Las divisiones de la izquierda tienen causas históricas, ideológicas, organizativas y personales, pero también responden a la dificultad de conciliar principios políticos con decisiones capaces de transformar la realidad. La pugna entre las corrientes institucionalistas o gradualistas y las rupturistas atraviesa la historia del movimiento popular, desde las primeras candidaturas obreras hasta las coaliciones contemporáneas.
La fragmentación de las izquierdas se expresa en la separación de partidos, frentes, alianzas, sindicatos, organizaciones sociales y proyectos de fusión, y suele estar vinculada al sectarismo, el vanguardismo, el dogmatismo, las rivalidades personales, las discrepancias estratégicas y la incapacidad para gestionar democráticamente las diferencias.
Una división con raíces históricas
El debate acerca de la conveniencia y factibilidad del uso de las elecciones como medio para lograr concretar las aspiraciones populares es muy antiguo. Podría decirse que ha tenido lugar a lo menos desde fines del siglo XIX, junto con el surgimiento de una izquierda política que se distinguió claramente del liberalismo de las clases dirigentes.
La pugna que ha opuesto a las "dos almas" de la izquierda y el movimiento popular, la institucionalista o gradualista versus la rupturista, alcanzó su máximo desarrollo en la izquierda social y política chilena durante el siglo XX, adquiriendo -en ciertas coyunturas históricas- mayor relieve el tema de la participación en las elecciones.
Esta tensión no se limita a un país ni a una época concreta. La historia de la izquierda está marcada por sucesivas discusiones sobre la participación electoral, la acción directa, las reformas, la revolución, las alianzas, la relación con el Estado y el alcance de los compromisos políticos.
La formación de corrientes diferenciadas
En Chile, la República que se implantó después de consumada la Independencia tuvo un carácter claramente aristocrático. La "República Conservadora" de las décadas de 1830, 1840 y 1850, fue una suerte de dictadura constitucional con escasos márgenes para la disidencia política.
En ese contexto, la participación política autónoma de los sectores populares era imposible. Se trataba, por parte de los sectores dirigentes, de convocatorias políticas meramente instrumentales hacia el "bajo pueblo" y, por el lado de los trabajadores, de una participación política absolutamente supeditada.
Sin embargo, en algunas coyunturas se manifestaron algunos atisbos, aún débiles e inconsistentes, de una incipiente participación política de los trabajadores con un mayor grado de autonomía respecto de los "caballeros" de la clase dirigente.
La liberalización del país alentaba las esperanzas que obreros y artesanos ponían en su participación en la vida política institucional, principalmente a través de las votaciones en los cuerpos representativos del Estado. El movimiento popular organizado trató de aprovechar los espacios y oportunidades que le ofrecía la liberalización en curso, apostando a una estrategia de ampliación de libertades públicas y democratización paulatina del sistema político.
Las primeras divisiones entre autonomía y alianzas
Desde 1882 empezaron a desarrollarse experiencias que implicaban el esbozo de una actividad electoral más independiente de los sectores populares inspirados por una lectura plebeya del ideal liberal. A través de una organización sociopolítica -la Sociedad Escuela Republicana- algunos grupos de obreros y artesanos levantaron en 1882 y en 1885 las primeras "candidaturas obreras" como expresión de la corriente liberal popular al interior de la gran "familia liberal".
Los trabajadores debían auto representarse, sin confiar en los políticos que solían servirse de ellos. Las "candidaturas obreras" de 1882 y 1885 tuvieron un destino irregular: ninguno de sus abanderados resultó elegido parlamentario, pero varios candidatos apoyados por las asociaciones populares consiguieron ocupar puestos municipales en Chillán y Concepción.
La fundación en 1887 del Partido Democrático (PD), primera formación política de raigambre netamente popular, compuesta por artesanos, obreros y algunos jóvenes intelectuales de las capas medias, significó un paso más decidido en la autorrepresentación política de los sectores populares y su participación en las contiendas electorales.
Su estrategia combinaba el impulso de ciertas reivindicaciones populares con la participación electoral como vía privilegiada para la conquista de espacios institucionales a fin de hacer realidad el primer punto de su Programa: la "emancipación política, social y económica del pueblo".
Las primeras incursiones electorales del PD no fueron exitosas. Sin embargo, en los años inmediatamente posteriores a la guerra civil, el PD cosechó los primeros frutos de su actividad electoral.
Eran resultados modestos pero alentadores, sobre todo si se tomaba en cuenta que los demócratas habían obtenido dichos puestos representativos practicando una política de "autonomía absoluta", esto es, sin alianzas o pactos de ningún tipo con otras formaciones políticas.
Mas varios factores hicieron inviable la "autonomía absoluta" de "la Democracia". El sentimiento anticonservador de su militancia empujaba a muchos demócratas a aliarse con distintas tendencias y partidos del arco liberal, mientras que el imperativo pragmático de la dirigencia del PD impulsaba acuerdos para defender las diputaciones alcanzadas.
El sector hegemónico de la dirección demócrata logró imponer en 1896 el ingreso del partido a la Alianza Liberal. La entrada del PD a ese bloque y al juego parlamentarista acarreó el inicio de un germen de corrupción política que años más tarde produciría una división duradera en su militancia.
La fragmentación como problema político
Una de las tareas más difíciles del movimiento revolucionario ha sido y es concretizar la unidad de las izquierdas. Se han hecho cientos de análisis, reflexiones, y escrito miles de páginas sobre ese tema y aún continuamos en medio un vasto océano de incertidumbre desde el cual no terminamos de ver con suficiente claridad el puerto hacia donde hemos querido arribar en el ámbito de la unidad del campo democrático y de izquierda.
Todos quienes han abordado el tema de la falta de esa unidad, han señalado el sectarismo, vanguardismo, seguidismo y otras cuestiones como causas de las reiteradas divisiones en las filas revolucionarias y en el movimiento social.
Hemos dividido los partidos de izquierda, los frentes, las alianzas coyunturales y también han terminado fraccionándose casi la generalidad de los proyectos de fusión de varias organizaciones de similar naturaleza. Hemos dividido los sindicatos, los clubes juveniles, el movimiento campesino, los espacios de coordinación; lo hemos dividido todo.
Las divisiones del movimiento revolucionario no son el camino hacia la victoria, sino por el contrario, el camino hacia el fracaso y la bancarrota de la causa revolucionaria.
Nos dividimos por diferir respecto al carácter de la revolución, en la disputa por ser vanguardia, por enarbolar diferentes tácticas, por competencias por determinadas candidaturas con posibilidades remotas, y nos hemos dividido hasta para levantar la bandera de la unidad, algo realmente insólito e irónico.
Debemos entender en base a los resultados que como izquierda venimos cosechando, que, de seguir por el rumbo de las divisiones interminables, no será posible convertirnos en una verdadera opción de poder, ni ahora, ni en el porvenir, lo que implicaría una descalificación histórica irreversible de nuestra actual izquierda.
Las causas fundamentales de las divisiones
Desconocimiento de la teoría y de la realidad
El desconocimiento a profundad de la teoría revolucionaria, de nuestra historia y de la realidad objetiva sobre la que operamos, es una causa fundamentalísima de las divisiones de las izquierdas en nuestro país.
Esto ha conllevado al abordaje de la realidad nacional en base esquemas y extrapolaciones de experiencias marcadamente ajenas a la nuestra. Y en la medida en que cada organización extrapola arbitrariamente una experiencia distinta, de Rusia, China, Vietnam Cuba, Venezuela, Brasil, etc., y trata de aplicarla a nuestra realidad de manera dogmática, en ese mismo momento aparece la posibilidad de la ruptura táctica o de tipo estratégico.
El desconocimiento de la teoría revolucionaria, sus fundamentos, métodos y categorías, han acompañado siempre a toda acción de escisión en nuestras filas. Sin superar este elemento causal no será posible detener las divisiones que han ido descalificándonos para ponernos a la altura de la lucha por el poder político de la nación.
La composición social y la falta de formación política
La composición social predominantemente pequeño burguesa de la izquierda, acompañada de la orfandad de formación política e ideológica en las filas de izquierda es, además, un elemento causal determinante de todas las divisiones que hemos tenido.
El pequeño burgués, mientras su ideología es predominante pequeñoburguesa, su aspiración principal es ascender económica y socialmente a toda costa; unas veces enganchándose al carro de la revolución cuando la observa en ascenso, haciendo alianzas con la burguesía tras posiciones en el tren estatal que le permiten ascender o abandonando las filas revolucionarias y pasando directamente a los partido burgueses en el poder.
No es que el pequeño burgués no pueda ser parte de la izquierda e incluso de su dirección, eso no es lo planteamos, lo que no es correcto es que el pequeñoburgués, su ideología, su concepción y sus intereses desempeñen el rol dirigente del movimiento revolucionario.
La pequeña burguesía es un sector que puede y debe desempeñar un papel interesante en el triunfo de la revolución democrática y de liberación nacional; pero sería un absurdo pretender que pueda dirigir esta revolución y llevarla hasta el final consecuentemente.
Por lo que se hace urgente e imprescindible, iniciar un proceso de formación, estudio y conocimiento de la teoría revolucionaria para poder iniciar la superación de una de las causas más profundas de las divisiones que han impedido la unidad de la izquierda.
La ausencia de balances sobre la práctica
De similar manera, entendemos que no hacer balances de nuestra práctica en todos los aspectos y períodos, ha sido una causa de primer orden de las divisiones que ha sufrido la izquierda.
No hemos aprendido de nuestros errores, ni de nuestros éxitos y vivimos dando bandazos en base al empirismo y a la especulación política y haciendo las mismas cosas de siempre ignorando los cambios trascendentales que se han producido en todas las esferas de los saberes en nuestro planeta.
Ni siquiera nos hemos detenido suficientemente a desentrañar las causas de las grandes debilidades de nuestra izquierda, y por supuesto tampoco hemos analizado las causas de las recurrentes divisiones de la izquierda en todos los tiempos e incluso muy recientemente.
Sin hacer un balance multilateral de lo que ha sido nuestra práctica política, vamos a continuar deambulando por los mismos caminos recorridos con una carga de errores, desviaciones y deformaciones, que permanentemente nos dividen, nos atomizan y nos convierten en pequeñas fuerzas incapaces de levantar simpatías hacia nosotros en la sociedad.
La pérdida de una perspectiva de poder
El no habernos convertido durante un largo período de más de medio siglo en opción de poder, también ha parido nuevos grupos de izquierda, que a su vez continuaron fragmentándose.
En la medida en que estos perdieron la perspectiva de poder y viven subsistiendo alrededor de algunos partidos de las clases dominantes, parte de su militancia ha desertado, unos se han pasado a la acera del frente, otros han formado otras organizaciones de izquierda, mientras que una parte se mantiene sin organización aunque con posiciones de avanzada y acompañando al pueblo en sus luchas.
De no convertirnos en opción de poder como izquierda, atrayendo a los principales espacios democráticos y a lo más avanzado del movimiento social; de seguro que continuaran las divisiones y las deserciones de nuestras filas.
Los seres humanos por lo general se alimentan de esperanzas redentoras alcanzables; pero a la vez, tienden a distanciarse de cualquier proyecto en el que no observen posibilidades reales de alcanzar sus sueños e intereses.
La penetración de ideologías y agentes externos
Un factor, no menos importante que ha contribuido históricamente a la división de la izquierda, es la labor de penetración de la ideología de las clases dominantes y de los agentes enemigos de la revolución en nuestro seno.
Provocadores estos que promueven la intriga, la desconfianza y la exacerbación de las diferencias internas con el velado propósito de producir fisuras y encono en las organizaciones, entre unas y otras y entre sus integrantes, convirtiendo contradicciones secundarias en insalvables.
Una conducta que ha facilitado la penetración de la ideología y de los agentes de la burguesía dominante en las filas de la izquierda, es la ausencia del uso constante del método de la crítica y la autocrítica, permitiendo pasar por alto todo tipo de inconductas, ideas y acciones evidentemente auspiciadoras de divisiones internas.
Estamos contestes en que entre los revolucionarios deben primar relaciones de afectos, respeto, solidaridad recíproca y camaradería; pero esto jamás debe hacerse extensivo a la conciliación con las ideas y prácticas contrarias a la revolución.
Dogmatismo, sectarismo y personalismo
Un componente esencial del pensamiento de izquierdas consiste en la actitud crítica ante lo que existe. La izquierda nació así, como cuestionamiento al poder vigente, mientras que las derechas, en general, dedicaron su discurso a justificar el orden social.
Esta vocación de crítica a la totalidad ha perdurado en la izquierda hasta nuestros días, hasta el punto de volverse contra sí misma.
Este fundamentalismo moral, junto con los inevitables personalismos y ambiciones personales, está en la raíz de la frecuente actitud sectaria de los partidos de izquierda, que con frecuencia exigen de los compañeros de viaje una identificación total con los principios y estrategias propias para considerarlos como tales.
Las acusaciones de falta de pureza izquierdista, de tibieza, de lacayos del capital, lanzadas por un lado; y de inoperancia, de dogmatismo que no tiene en cuenta las condiciones reales -tampoco el bienestar de los trabajadores-, por otro, reflejan las diferentes aproximaciones éticas a la política.
Las tensiones internas, algunos rasgos de dogmatismo y las aspiraciones y disputas personales han producido nuevas divisiones en la izquierda.
La ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad
Max Weber es el autor de la clásica distinción entre la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad. Según él, la ética de las convicciones tiende a aplicar los principios morales de modo absoluto, despreocupándose de las consecuencias que provoque la conducta.
La ética de la responsabilidad, por el contrario, tiene en cuenta los resultados de la acción y es capaz de adaptar los principios a los fines que se persiguen.
Toda decisión moral incluye tanto los principios como los resultados de la acción, a riesgo de convertirse respectivamente en fanatismo o en oportunismo, tanto en la política como en la vida privada.
La izquierda ha insistido históricamente en los principios ideológicos de su concepción del mundo, muchas veces a costa de obtener resultados intolerables que terminan contradiciendo los mismos principios que postulaba.
No se trata, por supuesto, de renunciar a los principios y caer en un oportunismo acomodaticio. Ni de olvidar las utopías, esenciales en el pensamiento de izquierdas. Ni de adherir a la siniestra doctrina del fin que justifica los medios.
Sino de comprender que el objetivo de la acción política consiste en la transformación de la realidad y que la función de las ideas y principios consiste en hacerla posible.
Un equilibrio entre la ética de la convicción y la de la responsabilidad debería ser posible, cuando pensamos en lo que nos espera.
La historia internacional de las escisiones
La Primera Internacional, la Asociación Internacional de Trabajadores, creada en 1864, se rompió por las divergencias entre socialistas y anarquistas. Estos últimos fundaron su propio grupo.
La segunda Internacional fue la socialdemócrata y duró hasta la Primera Guerra Mundial: la unidad se rompió por la cuestión nacional, cada partido decidió alinearse con su Estado en el conflicto que enfrentó a las potencias europeas.
La tercera Internacional, la Komintern, fue la comunista, fundada por la URSS en 1919 y refundada por Stalin en 1947 como Kominform. Y aún surgiría otra más, la Cuarta Internacional, que agrupaba a los partidos trotskistas.
Luego está la ruptura entre el estalinismo y el maoísmo, sin que debamos olvidar el marxismo-leninismo doctrina zuche de Corea del Norte o el pensamiento Camarada Gonzalo como versión específica del marxismo-leninismo-maoísmo.
Podríamos continuar con corrientes como el “titismo” en Yugoslavia y el socialismo de los países no alineados. En fin, la historia de la izquierda es la historia de sus interminables divisiones.
Represión, violencia y fragmentación
Es cierto que el estrés y las condiciones precarias en las que se movían los grupos revolucionarios, la brutal represión, la sensación de amenaza constante, la actividad de infiltrados de la policía y también de seguidores de otras corrientes eran propicios para crear un ambiente de paranoia.
La lucha a muerte -a veces literalmente- entre socialistas y comunistas alemanes durante los años treinta, es decir, durante el auge del nazismo, no dejará de sorprender a quien se adentre en esa época.
Con Hitler ya en el poder, los distintos grupos antifascistas se dedicaban a combatirse mutuamente por razones ideológicas, debilitando la resistencia contra la dictadura nazi.
Los conflictos internos en el seno de las izquierdas han sido históricamente terribles, de una violencia espantosa. Recuerden La confesión de Artur London, el asesinato de Trotski encargado por el régimen estalinista, la Revolución Cultural en China, los juicios de Moscú en 1936-38, el asesinato de Gabriel Trilla por el PCE en 1945 y un largo etcétera.
El sectarismo ideológico ha ido moderándose, afortunadamente. Ya no se asiste a esos enfrentamientos virulentos. Sin embargo, siguen quedando rescoldos e inercias sectarias.
El caso colombiano: del sectarismo a la convergencia
La izquierda partidista colombiana siempre ha estado dividida. Hasta la década de 1980 hubo muchas agrupaciones pequeñas que duraban poco tiempo, aunque algunas tenían anclajes en sindicatos, organizaciones sociales, universidades y grupos de académicos.
En medio de la proliferación de grupos y tendencias dentro del marxismo, dos fuerzas irreconciliables encabezaban la polarización: el Partido Comunista Colombiano (PCC), de orientación pro-soviética, y el Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR), de tendencia maoísta.
Las divisiones se debían al sectarismo y a la alineación con los diversos bloques del socialismo internacional, además de las tesis diferentes acerca de la acción armada y de intensas rivalidades personales.
Hubo sin embargo intentos de coordinación a través de la Unión Nacional de Oposición (UNO) durante los setenta, y de A luchar y Firmes en la década siguiente.
La Unión Patriótica (UP) fue otro intento de convergencia, dentro del cual se registraron también grandes tensiones. Su desaparición se debió sobre todo a la violencia ejercida por paramilitares, narcotraficantes y agentes del Estado a raíz de sus buenos resultados en las elecciones de 1986.
Durante este período del post-frente nacional, la izquierda no logró construir una organización que aglutinara las diversas tendencias y cerró la década de 1980 como una fuerza marginal en las elecciones y en las corporaciones públicas, además de un saldo de cientos de muertos.
El nacimiento del Polo Democrático Alternativo
Durante los años noventa hubo cambios importantes. La izquierda siguió fragmentada, aunque sin el viejo sectarismo y con algunos replanteamientos atribuibles a la caída del muro de Berlín y a la crisis del socialismo línea soviética.
El M-19 firmó la paz en 1990, y al poco tiempo fue seguido por el Ejército Popular de Liberación (EPL), el movimiento Quintín Lame y un reducto del Ejército de Liberación Nacional, la Corriente de Renovación Socialista.
La izquierda partidista se reconfiguró bajo las nuevas circunstancias, aunque siguió dividida. Surgieron otras agrupaciones pequeñas que lograron escaños en el Congreso, entre ellas el Movimiento Bolivariano, Educación Trabajo y Cambio, Frente de Esperanza, Vía Alterna, y Partido Social Demócrata Colombiano.
Pese a sus diferencias, las diversas izquierdas coincidían en algunas ideas y adoptaron un tono más moderado: la reivindicación de la democracia, el aumento del pluralismo, la crítica casi unánime de la acción armada, la defensa de la igualdad social y de un papel activo del Estado, las críticas al neoliberalismo.
Las coincidencias, la moderación y el trabajo de algunos líderes desembocaron en la creación del Polo Democrático Alternativo (PDA) en 2005.
Este partido estuvo precedido de coaliciones entre movimientos y organizaciones sociales y políticas, primero en torno a Alternativa Política Colectiva y el Frente Social y Político, los cuales se unieron en las elecciones presidenciales de 2002 con la candidatura de Luis E. Garzón, para agruparse luego en Alternativa Democrática y en el Polo Democrático Independiente.
Las múltiples izquierdas colombianas
El PDA ha sido el partido de mayor éxito electoral en la historia de la izquierda, pero en su interior han persistido las tensiones y las diferencias ideológicas.
Como suele ocurrir en los partidos nacidos de agregar movimientos y partidos de diversa procedencia, la convivencia en el PDA ha sido difícil. Pesan demasiado las historias de cada partido, las aspiraciones y ambiciones de sus líderes, las concepciones sobre el modelo organizativo e incluso los estilos de hacer política y las formas disímiles de expresarse.
Subsiste el PCC. Este partido se había incorporado al PDA y actualmente cuenta con una senadora -Gloría Inés Ramírez-. Acusado de doble militancia, fue expulsado del PDA por su participación en las movilizaciones convocadas por la Marcha Patriótica.
Se mantienen reductos del MOIR. El senador más prestigioso del PDA y más activo en la oposición a los últimos tres gobiernos -Jorge Enrique Robledo- ha militado desde hace décadas en este partido.
El PDA mantiene su bancada en el Congreso y avaló candidatos presidenciales en 2006 y en 201; en medio de muchas tensiones internas, conserva la expectativa de ir a las elecciones.
El movimiento Progresistas, creado por Gustavo Petro, aún no ha decidido si participa en las elecciones como fuerza independiente o incorporándose a otro movimiento o a una coalición.
La UP ha revivido después de ser masacrada y haber perdido su personería jurídica. Recientemente el Consejo de Estado restituyó su reconocimiento legal, de modo que podrá participar en las próximas elecciones.
Marcha Patriótica es un movimiento político surgido de la confluencia entre sectores liberales y de izquierda, donde convergen la ex senadora liberal Piedad Córdoba, la ex alcaldesa de Apartado Gloria Cuartas, dirigentes del PC, el director del semanario Voz Carlos Lozano y organizaciones sindicales y sociales.
Centro Independiente es una organización creada por Angelino Garzón, quien viene de una larga militancia en partidos de izquierda y ha sido parte de gobiernos de diversa procedencia.
Además de las siete izquierdas hay otros sectores “flotantes”, que se identifican con la izquierda pero no pertenecen a aquellas organizaciones: líderes sociales, ex dirigentes incorporados a otros partidos, sindicalistas, simpatizantes, académicos, analistas.
Más líderes que partidos
Aunque hay partidos como el PCC, el MOIR y el PDA que han mantenido una estructura bastante bien definida, la izquierda en general carece de organización institucionalizada y con vínculos estables en los departamentos y municipios.
Igual que los demás partidos colombianos, tanto los históricos como los surgidos en la última década, la izquierda se caracteriza por un intenso personalismo.
Cada una de las siete izquierdas es impulsada por líderes con proyección nacional que tienen aspiraciones personales y mantienen rivalidades entre sí, las cuales han emergido en las elecciones presidenciales y han dado origen a disidencias como las de Gustavo Petro, Antonio Navarro y Luis Eduardo Garzón.
Las divisiones de la izquierda española
La división de la izquierda tiene una larga historia que se manifestó claramente en la guerra civil: mientras las derechas formaron un frente común, las izquierdas no olvidaron ni siquiera en esos momentos las luchas entre comunistas, anarquistas y socialistas.
Mientras el Partido Popular es capaz de aglutinar a liberales y conservadores, franquistas y democristianos, ateos y católicos, honestos y corruptos, la izquierda se divide en dos partidos nacionales, varios regionales y alguno en formación, frecuentemente enfrentados entre sí y a veces duramente.
Las tensiones contemporáneas han producido enfrentamientos internos, expulsiones, escisiones, denuncias en los tribunales y dimisiones, que han tenido como consecuencia el nacimiento de nuevos partidos de izquierda.
En las redes sociales nos encontramos con una inquina entre los defensores de cada facción que parece más intensa que la que sienten hacia la extrema derecha: periodistas, columnistas y sencillos militantes o votantes se lanzan insultos propios de un Rafael Hernando, desplegando una exhibición dogmática, y a menudo narcisista, que desalienta a cualquiera.
El conflicto entre Podemos y Sumar
En el lanzamiento de la candidata de Sumar, Yolanda Díaz, no estuvieron los dirigentes del partido morado. Sí acudieron los líderes de En Comú Podem, al igual que Izquierda Unida, socio de la coalición con Podemos y coalición a su vez de diversas fuerzas, con el PCE como actor principal.
También estuvieron en el acto de presentación los líderes de Más País y algunos de los cuales fueron socios fundadores de Podemos.
Podemos se negó a ir porque exigía acordar el procedimiento de las primarias antes del acto de presentación de Yolanda Díaz, como si el acuerdo sobre una cuestión procedimental fuera más importante que el lanzamiento de la candidatura y la inyección de moral que habría supuesto en el electorado progresista la colaboración de todas las partes.
Según lo entiendo, Podemos se ha equivocado. Incluso si tuviera razón en sus exigencias, va contra sus intereses en estos momentos aparecer como el partido cascarrabias que se enfada con todos los demás y que pone freno a un proyecto nuevo que despierta una ilusión considerable en el electorado progresista.
Ahora bien, si Podemos ha podido gobernar cuatro años con el PSOE, sería verdaderamente extraordinario que no pudiera alcanzar un acuerdo con la plataforma Sumar.
El caso chileno: la ruptura del centroizquierda
La configuración orgánica que por años acompañó a la izquierda chilena comienza progresivamente a quedar atrás. El pacto entre el Partido Socialista (PS) y la Democracia Cristiana (DC) no solo fue el de mayor consistencia política desde el retorno a la democracia, sino que se convirtió en un eje estructurante que, además de elemento aglutinador del progresismo chileno, le entregó gobernabilidad al bloque de izquierda.
Pero este histórico acuerdo vive por estos días lo que parece su rescisión definitiva. La aventura política en la que se embarcó la izquierda chilena con el nacimiento de la Nueva Mayoría no solo implicó el desahucio abrupto de la antigua Concertación, sino además obligó a sus miembros a renunciar a los valores que por décadas habían defendido.
En este nuevo esquema, el rigor en el diseño de las políticas públicas ya no fue prioritario y el crecimiento no solo fue desdeñado en el discurso, sino que se convirtió en el principal ausente del modelo de izquierda.
La DC pagó cara en la elección pasada la incapacidad de equilibrar hacia el centro su coalición política. El PS en tanto, pese a sostener su representación parlamentaria producto de una hábil negociación, optó por izquierdizar su oferta política y se ha convertido en un referente del obstruccionismo al gobierno.
Mientras la DC lucha por encontrar su nicho político, el PS intenta tender puentes con el Frente Amplio, lo que sugiere que está en ciernes la conformación de un nuevo polo, cada vez más alejado del centro.
Sin el pilar estructural que durante mucho tiempo sostuvo a la coalición de centroizquierda, hoy sus socios se mueven a la deriva.
A estas alturas resulta demasiado evidente que el solo rol opositor no basta como elemento aglutinador de un bloque político.
Los partidos de centroizquierda tienen ahora la difícil misión de retomar la confianza de la ciudadanía; ello pasa por tomar definiciones complejas, como el valor del crecimiento, el rol del sector privado, el tamaño del Estado, las relaciones internacionales y agenda valórica.
Esas definiciones seguramente empujarán a algunos a la vecindad frenteamplista y a otros a convertirse en una oposición más moderada y colaborativa.
Para el gobierno actual, en cualquier caso, seguirán presentes las dificultades para encontrar interlocutores que le permitan viabilizar los aspectos más controvertidos de la agenda, como son por ejemplo los cambios tributarios.
El discurso más moderado que está intentando el PPD podría convertirse en un buen aliado de la DC y en conjunto transformar este incipiente acuerdo en una alternativa política viable.
Unidad electoral y acción común
La deseable unidad de la izquierda no puede incorporar a cualquier sector que reivindique su pertenencia a ella. No puede afirmarse que cualquiera que proclame su condición de izquierdas tenga derecho a participar en la necesaria unidad de acción que estos tiempos exigen.
Tampoco se trata de conseguir esa unidad aceptando sin crítica las posturas de quien tiene más poder.
La cuestión que más importa consiste en la posibilidad de acuerdos entre las corrientes socialdemócratas, que proponen una profunda reforma dentro del sistema capitalista, y otras posturas que rechazan cualquier posibilidad de vigencia del capitalismo y defienden el paso a modelos socialistas desde convicciones democráticas y no violentas.
En estas dos posturas se incluye la inmensa mayoría de lo que se entiende por izquierda sociológica.
Lo poco que se ha logrado, evitar desahucios, mantener abiertos hospitales y ambulatorios, evitar el cierre de muchos servicios sociales, ha sido por la acción conjunta de ciudadanos que olvidaron las siglas de los partidos y concentraron sus esfuerzos en objetivos concretos.
Lo más notable de estas movilizaciones es su pluralidad: militantes de todos los partidos, incluyendo votantes de la derecha, gente que nunca había pensado en salir a la calle, jóvenes y viejos, jubilados y parados, profesionales y amas de casa.
La gente es capaz de olvidar diferencias para conseguir resultados concretos y habrá que esperar para saber si los partidos son capaces de aprender esta lección.
Mientras tanto ¿sería imposible pensar en una coalición de partidos de izquierda que se presentaran conjuntamente a las próximas elecciones, de modo que el voto a cualquiera de ellos valga lo mismo y se evitaran así las discriminaciones de la actual ley electoral?
Los desafíos para superar la fragmentación
En medio de su división, la izquierda colombiana se enfrenta a varios retos: en cuál de todas las izquierdas se insertarán las FARC, si surgirá un nuevo partido, si repetirán el camino de ingrata recordación que fue la UP y si Marcha Patriótica será la pista de aterrizaje.
También debe resolver si las múltiples izquierdas lograrán ponerse de acuerdo en un candidato único y si correrán el riesgo de desaparecer si se aplica el nuevo umbral electoral del 3 por ciento para el Senado y se mantiene la fórmula de la mitad del cociente electoral para la Cámara.
Respecto del PDA, la cuestión consiste en saber si se mantendrá la idea original de un partido de convergencia de izquierda, o si seguirán las divisiones y expulsiones.
Si no logran combinar una dosis de pragmatismo ante las reglas electorales, un mayor pluralismo y matizar las ambiciones y aspiraciones individuales, es probable que después de las elecciones las izquierdas sean cosa del pasado.
La unidad también exige definir con claridad las prioridades programáticas, establecer mecanismos democráticos para resolver las diferencias, evitar que las disputas personales sustituyan a los debates políticos y construir organizaciones con vínculos estables en la sociedad.
La crítica y la autocrítica son saludables y necesarias en cualquier partido. Pero es difícil comprender que se dediquen más tiempo, energía e invectivas a ellas que a la lucha contra unas fuerzas reaccionarias cada vez más radicales.
No se trata de eliminar la fiebre del cuerpo del paciente momentáneamente; sino de eliminar la fiebre yendo a las causas que la producen.
Los grandes problemas nunca se superan cortando las ramas; sino, arrancándolos de raíz.

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