La frase «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» aparece en Juan 8:31-32 y se dirige a quienes habían creído en Jesús: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». En este contexto, Jesús no habla de conocer verdades generales ni de adquirir simplemente información intelectual, sino de permanecer en su palabra, seguirlo como discípulos y reconocer en él la verdad revelada de Dios.
La libertad anunciada por Jesús es, ante todo, liberación del pecado, de su dominio y de la condenación que produce. Jesús explica inmediatamente: «De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado»; y añade: «Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:34-36). Por eso, en el Evangelio de Juan, la verdad que libera no es una idea abstracta: está inseparablemente relacionada con la persona de Jesús, que afirma: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6).
El texto bíblico de Juan 8:31-32
La versión Reina-Valera 1960 presenta así las palabras de Jesús: «Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
La Nueva Traducción Viviente expresa el mismo sentido de esta manera: «Jesús le dijo a la gente que creyó en él: -Ustedes son verdaderamente mis discípulos si se mantienen fieles a mis enseñanzas; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».
La Nueva Versión Internacional dice: «Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo: ―Si se mantienen fieles a mis palabras, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».
La Traducción en Lenguaje Actual traduce: «Jesús les dijo a los judíos que habían creído en él: -Si ustedes obedecen mis enseñanzas, serán verdaderamente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».
| Versión | Expresión central |
|---|---|
| Reina-Valera 1960 | «Si vosotros permaneciereis en mi palabra» |
| Nueva Traducción Viviente | «Si se mantienen fieles a mis enseñanzas» |
| Nueva Versión Internacional | «Si se mantienen fieles a mis palabras» |
| Traducción en Lenguaje Actual | «Si ustedes obedecen mis enseñanzas» |
El contexto inmediato de Juan 8
La lectura del evangelio para este domingo es propia de Juan. Está ubicada en el contexto de varias escenas donde Jesús está hablando y enseñando a grupos diversos de judíos entre los que hay escribas de la ley y fariseos (docentes legalistas de la ley hebrea que enfatizaban la fidelidad a la Torá, incluyendo el estudio de la escritura y la obediencia a la ley; intentaban cumplir las leyes de Dios de manera completa y cuidadosa).
Se puede suponer que los doce elegidos también están presentes escuchando a Jesús. Mientras que Jesús les habla de la importancia de no juzgar a las y los demás (Jn 7:35-8:11) y se define como la luz del mundo que el Padre envió (Jn 8:12-20), muchos de los presentes empiezan a creer en lo que está diciendo y a creer en él (Jn 8:30).
Entonces, el evangelio de hoy está dirigido a los líderes religiosos judíos y a todos los otros que se han reunido para escuchar a Jesús. Explica las marcas de un discipulado verdadero o lo que demanda ser un verdadero discípulo o una verdadera discípula de Jesús.
El «os» de Juan 8:32 se refiere a sus oyentes, en concreto, a los que habían creído en Él, como indica el versículo 31. Esta observación es importante porque muestra que la declaración sobre la verdad y la libertad no aparece aislada, sino dentro de una enseñanza dirigida a personas que habían comenzado a creer en Jesús.
La primera condición: permanecer en la palabra de Jesús
Jesús comienza diciendo: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos». La frase establece una relación entre creer en Jesús y continuar fielmente en sus enseñanzas. Una adhesión inicial no equivale todavía a la madurez de un discipulado verdadero.
Una discípula o un discípulo es más que una simple estudiante de una docente o que un aprendiz de un maestro. Ella o él es un seguidor o una seguidora del maestro y de sus enseñanzas.
Según los evangelios, los discípulos originales de Jesús eran judíos que lo favorecían, que apoyaban su partido y que llegaron a ser sus defensores o partidarios. Pero, ¿qué significa ser discípulo o discípula? Jesús dice que significa permanecer en su palabra, seguir el camino que él ha mostrado y ser de la misma mente, actitud, espíritu.
Permanecer en su palabra va más allá del “haz lo que digo” porque se refiere a un estilo de vida que Jesús mismo ha demostrado y enseñado -una comunidad llena de gracia. Sólo así se puede ser un verdadero discípulo o una verdadera discípula de Jesús.
Esencialmente, lo que Jesús está diciendo es: “ustedes han aprendido de mí cómo ser, actuar y relacionarse. Si quieren ser mis discípulos o discípulas, hagan lo que yo hago y sean como yo.”
La segunda condición: conocer la verdad
Después de hablar de la permanencia en su palabra y del discipulado, Jesús afirma: «Conoceréis la verdad». Al ser discípulas y discípulos de Jesús, conocerán (gnosis) la verdad, la cual les cambiará la vida.
La verdad a la que se refiere Jesús puede ser interpretada de dos maneras diferentes: 1) La verdad como lo opuesto a la mentira o al mito del imperialismo y del individualismo: a) El imperialismo militar de Roma, que ocupaba Palestina durante la época de Jesús y de la iglesia primitiva, y que constantemente mostraba con fuerza que era el poder verdadero; b) El individualismo, o sea el anti-comunitarianismo, que era la consecuencia de la opresión y el colonialismo promulgados por el sistema imperial romano; ó 2) La verdad como metáfora para Jesús.
Según Jn 14:6, Jesús dice que él es “el camino, la VERDAD y la vida.” Puede ser entonces que en nuestro texto Jesús esté adelantando la presentación de sí mismo como la verdad de Dios y que nos quiera decir que al conocerlo a él estaremos conociendo la verdad.
Jesús es la verdad revelada de Dios. Cuando Jesús le habla al Padre en Juan 17:17 diciendo: «Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad», no presenta la verdad como algo que no se puede alcanzar, ni siquiera como algo esquivo.
Jesús estaba hablando de algo revelado, concreto, absoluto y eterno. Hoy tenemos acceso a la Biblia a través del teléfono celular, computadora o tableta. También tenemos acceso a la Biblia tradicional, impresa en papel. En otras palabras, afortunadamente tenemos acceso a la verdad de la Palabra de Dios.
Depende de nosotros elegir cómo reaccionaremos ante la revelación del Señor. Podemos aceptarlo y creerlo o rechazarlo. Por lo tanto, «conoceréis la verdad (Cristo)», es el mensaje vivo del Señor.
Jesús como la verdad personificada
En Juan 8:32 Jesús declara que la verdad os hará libres. En el versículo 36, Jesús dice que Él hace libres a las personas. Luego, en Juan 14:6, Jesús afirma claramente que Él es la verdad.
Si antes había dicho que Su Padre era la verdad (Juan 8:26), esto enfatizaba Su estrecha identidad e íntima relación con Dios Padre. Jesús es la verdad en quien debemos creer. Es fiable y digno de confianza, y tiene el poder de redimirnos, salvarnos y darnos la verdadera libertad.
Esta fue una de las muchas ocasiones en las que el Evangelio de Juan registra a Jesús definiéndose a sí mismo como algo que normalmente podríamos considerar impersonal. Por ejemplo, en Juan 2:19 Jesús se llamó a Sí mismo el templo (explicado en el versículo 21).
En Juan 6:35 se refirió a Sí mismo como el pan de vida. En Juan 8:12 dijo que era la luz del mundo. En Juan 10:7-9 Jesús se presentó como la puerta de las ovejas. En Juan 10:11 afirmó que Él era el buen pastor.
Hay otros ejemplos como éstos en todo el evangelio de Juan. Esto demuestra que Jesús utilizó la metáfora -y en concreto la personificación- para ilustrar quién es Él en realidad.
Vale la pena destacar que en Juan 14:6 Jesús no dice que Él es un camino, como uno de tantos. Jesús es el camino. Explica que nadie puede llegar al Padre (y recibir una vida nueva) si no es a través de Jesús.
A veces no nos gusta escuchar que sólo hay un camino, pero de acuerdo con el Creador del universo, el diseño es que sólo hubiera un camino para tener una relación correcta con Dios, vida eterna y un futuro con Él en el cielo.
Pablo describe algo similar en Romanos 1:16, cuando explica que el evangelio -las buenas nuevas acerca de Jesús- es el poder o la capacidad que tiene Dios para salvar. Dios podría haber escogido salvar de cualquier manera que hubiera querido, sin embargo, escogió que Jesús fuera el camino.
Jesús sería la verdad que nos liberaría. No es de extrañar, pues, que uno de los temas clave de la carta de Pablo a los Romanos sea la libertad que tenemos en Cristo. Jesús es la verdad, y Él nos hace libres si ponemos nuestra confianza en Él.

¿De qué hace libres la verdad?
En esta definición en tres partes de un verdadero discípulo o una verdadera discípula de Jesús, llegamos al tercer nivel: al de la libertad o liberación. Pero la pregunta es: ¿la verdad los hará libres de qué?
«Libre» en esta perícopa se usa en el original griego como el adjetivo eleutheros (vv. 33.36) y como el verbo “ser liberado” eleutheroo (vv. 32.36). Esta libertad se refiere, pues, a ser redimido, a ser puesto a la libertad, liberado del dominio de pecado y la cautividad/esclavitud de la muerte.
La persona libre puede ir adondequiera. Por lo tanto, un discípulo verdadero o una discípula verdadera es una persona libre, liberada para vivir una vida de amor hacia afuera, hacia las otras personas que están a su alrededor, sirviendo a Dios y luchando por la justicia de todas y todos.
Cuando leemos Juan 8:32 «y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres», entendemos que Jesús resalta la verdad y la consecuencia para quienes la conocen: la libertad o liberación.
Cuando conocemos esta verdad, somos liberados de la esclavitud del pecado a través de Cristo. Jesús les respondió: «De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:34-36).
La confusión de los oyentes: «jamás hemos sido esclavos»
Los interlocutores de Jesús respondieron: «Descendientes de Abraham somos y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?»
Su reacción fue desconcertante, teniendo en cuenta la historia de sus ancestros como esclavos en Egipto, su deportación de Babilonia durante 70 años y su sometimiento a Roma en ese momento.
Al igual que los judíos en Juan 8, nosotros en el mundo occidental podríamos decir que nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿De qué pues, podríamos ser liberados?
Aunque quienes componen la audiencia judía de Jesús se identifican como descendientes de las bendiciones de Abraham y no como esclavos, viven cautivos del sistema que penetra al mundo y guía a la muerte (Jn 8:5).
Jesús no estaba hablando acerca de la libertad de una esclavitud física, en absoluto, En el versículo 34, Él revela un tipo de cautividad muy diferente de la cual debemos liberarnos.
La respuesta está en el tipo de esclavitud a la que Jesús se refiere. «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado».
La esclavitud del pecado
Ser esclavo o esclava del pecado es sufrir y morir bajo la condenación del pecado; es no vivir libre en el perdón y redención que ofrece Jesús. Ninguna persona puede entender la necesidad de ser liberada mientras no reconozca que está esclavizada al pecado.
Después de arrepentirnos, la verdad de Dios y el sacrificio de Jesucristo quitan el peso de nuestra sentencia de muerte y nos liberan de las cadenas del pecado.
Si pecar nos hace esclavos del pecado, entonces todos nosotros hemos estado en cautiverio -cautiverio espiritual del pecado. Romanos 3:23 nos dice: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios».
Todos nosotros, por lo tanto, debemos admitir que hemos estado en cautiverio. Todos hemos sido esclavos del pecado.
Hasta que nos arrepentimos, el pecado nos mantiene cautivos en nuestra vida cotidiana, impidiéndonos alcanzar el potencial con el cual Dios nos creó. Incluso puede ser peor, ya que el pecado conlleva una sentencia de muerte. «Porque la paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23).
Estar condenados a muerte a causa de nuestros pecados es la forma final en que el pecado nos esclaviza. Sólo podemos ser liberados de la pena de muerte que se cierne sobre nosotros mediante la redención ofrecida por medio del sacrificio de Jesucristo.
El Hijo libera y permite entrar en la familia
Jesús continúa: «Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres».
«Casa» o «familia,» como otras versiones traducen el original griego oikia, puede ser interpretado con una variedad de imágenes: Dios, comunidad, la comunidad de creyentes, la familia o el pueblo de Dios.
Los esclavos del pecado no pertenecen para siempre a la familia, pero un hijo sí pertenece para siempre a la familia. El esclavo no es parte de la familia ni tampoco es heredero de las bendiciones de los padres; el esclavo pertenece a la periferia.
Si una persona es libre, ya no es esclava ni le está prohibido ser parte permanente de la familia. Jesús quita lo que nos separa de la comunidad de Dios; él rompe lo que nos inhibe de ser parte permanente de la familia.
Como esclavos y esclavas, no tenemos el poder de liberarnos porque la libertad viene desde afuera, o sea, no viene de uno mismo ni de una misma.
Cuando el otro (en este caso Jesús) nos libera, podemos vivir en libertad y entrar a la plenitud de la presencia de Dios, con todo el amor, la gracia y la vida que provienen de Dios.
Ninguno que sea dueño de esclavos (Satanás incluido) planea darle a un esclavo todo lo que tiene como herencia. Pero Dios nos llama a ser hijos e hijas en su familia, a ser herederos de la gloria del Reino de Dios (Romanos 8:17; Gálatas 3:29).
Elegir a Jesucristo como nuestro nuevo Señor nos libera de la carga del pecado, nos compromete a obedecerle de por vida y nos impulsa a seguir el camino que nos lleva a heredar todas las cosas en su Reino.
La libertad cristiana no es hacer cualquier cosa
Hay por lo menos dos clases de libertad. La primera clase es la libertad de no estar atado a nada ni a nadie, la de no permitir que nada te estorbe en lo que quieres hacer.
Es la libertad que reclaman los chicos no bien llegan a la edad en que creen que pueden hacer todo solos. Había una vez un niño que se despertó llorando de un sueño en el que vio que estaba solo en el mundo y que podía hacer lo que quisiera.
Experimentó en el sueño el estadio más cercano a la libertad absoluta que pueda ser alcanzado, pero dejó de resultarle divertido cuando se dio cuenta que la libertad absoluta también era la soledad absoluta.
Esta libertad sólo puede existir en la imaginación. Incluso si creemos que no estamos atados a ninguna otra persona y que podemos hacer lo que nos dé la gana, no obstante estaremos atados a nuestra gana, deseo y gusto.
Martín Lutero es contundente en La voluntad determinada (Tomo IV de las Obras de Martín Lutero de Publicaciones El Escudo, Buenos Aires, 1976), cuando dice que la voluntad humana puede compararse con una bestia de carga: “si se sienta encima Dios, quiere lo que Dios quiere y va en la dirección que Dios le indica”; en cambio “si se sienta encima Satanás, quiere lo que Satanás quiere y va en la dirección que Satanás le indica” (página 87).
Ni Dios ni Satanás permiten que haya en nosotros un mero y puro querer.
En el mundo occidental predomina la idea de que la libertad consiste en que cada uno tiene derecho de hacer lo que se le plazca dentro de los límites de la ley, y por eso la libertad cae en descrédito entre quienes critican que se utilice la libertad para entregarse a la droga, el ensordecimiento rockero, la banalización sexual.
Una cosa es el permiso, la licencia irrefrenada, para hacer lo que queramos dentro de la ley, y otra cosa es la libertad que nos da el evangelio, que está acompañada por un llamado a servir a los demás.
La libertad que nace del amor
La otra libertad es la que nace del amor. De la atadura a otra persona por amor.
Junto a la persona amada tenemos un ámbito en el que podemos sentirnos seguros, en el que podemos estar junto a otra persona sin fingir lo que no somos, donde podemos atrevernos a ser el débil sin tener que defendernos, donde tenemos un interlocutor leal y un confidente con quien podemos probarnos a nosotros mismos y examinar nuestros puntos de vista sin temor a que el otro se burle o te ataque por la espalda o se aproveche de tu vulnerabilidad.
Esta libertad no nos permite hacer lo que se nos plazca, sino que nos hace ser lo que estamos llamados a ser: aquello en lo que puede convertirnos la persona amada con su amor.
Por lo tanto, cuanto más atados estemos a otra persona por amor, tanto más libres seremos.
Jesús nos habla hoy de la libertad que nace del amor de Dios. De la libertad que no podemos concedernos a nosotros mismos. De la libertad a la que no tenemos derecho pero que Dios nos regala por amor.
Cuando Jesús dice: «si ustedes se mantienen fieles a mi palabra, serán de veras mis discípulos; conocerán la verdad y la verdad los hará libres», la verdad a la que se refiere es el amor de Dios que él mismo encarnó.
«Yo soy la verdad» (Juan 14:6), dijo Jesús. Jesús encarna el amor que lo sufre todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo (1 Corintios 13:7), y no cesa de galantearnos y de esforzarse en captar nuestro amor.
El amor de Jesús nos ata y al mismo tiempo nos hace libres.
La paradoja de la libertad cristiana
Son paradójicas pero ciertas las dos frases con que Martín Lutero trata de explicar en qué consiste la libertad que Cristo adquirió para los cristianos y de la cual nos ha hecho donación (en el ensayo “La Libertad Cristiana” incluido en el Tomo I de las Obras de Martín Lutero de Publicaciones El Escudo, Buenos Aires, 1967): «El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todos» (página 150).
No se las puede considerar por separado sin traicionar el sentido de la libertad cristiana. Algunos afirman que el cristiano efectivamente es el señor libre de todo, pero se olvidan de que a la vez es el servidor de todos; otros afirman que el cristiano debe ser servidor de todos, pero se olvidan de que este servicio es libre.
El resultado en dos casos es el mismo: la esclavitud, los primeros a sus propios impulsos y los segundos a una nueva ley.
La libertad de quien no piensa que cualquier cosa da lo mismo y quiere hacer uso de su ámbito de autonomía y de decisión propia para obtener el pleno desarrollo de sus dones y para elegir y seguir el camino del bien, necesita del acicate y el incentivo que solamente puede proveer el amor de Jesús.
La verdad debe conducir a la acción
Jesucristo nos dice que sólo podemos ser libres de esta esclavitud espiritual por medio de su verdad. ¿Pero cómo funciona eso? ¿Simplemente conocer la verdad intelectualmente nos hace libres de nuestros pecados? ¿O hay algo más que eso?
En pocas palabras, la verdad de Dios tiene que llevarnos a algo más que a una comprensión intelectual. Conocer la verdad de Dios debe llevarnos a la acción.
Pablo explicó que se requiere obedecer a Dios. «Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia» (Romanos 6:17-18).
Hasta que no llegamos a ese punto, estamos cegados por los engaños de Satanás (2 Corintios 4:4). El miedo, la confusión y el engaño abundan en este mundo como resultado del pecado.
Podemos liberarnos del engaño aprendiendo la verdad y obedeciendo la ley de Dios. La confusión, el miedo y la desesperanza tan comunes en nuestro mundo, pueden ser reemplazados por la libertad de conocer el propósito, el plan y el camino de vida de Dios.
También podemos recibir bendiciones en nuestra vida al obedecer la verdad revelada en su Palabra. Estas bendiciones nos liberan de las consecuencias de desobedecer a Dios.
El libro de Hebreos compara esto con correr una carrera espiritual libre de cualquier peso o carga innecesaria: «Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante» (Hebreos 12:1).
Así como las ataduras mantienen sometido a un esclavo, el pecado nos pesa. Nos impide alcanzar todo el potencial que Dios nos ha dado, nos impide terminar la carrera.
Pero responder a la verdad nos lleva a obedecer a Dios, lo que nos motiva a vencer las cadenas del pecado. Ya no estamos agobiados por el peso que añade a nuestras vidas, y podemos correr con determinación.
La libertad para elegir a quién servir
Como todo en la vida, liberarse del pecado es una decisión, pero Dios es el que toma la iniciativa. Primero, Él nos expone al mensaje del evangelio. Luego, Él abre la mente de aquellos que Él selecciona para la salvación como primicias para que puedan entender, y ellos se concientizan de su condición miserable y pecaminosa.
Esto es un llamado. Pero después de ser llamados, debemos decidir por nosotros mismos si le vamos a obedecer. Él no va a tomar esa decisión por nosotros.
Cuando nuestros ojos son abiertos y entendemos la verdad, debemos elegir a quien queremos servir.
La Biblia es clara al decir que sólo hay dos opciones: seremos esclavos del pecado y de Satanás o seremos esclavos de la justicia y de Jesucristo (Romanos 6:19).
Jesucristo fue contundente al afirmar que no hay cabida para servirle a Él y al pecado (Mateo 6:24). Sólo podemos servir a un amo -no hay comunión entre la justicia de Jesucristo y la maldad del pecado.
Una vez liberados de la esclavitud del pecado, debemos elegir conscientemente servir a Dios.
Al convertirnos en esclavos de la justicia, nos comprometemos de todo corazón a servir a Dios y a no volver jamás a las cadenas de una vida de pecado.
¿Es una esclavitud mejor que otra?
Pero, ¿es bueno cambiar una forma de esclavitud por otra? ¿En qué sentido es mejor ser esclavo de Jesucristo que ser esclavo del pecado?
En Juan 8:35-36, Jesús reveló que estamos llamados a ser mucho más que esclavos: «Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres».
Ninguno que sea dueño de esclavos (Satanás incluido) planea darle a un esclavo todo lo que tiene como herencia. Pero Dios nos llama a ser hijos e hijas en su familia, a ser herederos de la gloria del Reino de Dios (Romanos 8:17; Gálatas 3:29).
Elegir a Jesucristo como nuestro nuevo Señor nos libera de la carga del pecado, nos compromete a obedecerle de por vida y nos impulsa a seguir el camino que nos lleva a heredar todas las cosas en su Reino.
La libertad cristiana se expresa en el amor y el servicio
Un discípulo verdadero o una discípula verdadera es una persona libre, liberada para vivir una vida de amor hacia afuera, hacia las otras personas que están a su alrededor, sirviendo a Dios y luchando por la justicia de todas y todos.
La libertad del evangelio no consiste en vivir encerrados en los propios deseos, sino en usar el ámbito de autonomía y de decisión propia para obtener el pleno desarrollo de los dones y para elegir y seguir el camino del bien.
La libertad que da el amor de Dios permite cuidar y fortalecer las relaciones humanas. Si ya tenemos el amor de otra persona, necesitamos también la libertad que da el amor paciente de Dios para hacer todo lo necesario para cuidar y fortalecer esa relación.
Y si no tenemos la libertad que da el amor de otra persona porque no llegó aún a nuestras vidas o porque la muerte nos separó de la persona amada o por cualquier otra razón, entonces necesitamos la libertad que da el amor paciente de Dios para no resignarnos a la soledad y para atrevernos a atarnos y comprometernos en una estrecha relación con otras personas que nos están esperando para hacernos brillar y vivir y para que las hagamos brillar y vivir.
El camino para convertirse en un esclavo de la justicia comienza con escuchar y obedecer la verdad. Sólo entonces podremos servir a Dios de todo corazón, libres de la confusión de este mundo, y dar nuestro primer paso hacia la vida eterna en su Reino.
Otros pasajes que iluminan Juan 8:31-36
Los siguientes textos muestran cómo el Evangelio de Juan relaciona la verdad, la fe, la vida, la libertad y la identidad de Jesús:
- «Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el que me envió es verdadero; y yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo» (Juan 8:26).
- «De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna» (Juan 6:47).
- «Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham» (Juan 8:40).
- «Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios» (Juan 8:45-47).
- «Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12).
- «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud» (Gálatas 5:1).
- «Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz» (Juan 18:37).
- «El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo» (Colosenses 1:13).
Jesús es el camino, la verdad y la vida. Él vino a liberar al pecador de la esclavitud del pecado. Cuando Jesús es el centro de la vida de alguien, esa persona es verdaderamente libre y el pecado ya no tiene dominio sobre ella.