio el nombre de “la mesa redonda”.

En 1989 fue firmado el acuerdo que establecía las elecciones parcialmente libres a la Cámara de los Diputados y totalmente libres al Senado.

Las elecciones del 4 de junio de 1989 dieron la victoria a Solidarnosc.

Aunque se eligio (la dieta) al general Jaruzelski como Presidente, el cargo de Primer Ministro fue para Tadeusz Mazowiecki, jefe del grupo de consejeros del Comité de Huelga en Gdansk en 1980.

El 29 de diciembre de 1989 se cambió la constitución y el nombre oficial del estado. Se puso fin a la vida de la República Popular de Polonia y se le dio vida a la República de Polonia, también llamada III República.

Lo ocurrido en Polonia fue el punto de partida para el proceso de desintegración del bloque comunista.

El compromiso en la «Mesa Redonda» y el cambio pacífico del sistema comunista al sistema democrático se hizo posible debido a los cambios en la politica del la URSS.

La retirada de las tropas soviéticas

La caída del comunismo en 1989 no significó la salida inmediata del Ejército soviético. Las tropas permanecieron en Polonia hasta los primeros años de la década de 1990 y su retirada se convirtió en uno de los símbolos del final de la dependencia militar respecto a Moscú.

No fue sino hasta 1956 que se firmó un acuerdo formal entre los dos Estados, el cual limitó el despliegue de un máximo de 66.000 soviéticos.

La presencia militar en Polonia y otros Estados de Europa del Este trazó la Cortina de Hierro, marcando así la división de Europa entre el Este y el Oeste.

Las tropas soviéticas estuvieron estacionadas en Polonia durante 48 años.

Cuando el comunismo se derrumbó en Europa del Este, en 1989, Moscú comenzó a reducir gradualmente el número de sus tropas en Polonia.

Según Andrzej Friszke, historiador de la Academia de Ciencias de Polonia, el Golpe de Estado de Yanáyev, de agosto de 1991, y la posterior lucha por el poder en el Kremlin, aceleraron la retirada de las tropas de Polonia.

El acuerdo bilateral, firmado en octubre de 1991, fue "consecuencia de la reorientación de la política rusa, con su abandono de la política colonialista y de intimidación", dice el historiador.

El final de la ocupación militar

El 17 de septiembre de 1993 fue uno de los mejores días de la carrera política de Lech Walesa, presidente de Polonia por esos tiempos.

La retirada de los soldados soviéticos de Polonia, estacionados allí desde 1945 y considerados un símbolo de la opresión comunista, llegaba a su fin: en el palacio Belvedere de Varsovia, el general Leonid Kovalev dio parte al jefe del Estado polaco de que la retirada de las tropas soviéticas había concluido.

Esa fecha estuvo llena de simbolismo. Hacía exactamente 54 años, el 17 de septiembre de 1939, poco después de la invasión alemana de Polonia, los soviéticos habían invadido Polonia, convirtiéndose, junto a Alemania, en la segunda fuerza de ocupación en el país.

Lech Walesa habló, en el aniversario 54 de ese suceso, de una fecha "dolorosa y fatal". "A partir de hoy, llega la Justicia histórica. En territorio polaco no habrá más tropas extranjeras", dijo Walesa.

Una declaración con un significado muy especial para la historia de Polonia.

Dimensiones de la retirada soviética

Entre 1991 y 1993 salieron de Polonia 56.000 soldados soviéticos, 7.500 empleados civiles y aproximadamente 40.000 familiares de los soldados.

600 tanques, 200 aviones, 90.000 toneladas de municiones y misiles para armas nucleares fueron regresados a Rusia.

El ejército soviético tenía 70.000 hectáreas de tierra disponibles en Polonia, principalmente en el oeste de ese país, que en parte, fueron gravemente contaminadas.

A pesar de que Polonia siempre ha exigido una compensación, Moscú nunca ha respondido a esos reclamos.

La retirada soviética y la orientación de Polonia hacia Occidente

La retirada de las tropas cambió la situación geopolítica y permitió que los políticos polacos desarrollaran su visión propia.

Durante la fase final de la retirada, el presidente ruso Boris Yeltsin visitó Varsovia. Walesa aprovechó para exponerle la idea de adherir a la OTAN.

La respuesta positiva de Boris Yeltsin quedó plasmada en el comunicado oficial, aunque, una vez que regresó a Rusia, Yeltzin tuvo que desdecirse.

Aún así, "Yeltsin ayudó a Polonia en su camino hacia la OTAN", dice el historiador Friszke.

Su declaración, a pesar de la revocación posterior, alentó a Polonia y otros países de Europa del Este a perseguir ambiciosos planes con la OTAN.

Algo que no hubiera sido posible en presencia del Ejército soviético, explica el historiador: "Mientras las tropas de Moscú estuvieran estacionadas, la presión del Kremlin era posible. Así, Polonia nunca hubiera podido orientarse hacia Occidente”.

Por tanto, la respuesta precisa es que Polonia no fue una república soviética, pero durante varias décadas estuvo sometida a la influencia decisiva de la URSS. Tuvo un gobierno comunista propio, un partido único subordinado a la estructura del bloque socialista, tropas soviéticas en su territorio y una política exterior limitada por Moscú.

La transformación iniciada con las huelgas, Solidaridad, la Mesa Redonda y las elecciones de 1989 permitió recuperar la soberanía política. La retirada militar concluida en 1993 eliminó uno de los últimos instrumentos directos de control soviético sobre el territorio polaco.

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