La trama de Martín Rivas se desarrolla desde julio de 1850 hasta fines de octubre 1851 en Chile, “son los años en que se gesta y prepara la primera revolución liberal” -en la que participan liberales e integrantes de la Sociedad de la Igualdad-, “fenómeno colectivo de gran envergadura, que crece desde motines y sublevaciones castrenses hasta alcanzar la magnitud nacional, cuyas principales manifestaciones son la rebelión de las provincias nortinas, el levantamiento del Ejército del Sur y los sangrientos hechos protagonizados por Cambiaso en Punta Arenas”.
El contexto físico de la novela está compuesto principalmente por la provincia de origen de Martín Rivas, la casa de don Dámaso Encina, los salones de la aristocracia santiaguina, los espacios del “medio pelo” y los escenarios políticos donde se desarrolla el Motín del 20 de abril de 1851. Estos lugares no funcionan únicamente como fondos escénicos, sino como espacios sociales diferenciados que permiten representar las costumbres, las jerarquías, los conflictos políticos y las aspiraciones de la sociedad chilena de mediados del siglo XIX.
Chile entre 1850 y 1851: marco histórico y social
Martín Rivas. Novela de costumbres político-sociales es un relato innovador y complejo para su tiempo, que destaca, según Raúl Silva Castro (1955), por construir una verdadera fotografía de la vida santiaguina.
El retrato de la realidad social que se actualiza en las novelas de Blest Gana se despliega a partir de un minucioso estudio de la estructura y costumbres sociales, y de la producción de intrigas que, de alguna manera, posibilitan el examen detallado de personajes representativos de las “esferas sociales” estructurantes de la sociedad chilena.
La sociedad representada está determinada, entre otros aspectos, por la instalación de las condiciones económicas del capitalismo, la lucha entre liberales y conservadores y el despliegue de una ideología también liberal, que se hará dominante en el nivel de la cultura y en las regiones del arte y de la producción literaria.
La novela se sitúa, por lo tanto, en un momento de transformación política y económica. Los episodios históricos enmarcan la narración de las peripecias de Martín Rivas, “un provinciano que sin más fortuna que su honradez y algunos contactos llega a la capital decidido, primero, a hacerse de una posición que le permita ayudar a su madre y hermana, y muy pronto, a conquistar la voluntad de su rico anfitrión (Don Dámaso Encina) y a la hija de este (Leonor)”.

El espacio nacional como escenario de la novela
El espacio de Martín Rivas es fundamentalmente chileno y, dentro de él, santiaguino. La capital concentra las relaciones entre la aristocracia, la burguesía mercantil, el medio pelo, los estudiantes, los sectores populares y los grupos políticos que participan en la crisis de 1851.
Blest Gana buscó “nacionalizar la literatura y establecer en el país la novela realista de costumbres, conforme al tipo de Balzac”. La escritura del novelista se caracteriza, entre otros aspectos, por “la constatación de su apego al hecho histórico, la minuciosa observación de las costumbres, la autenticidad de los retratos, su nacionalismo literario, su interés por novelar la historia del país y su visión crítica frente a las condiciones sociales de la época”.
El listado de los rasgos singularizadores de las ficciones realistas de Blest Gana debe incorporar, además, “el irreconciliable dilema entre el mundo ideal y el mundo material [y] el análisis de cómo se transforma la burguesía chilena y, a través de ella, la nación”.
Las novelas de Blest Gana se convierten así en un archivo de la vida individual y social, que expone abiertamente los secretos de los personajes a partir de la adecuación nacional del estilo realista europeo, la crítica al materialismo dominante en la sociedad chilena, el rechazo de la imitación del romanticismo literario y la confianza en la función civilizadora de la literatura.
La provincia: origen e identidad de Martín Rivas
El primer espacio decisivo de la novela es el lugar de origen de Martín Rivas. La salida de la provincia constituye el comienzo de su recorrido y lo conduce hacia un mundo totalmente desconocido: la casa de don Dámaso Encina y la sociedad aristocrática de Santiago.
Martín llega a la capital sin fortuna, pero con la intención de mejorar la situación de su madre y de su hermana. Tras participar en varias formas de acumulación de capital -cultural, en el Instituto Nacional; simbólico, en las asesorías financieras a su anfitrión; social, en las múltiples relaciones que establece; y experiencial, en lo político y amoroso-, Martín Rivas logra cumplir sus varios objetivos.
La distancia entre la provincia y Santiago se manifiesta inicialmente en la apariencia del protagonista. Su vestimenta revela su condición provinciana y lo separa visualmente del mundo elegante al que pretende incorporarse.
Era un joven de regular estatura y bien proporcionadas formas. Sus ojos negros, sin ser grandes, llamaban la atención por el aire de melancolía que comunicaban a su rostro. Eran dos ojos de un mirar apagado y pensativo, sombreados por grandes ojeras que guardaban armonía con la palidez de las mejillas. Un pequeño bigote negro que cubría el labio superior y la línea un poco saliente del inferior, le daba el aspecto de la resolución, aspecto que contribuía a aumentar lo erguido de la cabeza, cubierta por una abundante cabellera color castaño, a juzgar por lo que se dejaba ver bajo el ala del sombrero. El conjunto de su persona tenía cierto aire de distinción que contrastaba con la pobreza del traje, y hacía ver que aquel joven, estando vestido con elegancia, podía pasar por un buen mozo a los ojos de los que no hacen consentir únicamente la belleza física en lo rosado de la tez y en la regularidad perfecta de las facciones. (61)
La caracterización física de Rivas devela a un provinciano que adolece de belleza física además de padecer, de cierto prognatismo, en lo cual el narrador veía cierto rasgo de determinación y voluntad. En cuanto a la vestimenta, ésta delata la condición provinciana del joven.
El pobre y anticuado traje de Martín ha servido para mostrar los rasgos de una sociedad que se apega mucho a las exterioridades y entre ellas, las principales, la vestimenta y el dinero. En este sentido, el culto exterior de las personas se convierte en un rasgo definitorio de la sociedad santiaguina.
El traslado a Santiago y la casa de don Dámaso Encina
La llegada de Martín a Santiago implica su ingreso a un espacio social jerarquizado. La casa de don Dámaso Encina se convierte en el centro físico de su adaptación y en el lugar donde entra en contacto con la aristocracia, la burguesía enriquecida, las estrategias matrimoniales y las formas de sociabilidad de las capas altas.
La casa de los Encina reúne diferentes conflictos de la sociedad santiaguina. En ella se cruzan los intereses económicos de don Dámaso, las aspiraciones matrimoniales de Clemente Valencia y don Fidel Elías, la educación sentimental de Leonor y la progresiva integración de Martín.
Todo gira en esa sociedad en torno a la riqueza y las exigencias sociales. Así, la presencia de Martín en ese mundo engendra una oposición entre los modos de la exterioridad a que se rinde culto y los valores inherentes a la persona humana.
Estos atributos adornan a Rivas y van revelando gradualmente a la mirada sensible de Rafael San Luis y de los propios Encina, el verdadero ser del joven pobre y orgulloso.
La casa de don Dámaso funciona también como un espacio de observación social. Las reuniones, los bailes, las conversaciones y las negociaciones matrimoniales exponen las diferencias entre quienes poseen riqueza heredada, quienes buscan ascender y quienes intentan conservar una posición mediante las apariencias.
Los salones de la aristocracia santiaguina
Las reuniones sociales efectuadas en la casa de don Dámaso representan uno de los principales escenarios confesionales de la vida nacional de 1850. En estos espacios, la vestimenta, el lenguaje, las costumbres y los vínculos familiares actúan como signos de pertenencia social.
En la época en que principia esta historia, la familia Encina acababa de celebrar con un magnífico baile la llegada de Europa del joven Agustín, que había traído del Viejo Mundo gran acopio de ropa y alhajas, en cambio de los conocimientos que no se había cuidado de adquirir en su viaje. Su pelo rizado, la gracia de su persona y su perfecta elegancia hacían olvidar lo vacío de su cabeza. (67)
La figura de Agustín Encina concentra la crítica a una aristocracia que confunde la elegancia exterior con la formación personal. Su tono afrancesado y sus modales colmados de siutiquería revelan la vanalidad de una sociedad que se deja valorar por las apariencias.
Descripciones como ésta dejan en evidencia el afán aparencial vertido en los protagonistas de los salones del Chile de 1850, dejando entrever en el narrador su propósito de sátira donde la fuerza del ridículo y los azotes de lo grotesco caen, tanto sobre la vanidad hueca de los burgueses enriquecidos -cuyo dinero les da las posibilidades aristocráticas- como sobre la siutiquería del medio pelo.
Agustín adopta rápidamente, para expresarse, notaciones que obedecen a galicismos, incurriendo muchas veces en errores y cursilería: «Un baiser, ma chérie […] Podrías irte ma parole d’honneur que harías de Clemente cire et pabile» (71).
El espacio aristocrático aparece así como un escenario de representación. En él, los personajes no sólo se relacionan, sino que también interpretan una posición social por medio del vestido, el idioma, los modales y el dinero.
La casa de doña Bernarda y el “medio pelo”
Junto a la casa de los Encina, la casa de doña Bernarda constituye otro espacio fundamental. Si los salones aristocráticos expresan la apariencia refinada de las capas altas, la casa de doña Bernarda representa la imitación defectuosa de esos códigos por parte del medio pelo.
Lo interesante es que será el mismo Agustín quien actúe de puente entre estos dos escenarios. Tras los picholeos efectuados en la casa de Doña Bernarda, el ‘afrancesado’ será víctima de un ardid con el fin de que la familia de doña Bernarda pueda acceder de condición social.
En tanto, Doña Bernarda es la representante barroca del medio pelo y del mal gusto. Tanto sus expresiones como parlamentos, cargados de vulgarismos y de expresiones populares armonizan con su habla y su conducta.
Preciso es advertir que doña Bernarda se había ataviado con el propósito de parecer una señora a las personas ante quienes había determinado presentarse. Sin sospechar que aquel traje olía de a legua a gente de medio pelo. A esto agregaba sus amaneradas cortesías […] - Yo pues señora (dirigiéndose a doña Francisca) le he de decir a lo que vengo. Entre gente cortés las cosas se hacen callandito. Dejante que he sudado el quilo, en el camino. Con que me dije ya es tiempo, antes que se casen, y me vine, pues. (319-320)
El vestuario de doña Bernarda no consigue ocultar su origen social. El intento de parecer una señora demuestra que la apariencia, separada de las virtudes personales, no produce una verdadera transformación social.
Para la clase baja carente de virtudes honestas la aspiración social se quedará en una mera esperanza truncada. Tanto Agustín como doña Bernarda responden a un concepto de exageración, lo cual lejos de constituir una virtud, contribuyen a ridiculizar y a asesinarlos en sus posibilidades de grandeza, debido a un exceso de gusto.
Estos dos personajes se enfundan en una estética de la imitación y de la repetición, ambos escollos que imposibilitan una ida edificadora hacia delante. En sus modos de pensar, de ser y de vestir, imitan y repiten sin cesar, haciendo meta, no de trascender, de dejar atrás el ‘parecerse’ sino de parecerse mejor a lo que se antoja bien, con lo cual no llegan a ser nunca lo que realmente son.
El “picholeo” como espacio de movilidad aparente
El ‘picholeo’ constituye uno de los espacios sociales por los que transita Martín y permite observar la interacción entre los distintos estratos de la sociedad chilena. En este ambiente, la movilidad social se imagina como una posibilidad, pero suele limitarse a la imitación de los modos de vestir, hablar y comportarse de las clases superiores.
Si tomamos la consumación del amor entre Leonor y Martín como la resultante de aventuras y conflictos preliminares, entonces, podríamos señalar entre éstos, aquellos cuyo transcurrir se debate entre dos espacios principalmente, una suerte de escenarios confesionales de nuestra vida nacional de 1850, donde la siutiquería se manifiesta en todo su esplendor, con esto me refiero al ‘picholeo’ y a las reuniones de la clase alta.
En ambos Martín, sin dejarse llevar por los artificios ni de uno ni de otro sector social, resaltará por su dignidad y mesura.
Los espacios del “medio pelo” y de la aristocracia se relacionan mediante la imitación. No son mundos completamente aislados, porque los personajes intentan cruzar sus límites; sin embargo, la movilidad social aparece condicionada por el dinero, la reputación, el matrimonio y la capacidad de manejar los códigos de la apariencia.
El culto al dinero y la organización espacial de la sociedad
Dámaso Encina es el “tipo del hombre parásito en la política, que vive siempre al arrimo de la autoridad y no profesa más credo político que su conveniencia particular y una ciega adhesión a la gran palabra Orden realizada en sus más restrictivas consecuencias”.
Las estrategias empleadas por el personaje para escalar económica y socialmente incluyen la turbia historia con José Rivas, el matrimonio con Engracia Núñez, quien “poseía una herencia de treinta mil pesos, que inflamó la pasión del joven Encina hasta el punto de hacerle solicitar su mano”, y el recurso de “la usura en grande escala, tan común entre los capitalistas chilenos”.
Dámaso Encina, como prácticamente todos los personajes de la novela, rinde culto al dinero, considerado el valor social por excelencia.
Desde esta perspectiva deben comprenderse los proyectos matrimoniales de Clemente Valencia, quien “quería aumentar su caudal con la herencia probable de Leonor”, y de don Fidel Elías, quien le indica a su mujer: “Agustín es un buen partido que no debemos dejar escaparse y yo hablaré con Dámaso sobre este negocio, puesto que yo debo hacerlo todo en esta casa”.
El espacio físico de la casa, de los salones y de las reuniones sociales se encuentra determinado por este orden económico. Las relaciones familiares y amorosas se transforman en mecanismos de conservación o aumento del patrimonio.
La política en los espacios privados
La novela no separa completamente el espacio privado del espacio político. Las opiniones sobre el gobierno, la prensa y las alianzas partidarias penetran en la casa de don Dámaso y muestran que la política forma parte de las estrategias de ascenso social.
Don Dámaso, que tenía perdida la esperanza de ser comisionado por el Gobierno, como se le había hecho esperar, se hallaba en aquella noche bajo la influencia de los periódicos liberales, cuyos artículos recordaba perfectamente.
Este fluctuaba entre el ministerio y la oposición a merced de los consejos de los amigos y de los editoriales de la prensa de ambos partidos.
La lectura de periódicos liberales y conservadores afecta la opinión política de don Dámaso. El personaje fluctúa por ello entre la adhesión y la oposición al gobierno.
Blest Gana, por un lado, pareciera criticar mediante la creación de este personaje las alianzas de liberales y conservadores que se desarrollan en 1857, fecha señalada por Jaime Concha como “el horizonte insuperable de su ideología liberal”. Revela, asimismo, el desencanto del escritor ante la aparente imposibilidad de la instalación social de su moderado ideario liberal.
Blest Gana, por otro lado, hace visible la capacidad del lenguaje de convertirse en mediador del deseo de los individuos, inscribiéndose así en una tradición literaria que, en lengua castellana, se inicia con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, novela en la que Alonso Quijano imita un modelo descubierto en sus lecturas de novelas de caballería.
Los deseos del lector “de los editoriales de la prensa de ambos partidos” surgen, pues, sobre la base de la imitación de las ideas políticas que se actualizan en el espacio novelesco.
El espacio político y el Motín del 20 de abril de 1851
El espacio político se amplía más allá de los salones y las casas particulares cuando Martín participa en el Motín del 20 de abril de 1851. La lucha política introduce el conflicto físico y colectivo en el recorrido del protagonista.
La aventura de Martín comprende una batalla psicológica por el amor de Leonor Encina y también una batalla física, vinculada con su participación en el Motín del 20 de abril de 1851.
Estos hechos forman parte de un proceso histórico mayor: “los años en que se gesta y prepara la primera revolución liberal”, cuyo desarrollo alcanza una dimensión nacional mediante motines, sublevaciones militares, rebeliones provinciales y levantamientos.
El espacio de la ciudad deja de ser únicamente un escenario de reuniones sociales y se convierte en un territorio de confrontación política. La calle, los lugares de reunión y los escenarios de la rebelión hacen visible la tensión entre el orden establecido y las aspiraciones liberales.

Rafael San Luis y el espacio de la tragedia
Rafael San Luis representa una trayectoria distinta de la de Martín. Mientras Martín avanza hacia la integración social y el reconocimiento amoroso, Rafael se desplaza desde la esperanza personal hacia la caída política y moral.
La caída de Rafael se encuentra plasmada en la imposibilidad de contraer matrimonio con Matilde por motivos económicos. Después, el personaje se encamina hacia el retorno de la esperanza gracias a las gestiones de su amigo Martín.
Su caída nuevamente se presenta como la resultante de su irresponsabilidad e inexperiencia al ocultar la existencia de su hijo con Adelaida. Finalmente, cuando Rafael renuncia al amor de su vida, se interna en una batalla política donde su muerte constituiría la expurgación de sus culpas pasadas.
El espacio político es, para Rafael, un espacio de expiación. La lucha colectiva adquiere una dimensión personal porque sus conflictos íntimos, sus errores y sus renuncias se proyectan en la acción histórica.
Martín Rivas como héroe del espacio nacional
Si tomamos como punto de partida la noción de romance señalada por Frye, donde el elemento esencial de su trama corresponde a la aventura, entonces, es dable afirmar que Martín Rivas atendería al héroe romántico quien a través de aquella se impulsaría a una trascendencia tanto moral como social.
Las tres etapas fundamentales que le dan forma al romance son la etapa del viaje peligroso y de las aventuras menores preliminares; el combate decisivo, por lo común una especie de batalla en la que o bien el héroe o su enemigo o ambos deben morir; y la exaltación del héroe.
Podemos denominar a estas tres etapas, respectivamente, usando términos griegos, el agon o conflicto, el pathos o combate mortal, y la anagnórisis o descubrimiento, es decir, el reconocimiento del héroe.
Trasladando la caracterización del romance a la figura de Martín Rivas, tenemos que identificar como núcleos de su devenir novelesco tres momentos claves. Primero, la salida de su lugar de origen para internarse en un mundo totalmente desconocido: casa de Don Dámaso Encina e inmersión en la sociedad aristocrática.
Después, la batalla sicológica tras el amor de Leonor Encina como también su batalla física, en la participación en el Motín del 20 de abril de 1851 y finalmente, el reconocimiento del amor que guardaba Leonor hacia Martín, le devuelve a éste su valor moral y edificante otorgándosele la inclusión dentro de la una clase social superior.
Así, gracias al desarrollo de las nobles virtudes del corazón, Rivas se erige como un héroe representativo del romance nacional.
La trayectoria espacial del protagonista reproduce su transformación social: parte de la provincia, atraviesa la casa aristocrática, se relaciona con el medio pelo, participa en el conflicto político y finalmente obtiene reconocimiento dentro de una clase social superior.
El contraste entre autenticidad y apariencia
El primer sentido que interesa dilucidar tiene que ver con el motivo de la autenticidad como eje estructurador de la conformación heroica de Martín. Este eje caracterizador sirve de reflector contrastivo tanto de la alta aristocracia como también del “medio pelo”.
Martín, desde el inicio de la novela, se erige como un personaje cuya sencillez junto a su opacidad física contrasta con la opulencia caracterológica de la clase alta de la capital.
La presencia de Martín en ese mundo engendra una oposición entre los modos de la exterioridad a que se rinde culto y los valores inherentes a la persona humana.
Su inclinación sometida y silente hacia Leonor Encina sirve para que Martín se muestre gradualmente como un héroe moral auténtico, capaz de llevar sobre sus hombros la cruz de un amor que recibe la indiferencia y por tanto la resignación ante su condición social inferior.
El retraso de la provincia en lo exterior de su figura podrá ser compensado por el aporte de una reserva moral de autenticidad, dignidad y verdadero señorío, lo cual será develado ante Leonor despertándole su curiosidad y más tarde el amor que permitirá a Martín ascender de clase social.
El deseo mimético y los espacios sociales
El deseo humano es “realmente mimético, por lo que los textos que lo pintan como tal no pueden dejar de ser más ‘fieles a la vida’ que otros textos”. La fidelidad a la vida de las ficciones realistas se expresa también en la emergencia de las diversas posiciones de deseo que se actualizan y entran en conflicto en el entramado social.
Los héroes de las novelas realistas desean, pues, sobre la base de un “tercero [que] está siempre presente en el nacimiento del deseo”: un modelo o mediador al que los personajes novelescos procuran aproximarse mediante la imitación.
La mediación interna, en la que un personaje imita a su modelo disimuladamente hasta el punto de convertir su fascinación en repudio, se apodera de la dimensión del deseo permeando toda la estructura novelesca.
Las consecuencias de la mediación interna se elucidan en un sentimiento conflictivo que rige recíprocamente la relación del sujeto y el modelo: la fascinación por el modelo en la medida en que éste se convierte en un obstáculo transmuta en envidia, rivalidad y odio.
La organización física de la novela permite visualizar ese deseo. Los espacios aristocráticos funcionan como modelos de conducta, mientras que los espacios del medio pelo reproducen, de manera exagerada, los códigos de las clases superiores.
No son sólo los personajes de medio pelo quienes tratan “en forma patética e infructuosa de acceder a la clase alta, imitándola en sus modas y gustos”. Los personajes que integran la burguesía santiaguina también se encuentran regidos por el deseo mimético que convierte a los hombres en modelos a imitar.
Dámaso Encina, Simón Arenal, Fidel Elías, Emilio Mendoza y Francisca Encina son personajes en los que es posible advertir “la falsificación burda” de sus mediadores.
La ciudad como representación de las “esferas sociales”
En el caso particular de Martín Rivas, se han analizado las interacciones entre la “alta burguesía” -o aristocracia, dependiendo de la denominación utilizada en cada crítica o estudio- y el “medio pelo”, esferas sociales por las que transita el personaje de Martín.
Blest Gana propuso como tarea al escritor de novelas referirse, estudiar y comparar las costumbres de las diversas esferas sociales con el fin de “ofrecer una imagen perfecta de la época con sus peculiares características”, cuyo trabajo permitiría construir una novela que “no puede dejar de ser esencialmente nacional según el mayor o menor acierto de los que a ella consagran sus esfuerzos”.
La ciudad novelada no es homogénea. Está dividida por el dinero, la procedencia, el lenguaje, la educación, el acceso a la política y la posibilidad de participar en determinados espacios de sociabilidad.
La casa de los Encina, los salones aristocráticos, la casa de doña Bernarda y los espacios de la agitación política forman una red física que permite recorrer la estructura social chilena de mediados del siglo XIX.
En esa red, Martín funciona como figura de tránsito. Su presencia permite comparar los mundos sociales y mostrar las diferencias entre el ser auténtico y el parecer, entre la dignidad y la siutiquería, entre la virtud y el interés económico.
El realismo de costumbres y el espacio físico
José Miguel Oviedo advierte que en la escritura del llamado “padre de la novela chilena” domina una gradual progresión que va desde “un modelo casi puro de novela sentimental romántica” a un tipo de novela que conjuga “la intriga amorosa, el contexto histórico y la actitud de un realista social”, que arranca con Martín Rivas.
El realismo de Blest Gana depende de la observación concreta de los ambientes. La novela presenta reuniones, casas, vestimentas, conversaciones, instituciones educativas, relaciones económicas y conflictos políticos para construir una imagen reconocible de la sociedad chilena.
Pedro Balmaceda Toro señala entre los rasgos del realismo la preocupación por el detalle, la textualización de las pasiones encontradas y la visibilidad de las vidas miserables, silenciosas y oscuras del pueblo.
La novela realista debe ofrecer “el conocimiento, el detalle revelador, la cifra fisiolójica, las pasiones encontradas, la lucha, la agitación, las conmociones de la multitud, de la sociedad, tan desconocidas hasta aquí, i que, sin embargo, son los grandes factores de la vida de un pueblo, de sus cambios políticos i sociales, de sus conquistas i de sus esfuerzos de civilización i de progreso”.
El pueblo tiene vida interior, vida miserable, actividad subterránea, que se desarrolla en el silencio i en la oscuridad, sin que ningun signo esterior lo revele, i son los novelistas quienes han bajado al fondo del pueblo, quienes han acercado la luz al foco de la miseria pintando sus depravaciones.
Los espacios de Martín Rivas permiten precisamente esa visibilidad. La novela ilumina los ambientes donde se manifiestan la riqueza, la pobreza, la imitación, la violencia política, las aspiraciones de movilidad y las contradicciones morales.
La función narrativa de los desplazamientos
El desplazamiento de Martín desde la provincia hacia Santiago organiza la estructura de la novela. Cada espacio que atraviesa modifica su relación con los demás personajes y amplía su experiencia social.
La provincia representa el origen y la reserva moral; la casa de los Encina, la entrada en la aristocracia; los salones, el dominio de las apariencias; la casa de doña Bernarda, la imitación del modelo social; y los escenarios políticos, la confrontación histórica y colectiva.
El tránsito entre estos lugares hace posible que Martín acumule experiencias culturales, económicas, sociales, amorosas y políticas. La movilidad espacial se convierte en movilidad moral y social.
La narración combina así el romance y la novela de costumbres. El viaje del héroe se despliega en un espacio nacional reconocible, mientras que los conflictos amorosos y políticos permiten examinar la estructura social chilena.
En relación con la manera particular de ejecutar la narración, esta novela es toda acción; no hay una página, un periodo, una línea que no conduzca directamente al desarrollo de las situaciones planteadas, inclusive los cuadros de costumbres del texto se presentan en la medida en que los sucesos mismos lo exigen.
El relato marcha a su término rápido, seguro, ágil como un libre río en su cauce hacia el mar. Martín Rivas es el tipo de la novela eminentemente entretenida.
La novela como mapa de la sociedad chilena
El contexto físico de Martín Rivas no se limita a una localización geográfica. La provincia, Santiago, las casas familiares, los salones, el “picholeo” y los espacios políticos forman un mapa de las relaciones sociales y de las tensiones históricas del Chile de 1850 y 1851.
La ciudad se representa como un sistema de espacios jerarquizados. Cada ambiente contiene normas específicas y exige determinadas formas de conducta. El vestido, el lenguaje, la riqueza, la educación y las relaciones familiares funcionan como fronteras sociales.
Martín atraviesa esas fronteras sin abandonar su identidad. Su sencillez, dignidad y mesura contrastan con la vanidad de Agustín, la ambición de Dámaso, la imitación de doña Bernarda y la inestabilidad de quienes subordinan el amor o la política al interés económico.
La dimensión física de la novela permite observar cómo los espacios sociales condicionan los deseos y las posibilidades de los personajes. La casa, el salón, la calle y el escenario político se convierten en lugares donde se negocian la pertenencia, el honor, el amor, el dinero y la legitimidad.
De este modo, el contexto físico de Martín Rivas constituye una representación dinámica de la sociedad chilena de mediados del siglo XIX: un mundo atravesado por la modernización económica, la lucha política, la movilidad social, el culto a las apariencias y la persistencia de jerarquías que el protagonista intenta superar mediante su autenticidad moral.