Matías Rivas en Twitter: literatura, amor y crítica del lenguaje

Matías Rivas es un poeta, ensayista, editor y crítico literario chileno cuya escritura combina observación personal, melancolía, humor, relaciones amorosas, vida urbana y reflexión sobre el lenguaje. Su presencia intelectual se entiende mejor a través de sus libros, columnas, entrevistas y poemas, especialmente por la relación entre su voz pública y la intimidad que aparece en su poesía.

En sus reflexiones sobre la comunicación contemporánea, Rivas sostiene que el lenguaje se ha vuelto más violento cuando elimina el humor, la seducción y el erotismo, y queda reducido a frases breves, enfrentamientos y afirmaciones tajantes, como en muchas discusiones de Twitter. Frente a esa lógica del ladrido, defiende una literatura basada en el susurro, la precisión, la contradicción y la observación.

Quién es Matías Rivas

Matías Rivas Undurraga es un poeta nacido en Santiago, Chile, en 1971. Estudió Literatura en la Universidad Católica de Chile. Trabajó como editor para distintos sellos y medios. Ejerció la crítica literaria durante diez años en la Revista de Libros de El Mercurio y en el semanario The Clinic, bajo el pseudónimo de Mao Tse Tung.

Ha publicado los libros de poemas Aniversario y otros poemas, Un muerto equivocado, Tragedias oportunas y Un poema de amor, y los volúmenes de ensayos Interrupciones: Un diario de lectura y Referencias personales. Actualmente es director de Ediciones Universidad Diego Portales.

Columnista del diario La Tercera y de radio Duna, y autor de los libros de poemas Aniversario y otros poemas (1997), Un muerto equivocado (2011), Tragedias oportunas (2016) y Un poema de amor (2023), y del libro de ensayo Interrupciones. Un diario de lectura (2016), conversa con revista Santiago.

La relación entre Matías Rivas y Twitter

En el libro haces varios diagnósticos de la sociedad, entre ellos señalas que hay una violencia que se ha traspasado a las palabras. La violencia viene de querer tener la razón con palabras y eliminar el humor como elemento que puede sacarle una risa a tu contrario.

Eliminar la seducción, verla como algo peligroso, si quitas el erotismo y el humor del lenguaje, este se vuelve violento, queda como de Twitter, de posteo. Si uno escucha la tele se percibe eso.

Los programas más escuchados son aquellos en los que hay un mayor uso del lenguaje casi a piedrazos. La falta de articulación es lo que me llama la atención, demasiada frase corta. La gente anda peleando qué discurso tiene la razón, en distintos ámbitos.

Parece que es internacional, uno escucha a Milei, a Trump, están todos en esa. Todo deriva en ladrido. La literatura no tiene que ir por ahí. Tiene que trabajar con el susurro y la precisión.

Hoy día estamos llenos de mentiras, de fakes, de invenciones. ¿La lengua es lo primero que da cuenta de una época? Sí, hay que estar atentos a eso y sospecho que cada vez que hay esta forma estridente del habla, por abajo hay gente que está haciendo lo contrario.

Sospecho que el arte es el momento para analizar esta estridencia, a ver si de ella se puede sacar algo estético y también para llevarle la contra. Antiguamente existía esa cosa que se llamaba “la crítica del lenguaje”. Joyce se dedicaba a leer libros de crítica del lenguaje.

Eso hace falta en los medios de comunicación. Pero creo que va a aparecer la contraparte, quizás todavía no la vemos.

Referencias personales: un libro escrito como conversación

En la línea de lo que Ricardo Piglia llamó las “formas breves”, esa escritura fragmentada donde lo que sucede se conjuga con lo que podría haber sucedido, el pensamiento limita con la especulación y las lecturas se asemejan a la vida, el poeta y director de Ediciones UDP publica Referencias personales, un libro que puede leerse como una conversación.

O en sus palabras: “Como una larga sobremesa, donde pasas de un tema a otro. Mi cabeza es así. Habitualmente te obligan a hablar de un solo tema, pero agotar un tema sirve para la ciencia, para gente que está estudiando, en la literatura tengo otra mirada. Prefiero las derivas”.

Referencias personales, el último libro de Matías Rivas, iba a ser un libro de ensayos y terminó siendo una colección de fragmentos que concentran y son reflejo de una aguda observación sobre varios temas, entramados en lo literario y lo personal, pasando por fobias, obsesiones, placeres, contradicciones.

El director de Ediciones Universidad Diego Portales despliega sus cavilaciones en un tono templado y en línea con sus autores de cabecera como Cyril Connolly o Martín Cerda.

Referencias personales es un libro armado a partir de fragmentos que sacas de diferentes textos. ¿Piensas que hay una parte de la escritura que es inútil pero que da pie a la que finalmente queda?

Nunca he tenido en mi cabeza ese enchufe mental que habla de escritura útil. No creo en ella. Me parece exagerado que la gente publique todo lo que escribe.

Tengo un diario guardado, largo, articulado, el hecho de que la literatura se relacione con la vida secreta y que a la vez uno saque cosas de ahí y las publique es algo que me interesa.

Lo que acontece es que la gente va publicando todo lo que va guardando. Mi cabeza no funciona así, ni quiero que funcione así.

Me gusta la sedimentación, porque uno escribe muchas tonteras. Haciendo periodismo me di cuenta de que había escrito como dos mil páginas, más que las obras completas de quizás quien, cuántos lugares comunes, barbaridades producto de llenar caracteres, lo propio del oficio periodístico, en el mejor sentido de la palabra.

Después uno las revisa y dice, de todo este período rescato cuatro o cinco cosas, otras me pueden servir para desarrollarlas. También escribí cosas nuevas para este libro, cuando se fue armando había temas que debían aparecer.

La poesía como escuela de precisión

Imagino que la poesía fue una escuela para la precisión que aparece en la escritura de este libro.

Sí, la poesía es algo que te pone nervioso cuando la publicas. La prosa tiene que ver con un oficio que hasta cierto punto uno puede controlar un poco más, la poesía tiene un grado de inconsciente muy alto puesto en ella.

Por mucha técnica que alguien tenga, hay un riesgo. Este libro lo trabajé con otro grado de tranquilidad, esa es la diferencia.

El yo de Referencias personales conversa con mis libros de poemas Tragedias oportunas y Un poema de amor. En los poemas puede haber ficción, pero la voz es la misma, tiene que ver con la voz hablada.

El tipo que aparece en el libro de prosa es el que escribe los poemas. Los poemas tienen que ver con una intimidad que no aparece en esta prosa, una intimidad mayor y, por lo mismo, la poesía implica armar registros, voces.

En este libro hay una sola voz que va articulando distintos temas. O más que la voz es la edad de un hombre maduro, con más de medio siglo a cuestas.

Fragmentos, memoria y exposición personal

Este libro en un principio iba a ser un libro de ensayos, la idea de los fragmentos aparece vinculada al registro poético. Esa idea que viene de Auden de poner pedacitos de lo que uno ha escrito.

No dar la lata. Y también decir desde dónde uno está escribiendo. Ya tengo 53 años y en los medios he vertido una cantidad de opiniones, sería bueno entonces que la gente supiera qué opiniones tengo sobre mí.

Hablar de mí, mostrar ese lugar desde donde uno habla. Te representa, te ubica respecto de los demás, y la gente puede comprender los libros de poesía, por ejemplo, aquí hay referencias para eso.

Uno no puede ser tan patudo de emitir opiniones y camuflar su yo siempre. Dar la cara. Hay que dar la cara.

En Chile dar la cara es mostrar tu pasado. No ocultar eso. Hay mucha gente que juega a ocultarse en un país muy chico, donde es muy difícil ocultar eso.

Por razones demográficas y estructurales, todos nos conocemos o nos vamos conociendo, sabiendo uno del otro. No dar la cara a cierta edad es un acto de ocultamiento.

Yo no quiero ocultar. Como la gente que no tiene amigos, no da confianza; lo mismo, alguien que da opiniones y no tiene cuerpo, se transforma solo en una voz parlante, no en un sujeto complejo que se puede contradecir.

Pasado, vergüenza y contradicción

¿Dar cuenta de tu pasado implica también romper con tu pasado?

Sí, para contar hay que romper el trauma, el pudor. Deleuze decía que hay una sensación muy profunda que es la vergüenza a ser un sobreviviente en este mundo frente a mucha gente que está pasando situaciones mucho más complejas.

Hay una vergüenza de ser alguien cultural, que vive en una élite dedicada a los libros. Y también hay algo contra uno mismo que uno debe criar para no ser un narciso tan loco.

Trabajar con esos lugares que a uno lo complican y ponerlos en juego me parece fundamental. Que los libros tengan ese riesgo de poner tu cuerpo en juego, tu vida, tu experiencia, más que el juego de tener la razón.

Borges dice por ahí que querer tener la razón es un acto de crueldad. Es una competencia.

Hace rato que dejé de practicar ese juego, me interesa más pensar, sentir y leer, que tener la razón.

La ciudad cifrada y la pérdida de la noche

Es una ciudad cifrada, y nos hemos vuelto poco amables, el mismo clima del país se ve en las calles, no solo por el tema de la delincuencia, sino porque la gente anda más enojada, irritada.

Eso fue lo que me hizo dejar el auto, no quería vivir ese ánimo irritado. También hay una displicencia entre chilenos, como que nada importara mucho, total nadie gana nada.

¿Qué notas que ha cambiado en la ciudad? Por ejemplo en la ciudad o la noche.

La noche está muy perdida, ya no es una noche abierta, es una noche que se habita en lugares con datos, no es una noche pública, hay que tocar el timbre, saber dónde ir.

Tengo ese gusto por andar observando y anotando las observaciones.

La sensación de lentitud y de vacío, las noches sin nadie, me hace pensar que desde la pandemia estamos en un domingo eterno.

En algún momento se irá a salir, pero falta electricidad desde el punto de vista del deseo, ambición, libido.

El domingo como estado de ánimo chileno

¿Crees que en los domingos se configura un ánimo de lo chileno?

Sí, un ánimo identitario, los almuerzos no terminan, hay una forma común de aburrirse. Vivir angustias, melancolías, después de almuerzo particularmente empiezan a bajar emociones distintas, se pone crepuscular.

Hay una ansiedad de los que tienen que ir al colegio, dar pruebas en la universidad, ir al trabajo, se empieza a arruinar tu día libre por el futuro. Esa situación la compartimos todos los chilenos, o una gran parte.

¿Son distintos los domingos de ahora a los de antes?

Seguramente las cosas han cambiado, pero hay algo existencial en el domingo en Chile, es como un día latigudo.

Da la sensación de que el país está viviendo una especie de domingo. Está todo cerrado, hay poco apuro, hay miedo, incertidumbre del mañana, viene el lunes y se te aprieta la guata, no sabes por qué.

La sensación de lentitud y de vacío, las noches sin nadie, me hace pensar que desde la pandemia estamos en un domingo eterno.

En algún momento se irá a salir, pero falta electricidad desde el punto de vista del deseo, ambición, libido.

Melancolía y nostalgia

¿Qué diferencia ves entre melancolía y nostalgia?

La melancolía es un recuerdo de algo que tú no sabes si existió. La nostalgia es algo que sí conoces.

Nostalgia de una época, de una relación, de una comida. La melancolía no tiene objeto, eso la hace mucho más perturbadora.

Creo que la nostalgia es algo que se puede digerir mejor, psiquiátricamente, psicológicamente se puede trabajar con ella. La melancolía es más abstracta, es un estado.

¿En cuál te ubicas?

En la melancolía. No me gusta pensar que el pasado fue mejor.

Uno está incómodo con la vida más que con el pasado o con el futuro, en ese sentido, tiendo a pensar que soy más neurótico, más melancólico.

Vivir con nostalgia me parece peligroso, y mucha gente está enfrascada en eso, porque es una nostalgia asociada al fanatismo, ser fan del pasado; eso no me gusta, me interesa recorrer el pasado, investigarlo, leerlo, pero de ahí a querer revivirlo, no.

La nostalgia me parece digna de observarse y bonita y hay gente que puede trabajar con eso, yo en lo personal preferiría no hacerlo, es una forma de envejecer.

Una escritura fragmentaria y personal

¿Relees tus libros?

No, una vez que salieron viene el desapego. Sigo anotando cosas, pero no pienso en libros, eso es lo único que he aprendido, al final no sé pensar en libros, sé pensar en textos, cada vez más personales y menos públicos y eso me ayuda después a armar libros, formas de trabajar.

Žižek cuenta que su forma de escribir, al igual que Roland Barthes, es hacer fichas, y después junta las fichas porque la idea de escribir un libro de principio a fin no le gusta, no le hace sentido.

La escritura de Rivas se articula así mediante fragmentos, anotaciones, escenas y observaciones que pueden pasar de la ciudad a la literatura, de la memoria a la vida cotidiana y de la experiencia amorosa a la crítica cultural.

Imperfección, estilo y singularidad

¿Cómo lidias con la imperfección en la escritura?

Paul Léautaud decía que la perfección mataba la vida. A veces hay unas escrituras muy estiradas, y esas escrituras no solo son estiradas, sino que son histéricas.

Está detrás alguien que solo permite ver la belleza, pero no seguir una historia. No me interesan esas escrituras, por lo menos al ejercerla me interesa dónde hay rastros de imperfección que delatan el carácter de quien escribe.

Escribir bien es algo que terminará haciéndolo, y ya lo hace, la Inteligencia Artificial.

Hay que saber escribir muy bien mal, con alguna marca que venga de tu inconsciente, que tenga algo de vida, como en la sintaxis de María Moreno o Marguerite Duras.

Aprovecharse de los defectos para convertirlos en un signo de elegancia, de intensión, de carácter, de singularidad.

También ser perfecto o imperfecto es un juicio de valor que ha ido perdiendo importancia. Es un juicio demasiado contundente el de la belleza perfecta.

Hay una belleza en todo, uno tiene que saber mirar.

El amor heterosexual y el dolor de la pareja

Los que pertenecemos a la Generación X tuvimos como educación sentimental una cinematografía que hoy sería imposible exhibir por corrección política bien o mal aplicada. Bitter moon de Polansky sería impensable hoy en día.

Cuando se acaba el milagro del sexo, cuando se acaban los juegos, las perversiones se encargan del resto de la fiesta. Hasta que llega la resaca brutal, las pequeñas sobras y miserias de lo que alguna vez fue la parte hermosa de la relación, que está fuera de cuadro en estos poemas.

Actualmente, el cuestionamiento del amor de pareja heterosexual alcanza casi niveles de boicot. Por eso este libro es audaz.

Si romper la lógica de la pareja heterosexual es una manera de acceder a alguna conquista de género o incluso de especie, es posible. Pero quienes quieran optar por el amor de pareja heterosexual no deberían ser considerados poco menos que una especie de fascistas.

Me imagino que todas las opciones pueden convivir y ser celebradas ritualmente en conjunto, de alguna manera. Las conquistas implican ampliar el mundo y no hacerlo más estrecho y lleno de obstrucciones incómodas.

Lo que hacen estos poemas en ese contexto es exponer abiertamente la relación heterosexual y el dolor que trae naturalmente adherido.

Todos nos enamoramos un poco de ese dolor, pero el hablante pareciera gozar con el retrato de ese dolor y los pequeños malestares, hipocondrías y resacas del sentir.

Violencia, misantropía y auto-boicot

Se proyecta como un viejo melindroso, expone su misantropía. No hay lítote, atenuación ni cromatismo alguno.

Todo es seco, sin ambigüedades y en su estructura profunda, católico y penitente, creo yo.

Voy a intentar decir algo que creo importante: el habla certera de la clase dominante, la prosa planchada y sin aristas ni matices, con rotundez, con mayúsculas a principio de verso y prepotencia se vuelve contra sí misma en estos poemas quizás como el amor de pareja se vuelve contra sí mismo.

Comedia del anciano violento. Auto boicot.

Prepotencia verbal de clase dominante, claro, pero de rara avis, sin embargo. Porque ser poeta u hombre de letras en el mundo de los ultra ganadores y dueños de la pelota es de perdedores, de maricones o de estudiantes pobres que leen marxismo con mala luz en una pieza gris o en pedeéfes escaneados.

Por eso el hablante es hasta desclasado por momentos. La literatura, además, es de gente que resiste, o sea de chorxs.

Señala que a sus ex amigos les va estupendo en los negocios pero sus novias culean con el vecino.

Al hablante en cambio, sí le interesa el tema de la pareja y el amor, con todos sus sinsabores. Los celos lo hacen mierda pero preferiría ese infierno a que le mientan.

Está enamorado de su realidad. Pasea al perro sabiendo que esos súper ganadores lo miran como alguien que cedió en la vida y el amor. Pero él los desprecia el triple.

El amor, la poesía y la falta de esmero

En el sexo y en el poema, sabemos bien, no sirve el esmero. No se puede “querer enamorarse” o buscar el poema como sabueso, no funciona así la cosa.

El esmero es lo opuesto al poema y al amor. Y como dice en otro de los buenos libros que han aparecido últimamente, de la poeta Ashle Ozulevic, el esmero del sobre riego o sobre protección puede pudrir un árbol.

La imagen insoportablemente kitsch de regar el árbol de la relación para que no se seque.

No hay esmero acá porque se nota que estos poemas son casi exabruptos, salieron con violencia quizás para ver con distancia y de manera narcisa los momentos de esa relación.

Están escritas las escenas, ahí queda la evidencia de los poemas, ya pasaron. Todo cicatriza y hasta el clonazepam abandona su rastro en el hígado y borra para siempre, afortunadamente creo yo, algunas escenas de la memoria.

Y este libro es el álbum con la constancia de esos momentos.

Los poetas esmerados que parece empresas de sí mismos provocan lástima y desprecio, la misma lástima que da quien quiere ser amadx pero hay cero respuesta de la contraparte.

El esmero, la obsesión chilena del poeta nacional, la ridícula obsesión con el premio Nobel o con cualquier medalla, lo mismo sean amateurs o cinturones negros.

El esmero da asco. Un poema de amor mal escrito es algo horrendo, el mal gusto se torna incluso embarazoso, quizás por eso la opción o lo que salió fue de hablar con un malestar y cierta violencia.

Yo habría agregado unos poemas de amor propiamente tales, cristalinos, porque me parecen una prueba de fuego para un poeta.

Educación sentimental, cine y relaciones intensas

Volvamos a esas películas francesas y polacas en donde íbamos, ex profeso, a sufrir en masa en la oscuridad de la sala de cine viendo el espejo de nuestras relaciones intensas que estrujábamos infringiendo y auto infringiéndonos daño.

La búsqueda del poema y el amor eran un calvario: infidelidades, abortos, adictas y adictos, lectores insomnes, idealización de ciertas lecturas mal digeridas.

Y luego sufriendo al leer Madame Bovary cuando se la culea un hijo de puta sin corazón aprovechándose de la búsqueda de esa mujer que éramos nosotros.

Sufriendo con Isabelle Huppert y Juliette Binoche. Poniéndonos como hombres en la piel de esas mujeres.

La onda era ir al cine a ver una especie de espejo. Algo como eso se aprecia en estos poemas: “Prefiero el suplicio de los celos/a que me mientas como a un profesor”.

Nada más lejano a la moda actual de evitar el dolor teniendo mascotas o relaciones “amplias” como dicen con orgullo los adoles que no han tenido golpes de estado en sus corazones impecables como sus manos que sólo conocen el teclado del notebook.

Las relaciones intensas son rechazadas por las generaciones actuales que proponen la levedad, el amor vegetal, y sus inventos para no sufrir como el famoso poliamor, cuyos resultados aún no están evaluados pero que probablemente serán un fracaso como el amor libre de los sesenta, un intento fallido de inventar maneras de amar sin dolor, pero en donde se sufría lo mismo porque las y los desalmados, egoístas y frescxs de siempre se salen siempre con la suya.

La plata habla. Los feítos y feítas quedan fuera de la fiesta y los gurus chamullentos y barsas seleccionan su harén.

La lectura de este libro coincidió y rimó con volver a ver en este invierno parejas besándose en la calle. No veía esas escenas desde hace mucho tiempo.

Y eso, probablemente como al hablante de este libro, me llena de alegría.

Poemas de Matías Rivas

La esperma sucia de una vela

La esperma sucia de una vela y la incapacidad tuya para decirme las cosas está definiendo de alguna manera mis días. No creo tener el alcance que tu reclamas ni la tranquilidad ni los dolores calmos que tanto te hacen falta.

Las cosas se delinean en la fineza de sus contornos, y aquí la esperma se ha mezclado con la mecha negra quemada. Lo único que se me ha ocurrido hacer ya estaba hecho por otro y mis libros nunca salieron de mi casa.

Para tu seca belleza extranjera mal vistas son las despedidas, yo por mi parte, no tengo qué hacer sino poner la vista en los edificios de enfrente, recordar el patio de mi colegio formado para entrar a clases y de esta manera encubrir el imposible olvido de estar arriba o abajo tuyo.

Debí aspirar una vida común, seca de rabia y sin tanta ostensible pasión. Ninguna tarde más será regada con tu fría mirada ni sabré cómo me queda la ropa.

Te fuiste sin haber llegado y yo con el aire entre los dedos, reclamo ceguera en asuntos de amor.

Señora Gabriela Mistral

Su piedad piadosa de virgen violada, de reina de los afligidos y madre de leche roja, escasa como densa, señora de pocos aspavientos, nadie le va a negar el lugar suyo en la corte de los presumidos señores de la lengua.

Aunque se derramaran hordas de ira contra su gusto a clavo muerto y se encendieran piras con sus libros, sería sólo por vernos reflejados en el espejo infeliz de un niño mordiendo su propia mano.

Nadie se espanta, sin embargo, con las cascadas de letras que aterran el decir. Nadie sumerge su cara en el agua quebrada de su lirismo de veguina del Siglo de Oro.

Señora, usted, que masca la lengua de llanto y reza en acaloradas iglesias plegarias de viva, disculpe la torpeza de los alcaldes y del mundo cultural, usted ya no es una estatua, su gusto.

Recién casados

La orilla café de la taza no sale con agua caliente. El borde tiene grabado mis labios, lo que te molesta. No sé si será posible sacar la mancha con recriminaciones.

Lo cierto, es que gotea bajo el colchón toda la noche. Las frazadas y el cansancio tienen olor a sospecha. No avanzamos, pese a las quejas y reconciliaciones.

Pero tampoco queremos dar un paso más. Te duelen las rodillas y a mí los codos. A ambos nos cuesta dormir con las mandíbulas férreas.

Me dices que escuchas como uno niño va llorando al baño.

-Yo voy, tú quédate durmiendo, que mañana tienes que salir temprano.

Te veo apagar la luz con el niño en los brazos. Miro -entre las sombras- mi ropa colgada.

Escucho mi aliento seco, cortado, y las piernas rendidas. Quedan pocas horas de sueño y resignación.

Mañana, seguro, ni me sentirás cuando me vaya.

Mi buda

Perdona, hijo, mis gritos insufribles, los portazos, la cruel injusticia de mis palabras y el tono infame de mis arrebatos. Sé que no hay consuelo ni piedad posible ante mi neurosis desatada.

Mi gusto por el orden y mi fe en la voluntad son inverosímiles. Carezco de la soltura de la que tú gozas, de esa elasticidad con la que te estiras por el suelo.

Soy a la luz de cualquier vela un manojo de nervios retorcidos. Te ruego que no me escuches ni me observes.

Mi paciencia es breve y me duele la cabeza y el cuello de tanto manejar. En las noches aprieto las mandíbulas hasta triturar mis muelas.

Disculpa mis malos modos. Detesto mi escaso entusiasmo, mi cansancio crónico y ese pesimismo jocoso con que amanezco.

Mi mente parece un panal de abejas con humo y resisto gracias a las maromas de tu madre y la piedad de mi familia. Han tenido entereza y excesiva templanza.

Sólo soy un peón de porcelana. A tu edad mis padres me daban correazos en las piernas si era necesario; en cambio, lo que a mí me toca es aprender a escucharte como si fueras un buda.

Supermercado

Por influencia tuya empecé a comprar duraznos. Cuando íbamos al supermercado tú siempre comprabas un par de kilos de duraznos para tu hijo mayor.

En cambio, yo partía derecho a la sección pastas y carnes. Llenaba el carro con lasañas congeladas, pizzas y salsas de tomates.

Recuerdo que comprabas una docena de huevos con Omega 3, queso fresco y quinoa. En unas ocasiones te vi llevar yogurt natural y un kilo de uvas.

Hacíamos de estos encuentros un enredo fascinante de mensajes en clave con la ilusión de que pareciera casual conversar en los pasillos abarrotados de comida del supermercado más lejano de tu casa y cercano de la mía.

Hablábamos de amor con susurros histéricos, nos hacíamos promesas calientes. Incluso rozábamos nuestras piernas agachados para sacar la azúcar rubia.

Después nos mirábamos unos minutos. Me decías, cariño, en un tono suave que súbitamente cambiaba cuando venía alguien.

Te gustaba tener fósforos en cantidad, por superstición. Y te preocupabas de que nunca faltara en tu refrigerador el brócoli.

Con las compras listas partías a pagar, mientras te esperaba en mi auto en el estacionamiento. Lo mío eran solo un par de bolsas que echaba atrás.

Lo tuyo era alimento para tus hijos y tu marido vegetariano. Le pedías a un joven que te ayudaran a llevar las bolsas a tu auto y que las descargara en la parte de las maletas.

Luego partías donde yo estaba, cortando distancia por pasillos con autos estacionados. Abrías la puerta y te lanzabas a mi cuello.

“No quiero que nos volvamos a pasar esto. Quiero que te cuides y te guardes para mí. Entiendes, amor”.

Me tocabas entre las piernas para sentir si lo tenía duro. Y salías dando un portazo con mi olor en tu pelo.

Caminabas hacia tu auto sacudiendo tus caderas. Ibas con pantalones apretados y botas negras.

Me quedaba fumando. Encendías el motor, retrocedías, y partías directo a tu casa.

Gotas en el alero

Espero escribir poemas durante estos meses. Tengo la ilusión de trazar algunos versos aunque sé cuán inútiles son los poemas.

No han corregido ningún aspecto de mi vida. Tampoco me han causado desbarajustes graves.

Con pasión y sin culpa ejercí la sátira, la invectiva. Lo hice de manera desafiante e inocente, como niño quemando sus manos entre risas.

Ahora sólo tengo las cenizas de esos poemas: páginas con residuos borrosos, nubes secas.

Pero confío en que vuelva a llover sobre mi espalda. Entonces me ocultaré en mi pieza y registraré el sonido de las gotas que caen del alero sin rozarme.

Un poema de amor

No recuerdo tu amor sino el deseo. La transparente luz del mediodía, la mirada bajo las piedras nítidas del agua, un espacio que fluye y un tiempo sin presente, opaco y frío.

El día devorado de sonidos quema y cambia el delirio por cenizas. La luz de la tarde roza otro vacío donde la palidez borra, marcada de arena, tu figura.

Con el humo del cigarro en las narices busco el olor de las peras podridas. El aliento oscila al ritmo de la ansiedad.

No quiero ser pusilánime, menos vil. En la cama, las manos debajo de las sábanas.

Si me preguntan, diré que siento el olor dulce y ácido de las peras podridas. Aunque nadie debería acercarse a un hombre exhausto observando un frutero.

Salvo los niños. Los escucho correr y gritar en la otra pieza. Por suerte son bien educados.

El fin de nuestro amor ha sido leve. Ya no aprecio tu silencio y sé cuánto detestas mi cinismo.

Me aburren tus miedos y a ti mi intensidad. El costo ha sido mínimo respecto de las promesas que nos hicimos en la cama y en el auto.

Guárdate los recuerdos, si te quedan.

Datos bibliográficos

ObraAutorEditorialAñoPáginas
Referencias personalesMatías RivasSeix Barral2024148 páginas

Fotografía: Archivo UDP.

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