¿A tu hijo no le gusta el fútbol? Cómo acompañarlo sin presiones

A mi hijo no le gusta jugar a fútbol. No le ha gustado nunca. Ahora tiene algo más de 7 años y sigue sin gustarle. A mi hijo no le gusta jugar a fútbol y yo no le fuerzo ni me preocupo en exceso, aunque sí le llevo al parque con una pelota si me la pide.

A tu hijo puede no gustarle el fútbol, y eso no significa que exista un problema. La práctica de un deporte aporta infinidad de beneficios, pero ningún niño está obligado a practicar precisamente este deporte ni a disfrutar de él del mismo modo que sus padres, sus compañeros o la mayoría de los niños de su entorno.

La clave está en acompañar, entender qué ocurre y abrir puertas: al fútbol, si quiere, y a otras opciones, si no.

Por qué el fútbol puede parecer tan importante

El fútbol sigue siendo un gran “pegamento social” en muchos patios y equipos. En muchos recreos, jugar al fútbol se convierte en una de las principales formas de relacionarse, especialmente durante los primeros años de la educación básica.

Los papás y mamás saben que pasan y pasan los años y la pelota sigue siendo el juego que reina en los recreos del colegio y en las plazas, especialmente cuando los niños están en la básica. Aunque seamos malos o no tan buenos, estamos en un país donde manda la pelota.

En los colegios dejan ver los partidos importantes porque el fútbol paraliza al país, comenta Pablo Ugarte, sicólogo en dos colegios del sector oriente. En un cálculo aproximado, el 70% de los niños juega fútbol en los recreos. El resto se dedica a los juegos electrónicos, conversar o a otros deportes.

Pese a la creciente importancia que han ido adquiriendo otras ramas del deporte en los colegios, como el atletismo, básquetbol o voleibol, el fútbol sigue siendo el rey.

DeporteEquipos en el Deporte Escolar UC
Fútbol masculino238 equipos
Básquetbol174 equipos
Voleibol82 equipos
Rugby19 equipos
Fútbol femeninoSeis equipos femeninos

Raúl Tolchinsky, coordinador de Deporte Escolar UC, en el que participan 90 colegios de la Región Metropolitana, dice que la torta se divide así: 238 equipos de fútbol masculino, 174 de básquetbol, 82 en voleibol y 19 equipos de rugby. El fútbol escolar, tradicionalmente masculino, ahora también cautiva a las mujeres: ya hay seis equipos femeninos.

El fútbol como espacio de pertenencia

Más allá de su relevancia atlética, el fútbol es un ejercicio de cómo manejarse en el grupo, cómo enfrentar la rivalidad, saber ganar y saber perder, una enseñanza que sirve para toda la vida, responde León Cohen, siquiatra y ex arquero de la Universidad de Chile y de la Selección Sub 20 a principios de los 70.

El sentimiento épico en el fútbol es clave. Esa emoción de abordar una misión y unirse para lograr triunfos es muy potente. Al estar definido por la relación grupal, es más intenso que los sentimientos individuales. Implica unirse para tolerar en conjunto la derrota.

El efecto sociabilizador del fútbol me ha seguido toda la vida. Provoca un sentido de pertenencia en una época donde se está dejando de participar en instituciones formales.

¿Quién no ha ido a un asado en torno a un partido de fútbol sin siquiera mirar la pantalla de televisión?

Al que no le gusta la pelota se queda fuera de esa dinámica. Los adultos probablemente ya han aprendido a convivir con eso, o ya tienen otros grupos de pertenencia, pero para un niño chico puede significar la exclusión.

Jugar al fútbol en los recreos asegura a los niños la integración en el grupo. Entonces, “mi hijo no juega al fútbol” es una frase que decimos con preocupación algunas madres, porque este hecho marca socialmente a los niños en los patios.

No tienen muchos amigos con los que jugar, ya que a la mayoría les apasiona el fútbol. Encuentran otros niños que tampoco juegan al fútbol, a veces son espectadores del partido y no participan y muchas veces juegan solos.

En los recreos, los niños que no juegan al fútbol están al margen de toda esta sociabilidad que gira en torno al deporte, no participan de ella.

Cuando la preocupación de los padres aumenta

La preocupación es extendida. Los papás y mamás saben que pasan y pasan los años y la pelota sigue siendo el juego que reina en los recreos del colegio y en las plazas.

Que a tu hijo no le guste jugar fútbol en un colegio de puros niños suena hasta macabro, comenta Isabel Villalobos. A su hijo Nicolás nunca le llamó la atención jugar a la pelota y, a la larga, se convirtió en un problema que lleva años arrastrándose.

Un ejemplo: la próxima semana se celebra el “día del deporte” en el colegio y lo único que hacen ese día es hacer deportes.

“Mamá, yo sé que nunca te he pedido esto, pero ¿puedo faltar ese día?”, le dijo Nicolás hace una semana.

“No le he respondido nada todavía y fui a hablar con la sicóloga del colegio. Otra vez”.

Para los papás también es un tema, especialmente si son peloteros. A los que nos gusta el fútbol queremos tener un partner para ir al estadio o para comentar los partidos, dice el periodista deportivo Álvaro Poblete, quien ha escuchado en más de una ocasión la frase “en casa de herrero, chuchillo de palo”.

Su hijo tenía sólo cuatro años cuando ese sueño se empezó a desmoronar: prefirió un bate de béisbol que la pelota de fútbol. Poblete terminó de convencerse cuando, a los 10 años, el niño le preguntó quién era Marcelo Salas.

Cuando a ellos sí les gusta practicar o seguir este deporte no pueden evitar la proyección. Quieren que el hijo sea lo que ellos no fueron: buenos para la pelota, populares y, por qué no, jugadores profesionales.

La vida adulta trae consigo muchas reglas, tanto en el aspecto social, como laboral. Probablemente, el odio de tu hijo haya surgido por la imposición de este deporte en todos los ámbitos.

Si a tu hijo nunca le ha emocionado mucho el fútbol y le han obligado a jugar a todas horas con los amigos y a verlo en la tele en casa, es normal que le haya ido cogiendo tirria.

El problema no es que no le guste: es cómo se siente

Antes de sacar conclusiones, conviene investigar con calma. A veces el “no me gusta” significa “no me siento capaz”, “me agobio”, “no entiendo las reglas”, “me han ridiculizado” o “me cansa el ambiente competitivo”.

También puede haber sufrido alguna experiencia estresante en un partido o algún problema con algún compañero que le haya hecho odiar el fútbol.

Puedes empezar con preguntas sencillas, sin tono interrogatorio:

  • ¿Qué es lo que menos te gusta de jugar al fútbol: el balón, los compañeros, las normas, el ruido, que te miren?
  • ¿Te pasa también con otros deportes, o solo con el fútbol?
  • ¿Hay algo que te diera vergüenza o te hiciera sentir mal en el patio?

Esta conversación es clave porque, si el problema es social, como burlas o exclusión, o emocional, como ansiedad, la solución no es “apúntalo a fútbol y ya se le pasará”.

Una causa frecuente: sentirse poco habilidoso

Hay niños menos habilidosos que otros. Niños que, sin tener ningún problema psicomotriz, son más “patosos” que esos otros a los que cualquier deporte se les da bien a la primera y sin ningún esfuerzo.

Hay niños a los que el balón se les da regular, y lo saben. Si cada partido termina en “me quitan la pelota”, “me tropiezo” o “no marco nunca”, es lógico que rechacen jugar al fútbol.

A estos niños menos habilidosos no les suele gustar jugar al fútbol porque son conscientes de sus limitaciones.

El foco debería ser quitar presión y construir seguridad. En estos casos la práctica es el mejor aliado, sin forzar hay que alentar al niño que se mueva, que chute, que entrene.

Al principio, si es necesario, en solitario o en compañía de sus padres y hermanos. Que observe cómo mejora con la práctica porque nadie nace sabiendo.

Qué puede ayudar a recuperar la confianza

  • Practicar en un entorno seguro, en casa, en el parque, con un adulto o con un amigo amable.
  • Entrenar microhabilidades: conducción corta, pases suaves, tiros a portería sin público.
  • Celebrar mejoras pequeñas: “hoy has controlado mejor”, “has dado dos pases buenos”.
  • Valorar sus esfuerzos, no sus resultados.
  • Evitar que se etiquete como “torpe” o “raro”.

Cuando el niño nota progreso, cambia el relato interno: de “soy malo” a “estoy aprendiendo”.

Un intento cuenta. Dos, más.

Timidez y miedo a quedar expuesto

Los niños tímidos suelen tener dificultades para establecer relaciones con otras personas, ya sean adultos o niños, sobre todo si no les conocen.

La timidez, o el miedo hacia los demás, les impide acercarse a sus iguales quedándose apartados en el patio o en el parque por más que en su fuero interno quisieran estar con el resto de niños jugando igual que ellos.

Jugar al fútbol a veces implica escenario: gritos, miradas, comparaciones. Para un niño tímido, eso puede ser demasiado.

La salida no es empujarlo “para que espabile”, sino acompañarlo con exposición gradual.

Ideas realistas para acompañar la timidez

  • Primero mirar, luego participar cinco minutos, luego un rato más.
  • Elegir espacios con menos presión, como partidos con pocos niños y sin “capitanes mandones”.
  • Acordar una “frase de salida” si se bloquea: “paro un momento” o “necesito agua”.
  • Ofrecerle oportunidades para que se relacione con otros niños.
  • Ir a los parques y dejar que juegue a su libre albedrío, sin inmiscuirnos en sus juegos.
  • Dejar que vaya cogiendo confianza día a día, en él mismo y en los demás.

Y algo importante: ayudar no es sustituir. El objetivo es que él ensaye, se equivoque y se recupere, porque esa experiencia le prepara para la vida.

Respetar sus gustos es el primer paso

En primer lugar debemos recordar una de las premisas fundamentales de la educación: respeto.

Los gustos por los deportes, hobbies o actividades en general se van conformando a lo largo de la vida. Durante la infancia se asientan las bases de muchos de los gustos y aficiones, que en gran medida, se ven determinados por influencias familiares.

No obstante, que a un padre o madre le guste el fútbol no es garantía de que al niño también.

Así que si eres un padre al que le entusiasma jugar al fútbol pero a tu hijo no te recomiendo que tengas paciencia y seas respetuoso con los gustos de tu peque.

No hay quien escape al fútbol, es un deporte que gusta a todo el mundo: a adultos, a niños y niñas, abuelas, reyes, presidentes o fontaneros.

Pero que sea popular no significa que tenga que gustar a todos. Parece como si todos tuvieran que tener como objetivo vital acabar en un gran equipo de fútbol siendo el mejor jugador del mundo.

Parece como si cualquier niño que no se interese por este deporte, no le guste jugar y chutar una pelota, deba quedarse en un rincón apartado porque si no juegas a fútbol no eres nadie.

Y desde aquí expreso mi rechazo y denuncio, sí, la discriminación o segregación sexista que en muchos patios de colegio se sigue realizando. Los niños juegan a fútbol mientras que las niñas juegan a la comba o a otro tipo de cosas.

Pero es que existen este tipo de niños a los que no les gusta jugar a fútbol y quedan apartados.

Por qué obligarlo puede empeorar la situación

De hecho, presionarlos es una mala idea. El orientador del colegio Kent School, Raúl Peñaloza, cuenta que cuando los niños son obligados a jugar y son malos lo pasan peor: los cuestionan, los molestan, los segregan y los critican ante cada error.

No obligarles: si no les gusta el fútbol, no les gusta.

No presionarles para que jueguen al fútbol en los recreos.

No le obligues a jugar al fútbol ni a verlo si no quiere. Cuanto más se fuerza a un chico a hacer algo, peor.

No lo avergüences ni hagas que se sienta mal por no tener habilidades o gusto por el deporte, especialmente frente a sus compañeros.

Si el niño percibe que debe jugar para obtener aprobación, puede asociar el fútbol con miedo, vergüenza o conflicto familiar. En cambio, necesita saber que no tiene que cargar con la presión de decepcionar a sus padres, entrenadores o miembros de su equipo.

El fútbol tiene beneficios, pero no es una obligación

Seamos claros: jugar al fútbol tiene muchísimas cosas a favor. Es actividad física completa, con carrera, coordinación y cambios de ritmo; suele ser accesible, porque requiere un balón y poco más; entrena la cooperación y, en muchos contextos escolares, facilita la pertenencia al grupo.

La práctica de algún deporte nos permite estar en forma, sanos y fuertes, nos relaja y nos ayuda a concentrarnos. Tanto es así que algunos estudios relacionan la práctica de un deporte con el éxito escolar.

Además, practicar deporte con regularidad se asocia a mejor salud, menos sedentarismo y mejores rutinas de sueño y concentración.

Ahora bien, que sea positivo no significa que haya que convertirlo en obligación. Defender el valor de jugar al fútbol no es lo mismo que imponerlo. La diferencia es enorme.

Puede que tu hijo no sea bueno para ciertos deportes, incluso individuales, por lo que es importante que prueben varias opciones deportivas, así como otras actividades no deportivas.

Debes conocer las habilidades de tu hijo para saber qué actividad se acopla mejor a él.

Fomenta el ejercicio incidental, como jugar en el patio, caminar o andar en bicicleta.

El movimiento también puede ser excursión, bici, baile o piscina.

Buscar alternativas que sí le interesen

Podemos ayudar al niño a identificar qué actividades le gusta realizar si no es el fútbol y potenciarlas. Puede que sea el baloncesto, intercambiar cromos en el recreo, jugar al escondite o practicar otra actividad.

Recuerda que el fútbol no es el único deporte. Pero tampoco lo conviertas en “el enemigo”.

Descubre nuevas actividades en familia. El objetivo es que encuentre una forma de moverse, relacionarse y disfrutar.

Fomenta su autoestima fuera del deporte. Música, dibujo, ajedrez, teatro: todo suma identidad.

Elogia cualidades y aptitudes. Quizá su talento está en la resistencia, el equilibrio o la estrategia.

Si tu hijo ha practicado algún deporte y no se divirtió, puede que se haya quedado con esa mala experiencia y piense que no va a disfrutar ninguno.

Si es el caso, tu hijo debe saber que todos cometen errores y no debería ser una razón para molestarse o sentirse mal.

Una vez que sepa esto, debes explicarle que los deportes pueden ser una gran experiencia para mejorar sus habilidades y desarrollar un espíritu de equipo mientras trabaja con sus compañeros para lograr un objetivo común.

El colegio también debe ofrecer espacio para todos

En muchos recreos, jugar al fútbol se convierte en “lo único”. Y ahí aparecen dos problemas: los que no juegan quedan en los márgenes, y los que sí juegan a veces monopolizan espacios y normas.

Si tu hijo se queda “en un rincón” por no jugar al fútbol, merece la pena hablar con el centro.

Se pueden promover alternativas: juegos dirigidos, turnos de uso del patio, zonas de deportes distintos, material variado, como cuerdas, bádminton, mesas o circuitos.

La labor del profesorado y del equipo de convivencia es fundamental para que el patio no sea un filtro social.

Casos como este tampoco son raros. El colegio ha empezado a promover que en los recreos los niños también realicen otras actividades, restringiendo algunos días el juego a la pelota.

Algo parecido ocurre en el colegio Notre Dame, donde se han instaurado “los recreos sin pelota” en algunos momentos de la semana para que los niños desarrollen otros pasatiempos y los que no juegan fútbol tengan oportunidad de relacionarse con los que sí lo hacen.

Habla con el director de su escuela para que se potencien otras actividades y deportes tanto en clase de educación física como en el recreo.

Si en el colegio se siente solo y aislado porque no juega al fútbol, dile que busque a otros niños y niñas a los que tampoco les guste este deporte.

Qué hacer en casa

  1. No presiones. Cuanto más insistes, más resistencia generas.
  2. Respeta sus gustos. Defender jugar al fútbol no significa invalidar su “no”.
  3. No cedas a la presión de otros padres. Tu hijo necesita encontrar su deporte o su forma de moverse.
  4. Refuerza su autoestima y autoconcepto. Que no se etiquete como “torpe” o “raro”.
  5. Valora sus esfuerzos, no sus resultados. Un intento cuenta.
  6. Recuerda que el fútbol no es el único deporte. Pero tampoco lo conviertas en “el enemigo”.
  7. Elogia cualidades y aptitudes. Quizá su talento está en la resistencia, el equilibrio o la estrategia.
  8. Juega con él a fútbol, o a lo que sea. Si jugar al fútbol se asocia a vínculo, mejora la experiencia.
  9. Fomenta su autoestima fuera del deporte. Música, dibujo, ajedrez, teatro: todo suma identidad.
  10. Descubre nuevas actividades en familia. El movimiento también puede ser excursión, bici, baile o piscina.

Juega con él a fútbol, o a lo que sea. Si jugar al fútbol se asocia a vínculo, mejora la experiencia.

También puedes llevarle al parque con una pelota si te la pide, pero sin transformar ese momento en una prueba ni en un entrenamiento obligatorio.

Si algún día quiere acercarse al fútbol

Si tu hijo acaba acercándose al balón, que sea porque se siente capaz y bien acompañado.

Practicar en casa, en el parque, con un adulto o con un amigo amable puede ser una forma de comenzar sin la presión de un partido.

Primero mirar, luego participar cinco minutos, luego un rato más.

Celebrar mejoras pequeñas puede ayudarle a construir confianza: “hoy has controlado mejor”, “has dado dos pases buenos”.

Una frase como “¡Qué bueno que lo hayas intentado, sigue así!” puede hacer maravillas en su autoestima.

Si jugar al fútbol se asocia a vínculo, mejora la experiencia.

Si finalmente sí le gusta jugar al fútbol

Si tu hijo disfruta jugar al fútbol, perfecto. Aquí lo importante es proteger lo que lo hace valioso: que sea juego, aprendizaje y socialización.

  • El fútbol es un juego; deja disfrutar a tu hijo. No tiene que ser Messi.
  • Nunca pierdas las formas; ni victoria ni derrota. El resultado dura diez minutos; el aprendizaje, toda la vida.
  • Valora el entorno, no la categoría del club. Que crezca como persona y deportista.
  • Respeta las decisiones del entrenador. Es una figura de referencia y suele hacerlo con enorme dedicación.
  • Respeta al árbitro. Sin árbitro no hay competición, y también está aprendiendo.
  • Respeta a los compañeros. Son amigos, no rivales. Las comparaciones en la grada sobran.
  • Cultura del esfuerzo, no del resultado. Lo importante es entrenar, mejorar, insistir.
  • Compromiso con tu hijo y con el equipo. Si hay equipo, hay responsabilidad compartida.
  • Castigado sin entrenar: ojo. A veces castigas al grupo; busca consecuencias que no rompan la dinámica.
  • El “tercer tiempo”. Convivir después fortalece el vínculo y baja la tensión de los adultos.

Acompañar según la edad

De 5 a 8 años: diversión y confianza

A esta edad, el fútbol es un juego, y así debe seguir siendo. Los niños que llegan con 5, 6 o 7 años están explorando el mundo, descubriendo qué les gusta y cómo funcionan sus cuerpos.

No buscan ser Messi ni ganar trofeos, sino disfrutar y sentirse seguros.

Como padre, tu rol es clave para que asocien el fútbol con alegría y diversión.

Celebra el esfuerzo, no solo los resultados. Si tu hijo corre tras el balón aunque no lo alcance, dale un aplauso. Si falla un gol pero lo intentó, dile lo valiente que fue.

Sé su fan número uno, sin presiones. Asistir a las prácticas o partidos y animarlo desde la grada es un gran gesto, pero evita gritar instrucciones como “¡Dispara más fuerte!” o “¡Corre más rápido!”.

Deja que los entrenadores guíen y que él experimente por sí mismo. Tu presencia y una sonrisa son suficiente apoyo.

Haz del fútbol un momento familiar. En casa, juega con él en el patio o mira juntos un partido sencillo.

De 9 a 12 años: disciplina y trabajo en equipo

A medida que crecen, los niños empiezan a entender mejor las reglas del juego y a desarrollar habilidades más complejas.

Esta etapa es emocionante: los pequeños pasan de correr en todas direcciones a coordinarse con sus compañeros y aprender tácticas básicas.

Como padre, puedes ayudarlos a canalizar su energía y a fortalecer su carácter.

Enseña el valor de la constancia. Habrá días en que no quieran ir a entrenar, ya sea por cansancio, lluvia o simplemente porque prefieren jugar videojuegos.

Explícales que el fútbol, como la vida, requiere compromiso. Una conversación simple como “si sigues practicando, verás lo fuerte que te vuelves” puede ser el empujón que necesitan para no rendirse.

Refuerza la importancia de los amigos. El fútbol en equipo es una lección de vida. Pregúntale cómo se sintió jugando con sus compañeros o qué aprendió de ellos.

A esta edad, empiezan a exigirle más a su físico. Asegúrate de que descanse bien, coma sano y llegue a las clases de fútbol con energía.

También escucha si te cuenta algo sobre el entrenamiento; a veces, solo quieren desahogarse, y eso los ayuda a seguir adelante.

De 13 a 16 años: sueños, identidad y presión

La adolescencia trae un nuevo nivel de intensidad al fútbol. Algunos sueñan con jugar en un equipo grande, otros simplemente quieren destacar entre sus amigos.

Pero también aparece la presión, ya sea por competir, por el colegio o por encontrar su identidad.

Aquí, tu apoyo como padre es más importante que nunca.

Sé su guía, no su crítico. Si falla un pase o no juega como titular, evita frases como “deberías haber hecho esto”. En cambio, pregúntale qué sintió y cómo cree que puede mejorar.

Ayúdalo a equilibrar fútbol y vida. Con el colegio, las amistades y las hormonas a todo lo que da, el fútbol puede ser tanto un refugio como una carga.

Habla con él sobre sus horarios y asegúrate de que fútbol siga siendo un espacio de disfrute, no una obligación.

Si ves que está agotado, anímalo a tomar un respiro sin sentirse culpable.

Apoya sus metas, grandes o pequeñas. Quizás sueñe con subir de categoría, o tal vez solo quiera divertirse con sus compañeros.

Pregúntale qué quiere lograr con el fútbol y apóyalo en el camino, pero siempre siendo realista.

Cuándo pedir ayuda

Si el rechazo al fútbol está relacionado con burlas, exclusión, ansiedad o una experiencia negativa, conviene hablar con el colegio y valorar el apoyo de un profesional.

Maher Zeidan, coordinador de deportes del Club Palestino, cuenta que muchas madres llegan a matricular a sus niños de entre cuatro y seis años en el taller de fútbol para que hagan amigos o para que no los molesten en el colegio.

Agrega que casi la mitad lo hace porque hay una recomendación de un médico o un sicólogo detrás.

La solución no es obligarlo a jugar, sino comprender qué necesita y ayudarlo a recuperar seguridad, encontrar compañeros y participar en actividades donde pueda sentirse cómodo.

Lo importante es que los niños logren identificar sus propios gustos personales, que se sientan cómodos con lo que hacen y que los adultos los ayuden y apoyen en eso.

Que los banquen si no les gusta el fútbol, en definitiva.

Detrás de todo eso te necesitamos a ti como padre o madre, eres su lugar seguro.

En cada pase, cada gol y cada sonrisa en el campo de fútbol, hay un apoyo fundamental: el de los padres. Pero ese apoyo también puede expresarse fuera de la cancha, respetando que algunos niños prefieren otro deporte, otra actividad o simplemente otra manera de relacionarse.

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