Conciencia y libertad desde la teología

Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral de corte casuista tenía como centro la ley, entendiendo por ley los diez mandamientos, y ésta era la clave hermenéutica para comprender, interpretar y explicar los actos humanos como pecaminosos o no. Es decir, la salvación de la persona se creía ser alcanzada por medio de estos parámetros.

En este contexto, el Concilio Vaticano II significó un impulso renovador para la teología moral y en esta línea han estado centrados todos los esfuerzos realizados en estos 50 años por eminentes teólogos, quienes han trabajado por una puesta al día y una renovación de la teología moral.

En este camino recorrido han estado presentes los esfuerzos por mostrar que la teología debe ser renovada y fundamentada en la revelación (OT 16), es decir, en la auto comunicación de Dios mismo y su plan de salvación (DV 2). Por tanto, es una moral cristocéntrica, una moral de la vocación en Cristo y una moral del seguimiento.

De la moral legalista a la moral cristocéntrica

La moral ya no está situada en el marco del cumplimiento de la ley, sino en el marco de la llamada de Dios en Cristo y de la libre respuesta por parte del ser humano.

No ha resultado fácil comprender, por parte de los teólogos de una línea conservadora, en qué consiste una salvación por medio la conciencia y la libertad de cada persona, haciendo su opción fundamental, que, entre otras cosas se ha calificado de relativismo y de subjetivismo.

Este es el problema que hemos planteado en esta investigación, tratar de comprender cómo sucede la salvación por medio de la conciencia y la libertad, las cuales son motivadas por la fuerza del Espíritu de Dios, por aquella Gracia que motiva a cada persona de hacer el bien, y evitar el mal.

Como norma moral tendremos la conciencia, en ella resuena la voz de Dios que incita a cada persona a seguir a Cristo, aceptando la Gracia de Dios, iniciando una opción fundamental.

Es necesario introducir qué comprendemos por salvación, pues este término no se acuña a una vieja comprensión que se mantuvo durante siglos, hasta la llegada del Concilio Vaticano II.

Desde una postura postconciliar situamos la figura de Cristo en el centro de la moral y, a su vez, la responsabilidad, desde donde se asume un camino libre y se es consciente del rumbo de la propia salvación.

Queremos enfatizar que el hombre no se salva por el cumplimiento de unas leyes o normas, como teníamos en la moral tradicional, sino por la razón del seguimiento de su conciencia, al optar por el bien y evitar el mal.

La ley de Cristo y la libertad cristiana

Con esta breve consideración es posible partir desde una comprensión paulina de la ley de Cristo, que deja atrás toda una doctrina legalista cargada de derecho canónico.

San Pablo lucha por la libertad de los cristianos procedentes del paganismo, mostrando que el único camino para la salvación no es la ley sino Cristo (Böckle, 1970) y nuestra participación con él.

De allí la repetición paulina de que ningún hombre es justificado por las obras de la ley sino por la fe (Rm 3: 20-28; Gl 2: 16-21; 3: 11).

El legalismo preconciliar no podría ser el camino de la salvación, sino el estar con Cristo, desde la respuesta positiva a ese llamado recibido 'vocación'.

La ley nunca pudo ni puede ser camino de salvación lo prueba Pablo también por la misma Escritura. (...), según la Escritura (Gn 15-16), nunca la ley fue ni podría ser un camino, sino que la justicia le es otorgada al hombre en virtud únicamente de la fe, como inmerecida y pura gracia de Dios.

Quien concebida a la ley y la realización de las obras por ella exigidas como camino hacia la salvación está malentendiendo su significado; contra tal equivocación Pablo no puede menos de protestar (1970, pp.

Es decir, en el proceso salvífico no dependemos del cumplimiento estricto de la ley, sino de una conciencia que actúa con total libertad.

"(...) la ley como tal nunca puede dar al hombre la fuerza para obrar el bien que exige" (Böckle, 1970, p. 28).

Por eso la "ley del Espíritu no es una codificación de leyes, sino un impulso hacia el bien, que parte del Espíritu Santo" (Böckle, 1970, p. 29).

El cristiano percibe el bien que debe hacer, es decir, escucha la voz que le invita a la propia salvación; un camino que debe trazar con conciencia, autonomía y libertad.

Salvación, gracia y responsabilidad

Aquí consideramos el aporte del Concilio, que sitúa la salvación en la libre decisión de realizar la voluntad divina con buenas obras; amar es ayudar a los demás, según lo pida la conciencia, desde su propio contexto histórico y circunstancial, tal como lo muestra el teólogo jesuita Múnera (2015).

La conciencia es la mediación personal de la salvación (Romo, 2001).

En el acontecimiento salvífico subjetivo el hombre, naturalmente, dentro de su pasividad ha de ser en extremo activo; ha de someterse en la fe al veredicto divino, es decir, mediante lajusticia de Dios, manifestada en su ley, ha de convencerse de su pecado y estremecerse saludablemente, y luego aceptar con confianza la palabra perdonante de Dios.

Este "cooperar" no es propiamente un "obrar junto con", sino una "colaboración del que ha sido activo solamente por la obra de Dios" (1970, pp.

La persona no está sola en el camino de su salvación, cuenta con Dios y con la Gracia del Espíritu.

Ahora, Häring advierte que "nadie podrá alcanzar su propia salvación, su libertad, dignidad y amistad final con Dios si no se preocupa por la salvación de todos. Más aún: jamás podremos separar la salvación de la realidad omnipresente de la gloria de Dios" (1981, p. 222).

No se salva, sin embargo, aunque esté incorporado con la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia en cuerpo, pero no en corazón.

Pero no olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad (Lumen Gentium, No.

Para una eficaz salvación, la persona necesita actuar con misericordia; amar al prójimo, hacer el bien a los demás como lo pide la conciencia.

La salvación cristiana es la liberación del mal, plenitud de vida y divinización.

Esta salvación es autodonación de Dios mismo que se comunica al hombre, libre y gratuitamente, que es Gracia que justifica, que diviniza a la persona.

En este sentido, todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo (Múnera, 2015), suscitando la salvación.

La persona, debido al juicio de su conciencia y con la ayuda de la Gracia proveniente de Cristo, reconoce cuál es la voluntad de Dios.

Justificación y participación en la vida divina

Estamos justificados ante Cristo, gracias a su obra redentora.

¿En qué consiste esta justificación?

La justificación consiste en la adquisición, por parte del ser humano, de la justicia divina, atributo equivalente a la santidad divina, aquella característica por la cual Dios es Dios, que designa su propio ser de plenitud infinita.

Por eso la justificación se identifica con la participación de la vida divina, la divinización (2006a, p.

La teóloga María Gil lo complementa al decir que Gracia y justificación, al igual que redención y salvación, son términos esenciales de la revelación, convirtiéndose en elementos fundamentales de una moral específicamente cristiana (2015, pp.

Sin la santidad conferida por Dios, la santificación humana esta desprovista de valor; porque aquélla fundamenta a ésta.

Sin la santificación del hombre por la gracia, la santidad conferida por Dios es infecunda (...).

En toda santificación humana es evidente que no puede tratarse de un complemento que ponga el hombre, sino sólo de una repercusión de la acción divina.

Cuando el justo que vive de la fe pone actos y realiza acciones, lo hace no propiamente esforzándose por la perfección, sino exultando desde la perfección, no en la distinción de ser y deber, sino desde el postulado y conocimiento incondicionados de que la unidad divina de ser y deber, que vive en él por la gracia, tienen que mantenerse en su vida (Böckle, 1970, p.

La conciencia como norma moral

Pretendemos hablar de la conciencia en sentido teológico y no psicológico,2 como dice el teólogo jesuita Alberto Múnera, "(...) uno de los elementos fundamentales e ineludibles de toda Ética y de toda Moral: la conciencia" (2006b, p. 1).

El teólogo Häring (1981) llama a la conciencia de facultad moral, al ser el núcleo interior y el santuario donde la persona se conoce a sí misma en confrontación con Dios y con su prójimo.

En este sentido, afirma que "la conciencia, facultad moral del hombre, es, junto con el conocimiento y la libertad, la base y la fuente subjetiva del bien: es ella la que nos amonesta a la práctica del bien" (Häring, 1973, p. 190).

San Pablo hace, frecuentemente, un llamado a esta como facultad para dirigir la vida moral, al mostrar que la ley está escrita en el corazón de la persona, siendo así testigo de su conciencia.

Allí sustenta el apóstol Pablo que su conciencia es testimonio del Espíritu Santo, es decir que el hombre la debe escuchar (Rm 9: 1).

La conciencia viene a ser, entonces, la capacidad inherente a todo ser humano, de captar los valores normativos para su obrar, esto es, las normas objetivas de moralidad, y de juzgar sus opciones como buenas o malas en la medida en que se acomoden o no a dichas normas (2006b, p.

De lo anterior hacemos manifiesto lo afirmado por Sánchez, al considerar la conciencia como guía, puente, luz, semáforo, juez interno,4 antena y radar, freno y acelerador, brújula, voz que avisa lo que está bien y mal.

Como indica Vidal, "(...) de la conciencia recibe la persona su dignidad, en cuanto qu...

La acción del Espíritu Santo en la conciencia

Las afirmaciones paulinas sobre la conciencia nos llevan a saber que, en el proceso de transformación del sujeto humano en cristiano, el Espíritu Santo, Espíritu de Jesús y del Padre, es derramado en nuestros corazones, habita en nosotros, opera, actúa en nosotros.

Esta presencia activa del Espíritu en el cristiano genera una unidad de actuación (...): lo que el cristiano opera es obra suya, pero al mismo tiempo es obra de Dios en cuanto ya es partícipe de la naturaleza divina.

Las acciones del espíritu del cristiano son, por consiguiente, obra también del Espíritu divino: él es quien clama a Dios (Gal 4: 6), él es quien intercede y gime en nosotros (Rm 8: 26).

La forma como actúa el Espíritu en nuestro espíritu es a través de lo que llamamos "mociones espirituales" que son impulsos o movimientos que el cristiano siente, percibe, capta en su interior y que, lógicamente requieren un discernimiento para determinar si realmente provienen del Espíritu Santo o no (2006b, p.

Nuestras acciones tienen una motivación más profunda porque provienen desde el Espíritu de Dios.

Delhaye dice que "este carácter divino de la conciencia es tanto más marcado en un cristiano por cuanto la conciencia está habitada por el Espíritu Santo que la guía y la ilumina" (1969, p. 45).

Es fundamental considerar la importancia de la fe y de la caridad, que suman fuerzas a la Gracia que actúa en el hombre.

De esto, la importancia de reconocer la capacidad subjetiva existente en toda persona, donde puede discernir profundamente si su conducta moral está de acuerdo al bien que el Espíritu le motiva o no (Delhaye, 1969).

La transformación interior del cristiano

Referente a la naturaleza de la conciencia,3 debemos entenderla desde una visión integral, individual y social de lo humano, es decir, en la totalidad de la persona humana y cristiana (Vidal, 1981), que es como la percibe el Concilio Vaticano II.

La primera es una función cognoscitiva.

Es decir: el cristiano "conoce" con su conciencia.

Pero conoce de una manera específica, distinta, diferente a como conoce cualquier ser humano.

¿En qué sentido?

Capta, percibe, asume, percibe la realidad de una manera propia.

Precisamente como el mismo Cristo la capta o percibe.

Esto lo manifiesta San Pablo indicándonos que el cristiano es modificado en su "nous" o capacidad de conocer.

Al cristiano le ocurre una "metanoia" o cambio, o transformación del "nous" (Rm 12: 2).

Le acontece una metamorfosis en el "nous".

El cristiano cambia de mente o mentalidad y entiende o percibe la realidad como Cristo la percibe y entiende.

Así adquiere el Pneuma, se hace "espiritual", se le afecta el "kardia" o corazón.

Todo esto quiere decir que el cristiano comienza a entender las cosas como Cristo las entiende.

Así entiende al ser humano como creado en Cristo Jesús, como rescatado o redimido por el misterio pascual, como constituido en hijo de Dios, como destinado a la posesión eterna y definitiva de la vida divina.

Así el cristiano capta la infinita dignidad del ser humano (...).

En otras palabras: el cristiano entiende la realidad como Cristo la entiende, porque su "nous" o mente ha sido transformada por la presencia activa del Espíritu de Cristo (Múnera, 2006b, p.

Funciones de la conciencia cristiana

La segunda es una función subsecuente.

Es la función de los "criterios" o parámetros para el obrar.

Es la función de los valores o referentes frente a los que la conciencia confronta sus posibles opciones.

El cristiano no solamente "sabe" con saber crístico producido por la acción del Espíritu, sino que, además, reflexiona o aprecia valorativamente.

El cristiano pondera, sopesa, delibera, se da cuenta, razona con madurez cristiana.

Logra conjuntamente con el Espíritu identificar ("syn-eidenai". "Syn" = conjuntamente, "Eidenai" = identificar) qué vale más.

En consecuencia: los valores cristianos residen en la conciencia cristiana y son infundidos por el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, Espíritu de la Verdad.

Los valores cristianos se van formalizando en la historia cuando los cristianos los van haciendo explícitos en su comportamiento y por comunicación verbal explícita de los mismos (2006b, pp.).

La conciencia no puede reducirse a una función de la naturaleza, pues el valor de la persona supone un salto cualitativo con relación al orden cósmico.

Si la ley es el camino de la opción cristina, la conciencia es la luz para caminar; si la ley representa los aspectos objetivos de la moralidad, como la norma obligatoria, universal e inmutable para las opciones, la conciencia recoge los elementos personales y la situación como la norma particular, concreta y obligatoria para cada opción.

Si la ley está junto a la autoridad, la conciencia se alinea con la libertad (1984, p.

Conciencia, ley y verdad

De acuerdo con la tradición católica, la salvación depende de la fe y las obras.

En un acto grave y admitido voluntariamente, el hombre pone en riesgo su porvenir.

Por consiguiente, es necesario que la ley moral descienda hasta el detalle del obrar humano para iluminar la conciencia.

Así como los magos se dejaban conducir por una estrella en el camino a Belén (Mt 2, 9), el hombre necesita guía durante su peregrinaje en la tierra (Hch 11, 13).

Estrella interior, chispa del alma, santuario interior donde Dios hace escuchar su voz: la tradición cristiana ha multiplicado las imágenes para caracterizar la conciencia.

En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello.

Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente (ver Rm 2, 14-16).

La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla [1].

Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo (ver Mt 22, 37-40; Ga 5, 14).

La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad.

No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad.

La conciencia como santuario abierto

Este texto del último Concilio es admirable por el hecho de decirlo todo -o casi todo- en sólo algunas palabras.

Ley divina que resuena en lo más profundo de cada hombre y lo interpela a modo de voz amistosa; santuario interior -y por tanto, inviolable- ¡donde la criatura celebra un culto «en espíritu y verdad!»; categorías del conocimiento moral basadas en el esmero personal por hacer el bien y evitar el mal; solidaridad de los cristianos con quienes no comparten su fe, y de manera más general, de todos los hombres entre ellos, ya que tienen acceso a un mismo conocimiento moral: ¡todos los aspectos de la doctrina cristiana de la conciencia moral se encuentran aquí magistralmente resumidos en veinte líneas!

Y sin embargo la Iglesia no es explícitamente mencionada.

Me propongo mostrar, por el contrario, que para llevar debidamente a cabo su misión de guía y discernimiento, la conciencia necesita abrirse a la voz del Otro.

El Otro designado, en primer lugar, el Maestro, el Soberano Bien, el Dios de Amor.

Designa también al hermano cuya palabra puede representar una explicitación cercana a este bien que busca la conciencia.

La interpretación cristiana se inspira, en cambio, en una visión «abierta».

Ciertamente, la ley divina siempre inspira el juicio del sujeto en forma individual y personalizada; pero el prójimo en general y la Iglesia en particular, también ellos penetrados por esta misma ley, aportan a este juicio una información inédita y necesaria que le otorga más claridad y certeza.

La Iglesia y su Magisterio no se sitúan por encima de la conciencia personal, sino al servicio de la misma.

Existen así dos vías de información para la conciencia: una directa e interior, la otra mediatizada por la palabra del «otro», ya sea el prójimo, la sociedad o la Iglesia.

La dimensión comunitaria del discernimiento

Esta especie de derecho de entrada de la palabra del otro se apoya en lo que podríamos llamar «principios fundadores» tales como se desprenden del corpus paulino.

La conciencia existe en todos los hombres, sin excepción, también en quienes no conocen a Dios (Rm 2, 14-15).

Cuando la conciencia debe pronunciar un juicio moral sobre las acciones, dispone de una doble información.

Debe escuchar ante todo lo que la ley divina le dice ser el bien.

La segunda información viene de la vida fraterna.

El hermano, en realidad, no es excluido de la conciencia personal: está presente como una voz que da testimonio o lo solicita.

La ley divina puede así no prohibir determinada práctica: la persona se abstendrá sin embargo de entregarse a la misma si corre riesgo de escandalizar a quien es más débil que ella.

San Pablo da el ejemplo de los idólatras (ver 1 Co 10, 28-29).

Se trata de unos cristianos recientemente convertidos, que no se atreven a comer carne consagrada al culto de los ídolos.

Se equivocan ciertamente, y el bautizado que probase esa carne delante de ellos tendría razón objetivamente, pero los impresionaría.

¿Es necesario ese escándalo?

En la exégesis propuesta, Pablo alude a la delicadeza del corazón y a la caridad («Todo es lícito, mas no todo es conveniente», 1 Co 10, 23).

Para una eficaz salvación, la persona necesita actuar con misericordia; amar al prójimo, hacer el bien a los demás como lo pide la conciencia.

La conciencia necesita formación

No debería deducirse de los principios anteriores que la conciencia es un dato inmutable y adquirido de una vez y para siempre.

Ella sigue las inflexiones de la personalidad y experimenta los vaivenes de la evolución psíquica: (...) la conciencia es también un dato existencial y por tanto variable.

En cierto modo, podríamos decir que hay tantas conciencias como personas.

Toda la dificultad reside en lo siguiente: la conciencia necesita ser educada, ya que es vulnerable a la fragilidad del sujeto y su inclinación al mal, y no puede ser educada sino por la palabra del Otro; pero es un santuario y por tanto, por este motivo, se pone a cubierto de las intervenciones intempestivas de los demás.

Es sumamente interesante el hecho de que la conciencia se presente como un santuario, como en el magnífico texto de Pío XII.

Las amenazas a la libertad de conciencia sin duda han cambiado, tanto en la forma como en el contenido, a través de los siglos.

¿Podemos creer entonces que han desaparecido en nuestros días?

En la época de los romanos y en la Edad Media, se combatía la autoridad de la conciencia mediante las armas.

En la actualidad, se recurre a la inteligencia para socavar las bases de esta autoridad que la espada fue incapaz de destruir.

Se enseña que la voz de la conciencia es una deformación de lo primitivo desprovisto de cultura; que es producto de la imaginación; que refuerza el sentimiento de culpabilidad, sentimiento perfectamente irracional.

¿Cómo estar dotados de libre arbitrio -nos dicen-, cómo asumir la responsabilidad de nuestros actos en este conjunto infinito y eterno de causas que nos determinan?

La libertad de conciencia y el culto en espíritu y verdad

Quisiera insistir en otra ventaja de semejante presentación de la conciencia como santuario.

En el encuentro de Jesús con la samaritana, junto al pozo de Jacob, Jesús invita a los adoradores de Dios a celebrar, ya no en Jerusalén ni en cualquier otro templo, sino «en espíritu y verdad» (Jn 4, 24).

Esas palabras anunciaban un culto nuevo en el cual ya no había sino un sumo sacerdote, Cristo, una sola víctima, Cristo, un solo altar, también Cristo, un solo sacrificio por último, llevado a cabo hasta la consumación de los siglos, el ofrecido por Cristo (ver Hch 5-10).

La conciencia sólo lleva a cabo su rol de juez de las acciones y guía de la vida moral si se vincula con esta vida [5].

El gusto por la verdad representa así el clima o espíritu que le es absolutamente necesario.

Sin este culto, la conciencia sería un santuario vacío.

En primer lugar, la conciencia no crea la verdad.

La justa autonomía de la razón práctica significa que el hombre posee en sí mismo la propia ley, recibida del Creador.

En segundo lugar, la conciencia sólo sigue siendo un santuario si cree que existe una verdad -o un orden de verdades- superior a ella hasta el punto de constituir una manifestación divina y que es preciso buscarla al mismo tiempo en la interioridad (Dios habla al corazón) y en la exterioridad (Dios también habla a los demás, encargados de informarme sobre la verdad).

Por consiguiente, es imposible para la conciencia estimar que la búsqueda interior la exime de una búsqueda exterior.

La imagen del santuario alcanza aquí sus límites: la conciencia, encargada de buscar la verdad e interpretar la ley divina, no opera como oráculo, como sucedía en los templos antiguos.

Conciencia, autonomía y obediencia

En un artículo que gozó de cierta repercusión, evocando el famoso brindis de Newman por su conciencia, el Cardenal Joseph Ratzinger recordaba que en la actualidad se oponían dos concepciones de la moral católica.

La primera concepción define la conciencia como infalible.

«Ella siempre tiene razón» y no se le podría imponer verdad moral alguna.

En realidad, con esta concepción la verdad resulta ser un peso tan grande de llevar que el hecho de no conocerla constituiría una gracia.

La verdad no liberaría, y por el contrario sería preciso liberarse de ella.

Todo santuario verdadero está habitado por una presencia divina.

Dios habla en el santuario de la conciencia.

El Dios de Amor se expresa allí directamente en forma de ley.

Sus mandamientos establecen las condiciones primeras del amor.

Así, por ejemplo, no se ama al prójimo si se atenta contra su vida, sus bienes o su fidelidad: también los mandamientos de Dios prohíben el asesinato, el robo o el adulterio.

La obediencia se encuentra precisamente en el centro de la conciencia; no me refiero sólo a aquella que el propio sujeto le debe, que es con todo muy real, sino a aquella a la cual ella misma está sujeta para poder ejercer su ministerio de juicio.

Formadores de la conciencia moral

La voz de Dios, al expresarse mediante una ley, resuena directamente en el santuario de la conciencia, si al menos un culto en verdad se le rinde, pero ésta necesita un complemento exterior.

Nunca estará de más repetir que antes de ser responsables ante nuestra conciencia, somos responsables de nuestra conciencia, de su salud y de la seguridad de su juicio [8].

¿Quién puede formar la conciencia?

¿Cómo se realiza esta formación?

El primer formador de la conciencia es el Espíritu Santo.

Ciertamente, su inspiración es prioritariamente interior y personal: ilumina a todo hombre de buena voluntad dedicado a buscar la verdad y hacer el bien.

Inspira también a toda la Iglesia y la hace capaz de iluminar, pero desde el exterior esta vez, el juicio de la conciencia personal.

Newman comparaba la voz de la conciencia con la de un amigo.

Mi naturaleza experimenta por ella lo que se siente con respecto a una persona.

Experimento satisfacción cuando le obedezco y pena cuando desobedezco, tal como si complaciera u ofendiera a un amigo reverenciado.

Después del Espíritu Santo, el primer responsable de la formación de la conciencia es el sujeto mismo.

Si bien el sujeto siempre necesita de los demás para iluminar su conciencia, nadie puede sustituirlo y juzgar en su lugar.

Los padres representan los primeros de estos «formadores antecedentes» y los más importantes.

Junto al padre y la madre, cuya presencia es indispensable hasta el punto que se puede invocar un derecho natural del hijo a ser educado por ellos, se encuentran por distintas razones los demás miembros de la familia, como los abuelos y los hermanos mayores [10].

La Escritura insistía en la importancia y la santidad de su tarea.

Al menos en las sociedades occidentales, el niño es confiado a muy temprana edad a educadores.

Sería ilusorio imaginar que la misión que se les asigna en la escuela se limita a la instrucción y la mera transmisión de un saber.

Una tercera categoría de «formadores antecedentes» está constituida por el poder público.

La tradición cristiana lo ha situado a menudo como prolongación de la familia.

El ejercicio de una autoridad está moralmente regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto específico.

La Iglesia, el acompañamiento y el Magisterio

El hermano en la fe no tendrá derecho -ni más que otros- a penetrar en la conciencia de su prójimo sin haber recibido un mandato para eso.

El acompañamiento espiritual es ejercido por un bautizado apto para el discernimiento moral y espiritual.

Su origen debe buscarse en las primeras tentativas de la vida monástica.

Así como la palabra divina que constituye la conciencia personal adoptó la forma de una ley, la palabra de la Iglesia que enseña como magíster, maestra en verdad, reviste también la forma de una ley.

Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la antigua alianza y perfeccionadas en la nueva y eterna en la persona misma del Hijo de Dios hecho hombre, deben ser custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente en las diferentes culturas a lo largo de la historia.

El ámbito de intervención del Magisterio es el de la fe y las costumbres, es decir, de las verdades dogmáticas y morales.

Cuando se pronuncia en materia dogmática, el Magisterio se apoya en la Revelación y se dirige a quienes comparten la fe en Cristo.

Cuando se pronuncia en materia moral, se dirige no sólo a los creyentes, sino a todos los hombres de buena voluntad que quieren hacer el bien.

La Iglesia sabe que la cuestión moral incide profundamente en cada hombre; implica a todos, incluso a quienes no conocen a Cristo, su Evangelio y ni siquiera a Dios.

La opción fundamental y el seguimiento de Cristo

El cristiano que sigue este camino conoce la senda que nunca debe abandonar, pues esta moral postconciliar debe convertirse en una historia de salvación (Vidal, 1995).

Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan no obstante a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (Lumen Gentium, No.

En síntesis, la salvación depende "(...) de la percepción del bien y del mal en su propia conciencia, y del ejercicio inalterado por motivo alguno, de su propia libertad" (Múnera, 2015, p. 46).

Como afirman muchos teólogos, es hacer una opción fundamental por el seguimiento a Cristo.

La moral cristiana, comprendida desde la revelación y desde la acción de la gracia, relaciona la libertad humana con una respuesta responsable a la vocación recibida.

La conciencia no constituye una autorización para el capricho ni una instancia aislada de toda verdad; es el espacio interior en el que la persona escucha a Dios, discierne el bien, considera al prójimo y orienta libremente sus acciones hacia el seguimiento de Cristo.

Conciencia cristiana como santuario interior

¿Qué dice la Biblia sobre la conciencia y la libertad del creyente? ft. Joselo Mercado

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