El encapuchado del Estadio Nacional fue Juan René Muñoz Alarcón, un exdirigente socialista que, tras el golpe de Estado de 1973, colaboró con los organismos represivos y recorrió las graderías del recinto identificando a antiguos compañeros detenidos. Su rostro cubierto y su dedo acusador se convirtieron en una de las imágenes más aterradoras de la represión política chilena.
El Estadio Nacional fue utilizado como campo de prisioneros entre el 11 de septiembre y el 9 de noviembre de 1973. En ese periodo, miles de personas fueron detenidas, interrogadas, torturadas y, en algunos casos, asesinadas dentro del recinto, mientras la figura del encapuchado extendía entre los prisioneros un terror basado en la sospecha, la delación y la imposibilidad de saber quién podía señalar a quién.
El Estadio Nacional como campo de prisioneros
Inserto en plena comuna de Ñuñoa, en 1938 el gran proyecto arquitectónico de la época se inauguraba para dar un salto cualitativo en la infraestructura deportiva del país. El Estadio Nacional abría sus puertas con capacidad para 74.168 personas.
Durante las primeras horas del Golpe de Estado, en septiembre de 1973, este coloso de cemento rápidamente fue contemplado a la hora de la planificación urbana en la guerra antisubversiva que se decía comenzaría a librar la Junta Militar. En general, todos los recintos construidos y pensados en reunir grandes aglomeraciones fueron observados por los militares en sus posibilidades para el encierro masivo.
El Estadio Nacional y el Estadio Chile fueron quizás los lugares más emblemáticos, a los cuales se suma una larga lista de gimnasios municipales que en regiones comenzaban a transformarse paulatinamente en cárceles. De a poco la sociedad completa pasaba a ser un lugar de encierro.
Tras un ingreso desordenado y habilitando lugares de forma improvisada, la contrasubversión supo ajustarse rápidamente. Un informe de la Organización de los Estados Americanos (OEA) a Chile durante julio y agosto, registra la respuesta del General Bonilla, Ministro del Interior del nuevo régimen, sobre el uso del recinto deportivo: “El 11 de septiembre habían sido detenidas en Santiago alrededor de unas 6.000 personas y que las mismas habían sido conducidas al Estadio Nacional por no contar Santiago con cárceles suficientes para ese número elevado de personas; que los detenidos eran tratados humanamente, que las torturas a que se refería la prensa internacional no se ajustaban la verdad de los hechos; que existían alrededor de unos 35 equipos de interrogadores y que como resultado de los trabajos de esos equipos, más de 3.000 personas habían sido puestas en libertad, que continuaban los detenidos debido a que también continuaban las actividades de los francotiradores”.
El gran lugar de encierro masivo de la dictadura no se encontraba a las afueras de la ciudad o en los extremos del país, sino perfectamente ubicable en la gran ciudad. Los nuevos usos de encierro no fueron negados por la dictadura, sino visibilizados e informando con listas pegadas en sus murallas los nombres de algunos detenidos, además de permitir visitas por parte de delegaciones internacionales, desde la Cruz Roja hasta incluso la FIFA.
El 22 de septiembre de 1973, la Cruz Roja señaló la existencia de 7.000 detenidos, además de entre 200 y 300 extranjeros; para el 13 de octubre la OEA barajó la cifra de 6.000 detenidos. El ex director de la DINA cifra en 9.000 los detenidos, mientras que según organismos de DD.HH ascienden hasta 20.000.
| Aspecto | Información |
|---|---|
| Ubicación | Comuna de Ñuñoa, Santiago |
| Capacidad original | 74.168 personas |
| Uso represivo | Campo de prisioneros entre el 11 de septiembre y el 9 de noviembre de 1973 |
| Detenidos según la Cruz Roja | 7.000, además de entre 200 y 300 extranjeros |
| Detenidos según la OEA | 6.000 para el 13 de octubre |
| Cifra atribuida al ex director de la DINA | 9.000 |
| Cifra según organismos de DD.HH. | Hasta 20.000 |
No hay claridad en las cifras, pero sí en las características masivas del encierro y la tortura que se sucedieron entre el 11 de septiembre y el 9 de noviembre de 1973, periodo en que dicho recinto fue utilizado como campo de prisioneros.

La distribución de la represión dentro del recinto
El Estadio estaba ahí, imponente, repleto de detenidos, asesinatos y toda clase de violación a los DD.HH. Reacondicionando toda la infraestructura deportiva del coliseo, las escotillas y camarines fueron destinados para el encierro de hombres y el sector de piscina para mujeres.
El velódromo, el llamado disco negro y la tribuna presidencial fueron usados como lugares de tortura e interrogatorio mediante corriente, golpes, violaciones y fusilamientos simulados. El Estadio no tenía la disposición espacial en la ciudad de los cientos de casas que comenzaban a ser ocupadas por los organismos de inteligencia transformándolas en cárceles secretas.
Una vez en el velódromo, los detenidos eran subidos a las graderías. Ahí debían esperar para ser llamados a sus respectivos interrogatorios. Los llamados venían de los altoparlantes y se asignaba un nombre de chapa al equipo de interrogadores que les correspondería.
Cuando escuchaban sus nombres, los detenidos debían bajar hacia el túnel de acceso, aún encapuchado. Pasaba por ese túnel a punta de culatazos, golpes e insultos. Ahí, en la antesala de sus propias torturas, militares, detectives y civiles los golpeaban, los lanzaban de cabeza contra las paredes, y de vez en cuando, les preguntaban algo.
Hay testimonios de ex prisioneras y prisioneros que relatan haber sufrido simulacros de fusilamiento en estos túneles. Muchas de las ejecuciones efectivas que se realizaron ocurrieron en los alrededores del velódromo.
Luego, eran trasladados a uno de los dos caracoles -construcciones en piedra que, antes de ser convertidos en salas de tortura, eran los baños-. Ahí, aún con la frazada cubriendo la cabeza, vendados los ojos o encapuchados con sacos de género o papel, decenas de prisioneros serían torturados simultáneamente por distintos equipos de interrogadores.
A menudo, después de arrancadas sus ropas, sufrirían la aplicación de electricidad en partes sensibles del cuerpo, golpes, colgamientos, agresiones sexuales, quemaduras y el procedimiento conocido como el “submarino” (ahogar a la persona sumergiendo su cabeza en agua u otros líquidos), entre otros tormentos.
La tortura tenía como objetivo no sólo extraer información, sino también castigar, ablandar, humillar, someter y desmoralizar a la víctima. Estos apremios, al igual que las preguntas, no eran sofisticadas.
- Consistían en patadas, culatazos y golpes en todo el cuerpo, preferentemente en el estómago, testículos y cabeza.
- Corriente eléctrica en distintas partes: genitales, sienes, lengua, senos, párpados, axilas, recto, oídos.
- Simulacros de fusilamientos.
- Introducción de agua u objetos en la boca, ano, o vagina.
- Quemaduras y colgamientos.
- Golpes contra la pared y latigazos.
- Arrancamiento de uñas.
- Violaciones individuales y grupales.
- Inyección de drogas.
- Sumergimiento de la cabeza en agua sucia.
- Privación de sueño y alimento.
- Presiones sicológicas, entre otras.
A menudo se utilizaban palos de goma para golpear y así no dejar huellas visibles. Las secuelas físicas, sicológicas y emocionales de las torturas pueden manifestarse durante toda la vida. Hoy, cuando las víctimas de tortura de este periodo han pasado los 60 años, muchos han comenzado a sufrir las consecuencias de largo plazo de toda la violencia descargada sobre sus cuerpos.
Algunos detenidos fueron interrogados y torturados una sola vez. Otros fueron interrogados y torturados múltiples veces por distintos equipos y en diferentes sectores del estadio. Los que caída la tarde aún esperaban su turno en las graderías del velódromo, tendrían que regresar al día siguiente, ya que los torturadores respetaban su horario de trabajo.
La aparición del encapuchado
Los distintos testimonios de los sobrevivientes que pasaron por el Estadio nos hablan de torturas, miedo, incertidumbre y una violencia insospechada e impensada. Pero en todos los relatos se destaca un punto casi excepcional, una figura que los dejaba atónitos incluso en aquel paisaje ya surreal de encierro en un Estadio de fútbol.
La figura de un encapuchado, ex militante de izquierda, quien en abierta colaboración con las fuerzas represivas se paseaba identificando entre los prisioneros a quienes serían seleccionados para largas sesiones de tortura.
Los relatos varían en su descripción física. Algunos lo sitúan con una tela negra hasta los hombros, o una frazada agujereada. Otros recuerdan una capucha ploma y ridícula hasta la barbilla o una tela que le cubría inclusive las rodillas, y hay testimonios que lo ubican hasta con una bolsa de papel con dos hoyos.
Lo cierto es que, en un oxímoron, lo único visible era precisamente la ausencia de su rostro y su dedo acusador que “se imponía a todos como una fantasmagórica presencia”.
El paseo por parte del encapuchado no solo se constataba en los seleccionados que eran llevados a la tortura, sino en todos los espectadores de aquella verdadera performance de terror creada por los militares. La parálisis y pánico eran totales, nadie respiraba, como si eso ayudara a tornarse invisibles ante el dedo de aquella criatura oculta.
“Nos movemos apenas tratando de pasar inadvertidos, sólo el imperceptible rumor de quince mil respiraciones. Me va a costar mucho olvidar esa mirada líquida apenas entrevista detrás de la máscara grotesca”.
Lo invisible se llenaba con especulaciones: “Algunos opinaban que todo no era más que un montaje de los milicos para sembrar el terror. Pero la mayoría sabía la verdad porque conocía a muchos de los señalados: aquel dedo traidor no marcaba al azar”.
“Todos nos preguntábamos lo mismo. ¿Quién era el encapuchado? Parecía conocer a medio mundo”.
El hombre del pasamontañas
En junio de 1977 se presentó en la Vicaría de la Solidaridad de Santiago de Chile un joven que quería, dijo, hacer una confesión: y quería que fuese grabada, como testimonio para el futuro.
La Vicaría de la Solidaridad fue creada por el arzobispo para socorrer a las víctimas del golpe de Estado y a sus familias: mal tolerada, pues, por la Junta de Gobierno. Se sospecha de que aquel hombre fuese el instrumento de una provocación era más que legítima. Fue por consiguiente rechazado.
Se volvió a presentar y fue de nuevo rechazado. Cuando volvió por tercera vez, quizás considerando que un verdadero provocador no habría insistido tan desesperadamente, se aceptó grabar su confesión.
Tuvo así identidad -nombre, historia y, muy poco después, destino- la más espantosa figura de los días del golpe de Estado y de la represión: parecía una evocación de los tiempos de la Inquisición: atroz alucinación, atroz símbolo.
El hombre del rostro oculto, el hombre del pasamontañas. Aquel que sin decir una palabra, solo con el gesto de la mano, escogía de entre los prisioneros hacinados en el estadio nacional al que mandar a la tortura y a la muerte.
Uno de los liberados recuerda: «El siniestro personaje, escoltado por militares, pasaba revista a millares de prisioneros. A pesar de su estatura insignificante, su ropa nueva y cursi y su paso inseguro, el hombre del pasamontañas se imponía a todos como una fantasmagórica presencia e imponía en los graderíos un silencio lleno de pánico… Nosotros lo mirábamos con ansiedad… Algunos volvían la cabeza para no ser identificados o trataban de escabullirse hacia los retretes. Cualquiera de nosotros podía encontrarse ante el índice del hombre del pasamontañas: en una tensión que llegaba al paroxismo, encontraba expresión el drama de un pueblo prisionero frente a la tortura y la traición. Esta delación nos daba una especie de vértigo. ¿Se trataba de un traidor o de uno que siempre había sido enemigo nuestro? ¿De qué partido era, de qué condición social había salido, cómo había logrado estar entre nosotros sin que lo descubriéramos? El hombre se acercaba, se detenía, continuaba la búsqueda: a veces volvía atrás para reconocer mejor a alguno. Sus ojos, aquellas oquedades orladas de negro del pasamontañas, se cruzaban con miradas aterrorizadas, miradas interrogantes, miradas intrépidas. Él caminaba lentamente y lentamente escogía las víctimas: bastaba un gesto de su mano…»
Bastaba un gesto de su mano -o al menos así lo había creído, como lo habían creído los prisioneros hacinados en el Estadio Nacional- para dar tortura y muerte; y helo aquí ahora, ya sin aquel poder, intentando ponerse, miserable, innoblemente, de parte de las víctimas: delante de una grabadora y, presumiblemente, delante de un cura.
Juan René Muñoz Alarcón
“Me llamo Juan René Muñoz Alarcón, carnet de identidad 4824557/9. Tengo treinta y dos años, estoy casado y vivo en el 331 de la calle Sargento Menadier, en Puente Alto, Población Malpo. Soy un ex dirigente del Partido Socialista, ex miembro del comité central de la Juventud Socialista, ex dirigente nacional de la CUT (Central Única de Trabajadores). Pertenecí a la confederación de trabajadores del cobre… El hombre del pasamontañas del Estadio Nacional soy yo”.
Así comienza la confesión. Pero cae súbitamente en la reticencia en cuanto a las razones que lo habían decidido a dejar el Partido Socialista, cuatro o cinco meses antes del golpe de Estado militar: «no estaba de acuerdo en ciertas cosas»; y, sin más, es ambiguo al hablar de las persecuciones de que fue objeto por parte del Partido Socialista.
Dice: «quemaron mi casa, he perdido a mi familia». Si lo entendemos literalmente, parece que su familia (mujer y seis hijos) murió en el incendio de la casa. Pero poco antes ha dicho que era casado y no viudo: da la sensación de que hablaba figurada, metafóricamente, de una ruina económica que ocasionó la disgregación familiar.
Aceptamos que sus ex-compañeros lo persiguieron; pero no es creíble que la persecución se desencadenara por no estar de acuerdo sobre «ciertas cosas» y por su alejamiento del partido. En cambio, es posible que hubieran sospechado o hubieran descubierto que era confidente de la derecha o lo hubieran acusado -acaso injustamente- de alguna irregularidad o malversación.
Sea como fuere, de la persecución encontró protección en la derecha. «Hombres de derechas», dice «me escondieron y alimentaron». Y tenía que pagar sus deudas. Pero las pagó con alegría, poco después del pronunciamiento.
Juan Muñoz Alarcon, ex militante socialista se había distanciado del Partido en 1973 acusando corrupción al interior del mismo. Tras hacer continuas denuncias en la prensa de la época fue contactado por militares sediciosos quienes -en sus palabras- “Me escondieron, me alimentaron, porque me encontraba prácticamente en las últimas consecuencias”.
Con la instauración de la dictadura, el sujeto comenzó a avanzar en las profundidades de la zona gris, llegando a su punto clímax transformándose en el encapuchado del Estadio Nacional. Luego continuó su trayectoria en Colonia Dignidad, Villa Grimaldi y en distintas tareas represivas llevadas a cabo por la DINA.
Muñoz Alarcón ¿Estaba detenido?¿Custodiado?¿Protegido? El nacimiento de aquellas criaturas híbridas que nos señala Levi, justamente es la precisa mezcla entre víctima y victimario en una síntesis que lo transforma en un engranaje de la represión.
La zona gris de Primo Levi
En 1943, tras un breve intento de participar en la lucha partisana, el químico italiano de origen judío Primo Levi es detenido y trasladado a Auschwitz. Luego de sobrevivir los últimos diez meses de funcionamiento del emblemático campo de concentración, dedicó gran parte de su vida a intentar narrar los horrores y funcionamiento del universo concentracionario.
El capítulo dos de su reconocido texto “Los Hundidos y los salvados”, llevó por título “La zona gris”. En breves páginas describe con una brutal claridad una de las claves en el funcionamiento de los Lagers: La creación de una clase híbrida de prisioneros-funcionarios ubicados en una zona donde se desdibujan los roles de carcelero y prisionero.
Es justamente mediante aquellos colaboradores que el régimen podía sostenerse. Levi concluye: “Es ingenuo, absurdo e históricamente falso creer que un sistema infernal como el del nacionalsocialismo santifica a sus víctimas; al contrario, las degrada, hace que se parezcan a él”.
La figura del Kapo, prisionero encargado de golpear y poner la disciplina al interior del Lager, condensa a la perfección aquella criatura nacida e incubada en la zona gris. Esta figura híbrida de prisionero-carcelero, encuentra su reedición en el ex militante reconvertido en colaborador y transformado en una activa herramienta de la represión.
La construcción del prisionero-funcionario fue completa: “Mi objeto de esta denuncia no es buscar el perdón ni la reconciliación conmigo mismo, porque lo que he hecho, sinceramente no tiene nombre; yo mismo ahora en la actualidad me desconozco; no me explico cómo pude llegar a límites tan increíbles”.
Las versiones de la confesión
Pero en su temprano andar Juan Muñoz se arrepintió de arrepentirse. En febrero de 1974, una vez finalizada su actuación en el Estadio Nacional, consigue contactarse con un equipo de la TV sueca que se encontraba filmando el documental “Santiago de Chile: Ciudad violentada”.
En dicha pieza filmográfica, se observa el rostro de Juan Muñoz quien por primera vez reconoce haber sido aquel mítico encapuchado. “Entonces me pusieron un capuchón como se hace con los cobardes, y todos los prisioneros tuvieron que salir de sus celdas para que yo denunciara a los que habían tenido un papel dirigente y a mis propios camaradas del servicio de seguridad del partido. Yo lo que hice fue engañar a los militares. No valdría para gran cosa si hubiese sido capaz de traicionar a mis camaradas”.
Tras aquella primera versión, Muñoz Alarcón continuó trabajando con la represión en un ir y venir zigzagueante hasta que en 1977 golpea la puerta de la Vicaría de la Solidaridad para entregar uno de los testimonios más descarnados y brutales, exponiendo el funcionamiento de la máquina represiva desde adentro.
Sobre su participación en la performance de terror ocurrida al interior del Estadio Nacional, esta vez la declaración dista de la versión entregada anteriormente: “Fui llevado al Estadio Nacional para reconocer gente. Lo hice voluntariamente en ese entonces porque tenía yo, un espíritu de revancha hacía los que habían sido mis antiguos compañeros por la persecución que había sido objeto por parte de ellos. Yo soy el encapuchado del Estadio Nacional. Los servicios de seguridad me encapucharon y me pasearon por las diferentes secciones en que estaban los detenidos. Reconocí a bastante gente. Muchos de ellos murieron y soy el responsable de la muerte de ellos por el solo hecho de haberlos reconocido y haberlos acusado de ser mis antiguos compañeros”.
En sus palabras se devela el funcionamiento de las cárceles secretas, el destino de los desaparecidos y la estructura de los principales organismos represivos. Muñoz señala la instalación de la represión en la ciudad, donde cerca del 90% de los locales de compraventa de oro del centro de Santiago eran propiedad de la DINA, al igual que los negocios para hacer llaves.
Si bien le otorga una centralidad a la DINA en las labores represivas afirma tajantemente: “Generalmente se cree que la DINA es el único organismo que desaparece prisioneros. Esto no es efectivo. Existen 7 servicios de inteligencia operando en este país”.
Transcritas desde una grabadora, se puede leer con claridad su confesión: “Hay 112 personas en estos momentos en la Colonia Dignidad. Quiero también dejar constancia, jurar si es preciso, que parte de los prisioneros están vivos, en malas condiciones físicas, pero muchos de ellos al borde de la locura por el tratamiento que han pasado, muy duro”.
Colonia Dignidad y la continuidad de la colaboración
A sus protectores, convertidos en amos, no les bastó con que desarrollara una funesta tarea en el estadio nacional: «Me mandaron después salir por las calles, con patrullas de militares, a fin de reconocer personas. Desgraciadamente, me encontré con Miguel Plaza. Gracias a mí, él está vivo aún: no quise reconocerlo. Pero, por desgracia, ellos tenían una fotografía en la que él y yo estábamos juntos…»
Desgraciadamente, por desgracia: sin aquel incidente, si por lo menos le hubieran perdonado el único pecado de haber querido dejar vivo a su amigo Miguel Plaza, no estaría ahora Muñoz Alarcón en la Vicaría acusando a la Junta Militar.
Pero no se lo perdonaron: «por el hecho de haber mentido, me tuvieron durante tres meses en prisión, tratándome como a los otros detenidos: es decir, no tuvieron en cuenta que ya no pertenecía al Partido (socialista) y que no estaba mezclado en nada».
En nada, es decir, que no era de los vencidos, torturados, asesinados. Lo liberaron a condición de que volviese a colaborar. Aceptó.
Lo condujeron a Colonia Dignidad, donde había un eficientísimo centro de adiestramiento, dirigido por alemanes, para la policía digamos política: todo lo moderno que pueda imaginarse, incluidas cárceles subterráneas.
En Colonia Dignidad le enseñaron cómo interrogar a los prisioneros, así como el arte de infiltrarse en los grupos clandestinos contrarios al régimen. Solo que Muñoz Alarcón no pudo poner en práctica este arte: «Desgraciadamente… No, quiero decir: afortunadamente, esto no podía hacerlo… Todos sabían que había dejado el Partido».
Más tarde, continúa, «me asignaron la tarea de dar caza a personas, interrogarlas, torturarlas, asesinarlas». Tarea que cumplió, hay que creerlo, con suficientes escrúpulos: sin desgraciados incidentes como el de no reconocer al amigo y sin suscitar desconfianza en sus amos, si bien por tres veces entró y salió de la Vicaría.
La confesión continúa con precisas y detalladas acusaciones a las cinco policías secretas del régimen, a sus jefes. Revela la técnica mediante la cual resultan expatriadas, huidas hacia el exilio, personas que por el contrario han sido asesinadas en las cárceles.
Agentes de policía realizan viajes al extranjero con los documentos de los muertos, vuelven a Chile con los propios. Describe, en resumen, todo el aparato y el funcionamiento de un sistema en el que de la tortura se pasa, irremediablemente, a la abyección o a la muerte.
«Quiero», dice en un momento, «que quede claro esto: allí dentro todos, sin excepción, colaboran»; y cuenta el caso de uno de la Juventud Comunista, del comité central, que reveló un buen número de cosas y nombres: «pero hay que decir que fue espantosa y salvajemente torturado».
La muerte de Juan Muñoz Alarcón
El carácter desechable de estos sujetos por parte de la represión quedó en evidencia el 23 de octubre de 1977, cuatro meses después de que Muñoz Alarcón diera su testimonio en la Vicaría.
El cuerpo de Juan Muñoz apareció en un sitio eriazo en la comuna de La Florida con 17 puñaladas en el cuerpo, además de la yema de los dedos totalmente quemadas para dificultar su identificación.
Juan René Muñoz Alarcón murió ese día, en la vía pública, por heridas cortantes penetrantes múltiples, según consta en el Certificado de Defunción y su Protocolo de Autopsia.
De acuerdo con lo declarado por sus familiares, el 21 de octubre de 1977, en la mañana, llegaron a buscarlo a su domicilio dos civiles que se movilizaban en un automóvil. Fue la última vez que su familia lo vio con vida, ya que después su cuerpo fue encontrado en un sitio eriazo en la comuna de La Florida.
La investigación judicial iniciada por el hallazgo de su cuerpo fue sobreseida definitivamente por aplicación del Decreto Ley de Aministía de 1978, sin esclarecerse la circunstancias que ocasionaron su muerte.
Considerando los antecedentes reunidos y la investigación realizada por esta Corporación, el Consejo Superior llegó a la convicción de que Juan René Muñoz Alarcón fue asesinado por desconocidos que actuaron por móviles políticos. En consecuencia, lo declaró víctima de violación de derechos humanos.
La delación sin rostro y la sociedad de la desconfianza
La tragedia en la vida de Muñoz Alarcón es una forma de entender el rol que cumplen los colaboradores a la hora de sostener los regímenes autoritarios de distinto cuño, quienes a pesar de su aparente insignificancia y desechabilidad, son un pilar en su sostenimiento en múltiples sentidos.
No nos referimos a sujetos que en interminables sesiones de tortura entregan información, sino justamente a aquellos que transitan la zona gris convirtiéndose en sujetos híbridos en convivencia con los militares, transmutando su rol de prisioneros y victimas hasta un lugar no definido ni identificado con claridad, pero que los convierte en herramientas de la represión.
Esta colaboración no solo era relevante por la información que se entregaba -escasa o no-, sino principalmente por el despliegue de terror y desconfianza que provocó en todas sus posibilidades la figura del encapuchado.
Una desconfianza que paraliza cuestionando el sentido mismo de la militancia al compartir en otro desconocido un proyecto en común de transformación social. El temor provocado por el encapuchado era masivo y compartido entre sus espectadores.
La politóloga argentina Pilar Calveiro construye una interesante tesis sobre el encierro en contextos de dictaduras y regímenes autoritarios: Un campo de concentración sólo puede tener lugar en una sociedad con visión concentracionaria.
Las altas murallas del Estadio Nacional, no parecían ser tan altas a la hora de propagar el terror y la desconfianza representada por aquellos ojos tras la capucha. El microcosmos concentracionario del Estadio era exportado a la sociedad misma por parte de la dictadura, que comenzaba a inaugurar con fuerza su proceso contrarrevolucionario, restaurador y refundacional.
Una sociedad de colaboradores, delatores, traidores, desconfianzas, soplones y confidentes, comenzó a ser gestada con fuerza lejos de los grandes discursos de la militancia de izquierda que minimizaba el rol de los colaboradores.
La herencia del encapuchado
Tras medio siglo, aquella historia de horror y delación performática se ha reeditado en innumerables momentos enquistándose en la sociedad y los organismos represivos desde una larga duración.
No es difícil rastrear el rol del Consejo Coordinador de Seguridad Pública, más conocido como La Oficina, que durante los 90’ se alimentó casi preferentemente de delatores y soplones para desarticular los grupos político-militares que continuaban operando.
Durante la última década, la capucha ha vuelto a cubrir el rostro de quienes apuntan con el dedo a los nuevos acusados. El uso de testigos sin rostro en los innumerables juicios antiterroristas llevados tanto contra el pueblo mapuche como contra jóvenes anarquistas, nos muestran las versiones más claras de la herencia del encapuchado que dialoga con una sociedad refundada en la desconfianza con el frenesí antiterrorista y la demencia por la seguridad.
Estadio Nacional 1973 Detenidos Documental Completo
El encapuchado del Estadio Nacional no fue solamente un delator oculto entre los prisioneros. Su figura permitió convertir la incertidumbre en un instrumento de dominación: cualquiera podía ser reconocido, cualquiera podía ser señalado y nadie podía saber con certeza de dónde surgiría la próxima acusación.
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